En una tesis que presenté a la Convención Nacional del Magisterio reunida en la ciudad de Valencia en 1943, dije que en un país cualquiera, en una época






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EL ESTADO DOCENTE

En una tesis que presenté a la Convención Nacional del Magisterio reunida en la ciudad de Valencia en 1943, dije que en un país cualquiera, en una época cualquiera, es inconcebible que el Estado deje abandonada al capricho de las actividades particulares la orientación y formación de la conciencia de los ciudadanos 1.

Esto que decía entonces es doctrina fundamental en la educación y en la política educacional de todos los pueblos civilizados de la tierra.

Entra en nuestra política docente esta doctrina fundamental de la organización escolar.

El Estado interviene, por derecho propio, en la organización de la educación del país, y orienta, según su doctrina política, esa educación.

Depende la orientación de una escuela de la orientación política del Estado.

Si el Estado es fascista, la escuela es fascista. Si el Estado es nazista, la escuela es nazista. Si el Estado es falangista, la escuela es falangista. Y si el Estado es democrático, la orientación de la escuela necesariamente tiene que ser democrática. En efecto, en toda sociedad la educación sirve a elevados fines sociales, pero no le corresponde fijar autónomamente sus propias metas.

Obedece su orientación a la sociedad donde actúa. Es la clase social que dirige el Estado y para cuyo servicio actúa éste la que orienta la educación.

Decía Carlos Marx: “Los pensamientos de la clase dominante constituyen en todas las épocas los pensamientos predominantes, es decir, la clase que constituye el poder material dominante de la sociedad, constituye al mismo tiempo su poder intelectual predominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material, dispone con ello al mismo tiempo de los medios de la producción intelectual”.

Un autor de orientación opuesta a la de Marx,Hermann Heller, en su obra Teoría del Estado, se pronuncia en palabras que aún siendo distintas conducen al mismo fin. Apunta Heller: “Un poder político es tanto más eficaz cuanto más consigue hacer que sea reconocida la pretensión de obligatoriedad para sus propias ideas y ordenaciones normativas y para las reglas de la costumbre, moral y derecho por él aceptadas y que son, al mismo tiempo, su fundamento. Su prestigio político crece si logra que el tipo de cultura representado políticamente por él sea adoptado como modelo para la formación de la vida. Las mismas formas del lenguaje, de la literatura, la música y las artes plásticas, pueden en determinadas circunstancias, obrar eficazmente en provecho del poder político. Por eso concede tanta importancia el Estado moderno a la política cultural en el interior y a la propaganda cultural en el exterior. Ningún Estado puede renunciar a la utilización de los poderes espirituales para sus fines. El Estado de Derecho con división de poderes adopta, en verdad, una cierta actitud de respeto frente a las fuerzas espirituales, al asegurar constitucionalmente el libre desarrollo del arte, la ciencia y la Iglesia. Pero esto sólo es posible que lo haga mientras las diferencias que puedan existir en el pueblo del Estado no pongan en peligro la unidad de la cooperación social en el interior y, con ello, su función social necesaria”2.

Pero no son sólo los autores modernos los que en tal forma se pronuncian.

Ya en La Política de Aristóteles se lee: “Pero en todas las cosas que he mencionado, la que más contribuye a la estabilidad de las constituciones es la adaptación de la educación a la forma de gobierno … Las mejores leyes, aun cuando sean sancionadas por cada uno de los ciudadanos del Estado, de nada servirán si no se educa a los jóvenes, mediante el hábito y la instrucción, en el espíritu de la constitución; democráticamente, si las leyes son democráticas, oligárquicamente, si las leyes son oligarcas”.

Los fascistas por boca de su teórico educativo Giovanni Gentil, expresarán: “La Conciencia activa y dinámica del Estado es un sistema de pensamiento, de ideas, de intereses que hay que satisfacer y de moralidad que hay que realizar. De aquí que el Estado sea, como debe ser, un maestro,mantiene

y mejora escuelas para fomentar esa moralidad. En la escuela, el Estado llega a la conciencia de su verdadero ser”.

Lenin, inspirador del régimen soviético aclara y amplía el pensamiento de Marx explicando: “Cuando más culto era el Estado burgués, más sutilmente mentía al declarar que la escuela podía mantenerse por encima de la política y servir a la sociedad en conjunto. La realidad de los hechos régimen de clases de la burguesía. Su propósito era proveer a los capitalistas de lacayos obedientes y de inteligentes trabajadores… Públicamente declaramos que la escuela divorciada de la vida y la política es una mentira y una hipocresía”. Por definición constitucional el Estado venezolano es democrático.

Su educación, por tanto, debe estar orientada dentro de los moldes que tradicionalmente se asignan a este régimen, dentro del cual todos tienen derecho a ser educados. Se dice que la ventaja de la democracia estriba en que el Estado y su educación no están bajo el monopolio de un determinado grupo y por ello puede influir en la política en mejores condiciones que en otros regímenes. Esta sería la verdad teórica. En la práctica la orientación de la educación la fijan los grupos que controlan el poder, que no son otros que los de la oligarquía nacional. El educador norteamericano Sidney Hook, en su libro Educación para una Nueva Era, defiende calurosamente la educación democrática porque forma los hombres de influir con su pensamiento en el cambio social. Sin embargo afirma: “Los demócratas están dolorosamente conscientes de la deprimente lista de restricciones a la libertad de investigación, de enseñanza y aprendizaje en los programas educativos de una democracia”. Pero se conforma diciendo que “lo importante es que están conscientes de esas restricciones como errores, que no los toman como cosas naturales o comunes y corrientes, como ocurre en otras formas de sociedad, y que no tienen que apelar a una ideología extranjera para encontrar una norma con la cual juzgarla”3.

La democracia, tal cómo existe y funciona no escapa, ni puede escapar a la regimentación clasista de sus dominantes. Tanto es así que un autor norteamericano de reconocida militancia católica, como lo es Robert M. Hutchins, en su obra Aprendizaje y Realidad, no obstante que afirma que por encima de las regulaciones políticas, “cualquier sistema educativo posee un cierto dinamismo propio”, llega a la conclusión de que: “Ahora en cada país se da por sentado, con la posible excepción de Estados Unidos que la educación es una responsabilidad nacional. Incluso en los Estados Unidos, no se discute la afirmación de que es una responsabilidad del gobierno; lo único que se pregunta es ¿qué gobierno?”. Hasta las altas jerarquías católicas, resistentes a toda injerencia del Estado que pudiera mermar las prerrogativas que se atribuyen, reconoce esa función docente del Estado, no obstante, compartida con ella. El Papa Pio XI, dijo en su Encíclica Repraesentati in Terra de 1929: “El Estado pide, y por tanto se cuida de ello, que todos los ciudadanos sean dotados con el conocimiento necesario de sus obligaciones cívicas y nacionales, más aún, con un cierto grado de cultura intelectual, moral y física que, dadas las condiciones que en nuestra época prevalecen, necesariamente son precisas para el bien común”4.

A pesar de lo dicho, en Francia se han suscitado debates candentes y largos sobre la neutralidad y la laicidad. En la constitución de 1958, vigente, se optó por silenciar la materia, pero la ley de 31 de diciembre de 1959, dispone que “según los principios definidos en la Constitución, el Estado asegura a los niños y adolescentes, en los establecimientos públicos de enseñanza la posibilidad de recibir una enseñanza conforme a sus aptitudes, en igualdad de respeto de todas las creencias”.

El jurista francés George Burdeau5, a quien nos referiremos en otras partes, proclama, que por la división religiosa y filosófica del pueblo francés

“es obligatorio que el Estado se proclame neutro y laico, es decir, que no tome partido sobre las opciones espirituales susceptibles de dividir a los ciudadanos. Esa neutralidad, indiscutible teóricamente, es muy difícil de respetar en el hecho. La enseñanza oficial debe ser neutra precisamente porque la enseñanza privada no lo es. Pero la neutralidad no puede ser obtenida sino al precio de una probidad moral escrupulosa y a veces de una gran abnegación intelectual. Para ello es preciso el tacto que evita herir las creencias y la autoridad que rechaza sacrificar la verdad”.

Como se ve, niega al Estado lo que a los particulares se concede, pero en el fondo lo que existe es una falacia, que ha sido atacada porque conspira contra la unidad de la nación permitiendo una doble moral y más que todo una contrapuesta forma de ciudadanía. Ya lo advertía Renan en 1878: “Se harán dos Francias, no solamente con opiniones diferentes (esto sería de poca importancia), sino educaciones diferentes, glorias diferentes, recuerdos diferentes. Entre ellas, no es la discusión lo que se prepara, es la separación; ahora bien, la discusión es buena pues obliga a cada opinión a vigilarse, a precisarse; la separación es mala, pues cada quién se hunde entonces en su sentimiento, sin diferencia para la parte de verdad que pueda encerrar la opinión de los demás” (cita de Burdeau). Pero las argumentaciones de Renan no eran para apoyar la neutralidad y la laicidad, tan calurosamente defendidas por Jules Ferri,Ministro de Instrucción, quien de manera inteligente fijó al magisterio y a la escuela pública en general, una manera de actuar para inculcar una moral común, sin herir la susceptibilidad de ningún credo. Decía Jules Ferri al establecer un deber para el instructor inspirarse en “las nociones esenciales de las moralidades humanas, comunes a todas las doctrinas y necesarias a todos los hombres civilizados. El (maestro) puede llenar esa misión sin tener personalmente que adherirse ni oponerse a ninguna de las diversas creencias confesionales a las cuales sus discípulos asocian los principios generales de la moral. El maestro, deberá evitar como una mala acción todo aquello que, en su lenguaje o en su actitud heriría las creencias religiosas de los niños confiados a sus cuidados, todo lo que llevaría perturbación a su espíritu, todo lo que involucraría de su parte, hacia una opinión cualquiera, una falta de respeto o de reserva”. Como observa Burdeau, de quien tomamos también esta cita, “si la neutralidad es delicada de observar en el dominio religioso, es quizás más difícil de respetar en las materias que conducen a la formación de raciocinio cívico”6.

La neutralidad del maestro no es una camisa de fuerza puesta a su pensamiento, sino un delicado modo de actuación para conservar la unidad de la clase en la armonía de los alumnos y de los padres de éstos.Como dijimos más arriba, la escuela actúa para formar en el ciudadano una conciencia cívica en armonía con el régimen político imperante en el Estado. La democracia debe formar demócratas y esto no se aprende sino en la práctica democrática, en la participación, en la igualdad y en la convivencia. La escuela traicionaría su misión si se declarara neutral frente a estos requerimientos esenciales de la vida en democracia.

DEFINICIÓN DEL ESTADO

El Estado es una concepción de carácter jurídico-social. Se refiere a la forma y organización de la sociedad, de su gobierno y al establecimiento de normas de convivencia humana. Desde el punto de vista de su existencia material el Estado es la unidad jurídica de los individuos que constituyen un pueblo que vive al abrigo de un territorio y bajo el imperio de una ley, con el fin de alcanzar el bien común. Hay numerosas definiciones del Estado, pero todas coinciden en los conceptos que le son inherentes: 1o sociedad organizada jurídicamente; 2o con el objeto de alcanzar fines colectivos, jurídicos y sociales; 3o sometida a un poder público que regula su vida interna.

Para el tratadista francés Georges Burdeau7 “la formación del Estado está subordinada a la existencia de condiciones espirituales y materiales, de tal naturaleza que la institucionalización, si no interviene un acontecimiento imprevisto que desorganice los factores de que se trata, se convierte en una necesidad inevitable”.

Las condiciones de instauración del Estado, según el mismo Burdeau son: la existencia de: 1o un territorio, 2o de una comunidad nacional y 3o de un consentimiento de los gobernados a las concepciones políticas de los gobernantes.

No hay Estado sin territorio, afirma el autor citado. Asentado dentro de los límites de un territorio el Estado realiza su consolidación. Allí nace la idea de la nación, bajo cuya inspiración se cumple la unidad del grupo, con una conciencia propia que le permite diferenciarse de los grupos vecinos.

El territorio es condición de independencia y marco dentro del cual se ejercen las funciones del gobierno. Sirve, además, para orientar y dirigir la actividad de los ciudadanos.

La comunidad nacional, otro de los elementos del Estado, no es la población amorfa, sino “la manera de ser de la población”; las relaciones que unen a sus miembros; los fines que persiguen, sus sentimientos respecto de los jefes que la comandan. El hecho natural de la población se enriquece con cualidades que permiten a las comunidades diferenciarse. Es entonces cuando el grupo social deviene en una nación”.

La nación es un concepto de orden biológico, histórico y sentimental.

El mismo Burdeau dice bellamente: “La nación es más cosa del espíritu que de la carne, y a lo que el espíritu se adhiere a través de ella es a la perennidad del ser colectivo. Es indispensable que la tradición, el recuerdo de las pruebas comunes, lo que juntos amamos, y más aún, el modo cómo lo amamos tiene gran parte en la forma de la nación. Pero si los nacionales adhieren a ese patrimonio espiritual, no es tanto por lo qué representa del pasado como por sus promesas de futuro”.

El dominio y el consentimiento al poder se incluye como elemento del

Estado. Pero debe considerarse el poder como encarnación del grupo mismo, y en resumen de sus aspiraciones. Cuando la colectividad toma conciencia de ese hecho fundamental se produce el reconocimiento que lleva al pueblo a rendir acatamiento a su líder. Todo reconocimiento implica consentimiento voluntario, obediencia. Se establece entre el comando y los ciudadanos una atmósfera de confianza necesaria para la estabilidad del grupo. Cuando falta el consentimiento, el poder se sostiene por la fuerza, pero la fuerza en manos del gobernante “es impotente para fundamentar la autoridad”.

Resumiendo, podemos decir que el Estado es la organización jurídica de la nación. Pueden existir y han existido naciones sin Estado. El caso de los judíos de la diáspora de siglos, es ejemplo de nación sin Estado, antes de la Constitución de Israel en 1948, después de la terminación de la Segunda Guerra Mundial.

Se dio también el caso, durante dicha guerra de gobiernos no afirmados dentro de un territorio y que por tanto no estaban en capacidad de regir a un pueblo determinado. Fueron los llamados gobiernos en exilio de las naciones ocupadas por los nazis. Esa arquitectura jurídica alejada de la realidad

y de la teoría del Estado, respondió a una necesidad de la lucha y sirvió para unificar fuera de las fronteras de la patria el espíritu de resistencia y recabar del mundo entero ayuda para la reconquista; pero, en realidad, no se trataba de verdaderos Estados, en el sentido técnico estricto del vocablo.

El concepto de nación puede alargarse y se alarga hasta un continente.

Se habla de la nacionalidad europea, de Europa como una nación, con cultura común, aun cuando con idiomas diferentes, compuesta de pueblos que tras de un largo y permanente mestizaje llegan a identificarse. De igual manera y con mayor propiedad puede hablarse de una ciudadanía latinoamericana, pues en este continente existen elementos para conformar una comunidad de intereses y a diferencia de Europa, la lengua, la cultura y la religión comunes hacen posible no sólo la convivencia, sino la defensa de intereses que a todos los pueblos beneficia. El Libertador Simón Bolívar, interesado en la integración latinoamericana hablaba en 1822 de la América española, como “una nación de repúblicas”8.

Al Supremo Director de las Provincias unidas del Río de la Plata, Juan

Martín Pueyrredón, había dicho antes:“Una sola debe ser la patria de todos los americanos”. Ya en 1814, en medio de las adversidades de la guerra, había dicho: “Para nosotros la patria es América”9.

En Europa se ha organizado, para la defensa de intereses económicos comunes la llamada “Comunidad Europea” que con grandes inconvenientes va perfilando la concreción del anhelo unificador. En Latinoamérica también se hacen ensayos como el de la ALALC y más recientemente el Pacto Subregional Andino. Pero en ambos continentes los usos y costumbres nacionales, los recelos, el peso de la historia que conformó las nacionalidades, dificultan las tareas integradoras.

Como representante de los intereses generales de la colectividad, al Estado corresponde indicar cuál es la forma como esos intereses deben ser administrados y dirigidos, creando las normas para que sean respetados y mejor defendidos y desenvueltos. Tal atribución emana de la soberanía, que por definición es excluyente de cualquier otro poder. Por ello se dice que la soberanía autodetermina su propia competencia, porque si se llegara a suponer un poder superior al cual estuviera subordinada la soberanía ese poder sería el verdadero soberano y el Estado dejaría de serlo. Para el jurista

Fischbach “la esencia jurídica del Estado puede cifrarse en el hecho de constituir una organización que aspira a la regulación de la convivencia en una nación determinada, en un cierto territorio, mediante la creación de una voluntad dominante sobre la totalidad de los ciudadanos”. De tales afirmaciones se desprende, que el Estado ha de forjar el espíritu de los ciudadanos habilitándolos para vivir en sociedad, respetándose mutuamente, sirviéndose recíprocamente, con prescindencia de los intereses particulares, para dar supremacía a los intereses de todos, lo que se logra, entre otros procedimientos, mediante la administración y dirección de la educación, que así resulta medio adecuado para crear la convivencia.

Para Engels “el Estado nació de la necesidad de tener a raya los antagonismos de clase y como al mismo tiempo nació en medio del conflicto de estas clases, el Estado lo es, por lo general de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo así nuevos medios para la represión y explotación de la clase oprimida… excepcionalmente, hay períodos

en que las clases en pugna se equilibran hasta tal punto que el Poder del Estado adquiere momentáneamente, como aparente mediador, una cierta independencia con respecto a ambas”10.

Engels, para poner fin al dominio de una clase sobre otra, propone con

Marx la extinción de las clases bajo una organización controlada por los trabajadores. Su solución conduciría también a la extinción lenta del

Estado, cuando eliminadas las clases se hagan innecesarias sus funciones.

Esta previsión no se ha producido todavía en ninguna parte y quedaría como una difícil y acaso inalcanzable solución para el futuro.

Las escasas nociones aquí suministradas en las definiciones formuladas deben ser retenidas, porque ellas contribuirán a esclarecer el contenido de la exposición que me propongo hacer.

EL ESTADO Y LA EDUCACIÓN

La educación es un fenómeno colectivo, y, como tal, está regido por las normas fijadas por el grupo social. Se expresa como una necesidad de la totalidad; y es por ello que el Estado determina los medios para satisfacerla.

En un principio la educación estuvo encomendada a la familia. Era la la que orientaba toda la vida de la pequeña colectividad. Y esto sigue dirección de la educación; porque, como es sabido (no voy a entrar en cuestiones de orden puramente pedagógico), hay una educación espontánea y educación dirigida. Solamente la educación dirigida es la que corresponde al Estado. Esa educación espontánea que reciben el niño y el adulto, en general, cuantos se encuentran en contacto con los diferentes grupos sociales, con los padres, con los hermanos, en la calle, en la plaza, escapa a todo control. No obstante hoy se procura que los contactos que tenga el niño, o el adulto, o la colectividad, no se encuentren en contradicción con las normas generales fijadas para la educación dirigida. Se aspira a que la colectividad sea educadora, y por eso se ha dicho que al maestro y a la escuela misma corresponde orientar la función educativa espontánea de la comunidad. Afirma Karl Mannheim que “mientras más consideremos a la educación desde el punto de vista de nuestras recientes experiencias como uno de los muchos modos de influir en la conducta humana, más evidente se hace que aun la técnica educativa más eficaz está condenada al fracaso, a menos que se la ponga en relación con las restantes formas de control social.

Ningún sistema educativo es capaz de mantener en la nueva generación la estabilidad afectiva y la integridad mental, a menos que esté ceñido a una estrategia común con las influencias sociales que actúan fuera de la escuela.

Sólo mediante la cooperación con ella, y en nuestros días de modo especial, es posible poner un freno a las influencias sociales que, de otra suerte, desorganizan la vida de la comunidad”11.

Consideraciones de esta naturaleza conducen en casi toda Europa al control de la radio y la televisión por el Estado, práctica que sé está extendiendo a la América Latina. Ya han centralizado el control de la televisión: Argentina, Chile, Brasil, Perú y México. En nuestro país hay una fuerte corriente nacionalizadora, debido a los perjuicios de los malos programas, a los cuales se atribuye influencia alienizante mediante la transmisión de programas fundamentalmente norteamericanos, para crear conciencia proclive a la sociedad de consumo y a su creciente lista de productos.

Por un fenómeno normal de desenvolvimiento, debido al progreso de la industria, a la intervención de la mujer en las funciones públicas, la familia ha perdido, en cierta manera, aquel carácter de organización cerrada, que permitía a la madre estar en permanente contacto con sus hijos. Por ello el Estado, que es una organización creada por la familia para su protección, ha asumido, con mayor eficiencia aquella función educadora.

Durante la Edad Media, la universidad y la escuela estuvieron dirigidas por la Iglesia, que muchas veces impedía la educación de cierta gente y no enseñaba a los legos sino que simplemente capacitaba a algunas personas para la dirección de la colectividad. Pero dentro de una colectividad se presentan multitud de tendencias, de creencias, de maneras de actuar y de pensar, y no puede creerse acertadamente, que debe asignarse en nuestros tiempos esta función de dirección, de formación del espíritu del ciudadano, a una organización privada, que atendiendo a sus intereses particulares, descuidaría, respecto de los individuos que actúan fuera de su órbita, aquel espíritu de comunidad, de convivencia de que hablé antes.

En las sociedades modernas, sin discusión, la educación como función pública esencial de la colectividad, está encomendada al Estado. Ahora, el pleito que se entabló entre las llamadas comunidades educadoras y el Estado, arranca, como expresa el insigne maestro Ferdinand Buisson, de la supresión del monopolio de la educación ejercido tradicionalmente por esas comunidades, para dar paso a una nueva concepción que confiere el control del Estado sobre la educación, o la supresión de todo monopolio.

“Por extraña inversión de los términos, dice Buisson, que no obstante se explica como táctica de partido, la libertad de enseñanza ha sido reivindicada por aquellos mismos cuyo monopolio ha sido destruido o amenazado.

Bajo la apariencia de libertad se trataba esencialmente del poder: lo que se disputaba de una y otra parte no era el derecho abstracto de enseñar, era una fuerte organización que permitía apoderarse poco a poco y enteramente de la educación de la juventud en todos los grados. La libertad tan imperiosamente, y a veces elocuentemente reclamada por devotos adversarios de todas las libertades, era la de tratar de igual a igual con el Estado, más bien a sustituir al Estado, de mantener bajo el nombre de equivalencias, verdadera inmunidad de perpetuar, so pretexto de derechos adquiridos, los antiguos privilegios”12.

Como se desprende de estas palabras elocuentes, la disputa rebasa los términos técnicos para encuadrarse en el terreno político. Es la lucha secular entre los derechos de la colectividad y los privilegios de casta, que acaso durará todavía muchos años, pero que a la larga terminará de imponerse en el mundo la idea justa de protección de la comunidad entera.

LA LIBERTAD DE ENSEÑANZA

En un célebre proceso, cursado en la Corte Federal y de Casación de

Venezuela en el año de 1940, se demandó la nulidad de la Ley de Educación porque atentaba contra la libertad de enseñanza. El demandante en el libelo

alegaba que la libertad es un poder sin limitaciones y que como tal no puede

estar reglamentada por el Estado. Ese concepto de la libertad, así entendida,

es una noción anárquica, que no puede tener sentido ni lo tiene dentro de

una colectividad, cualquiera que ella sea. La libertad es un poder controlado.

Libertad no puede ser el poder de invadir el derecho de los demás. No

puede ser tampoco el poder de actuar de manera que los demás ciudadanos

vean atacada su propia libertad.Mi libertad llega hasta donde alcanza la

libertad de los que me rodean. Todo sistema de libertades implica una limitación

por la libertad de las otras personas que están frente a nosotros. La

definición del demandante aludido se cae por su base, pues como afirma el

constitucionalista inglés H. Lasky “La libertad se define por sus restricciones

naturales; porque las libertades de que puedo disfrutar no son medios

para destruir las libertades de quienes me rodean”.

La libertad de enseñanza se la ha definido erradamente como la facultad

que tiene todo ciudadano de enseñar. Ya en un artículo publicado en

1939, en la página “El Niño, Escuela y El Maestro” del diario
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