San martín y la revolución de mayo






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SAN MARTÍN Y LA REVOLUCIÓN DE MAYO



José de San Martín llega al Río de la Plata el 9 de marzo de 1812. Para entonces ya se habían sucedido varios gobiernos desde la inicial Primera Junta de Mayo de 1810. Pese a esto, forma parte de ese primer ciclo de la lucha nacional hispanoamericana, que se desata con la crisis de la monarquía española en 1808 y culmina con la derrota total del absolutismo en América en 1824. Una revolución democrática que se transmuta en guerra nacional; que da su primer paso en la convulsionada España de la invasión napoleónica y se define en el extenso escenario de las ex colonias españolas en América. Solo en estrecha vinculación con ese proceso puede comprenderse la trayectoria de San Martín, y su continuación en la línea expresada en las tierras rioplatenses por la Revolución de Mayo. Y especialmente de su gran figura: Mariano Moreno. De lo contrario, su condición de oficial del ejército español, con lo más importante de su socialización existencial realizada en la metrópoli, tornaría dificultoso explicar su retorno a estas tierras y su compromiso con el proyecto independentista. Debemos referirnos entonces, en primer lugar, a la caracterización global del ciclo revolucionario hispanoamericano.
De la revolución democrática a la guerra nacional
El detonante del levantamiento hispanoamericano es, indudablemente, la caída de la monarquía española por la invasión napoleónica (1808). Pero los determinantes del ciclo que culminará con la independencia formal de las ex colonias están dados por el cúmulo de contradicciones que agitaban al imperio ibérico en América.

Una primera contradicción la marcaba el conflictivo “estatuto” de los dominios americanos de la Corona. ¿Provincias o colonias? El imperio español constituía una inmensa construcción política de orden tradicional (Antiguo Régimen). Es decir, no se trataba de una unidad nacional moderna. Aún en la propia metrópoli la unidad política y territorial estaba asegurada “desde arriba” por el Estado y la monarquía absoluta. El vasto imperio se integraba con una serie de comunidades superpuestas, los reinos y provincias, que estaba unificados desde arriba por el monarca1. En esas condiciones, no había igualdad de representación entre las comunidades integrantes del imperio español. Y mucho menos para las “provincias” americanas. La revolución hispanoamericana pondría en el centro del escenario el reclamo de la igualdad en la representación y el derecho al autogobierno. Nociones que entraban en inevitable antagonismo con el principio absolutista del poder.

Ese dominio que ejercía la corona española sobre sus dependencias americanas era entonces pre –nacional. No se trataba de nacionalidades americanas (inexistentes) oprimidas por una nación extranjera. Sino del dominio político que la monarquía ejercía sobre el conjunto de los territorios que conformaban su imperio. De allí que los “agravios” y protestas que los españoles americanos (criollos) venían asentando desde antaño, así como las eventuales rebeliones, no se hicieran mayormente en virtud de un reclamo “nacional” o separatista. Lo cual no implica que no existieran minorías independentistas actuantes desde antes del inicio del ciclo revolucionario. La figura de Francisco Miranda es un buen ejemplo. Pero no marcaban aún la tónica general.

Otra importante contradicción es la que afectaba al conjunto de la vida económico –comercial del imperio. Para principios del siglo XIX, España era ya una metrópoli “atrasada” económicamente. La pervivencia de la propiedad señorial de la tierra, el poder feudal decadente de los grandes señores, la debilidad del desarrollo artesanal –industrial (yugulado desde el siglo XVI por los Habsburgo, luego de la derrota de la temprana revolución burguesa de los “Comuneros”) convertían a España en presa de las ascendentes potencias manufactureras capitalistas. Especialmente de su vieja rival Inglaterra. La metrópoli no podía proveer a sus colonias de aquellos productos manufacturados (desde herramientas hasta textiles) que resultaban indispensables para la vida social. Asimismo había bloqueado, en la medida en que le fue posible, el desarrollo artesanal hispanoamericano.

El sistema de monopolio comercial que España mantenía a duras penas con sus dominios americanos no implicaba que los productos que llegaban a estas tierras fueran “españoles”. Ya se había convertido en gran medida en una “intermediaria” entre las potencias industriales y los lejanos confines de su imperio. Por otra parte, la presión comercial constante de Inglaterra apuntaba tanto a lograr progresivos “resquicios” legales para volcar su producción, como al omnipresente contrabando. La defensa del principio del librecomercio por parte de fracciones de las elites hispanoamericanas reflejaba esta situación, y una ya anudada complicidad con el capital británico.

La creciente penetración de mercancías británicas, a través de los puertos, delineaba también una contradicción entre las áreas litorales y las regiones interiores de las comarcas hispanoamericanas. Entre aquellos sectores cada vez más interesados en una vinculación directa con el mercado exterior (burguesías comerciales de los puertos, terratenientes y mineros) y las economías regionales y las producciones artesanales que producían para el mercado local. El conflicto entre estos bloques regionales y de clases se vería agudizado a raíz de las independencias, y explica en gran medida el ciclo posterior de las guerras civiles. No existía, al momento de producirse la emancipación política de Hispanoamérica, ni a escala continental, ni en las viejas dependencias territoriales del imperio español, una clase análoga a la burguesía industrial ascendente en la Europa nor -occidental. Es decir, una clase social que necesitara de la creación de un gran mercado interno, del desarrollo de las comunicaciones interiores, de la unificaciones de monedas y pesos, etc. Lo cual no dejaría de tener consecuencias en el proceso de fragmentación política de las ex colonias españolas.

Y también debemos referirnos a la contradicción interna propia de las sociedades clasistas. Aquella que opone a los propietarios por una parte, con los trabajadores directos por la otra. En los siglos de la colonia se había ido configurando un polo popular, integrado por indios, esclavos negros, mestizos y blancos pobres. En la cúspide de la pirámide social también se fueron desarrollando unas clases dominantes nativas: terratenientes, mineros, comerciantes, burócratas. Salvo para estos últimos (donde el ser español era clave) resultaba indistinto su origen criollo o peninsular. Especialmente desde la óptica de las sufridas masas morenas. Este antagonismo secular explica los grandes conflictos de las sociedades coloniales: desde las primigenias resistencias indígenas hasta el estallido revolucionario de Tupac Amaru.

De este polo popular saldrían los principales contingentes de los ejércitos hispanoamericanos de liberación. Son ellos los que darían su vida en el campo de batalla. La presión democratizante que inevitablemente traía aparejada su movilización militar, así como el despliegue regional de importantes movimientos que recogían sus aspiraciones (Hidalgo –Morelos en México, Artigas en el Río de la Plata) dibujaría los perfiles de la contradicción entre las políticas de círculo o elite y las políticas que intentaban apoyar y representar los impulsos populares. Porque los compromisos formalmente democráticos y republicanos de los nuevos gobiernos que emergen de la independencia son resultado de esas luchas populares y no solo de la concepción ilustrada de las minorías dirigentes. Muchas veces propensas estas últimas a echar por la borda el principio de la soberanía popular. Y manifestar diferentes expresiones de una suerte de despotismo ilustrado.

El conjunto de estas contradicciones eclosionará finalmente en la coyuntura abierta por la crisis de la monarquía y el inicio de una revolución democrática en la propia España. La abdicación de los reyes españoles, y la instauración del hermano de Napoleón como nuevo monarca, asentado en la ocupación directa francesa, desata una resistencia nacional del pueblo español. Los actores fundamentales de ese proceso van a ser el pueblo y fracciones del ejército. En ellas se encontraría la presencia de San Martín, con actuación destacada en batallas como la de Bailén. Por su parte, aquellos sectores de la elite o la milicia que se plegaban al invasor serían conocidos como los “afrancesados”.

En ese proceso, el pueblo se organizaría en “Juntas” de gobierno, locales o regionales, que reasumían la soberanía que dejaba vacante la caída de la monarquía. Existía para fundamentar eso no sólo la influencia de la revolución francesa de 1789, sino una larga tradición de pensamiento político moderno. Incluso en la propia España del siglo XVII, en las figuras de Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, que señalaban que la comunidad era la depositaria originaria del poder, que era traspasado al rey pero que podía retrotraerse nuevamente al pueblo en ciertas circunstancias. Y la invasión extranjera que destituía a la monarquía ciertamente lo era para los insurrectos españoles. De esa manera la guerra nacional de resistencia se conjuga rápidamente en la metrópoli con la revolución democrática, asentada en el principio de la soberanía del pueblo. La constitución española de 1812 reflejaría el fulminante desarrollo del liberalismo español. San Marín fue parte de ese proceso. Se forjó políticamente en esos valores liberales. Varios años después, y ya en América diría: “La revolución de España es de la misma naturaleza de la nuestra: ambas tienen la libertad por objeto y la opresión por causa”.

Las vicisitudes de la guerra y revolución española, con intervención creciente del influjo británico (ahora “aliado” de España) son varias, y marcan un inestable compromiso entre sectores “tradicionales” y “liberales”. Pero ambos van a coincidir en mantener un status subordinado para los dominios americanos. Así en la convocatoria a diputados americanos a las Cortes, se reconoce que estos territorios no son colonias sino “provincias”. Sin embargo, no se concedería una representación igualitaria, acorde a la importancia de tales provincias americanas. Claro que la revolución que pronto cubriría al espacio hispanoamericano, no aceptaría esto.

El movimiento juntista se reproduce en América. En las principales ciudades cabeceras de organizarían Juntas de gobierno que “asumían la soberanía” vacante, a nombre del monarca cautivo: Fernando VII. En ese marco actuarían lógicamente las minorías independentistas a las que aludimos, e incluso algunos procesos se inclinarían tempranamente hacia la declaración de la Independencia (Venezuela). Pero el sentido general estaba dado no aún por el separatismo, sino por el reclamo del autogobierno, asentado en el principio de la soberanía de los pueblos (entendidos sobre todo como las ciudades y provincias). Esa era la situación en el Río de la Plata, con la revolución de Mayo de 1810.

Sin embargo, en pocos años se produciría en las ex colonias españolas un proceso inverso al de la metrópoli. Si en ésta última la guerra nacional había desatado la revolución democrática, en las primeras la revolución democrática conduciría a la guerra nacional. Varios factores determinan esta evolución. En primer lugar, el propio desarrollo de la guerra civil en América, entre los partidarios del principio absolutista de poder que (más allá de si eran criollo o españoles) acabaron identificándose con el reestablecimiento de la preeminencia de España, y los partidarios de la soberanía de los pueblos. En segundo lugar, la intransigencia de los absolutistas locales y de los sucesivos gobiernos españoles hasta la restauración de Fernando VII dejaba en evidencia que los nuevos principios y el autogobierno sólo podían conquistarse separándose de la monarquía absolutista. No existían en los siglos de la colonia antecedentes de “autonomía” para las comarcas hispanoamericanas, ni la concepción tradicional del poder albergaba recaudos para satisfacer los reclamos de una representación democrática. En ese sentido, la propia existencia de esos poderes autónomos que eran las Juntas hispanoamericanas, era ya un principio de “independencia”. En ese tránsito político acelerado es que se produce la llegada de San Martín al Río de la Plata.
San Martín como emergente de un proyecto nacional hispanoamericano
Al arribar en 1812 a estas tierras, San Martín y los otros oficiales que lo acompañaban no se escindían aún del ciclo revolucionario que conmovía metrópoli y colonias. Tan es así que la propia Gazeta de Buenos Aires da cuenta de la llegada de estos oficiales que “han venido a ofrecer sus servicios al gobierno y han sido recibidos con la consideración que ofrecen por los sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la patria”. No llegan como “desertores”, sino que en vista del retroceso de la guerra revolucionaria española, vienen aquí a continuar con esa lucha por los ideales del liberalismo revolucionario. Se estaba todavía en ese tránsito hacia la lucha independentista de la que luego el propio San Martín sería eminente promotor.

Se hace necesario ubicar el contexto inmediato de esa llegada, para apreciar en que medida las cosas habían cambiado desde Mayo de 1810, puesto que sostenemos la continuidad esencial del proyecto sanmartiniano con varios aspectos del programa morenista. La Primera Junta había surgido como gobierno provisional (así lo entendía Mariano Moreno) hasta tanto un congreso constituyente, con representantes de todas las dependencias del virreinato, no instaurase una nueva autoridad representativa. En la orientación inicial que le imprime Moreno jugaba una audaz concepción revolucionaria. Se conjugaban en sus directivas, y en su Plan de Operaciones, consideraciones como la extensión de la revolución al interior del Virreinato, la movilización de las masas rurales, y el desarrollo de empresas públicas vía expropiación de sectores pudientes. En los pasajes en los que Moreno se refiere al levantamiento de la Banda Oriental (Uruguay) puede advertirse hasta qué punto Moreno rompía con la concepción elitista de los hombres de su círculo. Allí advertía sobre la necesidad de “elevar” y darle participación al gauchaje (es decir, incorporarlos a la vida política) y con perspicacia señalaba que estos seguirían a sus propios líderes. En ese sentido van sus referencias a la necesidad de “ganar” para la revolución a hombres como José Artigas.

El equilibrio inestable en que pretendió asentarse esa política se rompe con el alejamiento y desaparición física del secretario de la Junta. Confluían dentro del bloque revolucionario distintos sectores, que tenían puntos de convergencia y otros de fricción. Por sobre la fracción “jacobina” encarnada por Moreno, empezó a prevalecer la que representaba los intereses de la burguesía comercial porteña. Atenta ésta última a las “virtudes” del librecambio por sobre las consideraciones doctrinarias de la soberanía popular, que le parecían quimeras. El gobierno que encontró San Martín (1º Triunvirato) ya obedecía a esa orientación, imprimiéndole un contenido elitista a la dirección de la revolución.

Pero la insurgencia popular –rural, prevista por Moreno en su Plan, ya se había desatado. Y en la margen oriental del Río de la Plata comenzaba a desplegarse un poderoso movimiento popular que elaboraría las bases de un proyecto alternativo al de la burguesía comercial del puerto. Se trataba del artiguismo. Este sí representaba una proyección superadora del impulso morenista original. Se trazaba entre ambos bloques una contradicción fundamental, que tendría larga vida. La política sectaria de círculos por una parte (identificada con el centralismo) y la política de masas por la otra (que sostendría posiciones federales). También el artiguismo se convertiría en defensor inclaudicable de la independencia y la organización republicana. En cambio, los gobiernos porteños que se venían sucediendo, amén de pretender perpetuar el papel excluyente de Buenos Aires como antigua capital del “reino”, no vacilarían en promover distintas “soluciones” monárquicas o de subordinación a potencias absolutistas (Portugal).

Se trataba, en última instancia, de dos proyectos societarios en pugna; fundamento para la construcción de proyectos nacionales para una “nación” que aún no existía. Lo que sí existía era una identidad hispanoamericana, compartida a lo largo del continente; que se conjugaba lógicamente con la vinculación emocional a la patria chica o lugar de nacimiento. Pero los proyectos nacionales más avanzados que comienzan a surgir trabajosamente en esos años aludían al espacio total de las ex colonias españolas. La Patria es América diría Simón Bolívar. Indudablemente, las luchas concretas se desarrollaban en relativo encuadre con lo que eran las demarcaciones administrativas españolas (virreinatos, capitanías generales). Pero en sus proyecciones más avanzadas apuntaban al espacio común. Y en el final del ciclo independentista tendría una de sus manifestaciones más sofisticadas con el Congreso Anfictiónico de Panamá, y el intento de confederar a las nacientes repúblicas. Más adelante aludiremos a los escollos insalvables con los que se topó dicho proyecto, que son los mismos con los que luchó San Martín. Y es que, en los años que le tocó actuar, San Martín fue un efectivo emergente de ese proyecto nacional hispanoamericano, como lo fue Bolívar, como lo fue Artigas, como lo prefiguró Moreno. Veamos ahora, algunas claves concretas de la vertiente sanmartiniana del proyecto hispanoamericano de liberación.


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