Resumen Este artículo tiene por objeto exponer la influencia que tuvo Pablo de Olavide en Melchor Gaspar de Jovellanos en el periodo en el que ambos coincidieron en Sevilla.






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La (verdadera) formación intelectual de Jovellanos en la Sevilla de Olavide (1768-1776)

Luis Perdices de Blas

Catedrático de Historia del Pensamiento Económico

Universidad Complutense de Madrid

perdices@ccee.ucm.es

Resumen

Este artículo tiene por objeto exponer la influencia que tuvo Pablo de Olavide en Melchor Gaspar de Jovellanos en el periodo en el que ambos coincidieron en Sevilla. Fueron los años, entre 1768 y 1776, en los que Olavide redactó sus más importantes informes sobre la ley agraria y la reforma educativa, en colaboración con lo más granado de los ilustrados andaluces, y en los que se puso en marcha la empresa colonizadora de Sierra Morena y Andalucía.

El trabajo está estructurado en tres grandes epígrafes más uno de conclusiones. Se analiza en primer lugar la figura del seductor, cosmopolita y poderoso Olavide, para pasar a continuación a tratar de la formación del joven e inexperto Jovellanos cuando llegó a Sevilla y, finalmente, se expone qué encontró el asturiano en la capital hispalense y qué le hizo crecer intelectualmente: el acceso a buenas bibliotecas, una tertulia muy concurrida y un intenso debate sobre temas agrarios, educativos y culturales. En las conclusiones se reflexiona e incide en los rasgos comunes que compartían ambos autores, aunque cada uno tuvo una carrera con sus propias características y representativa de dos generaciones diferentes de la Ilustración española.

Palabras clave: Ilustración, formación intelectual, reforma agraria, Olavide, Jovellanos

Códigos JEL: B11, B31, N 5, Z00

The truth about Jovellanos´ intellectual development in the Seville of Pablo de Olavide, 1768-1776

Abstract

This article seeks to describe the influence Pablo de Olavide exercised over Melchor Gaspar de Jovellanos during the period when both men lived in Seville, between 1768 and 1776. These were years when Olavide, in collaboration with the finest minds in Andalusia, wrote his most important reports – the “informes”- on agrarian and educational reform, and a period when his plans to set up new agrarian colonies in the Sierra Morena and across Andalusia were put into effect.

This paper is subdivided under three headings, plus a final set of conclusions. Firstly we analyse the seductive, cosmopolitan and powerful figure of Olavide. Secondly, we look at the intellectual development undergone by the young and inexperienced Jovellanos on his arrival in Seville. And thirdly we explore the cultural and scientific milieu Jovellanos found in Seville, and which was so important to his intellectual development: discussion groups where intense debate took place on issues concerning agrarian reform, educational policy and a wide range of cultural issues; access to well-stocked up-to-date libraries, etc. In our concluding section we examine points of contact between, and common interest shared by both writers, although each man, representative of two different generations of Enlightenment Spaniards, were to take different paths in their respective careers.

Key words: Enlightenment, intellectual development, agrarian reform, Olavide, Jovellanos

JEL codes: B11, B31, N 5, Z00

1.- Introducción

Jovellanos ha sido un autor objeto de numerosos estudios desde su fallecimiento, hace ahora doscientos años, analizándose minuciosamente sus aportaciones desde diversas disciplinas, así como su formación y sus fuentes intelectuales. Este trabajo se detiene en aquellos años de su vida en los que se desarrolló intelectualmente gracias al ambiente ilustrado que Olavide logró concitar en Sevilla. La coincidencia de Pablo de Olavide y Jáuregui (Lima, 1725- Baeza, 1803) y Baltasar Melchor Gaspar María de Jovellanos (Gijón, 1744-Puerto de Vega, Navia, 1811) en la ciudad del Guadalquivir, entre 1768 y 17761, fue el encuentro entre un ilustrado maduro y ejecutor de los proyectos de los ministros reformistas de Carlos III y un joven “inexperto”, con una formación deficiente; también entre dos representantes de dos generaciones diferentes de la Ilustración española, entre un seductor y cosmopolita conocedor directo de las luces foráneas gracias a sus viajes por Europa y un principiante con poco mundo y parco de costumbres.

La relación fue muy fructífera sobre todo para Jovellanos, que entró en contacto con nuevos conocimientos en la tertulia de Olavide, donde se discutió desde la reforma del arte dramático hasta las reformas agraria y educativa que el peruano estaba llevando a cabo en ese periodo en Andalucía. En la tertulia, como en los grupos de trabajo que Olavide constituyó como asistente de Sevilla, superintendente de rentas provinciales del reino de Sevilla, intendente del Ejercito de los cuatro reinos de Andalucía o superintendente de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, reunió a lo más granado de Andalucía y de otras regiones, así como a los viajeros que pasaron por la capital andaluza. Jovellanos no sólo accedió a este círculo tan privilegiado de intelectuales y poderosos, sino que se puso a su disposición la magnífica biblioteca del limeño y de otros amigos de su círculo. Javier Varela señala con precisión que esos años sevillanos de Jovellanos son los del “aprendizaje de la Ilustración” (Varela, 1988, capítulo 2).

Cuando el asturiano abandonó la capital andaluza, en 1778, ya era un hombre maduro, con una formación que le permitió desarrollar su extensa obra y asimilar reflexivamente los conocimientos que se generaban tanto en España como en Europa. También percibió en primera línea, tras el autillo de fe contra Olavide en ese mismo año de 1778, los peligros que aparejaba defender unas determinadas ideas. Jovellanos apoyó en todo momento a Olavide cuando fue preguntado por la Inquisición, aunque el autillo le impresionó, y de ahí puede provenir su prudencia a la hora de exponer sus ideas. No deja de ser paradójico que ambos economistas acabasen en la cárcel por defender unos proyectos que intentaban transformar, aunque fuese muy pausadamente, la situación socioeconómica y cultural de España.

El presente trabajo está estructurado en tres grandes epígrafes más uno de conclusiones. Se analiza en primer lugar la figura del seductor Olavide, para pasar a continuación a tratar de la formación del joven e inexperto Jovellanos cuando llegó a Sevilla y, finalmente, centrarse en qué encontró el asturiano en la capital hispalense y le hizo crecer intelectualmente: el acceso a buenas bibliotecas, una tertulia muy concurrida y un intenso debate sobre temas agrarios, educativos y culturales, por destacar los tres más importantes. En las conclusiones se reflexiona e incide en los rasgos comunes que compartían ambos autores, si bien cada uno tuvo una carrera con sus propias características y representativa de dos generaciones diferentes de la Ilustración española.

2.- El seductor e ilustrado Olavide

Pablo de Olavide, cuando llegó a Sevilla, a finales de 1767, era un hombre maduro, de cuarenta y dos años, y con una amplia experiencia y formación intelectual. Había llegado a ser oidor de la Audiencia de Lima en 1745, pero fue destituido cinco años después por participar en algunas actividades fraudulentas y relajarse en el cumplimiento de sus obligaciones. Viajó a la península para defenderse de tales acusaciones y se dedicó mientras tanto al comercio. En España fue encarcelado por las irregularidades cometidas en el desempeño de sus cargos en Lima. Tuvo una juventud muy agitada y todo hacía presumir que su vida se asemejaría a la de un protagonista de una novela de aventuras con final trágico. No fue así.

Gracias a su matrimonio, a los treinta años cambió su destino. En 1755 se casó con María Isabel de los Ríos, una mujer dos veces viuda, millonaria y mayor que él, que no pudo resistirse a un bien parecido y encantador criollo. La boda le permitió realizar nuevas actividades comerciales, introducirse en el círculo social más selecto de Madrid, viajar por Europa, ingresar en la orden de Santiago y conseguir una sentencia de olvido en el proceso que se inició a raíz de su destitución como oidor de la Audiencia limeña. También le brindó la oportunidad de cuidar de sus familiares, entre los que destaca su querida prima Gracia. Su carácter seductor, junto a su holgada situación económica, le facilitó atraer a un grupo de selectas personas en todas las ciudades en las que residió, tanto en Madrid como en Andalucía, como veremos en este trabajo. A todo ello hay que añadir su cosmopolitismo natural, nutrido por sus tres viajes por Europa, a los que también se hará referencia. Por si todo ello no fuera poco, se convirtió a partir de 1766 en la mano ejecutora de los proyectos elaborados por ilustrados de la talla de los condes de Aranda y Campomanes.

El que a Olavide le gustase “filosofar” y fuera una persona con un pasado tumultuoso, seductor, mimado de las mujeres, rico, amante del lujo y de la ostentación, extrovertido, cosmopolita, brillante, apasionado y poco prudente en algunas ocasiones al exponer sus ideas, estudioso de nuevos conocimientos y reformista, no significa que fuera un libertino, impío, frívolo, volteriano o enciclopedista como mantuvieron sus enemigos, que lograron encarcelarle en 1776 y someterle a un autillo de fe dos años después. A esta visión desvirtuada de Olavide también contribuyeron los ilustrados europeos, entre ellos, Denis Diderot, su primer biógrafo. El limeño fue utilizado por estos ilustrados como pantalla para propagar sus ideas enciclopedistas. Es decir, le convirtieron en el gran mártir del fanatismo inquisitorial juzgado por sus ideas avanzadas. Enemigos e ilustres amigos europeos erraron en sus apreciaciones, como han puesto de manifiesto las últimas biografías (Perdices de Blas, 1992, pp. 72-77).

Olavide, como otros ilustrados de su generación, fue un defensor de la monarquía y de la religión católica, así como de la sociedad de su época. Eso sí, quiso reformar aquello que no le gustaba, como los enormes privilegios de la nobleza y los mayorazgos o el excesivo número de eclesiásticos, muchos de ellos sin vocación e ignorantes. Consideraba que el monarca, Carlos III, estaba contribuyendo al progreso de la nación. Fue un convencido católico pero no estuvo de acuerdo en la forma barroca de concebir la religión. En todos los cargos que desempeñó entre 1766 y 1776 se preocupó del alimento espiritual de las personas bajo su cargo y de que se les enseñase correctamente la doctrina cristiana, sobre todo a las mujeres. Estuvo a favor de una práctica religiosa sentida desde el corazón y que no se detuviera tanto en los signos externos y en el rezo sin reflexión (Perdices de Blas, 1992, pp. 63-72).

Cuando llegó a Sevilla, en 1767, Olavide era un intelectual con una buena y completa formación, que bebía de fuentes, nacionales y foráneas. Inició su formación intelectual en la Universidad de San Marcos, en su Lima natal. Una universidad que tenía un plan de estudios similar a las castellanas y que, como ellas, también estaba anquilosada. Olavide, años más tarde, en 1768, en su Plan de estudios para la Universidad de Sevilla, describe magistralmente la situación de las universidades:

Dos espíritus se han apoderado de nuestras Universidades, que han sofocado y sofocarán perpetuamente las Ciencias. El uno es el de partido, o de Escuelas; el otro el Escolástico. Con el primero se han hecho unos cuerpos tiranos uno de otros, han avasallado a las Universidades, reduciéndolas a una vergonzosa esclavitud y adquiriendo cierta prepotencia que ha extinguido la libertad y emulación. Con el segundo, se han convertido las Universidades en establecimientos frívolos e ineptos, pues sólo se han ocupado en cuestiones ridículas, en hipótesis quiméricas y distinciones sutiles, abandonando los sólidos conocimientos de las Ciencias prácticas (Olavide, 1969, p. 138).

Esta situación de los estudios superiores llevó a las mentes más inquietas europeas a buscar una formación alternativa fuera de las universidades, bien leyendo libros que no se empleaban en los estudios oficiales, bien asistiendo a tertulias, bien creando sociedades o academias para debatir y desarrollar sus ideas o bien viajando, sobre todo aquellos que tenían medios económicos para realizar el Grand Tour por Europa.

No tenemos noticias de las lecturas que Olavide efectúo en su ciudad natal, pero sí sabemos que los intelectuales de las colonias estaban al tanto de las novedades europeas (incluidas las españolas). Miembros de la Audiencia de Lima tenían en sus bibliotecas libros de autores foráneos, pero también de españoles como Feijoo o Campomanes, por poner sólo dos ejemplos significativos (Perdices de Blas, 1992, p. 32). Prueba de la irrupción de las corrientes foráneas en las colonias americanas fue la “curiosidad” de Olavide, como apuntan sus contemporáneos, por las matemáticas y la física ya en Perú.

Desde su partida de Lima a principios de la década de los cincuenta hasta el comienzo de su residencia en Andalucía, en 1767, tuvo ocasión de profundizar en su formación intelectual y, sobre todo, después que el matrimonio con una viuda rica le permitiera estabilizar su situación económica y social. Hay que acentuar su relación con sobresalientes ilustrados como Burriel, Campomanes y Aranda y la asistencia a diversas tertulias, así como sus viajes por Europa, dos formas alternativas de acceder a los nuevos conocimientos.

Un primer contacto de Olavide con las fuentes de pensamiento autóctono en España fue, recién llegado en 1752, a través de Andrés Marcos Burriel (Aguilar Piñal, 1966, p. 15). Este jesuita - Olavide había estudiado en un colegio de la Compañía en Lima- fue un notable intelectual de la primera mitad del setecientos, que estudió filosofía y teología y ejerció la docencia en el Colegio Imperial de Madrid, en el Colegio de la compañía de Alcalá de Henares y en el Seminario de Nobles de Madrid. Por sugerencia de Fernando VI, trabajó en los archivos catedralicios con el fin de encontrar documentos que apoyasen el regalismo de la Corona, y esta labor le permitió convertirse en uno de los españoles que mejor conoció las fuentes manuscritas conservadas en los archivos del país.

Olavide también se familiarizó con las fuentes del pensamiento español y, sobre todo, con los textos sobre temática económica gracias al conde de Campomanes. A la tertulia madrileña de Olavide, además de sus familiares, asistían, entre otros, Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla, Francisco Carrasco, fiscal del Consejo de Hacienda, José de Clavijo y Fajardo, escritor y protegido del conde de Aranda, el sacerdote Casalbón, uno de los mejores helenistas del siglo XVIII español, el duque de Mora, y la duquesa de Huéscar. También Olavide frecuentó la tertulia de Campomanes, que llegó a ser una de las más selectas de Madrid como apunta Jovellanos :

Su casa [la de Campomanes], abierta siempre a la aplicación y al mérito, parecía morada propia del ingenio, y cualquiera que debía a la Providencia este don celestial, estaba seguro de ser en ella acogido, apreciado y distinguido (Jovellanos, 1858-1965, t. III, pp. 403-404).

En las tertulias del limeño y del asturiano, como en otras de ilustres personajes de la Corte, se discutieron los temas del momento, como la reforma agraria, y en dichas tertulias salieron a la luz autores españoles y los foráneos para fundamentar la exposición de los argumentos (Perdices de Blas, 1992, pp. 54-55). No fue fortuito que, cuando Olavide fue detenido por la Inquisición en 1776, se le encontraron obras de fray Luis de Granada y el Apéndice sobre la educación popular de Campomanes, cuyo tomo primero se había publicado el año anterior y contenía escritos de Miguel Álvarez Osorio y Redín y Francisco Martínez de Mata, entre otros, junto a un compendio de leyes relacionadas con el fomento del sector secundario.

Otro personaje, que familiarizó a Olavide con la tradición española y, en particular, con el “partido aragonés” o “militar”, fue el conde de Aranda que le apoyó en el inicio de su carrera en la administración en la década de los sesenta, aunque su amistad también pasó por momentos difíciles. Aranda, además, puso en contacto a Olavide con las reformas prusianas, inspiradas por las directrices marcadas por los cameralistas. En este sentido, Ernest Lluch anotó oportunamente que la colonización de Sierra Morena muestra influencias del modelo prusiano (Lluch en Fuentes Quintana, 2000, p. 727).

Olavide complementó su formación intelectual gracias al Grand Tour que realizó por Europa, aunque en Lima ya había empezado a familiarizarse con las luces que alumbraban al continente europeo. Cuando inició sus viajes tenía treinta y dos años y, por lo tanto, era una persona con cierta madurez y que no recibió las nuevas ideas acríticamente, sin antes tamizarlas.2

Realizó tres viajes a Europa y en los tres pasó por París. Recorrió Francia, diferentes ciudades italianas (Turín, Milán, Parma, Padua, Nápoles, Venecia y Roma, entre otras), Ginebra y estuvo en la finca de Les Délices de Voltaire. En esos viajes tuvo la ocasión de conocer a “todos los sabios” de estos lugares. Viajó no sólo por puro placer o para realizar negocios comerciales, sino también, como otros intelectuales europeos, para instruirse y adquirir conocimientos de los que posteriormente se sirvió cuando desempeñó cargos públicos entre 1766 y 1776. El limeño declaró en una ocasión que su proyecto de colonización en Andalucía, que le llevó a fundar unos pueblos “modelo” para el resto de España a partir de 1767, se había beneficiado de lo visto en otras regiones “mejor ordenadas y más felices” en España y fuera de ella. En definitiva, presumía de que había “visto más mundo” y “reflexionado” más sobre estos asuntos. Hay que acentuar que también tuvo en cuenta lo visto en España, sobre todo en Vizcaya, Cataluña y Valencia, regiones que se caracterizaban por una agricultura más desarrollada.

Si nos circunscribimos a su producción literaria, podemos apreciar con claridad que lo nacional y lo foráneo se compaginaban sin ningún prejuicio en sus exposiciones y proyectos. Su defensa de las obras dramáticas francesas se justificaba porque, al margen de su nacionalidad, eran las piezas que cumplían el objeto de dar “lecciones de urbanidad” y “honradez” al pueblo español, pero no se encontró entre los que estuvieron a favor de la prohibición de los autos sacramentales, ni entre aquellos que negaron el legado del Siglo de Oro español.

A pesar de proponer y traducir dramas franceses que sirviesen de ejemplos, la única pieza teatral propia, El celoso burlado (1764), es una zarzuela, género típico español, publicada en un entreacto de su viajes a Europa, cuando mayor debió ser la influencia foránea. Si como dramaturgo tradujo obras francesas y su única obra original tiene influencias de los sainetes costumbristas españoles, como novelista estuvo bajo el influjo de la novela cervantina e inglesa de mediados del siglo XVIII (en particular, Samuel Richardson y Henry Fielding).3 El resto de su obra, tanto la dedicada a temas religiosos como socioeconómicos, también combina influencias nacionales y foráneas.4

Una persona con tan cuidada formación y experimentada en el mundo de los negocios como Olavide no pasó desapercibida en Madrid, y así los condes de Aranda y Campomanes se fijaron en él. Eran los primeros años del reinado de Carlos III, en los que los ministros ilustrados recibieron un fuerte apoyo para llevar a cabo sus reformas. Unos años, en definitiva, en los que se pensaba que los nuevos proyectos se podrían llevar a cabo y hacer prosperar a España y a su imperio colonial. Para acometer tan ambiciosos programas se precisaba de personas pragmáticas y bien formadas, y tan escasas en España, como Olavide.

El limeño recién llegado de su último viaje europeo, en 1765, se encontró con un Madrid que vivía momentos críticos por causa del motín contra Esquilache. Tras este acontecimiento el conde de Aranda fue nombrado presidente del Consejo de Castilla y se mantuvo a Campomanes como fiscal del mismo. También accedió a la secretaría de Hacienda Miguel de Múzquiz. Es decir, tres amigos de Olavide en tres puestos claves de la administración central.

El nuevo equipo de gobierno, en 1766, tomó medidas íntimamente relacionadas con el motín. En primer lugar se percataron de la participación de numerosos vagabundos y ociosos en la revuelta y de ahí que decidieran recogerlos en una institución y crear el hospicio de San Fernando, a las afueras de la capital. Por otra parte, crearon los cargos de diputados y síndicos del común para representar al pueblo en los ayuntamientos y velar por los abastos de las ciudades. Olavide fue nombrado director del hospicio de San Fernando en 1766 (meses más tarde también del Hospicio de Madrid) y elegido Personero del Común del Ayuntamiento de Madrid en 1767. Los nuevos gobernantes encontraron en él a un fiel ejecutor de sus medidas. La compenetración entre Aranda, Campomanes y Olavide fue tal que eran conocidos popularmente como la Trinca.5

Aranda le nombró director del hospicio de San Fernando “por su talento, por lo que ha visto en países forasteros y por la inclinación a [estos] establecimientos públicos”.6 Olavide, en sintonía con Aranda y siguiendo la tradición que se inició con Juan Luis Vives, mantuvo que las autoridades públicas debían encargarse de la beneficencia por justicia, cumplir los preceptos cristianos y una sana ordenación social. Precisamente el orden social, alterado con el motín contra Esquilache, se podría recuperar si en cada capital de provincia se instauraba un hospicio, donde se enseñase a los recogidos un oficio y se les ocupase en todo momento. No sólo se quería represaliar a los alteradores del orden público que no tenían ningún oficio ni beneficio, sino transformarlos en personas útiles para la nación (Perdices de Blas, 1992, pp. 140-151).

La principal función de los personeros del común, creados en 1766, fue velar por el abasto de los municipios y, sobre todo, favorecer la libertad de los mismos para “facilitar la concurrencia de los vendedores”. Olavide tuvo que trabajar en contra de los miembros del ayuntamiento de Madrid, contrarios a estas ideas a favor de la libertad, recogidas en la Respuesta fiscal sobre abolir la tasa y establecer el comercio de grano, redactada por Campomanes en 1764. El personero, como Campomanes, defendió que la libertad de comercio interior era, tanto la mejor política de abastos para conseguir la abundancia de alimentos a precios acomodados, como la mejor política para fomentar la agricultura pues el labrador consigue un “buen precio” para sus productos y, por lo tanto, le estimula a dedicarse a su actividad (Perdices de Blas, 1992, pp. 151-176).

En suma, cuando Jovellanos llegó a Sevilla, se encontró con un Olavide que intelectualmente se había formado teniendo en cuenta el pensamiento nacional y foráneo y era, además, un excelente ejecutor de las ideas de Múzquiz, Campomanes y Aranda. Un hombre poderoso al que, en los momentos más radiantes a favor del cambio durante el reinado de Carlos III, se le encomienda ejecutar unos proyectos dirigidos a sacar del atraso a Andalucía. Proyectos de la envergadura de la colonización de Sierra Morena y Andalucía o la reforma educativa, como se verá luego. Son los momentos del optimismo del reinado de Carlos III, que comenzó a resquebrajarse, sin embargo, con hechos como el autillo de fe contra Olavide celebrado en 1778.

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