Los cambios en las técnicas de construcción durante la revolución industrial*






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Los cambios en las técnicas de construcción durante la revolución industrial*



La palabra “construcción” indica, a finales del siglo XVIII, una serie de aplicaciones técnicas: edificios públicos y privados, calles, puentes, canales, movimientos de tierras e instalaciones urbanas: acueductos y alcantarillado. Incluye, más o menos, toda manufactura de gran tamaño donde no sea predominante el aspecto mecánico.

Anteriormente a la revolución industrial, el arte de construir máquinas estaba relacionado más directamente con el de edificar; las construcciones mecánicas, ahora que el progreso técnico las ha transformado de manera tan radical, van cayendo en manos de los especialistas, y la palabra “construcción”, sin epítetos, indica sustancialmente las actividades todavía unidas a los sistemas tradicionales y habitualmente asociadas al concepto de “arquitectura”. Apenas una de estas actividades se desarrolla por su cuenta, con cierta importancia, que se separa de las otras, convirtiéndose en especialidad independiente; así por ejemplo, los ferrocarriles, hasta 1830-40, están incluidos en los manuales de construcción, pero más tarde desaparecen, dando lugar a una literatura independiente.

La relativa continuidad de los sistemas tradicionales no impide, claro está, que el arte de construir sufra transformaciones durante este período, ni tampoco la aparición de nuevos problemas. Podemos resumir en tres puntos los principales cambios.

Primero, la revolución industrial modifica la técnica constructiva, si bien de modo menos aparente que en otros sectores. Los materiales tradicionales, piedra, ladrillo, madera, son trabajados de manera más racional y distribuidos más libremente; a éstos se unen nuevos materiales como la fundición, el vidrio y, más tarde, el hormigón; los progresos de la ciencia permiten poner en práctica de modo más conveniente los materiales, y medir su resistencia; mejoran las instalaciones de las obras y se difunde el uso de la maquinaria para la construcción; el desarrollo de la geometría permite representar en dibujo, de forma más rigurosa y unívoca, todos los aspectos de la construcción; la fundación de escuelas especializadas provee a la sociedad de un gran número de profesionales preparados; la imprenta y los nuevos métodos de reproducción gráfica permiten una rápida difusión de todos los adelantos.

En segundo lugar, aumentan las cantidades puestas en juego; se construyen calles más anchas, canales más anchos y profundos, creciendo rápidamente el desarrollo de canales y carreteras; el aumento de la población y las migraciones de un lugar a otro exigen la construcción de nuevas viviendas, en número nunca visto hasta entonces; el crecimiento de las ciudades requiere instalaciones cada vez más amplias y capaces; el crecimiento de las funciones públicas requiere edificios públicos mayores, mientras que la multiplicación de las necesidades y el empuje de la especialización requieren edificios de tipología siempre nueva. La economía industrial no podría concebirse sin una base de edificios e instalaciones nuevas - fábricas, almacenes, depósitos, puertos-, que deben construirse en tiempos relativamente cortos, aprovechando el tipo de interés reducido, que permite inmovilizar capital en grandes cantidades en servicios que darán fruto, únicamente , a largo plazo.

Por último, los edificios y las instalaciones englobados en la mutación de la economía capitalista, alcanzan un significado bastante distinto al que tenían en el pasado. No se presentan ya como sistematizaciones definitivas, producto del desembolso de un capital a fondo perdido, sino como inversiones paulatinamente amortizables, igual que los otros medios de producción. Como observa Ashton, “un nuevo sentido del tiempo fue una de las características más notables de la revolución industrial”, antes, los objetos modificados muy lentamente podían considerarse, de hecho, inmóviles, pero hoy las exigencias funcionales más concretas y la costumbre de hacer previsiones económicas incluso a largo plazo no permiten que se mantenga tal aproximación. La gente se acostumbra a percibir con agudeza las modificaciones de los valores, y pone atención antes en los aspectos dinámicos que en los estáticos.

Gran importancia tiene, a este respecto, la diferenciación entre edificio y suelo. Mientras un edificio era considerado como de duración indefinida y el solar quedaba utilizado de modo estable, su valor quedaba, por así decir, incorporado al del edificio; pero si consideramos limitada la vida del edificio, el solar adquiere un valor económico independiente, variable según las circunstancias, y si la edificación sufre cambios lo bastante frecuentes nace un mercado del suelo.

Justamente en esta época, por influencia de las teorías económicas liberales y por exigencias del erario, al Estado y demás entes públicos enajenan casi por todas partes sus patrimonios y el suelo de la ciudad pasa prácticamente a manos privadas. Desaparece así todo impedimento a la libre compraventa de terrenos.

En el siguiente capítulo se apreciarán las consecuencias de estos hechos sobre el organismo urbano; entre tanto, haremos notar que el valor potencial del solar, en vistas a una posible transformación, se convierte en medio importantísimo para juzgar la conveniencia económica del edificio que lo ocupa, y como más rápidamente varíe el valor del solar, más breve será el ciclo económico y la vida del propio edificio.

Hablaremos, en este capítulo, de los progresos en la técnica constructiva; los otros dos puntos serán tratados a continuación, ya que las consecuencias de los cambios cuantitativos y de la diferente velocidad de las transformaciones se harán evidentes y se presentarán en forma de problemas nuevos sólo a partir de 1813.

1. Los progresos científicos y la enseñanza

La ciencia de la construcción, tal como la entendemos hoy en día, estudia algunas consecuencias particulares de las leyes de la mecánica, y nace, podemos decir, cuando se formulan por primera vez dichas leyes, en el siglo XVII; Galileo dedica, en 1638, una parte de sus diálogos a discutir problemas de estabilidad.

R. Hooke formula en 1676 la célebre ley que lleva su nombre; entre fines del siglo XVII y los primeros años del XVIII gran número de científicos, entre los que se cuentan Leibniz, Mariotte y Bernouilli, estudian el problema de la tensión debida a la flexión, y Mariotte en 1684, introduce la noción de eje neutro (es decir, el lugar de las fibras que no están ni comprimidas ni extendidas, en un sólido expuesto a flexión), pero define equivocadamente su posición; es Parent quien, en 1713, encuentra la solución correcta.

Entre tanto, la difusión del espíritu científico y la aspiración de los arquitectos a alcanzar los límites de empleo de los materiales y de los sistemas constructivos tradicionales estimulan diversos tipos de investigaciones experimentales.

En Roma se discute sobre las condiciones de estabilidad de la cúpula de San Pedro, y Benedicto XIV encarga al marqués de Poleni, físico y arqueólogo de la Universidad de Padua, un estudio sobre el tema, publicado en 1748.

En París se organiza un amplio debate en torno a los trabajos de la iglesia de Sainte-Genevieve, proyectada en 1755 por Soufflot, con el intento de asignar a cada elemento tradicional una función estática precisa y las mínimas dimensiones compatibles con tal función. En esta ocasión se determina el concepto de coeficiente de seguridad y se inventan mecanismos capaces de medir la resistencia de los materiales.

Prácticamente contemporáneos son los estudios de Coulomb sobre la torsión y sobre el empuje de tierras y bóvedas y el descubrimiento de una ecuación general para la determinación del eje neutro, siguiendo la teoría de Parent.

Todos los resultados de estos estudios son coordinados y completados en las primeras décadas del siglo XIX por Louis-Marie H. Navier (1785-1836), considerado el fundador de la moderna ciencia de la construcción; en 1816 se publicó el texto de sus lecciones dadas en la Ecole Polytechnique de París.

La ciencia de la construcción, como dice Nervi “ha democratizado y popularizado el hecho estático”, posibilitando a muchos proyectistas afrontar correctamente, con fórmulas que pueden disponer de antemano, algunos temas antiguamente reservados a una minoría de superdotados. Por otra parte, ha supuesto una separación entre teoría y práctica, contribuyendo a disgregar la unidad de la cultura tradicional, pero también ha movilizado el repertorio de métodos y formas heredados de la antigüedad.

La investigación científica influye, por otra parte, en las técnicas de construcción, modificando los instrumentos de proyectar; también en esta ocasión las dos principales innovaciones tienen su origen en Francia: la invención de la geometría descriptiva y la introducción del sistema métrico decimal.

Gaspar Monge (1746-1818) formula las reglas de la geometría descriptiva, entre los últimos años de la Monarquía y los primeros de la Revolución. Generalizando los métodos introducidos por los tratadistas del renacimiento, Monge expone de forma rigurosa los varios sistemas de representación de un objeto tridimensional en las dos dimensiones de una lámina; los proyectistas ponen así un procedimiento universal para determinar unívocamente, a través de dibujos, cualquier disposición de los elementos constructivos, por complicada que sea, y los constructores tienen una guía para interpretar unívocamente los gráficos elaborados.

El sistema métrico decimal es introducido por la Revolución Francesa, en su esfuerzo de cambiar absolutamente todas las instituciones de la vieja sociedad siguiendo modelos racionales.

En 1790, Talleyrand presenta a la Asamblea Constituyente un informe deplorando la variedad y confusión de las viejas unidades de medida, y propone que sea adoptado un sistema unificado. Después de largas discusiones es nombrada una comisión compuesta por C. Borda, A. Condorcet, J. L. Lagrange, P. S. Laplace y G. Monge para decidir qué unidad sea la más adecuada; se discute si se hará referencia al péndulo (dado que su longitud, según la ley de Galileo, es proporcional al tiempo de oscilación) o a una fracción determinada del ecuador o del meridiano, y se propone la 40 millonésima parte del meridiano terrestre. Los trabajos de medida, confiados a una comisión geodésica, duran hasta 1799, mientras otra comisión decide las reglas necesarias para determinar las restantes unidades, proponiendo en 1795 el sistema métrico decimal. El metro patrón, realizado en platino de acuerdo con las medidas realizadas, se deposita en el museo de Artes y Oficios de París el 4 de messidor del año VII (22 de junio de 1799), y el nuevo sistema es implantado obligatoriamente en Francia en 1801.

Napoleón no ve con buenos ojos esta innovación, revocándola en 1812, pero las exigencias de uniformidad y exactitud que indujeron a los revolucionarios a instituir una nueva unidad de medida se hacen más evidentes con el desarrollo de la industria, y son muchos los Estados que se avienen al sistema métrico decimal: Italia en 1803, Bélgica y Holanda en 1820 y, a partir de 1930 los Estados sudamericanos; en 1840 se restablece el sistema en Francia. El patrón definitivo es construido en 1875, y el 20 de mayo del mismo año se ratifica la Convención Internacional del Metro, a la que se van adhiriendo paulatinamente todos los países, salvo los anglosajones y algunos otros.

La adopción de un sistema unificado facilita la difusión de los conocimientos, los intercambios comerciales, y procura a las técnicas de construcción un instrumento generalizado, cuya precisión puede llegar hasta donde sea preciso, de acuerdo con las exigencias cada vez más rigurosas de los nuevos procedimientos. Al mismo tiempo, influye en el proyecto e “introduce una cierta desintegración en la arquitectura”, como decía Le Corbusier, porque se trata de una medida convencional, que no tiene en cuenta al hombre, mientras que las antiguas medidas -pies, codos, etc.-, hacían siempre cierta referencia a la estatura o medidas humanas.

Francia, que está a la vanguardia del progreso científico, sirve también de modelo en la organización didáctica.

La enseñanza de la arquitectura se imparte durante el ancien régime en la Académie d’Architecture, fundada en 1671. Esta institución goza de gran prestigio, y se preocupa de conservar la tradición clásica francesa y el grand gout, pero manteniéndose abierta a las nuevas experiencias y al progreso técnico, discute las teorías racionalistas y participa con viveza de la vida cultural de su época.

Entre tanto, los encargos siguen aumentando en complejidad y extensión, lo que fuerza a la administración del Estado a formar personal técnico especializado: las tradiciones humanísticas de la Academia y de su escuela no son las más adecuadas para formar técnicos puros, por lo que en 1747 se inaugura la Ecole des Ponts et Chaussées, para preparar el personal del Corps des Ponts et Chaussées, fundado en 1716, y en 1748 se instituye la Ecole des Ingénieurs de Mézieres , de la que salen los officiers de Genie. La enseñanza se fundamenta sobre una rigurosa base científica.

Por primera vez se establece la dualidad “ingeniero”, “arquitecto”; por el momento, el brillo de la Academia hace sombra a las prosaicas escuelas de caminos y puentes y de Mézieres, y los ingenieros parecen destinados a ocuparse de temas secundarios; sin embargo, el progreso de la ciencia actúa de tal modo que amplía el campo de atribuciones de los ingenieros y restringe el de los arquitectos. La Academia llega a un punto en el que comprende que las disputas sobre los respectivos papeles de la razón y del sentimiento en el arte no son sólo discursos teóricos, sino signos de una irresistible revolución cultural y organizativa, llegando a encerrarse poco a poco en la defensa a ultranza del “arte” contra la “ciencia”.

La intervención de la Revolución cambia aún más la situación. La Academia de arquitectura, como la de pintura y escultura, es suprimida en 1793; la escuela es mantenida provisionalmente y, cuando en 1795 se forma el Institut para sustituir a las viejas academias, la escuela pasa a depender de la sección de arquitectura de la nueva corporación.

El control de los trabajos para la administración estatal pasa, sin embargo, al Conseil des Batiments civils, que organiza una escuela propia “para los artistas encargados de dirigir las obras públicas”. Por otra parte, con la supresión de la Academia, el título de arquitecto pierde todo valor discriminante; previo pago de una tasa, cualquier persona con deseos de dedicarse a la arquitectura puede hacerse llamar arquitecto, sin importar para nada los estudios realizados.

Estas disposiciones empobrecen el prestigio, ya escaso, de los arquitectos, al tiempo que queda reforzada la postura de los ingenieros, al reunir todas las enseñanzas especializadas en una organización única. Entre 1794 y 1795 se funda la Ecole Polytechnique, utilizando en buena parte el personal de la escuela de Mézieres; la escuela acoge a un número limitado de jóvenes, después de haber realizado un severo examen y de haber demostrado su “inclinación hacia los principios republicanos”; estudian en común durante un bienio, luego pasan a las escuelas de especialización: la Ecole des Ponts et Chaussées de París, la Ecola d’Application d’Artillerie et de Génie Militaire de Metz, la Ecole des Mines de París, la Ecole du Génie maritime de Brest. El plan de estudios, basado en matemática y en la física, es fijado por Monge.

El ejemplo francés es seguido por muchos otros Estados continentales; en 1806 se funda una escuela técnica superior en Praga, en 1815 en Viena, en 1825 en Karlsruhe. El plan de estudios -en estas como en otras escuelas que vendrán- se adapta siempre al modelo parisiense.

Es excepción Inglaterra, donde la enseñanza técnica sólo va a ser organizada seriamente en el último decenio del siglo XIX. Los protagonistas de la Revolución industrial son, en su mayoría, autodidactas -como George Stephenson, que no aprendió a leer y escribir hasta la edad de 18 años- o sale de las academias fundadas por el celo de los inconformistas, como Boulton, Roebuck y Wilkinson, junto con Defoe y Malthus. La Institution of Civil Engineers, fundada en 1818, no contó más que tres graduados de entre sus diez presidentes.

Por ésta razón y debido al carácter menos rígido de la sociedad inglesa, el contraste entre ingenieros y arquitectos no llega a ser tan marcado como en el continente; los arquitectos son menos celosos de sus prerrogativas culturales, y unos y otros pasan frecuentemente de un tipo a otro de proyectos. Th. Telford, antes de dedicarse a los puentes y a las carreteras construye casas en Edimburgo, entre 1780 y 1790; John Nash no desdeña diseñar un puente de hierro; Y. K. Brunel, el autor del célebre puente colgante de Bristol, es también constructor de barcos de vapor y, más tarde, un tipo de arquitectura representativa como es el Cristal Palace, es encargado a un jardinero como J. Paxton.

De todas formas, también en Inglaterra los progresos de la técnica acaban por restringir las atribuciones tradicionales del arquitecto, y hacen caer una parte siempre creciente de los encargos profesionales en manos de los técnicos especializados; esto se hace evidente sobre todo a partir de 1830, cuando la sociedad transformada por la revolución industrial se va asentando en formas más estables.
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