Resumen Existe un creciente consenso en torno a la importancia que tienen las emociones tanto en los procesos individuales, como podría ser la toma de decisiones,






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María Gómez Garrido

Universitat de les Illes Balears

maria.gomez@uib.es

Atravesar fronteras disciplinares: perspectivas estructuralistas e historicistas sobre las emociones.

Resumen

Existe un creciente consenso en torno a la importancia que tienen las emociones tanto en los procesos individuales, como podría ser la toma de decisiones, como en los grupales: desde la participación y el desarrollo de movimientos sociales, a la formación de identidades colectivas. Persisten, sin embargo, tensiones entre las distintas perspectivas teóricas. No hay acuerdo sobre qué son las emociones, sobre cómo podemos estudiarlas, ni sobre el tipo de dinámicas sociales que dan cuenta de ellas. Son tensiones derivadas de las propias tradiciones disciplinares, de su manera de hacerse preguntas y de mirar a la realidad social. Me propongo aquí romper una lanza a favor de un diálogo transdisciplinar, por difícil que éste pueda ser, entre las perspectivas más sociológicas, en el sentido de más estructuralistas, y aquellas más culturalistas de las emociones. Para las primeras las emociones son el resultado de las interacciones entre actores con distinto poder y estatus (Kemper, 1987; Ekman, 1982; Barbalet, 1998 y 2002; Turner 2005), mientras que para los enfoques culturales e historicistas, las emociones forman parte de la urdimbre cultural de una determinada sociedad, y presentan variación histórica al estar sujetas a una interpretación en la que las narraciones y los repertorios colectivos de expresión juegan un papel fundamental (Stearns & Stearns, 1985; Moravia, 1999; Wickberg, 2007; Kleinman & Fitz-Henry, 2007).

Las emociones, de la misma manera que todos los procesos constitutivos de la subjetividad, presentan variación histórica, pero sin duda algunas de estas experiencias (vergüenza, resentimiento, orgullo) requieren incluir un análisis que dé cuenta de las formas, históricas también, de desigualdad en una sociedad. Así pues, pese a que estas perspectivas partan de presupuestos epistemológicos y teóricos aparantemente irreconciliables, conviene rescatar la manera en que pueden cuestionarse una a la otra, para incorporar, precisamente, preguntas de investigación de mayor riqueza a la hora de comprender la vida emocional de las sociedades.

Introducción

Las emociones se han puesto de moda en el mundo académico y no académico. Ello se lo debemos probablemente al impacto que han tenido los trabajos de neurólogos como Antonio Damasio, cuyo Error de Descartes, publicado en inglés en 1994, se convirtió en un best-seller en varios países, logrando un gran número de ventas fuera del ámbito académico. El argumento principal de Damasio es que en la mente se dan una serie de procesos, relacionados con las señales fisiológicas de las emociones, los cuales pueden intervenir en la toma de decisiones de manera determinante, y por encima de otro tipo de procesos de razonamiento más procesual. Tal descubrimiento indicaría, por lo tanto, que las emociones intervienen en la toma de decisiones, permitiéndonos operar además de una manera más rápida.

Al divulgarse por los medios de comunicación las ideas de Damasio, y otros trabajos desarrollados por distintos neurólogos (como, por ejemplo, la hipótesis de las de las neuronas espejo), las emociones han pasado a ser un asunto recurrente en muchos debates. Cualquiera que sea el tema que se trate – economía, gobierno, movimientos sociales, relaciones de pareja – es frecuente que nos topemos en algún momento con el término “emociones”.

Dentro del ámbito académico de las ciencias sociales quizás el impacto más relevante de la obra de estos neurólogos ha sido el reto que plantean a la teoría de la elección racional. Imperante en varias ramas de ciencias sociales durante más de dos décadas, esta teoría establece un modelo muy claro de comportamiento apoyándose en una serie de presupuestos sobre la motivación humana derivados del utilitarismo. Si en un principio esta teoría necesitó introducir una serie de “limitaciones” a esa racionalidad (como, por ejemplo, la información disponible al agente), en los últimos años se ha visto forzada a ir incorporando las emociones en su análisis. Basta tomar el trabajo del paradigmático Jon Elster, para observar ese proceso en sus propias obras: de El cemento de la sociedad (publicado en inglés en 1989) a Alquimias de la mente, o Sobre las pasiones (publicados en inglés respectivamente en 1998 y 1999), hay un largo recorrido que ubica al autor en otro lugar. Lo paradójico es que, en esa incorporación de las emociones, se transforman necesariamente los presupuestos antropológicos que subyacían a las teorías de la elección racional.

Por otra parte, esta aparente novedad, o descubrimiento, de las emociones no es tal en otras disciplinas: llevaban largo tiempo siendo un tema clave de investigación en algunas corrientes historiográficas, en buena parte de la antropología cultural, y más recientemente en algunas corrientes de sociología. No obstante, cada una de estas corrientes desarrolló enfoques diferentes a la hora de dar sentido a las emociones. Estas trayectorias disciplinares se manifiestan hoy en día en importantes tensiones, de tal manera que, aunque el reconocimiento de las emociones nos ha permitido superar esos rígidos marcos de la Rational Choice Theory, es difícil ponernos de acuerdo en un programa desde el que estudiarlas. Voy a respasar aquí algunas de las corrientes principales en el estudio de las emociones, centrándome sobre todo en las perpectivas sociológicas estructuralistas y las culturales y/o historicistas. Pero antes, voy a introducir unas breves notas sobre el propio concepto de emoción.
El fenómeno “emoción”.

La mayor parte de los investigadores aceptará hoy en día que las emociones conllevan procesos fisiológicos – bombeo del corazón, subidas y bajadas de la tensión sanguínea, secreción de lágrimas. Darwin ya presumió las emociones como cambios fisiológicos, a los que les atribuyó una corelación directa en los gestos faciales (Darwin, 1872; Ekman, 1972). William James y Carl Lange llegaron por su parte a la conclusión de que las emociones eran antes que nada percepciones del estado del cuerpo, a partir de las cuales el sujeto establecía una interpretación (James, 1884; Lange, 1887).

La ubicación de las emociones en el cuerpo ha estado relacionada con el clásico debate naturaleza/cultura. En un extremo de este debate se encuentra un enfoque biologicista, para el que las emociones tendrían una raíz biológica universal, mientras que en el otro extremo se ubica un enfoque culturalista, para el que las emociones dependen de las normas sociales y el lenguaje de una determinada sociedad.
El enfoque biologicista es reinvindicado como un aliado natural de los enfoques más positivistas (así definidos por ellos mismos) de la sociología de las emociones, y concretamente, con las perspectivas estructuralistas. Estos enfoques establecen una taxonomía básica y universal de las emociones, que sería común a todas las culturas y tiempos históricos. Lo cierto es que estas taxonomías varían según el autor, lo cual hace dudar en parte de la propia validez de las mismas, pues ninguna parece capaz de agotar la experiencia emocional. Algunas de las más conocidas son:
Plutchick (1962, 1980): miedo, ira, tristeza, alegría, aceptación, asco, anticipación, sorpresa.

Scott (1980): miedo, ira, soledad, placer, amor, ansiedad, curiosidad.

Epstein (1984): miedo, ira, tristeza, alegría, amor.

Izard (1972, 1977): miedo, ira, disfrute [enjoyment], interés, asco, sorpresa, timidez/vergüenza, desprecio, angustia, culpa.

Fuente: Turner y Stets (2005).
Desde las perspectivas más culturalistas se defiende que no es posible establecer una taxonomía universalmente válida de emociones. Se afirma que en realidad estas clasificaciones no superan el propio sentido común de una cultura (Averill, 1996). Esta dificultad para establecer un catálogo de emociones universal, estable y unívoco se aprecia cuando intentamos traducir determinados vocablos de unas culturas a otras. No tenemos, por ejemplo, traducción exacta para la expresión japonesa “amae”, un tipo de experiencia de amor en el que la persona busca ser cuidada y se hace dependiente de otro protector (Doi, 1973); para el liget de los Ilongot, una ira que conduce a un tipo de acción grupal muy concreta (Rosaldo, 1980); ni, finalmente, para el Ifaluk fago, un sentimiento que puede traducirse a la vez por compasión, amor y tristeza, pero por ninguno sólo de los tres (Lutz, 1980: 144). De la misma manera que no hay vocablo en la Retórica aristotélica con el que representar el resentimiento.
Ahora bien, que haya variedad cultural no significa que las emociones no vayan ligadas a transformaciones experimentadas en el cuerpo. No se niega el componente biológico; lo que los culturalistas cuestionan a los biologicistas, y a los sociólogos positivistas, es el carácter ontogenético de la emoción. Son los relatos compartidos, el lenguaje común, lo que nos hace construir nuestra vida afectiva, la cual se manifesta sin duda alguna en reacciones vividas en nuestros cuerpos (Harré et al. 1986; Lutz and White, 1986; Wickberg, 2007).
En realidad, la dificultad de conceptualización de la emoción está relacionada también con nuestra imposibilidad de acceder de manera directa a la propia experiencia. Para algunos autores, únicamente podemos acceder a la representación de la misma (Alberti, 2006). Sin embargo, sabemos que no siempre hay una correspondencia exacta entre lo representado por un observador, o incluso lo expresado por la persona, y la propia experiencia. Hay un cierto hueco entre ambas. Más aún, sabemos que hay experiencias emocionales que son silenciadas, y de las que sólo el cuerpo manifiesta expresión, como forma de resistencia no articulada (Scheper-Hughes, 1997).
Teniendo en cuenta estas dificultades, en lo que sigue presentaré las perspectivas estructuralista y culturalista de las emociones para finalmente señalar algunos posibles puntos de encuentro sobre los que empezar a trabajar.
Emociones y estructura social

Theodore D. Kemper (1987), principal representante de la línea estructuralista de las emociones, ha establecido una clasificación parsimoniosa en la que el miedo, la ira, la depresión y la satisfacción serían las principales emociones primarias, es decir, naturales y, por ello, automáticas, de las cuales se derivarían otra serie de emociones secundarias. Entre estas últimas estarían la culpa, producida en parte por el miedo; el orgullo, derivado de la satisfacción ante la aprobación de los otros (especialmente, la mirada de los otros significativos); y finalmente la vergüenza, que derivaría de la ira contra uno mismo al fallar en un comportamiento de acuerdo a las expectativas. Para Kemper las emociones primarias son universales, precisamente por sus componentes biológicos (o automáticos).
La propuesta de una taxonomía fija y limitada es defendida desde la postura estructuralista, además, porque ello permite supuestamente estudiar las condiciones sociales objetivas que producirían cada una de estas emociones. Para el análisis estructuralista, las emociones se producen en una serie de combinaciones de relaciones sociales, a partir de las diferencias de poder y estatus de los actores. Siguiendo el esquema de Kemper, el miedo se produce como resultado de interacciones en las que los actores están sujetos al poder de otros porque ese poder es más grande que el suyo mismo. La ira se produce como resultado de interacciones en la que un estatus esperado, o merecido, es negado o retirado por otro actor. La depresión resulta de interacciones en las que el estatus ha sido perdido o negado, pero el actor se considera inmediatamente responsable de esa pérdida. Finalmente, la satisfacción resulta de interacciones en las que la relación de poder no es amenazante y el estatus logrado es el que uno deseaba y esperaba (Kemper, 1987: 275).

Este enfoque sociológico mira así de qué manera “los patrones sociorelacionales (como las relaciones de poder y de estatus) producen determinadas emociones” (Lyon, 1995: 248, 257). Es una perspectiva muy desarrollada también en psicología social, que concibe las emociones como un número limitado de variaciones universales que dependen de las relaciones de poder y estatus entre los actores. De manera simplificada, aquellos con mayor poder y estatus tenderán a emociones cercanas a la satisfacción; mientras que aquellos otros con menor poder y estatus tenderán a experimentar en sus interacciones emociones más cercanas a la insatisfacción, el miedo, o la ira (Kemper, 1987; Gordon, 1990; Smith-Lowin, 1995; Lovaglia y Houser, 1996). Es frecuente, por ejemplo, testar hipótesis que plantean que las personas de un estatus más bajo experimentarán más ira que las personas de un estatus más alto, bien debido a la injusticia del trato recibido (Conway et al. 1999), o a su mayor exposición a acontecimientos estresantes frente a los que no tienen recursos para hacer frente (Turner y Lloyd, 1999).
Una primera crítica que se puede plantear a estos trabajos es su manera de reificar emociones a través de unos términos que sabemos que no son válidos para todos los tiempos y sociedades. El propio vocablo depresión denota una experiencia relacionada con la tristeza, pero irremediablemente atravesada por la psiquiatría y la farmacología del siglo XX. ¿Es lo mismo la depresión que la melancolía descrita por Burton en su Anatomía de 1621? Probablemente hay algo en común en esa tonalidad gris de uno y otro estado, pero seguramente hay también importantes diferencias en cómo se vive una y la otra debido precisamente a que están configuradas por reglas sociales y discusos diferentes.
Más complicado es aceptar los supuestos por los que la teoría predica cuáles serán los resultados emocionales de las relaciones marcadas por el poder y el estatus. Por ejemplo: que aquellos que se encuentran en situaciones de sometimiento en la estructura social, o aquellos que tienen un estatus social más bajo, experimentarán necesariamente emociones como la ira. Precisamente ha sido la ausencia de emociones cercanas a ésta en colectivos sometidos lo que ha tenido durante mucho tiempo ocupados a los teóricos de los movimientos sociales, al menos ya desde la clásica obra de Barrington Moore, Injustice (1978). Moore trataba de desentrañar en este trabajo situaciones históricas concretas en las que el dolor y el sufrimiento pueden ir acompañados de una autoridad moral que los hace legítimos.
Desde la sociología bourdieuana, que ha desarrollado el concepto de doxa, o desde el trabajo de Gramsci sobre la hegemonía, sabemos que hay discursos amplios que producen una serie de valores culturales a partir de los cuales no sólo se acepta el estatus quo, sino que con frecuencia se da como un hecho natural, y por lo tanto el único mundo posible.
La cuestión de la incorporación de los valores dominantes en una sociedad por parte de los grupos subordinados nos remite a otro problema del enfoque estructuralista, que es su noción de poder. Para que el análisis funcione, ha de partir de una teoría weberiana de poder; mientras que desde una teoría foucaultiana sobre la sociedad moderna, los procesos producción de la emoción se conciben de manera muy diferente. En todo caso, aun sin abrazar la concepción foucaultiana, la investigación histórica y antropológica muestra, por ejemplo, que ha habido situaciones a lo largo de la historia en las que las relaciones marcadas por una clara desigualdad y sometimiento no han dejado rastro de expresiones cercanas a la ira por parte de aquellos situados debajo; mientras que en otros contextos histórico-sociales la ira ha podido expresarse de forma colectiva, dando paso incluso a revueltas y revoluciones. Quizás, antes de lanzarnos a establecer una teoría marco que establezca la hoja de ruta por la que navega la emoción, necesitemos mucho más trabajo empírico sobre los contextos histórico-sociales concretos en los que se viven las emociones, así como ser más detallistas en la descripción de la tonalidad y características históricas de las mismas.
En primer lugar, incluso si aceptamos que las diferencias de poder y estatus entre unos grupos sociales y otros pueden ser importantes para las experiencias emocionales de cada uno de ellos, no podemos saber ex ante cuáles serán estas experiencias. Por otra parte, necesitamos estudiar las formas históricas del poder, así como las condiciones históricas de formación de estatus, es decir las reglas socio-históricas por las que se valora a unos grupos por encima de otros. Las condiciones históricas de formación de estatus no siempre dependen de la posesion de bienes o recursos, sino que han sido bastante diferentes según las sociedades. Detrás de cada una de esas reglas de valoración y reconocimiento se configura también un universo emocional. Sobre esto volveré en la última sección.
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