Traducción joseph frank juan jose utrilia dostoievski el manto del profeta 1871- 1881 fondo de cultura económica






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Traducción JOSEPH FRANK
JUAN JosE UTRILIA
DOSTOIEVSKI
El manto del profeta
1871- 1881
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA


7r939 I
Primera edición en inglés, 2002
Primera edición en español. 2010
Frank, Joseph Sumario
Dostoievski. El manto del profeta, 1871-1881 / Joseph Frank trad. de Juan José
Utrilla. — México : PCE, 2010.
965 p. .23 x 17cm— (Colec. Lengua y Estudios Literarios)
Titulo original: Dostoevski. The Mande of the Prophet, 1871-1881
ISBN 978-607-16-0209-1 (rústica)
ISBN 978-607-16-0202-2 (empastada)
ISBN 978-607-16-0182-7 (obra complera)
1. Dostoievski, Fedor — Crítica e interpretación 2. Literatura Rusa — Siglo XIX
1. Utrilla,JuanJosé, ir. 11. Ser. III. t.
LC PG3328 Dewey 89 1.73 F659d


Diseño de portada: Teresa Guzmón Romero
Universily Press
41 William Street, Princeton, New Jersey 08540


Titulo original: Dostoevslty. The Mande of the Prophet, 1871-1 881 “

© 2002, Princeton
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica .


Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México. O. E
Empresa Certificada IS


Comentarios: editoriaI@fondodeculturaeconomica.com
Tel. (55) 5227-4672; fax (55) 5227-4649 fuerte y transt’uracion 881
Se prohibe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere


el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos. o
onaice gei’ieral 963
ISBN 978-607-16-0209-1 (rústica)
ISBN 978-607-16-0202-2 (empastada)



SEGUNDA PARTE UN PERIÓDICO PERSONAL Una nueva aventura
186




Prólogo


Éste es el quinto y último volumen de mi serie de libros sobre Dostoievski. Constituye el final de un largo viaje, y si, hace muchos años, alguien me hubiese dicho que algún día lo habría yo de emprender, sin duda habría contestado que nada era menos probable. Antes de acometer la presente obra me había interesado básicamente en la literatura contemporánea, y había publicado un volumen de ensayos (Jhe Wideníng Gyre) que incluía “Spatial Form in Modern Literature”, aún reconocido como una aportación importante a la estética de la novela moderna. Me consideraba básicamente un crítico literario, no un biógrafo ni un historiador de la cultura, aunque no tuviera empacho en valerme de cualquier información que me ayudara a comprender mejor una obra de arte. Por ello, mi proyecto original era emprender un solo volumen, de tamaño razonable, sobre Dostoievski que estuviese dedicado principalmente a sus novelas. Pero cuando llegué a escribir un primer borrador, la naturaleza misma de mi enfoque hizo casi inevitable que lo que era mi intención inicial creciera en dimensiones y cobrara mayor alcance. En realidad, esta expansión siguió verificándose aun después de que yo iba ya bien encaminado, y al terminar mi segundo volumen me di cuenta de que el proyecto de escribir cuatro volúmenes tendría que extenderse a cinco.
Tal como lo expliqué en el prólogo de mi primer volumen, mi preocupación por Dostoievski había brotado de mi interés en el existencialismo francés. Según Sartre y Camus, una obra como las Memorias del subsuelo, lo mismo que personajes como Raskólnikov (en Crimen y castigo) y Kirillov (en Los demonios), se habían vuelto hitos esenciales, a los que se remitieron al definir sus propios puntos de vista. (Y, desde luego, Dostoievski no sólo

Dedico este último volumen, como el primero, a mi esposa Marguerite, compañera, crítica e inspiración de toda mi vida. Y a nuestras hijas Claudine e Isabelle, así como a nuestros nietos
Sophie y Henrik.

era importante para los existencialistas franceses: su retrato lo tuvo colgado Heidegger en su estudio durante toda su vida.) Pero cuanto más lo leía yo, más insatisfecho me sentía con las interpretaciones habituales que encontraba. O bien se le consideraba, en gran parte, en términos puramente personales y psicológicos, o bien se le analizaba en relación con las cuestiones filosóficas y teológicas generales que son planteadas en sus novelas, y éstas eran, frecuentemente, como en el caso del existencialismo, vinculadas con uno u otro de los movimientos filosóficos contemporáneos, empezando por la boga de Nietzsche de finales del siglo xix.
Es imposible, no obstante, leer a Dostoievski sin cobrar conciencia de que sus personajes principales están profundamente impregnados de las ideologías y los problemas sociopolíticos de su época; aun así, sus ideas llamadas políticas parecían tan excéntricas que casi nadie las tomaba en serio. De hecho, pareció necesario desentenderse de ellas si se le quería hacer justicia como novelista. Aún recuerdo un artículo de Philip Rahv sobre Los demonios, de hace muchos años, en el cual, mientras elogiaba la visión profética de Dostoievski sobre los peligros del radicalismo ruso, el critico explicaba con todo detalle que Dostoievski no había sabido nada de socialismo. Pero si pudo leer el futuro del socialismo en Rusia con tal clarividencia, ¿cómo pudo ser tan ignorante de lo que sus doctrinas en realidad representaban?
Preguntas como ésta se me ocurrieron a propósito, asimismo, de otras obras, y me pareció sumamente insatisfactona la noción general de que, dado que Dostoievski mantuvo una actitud tan desfavorable en su aproximación a las ideologías de su época, más valía olvidar sus ideas al respecto o explayarse sobre la gran diferencia que existe entre la creatividad literaria y la sobriedad sociopolítica. Más aún: cuanto más me enteré del verdadero contexto sociocultural del que surgieron sus escritos, más intensamente empecé a sentir que la opinión habitual debía ser enteramente invertida, y que era necesario estudiar muy minuciosamente su trasfondo ideológico. Desde luego, este análisis lo habían hecho muy concienzudamente los críticos y eruditos rusos del último medio siglo, y yo he abrevado abundantemente, y con gratitud, en sus resultados. Pero, según también me di cuenta, estos estudiosos fueron obligados a adoptar una visión de la historia cultural rusa que ponía graves limitaciones al modo en que podían interpretar el papel desempeñado por Dostoievski durante el pasado de todos ellos. Así pues, parecía haber espacio para un estudio que no padeciera ta le

limitaciones, y que buscara su punto de partida con toda la objetividad y la imparcialidad posibles.
Desde luego, el genio de Dostoievski elevaba los problemas que dramatizó hasta alturas moral-filosóficas que incluían las cuestiones más trascendentes del pensamiento y la experiencia judeocristianos. Desde luego, mi objetivo no era sacarlas de este empíreo ámbito; sin embargo, esas cuestiones se le habían planteado en las circunstancias rusas de su propio tiempo y lugar, y si hemos de seguir la trayectoria por la cual fueron elevadas hasta un nivel que rivaliza con el de las grandes tragedias poéticas, me pareció necesario captar su punto de origen con la mayor exactitud con que pudiera hacerlo.
Siguiendo estos lineamientos, mi propio intento empezó con Memorias del subsuelo. Al enfrentarme a este texto comencé a comprender la complejidad de las relaciones que hay en sus escritos entre la psicología y la ideología, y lo importante que era, para comprender debidamente a aquélla, identificar sus raíces en el marco sociocultural de ésta. Una vez que hube desplegado el proyecto, continué investigando otras obras desde el mismo punto de vista, y, finalmente, procedí a estudiar toda su carrera de creador. Pero, como crítico literario, me pareció esencial no sólo explorar este contexto sino también mostrar cómo podía ponerse de relieve para ofrecer nuevas perspectivas sobre los objetivos y las realizaciones de Dostoievski.
Así pues, cada uno de mis libros anteriores ha estado dominado por la ideología del periodo en que Dostoievski creó sus obras, y en este último enfoco la relación —relativamente inexplorada— de sus novelas del decenio de 1870 con las doctrinas del populismo ruso. Sin embargo, dado que estaba escribiendo para lectores estadunidenses que sólo tenían el conocimiento más nebuloso (en el mejor de los ¿asos) de la historia cultural rusa, esto siguificaba ocuparme con cierta extensión de arrojar luz sobre el trasfondo. Fue esta necesidad la que, a la postre, conforme se iban apilando las cuartillas, me obligó a abandonar mi idea de escribir un solo volumen y a lanzarme por el camino largo.
En un coloquio celebrado en la Universidad de Stanford en 1989, dedicado a los escritos de lan Watt y a los míos, se me preguntó si era realmente necesario dedicar tantos volúmenes a un solo autor (hasta entonces,
• se habían publicado tres). Según recuerdo, contesté que si estuviera escribIendo acerca de él tan sólo como una persona, acaso no serian necesarios

tantos volúmenes; pero dado que, en realidad, estaba escribiendo una historia condensada de la cultura rusa del siglo xix, con Dostoievski en su centro, sentía yo que mi prolijidad no era injustificada. En efecto, Dostoievski enfocó todos los problemas de esa cultura en sus grandes novelas: no en el nivel en que ordinariamente se presentaron ante los ojos de sus contemporáneos, sino transformándolos en los términos de su propia visión escatológica y mesiánica. Y la fascinada respuesta que esta visión provocó en su propia época hace tanto más importante aclararla para la nuestra.
Al correr de los años, he mencionado en diversos volúmenes a todas las personas a quienes agradezco su ayuda y apoyo. Sería demasiado largo enumerar aquí, de nuevo, todos sus nombres, pero puedo verlas con los ojos de la mente y me gustaría invocar sus presencias unidas, una vez más, cuando llega a su fin la obra que, con su aliento, ayudaron a engendrar.
Vaya también mi agradecimiento a los miembros de mi departamento en Stanford, quienes me acicatearon c6n su apreciación de mis libros pasados y su impaciencia por ver el siguiente. Siento especial gratitud por mi presidente, Grigori Freidin, cuyas conversaciones acerca de la cultura rusa, fuese de los siglos xix o xx, siempre son enormemente estimulantes, y quien hizo todo lo que estuvo en su poder, desde un punto de vista práctico, por ayudarme en mi labor.
Dos colegas y amigos eslavistas de otras universidades me han puesto en gran deuda. Gary Saul Morson, de Northwestern, y Caryl Emerson, de Princeton tuvieron la enorme bondad de “peinar” con gran finura mi manuscrito original, y me ayudaron a mejorarlo considerablemente, como respuesta a sus sugerencias. No podré darles nunca las gracias suficientes por su dedicada obra de amistad.
Por diversas razones, este volumen en particular resultó sumamente difícil de escribir, y una vez más deseo expresar mi gratitud a mi editora de Princeton University Press, Gretchen Oberfranc, cuya paciencia y capacidad conocía yo desde hace tiempo. Pero ahora sus consejos resultaron de igual importancia, mientras yo pasaba de una versión a otra, y con toda generosidad aprobó el que yo lo hiciera aunque esto aumentara su carga de trabajo.
Además, me siento obligado a expresar mi gratitud a la cohorte de estudiosos y críticos rusos que se afanaron, durante tantos años, por dar
14 .4 PRÓLOGO

a luz la espléndida edición de la Academia de las obras de Dostoievski en treinta volúmenes, a veces al costo de no avanzar en sus propias carreras. Dostoievski no fue un escritor políticamente “aprobado” por el establishment soviético, y quienes dedicaron sus esfuerzos a él lo hicieron con cierto riesgo. Una y otra vez he dado mentalmente las gracias a esos sabios por lo que me he beneficiado de sus esfuerzos, que produjeron una mína de oro de material no sólo sobre Dostoievski sino también sobre todo el mundo cultural, literario y político en que vivió. Aquí deseo expresar públicamente mi agradecimiento a toda una lista de individuos con cuyos nombres estoy verdaderamente familiarizado, pero a los que nunca conocí.
Por razones más personales, quiero dejar constancia de mi gratitud a mis muchos amigos de Princeton, Paris y Stanford que me dieron apoyo emocional durante los muchos años en que estuve escribiendo esta serie de libros, y a los que ya mencioné en volúmenes anteriores. Entre ellos, quiero destacar aquí a Jacques Catteau, mi amigo y compañero dostoievskiano, quien me hizo el gran honor de patrocinar el premio del doctorado honorario que recibí de La Sorbona en 1999, y cuyo generoso elogio de mi obra me apremió a terminarla.
Cada uno de mis volúmenes ha incluido un homenaje a mi esposa, Marguerite, quien siempre ha robado tiempo a su propia labor de matemática para darme el beneficio de su mentalidad rigurosa y su sensibilidad lingñística y literaria. Esto, a menudo, causó importantes revisiones tanto de estructura como de estilo, y en el caso del presente volumen su ayuda me fue más vital que nunca. Entregué a las prensas una primera redacción del manuscrito acerca de la cual yo mismo tenía algunas dudas; éstas fueron confirmadas por las críticas de mi esposa (en especial, sobre el trato dado al Diario de un escritor) y por sus sugerencias de cómo se podría reorganizarla. Decidí, pues, retirar el manuscrito y reescribirlo en gran parte, y en cada paso del camino hubo pocas ocasiones en que no siguiera yo sus recomendaciones editoriales y estilísticas. Nada que pueda decir expresará adecuadamente lo que cada uno de mis libros, y éste en particular, debe a Su participación.
Y, en último término (pero no en menor grado de importancia), doy las gracias a una fundación que desea permanecer anónima, por la generosidad de su apoyo (no solicitado) a mi obra.

PRÓLOGO
15

Abreviaturas
DVS E M. Dostoevsky y Vos pominaniakh Sovremennikov, 2 vois., ed. de K. Tyunkin, Moscú, 1990.
PSS E M. Dostoevsky, Pal noe Sobranie Sochinenii, 30 vols., ed. y notas de G. M. Fridiender et al., Leningrado, 1972-1990. (Esta edición definitiva de los escritos de Dostoievski, que ahora está completa, contiene su correspondencia y proporciona un amplio y confiable aparato crítico.)
17

Fuentes de los textos

Las citas de los textos en ruso y la correspondencia de Dostoievski están tomadas de los volúmenes de la edición soviética de la Academia de Ciencias: E M. Dostoievski, Polnoe Sobrante Sóchinenii, 30 vols. (Leningrado, 1972-1980). Para los otros textos aquí citados, usé la excelente y nueva traducción del Diario de un escritor hecha por Kenneth Lantz. El adolescente fue traducido tanto por Constance Gamett como por Andrew McAndrew, yo consulté ambas traducciones. Para Los hermanos Karamázov, usé principalmente la traducción de Constance Gamett revisada por Ralph Matlaw, pero complementada con las versiones de Richard Pevear y Larissa Volokhonsky así como la de lgnat Avsey. Las cartas de Dostoievski han sido citadas principalmente de la traducción de Donald Lowe pero también de la selección traducida por Andrew McAndrew.
Todas las citas han sido verificadas con el texto ruso y se han hecho modificaciones siempre que ha sido necesario.
J. E
SOBRE I TRANSLITERACIÓN. En su traducción de esta obra, hecha directamente del ruso al inglés, Joseph Frank recurrió al Sistema 1 de la tabla de transliteración propuesta en The Transliteration of Modern Russian for English Language Publications, de J. Thomas Shaw (Madison / Milwakee / Londres, 1967).
En esta edición optamos por utilizar la tabla de transliteración elaborada por la uNEsco, aplicable tanto a la traducción del ruso al inglés como a la del ruso al español, a fin de uniformar, en los cinco tomos de esta biografía. la escritura de vocablos y nombres propios, recurriendo también al uso castellanizado de aquellas grafías frecuentes en obras similares a ésta. [EE.I
18 1

Abrumado por la sed del espíritu, crucé Un desierto infinito hundido en el pesar,
Y un ángel con sus seis alas acudió Donde cesaban las huellas y me hallaba extraviado.
Dedos tenues cual un sueño puso Sobre mis párpados; por completo abrí
Mis ojos para mirar como un águila vigilante en derredor
Puso sus dedos en mis oídos, Que se llenaron de formidable sonido:
Comprendí la música de las esferas, El vuelo de ángeles por los cielos,
El camino de las bestias reptando bajo el mar, El embriagante ascenso de la viña;
Y como un amante que me besara, Me arrancó esta lengua mía
Llena de mentira y vanidad; Abrió mis labios trémulos con la mano diestra ensangrentada,
Me armó con un dardo de serpiente; Con deslumbrante espada me abrió el pecho;
Hacia él saltó palpitando mi corazón; Un carbón ardiente oprimió
Contra elfondo de la herida. Allí en el yermo quedé muerto,
Y Dios me llamó y dijo: “Levántate, profeta, y oye y ve.
Y haz que vean y oigan mis obras Todos los que se apartan de mí,
Y quémalos con mi palabra llameante”. A. S. PUSHKIN, “El profeta”
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