No creo que el Gobierno Revolucionario y yo personalmente tengamos que hacer un mensaje al país dando cuenta de las actividades del Estado desde el 7 de octubre






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  1. Política de la

revolución boliviana

No creo que el Gobierno Revolucionario y yo personalmente tengamos que hacer un mensaje al país dando cuenta de las actividades del Estado desde el 7 de octubre de 1970, sino más bien, estoy convencido que el pueblo y gobierno unidos deben analizar cuanto han realizado en estos diez meses para ver en qué medida se ha cumplido con la tarea fundamental de vencer la dependencia para salir del atraso y de la pobreza.
La revolución que estamos llevando a cabo no puede estar circunscrita al aparato gubernamental y a su funcionamiento, tiene que ser medida por los resultados obtenidos con la concreción de esfuerzos de todos los bolivianos.
La batalla por la emancipación no se traba apenas en el campo de la administración de la cosa pública, pero se efectúa, más bien, en el de la acción revolucionaria del pueblo en todos los sectores de la vida nacional.
Para mantener y consolidar la revolución, por eso hemos evitado por todos los medios divorciar la obra gubernamental del movimiento ascendente y creador de las masas populares, de ahí que nada de lo que se ha hecho fue sin la orientación, sin el impulso y sin la participación activa del pueblo.
Desde el momento en que asumí la responsabilidad de conducir al país por el camino de la liberación nacional, cumpliendo con las exigencias y demandas de nuestro pueblo, he cuidado en primer término de preservar las medidas que adoptábamos tuvieran el contenido y la forma que los bolivianos quisieran darles a fin de que cada uno de nosotros fuera el responsable de su destino y fuera el arquitecto de la grandeza y del progreso del país.
El 7 de octubre del año pasado planteamos que el objetivo primordial consistía en liberarnos del estado de dependencia en el que nos encontrábamos. En ese sentido, con el apoyo de obreros, campesinos, intelectuales y Fuerzas Armadas nos preparamos para romper el aparato de opresión que deformaba la vida económica, social y política de nuestro país.
Pero, para vencer la dependencia sabía que era imprescindible combatir en todos los frentes. Comprendía que únicamente realizaríamos la revolución si fuéramos capaces de promover una transformación profunda y radical en todos los campos de actividad, en todas las formas de organización y en todos los sistemas administrativos del país y sabía, también, que esto sólo sería posible con el concurso de cada uno de los bolivianos porque el cambio integral que requiere una auténtica emancipación debe abarcar necesariamente el local de trabajo, la escuela, el círculo familiar y el propio hogar.
Una cosa son las aspiraciones populares que motorizan la revolución, otra muy distinta es la construcción de una sociedad libre y próspera. La primera nace de las angustias, de las postergaciones y de las injusticias que sufre el pueblo, obedece a us sueños y sus esperanzas; la segunda, requiere de sacrificios tenaces, continuos y sin desmayos. La libertad y la independencia son bienes que se conquistan con humildad, con perseverancia y con trabajo. Todos los pueblos que han logrado felicidad y progreso han recorrido el camino de las renuncias, de la paciencia y de la austeridad. No se edifica una patria grande en un día, no se crea prosperidad con palabras. El bienestar y los adelantos no se obtienen por dádivas o por simple solidaridad.
Sólo la fe inquebrantable que mantengo en el pueblo de Bolivia me ha llevado a aceptar el desafío gigantesco que representa la revolución.
En el día de la patria quiero decir a los bolivianos que no me he equivocado al confiar integralmente en su aptitud y en su decisión para conquistar su soberanía y su destino. Debo agradecer, asimismo, la comprensión y la confianza que ha recibido el Gobierno Revolucionario en cada una de las tareas que ha realizado desde el 7 de octubre.
En la estrategia que trazamos para llevar adelante la revolución, en primer lugar me dediqué a crear una estructura de poder popular que garantizara la continuidad y la conducción del proceso de liberación.
La experiencia de las últimas décadas ha enseñado al pueblo que no basta asumir el gobierno sino que es indispensable instituir un poder estable y duradero, capaz de emprender la construcción de una nueva sociedad, reedificando la nación.
Para comprender la verdadera naturaleza de nuestra situación, debo recalcar que este Gobierno Revolucionario no surgió de un proceso sistemático y orgánico. No tomamos el poder sino que llegamos a él por el emplazamiento impostergable de determinadas circunstancias históricas. Y eran estas condiciones las que tonaban particularmente difícil el problema de asegurar la presencia del pueblo en el gobierno.
El 7 de octubre la nación se encontraba polarizada por do fuerzas antagónicas: de un lado la derecha reaccionaria en el auge de su audacia y agresividad y, del otro, las fuerzas revolucionarias carentes de una organización efectiva, centralizada y dinámica. Debemos recordar que la derecha, robustecida por su permanencia en el poder y por loas claudicaciones del gobierno anterior, había tomado la iniciativa de la lucha política para implantar una dictadura que frenara definitivamente las esperanzas del pueblo. Ante esa coyuntura es que tuvimos que asumir la responsabilidad que nos imponía el fragor incontenible de los acontecimientos y la inminentemente de aislamientos al cual nos recluyó la reacción antinacional, que venía realizando un metódico avasallamiento de todos los mecanismos del gobierno.
Como consecuencia de esta realidad no teníamos cuadros organizados, no poseíamos el instrumento indispensable a toda acción revolucionaria, no disponíamos de recursos materiales, ni existía unidad ni entendimiento entre los dispersos grupos y dirigentes de izquierda que hubieran podido contribuir a la cristalización de nuestros esfuerzos.
Fue, pues, un prodigio de correlación de fuerzas favorables ala revolución el que nos permitió asentar y consolidar un gobierno sin derramar sangre.
Ante este estado de cosa y para superar las debilidades del proceso revolucionario es que solicité al Comando Político del Pueblo su colaboración para conformar el gobierno con una participación del 50% en el gabinete. No fue posible llegar a este resultado en razón de que las fuerzas populares que integraban ese comando prefirieron mantener una posición de vigilancia y apoyo indirecto, dejando que el gobierno se organice a criterio del Presidente de la República.
De esta manera, para constituir mis dos gabinetes recurrí a hombres de profunda sensibilidad social, identificados con los anhelos del pueblo y sin militancia partidaria, inclusive porque los partidos políticos no tenían ninguna vigencia en ese momento.
Pero creo no haber defraudado la expectativa de los bolivianos sino que estoy seguro de haber conquistado mayor confianza y apoyo en todos los sectores, a pesar de los errores y deficientes que presenta mi labor gubernamental y para los cuales pido la crítica sana y creadora del pueblo.
Con honestidad y con realismo quiero confesar esos errores. Creo que el mayor de ellos consiste en no haber conseguido unificar y organizar a las fuerzas de izquierda del país. Pero el Gobierno Revolucionario está dispuesto a enmendar esa culpa, en cuanto los obreros, los campesinos, los intelectuales y las Fuerzas Armadas quieran colaborar en la formación de un amplio frente de defensa revolucionaria.
Nos ha faltado también coordinación entre algunos organismos del Estado, lo que ha ocasionado fallas administrativas.
Reconozco también que se registraron defectos en las relaciones que mantiene el gobierno con las organizaciones populares, aunque por encima de todos los peligros y dificultades siempre hemos mantenido un diálogo en términos cordiales y constructivos.
Hoy estoy en condiciones de decir al pueblo boliviano que, a pesar de nuestras deficiencias, hemos consolidado victoriosamente la posición del Gobierno Revolucionario en el poder.
Con el apoyo de las masas oprimidas del país desbaratamos el aparto de la conspiración derechista y vencimos los escollos que la reacción nacional e internacional han puesto en nuestro camino.
En este 6 de agosto, podemos aseverar que nos encontramos fuertes y firmes en el gobierno. La ola de rumores, la campaña de confusión y la conjura permanente de nuestros adversarios, se estrellan impotentes ante la alianza tácita de los obreros, campesinos, intelectuales y Fuerzas Armadas, que hemos sabido conservar con tenacidad y clarividencia.
Nuestra fuerza y nuestra firmeza en el gobierno emana de la vigilancia consecuente e incansable de las masas populares, vigilancia que debemos sostener y redoblar porque la reacción no abandona el campo de lucha sin agotar todos los recursos que tiene a su alcance para mantener su sobrevivencia política.
Las transformaciones y cambios que está realizando el Gobierno Revolucionario tenían que ocasionar, naturalmente, situaciones de violencia e intolerancia. Era lógico esperar que los antagonismos y las injusticias que se agitaban en el seno de la sociedad boliviana, tuvieran algunos estallidos y colisiones que, sin deformar el carácter pacífico de la revolución, sembraran dudas e intranquilidad.
Grandes sectores laboriosos de nuestra población reclaman contra las ocupaciones que ocurrieron en propiedades particulares y contra la falta de algunas garantías.
A todos debo decir que la Revolución Boliviana es tolerante y es generosa. No hay cárceles, no hay confinamientos, destierro o persecución para nadie. No hemos organizado campos de concentración y no se ha derramado una solo gota de sangre por causa del gobierno. Lo que ocurre es que la explotación inmemorial a que estuvo sometido nuestro pueblo tenía que generar algunas manifestaciones incontenibles de fuerza y descontento. La verdad es que el pueblo fue confinado y reprimido como dentro de una olla donde se acumulan las presiones y la tarea de mi gobierno fue ir aliviando paulatinamente esa situación par equilibrar el paso de la presión externa con el impulso de las presiones internas, cuyo choque amenazaba sumergir a la colectividad boliviana en un caos de consecuencias imprevisibles.
Con serenidad y con paciencia el Gobierno Revolucionario ha ido cimentando orden y tranquilidad en todas partes, a pesar de las provocaciones que la derecha alienante y la izquierda impaciente le oponen.
En este sentido, es tan efectiva y honesta nuestra labor que estamos seguros que el derrocamiento del Gobierno Revolucionario sólo podría, como consecuencia, traer la guerra civil o la anarquía.
Las manifestaciones de violencia que nos ha tocado presenciar tienen, sin embargo, dos orígenes. Unas como he dicho, nacen de la postergación y de la explotación inmisericorde que se ejercía contra el pueblo boliviano. Los que sembraron atraso, pobreza y humillaciones no podían recibir otra cosa que fuerza, miedo e incertidumbre. No se cosecha justicia y paz cuando se han distribuido apenas desigualdades y opresiones. Y otras que se originan en la provocación de nuestros enemigos que, a veces, arrastran a sectores sanos y desprevenidos que se prestan, sin darse cuenta, al juego de la reacción que quiere deformar la imagen de la situación boliviana mediante el caos y el desorden.
El Gobierno Revolucionario, por ello, previene al pueblo contra la violencia. Ninguna forma de incomprensión, intolerancia o desorganización conduce a parte alguna. El país no debe dejarse sorprender por la violencia que se origina en la miseria y en el abandono, ni por la que provocan los agentes saboteadores de nuestro proceso, porque ambas paralizan la acción revolucionaria del gobierno y pueden conducirnos al desprestigio o al fracaso.
La nación debe estar alerta porque la violencia y la arbitrariedad, por mucho que tengan un fondo de justicia y reparación, ocasionan siempre graves peligros a la revolución pero no se justifican cuando son ejercidas contra un gobierno que ha nacido del pueblo y que dedica al pueblo todos sus esfuerzos y todas sus realizaciones.
Lo que debo decir a mis conciudadanos es que me parece incomprensible que existan todavía personas que prefieran la violencia y la anarquía a recoger los beneficios de la tranquilidad y las garantías que el Gobierno Revolucionario ofrece al país. Es inconcebible que haya hombres que estén tratando de provocar, de todos modos, un enfrentamiento entre el gobierno y algunos sectores de la población, sin siquiera meditar sobre el resultado que podría advenir de ese choque.
El país debe reflexionar profundamente sobre la protección que significa la convivencia democrática que, a toda costa, mi gobierno desea implantar. Yo no sé a quiénes puede convenir la dictadura y la fuerza; lo que tengo que decir es que a la clase obrera, a los campesinos, a los intelectuales y a las Fuerzas Armadas no les interesa perder las garantías democráticas que hoy existen en nuestra patria porque, más bien, son estas fuerzas las que lloran y sufren cuando se derrama una gota de sangre boliviana.
Repito a la nación que creo firmemente que podemos llevar adelante el proceso liberador por la vía de la paz y la concordia. Estoy convencido que el camino de sufrimiento, privaciones y muertes debe ser abandonado para siempre en nuestra vida política, porque cada vida boliviana puede y debe ser útil a la grandeza del país y la felicidad del pueblo.
Hoy día, que celebremos nuestra independencia que es cada vez más profunda y más auténtica llamo a los bolivianos a la concordia y al la paz. El pueblo tiene en sus manos los medios de poder que le permiten su liberación integral, de ahí por qué tiene que ser generoso, justo, laborioso pacífico. El orden y la tranquilidad son los instrumentos más favorables para lograr el progreso y la felicidad del país.
Algo más debo expresar a mi pueblo en el 146 aniversario de la patria. Estoy seguro, como nunca, del triunfo dela revolución porque son evidentes y palpables los resultados obtenidos en cada uno de los sectores de la vida institucional del país como analizaremos más adelante.
Pero no quiero concluir de otra manera, las relaciones internacionales de Bolivia tenían que reflejar, necesariamente, los objetivos del proceso de emancipación nacional. La orientación de nuestra política exterior, por eso, fue la proyección hacia fuera de los objetivos que trazamos para vencer la dependencia y el atraso.
Inicialmente, el Gobierno Revolucionario pasó a considerar que las relaciones exteriores del país constituían un mecanismo fundamental para afirmar la soberanía y para obtener, de todas partes del mundo, los recursos indispensables a nuestro desarrollo económico.
Desde el 7 de octubre, por ello, hemos seguido una línea coherente entre la política internacional y las metas revolucionarias que el pueblo se ha propuesto alcanzar.
Las relaciones exteriores de nuestro país se asientan, primordialmente, en una línea coherente entre la política internacional y las mestas revolucionarias que el pueblo se ha propuesto alcanzar.
Las relaciones exteriores de nuestro país se asientan, primordialmente, en una línea de independencia que se expresa en dos principios básicos: primero, la Revolución Boliviana reconoce la necesidad de mantener relaciones de amistad y colaboración con todas las naciones del mundo, siempre que los intereses vitales de nuestra patria pueden asegurados y se respeten indeclinablemente los preceptos de autodeterminación de los pueblos y no intervención en los asuntos internos de cada miembro de la comunidad internacional y, segundo, en la aceptación de la igualdad de todos los países, por encima del grado de su desarrollo económico, sistema político o potencial militar.
Dentro de esta concepción y considerando las necesidades del país, establecimos tres objetivos de carácter esencial para nuestra política exterior:


  • Estrechar los vínculos que nos unen con los países limítrofes, buscando promover y acelerar la integración de América latina.

  • Amplificar la esfera de nuestra política exterior estableciendo relaciones diplomáticas y comerciables con los países socialistas.

  • Mantener y consolidad las buenas relaciones de nuestro país con las naciones de Occidente.


Esta posición independiente, de defensa de la soberanía nacional y de acción múltiple para acelerar nuestro desarrollo económico, nos ha llevado al establecimiento de Comisiones mixtas permanentes de coordinación con el Perú, Brasil y la Argentina que, aparte de reactivar nuestras relaciones bilaterales, permitirá ampliar nuestro campo de influencia internacional a favor de la integración continente.
Asimismo, adoptamos una clara actitud en lo que respecta a la libertad de cada nación para establecer relaciones diplomáticas con cualquier país del mundo, agilizando de esa manera nuestra participación y presencia en los organismos internacionales, donde Bolivia mantiene un criterio intransigente de neutralidad activa y de no alineamiento.
Por otra parte, al cambiar el contenido de nuestra política externa hemos impuesto un nuevo estilo diplomático ágil y concreto, de contactos personales y directivos, que se ha manifestado a través de un creciente intercambio de misiones con el exterior y de visitas de enviados especiales de todas partes del mundo.
Como consecuencia de esta política se ha n firmado 38 tratados y acuerdos bilaterales, así como ofrecimos nuestra adhesión a once convenios multilaterales en el lapso de 10 meses.
Esto significa que la Revolución ha adoptado una línea de acción internacional dirigida a la diversificación de las fuentes de financiamiento externo y a la ampliación de mercados para el consumo de nuestros productos n todas partes del mundo, incrementando al mismo tiempo, los vínculos culturales y científicos.
La política exterior, así renovada y dinámica, deberá traer como resultado medios económicos, técnicos y educativos que nos colaboren a realizar los cambios estructurales necesarios a la liberación nacional que es objetivo fundamental del Gobierno Revolucionario.
Para citar un dato concreto dela eficiencia y operatividad de la nueva diplomacia boliviana, bastará con informar al pueblo que obtuvimos en este período mas de 43 millones de dólares de créditos internacionales para nuestros programas de desarrollo, así como que nos encontramos abocados en la negociación de otros financiamientos importantes, que se realizan al margen de las gestiones exitosas en el campo de los hidrocarburos y de la minería.
De esta manera, la Revolución boliviana ha transformado la política internacional de nuestra patria. No aceptamos ni aceptaremos ninguna relación de dependencia o sumisión a los intereses de otras potencias. No permitiremos que nos opongan limitaciones a nuestro derecho de convivir en paz y en progreso con toda la comunidad internacional. La libertad que queremos establecer dentro de nuestro país, de be reflejarse en la independencia que debemos mantener en nuestra acción externa. La capacidad de decisión propia para resolver nuestros problemas internos debe manifestarse como voluntad autónoma en nuestros vínculos con las demás naciones del mundo. Así como asumimos la determinación de disponer de nuestros recursos, de nuestra vida nacional, de nuestro destino, debemos también orientar los compromisos y obligaciones internacionales por el camino de los intereses indeclinables del país y de las aspiraciones impostergables del pueblo.
El Decreto-Ley N° 09621 de 26 de marzo de 1971, dio a las Fuerzas Armadas de la nación una nueva estructura. De acuerdo a ella, el ministerio de Defensa Nacional ejerce el mando unitario de la institución armada en los aspectos político-administrativos y técnico-castrense: de su autoridad dependen, en orden jerárquico vertical, los comandos generales de fuerza. Por consiguiente el ministerio de Defensa, con el objeto de adecuar su actividad a la nueva concepción estructural se ha organizado con dos importantes estados mayores:
El Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas o co-castrenses y el Estado Mayor logístico-territorial que tiene a su cargo los problemas político-administrativos. Además, se ha establecido, con el mismo criterio de unidad de mando, que la Secretará Permanente del Consejo Nacional y se otorgue la importancia que realmente tiene a la Inspección General de las Fuerzas Armadas


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