La radio teoría y práctica José Javier Muñóz y César Gil






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La radio teoría y práctica José Javier Muñóz y César Gil

PRÓLOGO

El desaparecido artista norteamericano Andy Warhol -tan genial como extrava­gante, aplaudido y vituperado a la vez por mezclar el arte académico con los obje­tos cotidianos, como las latas de sopa o las zapatillas deportivas- dijo en una ocasión: «En el futuro todo el mundo tendrá sus quince minutos de fama». Se refería a lo asequible que se ha convertido la comunicación entre seres humanos que no se co­nocen de nada y que pueden expresar sus ideas, sus quejas o sus ilusiones desde el hogar más humilde a otros miles -o millones- de personas.

Como ningún otro medio, la Radio ha logrado que amigos y desconocidos, veci­nos y forasteros compartan incontables experiencias: ilusiones grandes y pequeñas, sustos y sorpresas. Tal vez sea éste el medio de comunicación social más próximo, más asequible, más sencillo..., y más barato en proporción a la capacidad difusiva de sus mensajes.

Los años noventa han convertido los llamados espectáculos de la realidad (las desgracias más íntimas y los sucesos más escabrosos) en artillería pesada en la guerra por las audiencias televisuales. Mucho tiempo antes, la Radio había demostrado su capacidad de transmitir emoción sin recurrir al morbo ni a la histe­ria. Los programas de ayuda a los damnificados por la riada de Valencia de 1957, o la serie de « Ustedes son Formidables», de Alberto Olivera, en la década de los sesenta, son muestras solidificadas por el tiempo de que se pueden hacer compa­tibles la emoción, la solidaridad y la dignidad. Y, con las ineludibles excepciones de toda tarea, en esta línea se continúa. La antropóloga social mejicana Sofía del Bosque Araujo, que tuvo en España su primer acercamiento a los fundamentos teó­ricos y prácticos del medio -en el transcurso de un curso académico de postgra­do-, resumió de esta manera tan significativa la capacidad expresiva de los men­sajes de la Radio: «...construir y volar al son de una música polisémica y un mensaje extralingüístico que nos transporte lo mismo a la Rusia del doctor Zhivago que a la Francia napoleónica, a la Cuba de Castro o al Egipto faraónico... Volar y soñar... llorar y comunicar».

- - Un par de detalles más se aprecian en la radiodifusión española:

- Entre finales de los años ochenta y principios de los noventa la juventud ha experimentado un notable acercamiento a la Radio. La vía más frecuente para ad­quirir el hábito de conectar el transistor ha sido la música, pero la costumbre no se ha quedado ahí. Después han ido pasando a espacios deportivos y a magazines, y los más inquietos acuden también a los boletines y los programas informativos, que con­tinúan ostentando en el universo de la comunicación (desde la galaxia Gütenberg a la galaxia audiovisual) el dominio de la primicia. En parte, por la inmediatez tem­poral y técnica de los mensajes radiofónicos, pero en buena medida también por la agilidad de los profesionales.

- Y éste es el segundo aspecto que cabe destacar en la nueva etapa de la Ra­dio: la proliferación y fragmentación de canales, la creciente necesidad de progra­mas y la crisis económica (y, por tanto, publicitaria) no mermaron la calidad del pro dueto en la generalidad de las emisoras tradicionales. El motivo hay que buscarlo en que se ha mantenido la profesionalidad. Y muchas de las figuras reconocidas que se habían trasladado a la pequeña pantalla han sentido de nuevo la llamada del mi­crófono de un estudio de Radio, menos iluminado, pero no por ello menos luminoso.

A la mayor parte de nuestros compañeros de la Radio, nada nuevo descubrire­mos. Nuestro objetivo es recoger metódicamente (además de unas cuantas ideas per­sonales y el fruto de la experiencia profesional) los conocimientos básicos que se requieren tanto para el análisis como para el trabajo en este apasionante medio de comunicación.

José Javier Muñoz y César Gil
CAPÍTULO I

LA RADIODIFUSIÓN

¿Qué es la radio? La radiodifusión: concepto de radio La radiodifusión hoy
¿QUE ES LA RADIO?

La radio es el medio de comunicación y expresión plural (público, colectivo o de masas) más importante en situaciones de emergencia. En caso de catástrofes, como terremotos e inundaciones, en tesituras tan dispares como una guerra o un apagón generalizado de una ciudad, la radio sirve para informar de la situación, mantener la alerta y difundir normas e instrucciones necesarias para la población. Aunque sólo fuera por este motivo, valdría la pena tomar en consideración a la radio.

Con este «arranque» expositivo queremos entrar en materia atrayendo la atención del lector o lectora, a quien suponemos oyente ocasional o habitual de la radio. Si lo que busca en este libro es conocer la radio, tiene que comenzar por poner en cuarentena la mayor parte de los tópicos que se le atribuyen, tópicos que han despistado a los simples curiosos y han obstaculizado la tarea de investigación de quienes se acer­caban al medio desde otros ámbitos, como los teóricos de la comunicación, los do­centes, los sociólogos o los historiadores.

Se ha dicho que la radio es un medio que utiliza elementos expresivos ya exis­tentes en otros medios y que sus contenidos no revisten especificidad: que la noticia, por ejemplo, puede ser escrita o hablada, pero no deja de ser información lineal y periodística; que el concierto radiado no es más que la multiplicación de la audiencia potencial de una orquesta merced a la radiofonía; que el radiodrama es fruto de la adaptación de un género propio de la literatura... Se concede, en suma, a la radio la consideración de medio de expresión vicario.

Esta calificación es injusta. La radio no es ni más ni menos vicaria que cualquier otro sistema colectivo de comunicación y expresión. Todos y cada uno de ellos to­man de lo anterior contenidos y fórmulas expresivas, los transforma o enriquece y origina a su vez técnicas, códigos, fórmulas y géneros nuevos o distintos.

Por ejemplo, la prensa utiliza la palabra escrita: igual que los monjes amanuen­ses; la imprime: como cualquier impresor del siglo XVII; la procesa: como la tecno­logía informática; la fotocompone: como la industria de artes gráficas... En todo el proceso físico de plasmación de los mensajes de un periódico en el papel puede no intervenir un solo elemento específico de la prensa como medio. Alguien puede ar­gumentar que la rotativa es propia de la prensa, como instrumento creado precisamente para multiplicar la tirada de los periódicos. Cierto, pero ¿puede mantenerse con un mínimo de rigor que la rotativa constituye un elemento definitorio o esencial de la prensa? La mayor parte de los periódicos modernos han sustituido las antiguas rotativas por otros mecanismos más rápidos y eficaces de reproducción y no por eso han perdido su condición de medios de prensa.

Ya hemos encontrado, así pues, otro tópico que rechazar. No sólo se puede cons­tatar que el mensaje no es el medio (o únicamente el medio), sino también que el me­dio no es la técnica. La prensa no es la imprenta ni la radio son las ondas. De hecho, los avances tecnológicos han motivado que los medios no equivalgan ya a sus nom­bres originales. Prensa, Radio y Televisión son ya nombres simbólicos. Cualquiera de los medios de comunicación social es el resultado de un cúmulo de elementos téc­nicos y creativos heterogéneos, heterocrónicos y en su mayor parte inespecíficos: no han sido creados para ser prensa o para ser radio o televisión. El descubrimiento cien­tífico de la posibilidad de transmitir sonidos a través de ondas electromagnéticas, la posibilidad de captarlas a gran distancia en buenas condiciones acústicas, no fue mo­tivado con el propósito de inventar la radio. El medio radio se fue conformando a par­tir del aprovechamiento de ese sistema de transmisión, canalizando a través del mismo mensajes sonoros progresivamente complejos, dotándolos de medios complementarios o potenciadores que a su vez daban pistas para nuevas utilizaciones, aportando métodos más o menos originales de captación y reproducción del sonido, e incorpo­rando paulatinamente contenidos creativos.

La radio tiene su lenguaje

Hay quien acusa a la radio de no poseer un lenguaje específico. Naturalmente, nadie tiene un lenguaje exclusivo para sí mismo; en primer término, porque eso iría contra la esencia misma del lenguaje que no es otra que compartir, comunicar. No obstante, la radio tiene su propio lenguaje. Al menos, tiene un sistema de códigos compartido (códigos conceptuales y códigos físicos -sonoros-), pero moldeado y pre­sentado de modo peculiar hasta el punto de constituir un sistema distinto de los ya existentes. Comparte, por ejemplo, la utilización de la palabra hablada con el telé­fono o el cine sonoro, difunde la música como el tocadiscos o el hilo musical, cuenta una historia dramatizada como el teatro, relata los detalles de un suceso como el pe­riódico, llega simultáneamente a lugares muy dispersos y distantes como la televi­sión..., pero es diferente del tocadiscos, el teléfono, el teatro, el periódico o la televi­sión. Su lenguaje puede coincidir o no con el de los demás canales, sistemas o medios, pero no pierde por ello su identidad. El lenguaje de la radio es el conjunto de ele­mentos sonoros que se difunden para producir estímulos sensoriales estéticos o inte­lectuales o, como indicamos más adelante, «para crear imágenes».

Obviamente, todavía no se han marcado con claridad las reglas del lenguaje ra­diofónico. El auge reciente de la radio tal vez remita o se apague, pero habrá dejado tras sí algo casi tan valioso como la atención social intensa y múltiple: el interés de los científicos y los teóricos rigurosos. Es precisamente ahora cuando comienzan a estudiarse, con la imprecisión y subjetividad propias de todo lo inconcreto, las reglas del lenguaje y las fórmulas de expresión de la radio. Desde dentro, algunos profe­sionales investigan también para enriquecer las posibilidades expresivas y divulgativas del medio. Veamos un ejemplo:

La pantalla de televisión ha rebasado hace tiempo la simple función de recibir imágenes teletransmitidas de modo convencional y sirve para la reproducción de ví­deo y como soporte visual de la telemática, el videotexto y la interactividad. No hay que olvidar que, en definitiva, la televisión no es más que dos emisoras sincrónicas: una de sonido y otra de imagen. ¿Cabe incluir en este circuito a la radio? ¿Imaginan las posibilidades comunicativas de un proceso en que juegan simultáneamente el so­nido, la comunicación verbal, la imagen y el texto (visual o impreso)? Y no nos re­ferimos únicamente a incluir la radio, como nos consta que se está estudiando, desde el punto de vista de mera contribución externa a dicho proceso, sino de una inter­vención activa, creativa de los profesionales de la radio desde su propia óptica de la comunicación ágil y multidisciplinaria.

Otro tópico al uso sobre la radio es que su instantaneidad tiene como contrapartida la fugacidad. La instantaneidad no es patrimonio exclusivo de este medio. En cuanto a la fugacidad, el mensaje radiofónico -en el momento de la recepción- es tan fugaz como la imagen del cine o de la televisión. En todos estos casos -y con mayor facilidad y economía de medios en la radio- se puede repetir el mensaje a lo largo del tiempo, registrar y conservar y, por tanto, reproducir cuantas veces se desee.

Los lugares comunes relativos a la función social de este medio son, posiblemente, los más distorsionados. Se afirma, por ejemplo, que «la radio informa, la prensa explica». Sí, pero es igual de cierta esta otra aseveración: «la prensa informa; la radio explica». El primer aforismo tuvo vigencia mientras la radio no había alcan­zado el auge periodístico que hoy disfruta, pero a partir de los años setenta, la incor­poración de los profesionales de la información multiplicó las funciones periodísti­cas del medio y una de ellas (que justamente ahora comienza a ser reconocida) es la de explicar. La información de la radio tiene, por otra parte, el valor añadido de la pa­labra tal como se produce, la prueba real de la voz de los protagonistas o de los tes­tigos.

Rechacemos también enérgicamente la opinión de quienes acusan a la radio de ser culturalmente pobre, cuando no de entontecer a las masas.

En primer lugar: la radio no tiene la misión de culturizar a la humanidad. Esa es una de sus posibilidades o de sus funciones más ricas, pero que comparte (subsidia­riamente o no) con otras instituciones sociales. En segundo lugar, la radio ha desempeñado, y desempeña todavía hoy, una labor pedagógica y divulgativa de proporcio­nes gigantescas. Si no cualitativa al menos cuantitativamente mayor que ningún otro medio de difusión masivo.

BIDIRECCIONAL

BÁSICA INSTRUMENTAL PRÓXIMA A DISTANCIA LIMITADA COLECTIVA DIRECTA DIFERIDA RECIENTE REMOTA

Esquema de la comunicación. Según este esquema, la radio es un medio de comu­nicación unidireccional y bidireccional (puede emitir en dirección emisor-receptor y también recibir respuesta), instrumental, a distancia, colectiva, directa (en el sentido de recepción en el momento mismo de la emisión), y reciente.

LA RADIODIFUSIÓN: CONCEPTO DE RADIO

La palabra RADIO es apócope de dos términos parónimos: RADIOFONÍA y RADIODIFUSIÓN.

Radiofonía es la parte de la Física que estudia los fenómenos de producción del sonido por la energía radiante. Es, pues, un concepto de carácter científico que se re­fiere más a la realidad física del sonido y las ondas que a la comunicación. No obstante, algunos derivados de este término (tales como radiofónico, radiofonismo y ra­diofonista) se aplican a aspectos de la comunicación radiada.

Radiodifusión es el sistema de transmisión y comunicación por medio de la radiofonía. La radiodifusión se refiere, por tanto, a la difusión pública de mensajes so­noros mediante ondas electromagnéticas y es un concepto más amplio que el de radiofonía. Cuando se habla de radio se hace referencia a una parte o al total de la radiodifusión.

Desde la perspectiva de la teoría de la comunicación, la radio es uno de los medios de difusión pública (corrientemente conocidos por la expresión inglesa «mas media» o «medios de comunicación de masas»).

Emisor, receptor y canal (medio, vehículo o instrumento) son los elementos comunes a toda definición del concepto comunicación. Para que la comunicación sea de masas (o colectiva, por utilizar un término que nos parece más preciso), requiere otra condición: la difusión múltiple. Atendiendo a estos factores, la radio puede de­finirse como un medio en el que la comunicación reviste carácter de ambivalente (uni­direccional y bidireccional -en el sentido de posibilidad de respuesta-), instrumen­tal (requiere elementos técnicos), a distancia (a diferencia de la comunicación personal o cara a cara), colectiva (múltiples emisores y receptores simultáneos, a di­ferencia, por ejemplo, del teléfono), directa (de recepción inmediata: no confundir aquí el término «directo» como contrapuesto a «diferido» en el momento de la emi­sión, sino de su captación por la audiencia), reciente (a diferencia de los mensajes grabados en la piedra, o de los libros), que utiliza como vehículo físico primario exclusivamente el sonido (a diferencia de la televisión) y efímera (raramente se vuelve al mensaje).

Recopilando, y en atención a estos factores, proponemos la siguiente definición de radio como medio de comunicación: «La radio es un medio de comunicación am­bivalente, instrumental, a distancia, colectivo, directo, reciente, efímero y que utiliza como vehículo físico primario el sonido».

LA RADIODIFUSIÓN HOY

Vivimos los últimos momentos del actual concepto de los medios de comunica­ción social. Los medios tradicionales, fundamentalmente la prensa en todas sus va­riantes, la radio y la televisión, dividen a las personas en emisores y receptores de mensajes. Se habla todavía de los mass media, medios de comunicación de masas, pero la multiplicidad de las fuentes de emisión de mensajes y el desarrollo tecnoló­gico están causando la desmasificación de los canales.

Hoy está al alcance de muchos la autoproducción de contenidos comunicables, tanto gráficos como audiovisuales. Simultáneamente se multiplican los canales y las fuentes de emisión, particulares y colectivas. En vez de que unos pocos mensajes vayan destinados a gran número de receptores, infinitos mensajes se distribuyen ahora a través de los nuevos medios de comunicación a grupos más reducidos y notablemente diferenciados. Por otra parte, ya no está tan clara la división entre emisores y recepto­res. Existe no sólo un intercambio en la comunicación, sino también una interacción creciente y de modo más claro en los medios audiovisuales. La comunicación interac­tiva, que comenzó con el feed-back, está todavía lejos de su desarrollo completo.

La revolución de las comunicaciones se manifiesta de forma muy distinta en cada uno de los medios tradicionales. Para la prensa escrita, el perfeccionamiento de los medios de impresión se ve ensombrecido por el encarecimiento espectacular de una materia prima básica: el papel. Pese a la ayuda que aportan algunos Estados en forma de subvenciones para la compra de papel, numerosos periódicos se ven forzados a ce­rrar. Las empresas editoras que vislumbraron a tiempo la situación han ampliado su campo de actividad a los medios audiovisuales, que les sirven para extender sus con­ductos informativos y complementar la financiación.

Donde el impacto tecnológico ha hecho posible un crecimiento inmenso ha sido en la radio y la televisión. Consideremos que buena parte de los habitantes del pla­neta tienen todavía muy difícil el acceso a la prensa escrita y a la televisión. A la primera, por el analfabetismo; a ambas, por razones técnicas y económicas: los canales de distribución son escasos e incompletos. La radio, en cambio, es un medio tecno­lógicamente barato. Y la incorporación de los transistores a los aparatos de recepción los hizo más simples, cómodos, versátiles y económicos.

Las modas tienen una grave limitación: pronto son algo pasado y anacrónico. Por eso, no procede hablar de moda de la radio en los tiempos que vivimos, sino de autén­tico auge de este medio de comunicación. Es un auge firme y ganado a pulso. Naturalmente, algún poso dejaron la madurez y la veteranía de quienes a lo largo de los años hicieron del micrófono una vocación. Con afición parecida entraron en juego nuevos profesionales bien preparados, dotados académica y técnicamente y capaces de asimi­lar sin dificultad los magníficos medios que la electrónica pone al alcance de la radio.

Pero, junto a estos factores, hay en el auge relativamente reciente de la radio dos circunstancias sociales que lo hacen posible: una de ellas, propia de la civilización occidental; la otra, específicamente española.

La causa general es que vivimos en la era de la incomunicación personal. La so­ledad de la masa, la hostilidad de las grandes ciudades, la desconfianza del vecino en un clima de violencia, la rivalidad que origina el consumismo, son algunos de los motivos por los que el ser humano se siente en nuestro tiempo y en nuestra civilización aislado del prójimo.

Y en este medio ambiente árido y falto de lazos, flota el manto cálido de la radio. La radio envuelve, contacta boca-oído, persona a persona. Y es un medio directo, vivo, que inspira confianza porque elimina el escepticismo provocado por los intermediarios de la distancia y el tiempo. La radio es para muchos esa dosis de comuni­cación tan vital como los rayos del sol. Porque el hombre no puede sentirse perma­nentemente lobo solitario, víctima o verdugo. Necesita sentirse miembro de la tribu, hermano.

El factor específico de nuestro país que ha contribuido al gran impulso radiofónico es la sucesión de acontecimientos socio-políticos que han creado situaciones de tensión, de expectación y de incertidumbre.

Y está claro que el único antídoto contra las incertidumbres y el temor a lo desconocido es una información veraz. Con yerros de mayor o menor envergadura, la radio ha venido siendo en esta cadena de acontecimientos el eslabón que se necesita en los momentos vitales para evitar los rumores infundados, los ríos revueltos y las histerias colectivas. Porque ha tenido al tanto a la opinión pública de las cosas sor­prendentes que han ocurrido en España (trágicas unas, grotescas otras), desde el lu­gar en que estaban ocurriendo y de manera inmediata.

Este auge de la radio -patente desde mediados de la década de los años setenta­ha tenido también su cara negativa. Por mor del vertiginoso crecimiento de la pro­ducción radiofónica, una parte nada desdeñable de la radio que se hace actualmente es de mediocre o de nula calidad. Igual que hemos señalado la importante contribu­ción de una nueva generación de profesionales técnica y académicamente bien prepa­rados, tenemos que lamentar la proliferación de productos muy pocos profesionales. Así, es patente en muchos casos el escaso rigor en la redacción de textos y noticias, la práctica desaparición del género dramático y del guión técnico, la vulgarización del lenguaje, la verborrea y el nulo cuidado de la locución. Son muchos los que confun­den la espontaneidad y la improvisación con la precipitación y la falta de preparación.
CAPÍTULO II

LA COMUNICACIÓN EN LA RADIO
Características de la comunicación radiofónica Prensa, Radio, Televisión La proximidad de los mensajes radiofónicos La influencia colectiva La degradación del mensaje

CARACTERÍSTICAS

DE LA COMUNICACIÓN RADIOFÓNICA

En los medios de comunicación colectiva -como es el caso de la radio- comuni­car significa compartir un mensaje con numerosas personas.

El filósofo Xavier Zubiri señala como condiciones de la comunicación la «con­naturalidad» y «la inteligencia sintiente». En cuanto al canal o «proceso», debe ser, para Zubiri, «homologado»; es decir, previamente aceptado como válido por parte del que comunica voluntariamente y de quien recibe y comprende el mensaje.

Los comunicólogos Abraham Moles y Claude Zeltmann explican que «la comu­nicación es la acción por la que se hace participar a un individuo, o a un organismo, situado en una época, en un punto dado, en las experiencias y estímulos del entorno de otro individuo -de otro sistema- situado en otra época, en otro lugar, utilizando los elementos de conocimiento que tienen en común». Establecen, pues, la necesidad de una correspondencia unívoca entre emisor y receptor.

La comunicación radiofónica tiene las siguientes características:

- Rapidez, que puede llegar hasta la inmediatez: es decir, la transmisión del mensaje es simultánea a la recepción.

- Economía: el costo mensaje/oyente es más barato cuanto mayor sea la difu­sión.

- Amplitud de cobertura: teóricamente, una sola emisora podría cubrir todo el mundo.

  • Fugacidad: el mensaje dura en tanto se encuentra en antena; a medida que se transmite, se desvanece. Es irreversible, salvo que se utilicen elementos complementarios; no se puede volver a «oír» a voluntad si no se registra por cual­quiera de los procedimientos que ofrece la tecnología.

PRENSA, RADIO, TELEVISIÓN

Con frecuencia se pretende minimizar el poder de comunicación de la radio frente a la prensa y la televisión.

El profesor y publicista alemán Emil Dovitaf escribió: «La radio tiene por esen­cia la misión de hacernos vivir lo inmediato por el medio acústico y, naturalmente, los informes así recibidos no permiten al auditorio retenerlos con fijeza, buscar su

ampliación, abarcarlos de una ojeada general, repetir la lectura, escoger y seleccio­nar lo más importante. Tampoco puede la radio presentar un cuadro gráfico para una visión de conjunto de toda la materia objeto de la noticia. Agréguese a esto que nunca los informes registrados por el oído (por fuertes que puedan ser, sin embargo, las im­presiones transmitidas a través de la música o del teatro radiofónico) pueden tener esa permanencia siempre activa que tienen las noticias, opiniones y comunicaciones llevadas a casa por el periódico y que puede recoger el ojo, de lo que está fijado en negro sobre blanco, constantemente renovado, madurado y, sobre todo, ampliamente

~ difundido. La acción sobre el público, la propagación y la influencia duradera son decisivamente distintas en el periódico y en la radio».

La constatación de las diferencias no deben llevar a sobrevaloraciones ni minus­valoraciones. Cada medio tiene sus grandezas y sus servidumbres. Y, por supuesto, no son excluyentes. Podríamos narrar a Dovifat la leyenda egipcia que atribuye a Thot la invención de la escritura. Dice la leyenda que cuando Thot reveló el arte de escri­bir al rey Thamos, éste lo consideró como una amenaza para la sociedad: «Los niños y los jóvenes que no se vean obligados a esforzarse para aprender y retener cuanto se les enseñe -protestó el monarca-, descuidarán el ejercicio de su memoria y dejarán de aplicarse». Obviamente, Thamos se excedía en su temor, pero nos sirve para cons­tatar que en esta cuestión siempre han existido posturas enfrentadas.

Lo cierto es que la más primitiva forma de comunicación interpersonal no ins­trumental ni visual (el lenguaje de los gestos necesita la intervención de la vista) fue el lenguaje oral. La palabra es, por tanto, un factor genéticamente arraigado en el ser humano, no exige adaptación y (a diferencia de la palabra escrita o de la imagen grá­fica o electrónica) el esfuerzo de traducción -descodificación- del mensaje, es mí­nimo en la lengua propia o en una lengua bien conocida.

Mayor virulencia todavía se registra entre quienes atribuyen la primacía de la te­levisión a que en dicho medio todo son ventajas sobre la radio.

La pantalla de televisión sigue teniendo un factor de atracción mágica entre los medios de comunicación de masas. El vulgo y los intelectuales, el poder y la oposi­ción piensan antes que nada en la televisión a la hora de medir la difusión de un men­saje. La consideración generalizada es que la televisión es el medio más poderoso.

Esta es, sin embargo, una apreciación muy superficial que conviene matizar.

El hecho innegable de que el mayor número de receptores de mensajes sean los espectadores de televisión, no significa que la influencia de los mensajes sea mayor a través de ese medio. Un análisis riguroso (desde el rigor que permite una ciencia social como es la de la Comunicación) da por buenas estas consideraciones:

1) La televisión es, en efecto, un medio compartido por la mayor parte de los ciudadanos.

2) La televisión es, sobre todo, el mejor y más extendido medio de entreteni­miento. Esta condición se acentúa en situaciones de crisis económica.

Ahora bien, frente a la posición de privilegio del medio, olvidamos la especificidad de los contenidos. El mensaje va dejando de «ser el medio». La teoría del co­municólogo canadiense Marshall Mc Luhan fue válida en el momento en que la for­muló. Hoy, no. Entre otras razones, por las siguientes:

o La televisión no ha encontrado su propio lenguaje. Con la excepción de algunos programas experimentales, lo que se «ve» en televisión está conceptualmente prestado por otros medios: teatro, radio y cine, fundamentalmente. Lo que en realidad convoca ante la pantalla a tantos espectadores con tal interés no es en sí misma la televisión, sino el cine, el teatro o la transmisión (oralmente narrada también) de algún acontecimiento. Sobre los demás medios tiene la ventaja de estar en casa y no tener que pagar entrada. Pero las auténticas posibilidades de la televisión no han sido utilizadas todavía para establecer un lenguaje propio, con su sintaxis y su or­tografía audiovisuales.

El crítico del diario El País, José Ramón Pérez Ornia (posteriormente director de Telemadrid), escribía a propósito de una experiencia de Fernando García Tola con­sistente en presentar visualmente en televisión la emisión viva de un noticiario radiofónico: «...Los hombres de la radio, que montaron en el plató de TVE el escena­rio y el ritmo de los estudios de sus emisoras, no dieron opción a sus anfitriones: demostraron que las noticias de la televisión siguen siendo lecturas de teletipos ade­rezadas con algún testimonio de producción propia y, sobre todo, ilustradas con los servicios internacionales de agencias. Los informativos de TVE no podrían compe­tir con los de la radio si no fuese por la ayuda de Eurovisión, Visnews y otras agen­cias». Hoy, tras la guerra del Golfo, no podría olvidar a la CNN, tanto para España como para todo el mundo.

A propósito de la fuerza de las transmisiones musicales a través de la radio, el crítico Pere Estelrich Massuti escribió en El Diario de Mallorca: «La precisión de la radio no se ha conseguido ni con la televisión ni, está claro, con el cine. Una imagen justo al contrario de la frase hecha- no vale más que mil palabras. A la larga, la capacidad de creación e incluso la fantasía decrecen en una sociedad dominada por la imagen. La magia de la radio o del sonido en general no aumenta con el compo­nente visual».

A tenor de las encuestas públicas, la credibilidad de la radio es mayor que la de la televisión. Junto a los factores que venimos comentando, influye la proximidad psicológica (y hasta geográfica en el caso de los temas locales) propia de

este medio, donde la comunicación hablada se recibe prácticamente en idénticas condiciones acústico-ambientales que en la relación persona a persona. El mayor control político que el público detecta en la televisión resta a la pequeña pantalla fiabilidad.

La propia fuerza de la imagen puede convertirse en enemiga de la eficacia comunicativa. Para Stephen Hearst (realizador durante muchos años en la radio y la te­levisión de la BBC), «la televisión falla en los conceptos abstractos porque la ima­gen es tan poderosa que borra, reduce a secundario el contenido».

El poder de comunicación de la radio, a pesar de sus innegables limitaciones, es muy grande. Como veremos más adelante (en el apartado sobre el lenguaje), la pala­bra sugiere, estimula la imaginación, provoca la creación de imágenes. Es, además, el medio que mejor combate la enfermedad de la soledad. Jean Jacques Besangon (di­rector de programas de la Televisión Holandesa y de Radio AVRO) dice que «en la radio de servicio, que desempeña una función-acompañante, el oyente se identifica con el presentador, que le mantiene agradablemente ocupado durante las actividades rutinarias». Hay, por otra parte, un deseo creciente de participar en la vida social, no sólo de oír, sino también de hacerse oír. Y esta posibilidad la ofrece mejor que ningún otro medio de radio. Y en cuanto a la difusión, ya hemos puesto de relieve que debido entre otros factores, a su versatilidad, su economía y su alcance práctica­mente ilimitado) es hoy el medio más extendido en el mundo.

Para el periodista francés Maurice Siegel (quien, entre otros cargos, fue director general adjunto de Europa Nº 1 y jefe de los Servicios Informativos de Tele Monte­carlo), «la radio es -entre todos los medios de expresión- el que más plenamente puede definirse: es la alerta. Pienso que para poner al corriente al mundo de una forma veloz no hay otro sistema mejor que la radio. Si la radio ha tenido que asumir una se­rie de responsabilidades es porque durante algunos años tanto la televisión como la prensa escrita no han logrado cumplir con plenitud su cometido. Para mí -añade Sie­gel- la radio es, de manera especial la permanente agencia de prensa de los ciudadanos».

Esta definición de Siegel no excluye el considerable papel que ha jugado y con­tinúa desempeñando este medio como cauce de entretenimiento y de difusión cultu­ral, principalmente en las regiones más pobres del orbe. En este sentido, la radio ha contribuido a hacer más grata la existencia de millones de personas y a extender la 'conciencia democrática. El propio Siegel dice: «Para mí, la radio siempre ha estado concebida como un medio puesto más a disposición de quienes son gobernados que de los gobernantes».

LA PROXIMIDAD DE LOS MENSAJES RADIOFÓNICOS Entre los medios colectivos instrumentales, la radio es, posiblemente, el más pró­ximo al receptor del mensaje, el que interpone menos obstáculos físicos, dificultades intelectuales y requisitos técnicos entre el emisor y la audiencia potencial.

Con lógicas matizaciones (y excepciones ocasionales), puede establecerse la teoría de que el interés, la capacidad de captación y, por ello, la utilidad individual, los mensajes, decrecen a medida que el canal comunicativo se hace más distante complejo.

Según esta teoría (que enunciamos como «de la proximidad informativa»), los mensajes de mayor intensidad son los que se producen en la relación humana directa , incluida la comunicación interpersonal por medio del teléfono, correo, telégrafo, fax. módem, etc. A continuación, las informaciones a domicilio (a través de correspon­dencia múltiple o impersonal, notas, impresos, etc.). En tercer lugar, la información de empresa (las comunicaciones profesionales y del ámbito de trabajo del receptor). Si excluimos de esta relación las conferencias, charlas, recitales y mítines (por con­siderar que comparten las condiciones del contacto personal directo), la proximidad - del mensaje es sentida con intensidad decreciente por el receptor cuando le llega-por este orden- a través de los siguientes canales:Emisora de radio local (con pequeños sucesos, notas y avisos locales, alusiones a personas y lugares que se conocen).

- Periódico local (contenido semejante en información general, así como anun­cios por palabras, cartelera y horarios de cines y espectáculos).

- Televisión local (escasa aportación propia al conjunto de la programación; di­ficultades de producción informativa de calidad).

- Radio regional (información específica de la localidad desde la que emite y de otras próximas; mayor variedad de contenidos).

  • Periódico y televisión regional (merma notable de los contenidos más próximos).

- Radio de difusión nacional (gran alcance y variedad; las emisoras de difusión nacional incluyen espacios de contenidos y difusión local y regional).

- Periódico nacional (retraso en temas regionales y provinciales; muy escasa información local).

- Televisión de ámbito nacional (capacidad de impacto propagandístico y pu­blicitario; farragosidad informativa y desprecio por contenidos locales y co­tidianos).

- Televisión sin fronteras (con las graves limitaciones que conlleva la diversi­dad idiomática).

El interés, la capacidad de captación y la utilidad de los datos e informaciones es de­creciente a medida que el canal se hace más distante y complejo.
LA INFLUENCIA COLECTIVA

Aunque aparentemente contradictoria, la teoría de la proximidad no niega la evi­dente influencia social de los medios de comunicación colectiva ni su poder propa­gandístico y publicitario. En la creación de lo que se conoce como «opinión pública»

y en la conformación de hábitos y modas, la eficacia es mayor en proporción directa a la difusión y a la presentación atractiva de los mensajes.

El mismo mensaje que, manifestado por el método directo persona a persona está sometido al filtro de la crítica del receptor respecto al emisor, manifestado a través de un medio de comunicación colectivo cobra un valor de aceptación notorio si no existe otro medio de contrastar su veracidad o si no hay capacidad de respuesta (más adelante hablaremos del feed-back).

Hay una clara diferenciación entre influencia individual e influencia social. Desde el punto de vista colectivo, la eficacia del mensaje se acrecienta de modo directa­mente proporcional a la magnitud e inaccesibilidad del medio de comunicación y al desconocimiento de las técnicas de transmisión por parte de la audiencia.

La radio juega con un elemento de fácil asimilación intelectual: el sonido. Con respecto a otros medios (por ejemplo, la televisión), tiene obvias desventajas de es­pectacularidad, pero gana en la proximidad al receptor: como dijo McLuhan y se ha repetido hasta la saciedad, es un medio caliente.

Esta condición favorece su capacidad de crear mitos. El locutor, el informador o el actor radiofónico trascienden de su dimensión personal para convertirse en sím­bolos. Pueden ser admirados o denostados, o ambas cosas a la vez, pero no cabe duda de que juegan un importante papel social. Contribuyen poderosamente a convertir los actos individuales en hechos sociales.

Sin embargo, no caigamos en el error de considerar que la influencia en la «opi­nión pública» llega hasta el punto de conformar la manera de pensar de los indivi­duos. Por deformación profesional, tendemos a pensar que el alimento comunicativo más importante para un adulto en aquellas cuestiones a las que no tiene acceso in­mediato, es el que procede de los «media». Reflexionemos sobre las palabras que pro­nunció la socióloga Thelma McCormack en un coloquio internacional sobre radio ce­lebrado en Otawa (Canadá): «La concepción que yo tendré finalmente del mundo creo que puede inspirarse mucho más en mis colegas, vecinos y amigos, que en los medios de comunicación. En el fondo, los medios de comunicación proponen un or­den del día. Lo que nosotros elegimos en ese orden del día es cómo lo utilizamos y cómo esta materia es filtrada por nuestros vínculos de grupos y por nuestras predis­posiciones; y todo esto no depende de los medios de comunicación. ¡Gracias a Dios! Esto significa que el tejido social continúa intacto, que no nos hemos convertido en la sociedad de masas compuesta por individuos vacíos, aislados, de los que la crítica social tanto hablaba en el transcurso de los años cuarenta y de la que aún hablan Marcuse y otros».

LA DEGRADACIÓN DEL MENSAJE

En todo proceso de comunicación se registra una degradación del mensaje. No hará falta recordar el viejo experimento, que se ha convertido casi en un juego por sus disparatados resultados: una serie de individuos se transmite consecutivamente una historia cualquiera. Cuando el primer narrador recibe a su vez el relato del cuarto o quinto participante en esta cadena de comunicación, la historia original ha sufrido cambios inverosímiles.

Si ya en el más elemental proceso -la comunicación personal vis a vis- existe una deformación significativa del mensaje, en los medios colectivos instrumentales éste se ve sometido a diversos filtros degradantes.

El primero de ellos viene dado por la visión que el comunicador tenga de la realidad que desea transmitir: su formación cultural y científica, su cualificación pro­fesional y su actitud ideológica. A mayor conocimiento y objetividad, mejor será la captación de los conceptos o los hechos que se propone comunicar.

Otro tanto ocurre con la empresa, que establece su propio filtro ideológico, su ac­titud editorial.

o El filtro económico tamiza el mensaje desde diversos ángulos: desde la canti­dad, variedad y calidad de los medios puestos a disposición de la elaboración del men­saje (incluso los medios naturales, como la relación tiempo-trabajo), hasta la valora­ción en dinero del esfuerzo comunicativo y el precio del producto final.

9 Existe, asimismo, un filtro profesional que moldea el mensaje desde las limitaciones e imposiciones de su tratamiento o conversión en elemento comunicable. Es la fase de codificación o tecnificación. En el medio radio, las normas generales del tratamiento de la comunicación y la utilización del lenguaje influyen en el resultado final. El periodista José María Torre Cervigón se pregunta «si al adaptar la informa­ción al lenguaje radiofónico, en nombre de esa mayor inteligibilidad y comprensibi­lidad para el público destinatario (concisión, ni una palabra sobrante, no más de cua­tro minutos, no más de trece palabras por frase, no más de tres sílabas por palabra...) ¿no estamos cometiendo un disparate? ¿No habremos creado nosotros mismos estas "exigencias" del lenguaje radiofónico que, efectivamente, multiplican la cantidad de información en la radio en detrimento de la calidad?»

El dispositivo tecnológico que sirve de soporte, de conducto físico al proceso de captación, transformación y emisión, supone un nuevo molde que influye en la forma y el fondo del producto comunicativo. La radio determina que el mensaje se

ciña sensorialmente al sonido: cualquier deformación sonora supone en la radio una degradación del mensaje.

9 Finalmente, el mensaje todavía ha de experimentar otra transformación antes de cerrar el ciclo de la comunicación: la recepción por parte del oyente. El receptor tiene sus propios filtros, sus limitaciones y sus prejuicios.

El mensaje que se desea transmitir experimenta una degradación (que puede ir desde la alteración sustancial a una deformación más o menos acusada) en el transcurso del proceso comunicativo. La realidad es captada parcial y subjetivamente por todo co­municador. Existen después: un filtro ideológico (prejuicios, tendencias, presión de la opinión pública, etc.), un filtro económico, un filtro de carácter profesional y un filtro tec­nológico, que viene dado por las características de los medios puestos a disposición del proceso de comunicación. Finalmente, el mensaje que es «emitido» por la radio -como en los restantes medios colectivos- encuentra una nueva configuración en cada oyente, según sus condicionamientos personales y las condiciones (técnicas, ambientales, psicológicas, etc.) de recepción.

De la realidad captada inicialmente al mensaje lanzado a las ondas hay un profundo trecho cualitativo y cuantitativo que ha convertido al mensaje en una «inter­pretación» de esa realidad, interpretación que a su vez se parcela y desvirtúa según el grado de comprensión. La BBC hizo la siguiente prueba: seleccionó un auditorio al que hizo seguir con atención una serie de programas; después formuló a esos oyen­tes diversas preguntas sobre datos contenidos en las emisiones. El grado de com­prensión era de un 40 por100, a pesar de que se había utilizado un lenguaje sencillo. Radio Luxemburgo realizó una experiencia similar. Invitó a una serie de personas, elegidas al azar por correspondencia, a que escuchasen en el estudio un diario ha­blado. Se les entregó una campanilla para que la hicieran sonar cuando no entendie­sen algo. No se pudo acabar de dar las noticias pues el tintineo era constante.

CAPÍTULO III

EL LENGUAJE RADIOFÓNICO

Concepto de lenguaje radiofónico

La creación de imágenes: la palabra, la música, el ruido, los efectos, el silencio

Tiempo y espacio en radio

La utilización correcta de la palabra.

El lenguaje hablado radiofónico

Errores frecuentes ante el micrófono

Las dificultades del lenguaje científico

Código de señales entre locutorio y control de sonido
CONCEPTO DE LENGUAJE RADIOFÓNICO

Por lenguaje entendemos «el sistema de signos con los que el ser humano se pone en comunicación»; es decir, manifiesta lo que piensa o siente, o aquello que quiere dar a entender que piensa o siente en un momento determinado.

Así, tenemos un lenguaje corporal, hablado, escrito..., radiofónico.

Existe un lenguaje radiofónico no como un calificativo más del lenguaje humano, sino por los signos que utiliza el medio radio para poner en comunicación al emisor con el receptor a través de unos mensajes creados por el primero.

El lenguaje radiofónico es «el conjunto de elementos que intervienen en la radio para crear imágenes».

En principio estas imágenes son sonoras, auditivas, pero casi siempre estas imá­genes se convierten en visuales en la mente del receptor. Prácticamente las imágenes sonoras son estímulos que se transforman en representaciones visuales en el pensa­miento del oyente.

El lenguaje radiofónico no es más que el lenguaje del sonido a través del medio radio.

Es conveniente definir aquí el sonido: «Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico como es el aire».

LA CREACIÓN DE IMÁGENES

¿Cuáles son los elementos o los signos que se utilizan en el lenguaje radiofónico para crear imágenes?

Tradicionalmente se ha contestado a esta pregunta con tres expresiones: palabra, música y ruido. Es hora de añadir los efectos y el silencio.
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