Resumen: La globalización económica, el vaciamiento de la institución política del Estado-nación, la radicalización neoliberal, la disolución de la política en mero imaginario mediático,






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fecha de publicación20.10.2016
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El cuerpo-empresa de la (meta)(post)(trans)(hiper)modernidad1


Miguel A. V. Ferreira

Universidad Complutense de Madrid

ferreira@um.es

Resumen:

La globalización económica, el vaciamiento de la institución política del Estado-nación, la radicalización neoliberal, la disolución de la política en mero imaginario mediático, la quiebra de la familia nuclear burguesa y la tecnocratización de los aparatos escolares han conducido, en el tránsito de apenas tres décadas, a la eliminación de los pilares básicos sobre los que se había constituido y desarrollado la modernidad occidental. Si nunca hemos sido modernos, como decía Bruno Latour2, ahora sin duda hemos perdido la ocasión de poder llegar a serlo algún día. Hemos alcanzado un punto tal de quiebra estructural que propicia, sin duda, una transformación igualmente estructural del modelo de convivencia occidocéntrico que se ha impuesto hegemónicamente; ahora bien, para ello resulta necesario determinar el “sujeto colectivo” portador de la capacidad para dicha transformación, es decir, actualizar el postulado marxiano de la conciencia de clase.

La dicotomía capital-trabajo, en un mundo en el que la economía de bienes y servicios está supeditada a los movimientos especulativos de los mercados de inversión secundarios, no resulta útil para tal determinación: hay demasiados pequeños capitalistas que afiliar a ese sujeto colectivo y demasiados trabajadores (altos ejecutivos de grandes corporaciones, por ejemplo) que desafiliar del mismo.

No se trata de determinar quiénes se benefician a costa de la gran mayoría de perjudicados, sino de “cómo” han logrado tal grado de eficacia en el ejercicio de su dominación. Aceptando que dicha dominación tiene una base económica, la mecánica de su ejercicio, sin embargo, se sitúa en el ámbito ideológico. Ahora bien, no en el ámbito expreso de su elaboración discursiva, sino en el práctico de sus “operaciones estéticas”, operaciones que se inscriben en los cuerpos mediante disciplinas y adiestramientos tanto como a través de enunciaciones performativas, y operaciones que se vehiculan a través de las emociones; se trata de manipulaciones de la líbido que conforman cuerpos dóciles al poder.

Desde una perspectiva genealógica, se toma como punto de partida el análisis foucaultiano sobre la gubernamentabilidad neoliberal, en el que se indica cómo la empresa se erige en principio básico de articulación social; y en términos fenomenológicos se aplica la teoría de la acción de Bourdieu. Con ello, se propone un “diagnóstico”: la dominación contemporánea lo es de cuerpos-empresas movilizados por la promesa permanentemente incumplida del “éxito económico”, la cual se constituye como el principal capital simbólico en disputa.

La empresa


Siguiendo la argumentación de Foucault en Nacimiento de la biopolítica (Foucault, 2008), los antecedentes del neoliberalismo al que estamos supeditados a fecha actual se remontan al proceso de reconstrucción de Alemania tras la II Guerra Mundial, proceso cuyo diseño fue elaborado por la escuela ordoliberal o de Friburgo.

Con la herencia nazi como última expresión de la historia política alemana, dicho proyecto de reconstrucción no podía apelar a fundamentos políticos y se orientó hacia la economía como razón de ser del Estado. Se retomaba el ideario liberal (el mercado como regulador perfecto de la vida social), pero con una serie de modificaciones significativas. Entre ellas, destacamos dos. Una: el mercado ya no se iba a concebir como une espacio de intercambio, de compra-venta entre iguales, sino como uno de competencia, de concurrencia desigual entre competidores con diversos recursos. Dos: el mercado ya no cabía ser entendido como una entidad de orden “natural”, sino como un principio formal que, obedeciendo a una lógica específica que le es propia, es necesario crear y mantener.

De ambas resulta la idea de una empresarialización generalizada de la sociedad: la constitución de un tejido social en el que la empresa sea el factor estructurante; multitud de empresas al alcance de todo el mundo y la propia empresarialización de la persona. Todos hemos de competir en pos de un beneficio que está a nuestra alcance permanentemente.3

A ello se le agregan ingredientes de la Escuela del Capital Humano estadounidense; de entre los cuales, el principal es la concepción de que todo trabajador, lejos de ser una persona que vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario, es un empresario de sí mismo que rentabiliza permanentemente el capital que constituye su propia persona, entendiendo por tal el conjunto de capacidades, habilidades y potencialidades que puede invertir económicamente a cambio de un beneficio monetario.4

La empresa deja de ser algo objetivo, una institución-organización propia de la economía capitalista, para convertirse, tanto en un principio de articulación social movilizado por los poderes políticos, como un principio de conformación de la identidad. Todo es empresa; todo ha de girar en torno a la lógica de la inversión y el beneficio. La estructuración social va a girar en torno a presupuestos empresariales: toda actividad sancionada positivamente tendrá como objetivo la consecución de un beneficio que se ha de lograr mediante la competencia; será un inversión empresarial, cual es el caso de la actividad educativa, que ya no significa adquisición de conocimiento, sino una inversión destinada a rentabilizarse en el futuro en el mercado laboral. El conocimiento ya no puede concebirse como desinteresado. Consecuentemente, toda persona ha de actuar conforme a esa estructuración, asumiendo su condición empresarial competitiva y situando el objetivo del beneficio como el regulador fundamental de su conducta. Un economicismo generalizado propiciado a través de mecanismos políticos que “fabrica” actividades y conductas empresariales a todos los niveles de la convivencia colectiva.

Como bien señala Polanyi (2012), aportando pruebas rotundas, la idea de un mercado auto-regulado y la supeditación de toda la existencia social a su consecución, es una ficción que jamás se ha llevado a cabo y que, cuando se ha estado más cerca de lograr el imposible, ha destrozado los tejidos sociales y conducido a catástrofes de dimensión inusitada. El punto final del relato de Polanyi son las dos guerras mundiales y los fenómenos del nazismo y del estatalismo soviético como resultados del intento de llevar a la práctica tal ficción. Según él, ahí se acababa un modo de existencia, para el mundo occidental, que, arrancando en el s. XVI, había logrado alcanzar su máximo rendimiento a lo largo del XIX.

Su pronóstico fue cierto durante unos treinta-cuarenta años, desde la postguerra hasta los años setenta (o, más bien, el período que abarca las décadas de los 70, los 80 y los 90): el Estado del Bienestar y las políticas keynesianas pusieron coto a la ficción de un mercado autorregulado. Pero tal modelo condujo a una nueva crisis económica y entonces se recuperó el ideario liberal, modificado con ingredientes nuevos que podemos rastrear tanto en el ordoliberalismo alemán como en la Teoría del Capital Humano estadounidense.

Un factor adicional se sumó; decisivo y desconcertante: la globalización. Pero una globalización cuyo “esqueleto” lo constituye la especulación financiera, por mucho que la misma involucre muchas otras dimensiones (la economía informacional, según Castells (1996), la ruptura de la ciudadanía salarial, según L. E. Alonso (1999), la quiebra del modelo de regulación económica previo, según D. Harvey (1998), la pérdida de capacidad de acción del Estado-nación, según U. Beck (1999), etc.). La globalización no es más que una nueva modalidad mediante la cual el capital extiende su territorio de acción sin necesidad de acudir los a métodos de expansión bélicos que le eran propios (Baricco, 2002), y que además le permite sustraerse a todo tipo de control político y social (Castells, 1996; Estefanía, 2002; Prieto, 1999).

La dinámica propiciada por el modelo keynesiano, cuyo “motor” fue la gran industria de producción en masa y su creciente internacionalización, implicó una impresionante acumulación y concentración de capital que, al producirse la crisis de los 70, una crisis, fundamentalmente, de “saturación” de los mercados, ya no podía obtener los beneficios a través de los mismos medios por los que se habían venido produciendo hasta entonces: el capital se quedó sin mercados en los que invertir. Las grandes multinacionales, saturados sus mercados, crearon otros nuevos a los que poder trasladar la inversión de todo ese capital acumulado: los mercados secundarios, las apuestas de riesgo, los movimientos especulativos que no redundan en la economía “real”; el dinero que se busca a sí mismo con independencia de las personas y sus necesidades.

Bien. Esta maquinaria neoliberal, globalizada y especulativa no puede funcionar si la gente no colabora a tal funcionamiento. Que todos tengamos que entender que, de un modo u otro, somos empresarios, bien vendido, contribuye a tal colaboración; pero los argumentos “positivos” para ello se vienen abajo a poco que la gente se ponga a pensar un poco. Es necesario que se movilicen otros mecanismos más, digamos, “subrepticios”. Es decir, para que la maquinaria funcione en términos estructurales es necesario que en lo cotidiano y concreto de nuestra existencia colectiva como agentes sociales estemos de acuerdo con su lógica y la apoyemos de manera práctica.

El cuerpo-empresa


Esto nos conduce a la teoría de la acción de Bourdieu (1999): como agentes sociales, nuestra eficiencia cotidiana, nuestra capacidad de desenvolvernos competentemente en aquellos ámbitos en los que hemos de hacerlo, no pasa, fundamentalmente, por el raciocinio, sino por una familiarización activa que sedimenta en nuestro cuerpo: nuestro cuerpo es el receptáculo de nuestra eficiencia social (y asociado al cuerpo, y al margen del raciocinio, están las emociones: la emoción es corporal).5

Si macro-estructuralmente se ha establecido una dinámica que propicia que la especulación financiera dirija los destinos del planeta, a nivel micro hacen falta, no mentes racionalmente convencidas, sino cuerpos hábilmente adiestrados para que cumplan con el guión.

Ese adiestramiento corporal también ha sido evidenciado por Foucault: la transición a la modernidad supuso un cambio en las “tecnologías” del poder, la constitución de aparatos de saber-poder que cumplen una función normalizadora. Ya no se trata de ejercer la autoridad bajo la coacción directa y abierta de la amenaza física, sino que se elaboran legitimaciones científicas sobre las que se basan las decisiones políticas. Este cambio supone a su vez que los aparatos de poder han de desplegar toda una serie de mecanismos de clasificación y jerarquización que han de operar a nivel individual, para determinar, individuo a individuo, el óptimo de su comportamiento; un comportamiento puesto al servicio del Estado que tiene por objeto maximizar la “rentabilidad” de las ciudadanías; ya no se trata de lograr sumisión mediante la amenaza (un ejercicio del poder “en negativo”), sino de potenciar al máximo la utilidad, política y económica, de las ciudadanías (un ejercicio del poder “en positivo”).

El buen ciudadano, en un plano político, es aquel que comprende las bondades de un régimen de funcionamiento basado en los principios de la ciudadanía y de la democracia parlamentaria representativa. Aquí los mecanismos de adoctrinamiento son de naturaleza ideológica y operan mediante discursos de racionalidad; suministran “buenas razones”. El objetivo es la homogeneización del pensamiento de los/as ciudadanos/as apelando a valores de carácter universalista y de naturaleza humanista; buenas razones que se sustentan en la apelación a dicotomías epistemológicas que son, a la par que tales, éticas y estéticas (nada más platónico: la Verdad, la Bondad y la Belleza van siempre de la mano).

Sin embargo, nos interesa más la rentabilización económica de las ciudadanías, punto de confluencia de los planteamientos anatomopolíticos de Foucault y de los de la agencialidad social de Bourdieu.

Un ciudadano rentable económicamente, para el Estado, ha de ser eficaz en su función laboral (pues la inmensa mayoría de las ciudadanías, bajo un régimen de funcionamiento capitalista, son trabajadores/as), lo cual se entiende como lo más corporalmente eficiente que sea posible. Aquí se instauran las políticas de higiene pública y el imperio (aparato de saber-poder por excelencia) de las directrices médicas (al amparo, también, de un supuesto valor universalista de salud). Junto al adoctrinamiento ideológico se da el entrenamiento corporal. Y uno de los aparatos que con más intensidad opera en ambos niveles es el aparato educativo: van de la mano los discursos de racionalidad y las disciplinas corporales (aprender que, según se dice, el ser humano se diferencia del resto de especies biológicas por el hecho de ser un “ser racional”, se aprende sentado, callado, con compostura, en estado de máxima inmovilidad y atención visual y auditiva; el que manda habla, en general, desde una tarima, y decide quién vale y quién no; el que obedece calla, siempre sentado/a, por debajo de la tarima; los cuerpos tienen reservados ciertos espacios específicos para ciertas actividades, reguladas sistemáticamente: la clase, el recreo, las actividades deportivas, la higiene, corporal, ha de cuidarse, etc.)

En este marco de funcionamiento, el de las disciplinas corporales, es en el que se gesta nuestra habilidad agencial, que Bourdieu remite al habitus: conjuntos de predisposiciones para la acción que se activan, fundamentalmente, no a través del raciocinio y la deliberación, sino a través de destrezas corporales adquiridas por familiarización. Evidentemente, si hay mecanismos de adiestramiento corporal sistemáticos, gran parte de nuestras habilidades, corporales, como agentes sociales, estarán puestas al servicio de los intereses del poder vigente: cuanto más eficientes seamos como agentes sociales tanto más estaremos garantizando que los marcos estructurales que conforman dicha eficiencia se mantengan incólumens.

Nuestra eficiencia agencial-corporal no es un mecanismo (por llamarlo de alguna manera) que sirva a nuestros intereses; sirve a los de la lógica de dominación actualmente vigente. Si te manifiestas poco eficiente, serás llamado al “orden” y se aplicarán técnicas correctivas.

Pongamos como ejemplos la obesidad y el tabaco. Estar obeso y/o ser fumador/a son los polos “malos”, negativos, de dos dicotomías sancionadas por la ciencia médica respecto de un supuesto patrón universalista de salud: gordo/ delgado, fumador/ no fumador, que, connotativamente, indican enfermo/ sano. En ambos casos, se está categorizando el cuerpo respecto a su, supuesta, funcionalidad: el gordo es menos hábil, menos diestro, más lento; el fumador es, igualmente, menos resistente, menos capaz; ambos, por tanto, son cuerpos menos eficientes laboralmente. La llamada al orden, en el caso del gordo, proviene de todo el imaginario estético producido en torno a la vinculación simbólica entre delgadez, salud y éxito social, imaginario materializado en la ingente industria de la medicina estética y representado en todo tipo de publicidad comercial: los productos apreciados y apreciables lo son de gente delgada y guapa, gente de éxito; los depreciados y despreciables son de gente fea y gorda (perfumes caros versus desatascadores de váteres), gente que nadie quisiera ser. Todavía no está prohibido ser gordo, pero hay una permanente sanción negativa respecto a la gordura como indicativa de un muy seguro fracaso en la vida para quien en ella esté instalado/a. La llamada al orden en el caso del fumador ha sido mucho más formalizada; en forma de legislación anti-tabaco. La apelación es la misma, sólo que más explícita; el imaginario aplicado es el mismo, sólo que más radical; en este caso, no sólo se trata de una “enfermedad” atribuida a quien fuma, sino de una “enfermedad colectiva”, pues fumar perjudica la salud de terceros/as. El fumador, como el gordo, no debe abandonar su condición de tal por desviarse, a título particular, de la norma médica de salud, sino que, además, ha de hacerlo porque provoca la desviación de toda la ciudadanía. Cabe señalar dos “figuras” realmente existentes que ponen en tela de juicio de manera práctica todo el tejido regulatorio elaborado en torno a ambos ejemplos: el “gordo feliz” (inmune a las sanciones respecto a su imposibilidad de disfrutar la vida por ser gordo) y el “fumador deportista” (inmune a las sanciones respecto a su presunta decrepitud física)6.

Sumando, pues, la dimensión genealógica de la modernidad que propone Foucault con los planteamientos, llámemoslos “estructuralistas”, de Bourdieu, tenemos un principio de articulación social empresarial y una mecánica de funcionamiento basada en la explotación, material, simbólica y emocional de los cuerpos.

Ahora, se trata de poner en perspectiva esta mecánica en relación con las transformaciones que el mundo occidental comienza a experimentar a partir de los años 70. Una radicalización de los principios liberales clásicos y una mecánica de funcionamiento que, al amparo de la explosión de las tecnologías de la comunicación como medio, nos ha llevado a la globalización. Si bien las transformaciones de fondo que se dan a partir de ese momento son de crucial importancia, en lo que aquí nos ocupa han significado, en paralelo, la intensificación de la lógica de la empresarialización de la sociedad y de la sistemática maquinaria de sometimiento que se ejerce sobre nuestros cuerpos.

En la situación actual de crisis, de quiebra radical de las principales instituciones que propiciaron el desarrollo y consolidación de la modernidad, atender a esa radicalización de tal principio estructurante que gira en torno a los cuerpos-empresas nos va a permitir vislumbrar cuál podría ser el sujeto colectivo de la transformación social.

La “fisura”, en el marco de la empresarialización generalizada de las sociedades occidentales, es que cada vez más gente tiene menos oportunidades objetivas de desarrollar un proyecto vital motivado por sus directrices: precarización laboral, desempleo, recortes... pobreza y hambre, cada vez son más la expresión práctica de lo que tal modelo produce. En el marco de la dominación disciplinaria de los cuerpos, y dada la circunstancia previa, cada vez es más evidente que quienes obtienen el beneficio derivado de que esta dinámica se mantenga distan mucho de cumplir las directrices médico-estéticas sobre las que se da dicha dominación; los que realmente tienen el poder, económico y político, y por el hecho de poseerlo, suelen ser portadores/as de cuerpos bastante desviados de los cánones sobre los que se articula la regulación basada en el principio del cuerpo-empresa. Sus “empresas” son muy potentes objetivamente como tales en términos de la rentabilidad económica que producen, mientras que sus “cuerpos” son muy débiles en términos de los cánones disciplinarios que se imponen a las ciudadanías.

El cuerpo-empresa ha sido forjado como mecanismo para el mantenimiento de un determinado modelo de existencia que ha agotado su ciclo. Es una doble tenaza que, por una parte, conforma mentalidades y conductas a partir de unas concretas directrices ideológicas consistentemente argumentadas mediante discursos de racionalidad, y, por otra, produce y adiestra cuerpos emocionalmente predispuestos a acatar sumisamente tales directrices bajo la promesa de que de tal acatamiento resultará (aunque no se sepa cómo; y no se sabe, precisamente, porque los mecanismos que lo logran no circulan por espacios de racionalidad y cognición) el “éxito”.

En la gestación de la modernidad se inscriben dos categorías conceptuales que encapsularon, aprisionaron, a las personas: la de “sujeto” (persona portadora de la capacidad de raciocinio), y la de “individuo” (contradictoria en su doble dimensión, la política, que implica una persona sujeta a los principios de la ciudadanía democrático-representativa y, por lo tanto, que supedita su interés particular al público, y la económica, que define una persona egoísta y calculadora motivada exclusivamente por la maximización de su beneficio particular). Ambas, abstractas y sin una efectiva consolidación práctica en la existencia de la gran mayoría de personas que han vivido la modernidad, encuentran su contrapunto en la de “cuerpo-empresa”: el sujeto se conforma bajo los criterios de la competencia y la búsqueda del beneficio (racionalidad puramente instrumental), y el individuo se despliega exclusivamente en su vertiente económica (renunciando al interés público) mediante una corporalidad disciplinada a través de mecanismos simbólicos que operan en un plano emocional.

¿Transformación...?

Somos, querámoslo o no, cuerpos-empresas; siéndolo, hemos sido conniventes para llegar al punto al que hemos llegado; hemos sido, somos, cómplices, voluntarios o involuntarios, de que nuestra existencia actual sea como es. La (meta)(post)(trans)(hiper) modernidad7, el neoliberalismo globalizado erigido como estructura a partir de la conformación de cuerpos-empresas ha agotado sus posibilidades (aunque pueda que dicho agotamiento logre no hacerse efectivo durante un tiempo). La pregunta crucial y, siendo el punto de partida de todo lo antedicho, a los efectos de suscitar un debate productivo, que quiero dejar abierta es la siguiente: ¿quiénes están llamados/as a protagonizar lo que vendrá después... si es que viene algo?

Pues bien. Si la modernidad nos encapsuló como sujetos-individuos, y si la última operación ha sido conformarnos como cuerpos-empresas, tensando hasta el límite dichas categorías, algo sustancial, se ha perdido por el camino: nuestra condición de personas. Tenemos capacidad de raciocinio, podemos adherirnos a principios solidarios por el bien público, somos capaces de rentabilizar económicamente nuestra existencia, tenemos cuerpos eficientes, en diverso grado, y somos portadores de emociones susceptibles de ser afectadas; lo que sí que no somos es, en términos generalizados, empresarios. Pero todo ello elimina nuestra condición fundamental: que somos personas con existencias, vivencias, afectos, perspectivas, sueños, deseos, manías, obsesiones, inconsistencias, frustraciones, anhelos particulares e intransferibles. Esa “heterogeneidad” personal supone, contradictoriamente, una “homogeneidad”. Se substancia en el principio de “empatía” que ya formulara Adam Smith (2004): por el hecho de serlo, podemos ser capaces de ponernos en la piel de cualquier otra persona, aún no experimentando lo que ella experimenta, y saber (no racionalmente) lo que está experimentando. Esa reapropiación es la que permitirá la constitución de lo que al inicio se denominaba “sujeto colectivo” de la “revolución” que actualmente es necesario emprender.

Es decir, transformar el cuero-empresa en cuerpo-persona…

Bibliografía:

Aloonso, L. E. (1999): Trabajo y ciudadanía, Madrid, Trotta.

Baricco, A. (2002): Next: sobre la globalización y el mundo que viene, Barcelona, Anagrama.

Beck, U. (1999): ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización, Barcelona, Piados.

Bourdieu, P. (1999): Meditaciones pascalianas, Anagrama, Barcelona.

Castells, M. (1996): La Era de la Información, Madrid, Alianza.

Estefanía, J. (2002): “Globalización: ¿una nueva era histórica?, en Revista Clío núm. febrero; pp. 24-35.

Foucault, M. (2008): Nacimiento de la biopolítica, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Harvey, D. (1998): La condición de la postmodernidad. Buenos Aires, Amorrortu.

Latour, B. (1993): Nunca hemos sido modernos: ensayo de antropología simétrica, Madrid, Debate.

Polanyi, K. (2012): la gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, México, Fondo de Cultura Económica.

Prieto Rodríguez, C. (1999): “Globalización económica, relación de empleo y cohesión social”, en Papers: Revista de Sociología núm. 58; pp. 13-37.

Smith, A. (2004): Teoría de los sentimientos morales, Madrid, Alianza.

1 Respecto al título del texto, puede consultarse la nota a pié 7.

2 Latour (1993).

3 “…la competencia pura, que es la esencia misma del mercado, sólo puede aparecer si es producida por una gubernamentalidad activa” (Foucault, 2008: 154); “.…la intervención gubernamental —y esto lo dijeron siembre los neoliberales [alemanes de la escuela de Friburgo]— no es menos densa, menos frecuente, menos activa, menos continua que en otro sistema. (…) El gobierno (…) [d]ebe intervenir sobre la sociedad misma, en su trama y espesor (…) para que los mecanismos competitivos, a cada instante y en cada punto del espesor social, puedan cumplir el papel de reguladores” (Ibíd.: 179); “El homo œconomicus que se trata de reconstituir (…) es el hombre de la empresa y de la producción (…). El aspecto al que se intenta volver es una especie de ética social de la empresa, cuya historia política, cultural y económica habían procurado hacer Weber, Sombart y Schumpeter” (Ibíd.: 182-183); “…se trata (…) de constituir una trama social en la que las unidades básicas tengan precisamente la forma de la empresa (…) se trata de generalizar, mediante su mayor difusión y multiplicación posibles, las formas «empresa» (…) Se trata de hacer del mercado, de la competencia, y por consiguiente de la empresa, lo que podríamos llamar el poder informante de la sociedad” (Ibíd.: 186).

4 “…el salario no es otra cosa que la remuneración, la renta afectada a cierto capital, un capital que va a calificarse de capital humano en cuanto, justamente, la idoneidad-máquina de la que constituye una renta no puede disociarse del individuo humano que es su portador” (Ibíd.: 266).

5 “…los agentes sociales están dotados de habitus, incorporados a los cuerpos a través de las experiencias acumuladas: estos sistemas de esquemas de percepción, apreciación y acción permiten llevar a cabo actos de conocimiento práctico, basados en la identificación y el reconocimiento de los estímulos condicionales, y convencionales, a los que están dispuestos a reaccionar, así como engendrar, sin posición explícita de fines ni cálculo racional de los medios, unas estrategias adaptadas y renovadas sin cesar, pero dentro de los límites de las imposiciones estructurales de las que son producto y que los definen” (Bourdieu, 1999:183); “Las estructuras del espacio social (o de los campos) moldean los cuerpos al inculcarles, por medio de los condicionamientos asociados a una posición en ese espacio, las estructuras cognitivas que dichos condicionamientos les aplican” (Ibíd.: 240); “Cada agente tiene un conocimiento práctico, corporal, de su posición en el espacio social (…) . El conocimiento práctico que proporciona ese sentido de la posición adopta la forma de la emoción (…). Ese conocimiento orienta las intervenciones en las luchas simbólicas de la existencia cotidiana que contribuyen a la elaboración del mundo social de manera menos visible, pero igual de eficaz, que las luchas propiamente teóricas que se desarrollan en el seno de los campos especializados…” (Ibíd.: 242-243).

6 El autor de estas líneas pertenece a la segunda figura, la del fumador deportista: pese a fumar, bajo la modalidad de tabaco de liar, el equivalente a dos cajetillas convencionales (industriales) de tabaco al día, hace ciclismo y natación regularmente; entre una hora y media y dos de bici y entre tres cuartos de hora y una hora de piscina; todos los días. Puestos a cuestionar el argumento, supuestamente científico (médico), de que la legislación anti-tabaco se justifica en nombre de la salud pública, cabría plantearse: 1) si ello es cierto, ¿por qué no se ha prohibido en términos absolutos fumar en lugar de limitar el ejercicio de dicho acto a espacios públicos cerrados?; y 2) Si es tan importante la salud pública, ¿por qué no se prohíbe la circulación de vehículos a motor (de combustión a partir de derivados del petróleo?. Sugiero que ambas medidas no se aplican porque, en el marco de esta lógica neoliberal globalizada, las potentes multinacionales tabacaleras, del automóvil y de la energía tienen más capacidad de influencia sobre los gobiernos nacionales que los gordos y los fumadores (y, por cierto, el colectivo profesional con más nivel de tabaquismo conocido y reconocido es el de los médicos...)

7 La inclusión de los términos “meta”, “post”, “trans” e “hiper”, en relación a la modernidad, pretende indicar que, en el ya largo debate respecto a si la modernidad sigue vigente o bien vivimos un mundo ya no moderno, no nos decantamos por lo uno ni por lo otro: perviven, creemos, algunos ingredientes determinantes; pero, igualmente, han desaparecido otros. Se trata de indicar, en definitiva, que, sea o no modernidad, el mundo actual es bastante distinto al que se gestó, en la Europa Occidental, entre los siglos XVI y XX.

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