El impulso de la solidaridad económica en América Latina en el contexto de crisis del patrón de poder capitalista, colonial-moderno. Hacia el Buen Vivir y la descolonialidad del poder






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El impulso de la solidaridad económica en América Latina en el contexto de crisis del patrón de poder capitalista, colonial-moderno. Hacia el Buen Vivir y la descolonialidad del poder

Boris Marañón-Pimentel

UNAM, México

Este documento tiene por finalidad discutir las posibilidades de la solidaridad económica como parte decisiva de una alternativa anticapitalista considerando el contexto más amplio de la crisis contemporánea del patrón de capitalista, colonial-moderno. La idea básica, al respecto, es que la crisis del actual patrón de poder es de alcance global y que afecta, por lo tanto, todos los pilares en los que este se asienta: la desigualdad de las personas a partir de diferencias de raza, esto es, su característica colonial; el Estado-Nación en tanto autoridad colectiva natural y representante de los intereses generales; el control de la naturaleza como objeto de dominio y explotación; el control del trabajo y el control de la subjetividad.

El texto está dividido en cinco secciones. La primera presenta los rasgos básicos de la teoría de la Colonialidad del Poder; la segunda, las tendencias recientes de la globalización capitalista y sus consecuencias sociales, económicas, políticas e intersubjetivas para los trabajadores; la tercera, las implicaciones para el debate teórico-político respecto de la economía solidaria. La cuarta presenta algunas reflexiones acerca de las políticas públicas para impulsar la solidaridad económica. Luego se presentan algunos comentarios finales.

  1. El patrón de poder capitalista, colonial-moderno

i) La (des)colonialidad del poder es una perspectiva teórica desarrollada por el sociólogo peruano Aníbal Quijano, para entender las estructuras de poder existentes en la realidad latinoamericana, y apuntar hacia la descolonización de dichas estructuras. Esta perspectiva plantea que, a partir de la experiencia colonial iniciada en América, se configuró el primer patrón de poder de carácter mundial, capitalista y moderno, pero a su vez, colonial. Quijano ubica la idea de raza como el criterio básico de clasificación social universal de la población mundial en el nuevo patrón de poder. Señala que, en América, esta idea legitimó las relaciones de dominación y explotación impuestas por la conquista. La constitución de Europa y la expansión del colonialismo europeo llevaron a la elaboración de la perspectiva eurocéntrica de conocimiento hacia el siglo XVIII, y con ésta a la construcción teórica de la idea de raza como naturalización de esas relaciones coloniales de dominación entre europeos y no-europeos. Históricamente, eso significó una nueva manera de legitimar las ya antiguas ideas y prácticas de relaciones de superioridad/inferioridad entre dominados y dominantes. Para algunos, el asunto de la colonialidad ha sido superado, sin embargo, las confusiones en torno al significado de la misma llevan a este equivoco. De ahí la pertinencia de plantear las diferencias entre la colonialidad y el colonialismo.

ii) El término colonialismo designa una relación política y económica, en la cual la soberanía de un pueblo reside en el poder de otro pueblo o nación; en tanto que la colonialidad refiere a un patrón de poder que emergió como resultado del colonialismo moderno, pero que en lugar de estar limitado a una relación de poder entre dos pueblos o naciones, más bien se refiere a la forma en cómo el trabajo, el conocimiento, la autoridad, la sexualidad y las relaciones intersubjetivas se articulan entre sí a través de la hegemonía del mercado capitalista mundial, mediada por un conjunto de clasificaciones sociales y geoculturales globales. Así, pues, aunque el colonialismo precede temporalmente a la colonialidad, la colonialidad, en tanto matriz de poder, sobrevive al colonialismo. Con la independencia latinoamericana a principios del siglo XIX, se inicia un proceso de descolonización pero no de descolonialidad (Pablo Quintero, 2010).

iii) Debe distinguirse también entre colonialidad y colonialismo interno. Durante los sesenta del siglo pasado, Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen introdujeron la categoría analítica de colonialismo interno, para caracterizar la estructuración de las relaciones sociales en los países del Tercer Mundo. Teniendo como marco analítico el capitalismo y anclada en el binomio desarrollo/subdesarrollo, la noción de colonialismo interno procuraba explorar las relaciones de dominación ejercidas por la burguesía y el latifundismo criollo sobre las poblaciones periféricas o subdesarrolladas dentro del mismo Estado-Nación. Sí bien la categoría de colonialismo interno antecede e incluso influye a la noción de colonialidad del poder, esta última se edifica en un marco analítico de mayor extensión y complejidad.

iv) Conviene también diferenciar las propuestas que tienen que ver con el análisis de la colonialidad del poder de otras manifestaciones de la crítica a la “experiencia colonial”, tales como los estudios subalternos (o de la subalternidad) y el llamado poscolonialismo, ambos originados en el sudeste asiático y con fuertísima influencia en los centros académicos del norte. El primero de estos movimientos tiene su origen con el historiador Ranajit Guha a principios de los noventa del siglo pasado, y estuvo basado principalmente en la exploración y la crítica de la visión eurocéntrica de la historiografía oficial de la India posbritánica. La segunda de estas vertientes -que debe mucho a la obra pionera de Edward Said- está asentada más bien en el análisis de los efectos socioculturales, a veces conceptualizados como “mentales”, “inconscientes” o “subjetivos”, de la dominación colonial y de sus herencias, a través principalmente del análisis del discurso como estratégica metodológica central, y con una importante influencia de Foucault. Más heterogénoa y con más éxito académico que los estudios de la subalternidad, el poscolonialismo aún se mantiene presente en las esferas intelectuales globales (Quintero, 2010). Las semejanzas que pueden existir entre algunos de estos análisis sobre la cuestión colonial, no pueden borrar las diferencias de historia, enfoque y crítica que distinguen a los mismos. Varias de las preocupaciones recientes de estas orientaciones habían sido ya avizoradas por el pensamiento crítico latinoamericano, al menos desde José Martí y José Carlos Mariátegui en adelante (Lander, 1998), nombres que suelen ser olvidados en favor de las novedades cifradas en anglosajón (Marañón, Quintero y López, 2012).

v) En el capitalismo, el control del trabajo es una de las dimensiones centrales, pues a partir de este, históricamente, se ha producido la generación del plusvalor, la apropiación de las ganancias y la acumulación de capital. No obstante, si se tiene en cuenta la heterogeneidad histórico-estructural de las sociedades latinoamericanas, el capitalismo nunca se basó únicamente en la explotación del trabajo asalariado, pues junto a este, articuló de manera subordinada a otras formas de control del trabajo, entre ellas a la servidumbre, la esclavitud, la reciprocidad y la pequeña producción mercantil simple.

vi) La autoridad colectiva hegemónica es el Estado-Nación, el cual se caracteriza por la ciudadanía o presunción formal de igualdad jurídico-política de los que habitan en su espacio de dominación no obstante su desigualdad en los demás ámbitos del poder y por la representatividad política que, sobre esa base, se atribuye al Estado respecto del conjunto de ciudadano (Quijano, 2001).

vii) El control de la subjetividad se basa en el eurocentrismo, una manera particular de producir conocimiento centrada en la separación razón-sujeto/objeto, en la ahistoricidad y naturalización de los hechos sociales, así como en las múltiples separaciones de la vida social. El eurocentrismo, además, produce una mirada de la realidad social basada en la experiencia europea, de modo que esta se constituye, a partir de un transitar evolutivo, en la meta a alcanzar en tanto experiencia de la modernidad, con instituciones características, entre ellas, el Estado-Nación, la democracia representativa, la empresa capitalista y la familia patriarcal (Marañón, 2012a)

viii) El Progreso-Desarrollo es el proyecto capitalista que, después de la Segunda Guerra Mundial, se impuso en el mundo, planteándose que el centro capitalista, con sus rasgos económicos (elevado ingreso percápita, alta participación de la producción industrial en la generación de la riqueza nacional, significativa proporción de trabajadores asalariados), políticos (ciudadanía, democracia representativa y equilibrio de poderes), sociales (acceso a servicios básicos y a esquemas de solidaridad universal), demográficos (elevada urbanización), tecnológicos (elevada productividad; dominio y explotación de la naturaleza) y la centralidad del bienestar material como base de la felicidad. El Desarrollo, desde una perspectiva eurocéntrica, era pues, la imagen-objetivo a alcanzar para todos los países del mundo, especialmente para aquellos que eran considerados atrasados, tradicionales, periféricos, esto es, subdesarrollados, a partir del impulso a la economía de mercado, la inversión extranjera, la industrialización, la incorporación del progreso tecnológico, a la democracia representativa. Todo esto se debería hacer a partir de políticas estatales que, por un lado, crearan las bases del Estado-Nación- ciudadanía, gobierno democrático representativo, igualdad política formal- y por otro, impulsaran el desarrollo tecnológico, el crecimiento del empleo, la redistribución de los ingresos y de los recursos de producción (Marañón, 2012b).

La región latinoamericana, con el impulso de dichas políticas, experimentó entre los cincuentas y principios de los setenta un veloz crecimiento económico, pero la condición dependiente de los países latinoamericanos frente a los países centrales y la inviabilidad de la construcción de estados-naciones democráticos, impidió la realización de la propuesta desarrollista. Por el contrario, los desbalances económicos, socialesy políticos al interior de las sociedades latinoamericanas se ampliaron. Esto puede ser evidenciado con la evolución del empleo asalariado, ya que este no creció en América Latina en las magnitudes requeridas para incorporar al mercado de trabajo a los crecientes volúmenes de trabajadores que migraban de zonas rurales a urbanas y lo que en realidad tuvo mayor crecimiento fue el autoempleo. En este contexto, las tesis sobre la marginalidad (marginación de los trabajadores del trabajo asalariado) tuvieron la virtud de poner de manifiesto la especificidad latinoamericana en relación a las sociedades centrales, poniendo en duda la capacidad de los modelos de desarrollo impulsados en la región para incorporar a la masa no asimilada por la industrialización a sus beneficios, ya que se propone que la marginalidad es una expresión estructural del capitalismo en su fase monopolista (Marañón, Sosa y Villarespe, 2009).

II. Cambios en el patrón de poder capitalista, colonial-moderno.

  1. Desempleo estructural, financiarización y tecnocratización de la racionalidad instrumental.

Desde inicios de los años setenta del siglo pasado, es evidente que el actual patrón de poder atraviesa una mutación profunda ya que se traduce en el alejamiento definitivo de las promesas implicadas en la modernidad, referidas a la libertad, a la igualdad, a la solidaridad. Esto puede ser visto tanto en términos materiales como intersubjetivos, con los procesos crecientes de desempleo estructural y de financiarización estructural, por un lado, como en la creciente tecnocratización de la racionalidad instrumental, por otro.

El desempleo estructural, esto es el volumen de trabajadores que no puede ser asalariado de modo permanente ni siquiera en la fase ascendente del ciclo económico, se había asomado como tendencia desde los años sesenta como consecuencia de la creciente sustitución de trabajo vivo por trabajo acumulado en los procesos productivos. Esta tendencia se consolida a partir de la década siguiente cuando el capital logra imponer al trabajo su salida a la crisis de rentabilidad que enfrentaba, a través de la destrucción violenta de las conquistas laborales y del impulso de formas no reguladas de asalariamiento con la finalidad de reducir costos, dándose una reexpansión de la extracción del plusvalor a través de procesos laborales asociados a la plusvalía absoluta. De este modo, se frenan las tendencias hacia un mayor asalariamiento de la fuerza de trabajo y se registra el crecimiento del volumen de fuerza de trabajo excedente por encima del ejército industrial de reserva, es decir, de un segmento de trabajadores que no podrían ser empleados en la etapa de expansión del ciclo económico, esto es, hacia la marginalización creciente del trabajo. En términos de Gorz [1998], este proceso es la consecuencia del desmantelamiento de las políticas keynesianas que legitimaban la intervención del Estado en la economía persiguiendo el pleno empleo, la redistribución del ingreso y la integración social, en un proceso donde el Estado regulaba fuertemente el desempeño del capital. Gorz (1998) sostiene que a partir de los sesenta el capital abandona tal pacto (denominado socialdemócrata) y se orienta hacia la desregulación, la apertura económica y comercial, hacia la privatización para recuperar sus niveles esperados de rentabilidad.

La financiarización es la transformación estructural de la relación entre la esfera de la producción y de la circulación, entre el capital productivo y financiero o entre las fuentes de ganancia e inversión productiva y financiera, siempre en favor de estas últimas y se remite a la recomposición de las condiciones de valorización del capital a consecuencia de la crisis estructural de rentabilidad de los años setenta, siendo un mecanismo utilizado en un doble sentido, por un lado para compensar y aun superar la nivelación a la baja de la tasa de ganancia en la esfera productiva; y para alargar-retardar la transición hacia una nueva Revolución Tecnológica, retardo que obedece además a decisiones políticas e institucionales subyacentes. En este contexto, el crecimiento desmesurado y cada vez más autónomo del capital ficticio o especulativo con relación al capital productivo, compromete seriamente y pone en riesgo la “unicidad” del proceso de reproducción del sistema al introducir un factor de disrupción sistémica, ya que tiende a provocar la implosión de –incluso la ruptura con- la lógica global que es recogida por la fórmula general del capital: D-M-D’ [Romero, 2002].

Finalmente, la hipertecnocratización de la racionalidad instrumental se refiere a la tendencia del capital a hallar soluciones cada vez más eficaces por encima de consideraciones ecológicas, ideológicas, éticas y políticas. En la actual etapa de financiarización estructural del capital esto se traduce en que la concentración y acumulación de riqueza no tienen objeto ni objetivo, ni un para qué. Hay una mayor multiplicación posible de riquezas, sin plantear la utilidad más o menos grande que tomen estas riquezas según lleguen a ser consumidas. A la economía financiera de la sociedad de mercado se debe que "el valor se haya vuelto presa de la riqueza". Mientras que para el capital productivo las ganancias bajo la forma de plusvalía están limitadas por las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo, para el capital financiero los beneficios bajo la forma de tasas de interés, de valor del dinero, no tienen límite. En este sentido, la deuda exterior de los países periféricos, las privatizaciones, constituyen una política perfectamente racional que ofrece a los capitales flotantes la salida en la inversión financiera especulativa, descartando el peligro de una desvalorización masiva del excedente de capitales, el mismo que es en términos cuantitativos treinta veces más importante que el valor total del comercio mundial [Sánchez Parga, 2007].

Estos rasgos del capitalismo, especialmente la financiarización, implican retos diferentes a los de ayer para los trabajadores, al modificarse profundamente las relaciones sociales y las relaciones internacionales, ambas construidas al finalizar la segunda guerra mundial sobre la base de la derrota del fascismo, creando una relación de fuerzas –precedentes- considerablemente más favorable para la clase obrera y que se constituyó en el factor central para comprender el compromiso histórico capital-trabajo del Estado socialdemócrata, en un mundo donde la existencia de movimientos obreros organizados y radicalizados junto a la existencia de la Unión Soviética y de la China “socialistas”, crearon unas condiciones que obligaron al capital a ajustarse al compromiso histórico socialdemócrata, a la construcción de ciudadanía: igualdad, derechos y representación política [Amin, 2010]. En la etapa de la financiarización, por el contrario, la producción de riqueza requiere menos creación de trabajo asalariado y no necesariamente pasa por la producción (sino por la especulación financiera) y el capital ya no está interesado en mantener, ampliar pactos sociales a través del Estado-Nación.

Así, desempleo estructural, financiarización e hipertecnocratización del capital significan el alejamiento de la Modernidad/Colonialidad de sus primigenias promesas de libertad, bienestar, igualdad social, y la presión creciente y destructora sobre la naturaleza, poniendo en riesgo la vida misma sobre el planeta (Marañón, en prensa). Los procesos anteriores son parte constitutiva de la globalización del capital, los que al impulsar los programas económicos neoliberales ha conducido a un cambio fundamental en las estructuras sociales, evidenciado en la desigualdad creciente, en los procesos de marginalización y fragmentación de las clases populares, en la declinación del trabajo formal y el incremento del desempleo masivo (Hirsch s/f).

  1. La globalización, la crisis del Estado-Nación y la concentración del poder

La categoría Estado , implica, en lo fundamental, tres instancias: a) el patrón central de dominación en la sociedad que se articula políticamente; b) el aparato de instituciones y sus grupos sociales específicos; y c) el régimen vigente en cada momento. La primera es la relación permanente de la sociedad civil con el Estado, la que lo constituye y lo reproduce y, a la vez, se expresa en él. La segunda, es el conjunto de mecanismos institucionalizados de gestión del patrón básico de articulación en la sociedad, y para cuya operación se forma en el seno de esas instituciones grupos sociales específicos que integran a la sociedad civil, pero que no tienen dentro de ella ninguna función especial. Sus funciones se ejercen exclusivamente en el aparato institucional del estado. Finalmente, el régimen es la inmediata correlación de fuerzas, de conflictos y de convergencias o de consensos, que en un momento determinado se forma entre los diversos grupos que se articulan en el patrón central de dominación y que se ejerce a través de la acción de las instituciones estatales y de sus grupos específicos1. Así la primera instancia, por ser constitutiva del Estado, es el modo permanente, de lenta modificación, de la relación estado-sociedad, la tercera instancia es el modo inmediato, coyuntural, de ritmo rápido de cambio, de relación entre estado y sociedad civil. No existe estado sin esas tres instancias actuando al mismo tiempo, pero las relaciones entre ellas pueden ser y son generalmente asimétricas (Quijano, 1991: 54).

Es importante enfatizar que el Estado capitalista no es ni un simple instrumento de la clase dominante ni un agente neutral que puede ser utilizado por todas las fuerzas sociales a su voluntad. El Estado es una condensación material de las relaciones de clase y su estructura institucional está basada en una relación social capitalista y permanece dependiente de su preservación. Por lo tanto, las relaciones capitalistas de clase no pueden ser transformadas por lo fundamental por la intervención estatal (Hirsch, s/f)

Con la globalización capitalista se ha conformado un Bloque Imperial Mundial integrado por pocos de los modernos estados-nación - el Grupo de los 7 (además de Rusia), varios de ellos sedes centrales de los modernos imperios coloniales y todos ellos del imperialismo capitalista durante el Siglo XX. Primero, sus decisiones son impuestas sobre el conjunto de los demás países y sobre los centros neurálgicos de las relaciones económicas, políticas y culturales del mundo. Segundo, lo hacen sin haber sido elegidos, o siquiera designados, por los demás estados del mundo, de los cuales no son por lo tanto representantes, ni, en consecuencia, tienen que consultarlos para sus decisiones. Son virtualmente una autoridad pública mundial, aunque no un efectivo estado mundial. Ese Bloque Imperial Mundial no está constituido sólo por los estados-nación mundialmente hegemónicos. Se trata, más bien, de la configuración de una suerte de trama institucional imperial formada por tales estados-nación, las entidades intergubernamentales de control y ejercicio de la violencia, como la OTAN, las entidades intergubernamentales y privadas de control del flujo mundial de capital, financiero en especial (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Club de París, Banco Interamericano de Desarrollo, entre las principales), y las grandes corporaciones globales. Esa trama institucional constituye ya, de hecho, una suerte de gobierno mundial invisible. En otros términos, se trata de una re-concentración mundial del control de la autoridad pública, a escala global (Quijano, 2001). 2

Así, se ha producido una importante transformación de los Estados que han conducido, a su vez, a cambios en las relaciones “Estado” y “sociedad”. La globalización económica tiende a la internacionalización del Estado, lo cual significa:

a) la dependencia de los Estados de los flujos internacionales de capital y de las estrategias de las empresas multinacionales; las políticas macroeconómicas se perfilan desde el lado de la oferta, para favorecer la acumulación de capital, restringiéndose las posibilidades de intervención en el campo de la política social, de modo que los sistemas de seguridad sociales se desmantelan y se dejen de lado los compromisos de clase establecidos;

b) la privatización de la política, pues los Estados se desempeñan como mediadores y coordinadores entre fuerzas económicas más o menos independientes, especialmente empresas internacionales; los procesos de decisión política son transferidos hacia un “sistema de negociación oscuro” tanto a nivel nacional como internacional;

c) una pérdida de autonomía de los Estado-naciones y un vaciamiento de la democracia liberal, ya que se produce un debilitamiento estructural de las instituciones y procesos democráticos. Estas, formalmente siguen funcionando pero su contenido se erosiona por el hecho de que las decisiones políticas centrales se toman por fuera. Por consiguiente, el capitalismo “posfordista” se caracteriza por una crisis de representación estructural (Hirsch, s/f).

d) Al mismo tiempo, se verifica un debilitamiento del Estado-Nación, pero no del Estado en general, lo cual significa que el modelo de Estado actual tiene más semejanza con el del liberalismo de hace dos siglos que con el Estado democrático del siglo XX (Lander, 1998).

En este contexto, las organizaciones económicas populares tienen que sobrevivir con el Estado/sin Estado, con el mercado/sin mercado. El Estado abandona las políticas integrales que buscaban crecimiento y redistribución asociada al Estado socialdemócrata, y las ha sustituido por la desarticulación entre políticas económicas y políticas sociales. Las políticas sociales compensatorias más que alterar significativamente las desigualdades, buscan resarcir parcialmente los efectos negativos sobre los pobres de la acción menos regulada del mercado y las políticas económicas orientadas unilateralmente hacia la ganancia y al logro de equilibrios macroeconómicos (Lander, 1998). El mercado ya no genera trabajos asalariados, y tiende a una mercantilización de la vida, de la naturaleza de la subjetividad.
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