Expresiones culturales contemporáneas






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II Parte

Expresiones culturales contemporáneas
¿Cuál es el perfil de sociedad (o sociedades) a partir de estos fenómenos de convivencias interculturales? O mejor aún ¿Cuáles son las conductas observadas en los grupos sociales a partir de los acontecimientos internacionales que determinaron la posmodernidad y la globalización?

Desde las últimas décadas del siglo XX se observa un cambio en la conducta de las personas. Gilles Lipovetsky analiza cómo a medida que se desarrollan las sociedades democráticas avanzadas un fenómeno que denomina de personalización progresa como perfil del comportamiento de la posmodernidad. El individuo contemporáneo ha diversificado sus modos de vida. Nuevos comportamientos, partiendo desde lo privado, nuevas formas de organizarse, nuevas escalas de valores se convierten en instituyentes en un avance que comienza a tomar perfil de instituidos. En páginas anteriores se mencionó el plan de recuperación de la economía estadounidense. Conviene en este capítulo revisarlo porque el cambio de las necesidades por la estimulación del deseo, no sólo se trasladó a los objetos en tanto personales sino también al cuerpo mismo visto como objeto deseable. La nueva lógica individualista defiende un derecho a la libertad completamente diferente al de la Revolución Francesa y los años posteriores.

Vivir el aquí y el ahora en la sociedad posmoderna implica una indiferencia de masa, autonomía privada, sentimiento de estancamiento y un futuro que no se considera porque el valor está en el presente. Los medios masivos de comunicación en concierto con las empresas multinacionales promueven con éxito el consumismo (hasta el punto de la propia existencia). El derecho a realizarse, el derecho a ser feliz  diversifica las posibilidades de elección, anula puntos de referencia, destruye sentidos únicos y valores superiores. El Yo se convierte en un espacio “flotante”, sin fijación ni referencia, una disponibilidad pura, adaptada a la aceleración de las combinaciones, a la fluidez de los sistemas, función del narcisismo. El narcisismo hace posible la asimilación de los modelos de comportamientos, nace una formación permanente y un impulso hacia la igualdad o similitud. El deseo de pertenecer y a la vez identificarse en el medio es la antinomia que se presencia en los comportamientos mientras los medios de comunicación lo demandan y excluyen a los distintos-iguales. Este narcisismo surge de la huida generalizada de los valores y finalidades sociales; permite entonces el abandono de la esfera pública y por ello una adaptación funcional al aislamiento social. Para que el desierto social resulte viable, el Yo debe convertirse en la preocupación central.

La representación social del cuerpo ha sufrido una mutación, y la llegada de ese nuevo imaginario social del cuerpo produce el narcisismo. El cuerpo ha perdido su estado de materialidad muda en beneficio de su identificación con el ser-sujeto, con la persona. En cuanto a la personalización del cuerpo, el permanecer joven y no envejecer es el mismo absoluto de reciclaje. El cuerpo psicológico ha sustituido al cuerpo objetivo.

La disolución de los roles públicos y la compulsión de autenticidad han engendrado una forma de incivismo que se manifiesta, por una parte, en el rechazo de las relaciones anónimas con los “desconocidos” en la ciudad y el confortable intimismo, y por otra, en la disminución del sentimiento de pertenencia a un grupo y correlativamente la acentuación de los fenómenos de exclusión.

Cuanto más tolerante es la imagen que la sociedad da de sí misma, más se intensifica y generaliza el conflicto pasando de la guerra de clases a la guerra de todos contra todos. El “éxito” pasa a tener un significado psicológico: la búsqueda de la riqueza no tiene más objeto que excitar la admiración o la envidia. Las relaciones humanas, públicas y privadas se han convertido en relaciones de dominio, relaciones conflictivas basadas en la seducción fría y la intimidación. La burocracia, la propagación de las imágenes, las ideologías terapéuticas, el culto al consumo, las transformaciones de la familia, la educación permisiva han engendrado una estructura de la personalidad y relaciones humanas cada vez más crueles y conflictivas. El Otro pasa a ser indiferente.

La versatilidad de la moda encuentra su lugar y su verdad última en la existencia de las rivalidades de clase, en las luchas de competencia por el prestigio que enfrentan a las diferentes capas y fracciones del cuerpo social. La moda se ha convertido en un vacío de pasiones y de compromisos teóricos, el caprichoso reino de la fantasía no ha conseguido provocar más que la pobreza y la monotonía del concepto. Es vista como una salida del mundo de la tradición, como la negación del pasado, la fiebre de las novedades, la celebración del presente social.

La sociedad de consumo se caracteriza por: elevación del nivel de vida, abundancia de artículos y servicios, culto a los objetos y diversiones. Pero estructuralmente lo que la define es la generalización del proceso de moda. Se impone la lógica de la renovación precipitada, de la diversificación y la estabilización de los modelos, la variación regular y rápida de las formas. El orden estético-burocrático domina la economía de consumo, organizada por la seducción y la extinción acelerada (obsolencia percibida). De esta forma se puede entender el consumo como una estructura social de segregación y estratificación.

El dominio de la sociedad sobre el individuo es mayor de lo que ha sido nunca, ya no hay oposición entre vida privada y pública, entre las necesidades sociales y las necesidades individuales. Está surgiendo un nuevo tipo de personalidad cinética y abierta. Hay una necesidad de adoptar actitudes adaptables y mentalidades flexibles: el reino de la moda actúa precisamente en este sentido, tanto en la economía de los objetos como en la de la información.

Al igual que la moda no puede disociarse de la estética de la persona, así también la publicidad funciona como cosmético de la comunicación. Por la misma razón que la moda, la publicidad se dirige al ojo, es promesa de belleza, seducción de apariencia, ambiente idealizado, más que información.

La publicidad está vinculada a la lógica del poder burocrático propio de las sociedades modernas: aunque se pongan en práctica procedimientos suaves, como en las instituciones disciplinarias, siempre se trata de guiar desde fuera los comportamientos e introducirse hasta en sus últimos repliegues en la sociedad. La publicidad produce necesidades estrictamente adaptadas a la oferta y permite programar el mercado y poner trampas a la libertad de los consumidores. La publicidad abre un espacio de amplia indeterminación y deja siempre la posibilidad de sustraerse a su acción persuasiva; se trata de influir en un todo colectivo dejando libertad a los átomos individuales para distraerse a su acción.

La publicidad es un poder sin consecuencia, sólo tiene poder en el tiempo efímero de la moda; uniformiza los deseos y los gustos, y aplana las personalidades individuales. Debe ser vista como un agente que activa la búsqueda de personalidad y autonomía de los particulares; provoca masificación en lo inmediato y en lo visible, pero a largo plazo y de manera invisible, contribuye a agitar el deseo en todos sus estados, es una tecnología de desprendimiento y aceleración de los desplazamientos del deseo.

En lo que a moral concierne la sociedad está deseosa de reglas justas y equilibradas, quiere regulaciones, apela a la responsabilidad y no a la obligación de consagrar íntegramente a la vida del prójimo, familia o nación. La sociedad posmodernista marca una época en que el deber está edulcorado y anémico, en que la moral ya no exige consagrarse a un fin superior que el de uno mismo, las lecciones de moral están basadas en el “vivir mejor”.

También la forma de ser ciudadano ha cambiado. El ejercicio de la ciudadanía por tiempo estuvo asociado a la capacidad de apropiarse de los bienes y a los modos de usarlos, pero se suponía que esas diferencias estaban niveladas por la igualdad en derechos abstractos que se concretaban al votar, al sentirse representado por un partido político o un sindicato. Junto con la descomposición de la política y el descreimiento en sus instituciones, otros modos de participación ganan fuerza. Hombres y mujeres perciben que muchas de las preguntas propias de los ciudadanos -a dónde pertenezco y qué derechos me da, cómo puedo informarme, quién representa mis intereses- se contestan más en el consumo privado de bienes y de los medios masivos que en las reglas abstractas de la democracia o en la participación colectiva en espacios públicos.

En las actuales condiciones de globalización, se encuentran cada vez mayores razones para emplear los conceptos de mestizaje e hibridación. Especialmente analizando las culturas latinoamericanas, García Canclini afirma que el entretejido cultural, al intensificarse la interculturalidad migratoria, económica y mediática se ve que no hay sólo fusión, cohesión, ósmosis, sino confrontación y diálogo. La hibridación, como proceso de intersección y transacciones, es lo que hace posible que la multiculturalidad evite lo que tiene de segregación y pueda convertirse en interculturalidad. Las políticas de hibridación pueden servir para trabajar democráticamente con las divergencias, para que la historia no se reduzca a guerras entre culturas. Podemos elegir vivir en estado de guerra o en estado de hibridación.

Este concepto, propuesto por el autor desde los años 1990, a aquellas producciones culturales generadas por las nuevas tecnologías de la comunicación y también por el reordenamiento de lo público y lo privado en el espacio urbano y por la pérdida sustantiva de aquellos procesos simbólicos que nos representan como latinoamericanos. La hibridez se manifiesta en aquellos momentos sociales en que, por el efecto de la globalización, nuevos comportamientos invaden el espacio que ha ganado la identidad autóctona.

Desde el punto de vista comunicativo los procesos de la circulación de cultura se ven afectados por los medios masivos de comunicación, que importan identidades y las fusionan con las culturas propias. Así la sociedad enfrenta a la modernidad y lo tradicional.

Un ejemplo de importación de identidades son los muñecos Muppet del programa Plaza Sesamo. Un programa que nació en Estados Unidos hace más de 40 años. Hasta ahora se han realizado 32 versiones en diferentes países fueron adaptadas en España, Latinoamérica, India, Egipto, Palestina, Israel, Sudáfrica, Francia y muchos otros países que, desarrollados o en vías de desarrollo los han resignificado a su cultura. Inclusive en Sudáfrica hay una muppet con HIV que promueve la tolerancia en la comunidad y otros personajes que permanecen como Elmo, el muñeco rojo que en Argentina hace unos años se vendía en las jugueterías con su risa que lo tumbaba.

La simbiosis entre lo tradicional y lo moderno se encuentra en la reorganización de la cultura, fenómeno que también se verá en las producciones de los artistas posmodernos. Interpretar la modernidad y lo tradicional serán factores que crean el imaginario colectivo en las personas. Los medios de comunicación han desarrollado nuevas tipologías del pensamiento del individuo.

En su obra “Culturas Híbridas” García Canclini analiza la industria cultural como matriz de desorganización y reorganización de una experiencia temporal mucho más compatible con las desterritorializaciones y relocalizaciones que implican las migraciones sociales y las fragmentaciones culturales de la vida urbana que la que configuran la cultura de élite o la cultura popular, ambas ligadas a una temporalidad “moderna”; esto es, una experiencia hecha de sedimentaciones, acumulaciones e innovaciones. Industria cultural y comunicaciones masivas designan los nuevos procesos de producción y circulación de la cultura, que corresponden no sólo a innovaciones tecnológicas sino a nuevas formas de la sensibilidad, a nuevos tipos de recepción, de disfrute y apropiación. 

La industria cultural redistribuye en forma masiva los bienes simbólicos y culturales, generando interacciones más fluidas entre lo culto y lo popular, lo tradicional y lo moderno. Industria cultural en el sentido de que cada vez más bienes culturales dejan de ser generados artesanal o individualmente, para fabricarse a través de procedimientos técnicos, máquinas y relaciones laborales equivalentes a los que engendran otros productos en la industria.

Dentro de este marco, la posmodernidad une lo culto - la alta cultura, o cultura de élite - y lo popular, para transformarlo en una nueva expresión cultural, integrada a las leyes de mercado y regida por su dinámica. Al usar como signos de identificación elementos procedentes de diversas clases y áreas, el arte dejaría de producir objetos puros, perdiendo así todo grado de autonomía.
Cultura de élite

La alta cultura o "élite" refiere, sobre todo, a una localización teórica: denota complicidad disciplinaria eurocentrista, localizada en la centralización del concepto de Estado como protagonista de la modernidad.

Siempre se identificó la cultura elitista con la oligarquía. Pero hay en Argentina una serie de manifestaciones culturales que conforman el cetro elitista en la medida en que las capas medias se muestran permeables al contagioso sentimiento de antipueblo que genera la oligarquía. Las manifestaciones exclusivas se dieron en el actual territorio de la República Argentina desde tiempos coloniales. Gente lectora, músicos y pintores que permanecieron en el país desde 1810. Ya desde entonces y hasta la actualidad el poder y la cultura, entendida como alto conocimiento, información y refinamiento, estuvieron emparentados.

Esta idea de cultura es la que ha manejado la educación del país desde sus orígenes (“cuanto más se sabe, más se es”, parece ser el slogan), manifestando rechazo por aquellos que no saben.

En el mejor de los casos, los practicantes de la cultura elitista pretenden “elevar” al pueblo mediante la transmisión de conocimientos, voluntad que se practica desde la clase media y que aparentemente, da prestigio. Aunque en otros casos los grupos se cierran, resultando incomprensibles para quien no maneja el código dentro del cual se mueven sus productores. Abel Posadas afirma que es una postura propia de un intelectual de un país colonizado.

Pero el concepto de élite remite también a asuntos nunca discutidos: áreas de competencias y competitividades, mercados culturales, relaciones entre intelectuales provenientes de o localizados en diferentes regiones (quién emplea, lee, cita e invita a quién cuándo y dónde).
Cultura de masas

De manera más mediatizada pero no menos importante, la dicotomía élite/subalterno intersecta también el debate institucional sobre la corporatización de la enseñanza y su reducción a técnicas de lectura y escritura; su tendencia a homogeneizar "lo cultural", a enseñar desde puestos de transmisión cuya ubicación es determinada por la rentabilidad.

Aunque el tema referente a cultura de masas ya había sido examinado durante el siglo XIX bajo el nombre de cultura popular, es hasta 1940, que con la llegada de los medios masivos de comunicación los regímenes dictatoriales de varios países, como Alemania, Italia y España cobraron fuerza y los utilizaron como vehículo de propaganda ideológica y como medio para sembrar el temor en los pueblos.

Así pues, la cultura de masas es un producto de la sociedad de consumo en el mundo occidental. A principios del siglo XX la cultura, la vida privada y el pensamiento empezaron a ser fabricados a escala masiva y vendidos en el mercado. La cultura de masas es el desarrollo de un nuevo modelo en el que se refuerzan las diferencias y las desigualdades con estrategias e instrumentos mercadológicos cada vez más elaborados en donde la principal herramienta tiene que ver con los medios de comunicación.

Bienvenidos a la cultura de la convergencia, donde chocan los viejos y los nuevos medios, donde los medios populares se entrecruzan con los corporativos, donde el poder del productor y el consumidor mediático interaccionan de maneras impredecibles.

Este diagnóstico con tan extraordinario caso puede ejemplificar la fase más reciente de la cultura de masas.

Siempre en oposición con la cultura alta, y en su insatisfacción como concepto se refiere siempre a una cultura que tiene que ver con lo bajo, lo vulgar, lo banal, lo kitsch, producto de una industria cultural, ha ido imponiendo implacablemente criterios homogeneizadores.

Podemos comenzar diciendo que cultura de masas es en sí mismo un híbrido, pues exige definir y redefinir qué se entiende por cultura, qué son hoy las masas, y cómo se puede definir cultura de masas. Por ejemplo, en la necesidad de definir e interdefinir los conceptos en este campo nos encontramos con grandes dificultades. Pensemos en la denominación de cultura, que acuñara E. B. Taylor, en 1960, Primitive Culture, es definido del modo más laxo e impreciso como “la cultura o civilización, en sentido etnográfico amplio, designa ese todo complejo que comprende a la vez el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y capacidades adquiridas por el hombre en cuanto miembro de la sociedad”. En los últimos estudios británicos (Raymond Williams, Stuart Hall) lo popular, se presenta opuesto a una cultura dominante –encargada de organizar y desorganizar la cultura popular, estableciendo el “valor”, su pertinencia y relevancia–, vinculada a la tradición. En la dialéctica de la lucha cultural basada en relaciones de poder, se producen dos formas culturales que habitan, lo que ha dado en llamarse “resistencia” o “sustitución” (Stuart Hall). De ello se ha podido desvelar un error, el de considerar las formas culturales en general y lo popular en particular como un todo dotado de coherencia. En el caso de lo popular la oposición sería o totalmente corrompido o totalmente auténtico.

Hoy se puede hablar de una estética social, del triunfo de la serialidad y de una estética de la repetición (desde Andy Warhol a los robots de los seriales televisivos a los productos de “remake” o remix o incluso a la clonación).

La cultura de masas también puede ser vista como la suma de modos de usos, de conjuntos de textos que producen modelos a imitar. Se orienta sobre todo sobre la expresión. La alta cultura, donde predomina la ley, es normativa, con reglas estrictas, orientada sobre el contenido, capaz de autodescribirse. Ambas se mezclan, se contagian, se contaminan, se fusionan, forman híbridos…

Ahora bien, en la actualidad los medios de comunicación constituyen un elemento decisivo que nos permite estar en continua comunicación con los distintos sucesos sociales, políticos y económicos tanto a escala nacional como internacional; en primer término, la televisión mantiene singular poder como instrumento de propaganda e influencia sobre el actuar y el pensar de las personas, logra modificar la forma en que los hombres conocen y comprenden la realidad que los rodea.

Sin duda, el patrón de conducta predominante en el mundo refleja que en las sociedades humanas una de las actividades preponderantes es aquella que conduce al consumo de medios de comunicación masivos en perjuicio de otras acciones más edificantes, tales como la lectura, el teatro o cualquier manifestación artística-cultural.

El uso de blackberry ha formado una cultura que denota moda, fiesta, estar “in”, en la cresta de la ola vanguardista en celulares, y a pesar de que han salido nuevos modelos, esta cultura de moda, que es probable sea de corto plazo se ha caracterizado por un estilo “nice” del que muchos son seguidores y se sienten “importante” ante la sociedad.

En la actualidad los medios de comunicación constituyen un elemento persuasivo determinante en la formación de la opinión pública; la publicidad está íntimamente ligada a ellos estableciéndose así en la base económica de los sistemas de información. Los oligopolios empresariales y de gobierno principalmente, hacen uso de las TIC, como herramienta de difusión e influencia sobre el actuar y el pensar de las personas; la televisión mantiene singular poder como instrumento de propaganda por ser el medio más implantado en las sociedades a nivel mundial, sin olvidar que el Internet, se ha convertido en el medio de más alto crecimiento en la historia, pero utilizado actualmente sólo por una élite a nivel global, lo que proyecta que éste será en un futuro no lejano, el medio de comunicación más aceptado.
Cultura popular

Una tercera expresión cultural compleja es la llamada cultura popular.  Popular es un adjetivo que señala a aquello perteneciente o relativo al pueblo. El término tiene distintas aplicaciones dentro de este mismo universo de significados: puede hacer referencia a aquello que procede del pueblo, que es propio de las clases sociales más bajas, que se encuentra al alcance de la mayoría o que es conocido por la sociedad en general. Los matices al enunciado se imponen. El concepto aglutina significados y, por ende,  requiere precisión.  Lo usamos como sinónimo de "tradicional", de "rural", de "atrasado", de "proletario", de "subalterno", de "inculto", de  "nacional"... ¿de qué más?

Por otra parte, si  nos fijamos en los conceptos citados, no son sinónimos. Puede que, en ocasiones, uno implique el otro, pero no como derivado, sino como dos variables que funcionan juntas en un momento y en un lugar preciso. Es decir, esas variables las podemos, igualmente, cruzar con otras como: "rico", "culto" "estatal", "poderoso", "urbano", "avanzado" o "moderno"; y no por ello dejaríamos de hablar, necesariamente, de "cultura popular". 

La cultura popular es el conjunto de expresiones creadas y consumidas por un pueblo, en claro contraste y oposición con la cultura académica que se caracteriza por ser más elitista y está vinculada a la alta cultura. De todas maneras, esto no es un impedimento para que una manifestación de la cultura popular llegue a todas las clases sociales, incluyendo a las más bajas y viceversa.

Entre las varias manifestaciones de cultura popular del último siglo se encuentra por ejemplo el jazz, en el ámbito de la música, fiel reflejo de la cultura popular negra de los Estados Unidos,que pronto se extendió no solamente hacia el resto de la sociedad norteamericana, sino que también se propagó al resto del mundo. Y siguiendo en el contexto musical, algo similar a lo sucedido con el jazz, ocurrió con el hip hop, que nació en los barrios populares habitados por negros y luego se extendió a otras regiones.

Y el pop, además de ser un género musical, junto al rock, resulta ser la abreviación del término popular, porque justamente el mismo observa la estructura verso-estribillo-verso, para que sea asimilado por la mayor cantidad de público posible.

Pero estos son ejemplos sólo desde un punto de vista ya que se denomina popular también a la música folklórica. También son expresiones populares los cortes de rutas y las movilizaciones por parte de los trabajadores que reclaman sus derechos, la “marcha del malón de la paz” – aborígenes que reclamaron por sus títulos de propiedad de las tierras y las ferias de trueque en Yavi (como en otros lugares).
Entre los que aceptan a regañadientes o sin mayores reservas el sintagma “cultura popular”, se ha entablado también un debate sobre su contenido. Entre los primeros, Bourdieu, quien en coherencia con sus posiciones sobre las nociones de “pueblo” y “lo popular” afirma, por una parte, que el sintagma en cuestión refleja inevitablemente la definición dominante de la cultura y por otra no le reconoce más contenido que los elementos degradados y deformados prevenientes de la cultura legítima del pasado. “Los que creen en la existencia de una cultura popular” -dice-, “verdadera alianza de palabras a través de la cual se impone, quiérase o no, la definición dominante de la cultura, pueden estar seguros de no encontrar en ella, cuando vayan a examinarla de cerca, más que fragmentos dispersos de una cultura ilustrada más o menos antigua, seleccionados y reinterpretados evidentemente en función del hábitus de clase”. Por lo tanto, no existe una cultura popular con contenido siquiera parcialmente propio y autónomo. Sólo existen culturas dominadas que se definen por la percepción de su distancia, su vacío y sus carencias con respecto a la cultura legítima, y que implican por eso mismo un reconocimiento implícito de dicha cultura.

Los folkloristas hablan de lo popular tradicional, los medios masivos de popularidad y los políticos de pueblo. Así, se denomina popular diversas modalidades: se coloca bajo ese nombre a grupos designados por lo étnico (aborígenes), por el lugar en las relaciones de producción (obreros), o por el lugar geográfico (campesino o urbano).

Las culturas dominadas son culturas de la privación y de la necesidad, que se definen negativamente por referencia a la cultura de la abundancia y del lujo que es propia de las clases dominantes. La misma sociedad que genera la desigualdad en la fábrica, la reproduce en la escuela, la vida urbana, la comunicación masiva y el acceso general a la cultura.

El fundamento es la necesaria inscripción de la desigualdad social en el orden de la cultura, entendida aquí como el conjunto de hechos simbólicos presentes en una sociedad lo que da origen a la hipótesis rectora de una relación significativa entre hechos culturales y clases sociales.

De aquí la noción de desniveles culturales internos a las sociedades llamadas superiores, que indican una subdivisión general de los hechos culturales en el interior de las formaciones nacionales en dos grandes niveles: el de la cultura hegemónica y el de las culturas subalternas. Ambos niveles se hayan conectados con la división de clases y con la consiguiente desigualdad en la distribución del poder y en el disfrute de los bienes culturales. El nivel de las culturas subalternas se define como “popularmente connotado”, es decir, como solidario (en sentido lingüístico) con los grupos sociales subalternos. La cultura popular, por tanto es la cultura de las clases subalternas y se define por su posición con respecto a estas clases, por su solidaridad con ellas, y no por el valor de su contenido, por sus cualidades estéticas o por su grado de coherencia.

El concepto de “circulación cultural” entre ambos niveles de la cultura asegura, dentro de este sistema conceptual, un espacio teórico para el hibridismo, la interpenetración y las situaciones intermedias. García Canclini analiza este fenómeno observando cómo los artesanos alfareros o los tejedores modificaban sus producciones para complacer a sectores urbanos y convertirlas en objetos de decoración de modernas viviendas de los visitantes de las grandes ciudades. En ese desplazamiento de las artesanías de las comunidades indígenas al consumo urbano, turístico, hay una explicación sobre lo que ocurre con los productos populares en el desarrollo capitalista moderno. Este producto, reelaborado, popular que, aún siendo originario de los pueblos se va modificando en el intercambio con la modernidad, el turismo y el desarrollo capitalista, teniendo de este modo un lugar en el mundo y también voz ante los medios de comunicación. De esta manera la cultura popular aborigen se inserta, como una forma de defender la cultura original, a partir del diálogo y la vinculación con la cultura contemporánea.

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