Yo viví con un miedo constante durante diez años largos desde que era un niño de cuatro años hasta que cumplí los catorce






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fecha de publicación20.09.2016
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Senderos Fronterizos de Francisco Jiménez Apuntes #___
Expulsados, Parte I

Yo viví con un miedo constante durante diez años largos desde que era un niño de cuatro años hasta que cumplí los catorce.

Todo empezó allá a finales de los años 40 cuando Papá, Mamá, mi hermano mayor, Roberto, y yo salimos de El Rancho Blanco, un pueblecito enclavado entre lomas secas y pelonas, muchas millas al norte de Guadalajara, Jalisco, México y nos dirigimos a California, con la esperanza de dejar atrás nuestra vida de pobreza. Recuerdo lo emocionado que yo estaba mientras me trasladaba en un tren de segunda clase que iba hacia el norte desde Guadalajara hacia Mexicali. Viajamos durante dos días y dos noches. Cuando llegamos a la frontera de México y los Estados Unidos, Papa nos dijo que teníamos que cruzar el cerco de alambre sin ser vistos por la migra, los funcionarios de inmigración vestidos de uniforme verde. Durante la noche cavamos un hoyo debajo del cerco de alambre y nos deslizamos como serpientes debajo de éste hasta llegar al otro lado. –Si alguien les pregunta dónde nacieron –dijo Papa firmemente -, díganles que en Colton, California. Si la migra los agarra, los echará de regreso a México -. Fuimos recogidos por una mujer a quien Papa había contactado en Mexicali. Él le pagó para que nos llevara en su carro a un campamento de carpas para trabajadores que estaba en las afueras de Guadalupe, un pueblito junto a la costa. A partir de ese día, durante los siguientes diez años, mientras nosotros viajábamos de un lugar a otro a través de California, siguiendo las cosechas y viviendo en campos para trabajadores migrantes, yo viví con el miedo de ser agarrado por la Patrulla Fronteriza.

A medida que yo crecía, aumentaba mi miedo de ser deportado. Yo no quería regresar a México porque me gustaba ir a la escuela, aun cuando era difícil para mí, especialmente la clase de inglés. Yo disfrutaba aprendiendo, y sabía que no había escuela en El Rancho Blanco. Cada año Roberto y yo perdíamos varios meses de clase para ayudar a Papá y a Mamá a trabajar en el campo. Luchábamos duramente para sobrevivir, especialmente durante el invierno, cuando el trabajo escaseaba. Las cosas empeoraron cuando Papá empezó a padecer de la espalda y tuvo problemas para pizcar las cosechas. Afortunadamente, en el invierno de 1957, Roberto encontró un trabajo permanente de medio tiempo como conserje en Main Street Elementary School en Santa Maria, California.

Nosotros nos establecimos en el Rancho Bonetti, donde habíamos vivido en barracas del ejército de modo intermitente durante los últimos años. El trabajo de mi hermano y el mío –desahijando lechuga y pizcando zanahorias después de clase y en los fines de semana- ayudaba a mantener a mi familia. Yo estaba emocionado porque nos habíamos establecido finalmente en un solo lugar. Ya no teníamos que mudarnos a Fresno al final de cada verano y perder las clases durante dos meses y medio para pizcar uvas y algodón y vivir en carpas o en viejos garajes.

Pero lo que yo más temía sucedió ese mismo año. Me encontraba en la clase de estudios sociales en el octavo grado en El Camino Junior High School en Santa Maria. Estaba preparándome para recitar el preámbulo a la Declaración de Independencia, que nuestra clase tenía que memorizar. Había trabajado duro para memorizarlo y me sentía con mucha confianza. Mientras esperaba que la clase empezara me senté en mi escritorio y recité en silencio una última vez.
Nosotros consideramos estas verdades evidentes:

que todos los hombres nacen iguales; que ellos


fueron dotados por su Creador con ciertos

derechos inalienables, entre los cuales están la

vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad ...
Yo estaba listo.
Después de que sonó la campana, la señorita Ehlis, mi maestra de inglés y de estudios sociales, empezó a pasar lista. Fue interrumpida por unos golpes en la puerta. Cuando la abrió, vi al director de la escuela y a un hombre detrás de él. Tan pronto vi el uniforme verde, me entró pánico. Yo temblaba y podía sentir mi corazón golpeando contra mi pecho como si quisiera escaparse también. Mis ojos se nublaron. La señorita Ehlis y el funcionario caminaron hacia mí. –Es él –dijo ella suavemente poniendo su mano derecha sobre mi hombro.

-Tú eres Francisco Jiménez? –preguntó él con firmeza. Su ronca voz resonó en mis oídos.

-Sí, -respondí, secándome las lágrimas y clavando mi vista en sus negras botas grandes y relucientes. En ese momento yo deseé haber sido otro, alguien con un nombre diferente. Mi maestra tenía una mirada triste y adolorida. Yo salí de la clase, siguiendo al funcionario de inmigración, dirigiéndonos a su carro que llevaba un letrero en la puerta que decía BORDER PATROL. Me senté en el asiento de adelante y nos dirigimos por Broadway a Santa Maria High School para recoger a Roberto, quien estaba en su segundo año. Mientras los carros pasaban junto a nosotros, yo me deslicé hacia abajo en el asiento y mantuve mi cabeza agachada. El funcionario estacionó el carro frente a la escuela y me ordenó que lo esperara mientras él entraba al edifico de la administración.

Pocos minutos después, el funcionario regresó seguido de Roberto. La cara de mi hermano estaba blanca como un papel. El funcionario me dijo que me sentara en el asiento trasero junto con Roberto. –Nos agarraron, hermanito, -dijo Roberto, temblando y echándome el brazo sobre mi hombro.

-Si, nos agarraron, -repetí yo. Yo nunca había visto a mi hermano tan triste. Enojado, yo agregué en un susurro: -Pero les tomó diez años-.

Roberto me señaló al funcionario con un rápido movimiento de los ojos y puso el dedo índice en los labios indicándome que me callara. El funcionario giró a la derecha en Main Street y se dirigió al Rancho Bonetti, pasando por lugares familiares que yo pensé no volvería a ver nunca: Main Streeet Elementary School; Kress, la tienda de cinco y diez centavos; la estación de gasolina Texaco donde conseguíamos nuestra agua para beber. Yo me preguntaba si mis amigos en El Camino Junior High School me echarían tanto de menos como yo los echaría de menos a ellos.

--Saben quién los denunció? -–preguntó el funcionario, interrumpiendo mis pensamientos.

--No, -contestó Roberto.

--Fue uno de su propia raza, --dijo riéndose.

Yo no lograba imaginarme quién podría haber sido. Nosotros nunca le dijimos a nadie que estábamos aquí ilegalmente, ni siquiera a nuestros mejores amigos. Miré a Roberto, esperando que él supiera la respuesta. Mi hermano se encogió de hombros.

--Pregúntale a él quién fue, --le susurré.

--No, pregúntaselo tú –-respondió él.

El funcionario, que llevaba anteojos grandes color verde oscuro, debió habernos oído, porque nos lanzó una mirada por el espejo retrovisor y dijo: --Lo siento, pero no puedo decirles su nombre.

Expulsados, Parte II - Francisco Jiménez (pp. 5-8)

Cuando llegamos al Rancho Bonetti, la camioneta de una patrulla fronteriza se encontraba estacionada frente a nuestra casa, que era una de las ruinosas barracas del ejército que Bonetti, el dueño del rancho, compró después de la Segunda Guerra Mundial y se las rentaba a los trabajadores agrícolas. Toda mi familia estaba afuera, parada junto al carro de la patrulla. Mamá sollozaba y acariciaba a Rubén, el menor de mis hermanos y a Rorra, mi hermanita. Ellos se abrazaban a las piernas de Mamá como dos niños que acaban de ser encontrados después de haber estado perdidos. Papá estaba de pie entre mis dos hermanos menores, Trampita y Torito. Ambos lloraban en silencio mientras Papá se apoyaba en los hombros de los dos, tratando de aliviar su dolor de espalda. Roberto y yo bajamos del carro y nos unimos a ellos. Los funcionarios de inmigración, que sobresalían entre todos por su altura, registraron el rancho en busca de otros indocumentados, pero no encontraron a ninguno.

Nos metieron en la camioneta de la Patrulla Fronteriza y nos llevaron a San Luis Obispo, donde estaba la sede de inmigración. Ahí nos hicieron interminables preguntas y nos dieron a firmar unos papeles. Ya que Papá no sabía inglés y Mamá sólo entendía un poco, Roberto y yo les servimos de intérpretes. Papá les mostró su tarjeta verde que Ito, el aparcero japonés para quien pizcábamos fresas, le había ayudado a conseguir años antes. Mamá mostró los certificados de nacimiento de Trampita, Torito, Rorra y Rubén, quienes nacieron en los Estados Unidos. Mamá, Roberto y yo no teníamos documentos; nosotros éramos los únicos que forzosamente teníamos que salir. Mamá y Papá no querían separar a la familia. Ellos le rogaron al funcionario de inmigración que estaba a cargo que nos permitiera permanecer unos cuantos días más, hasta que pudiéramos salir todos juntos del país. El funcionario aceptó finalmente y nos dijo que podíamos salir voluntariamente. Él nos dio tres días para que nos presentáramos en la oficina de inmigración estadounidense fronteriza de Nogales, Arizona.

A la mañana siguiente, mientras nos preparábamos para nuestro viaje de regreso a México, salí de la casa y vi que el camión escolar recogía a los muchachos que vivían en el rancho. A medida que el vehículo se alejaba, sentí un vacío dentro de mí y un dolor en el pecho. Entonces entré de nuevo para ayudar a empacar. Papá y Mamá estaban sentados junto a la mesa de la cocina rodeados por mis hermanos y mi hermanita, quienes escuchaban tranquilamente mientras mis padres planeaban nuestro viaje. Papá sacó la caja metálica en que guardaba nuestros ahorros y los contó. –-No tenemos mucho, pero tendremos que vivir al otro lado de la frontera con lo poco que tenemos. Quizás nos dure hasta que arreglemos nuestros papeles y regresemos legalmente, --dijo él.

--¡Y con la ayuda de Dios lo haremos! –-dijo Mamá. De eso no hay duda. Yo estaba feliz de oír a Papá y a Mamá decir eso. Me encantaba la idea de volver a Santa María, asistir a la escuela y no tenerle ya miedo a la migra. Sabía que Roberto sentía lo mismo. Él mostraba una sonrisa y los ojos le brillaban.

Papá y Mamá decidieron cruzar la frontera en Nogales porque ellos habían oído decir que la oficina de inmigración ahí no era tan frecuentada como la de Tijuana o Mexicali. Nosotros empacamos algunas pertenencias, guardamos el resto en nuestra barraca y dejamos nuestra vieja Carcachita cerrada con llave y estacionada al frente. Joe y Espy, nuestros vecinos de la casa de al lado, nos llevaron en su carro a la estación camionera de la Greyhound, situada en North Broadway, en Santa María. Compramos nuestros boletos a Nogales y abordamos el camión. Papá y Rorra se sentaron al lado de Roberto y yo, pero al otro lado del pasillo. Torito y Trampita se sentaron delante de nosotros. Roberto cerró los ojos y reclinó hacia atrás la cabeza. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Frunció el labio inferior y empuñó las manos. Puse mi brazo izquierdo sobre su hombro y me asomé por la ventana. El cielo gris amenazaba con lluvia. Un muchachito de aproximadamente mi misma edad dijo adiós con la mano a una pareja sentada detrás de nosotros. Él me recordó a Miguelito, mi mejor amigo en el tercer grado en Corcorán. Yo lo eché de menos por mucho tiempo después de que él y su familia se mudaron del campamento de trabajadores donde vivíamos.

Abandonamos el Valle de Santa María, pasando por acres y acres de tierra sembrados de fresas, alcachofas y alfalfa. Atravesamos pueblitos y ciudades de las que nunca había oído hablar. Una vez que entramos a Arizona, los campos verdes y las ondulantes colinas cedieron el paso a llanuras desérticas y montañas escabrosas. Yo gocé viendo a las liebres saltar súbitamente de su escondite bajo los arbustos del desierto, aterrizar cerca de nuestro camión, que corría aceleradamente y brincar de nuevo hacia los arbustos. Trampita y Torito inventaron un juego para ver quién detectaba más conejos, pero Papá tuvo que detenerlos porque ellos empezaron a pelearse. Torito acusó a Trampita de ver doble y Trampita alegó que Torito no sabía contar.

Pasamos junto a casas de adobe sin céspedes delanteros y calles sin pavimentar. Papá dijo que le recordaban ciertos lugares de México. Conforme nos acercábamos a la base de las montañas, vimos centenares de cactos. –Mira, viejo, --dijo Mamá, señalando a través de la ventana--. Esos nopales parecen unos pobres que estiran los brazos para rezar.

--Parecen más bien hombres que se están rindiendo--dijo Papá.

--¿Y qué me dices de esos dos?

--¿Cuáles? –le preguntó Papá--. ¿Los dos que están trenzados uno con el otro? Parecen dos personas asustadas.

--No, viejo –replicó ella--. Parecen dos personas que se están abrazando. Mamá continuó señalando otros cactos a Papá hasta que él se aburrió y se negó a seguir respondiendo.

Nos detuvimos en Tucson y continuamos hasta Nogales. Las montañas distantes bordeaban la carretera a ambos lados en gran parte del trayecto. Se elevaban al cielo varios miles de pies, semejando orugas gigantes alzándose a gatas del suelo. Esa noche llovió a cántaros. Las gotas de lluvia caían con fuerza sobre la ventana, haciendo difícil conciliar el sueño.

Después de viajar por cerca de veinte horas, llegamos por la mañana, agotados, a la estación camionera de Nogales, Arizona. Recogimos nuestras pertenencias y nos dirigimos a la oficina de inmigración y aduana, donde nos reportamos. Habíamos llegado antes de la fecha límite. Fuimos entonces escoltados a pie para cruzar la frontera hacia el lado mexicano de Nogales. Las ciudades gemelas estaban separadas por una alta cerca de malla. Pastizales, mezquite, arbustos bajos dispersos y suelo rocoso desnudo rodeaban ambos lados de la frontera. El cielo estaba despejado y las calles se encontraban muy áridas. Caminamos paralelamente a la cerca por las calles sin asfaltar, buscando un lugar donde hospedarnos. Nos encontramos con niños descalzos, vestidos de harapos que escarbaban en los botes de basura. Yo sentí un nudo en la garganta. Me recordaron el tiempo en que vivíamos en Corcorán e íbamos al pueblo por la noche a buscar comida entre la basura detrás de las tiendas de comestibles.

Finalmente encontramos un motel barato y ruinoso en la Calle Campillo, a unas cuantas cuadras de la frontera. Mientras Papá y Mamá se registraban, inspeccioné la pequeña oficina. A través de la ventana sucia, pude ver parte del puente que unía los dos Nogales y el cerco de malla que separaba a las dos ciudades. En la esquina del mostrador amarillo oscuro, que me llegaba hasta la barbilla, había un rimero do folletos descoloridos del motel que estaban sujetos en su lugar por tres piedritas. El color y la forma de las piedras me fascinaban. Parecían pepitas de oro. Tomé una de ellas para examinarla de cerca, pero Mamá me dio una palmada en la mano y dijo que la devolviera a su lugar. Cuando nadie estaba mirando, agarré una y me la metí en el bolsillo.
Expulsados, Parte III - Francisco Jiménez (pp. 9-12)

El cuarto del hotel era pequeño, como las cabañas en que vivíamos en los campamentos para trabajadores del algodón. Quitamos de la cama el hundido colchón y lo pusimos en el gastado piso amarillo de linóleo para que Papá y Mamá pudieran dormir en él. El resto de nosotros se acostó encima del armazón de resortes. Esa noche me sentía inquieto y me tomó mucho tiempo dormirme. Pensaba en lo que había hecho. A la mañana siguiente, salí del motel, llevando la piedrita en el puño y preguntándome qué debería hacer. Pensé arrojarlo debajo del puente, pero me sentía culpable y asustado. Regresé a la oficina y, fingiendo que iba a tomar un folleto, la puse de nuevo en su sitio.

Todos los días, después que Mamá compraba a los vendedores callejeros los alimentos para nuestra comida, ella y Papá iban a la oficina de inmigración a averiguar sobre nuestra solicitud de visas. Cada vez que iban les pedían más información. Papá envió un telegrama a Fito, mi primo en Guadalajara, pidiéndole que consiguiera nuestros certificados de nacimiento y que nos los enviara por correo. Cuatro días después de que llegaron, se nos citó para una evaluación en el Hospital Saint Joseph, el cual estaba situado a pocas cuadras de la oficina de aduanas. Nos registramos en la recepción y nos sentamos en sala de espera hasta que nos llamaran. Las paredes del cuarto eran color verde claro y los pisos blancos y limpiecitos, igual que los uniformes de las enfermeras y los médicos. La recepcionista salió y nos entregó un formulario de Evaluación Médica para Aplicantes de Visa del Servicio Exterior de los Estados Unidos. Roberto le ayudó a Mamá a leer la larga lista de enfermedades contenidas en el formulario y a marcar sí o no las padecía o había padecido.

Después de esperar durante varias horas, fuimos llamados al fin por una enfermera, que recogió los formularios. Me pidieron pasar primero. Ella me llevó a un cuartito y entregó mis papeles al médico, que les echó un vistazo y me pidió que me quitara la ropa, menos mis calzoncillos. Miré a la enfermera, sintiendo que mi cara ardía. –No tiene piojos, está limpio, -dijo ella, después de pasarme un peine fino por el pelo. El médico confirmó la lista de enfermedades que yo había marcado antes en el formulario.

-¿Amebiasis, gonorrea, sífilis, tracoma?

-No -le respondí.

-¿Tuberculosis?

Me acordé del bracero que todo el mundo pensaba que tenía tuberculosis. Él pizcó fresas un verano con nosotros cuando trabajábamos para Ito. Pensábamos que tenía tuberculosis porque era flaco como una lombriz y con frecuencia tosía sangre. Lo llamábamos ‘El Tuberculosis’. Un día se agravó tanto en el trabajo que Ito lo llevó de regreso al campamento de braceros. Ésa fue la última vez que lo vi.

-¿Tuberculosis? -repitió el médico impaciente.

-No.

-¿Tina? -preguntó, haciendo girar mi cuerpo para revisar mi espalda.

-La tuve, pero hace muchos años- le dije.

Cuando yo estaba en tercer grado, noté que tenía dos manchas rojas aproximadamente del tamaño de una moneda de veinticinco centavos, una al lado derecho de mi estómago y la otra en la parte trasera del cráneo. Se las mostré a Mamá y le dije que me daban comezón. “El diablo te hizo esas señas. Por eso es que están rojas”, dijo ella, sin parpadear. Cuando ella vio que yo estaba a punto de llorar, me abrazó y dijo: “Estaba bromeando, Panchito, es roña. Yo me encargaré de ella”. Ella frotó las manchas rojas con ajo todos los días y al cabo de dos semanas desaparecieron. El fuerte olor no sólo acabó con la roña, sino que también mantenía alejados a mis compañeros de clase. Siempre que yo me les acercaba ellos gritaban: “¡Hiedes como un mexicano!” y se alejaban de mí a toda prisa, tapándose la nariz.

-Tu espalda se ve bien –dijo el médico. Yo sentía una comezón en el cráneo, pero no me atreví a rascarme. -¿Y qué hay de las afecciones mentales: debilidad mental, locura, personalidad psicópata, epilepsia, adicción a drogas narcóticas, alcoholismo crónico?

-No –dije yo, ignorando lo que significaban aquellas palabras.

-¿Y qué hay de defectos físicos?

-Ninguno-. Pensé que él no me creyó, porque me hizo estirar los brazos y caminar de un lado del cuarto al otro. Él me hizo sentar entonces en una mesa de evaluación, y golpeó mis rodillas con un mazo de goma de cabeza chata. Mi rodilla se sacudió tan fuerte que casi lo pateo en la barbilla. La enfermera revisó entonces mi peso y altura.

-Cien libras y cuatro pies once pulgadas. Eres un poco pequeño para tu edad -declaró ella.

No era la primera vez que me decían eso. Mis compañeros de clase en El Camino Junior High School, donde yo era el chico más pequeño, me lo recordaban cada vez que escogían equipos para jugar al básquetbol durante el recreo.

Puedes vestirte ahora –dijo ella–. Hemos terminado.

Roberto pasó después. Cuando salió su cara estaba roja como un betabel. Parecía como si hubiera participado en una pelea. Su pelo estaba revuelto y llevaba la camisa desfajada. Él y yo comparamos nuestra experiencia y nos reímos nerviosamente cuando llegamos a la parte en que nos desnudaron frente a la enfermera. -¡Qué vergüenza!—dijo él. El chequeo de Mamá tomó mucho más tiempo que el de Roberto o el mío. Ella no dijo una palabra al respecto y Roberto y yo no se lo preguntamos.

Después de esperar varios días se nos notificó que nuestra solicitud de una visa de inmigrantes había sido aprobaba. Papá, Mamá, Roberto y yo nos pusimos locos de contentos cuando recibimos la noticia. No podíamos dejar de sonreír. Mis hermanitos no entendían lo que significaba todo aquello, pero ellos brincaban arriba y abajo sobre el manchado colchón como chapulines. –Esto merece una comida especial –dijo Mamá. Esa noche ella salió y compró enchiladas, arroz y frijoles.

Después de la cena, Papá se acostó en la cama para descansar su espalda. –He estado pensando acerca de dónde iremos al salir de aquí, --dijo él, encendiendo un cigarrillo. “De vuelta a Santa María, por supuesto, ¿Adónde más?” pensaba yo. Papá se mordió el labio inferior y continuó: -Estábamos en la estación lluviosa. Hay poco trabajo en los campos durante este tiempo, y mi espalda está empeorando. Él hizo una pausa. Dio una chupada a su cigarrillo y siguió. –La única cosa segura es el trabajo de Roberto como conserje. ¿Qué tal si él regresa a Santa María y el resto de nosotros se va a Guadalajara y se queda con mi hermana Chana? Eso me dará la oportunidad de buscar a una curandera que me vea la espalda. En la primavera, cuando esté curado, podemos regresar a Santa María y yo puedo trabajar de nuevo en el campo. El alma se me vino al suelo. Yo no quería perder más clases. Quería decirle a Papá que no me gustaba la idea, pero no dije nada. Papá nunca nos permitía que discrepáramos de él. Me decía que eso era una falta de respeto.

Expulsados, Parte IV - Francisco Jiménez (pp. 13-15)

-¿Qué tal si Panchito se regresa con Roberto? –dijo Mamá-. De ese modo podría ayudarle en el trabajo y los dos podrían asistir a la escuela. Yo sabía que Mamá me había leído la mente. Ella me guiñó el ojo cuando me vio sonreír.

-Eres un hombre hecho y derecho, un verdadero macho –dijo Papá, dirigiendo su atención a mi hermano-. Tú puedes encargarte de cuidar a Panchito, ¿verdad, mijo? Mi hermano sonrió y asintió con la cabeza.

La idea de estar separado de Papá, Mamá y mis hermanitos me entristecía, pero la idea de perder las clases y no estar con Roberto me dolía todavía más.

-Yo regresaré con él, pero los echaré de menos –dije, conteniendo las lágrimas.

-Nosotros también te extrañaremos, --dijo Mamá, secándose los ojos.

-Les enviaré dinero todos los meses cuando me paguen –dijo Roberto, orgullosamente.

-Eres un buen hijo –dijo Papá, indicando a Roberto que se sentara a su lado sobre la cama.

-Todos ustedes son una bendición –agregó Mamá, sonriéndonos a Roberto y a mí y abrazando a Rorra, Torito y Trampita.

Decidimos salir del hotel esa tarde para evitar pagar otra noche. Fui con Mamá a la oficina para pagar la cuenta. Quería mirar las piedritas una vez más. El empleado se fijó en mi interés y dijo:

-Esas son piedras de pirita de cobre.

-Parecen ser de oro –respondí.

-Son lo que llaman en inglésfool’s gold”. Él cogió la piedrita que yo había

tomado antes y me la entregó. –Toma, puedes llevarte ésta. Te traerá buena suerte.

Miré a Mamá. Ella sonrió y asintió. –Gracias –dije, tomando la piedrita y metiéndola en mi bolsillo. “Me alegro de haberla devuelto y no haberla arrojada”, pensé.

Terminamos de empacar y nos dirigimos a la estación camionera a pie. Estaba empezando a llover, y tuvimos que apurarnos. Roberto, Papá, Trampita y yo llevábamos las cajas de cartón. Mamá sostenía a Rorra de la mano. Torito y Rubén corrían detrás de nosotros, tratando de no quedarse atrás. -¡No tan rápido! –gritaban. ¡Espérennos! Unos guardias armados nos detuvieron en el portón fronterizo y nos pidieron nuestra documentación. Sus uniformes verdes me hacían temblar. Papá les mostró nuestros papeles, y ellos nos dejaron cruzar hacia Nogales, Arizona.

Cuando llegamos a la estación de camiones estábamos empapados. Mamá se acercó al mostrador y compró dos boletos de ida a Santa María para Roberto y para mí y cinco boletos a Guadalajara para el resto de la familia. Fuimos a los excusados y nos secamos con toallas de papel; luego nos sentamos en silencio a esperar el camión. Torito y Trampita estaban inquietos. Ellos saltaron de la banca, corrieron a la máquina de pinball y se empujaron mutuamente, tratando de jalar el mango. Papá hizo un agudo sonido sibilante, como el de un cascabel, para llamarles la atención. Él hacía ese ruido siempre que le molestaba algo que estuviéramos haciendo. Ellos no lo oyeron, así que él silbó más alto, pero los altavoces anunciando las salidas y llegadas ahogaron su silbido. Con un ligero movimiento de cabeza señalando la máquina de pinball, Papá me indicó que trajera a Trampita y Torito. Papá les dirigió una mirada severa y les dijo que se sentaran y se estuvieran quietos. Yo me senté entre Torito y Trampita y les eché los brazos al cuello. Me sentía triste, pensando en lo mucho que iba a extrañarlos.

Miré el reloj de la pared y salí a tomar aire fresco. Llovía a cántaros. Mirando el cielo oscuro, deseé que todos nosotros estuviéramos regresando juntos a Santa María. Oí un anuncio por el altavoz, pero no le presté atención. –Nuestro camión está aquí, Panchito, --dijo Roberto-, y él con el resto de la familia se me acercaron desde atrás. Roberto y yo abrazamos a Papá y a Mamá y besamos a nuestros hermanitos.

-Que Dios los bendiga, -dijo Mamá. Sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras intentaba una sonrisa torzada. Roberto y yo subimos al camión. Ocupamos nuestro asiento, limpiamos los vidrios empañados y saludamos con la mano. La lluvia golpeteaba fuertemente sobre el camión mientras éste se alejaba.

Al otro lado del pasillo un niñito jugaba a andar a caballo sobre el regazo de su papá. Saltaba arriba y abajo y les palmoteaba repetidamente las piernas gritando “¡Más rápido! ¡Más rápido!” Aparté la vista, cerré los ojos y me apoyé sobre el hombro de Roberto. Lloré en silencio hasta que me quedé dormido.

Cuando desperté, la lluvia había pasado. Un fuerte viento levantaba polvo, desechos y grava, obligando al camión a avanzar a paso de tortuga. Una vez que el viento se aplacó, el camión llegó a una estación de descanso cerca de una vieja gasolinera y una tiendita de comestibles. Roberto y yo bajamos a estirar las piernas. Al lado de la estación había una tarima abierta improvisada, que estaba sostenida por cuatro postes. Colgada de uno de los postes de la derecha había una caja de madera dentro de la cual estaba un crucifijo de madera. Roberto y yo nos persignamos e inclinamos la cabeza. Yo oré en silencio para que mi familia llegara a salvo a Guadalajara. Subimos otra vez al camión y continuamos nuestro viaje.

Finalmente llegamos a Santa María al anochecer del siguiente día. Tomamos un taxi hacia el Rancho Bonetti, donde fuimos recibidos por un torrencial aguacero y por una manada de perros flacos sin dueño. El taxi iba lentamente, traqueteando sobre el terreno disparejo y ladeándose a derecha o izquierda cuando se metía en los baches llenos de agua. Parecía que estábamos en el mar en medio de una tormenta.

Nuestra barraca estaba fría y sin vida. Pusimos nuestras cajas en el suelo y encendimos la luz de la cocina.

Bueno, aquí estamos, Panchito, -dijo Roberto tristemente. Cuando vio que estaba a punto de llorar añadió: -El tiempo se irá volando, ya lo verás.

No tan rápido como yo quisiera –le dije. Desempacamos nuestras cajas y nos acostamos. Ninguno de los dos durmió bien esa noche.





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