Discurso de orden pronunciado por el Dr. Paciano Padrón, en representación de la Comisión del Centenario del Natalicio de Caldera, en Sesión Solemne del Concejo






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CALDERA, CIVILISTA Y

SEMBRADOR DE DEMOCRACIA

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Discurso de orden pronunciado por el Dr. Paciano Padrón, en representación de la Comisión del Centenario del Natalicio de Caldera, en Sesión Solemne del Concejo Municipal del Municipio Los Salias, Estado Miranda, con motivo de honrar la memoria del gladiador del poder civil frente al histórico poder militar, Dr. Rafael Caldera.
San Antonio de los Altos, 31 de marzo de 2016

PARIÓ UN VARÓN
Hace ya un siglo nacía Rafael Caldera, quien moriría cercano a sus 94 Años, dejando un importante legado en algo más de 70 años de vida pública, siete décadas de civilismo y siembra de democracia, con ideas que es oportuno recordar ahora en tiempos difíciles. Tal vez podríamos preguntarnos si todos los tiempos no son difíciles, con sus retos y desafíos, y también con sus oportunidades.
Era 1916, hace ya 100 años. El calendario marcaba el día 24 de enero. En la casa de los Caldera Rodríguez, en San Felipe, Estado Yaracuy, hay un movimiento inusitado. Allá, en el número 98 de la calle Libertador, está naciendo el segundo vástago de esa familia, la que constituyeron el Dr. Rafael Caldera Izaguirre y Doña Rosa Sofía Rodríguez Rivero.
Al lado de la parturienta estaba su hermana María Eva, la que no tendría hijos nacidos de su vientre, pero quien sería muy pronto madre adoptiva de aquel que en ese momento abriría los ojos.
Aquella casa en la que se esperaba el acontecimiento era una vivienda típica de provincia, igual que las cercanas a esa barriada, diríamos igual que todas las de San Felipe, que apenas sumaba 5.000 habitantes. Sus paredes eran gruesas, de tapia pisada y recubierta de cal, por supuesto el techo de tejas de barro. No había luz eléctrica en aquel San Felipe, cuyas calles eran alumbradas con faroles de kerosene.
Todos en la casa están a la expectativa, allí estaba a sus dos años Rosa Helena, la primogénita de los Caldera Rodríguez, quien no entendía la agitación y los movimientos. Se escuchan voces: que llegó la comadrona, que calienten agua, que llamen al doctor, que ya Rosa Sofía va a dar a luz, que está pariendo, que se escucha el llanto, que ya parió, que es un varón.
La primera de los Caldera Rodríguez llevó el nombre de la madre, Rosa, el recién nacido, varón, nada extrañaría llevase el nombre del padre. Pocos días luego se escucha en la iglesia la voz del cura: “Yo te bautizo Rafael Antonio, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
CALDERA, EL CIVILISTA
Rafael Antonio Caldera Rodríguez tiene numerosos haberes para no pasar desapercibido en la historia de Venezuela. Si no hubiese sido Presidente de la República dos veces, igual habría que recordarlo. Si no hubiese sido parlamentario, presidente de la Cámara de Diputados, senador vitalicio y presidente de la Unión Interparlamentaria Mundial, también tendría derecho a estar en la memoria colectiva. Si no hubiese sido intelectual, escritor de prolija obra, Individuo de Número de las Academias de la Lengua y de la de Ciencias Políticas y Sociales, también sería resonado. Si no hubiese sido el profesor universitario y el constitucionalista que fue, también sería conmemorado. Si no hubiese sido el fundador del socialcristianismo venezolano, también sería perpetuado.
Lo fundamental de Caldera y su mayor aporte al país, lo que lo hace memorable es el civilismo, su lucha por el poder civil frente al histórico poder militar, es la siembra de la vía democrática como alternativa al camino despótico y dictatorial. Rafael Caldera es, por encima de todo, gestor y alfarero de la democracia venezolana, tarea que comparte junto a Rómulo Betancourt y otros venezolanos ilustres, entre los que recordamos, en el Siglo XX, a los presidentes de los 40 años que precedieron el actual régimen, cuatro décadas que constituyen el paréntesis más largo de democracia que hemos tenido en nuestra historia sometida por el poder militar. También en el Siglo XX es justo recordar a civilistas como Félix Montes, Rafael Arévalo González, Rómulo Gallegos y Jóvito Villalba. En el Siglo XIX son visibles Juan Germán Roscio, Miguel José Sanz, Francisco Javier Ustáriz, Cecilio Acosta, Fermín Toro, Juan Vicente González, Pedro Gual y los hermanos Unda, entre otros.
Todos ellos hicieron posible que en Venezuela se entendiera, aceptara y amara la democracia; la interiorizaron en el corazón de nuestro pueblo y en el alma nacional, y no ha sido borrada ni podrá serlo por quienes pretenden, desde el culto al poder y a la hegemonía autoritaria, implantar estatismo en vez de humanismo.
Escribió Rafael Tomás Caldera, en prólogo del libro “Mi Testimonio” de su hermano Juan José, que “La República civil y democrática, más que una forma de gobierno, es un modo de vida presidido por el respeto a cada persona y orientado al bien común”.
DE SAN FELIPE A CARACAS
Dos años luego del nacimiento de Rafael Antonio se produciría el de Lola, para completar el trío de los Caldera Rodríguez quienes, poco luego del alumbramiento de ella, partieron a Puerto Cabello. Allá el Dr. Caldera Izaguirre sería designado Juez de Primera Instancia en lo Civil, Mercantil y Penal, allí también, tiempo breve después, encontraría la muerte Doña Rosa Sofía, dejando huérfanos a Rosa Helena, Rafael Antonio y Lola. Pronto María Eva, la hermana de la difunta Rosa Sofía, le ofrece al Dr. Caldera quedarse ella y su esposo, el Br. Tomás Liscano, encargados de la crianza del pequeño Rafael. Sería ese mismo pequeño quien en edad adulta contaría: “Al cabo de dos años, ante las dificultades de un hombre de 44 años para suplir la complejidad del hogar, accedió a dejarme con mis tíos, es así que para darme un hogar, renunció al suyo”. El Dr. Caldera Izaguirre antes de morir le confesaría en edad adulta al hijo: “no te dejo un centavo… pero no te dejo un enemigo”.
Los nuevos padres de Rafael Antonio se irían con él a Caracas. Era 1922, llegó a San Felipe la buena noticia de que el presidente, Gral. Juan Vicente Gómez, había decidido reabrir la Universidad Central, la que había estado cerrada por largos años en respuesta a una protesta estudiantil, habiendo cortado así la vida de estudio de muchos jóvenes, entre ellos la del bachiller Tomás Liscano, quien decide ir a Caracas con María Eva y Rafael Antonio para completar sus truncados estudios de Derecho. Es el propio Caldera quien años luego y desde la capital echa el cuento de aquel viaje: “Yo vine a Caracas de niño. Deberé decir, más bien, ‘me trajeron’, aunque ya con alguna edad suficiente para darme cuenta de los hechos y recordar que de San Felipe a aquí tuvimos que hacer dos días de viaje: tomando el ferrocarril Bolívar en mi ciudad natal, llegando en horas del mediodía al Puerto de Tucacas, embarcando en Tucacas para Puerto Cabello en uno de esos barquitos que se llamaban ‘San Felipe’ y ‘Barquisimeto’, el ‘Barquisimeto’ más pequeño pero de acero, el ‘San Felipe’ un poquito más grande pero de madera, y los dos dotados de la condición de mover terriblemente todas las vísceras de los pasajeros; llegando en la noche a Puerto Cabello para pernoctar en el ‘Hotel Universal’, para seguir el día siguiente en tren hasta llegar a Caracas por la tardecita (guardando entre esos recuerdos pintorescos el de las empanadas en ‘Las Mostazas’ y el de los coches de caballos que nos esperaban en la estación de Caño Amarillo). Desde entonces, aprendí a amar a Caracas sin olvidar mi tierra”. Más tarde diría Caldera, cómo desde Caracas logró amar a toda Venezuela, a la que serviría desde diferentes escenarios.
No sería fácil la vida en Caracas, ya no habitarían en una casa pueblerina ancha y de patios, les tocaría vivir por dos años en un cuarto para tres en una pensión caraqueña, allí, en un rincón estudiaría el Br. Tomás Liscano luego de sus clases en la UCV y del trabajo que permitiría ganar el sustento; en otro extremo del mismo cuarto, Rafael Antonio estudiaría, jugaría y sobre todo leería. Leer fue su pasión, leer para aprender y reflexionar, para llenarse de ideas que luego procesaría y convertiría en acción.
Graduado de Abogado, el Dr. Liscano retornaría con su familia a la provincia, pero muy pronto regresaría a Caracas en 1927, para sembrarse allí, donde el hijo encontraría el Colegio San Ignacio para hacer su bachillerato, y el Alma Máter ucevista que lo haría Abogado, doctor en Ciencias Jurídicas y Políticas.

BELLISTA Y UCEVISTA
Caldera va a ser un cultor de la lengua castellana. En 1935 la Academia Venezolana de la Lengua abre por primera vez el concurso “Andrés Bello”, en el cual él participa con apenas 19 años de edad, ganando el codiciado premio, que entre otras cosas implicaba la publicación del libro escrito sobre el maestro, que es un héroe civil, un héroe de las letras y del pensamiento.
La obra “Andrés Bello” sería solo el primer libro de Rafael Caldera. Su inquieta pluma lo hará producir una extensa obra que le permitirá la satisfacción de ser electo Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Todas las obras de Caldera fueron inicialmente escritas en español, y muchas han visto la tinta traducidas al inglés, francés, italiano, polaco, rumano, portugués, alemán y ruso.
Andrés Bello se ha de convertir en guía y orientador de Rafael Caldera, el Bello pedagogo, el maestro de juventudes, jurista, internacionalista, sociólogo, estudioso de la realidad social de los pueblos, el político, el héroe civil en el que Caldera encontraría molde para su propia fragua.
Caldera es un universitario a carta cabal, un estudiante que obtuvo los máximos honores, que se graduó Summa Cum Laude con calificación de 20 puntos en todas las materias, excepto en dos en las que fue calificado con 19. Graduado con reconocimientos, se hizo pronto profesor de la UCV, primero profesor de sociología en la Facultad de Derecho, a partir de 1943, y en la misma Facultad, profesor de Derecho del Trabajo a partir de 1945; también lo sería en ambas disciplinas en la Universidad Católica. Ejerce la docencia universitaria hasta 1968, año en que sería electo, por primera vez, Presidente de la República.
CALDERA LABORALISTA
La pasión que desde muy joven se despierta en el bachiller Caldera por la defensa de los trabajadores, lo hacen merecedor de que el Presidente de la República Eleazar López Contreras lo designara subdirector de la Oficina Nacional de Trabajo, a pesar de solo contar entonces con 20 años de edad. Esa oficina sería la predecesora del Ministerio del Trabajo, y desde ella se dedicaría Caldera a la elaboración del proyecto de Ley del Trabajo que el Congreso sancionaría en julio de ese mismo año 36. Esa sería la primera ley laboral de Venezuela.
La tesis de grado de Caldera, “Derecho del Trabajo” (1939), sería un libro editado numerosas veces, texto obligatorio de estudio durante largas décadas, para todos quienes nos hicimos Abogados en el país. Por supuesto que fue mi libro de texto para estudiar Derecho del Trabajo cuando me encontré con Rafael Caldera en las aulas ucevistas; encontré al maestro y amigo, al guía de nuestros pasos por la política, en esas mismas aulas donde soy docente desde hace ya 43 años y continúo el camino del baqueano.
Caldera es un intelectual y académico que combinó el pensamiento y el libro, con la acción social y política, que no se quedó en lo teórico y especulativo, sino que bajó a “la arena de la lucha”, como él mismo dijera en oportunidad en la que ofreció su nombre para la presidencia de la República, lo que hizo seis veces, la primera cuando contaba la edad mínima, 31 años, y la última a sus 78.
CALDERA PROFUNDIZA SU SER CATÓLICO
En 1932, teniendo 16 años, Caldera inicia su vida ucevista. Ese hombre de acción va a combinar sus estudios intensos, con el trabajo que le permita ayudar a la familia, y con la acción social y política. Caldera consigue su primer cargo, su primer puesto de trabajo en la propia universidad como archivero, y poco más tarde será bibliotecario.
Pero Caldera haría algo más que estudiar y trabajar. Se inscribe y milita en la Acción Católica, llegando a ser Secretario General de la Juventud Católica Venezolana. Es tiempo de ampliar y complementar su formación cristiana iniciada en casa, en los primeros días por sus padres Rosa Sofía y Rafael, y poco luego continuada por sus padres María Eva y Tomás.
Caldera diría que “la doctrina social de la Iglesia resume el más perfecto pensamiento y la norma de conducta en lo relativo a los problemas sociales, en síntesis la solución a lo que se conoce como la cuestión social”.
Va a ser muy significativo en la vida de Caldera su primer viaje a Roma, el cual se produce en 1933, cuando contaba 17 años, y va como delegado al Congreso Internacional de la Juventud Católica. Ese encuentro con el mundo, con Europa y nuevas ideas, será nacimiento de la hermandad y fraternidad con numerosos jóvenes que serían con el tiempo fundadores de la democracia cristiana en sus respectivos países de América, era la concreción en lo político del ideal católico: dignidad de la persona humana, primacía del bien común y perfectibilidad de la sociedad civil.
UNEÍSTA, POR LOS LEGÍTIMOS IDEALES DEL ESTUDIANTE VENEZOLANO
Caldera dará el paso del liderazgo de la juventud católica, al liderazgo de la juventud universitaria, militará en la Federación de Estudiantes de Venezuela y fundará poco luego, con sus compañeros de generación, luego la Unión Nacional Estudiantil, y de allí darían el salto a la política.
La UNE, bajo la consigna “Por los legítimos ideales del estudiante venezolano”, nace defendiendo la autonomía universitaria, la libertad de educación, la enseñanza religiosa y la justicia social. Escuchemos la voz del joven Caldera a sus 20 años: “Queremos justicia social, queremos reivindicaciones para el obrero de la ciudad y para el peón del campo. La hemos pedido abiertamente, y en todo momento la justicia social ha sido consigna de la UNE”.
Desde su nacimiento, la Unión Nacional Estudiantil marca distancia insalvable del gomecismo. Se escucha a Caldera: “Sistema gomecista es tiranía. Sistema gomecista es caudillismo. Sistema gomecista es peculado, es desenfreno opresor del capital, es contemplación y complicidad hacia el imperialismo. Contra él vamos con decisión inquebrantable, y nunca, queremos repetirlo, jamás tendrán ellos de nosotros otra cosa que oposición constante”.
DE LÍDER ESTUDIANTIL A LÍDER POLÍTICO
Cuando los primeros uneístas egresan de la universidad como profesionales, se les hace indispensable seguir la lucha, por lo cual el surgimiento de un partido de la misma inspiración cristiana era algo obvio y eminente. Sería así como nace Acción Electoral en 1941, partido del que Caldera sería Secretario General que luego devendría en Acción Nacionalista, Acción Nacional y más tarde en Copei, su obra prima en política.
Para Caldera, como bien lo recuerda su biógrafa Mercedes Pulido de Briceño, “la política no es una opción, sino un deber”, así entendía el compromiso que el católico debe asumir cuando se asoma a la realidad de su país”.
Caldera sería electo diputado al Congreso por Yaracuy para el período 1941-1944, elección que se produjo el 24 de enero de ese año 41, cuando cumplía 25 años, edad mínima que la Constitución exigía para los Diputados al Congreso. Allá se encontrará con Pedro José Lara Peña, su compañero de ideales, quien ya era diputado por Aragua para el período 1939-1942, siendo ambos los dos primeros diputados socialcristianos de Venezuela.

En ese Congreso coincidiría por primera vez Caldera con ese gigante de la democracia, la poesía y el Parlamento que fue Andrés Eloy Blanco, con quien debatiría, coincidiría y diferiría, y quien en 1944 confiesa: “No estoy de acuerdo con las ideas políticas del diputado Caldera, pero yo siento un profundo respeto por la verticalidad de su pensamiento, y desearía para todos los partidos políticos de Venezuela hombres de esta posición”.
Ese mismo año de inicio de su vida parlamentaria, Caldera se casa con Alicia Pietri Montemayor, una joven y hermosa caraqueña de apenas 17 años de edad, con la cual tendría sus seis hijos: Mireya, Rafael Tomás, Juan José, Alicia Helena, Cecilia y Andrés.
Como se sabe, muerto el presidente Gral. Juan Vicente Gómez, dícese que el 17 de diciembre de 1935, sería sucedido por su Ministro de Guerra y Marina, el Gral. Eleazar López Contreras, quien a su vez sería sucedido por su Ministro de Guerra y Marina, el Gral. Isaías Medina Angarita, quien no obstante dar pasos a la democratización del país, la Revolución de Octubre empujaría los tiempos con banderas que reclamaban pasos más firmes, quedando así depuesto por la Junta de Gobierno que va a presidir Rómulo Betancourt, y que asume el poder el 18 de octubre de 1945. En lo político, son tres los grandes postulados de la Revolución de Octubre: el voto para todos los venezolanos mayores de 18 años, si ningún otro requisito; la plenitud de derechos políticos para la mujer, y la elección del Presidente de la República por el voto directo y secreto del pueblo.
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