La huella del pasado: una fuente abundante y diversificada






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Las fuentes orales: testimonios de gran valor aunque limitados

A la búsqueda del pasado próximo y del patrimonio cultural

Los niños consideran las entrevistas con los adultos como una de las soluciones favoritas para conocer el pasado. Debe recurrirse a ellas cada vez que se presente la ocasión. Contribuyen a abrir la escuela al exterior. Facilitan la actividad de los alumnos. La recogida de testimonios sigue siendo una técnica válida para el conocimiento del pasado próximo. Alrededor de un siglo. Para este período, la encuesta oral aporta informaciones de gran valor sobre la evolución del marco y formas de vida8. Sobre los trabajos agrícolas. Sobre las últimas labores con caballos y las últimas cosechas colectivas. Sobre los oficios desaparecidos o en vías de desaparición: herrero, carpintero, tonelero, guarnicionero, sastre del pueblo, cestero, alfarero... Sobre las antiguas fiestas ya en desuso. Sobre la escuela, las prácticas escolares, la vida de los niños... Asimismo permite descubrir el tiempo anterior a la electricidad, la radio y la televisión, cuando las veladas nocturnas constituían uno de los lazos de unión entre las sociedades campesinas. Sirve como testigo de la modernización de los medios de transporte, de la revolución doméstica. Los recuerdos de los adultos revelan al niño las reacciones de los contemporáneos ante el primer automóvil, la primera bombilla eléctrica, el primer cine, el primer televisor... y sus repercusiones sobre la vida diaria. Constituyen una fuente inapreciable para informarse sobre los acontecimientos políticos y militares del siglo XX, sobre todo cuando los interlocutores han participado en ellos. A su vez, contribuyen a la conservación del patrimonio cultural local: con sus leyendas, sus proverbios, sus costumbres; con sus platos regionales, sus tradiciones, su folklore.

Nunca se insistirá bastante sobre el interés de la integración del folklore en el sistema educativo. Desde la escuela maternal a la Universidad. La comunicación entre los hombres no ha sido sólo oral o escrita, sino también gestual, musical, rítmica. Las danzas, la música, las canciones y las costumbres son generalmente fiel reflejo de la historia de una región. Y de las relaciones del hombre con su entorno. Las danzas folklóricas suscitan y alimentan la simpatía hacia el patrimonio cultural: regional y nacional. Asimismo favorecen el dominio del cuerpo, el sentido del ritmo y la socialización. Y contribuyen al despertar artístico. Están al alcance de cualquiera. Los campesinos que las crearon no han trabajado ni con Serge Lifar ni con Martha Graham9. Los niños pueden aprenderlas y ejecutarlas con gran placer. Y eso ya es mucho. Es necesario liberarse todavía de una concepción rígida del folklore. Adaptando la danza al nivel de los alumnos. Concediéndoles cierta libertad en la expresión.

Limitaciones de los testimonios para el conocimiento del pasado remoto

La lejanía del pasado disminuye el número de interlocutores potenciales o reduce la fiabilidad de los testimonios. Pero algunos niños, prisioneros de una interpretación finalista del conocimiento histórico, imaginan una memoria colectiva que transmitiría oralmente sus recuerdos del pasado de generación en generación. ¿Existe esta memoria colectiva? P. Veyne cita el ejemplo de un pueblo danés cuyos habitantes habían conservado hasta 1900 el episodio de la guerra de los Treinta Años (1618-1648), relativo a su aldea, olvidando por completo la fecha exacta del mismo10. Un universitario norteamericano, A. Haley, comprobó la existencia de esta memoria en su propia familia. El recuerdo del «antepasado africano» arrancado de su continente natal y vendido a los Estados Unidos se había perpetuado a través de algunas anécdotas. Tras minuciosas investigaciones en los archivos, A. Haley identifica su país de origen: Gambia, sitúa en 1767 el rapto de su antepasado y comprueba el relato que le contó su abuela. Al confrontar sus descubrimientos con la narración de un griot11 de Gambia, amplía la historia de su familia más allá del hiato provocado por el cambio forzoso de continente12. En la misma Francia, Ph. Joutard preguntó a 123 habitantes de Cevennes sobre la guerra de los Camisards13. Cuarenta de sus interlocutores habían nacido antes de 1890. Los testimonios recogidos no tienen su origen en la escuela, ya que los maestros no conocían apenas este episodio histórico local. Tampoco suponen la variante oral de la historiografía, puesto que remiten a una tradición muy anterior a la publicación de obras sobre este tema. Sí prueban, sin embargo, la existencia de una memoria popular colectiva, alimentada esencialmente por las familias y por los narradores 14. A. Soboul ha demostrado también cómo el recuerdo de la explotación feudal persistió en la mentalidad campesina mucho tiempo después de la Revolución. Su abuela, nacida en 1845 y muerta en 1930, evocaba este «tiempo de los señores» que ella no había conocido.15

Todos estos indicios hablan a favor de una memoria colectiva. En determinadas circunstancias. Para algunos acontecimientos. Pero los interlocutores potenciales son poco numerosos. Condicionadas por la realidad de la imprenta, nuestras sociedades occidentales no han segregado el equivalente a esos griots africanos, auténticos archivos vivientes de la tradición ora!. La memoria popular, cuando existe, no permite, sin embargo, conocer el conjunto de las épocas históricas como algunos niños suponen. Su aprovechamiento debe ir acompañado de la capacidad de distinguir, en las informaciones recogidas, el testimonio original de las adiciones añadidas posteriormente por la escuela o por los medios de comunicación 16. Empresa que supone un amplio muestreo de relatos, circunstancia que no está al alcance de alumnos de ocho a diez años.

La recogida de testimonios orales debe ser utilizada esencialmente para el conocimiento del pasado próximo. Del pasado vivido por los que lo cuentan o, en algunas ocasiones, por la generación anterior e incluso por la precedente. Si dejáramos creer a los niños, al margen de toda prueba, que pueden descubrir el pasado remoto gracias a una memoria colectiva, se correría el riesgo de reforzar sus interpretaciones egocéntricas y finalistas del conocimiento histórico.
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