Prensa, modernidad y transición. La prensa argentina en el siglo XIX






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Prensa, modernidad y transición. La prensa argentina en el siglo XIX

1. PRENSA, MODERNIDAD Y TRANSICIÓN

1.1. Una carta destructiva
El paso fundante de la historiografía de nuestro periodismo fue dado por Antonio Zinny1, cuyos precursores y eruditos trabajos son insoslayables en cualquier indagación histórica del primer medio siglo de vida independiente argentina2. Explícitamente pensados como catálogos para uso de historiadores, sus trabajos sobre prensa periódica abarcan una amplia gama de asuntos, entre los que destacan índices de contenidos y catálogos generales de prensa argentina y uruguaya hasta 1852. El primero de la serie fue el de prensa de Buenos Aires, titulado “Efemeridografía Argirometropolitana hasta la caída del gobierno de Rosas” (Imprenta del Plata, 1869)3. Con él disponían los historiadores –por primera vez- de un catálogo de estado de la cuestión actualizado, con información acerca de "... título, fecha de aparición, y cesación, formato, imprenta, número de que se compone cada colección, nombre de los redactores que se conocen, observaciones y noticias biográficas sobre cada uno de ellos y la biblioteca pública o particular donde se encuentra el periódico"4.

El trabajo pionero de Zinny fue realizado con no pocas dificultades, pues el grueso de las colecciones se hallaba aún en manos particulares. Cuatro “personas competentes (...) eruditos coleccionistas” (Andrés Lamas, Juan María Gutiérrez, Vicente G. Quesada y Ángel J. Carranza, cfr. Op. Cit. p.p. vi) a quienes Zinny agradecía especialmente su colaboración fueron consultados acerca de la obra, y las cuatro cartas de respuesta fueron transcriptas en la introducción del libro. Todas son elogiosas de su calidad. Tres de ellas centraron sus comentarios en el enorme aporte que significaba el catálogo para la historiografía y el resguardo y coleccionismo (Lamas, Gutiérrez y Carranza); la cuarta, de Quesada, fue más larga y profundizó en cuestiones de historia del periodismo como disciplina histórica en formación5. La influencia de esa carta en posteriores trabajos de historia del periodismo argentino ha sido tan grande, que merece citarse aquí al menos en parte:

“La simple estadística cronológica que vd. ha formado de todos los periódicos, muestra como en relieve el estado del país.

Antes de 1801 completa mudez; ni un solo periódico en el vastísimo territorio del Virreynato de Buenos Aires. La metrópoli no permitía la existencia de esos archivos cotidianos que hoy formarían el proceso de su mal gobierno; medrosa, como todo lo que manda con injusticia, la prensa periódica la aterraba, por que indudablemente sería precursora de la emancipación. Apenas permitía la impresión de libros místicos, como se revela por el trabajo del doctor Gutiérrez. (...)

En 1815 los espíritus empiezan a ajitarse, en aquel año se publican siete periódicos.

Ese movimiento crece o decrece en los años sucesivos, y se sienten las agitaciones de las masas en los periódicos de 1820 y 1821 en estos años se publican diez y siete periódicos en aquel y diez y ocho en este.

El año 1822 revela un movimiento intelectual inusitado, la lucha de las ideas toma calor y los espíritus necesitan del debate de la prensa diaria; veinte y tres periódicos aparecen en aquel año. ¿ No es cierto que la simple estadística va indicando el movimiento progresivo del país? ¡ Y esto se demuestra por la sola lectura de los números!

Si examinásemos ahora las materias de que se ocuparon los periódicos, ¡ qué claros se verían los hechos! Sobre todo surjiría la verdad histórica, envuelta hasta hoy frecuentemente en la bruma de las pasiones de bandería.

El año 1825 solo se publican trece periódicos, la lucha parecía en calma. Viene el año de 1827 y nueva actividad; 22 diarios se publican.

En 1831, llegaron al número de 31 periódicos.

La prensa periódica aumenta siempre que hay ajitaciones; porque entonces los partidos necesitan de ese elemento poderoso que es el proselitismo. Cada partido, cada fracción, establece un órgano de sus ideas para influir en la opinión pública. En 1833 se publican 43 periódicos; es el año de mayor movimiento periodístico desde 1801 hasta 1852.

Durante el largo gobierno de Rosas ¡ qué decadencia en la prensa! ¡ Qué mudez! ¡ La libertad había huido, y la prensa periódica no vive sino de libertad! (...)”6.
Las afirmaciones de este escrito son sencillas, elegantes, y por ello tentadoras. Coinciden además con la mirada histórica predominante en su época. En los años subsiguientes, y a todo lo largo del siglo XX han sido repetidas y reafirmadas hasta el hartazgo7, posiblemente mucho más allá de la intención de Quesada al redactarla como un elemental disparador de intereses. Con ella inauguró un mito y respaldó otros en boga, transformando a su vez a Zinny en protagonista de un involuntario aporte a la ideologización del análisis.

Obsérvese las afirmaciones que el autor de la misiva asegura basar exclusivamente en las cifras a la vista:

a) Presunción de oscurantismo represivo como política virreinal de prensa, que habría frenado una práctica posible en el Río de la Plata colonial.

b) Relación directa entre cantidad de títulos y movimiento periodístico, este último especialmente alto en 1815, 1820, 21 y 22, 27, 31 y 33.

c) Decadencia en la prensa durante el gobierno de Rosas. Lo que significa: caída respecto de un estadio de desarrollo anterior más elevado.

Resulta curioso notar que de una lectura suficientemente atenta de ese mismo trabajo de Zinny, las conclusiones no tienen por qué ser esas. Y mucho menos aún si tomamos en consideración otros aportes e investigaciones. Las tres afirmaciones, sin embargo, se difunden a lo largo de un siglo de historiografía, y se avalan e ilustran con cantidades de títulos tomados de las obras de Zinny8, y de la vista de los principales catálogos disponibles: de la Universidad de la Plata, la Biblioteca Nacional, el museo Mitre y la colección Peña. Son, por ejemplo, los casos de Galván Moreno, Beltrán, Vázquez, entre otros. Algunos historiadores como Guillermo Furlong intentan salir de la satanización del rosismo, pero víctimas del mismo modelo teórico se ven obligados a aceptar la misma “evidencia” que los anteriores, limitándose a corregir el juicio moral sobre la misma:

“Con el segundo gobierno de Rosas (1835-1852) el número de publicaciones periódicas decayó sensiblemente, y las existentes, en esos lustros, se mostraron sumisas a la férrea autoridad gubernativa. Sufrió detrimento la llamada libertad de prensa, pero esa merma fue compensada con la desaparición del libertinaje de prensa, que habría llegado a hacer ostensibles y trascendentales estragos desde 1820, y aún desde 1817”9.
Con ello queda completo un universo de afirmaciones ideológicas a priori sobre prensa: la casi totalidad de autores de historias del periodismo argentino, consideraría los periódicos de las diversas épocas como si se tratase de un emprendimiento esencial y universalmente individual, independiente y sostenido en la voluntad o cualidades individuales; con mejor o peor pluma, más o menos dinero, máquinas antiguas o más modernas, más o menos dificultades y presiones del poder, mejor o peor suerte. Una suerte de continuum de progreso matiza la sucesión de nombres desde el fin del oscurantismo colonial, excepto durante el gobierno de Rosas. Particularmente sobre este último asunto, si en historia política, económica o social la neurótica imposibilidad de estudiar con un mínimo de objetividad el interregno rosista sufrida durante décadas pudo enmendarse con trabajos de contrapeso, algunos brillantes, otros simétricamente maniqueos, en historia del periodismo esa época constituye una suerte de agujero negro empírico y teórico, y el resultado es especialmente lamentable por cuanto construye una génesis imaginaria en la que una supuesta época dorada del periodismo, surgida de la naturaleza misma del liberalismo, es destruida por un tirano cavernícola, para recuperarse luego de la acción reparadora.

Será este supuesto el que primero someteremos a interrogación crítica, pues su respuesta abre caminos contrapuestos: La respuesta ideológica habla de un ciclo: Arcadia-pérdida-regeneración, que comenzaría con los pro-hombres de mayo, y moriría con las facultades extraordinarias. El momento de la regeneración llegaría de la mano de Urquiza, con la elegancia de un periódico llamado precisamente “La Regeneración”, para continuar aparentemente en Buenos Aires en forma exclusiva, pues lo que sucede en el interior pareciera ser una versión pobre de la capital, sobre la cual no cabe hacer demasiadas preguntas.

La respuesta que se propone aquí intenta, por el contrario, explicar el proceso de prensa previo a 1875 como un largo período transicional en el cual el período rosista puede ser explicado con algún nivel de coherencia y contrastabilidad.

Pero antes de entrar en nuestro asunto, revisemos brevemente los tópicos instaurados voluntaria o involuntariamente por Quesada y Zinny hace un siglo y medio atrás:

a) Oscurantismo virreinal.

Cuando se produjo la conquista de América, la prensa periódica no existía aún en Europa. Su génesis, como veremos más adelante, fue gobernada por los requerimientos del primer Estado moderno de occidente, el Estado absolutista, y por la actividad de una burguesía y un artesanado urbano en proceso de reformulación, de transformación de sus relaciones y actividades en dirección hacia el capitalismo.

La prensa moderna, en su sentido de actividad social crítica estable, independiente, con roles comerciales, de publicidad política, de adquisición literaria, etc., es una novedad surgida en Inglaterra a finales del siglo XVII y desarrollada con no poca dificultad a todo lo largo del siglo XVIII, como una gran novedad de alcance mundial. Antes de ello, el primer impulsor de periódicos urbanos estables fue el Estado absolutista, con la creación sistemática de gacetas de Estado a lo largo del siglo XVII en las capitales europeo-occidentales. Se trata de una forma de prensa periódica de naturaleza, objeto y rol diferentes de la prensa moderna. Si consideramos el espacio colonial español, no hallaremos grandes anomalías en la instalación de imprentas desde el siglo XVI en territorio americano por el Estado y sus concesiones exclusivas respecto de la estrategia de Estado absolutista en otras regiones, incluidas las metrópolis. La ausencia de imprentas en el actual territorio argentino hasta las postrimerías de la colonia parece deberse más a su situación marginal en la producción y en las vías de comunicación respecto de los puntos más dinámicos del imperio colonial español (Perú, México), que a al freno autoritario de una práctica social ya madura.

El desarrollo del periodismo en América del Norte fue algo más veloz, debido a su desarrollo en la metrópoli inglesa en proceso de parlamentarización del Estado, pero aún así,

nuevamente, podemos hallar signos de una rápida adopción de nuevas prácticas, apenas se produce su necesidad. Por ejemplo, la activación mercantil de puertos coloniales, y el primer periódico en México a partir de 1722, fecha relativamente acorde con su desarrollo en la metrópoli española, donde los borbones se hallaban intentando una modernización administrativa.

En el Río de la Plata no hubo necesidad de periódicos dado el carácter marginal del territorio tanto en su valor económico (desde el punto de vista de la etapa metalista de la conquista y colonización) como militar (hasta el avance portugués en el siglo XVIII) en relación con las potencias modernas que utilizaban prensa periódica. De hecho, los primeros que se han registrado son transcripciones manuscritas de noticias de gacetas españolas u otras autorizadas (francesas generalmente) –que llegan a través de “del Janeyro”- en 1759 y 1764. Estos pequeños papeles, típicos de la circulación comercial europea desde el siglo XVI, no parecen tener gran mercado en la aún pequeña Buenos Aires.

La llegada al trono español del Rey Carlos III en 1759 acelera la posibilidad de disposición de imprentas a través de numerosas medidas de fomento que abarcaron todos los aspectos de la actividad: desde la rebaja del precio oficial del plomo hasta el proteccionismo de las imprentas españolas respecto de las extranjeras.

En el Río de la Plata los jesuitas habían dispuesto la hoy famosa imprenta de las misiones durante casi siete décadas del siglo XVIII hasta su expulsión. Otra imprenta llega hacia 1765 a Córdoba, pero su uso es abortado por la expulsión. Desde entonces, sólo pasan 15 años para que nos encontremos con un Buenos Aires capital de virreinato, la ampliación del comercio atlántico legal o ilegal, la profusión de pequeños papeles informativos, y el traslado de la imprenta de Córdoba a Buenos Aires para su puesta en funcionamiento. No hay evidencias de grandes “prohibiciones” –como sí las hubo de ingreso de libros inquisitorialmente clasificados- que trabasen un impulso de los particulares a la publicación de periódicos, tal como insinúa Quesada. Más bien parecen sumarse los cambios de virrey, los problemas del sistema de concesión, con sus correspondientes presiones, la falta de mercado, y muy especialmente, la total ausencia de personas capacitadas para el sostén de una publicación regular. Una autorización denegada al francés Liniers (hermano de Santiago) más bien parece ligada al temor de la nacionalidad del peticionante.

El texto de Quesada insinúa más: de algún modo, el periodismo nacido con el siglo XIX es la oposición al régimen, su destrucción por dentro, el cumplimiento local del trabajo de hormiga de la prensa burguesa inglesa desde el siglo XVIII, buscando abrir definitivamente el cauce democrático. Sin embargo, el Estado amparó la formación sólida de hombres criollos como Belgrano ya desde la década 1790, ubicándolo en un sitio expectante de la gestión gubernativa. Belgrano es el primer periodista local, con sus envíos al Correo Mercantil de España y sus Indias, según lo documentó José M. Mariluz Urquijo (1978). Esta actividad de Belgrano no fue ocasional, se desarrolló en un período de tiempo prolongado (entre 1793 y por lo menos 1800) y contenía ya aspectos del impulso a la agricultura, la industria y el comercio locales que se notan en sus publicaciones de 1810.

Español fue el primer redactor por cuya iniciativa se editó el Telégrafo Mercantil, con plena autorización e impulso del Virrey. Criollo fue el primer grupo local que logró estabilizar por varios años una publicación (el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio), con pleno respaldo del Virrey, quien retiró el apoyo al redactor del Telégrafo.

No aparece signo alguno de incoherencia entre este modo de publicación y otros observados en esta etapa del Estado absolutista. Tampoco aparece signo alguno de revolución. Antes bien, se nota el efecto del cambio de lugar estratégico de Buenos Aires en el imperio español, su crecimiento, y la expansión de la imprenta y de las publicaciones regulares orientadas al progresismo de la ilustración, y la dificultosa expansión de las “sociedades patrióticas” en las ciudades tanto metropolitanas como coloniales. Sí es posible observar, a lo largo del siglo XVIII, las dificultades que tiene el Estado español para regular y aceptar la circulación de numerosas gacetas, algunas de temas generales, otras especializadas en música, literatura u otros tópicos de apropiación cultural, en épocas de inestabilidad. El ejemplo más típico de este fenómeno fue el cierre de todas las gacetas en 1792, en medio del temor por los acontecimientos en Francia. Pero no existían aún periódicos en Buenos Aires, por lo que estas medidas no afectaron nuestro territorio.

El Semanario de Agricultura, Industria y Comercio existió entre 1802 y 1807. Se detuvo en los días de la segunda invasión inglesa y no volvió a publicarse, pues los acontecimientos de 1808 produjeron una fuerte conmoción en las actividades del funcionariado porteño. Sólo tras la llegada del nuevo virrey Cisneros a mediados de 1809 se reactivaría la administración, y con ello la necesidad de imprimir información al público. Así, Cisneros hizo publicar una Gaceta del Gobierno de Buenos Aires con salida bisemanal, y pidió reiteradas veces a Belgrano que volviera al periodismo para reactivar el Semanario. Belgrano cumplió con El Correo de Comercio, desde marzo de 1810. De él dice Oscar Beltrán (1942):
“Belgrano sabía muy bien lo que se había propuesto, al fundar su periódico: apreciaba todo el valor de la prensa como arma eficacísima frente al poderío que los criollos iban a derrocar en breve plazo. Es cierto que si alguien se propusiera conocer lo que ocurrió en Buenos Aires durante el tiempo en que aparecía el Correo de Comercio teniendo como única fuente de información las hojas de este periódico, no podría enterarse de que, precisamente en ese tiempo, se había producido el magno acontecimiento de nuestra emancipación. Sin embargo, allí, en esas hojas, aparentemente desconectadas de la corriente de opinión literaria, latía ya, fecundo, infalible, el germen de los ideales de la generación del año ’10. Es decir que, sin necesidad de publicar panfletos incendiarios –en el caso de que le hubiera sido posible- Belgrano fue un magnífico chispero desde las páginas de su Correo. (...) Belgrano supo cumplir sus propósitos en forma tan hábil que no solamente consiguió burlar la vigilancia de los censores para “abrirles los ojos a sus paisanos”, sino que hasta se dio, más de una vez, el caso en que el Virrey (...aquel “sordo” Cisneros) le celebrara precisamente los escritos más peligrosos para los intereses políticos de España”10.
Este párrafo nos muestra la persistencia de la lectura ideologizada, en la que el analista se las ve en figurillas para conciliar la interpretación con los hechos. Se supone que Belgrano es un “chispero”, un conspirador político que desde sus páginas ejerce la oposición, burlando la censura de un Estado autoritario. Sin embargo, el Semanario sale a la luz a pocas semanas del 25 de mayo, no contiene un solo comentario sobre los eventos de esos meses, y se concentra en la publicación de ensayos en línea muy similar a los semanarios que le precedieron, y aún más, algunos artículos suyos publicados allí fueron reproducidos de otros aparecidos en El Correo Mercantil de España y sus Indias... diez años antes.

Belgrano recuerda en sus memorias:

“Al concluir mi carrera por los años de 1793, las ideas de economía política cundían en España con furor, y creo que a esto debí que me colocaran el la Secretaría del Consulado de Buenos Aires ()...) Cuan do supe que tales cuerpos en sus juntas, no tenían otro objeto que suplir a las sociedades económicas, tratando de agricultura, industria y comercio, se abrió un vasto campo a mi imaginación...” (Belgrano, M., Memorias, p. 23).
Es un tanto arriesgado aventurarse a hallar influencia directa de la Revolución Francesa –como lo ha hecho algún autor- sobre las ideas aquí repasadas por Belgrano. “Tanto me aluciné –agrega- y me llené de visiones favorables a la América, cuando fui encargado por la Secretaría, de que en mis memorias describiese las Provincias, a fin de que sabiendo su estado, pudiesen tomar providencias acertadas para su felicidad...” (Ídem, pág. 25)11. Y más aún lo es imaginarlo a cargo de un periódico de partido propio del debate político parlamentario y de partidos. Belgrano publicó allí “papeles”, literalmente, sus papeles: escritos realizados sin pensarlos directamente para la publicación periodística tal como lo entendemos hoy, sino para la función específica de este tipo de semanario: una suerte de edición en fascículos para encuadernar tomo por tomo, a fin de guardarse en la biblioteca como valiosísimo material de lectura y referencia, ante la escasez de libros. Pero además, y fundamentalmente, un plan de publicación con suscripción específica por doce meses, en aquella época y con aquel tipo de material, no podía sino estar pre-elaborada en gran parte. Y por ello algunos historiadores de la prensa se ven obligados a hacer malabares para explicar el silencio del “chispero” ante los hechos revolucionarios que se desencadenaban. Si se trataba, como dice Beltrán, de hablar “entre líneas”, cuesta mucho imaginar por qué no soltó algunas líneas después de la revolución de mayo, si nueve de los doce meses que duró el periódico transcurrieron después del 25 de mayo, abarcando las tres cuartas partes de los 52 números de la colección. Y sobre todo, ¿cómo hizo Belgrano para mantenerse al día como periodista en sentido moderno (la nota escrita en la semana, etc.), cuando entre junio de 1810 y febrero de 1811 en que cesó la publicación estuvo bastante ocupado viajando al Paraguay y arriesgando allí su vida en combate contra el gobernador Velasco?

Más bien parece una situación en que la práctica periodística de un período se encuentra frente a la transformación radical del mundo de su tiempo. Así lo dice Belgrano en su autobiografía cuando recuerda, en el momento más álgido de descomposición del imperio español, a comienzos de 1810, la insistencia de Cisneros en fundar un periódico local. Retrospectivamente recuerda que sus papeles “no eran otra cosa que una acusación contra el imperio español”, pero en un texto sumamente ambiguo más bien parece relativizar el poder político del periódico: “pero todo pasaba, y así creíamos ir abriendo los ojos a nuestros paisanos: tanto fue que salió uno de mis papeles titulado: “Origen de la grandeza y decadencia de los Imperios”, en las vísperas de nuestra revolución, que así contentó a los de nuestro partido como a Cisneros, y cada uno aplicaba el ascua a su sardina, pues todo se atribuía a la unión y desunión de los pueblos” (Ídem, p. 60)

Una segunda línea de periódicos, también de Estado, nace en 1809, también por iniciativa del virrey, la ya mencionada Gaceta. La dificultad en hallar continuidades entre la Gaceta del Gobierno de Buenos Aires y la Gaceta de Buenos Aires editada por la Junta de mayo y redactada por Moreno, radica en la situación del Estado, y no en la situación de la prensa. El Virrey Cisneros hizo editar la Gaceta prácticamente al llegar a Buenos Aires, y debió hacerla cesar cuando se hizo imposible continuar por razones de Estado a comienzos de 1810: la cadena de mando imprescindible para la realización de la función del periódico bajo el Estado absolutista estaba cortada, según informaba un barco con las malas noticias de España, intentando de inmediato generar un periódico con redacción local que le continuase, bajo su mando. No habría tiempo, pues El Correo no llegaría a cumplir tal función. La Revolución de Mayo intenta tomar la conducción del virreinato, y la función de un periódico en esta situación se restaura. Más aún, la fractura de la autoridad virreinal entre Buenos Aires y Montevideo, se expresa simétricamente en dos gacetas.

En la época del absolutismo, se editaba una Gaceta oficial en el centro neurálgico del poder y en puntos críticos en que hacía falta afianzar la seguridad en la fuerza de la autoridad durante épocas de Guerra. Estas gacetas solían llamarse precisamente (“Gaceta de ....”). Así sucedió ante la muy complicada situación de 1809 por Cisneros, y más aún ante la ruptura de la cadena de autoridad de 1810. El gobierno de Buenos Aires requirió una gaceta, el de Montevideo otra, el de Lima otra, etc. etc. Esta gaceta se parecía mucho más al formato de las viejas del absolutismo que a la Estrella del Sud que los ingleses impusieron durante su breve estadía en Montevideo durante la invasión de 1807. Esta diferencia se notaba hasta en el formato libro de las primeras, y el moderno formato columna de la Estrella, formato que los lectores de Buenos Aires deberán aguardar mucho tiempo para verlo impreso en su ciudad.

Si bien es posible hallar signos de una disposición de cambio sustancial en la Gaceta en su primer año, signos que preanuncian los cambios revolucionarios imprescindibles para la supervivencia de la región, algunas cuestiones permanecen como antes. Así, por ejemplo, el paradigma de la prensa moderna es la independencia crítica de los redactores, el libre acceso a la expresión de las ideas y la libre circulación de las mismas. Durante el siglo XVIII el régimen absolutista había abierto espacios acotados pero novedosos de expresión de ideas y necesidades progresistas de la ilustración: “las virtudes, las artes y las ciencias” serán objeto de culto por los hombres del siglo.

Cuando Mariano Moreno se hace cargo de la Gaceta, glosa Beltrán:

“... si todos iban a ser llamados para que decidieran de la suerte común, nadie debía ignorar los principios políticos que habrían de reglar su resolución. Había que sacudir los espíritus para librarlos de las salpicaduras de envejecidas opiniones, y, sobre todo, no debía reprimirse “la inocente libertad de pensar en asuntos de interés universal (...) porque si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia, y el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento harán la divisa de los pueblos y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria” (Gaceta de Buenos Aires, 21 de junio de 1810). (...) Cree que para la propia felicidad del pueblo es conveniente imponer dos limitaciones: 1°) Que no se rocen "las verdades santas de nuestra religión”; 2°) Que no se discutan las resoluciones del Gobierno” (Beltrán, 1943: 46).
A pesar del esfuerzo de Beltrán por colocar a Moreno dentro de los adalides de la libertad de prensa desde el punto de vista liberal, es evidente que la militarización, la indiferenciación y la permanencia del mecanismo discursivo básico de la prensa de Estado imperan en su texto. Serán los sucesivos acontecimientos de la revolución y la guerra de independencia los que llevarán a una transformación acorde de la función de la prensa periódica.

b). Que la densidad de actividad periodística de una época se puede medir en función de la cantidad de títulos editados.

Esto es falso por varios motivos. En primer lugar, porque hasta la consolidación de empresas periodísticas modernas, cosa que sucede en Inglaterra a fines del siglo XVIII, pero en el resto de Europa y Estados Unidos recién a mediados del siglo XIX, los periódicos no eran conocidos como iniciativas privadas institucionalizadas en el largo plazo.

Primero fueron instrumentos de Estado (durante todo el Estado absolutista). Con las revoluciones burguesas surgidas al amparo de la revolución francesa, se transformaron en iniciativas de particulares o de facciones y partidos. Pero en este momento, los periódicos eran reconocidos por el nombre de su editor y redactor, fuese persona o partido, y no tanto por el título. Más aún, muchas veces el título cambiaba como parte de la expresividad de su autor, cada muy pocos números, y dentro del mismo plan de suscripción, de modo que es imposible pensar que el cambio de nombre modificaba su identidad: el cambio era parte del mensaje. Entonces sucedía que el periódico de un periodista conocido cambiase de nombre numerosas veces en meses o aún semanas12.

En nuestro país, esto se vive en forma homóloga: existe una etapa estatal, y luego (pero en nuestro caso superpuesta) una de títulos efímeros de un mismo periódico (los casos de Castañeda y Pérez pueden ser suficientemente ilustrativos, pero no los únicos). Recordar por separado cada uno de estos títulos puede ser un muy adecuado criterio de catalogación (siempre que no se pierda de vista la matriz), pero puede ser un criterio catastrófico de análisis si se confunde título con periódico.

En segundo lugar, el criterio es falso por cuanto otra diferencia central está dada por el peso de cada elemento que compone el periódico. En el periódico moderno, factores como la identidad y continuidad, los discursos integradores, la permanente posibilidad de recambio de recursos humanos, etc. son el eje central del periódico, lo mismo que los grandes bloques de amortización de tecnología.

En la etapa anterior, en cambio, el eje de un periódico era su redactor. Y este era a su vez miembro o bien “escriba”13 de una fracción del poder en pugna. La consecuencia es obvia: supongamos que el redactor “A” debe abandonar precipitadamente la ciudad porque su facción o fracción14 ha sido depuesta. La recupera unos meses más tarde y lanza entonces su periódico con otro nombre acorde a la situación nueva (por ejemplo: “La Paz” y “La Victoria”). Imaginemos un escenario alternativo: durante todo ese año, el periódico pudo editarse sin inconveniente alguno. Desde el criterio que criticamos, afirmaríamos que el primer caso muestra más riqueza (dos periódicos). Nosotros afirmaríamos que en el segundo caso la prensa se encuentra más consolidada, tiró más cantidad de números y en forma más continua, etc. Otra variante de esta misma situación se daría en el proceso de constitución de periódicos generales “político, comercial, literario”, como solían decir los encabezados bajo el título a mediados de siglo. Poco antes, surgieron algunos periódicos exclusivamente “políticos” y otros “mercantiles”, los primeros intentaban sobrevivir con apoyo faccional, y los segundos con suscripciones. Durante esta época, se produciría también la ilusión de mayor pluralidad por cantidad de títulos a la vista, pero en realidad tal afirmación contradice el efectivo proceso de integración de secciones al modelo genérico de prensa moderna.

Esta lista podría continuar hasta el infinito: cuatro intentos fallidos de instalación de un periódicos a financiarse por suscripción y un pequeño subsidio faccional, y los cuatro fallidos por inanición, provocarían la ilusión de pluralidad respecto de otro período en que un solo periódico importante ocupa en forma estable todo el espacio.

Veamos muy brevemente las afirmaciones empíricas realizadas por Quesada respecto de algunos años críticos:

1815: En este año encontramos los siguientes periódicos: El Redactor de la Asamblea, que se inició el 27 de febrero de 1813 y concluyó el 30 de enero de 1815 con el número 24, era de salida mensual. La Gaceta de Buenos Aires (que durante la gestión Alvear salió como Gaceta de Gobierno), tiró este año 43 números, un promedio casi semanal. El Independiente era semanal y tiró durante su existencia 13 números (comenzó el 10 de enero y concluyó el 11 de abril el tiempo de Alvear en el gobierno). Los amigos de la Patria y de la Juventud publica 6 números y 2 especiales desde el 18 de noviembre de 1815 y mayo de 1816 (mensual).Observaciones acerca de algunos asuntos útiles (mensual) alcanza los 4 números entre mayo y agosto, asignado al mismo redactor de la Gaceta. En septiembre comienzan dos periódicos de cantidad importante de números: La prensa Argentina y El Censor. La primera se inicia el 5 de ese mes y cesa el 12 de noviembre del año siguiente, tirando en total 61 números (semanal). El segundo se inicia el 1° de septiembre del 15 y cesó en junio del 19 (177 números en total con una periodicidad quincenal). En síntesis, estamos hablando que en este año de siete títulos15, el lector tenía disponibles por semana dos ejemplares, tres a partir de septiembre. En 1812, con solo cuatro títulos se alcanzó la misma cantidad de ejemplares en la semana (dos o tres).Y en 1816 con diez títulos (apenas tres más que en 1815) en algunos meses del año hay disponibles hasta 5 periódicos en la semana. En 1817, con siete títulos, la disponibilidad de periódicos en una semana era (en la mayoría de los meses del este año) de uno o dos.

La relatividad de las percepciones de Quesada es mayor cuando nos referimos a 1820 y 1821: De los 17 títulos mencionados para 1820 el único que dura todo el año es La Gaceta de Buenos Aires con una periodicidad semanal regular. Siete corresponden al padre Castañeda, y tomándolos como una serie16 alcanzan una periodicidad promedio de dos por semana. El resto de los títulos no supera los dos meses, siendo semanales, quincenales o mensuales según el caso. Pero tampoco aquí puede hablarse, siquiera, de “intentos efímeros independientes”, sino de sucesiones de intentos, lo cual achica las cantidades, de prospectos de periódicos que no salieron, de sueltos, y fundamentalmente, de movimientos al interior del Estado. La mayor disponibilidad de números en una semana que se alcanza es de cuatro y sólo en el mes de diciembre, cantidad menor a la alcanzada en 1816 con sólo nueve títulos.

En 1821 este año tenemos un panorama similar al año anterior en cuanto a cantidad de ejemplares disponibles en una semana. Es posible encontrar (cada uno de distinto periódico pues son semanarios) y en septiembre y octubre hasta cinco. Pero sólo La Gaceta tiene salida regular y perdura todo el año.

¿Fue 1822 es un gran año periodísticamente hablando en relación con otros cercanos? Veamos el siguiente cuadro, en el que marcamos los títulos, ciudad en que se editaron, la cantidad de números que llegaron a tirar, la periodicidad, y la intensidad (hacia el rojo, mayor intensidad, hacia el verde y el azul, menor intensidad). Así, el Argos, bisemanal, se marca en naranja fuerte, más claro los semanarios, en amarillo los censuarios y en celeste y verde los que sólo pudieron tirar unos pocos números. Esta aparición es presentada de acuerdo con los doce meses del calendario.


1822 - Títulos

Ciudad

N°S


Periodicidad

S/F

E

F

M

A

M

J

J

A

S

O

N

D

El Argós de Bs.As.

Bs.As

99 (1822) Bisemanal (promedio)








































Periódicos del Padre Castañeda

Bs.As

1 o 2 por semana (promedio)


































?




Registro Estadístico

Bs.As

15

Trimestral





?


































El Espíritu de Buenos Aires

Bs.As

28

Semanal (promedio)









































El Centinela

Bs.As

72

Semanal (promedio)









































La Abeja Argentina


Bs.As

15

Mensual









































El Oficial del Día

Bs.As

11 y prospecto. Semanal









































El Ambigú de Buenos Aires


Bs.As

3

Mensual









































El Correo de las Provincias


Bs.As

17

Quincenal









































El Lobera del Año Veinte


Bs.As

3

¿?









































L’Occident

Bs.As

2

¿?





























?










El Furor de las Pasiones


Bs.As

2

¿?









































La Revolución Ligera de Bs As

Bs.As

1

Único









































El Precio Corriente


Bs.As

Pocos

Mensual









































El Hombre Libre


Bs.As

¿?

¿?








































Distintos títulos sueltos.


Bs.As

4

-








































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