La arquitectura renacentista hubo de crear nuevas ti­pologías para servir a las nuevas funciones y lo hizo vol­viendo los ojos hacia el pasado. La arquitectura se im­pregnó del ideal humanista pero el estudio de «lo antiguo» no supuso una mimesis






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títuloLa arquitectura renacentista hubo de crear nuevas ti­pologías para servir a las nuevas funciones y lo hizo vol­viendo los ojos hacia el pasado. La arquitectura se im­pregnó del ideal humanista pero el estudio de «lo antiguo» no supuso una mimesis
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Renacimiento: la arquitectura y el arquitecto.-

las artes de los siglos XV y XVI, la arquitectura es quizá la que reciba de una manera más apropiada el ca­lificativo de renacentista. La pintu­ra, tenida en ocasiones como paradigmática del Renaci­miento, apenas pudo contar con referencias clásicas, si no eran las literarias, recogidas por Plinio y, en menor grado, por otros escritores clásicos; la escultura griega era casi del todo desconocida en la época; sólo las copias romanas daban, y aún dan, conocimiento de lo que fue el arte de modelar el barro y de labrar la piedra de la antigua Grecia; la arquitectura, desde siempre, estuvo presente a los ojos de aquellos que quisieron verla.

Los arcos de triunfo, los templos, los anfiteatros, los cir­cos, las termas con sus moles prepotentes, con sus piedras arruinadas por el tiempo o convertidas en cantera de lo co­tidiano, fueron durante siglos testigos de un pasado glo­rioso que los humanistas recuperaron para cimentar un presente de esplendor. (...)

En los siglos XV y XVI, primero en Italia y luego en las demás regiones europeas, la arquitectura cambió porque tuvo que servir a nuevas necesidades, porque los poderes sociales exigieron nuevas maneras de expresión monu­mental. La sociedad acentuó el proceso de afianzamiento urbano ya iniciado en la época gótica; la arquitectura re­nacentista, principalmente en el siglo xv, es una arquitec­tura urbana. Los concejos municipales, la Iglesia, los prín­cipes, los burgueses convierten la ciudad en instrumento y manifestación de su poder y es entonces cuando se re­modelan las casas consistoriales, cuando se concluyen las catedrales, cuando se amplían las viejas iglesias y conven­tos, cuando los patricios levantan sus palacios, cuando la ciudad toma conciencia de los problemas sanitarios y sur­gen los grandes hospitales.

La arquitectura renacentista hubo de crear nuevas ti­pologías para servir a las nuevas funciones y lo hizo vol­viendo los ojos hacia el pasado. La arquitectura se im­pregnó del ideal humanista pero el estudio de «lo antiguo» no supuso una mimesis.

La arquitectura del Renacimiento no se diferencia úni­camente de la gótica por recuperar el vocabulario formal de lo antiguo. Los órdenes, los arcos, las bóvedas, las columnas o las 00la belleza unitaria.

En la Edad Media, la belleza unitaria apenas era consi­derada; las relaciones aritméticas simples se aplicaban ele­mento a elemento arquitectónico y éstos no exigían su presencia en el conjunto de la construcción; en el Re­nacimiento, el módulo, concepto extraído del mundo clá­sico, tanto afecta al radio de un arco como a las proporcio­nes generales de un edificio; el edificio se entiende como un todo orgánico cuya belleza, basada en la proporción, es absoluta porque se destruye si algo de ese todo varía.

En este nuevo concepto de belleza, la perspectiva, en el sentido de ordenar matemáticamente la percepción de las formas en el espacio, también desempeñó un impor­tante papel, como lo desempeñó la reflexión teórica sobre la propia labor.

El «maestro de obra» medieval era un «práctico», al­guien que construía formas pero que no daba razones sobre ellas, alguien que no teorizaba, que no se consideraba in­ventor ni menos científico. Para Vitrubio, el tratadista ro­mano inspirador de la arquitectura renacentista, ésta era «una ciencia», y el arquitecto debía ser un estudioso, un teórico que entendiese lo que debía hacer, pero que, sobre todo, reflexionase sobre ello al tiempo que conociese los medios para llevarlo a cabo. En el Renacimiento, el arquitecto o, al menos, el ar­quitecto ideal, no es quien construye la arquitectura: la piensa; para él, lo importante es el concepto de la arqui­tectura, no la práctica de la misma.

Y ese principio emanado del mundo clásico, nunca abandonado del todo a lo largo de la Edad Media, es el que en el siglo xv convirtió al arquitecto en el más reconoci­do de los artistas, en el primero y durante mucho tiempo el único cuya labor llegó a tener el privilegio de ser consi­derada arte liberal; es decir, arte en el que el intelecto pre­domina por encima de la capacidad manual de las artes mecánicas.

Con todo, hay que tener en cuenta que el ideal no se correspondía exactamente con la realidad; en el Renaci­miento, pintores, escultores, arquitectos e incluso poetas y filósofos no surgieron de las clases privilegiadas, sino de las clases medias acostumbradas al trabajo, fuese éste el del artesano o el del comerciante, y también, por lo común, no llegaron a alcanzar altas cotas sociales. Hubo, evidentemente, excepciones, como la de Brunelleschi, hijo de notario, y Alberti, hijo natural de un patricio, pero aun y con ello, el concepto de hombre que trabaja con las manos, aunque lo hiciera cerca de los centros de poder, fue el que dominó en aquellos que, después de poseer los mí­nimos conocimientos de lectura y escritura, ingresaban en un taller para aprender un oficio.

El oficio aprendido no era por lo común sólo el de la pintura, el de la escultura o el de la arquitectura; sin hacer justicia a los términos de la época, se podría afir­mar que el joven aprendiz lo que quería conocer era el secreto de las artes, el de conseguir pintar o esculpir la fi­gura humana y el de crear espacios, fuesen éstos los de la casa de Dios o los que tenían que mostrar el poder de lo humano.

Por ello no era extraño que un mismo artista pudiera decorar una silla de montar, un estandarte, fundir un bron­ce, pintar una pala de altar o trazar la planta de una igle­sia. Las artes en realidad eran una capacidad creativa que confluía por lo general en una obra arquitectónica en la cual se integraban las distintas manifestaciones de lo ar­tístico. Eso daba a la arquitectura cierta nobleza y al ar­quitecto una mayor consideración social, si bien, como se ha dicho, el arquitecto también era práctico en otros tra­bajos artísticos; escultores fueron Brunelleschi, Micheloz­zo, Filarete, Bernardo Rosellino, Pietro Lombardo; trabajadores de la madera como Antonio de Sangallo, Giulia­no de Sangallo y Benedetto da Maiano llegaron a levan­tar bellos edificios, igual que lo hicieron pintores como Bramante y Rafael, por no citar verdaderos humanistas con una visión integral del arte como lo fue Alberti. Y de éste es de quien se puede extraer la más lúcida definición de ar­quitecto renacentista: “Un arquitecto  afirmaba Alberti en su De re aedifica­toria (1443 1445)  no es un carpintero o un ebanista... el trabajo manual no es más que un instrumento para el ar­quitecto que, por medio de una habilidad segura y mara­villosa y de un método, es capaz de completar su obra... y para poder hacer esto, debe tener un discernimiento per­fecto en cuanto a las ciencias más nobles y exactas”.

Este pensamiento sólo podía ser fruto del ideal huma­nista que se fue gestando en Florencia a lo largo de los úl­timos siglos medievales y que tuvo su floración a princi­pios del Quattrocento. La arquitectura florentina de esta época es por definición la arquitectura renacentista; de Florencia a partir de la segunda mitad del siglo XV, esta ar­quitectura se expandirá por los diferentes centros huma­nistas: Urbino, Milán, Roma, Venecia, Nápoles... y sólo a finales de siglo traspasará las fronteras italianas para afian­zarse lentamente en otras regiones europeas.
Joan Sureda i Pons en El Renacimiento, Ed. Espasa Calpe. Madrid, 2.000 Págs. 111-112
EL  PALACIO  RENACENTISTA

       El palacio en las Repúblicas italianas del Renacimiento es el símbolo de la riqueza y el poder de las grandes familias adineradas que compiten para destacar entre ellos. Durante el S. XV se produjo en esas ciudades la renovación de muchas de las antiguas mansiones que habían se quedado pequeñas y estaban muy deterioradas.  
el palacio: MANSIÓN urbana del mercader florentino

        Algunas de las principales familias florentinas, que se habían resistido tenazmente a derruir sus apiñadas viviendas siguiendo las disposiciones de la comuna, estaban construyendo ahora (S. XV) nuevas y espaciosas mansiones llamadas en italiano palazzi. Compraban los edificios vecinos para derribarlos y dejar marcos ideales, o plazuelas, que permitieran contemplar sus nuevas fachadas. Las familias Medici, Pitti y Rucellai encargaron a arquitectos como Brunelleschi, Michelozzo y Rossellino la construcción o renovación de sus palacios.

        El palacio Medici fue la primera mansión privada a gran escala del siglo XV. Fue encargada a Brunelleschi por Cosimo de Medici hacia 1434, pero fue construido al final por Michelozzo en 1444. La tradición cuenta que Brunelleschi, que se había convertido en un amigo íntimo de Cosimo, estaba encantado con el encargo y realizó el plano de un palacio tan lujoso y magnífico que despertó temores en la prudente mentalidad comercial de Cosimo. Cosimo, el silencioso manipulador de la política florentina, tanto para fines buenos y pacíficos, como en beneficio de los Medici, no quería provocar la envidia de las demás familias poderosas. La mayoría de ellas ya le odiaban suficiente por haber ocupado su lugar en la política florentina.

        El palacio construido finalmente por Michelozzo, alumno de Brunelleschi, fue con su primitiva fachada de cinco intercolumnios, una bella e impresionante mansión urbana. Lo que hoy puede verse en Florencia, el Palacio Medici-Riccardi, es un edificio muy ampliado por los añadidos de los Riccardi. Sin embargo, si lo comparamos con el ultimo palacio construido durante el siglo anterior, el Davanzati, notamos en seguida la expresión de un modo de vida distinto. Los palacios estaban habitados generalmente por comerciantes acomodados que vivían encima del local de su establecimiento, y por tanto los edificios tenían que servir a la vez de almacén, oficina y vivienda. La fachada del palacio Davanzati está dividida en cuatro pisos; el piso inferior, sin duda el almacén, presenta el aspecto de una fortificación, con grandes y robustas puertas y pequeñas ventanas en lo alto. Este tipo de casas, y los edificios públicos erigidos en el mismo siglo, tenían incluso un pozo dentro de sus fuertes muros, para que la familia, en caso de motín, estuviese protegida y fuese autosuficiente durante algunos días. Pero incluso los pisos de arriba, reservados para el uso de la familia, presentan un aspecto mas bien severo y hostil. La serie de arcos que enmarcan las ventanas es armónica y bella, sin embargo la fachada no se abre al exterior con la progresiva intermediación de espacios típica de los edificios de Brunelleschi. Fortificada y autosuficiente no se atreve a sonreír a los transeúntes.

         El Palacio Medici habla un lenguaje distinto. La casa y despacho del rico comerciante da la bienvenida al visitante. Los cinco arcos de la planta baja estaban todos abiertos, lo cual permitía echar una ojeada a la simetría interna del patio; más tarde Michelangelo convirtió los de las esquinas en arcadas tapiadas con ventanas. Desde el arco central que se dirigía directamente al centro del patio se veía no un pozo, sino una estatua de Judith, obra de Donatello. En el muro exterior y alrededor de toda la casa, la base de la gran planta baja avanza hacia la calle, formando un acogedor banco de piedra. En realidad podemos imaginarnos a Cosimo y a otros miembros de su familia, en aquel primer periodo del Renacimiento, aún relativamente frugal, familiar y simple, sentados ahí fuera, disfrutando del sol de la tarde y compartiendo el banco con otros ciudadanos y transeúntes, quizás con un anciano que había trabajado en su juventud en los comercios de ropa florentinos.

        Este mismo elemento del banco al sol, en este caso elevado de categoría por un elegante respaldo de dibujo romboidal, puede verse en otro palacio florentino, el Rucellai, comenzado en 1446 por Leon Battista Alberti. Alberti, cuya familia había sido exiliada de Florencia en el siglo XIV, fue secretario del Papa en Roma. Era un humanista que ejercía también de pintor, escultor y arquitecto; un autor que supo traducir su obra artística en textos escritos, convirtiéndose en un hombre clave para explicar la teoría artística del Renacimiento.

        En el Palacio Rucellai de Alberti se aplicaron por vez primera formas clásicas a una fachada de palacio. La división tradicional del edificio en franjas horizontales que corresponden a las diferentes plantas, subrayadas por cornisas que acentúan la robustez de la fachada, está interrumpida aquí por un sistema vertical de pilastras de órdenes clásicos; las primeras son dóricas y van seguidas por dos tipos de corintias. La fachada estaba inspirada probablemente en el Coliseo romano. Estas pilastras, además de proporcionar al edificio un impulso vertical, crean una magnifica malla que parece sostener la fachada con mano firme. La base de las pilastras, además de aumentar el tamaño de la planta baja, forma el respaldo de un noble banco al sol.

        Sin embargo, la fachada de Alberti ha quedado como un ejemplo aislado. Otros palacios retornaron al tipo más tradicional marcado por las franjas horizontales que permitían un mayor juego para una futura ampliación. El Palacio Pitti, por ejemplo, construido para Luca Pitti en 1458, quizás según un diseño de Brunelleschi, estaba proyectado en principio con solamente siete intercolumnios. Finalmente, cuando en el siglo XVI se convirtió en la residencia de los Medici, los grandes duques de Toscana, se amplió hasta tener los once intercolumnios actuales.

        Por vez primera desde la era clásica de Grecia y Roma, el espacio y los edificios se proyectaban y medían para acoplarse a las necesidades del hombre. Fueron concebidos para el homo liber, el hombre libre de la ciudad-Estado que se ocupaba de sus actividades comerciales, religiosas y sociales, orgulloso de su magnificencia tanto privada como cívica.

    El arte y la arquitectura de estos primeros cincuenta años del siglo XV en Florencia reflejaban las ideas y los objetivos de la sociedad. Ya no se construyen catedrales sobrehumanas y agujas que se alzan hacia el cielo cada vez a mayor altura, ni están aquí los heroicos y almenados castillos caballerescos. En su lugar hay ,el espacio geométrico y plano de una plaza urbana, con pórticos abiertos al sol y a las miradas de los transeúntes. Hay lugares de paso para las procesiones, las reuniones y las actividades sociales. La catedral extiende su espacio protector sobre una comunidad de individuos libres.

Rosa María Letts.- Introd. a la Hª del Arte: El renacimiento.
Ed. GG. 1985. págs. 31-34








Pal. Davanzati
Fin S. XIV. Florencia

Michelozzo Michelozzi:
P. Medici-Ricardi; 1444, Florencia

Leon Batista Alberti:
Pal. Rucellai1446, Florencia



El palacio urbano florentino durante el siglo xv.-

La ciudad del siglo XV va adquiriendo fisonomía moderna lenta y puntualmente, debido sobre todo a los nuevos tipos arquitectónicos. El palacio florentino es la obra por excelencia de esta evolución. El prototipo es creación de Michelozzo ( 1396-1472 ) para la familia Médicis (1444-1459). Es un bloque cúbico con dos componentes fundamentales. En primer lugar el patio interior cuadrado (cortile), rodeado de cuatro pórticos con tres arcadas y al que dan las habitaciones Luego está la fachada de la calle, realizada en almohadillados de relieves rebajados desde el suelo al remate del edificio, y sobre los arcos vanos geminados. El conjunto, coronado por una pesada cornisa de modillones, proporciona de cara al paisaje urbano) una impresión de fuerza y de frontalidad altanera; la elegancia de las formas y del decorado, la variedad de los focos de iluminación y de los ritmos. crean del lado del patio un ambiente de lujo protector que anuncia el de las habitaciones a las que se accede por medio de una imponente escalinata de doble tiro.
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