I. El diseño, ¿problema unitario?






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Diseño, Sociedad y Marxismo
Rafael López Rangel

I. El diseño, ¿problema unitario?


    1. Unidad y diversidad de los problemas de diseño.


¿Qué tiene de común la problemática del diseño? ¿En qué medida se hace necesario especificarla, en sus diversos campos? ¿Qué papel juegan los objetos en la sociedad? Estas son cuestiones fundamentales que en el presente trabajo tratamos de responder apoyándonos en el pensamiento marxista fundamentalmente en los clásicos, dirigiéndonos a los procesos de diseño de los objetos en lo que se incluyen, con sus diferencias, a la arquitectura y el “entorno” construido.
En los medios especializados de nuestro país está vigente aún esa preocupación por buscar elementos comunes en los diversos campos del diseño. Es más, aun se llega a pensar que en la base de los procesos de diseño actuales los objetos de la arquitectura de la ciudad e incluso de la “comunicación gráfica”, se encuentra el mismo problema. Y esto es así no obstante que el brusco apagón de la “racionalidad operativa” de los seguidores de Christopher Alexander que tuvo su auge en la década de los sesenta1, y en alguna medida la puesta en escena de la semiótica, haya asestado un buen golpe a tal posición. Recordemos para el caso,, el paradigma –precisamente lanzado por el brillante investigador de la Universidad de Berkeley –de que “el diseño es la invención de cosas físicas que exhiben un nuevo orden físico, una organización y una forma nueva en respuesta a la función2. Esto implica el tasar con el rasero de la matemática la diversa complejidad de cada campo específico del diseño. Desde esa perspectiva la cuestión se generaliza y se unifica como una búsqueda del “ajuste de la forma con su contexto”,3 cualquiera que sea la función a cubrir y los medios a emplear.
El sueño del racionalismo bauhasiano encontraba aquí su máxima expresión. Y sus excesos cientifisistas, obviamente emparentados con la metafísica, nos han hecho pensar que se trata de un reciente eslabón de la cadena racionalista contemporánea.
Hoy nos encontramos con hechos que en rigor obligan a especificar y a dividir la problemática, aunque también a unificarlas y a dividir la problemática, aunque también a unificarla, pero sólo en lo que respecta las cuestiones más generales, y con la condición de partir de bases mucho menos abstractas que la operacionalidad matemática. Para ello tenemos que desprendernos de criterios meramente técnicos y ubicar a los objetos y sus procesos de producción y consumo en situaciones sociales concretas.
Como cuestiones que nos llevan a la necesidad de especificación de cada campo del diseño de una manera inmediata, tenemos las diferencias que cada uno de ellos presenta en su realización concreta y que en la cotidianidad de su producción marcan su diversidad, presentándose incluso diferencias en los distintos sectores del mismo campo. Este hecho se deriva de las características de su producción en cuanto a medios expresivos, recursos, procesos, etc., y como parte de su ubicación específica en las contracciones sociales. Es evidente para nosotros que no es lo mismo el diseñar un objeto de uso cotidiano y doméstico, que una máquina o un instrumento especializado (como el instrumental quirúrgico). Aún en los mismos objetos cotidianos existen diferencias que son también ideológicas y que hacen complejo el problema de su diseño. Existen también diferencias de incidencia ideológica, desde los objetos de función más directa (como las herramientas), hasta aquellas que implican decisiones políticas, (como la 2arquitectura de estado”). Y ya no digamos la enorme distancia que separa al diseño y al proceso de producción de los edificios y la ciudad misma con el de los objetos de uso común y directo.
La necesidad de diferenciar dentro de una totalidad al campo del diseño, surge al hacer una consideración “sociológica” de la cotidianidad de los objetos y en donde queda en evidencia de diversas maneras su origen de clase. Este origen de clase no ha sido aún suficientemente comprendido en todas sus implicaciones sobre todo en las formales. Tampoco se ha reconocido su carácter significativo, “más allá” del mero utilitarismo funcional y que conlleva la obligada puesta en escena de la semiótica. Naturalmente somos concientes de que el surgimiento de esta disciplina, la semiótica, es en cierto sentido otro “boom” de la cultura contemporánea. Pero tal hecho no nos debe llevar a negar cuando el “significado del significado”4 se aborda con un sentido verdaderamente histórico. Pero de este tema nos ocuparemos más adelante.


    1. La crisis del diseño en las contradicciones del capitalismo.


Algo debe quedar absolutamente claro: El “teorizar” acerca de la unidad y diversidad de los campos del diseño obliga a profundizar en cada uno de ellos. La necesidad de abordar tales cuestiones ubicándolas en la historia, en su movimiento real, surge entre nosotros de la urgencia de comprender la crisis actual del diseño. Esta crisis se arraiga y forma parte ciertamente de la crisis actual de nuestros países capitalistas.
Las cuestiones que hemos esbozado están en la base de esa crisis y si quisiéramos englobarlas en una frase, diríamos que su característica fundamental estriba en la tendencia propia del capitalismo de “convertir todos los objetos en mercancía”.
Así pues, el carácter mercantil de los objetos les señala básicamente su signo. Su carácter superestructural ideológico, político y cultural junto al manejo de lo mercantil en una sociedad presa de agudas contradicciones sociales, de tal manera que podemos afirmar que los objetos mismos son parte de las contradicciones sociales.
Pero de cualquier manera, las abismales (e irresolubles en el mercado actual) diferencias de “capacidad adquisitiva”, resultado de un régimen de explotación, producen la gran disparidad urbano-edificatoria y de los “objetos”, expresada en la coexistencia de la carencia más dramática con la más insultante opulencia. El diseñador progresista se encuentra con un “mercado de trabajo” establecido por las clases dominantes y enfrentando paradójicamente a una demanda masiva de necesidades populares.
La actividad del diseño (que es al mismo tiempo proyectual, técnica y estética) se ve ligada de manera ineludible en una problemática política de magnitudes tan amplias que ha hecho que no pocos desesperados abandonen el diseño como actividad específica, para abrazar una tarea teórica y a veces “práctica” que no sólo rebasa esa especificidad, sino que la desprioriza hasta su total subestimación.
Pero eso no elimina los problemas concretos del diseño ni en consecuencia la necesidad de atenderlos. Lo que nosotros pensamos al respecto es que no se trata de polaridades ni de desechos mutuamente excluyente (el diseño o la producción artística, y el “problema social”) sino de la misma problemática. Quisiéramos subrayar que las prioridades no implican desaparición ni postergamiento de alguno de los campos de acción. Significan, pues así se da la realidad, atención simultánea.
Por otra parte, nos enfrentamos en nuestros países con hechos de importancia fundamental, como son:


  1. dependencia tecnológica, que incluso llega a la imposición casi total de procesos por parte de las empresas “transnacionales”;

  2. grandes diferencias de recursos y técnicas que coexisten incluso en el mismo ámbito regional;

  3. la anarquía “liberal” de enormes sectores de la industria, incontrolada deliberadamente por el Estado y que imposibilita el enfrentamiento masivo y positivamente racional de las necesidades populares, que son sacrificadas por el interés privado y la acumulación de capital;

  4. el papel ideológico y político que la clase dominante confiere a objetos y procesos.


Somos concientes que el diseñador no es –como lo hace aparecer la escuela liberal- un ente “técnico” neutro, abstraído de la problemática social. Su papel es activo ante las implicaciones sociales de “su” diseño y éste mismo nunca tendrá carta de neutralidad. Es más, parte de su rol, es en el sentido más amplio, la producción ( y por qué no decirlo, la creación) del lenguaje de la clase o capa social a la que pertenece, y/o a la que decide servir.


    1. Historización del diseño y cambio social.


Ahora bien, la polémica en torno a las posibilidades de que el diseño incida en el cambio social y que juegue un papel progresista, está también en el centro de la crisis del diseño. ¿Existe sólo una manera óptima, discriminada, de producir-circular-consumir los objetos, como podría hacérnoslo pensar la instancia funcionalista?, ¿y, por otra parte, las “alternativas” se ponderan sólo en términos de eficacia? o ¿son alternativas ideológicas y políticas? Formulando la cuestión de otra manera podríamos preguntar: ¿los códigos y mensajes de los objetos siendo códigos de clase, son necesariamente “cerrados”, sin posibilidad de apertura y por qué no decirlo, de contestación? Evidentemente en el “diseño gráfico” esa posibilidad aparece clara por la propia naturaleza de sus medios expresivos. El problema se complica con la arquitectura, el urbanismo y naturalmente en el caso del diseño industrial.
Pensamos por lo demás, que la respuesta a estas cuestiones no se dará al margen de una práctica social y que la manera práctica-teórica de contestar define ineludiblemente a los distintos postulantes.
Difícilmente podríamos desatar el nudo problemático de la actualidad si no lo concebimos como proceso, es decir, como historia. Coincidimos con Wrights Mills cuando considera “el presente como historia y el futuro como responsabilidad” como el objeto de las ciencias sociales. Esto es válido en nuestro campo ya que partimos de que no hay una “historia” del diseño aparte de la historia de la sociedad, aunque tenemos que especificar el proceso histórico del diseño.
Por su parte, es imprescindible no caer en una historización que juzgue el pasado con las normas del presente. Recordemos aquí sólo dos ejemplos significativos de la misma ideología “funcionalista”:


    1. el querer ver a toda arquitectura (de cualquier época) como “funcionalista”5;

    2. la pretensión de extender la problemática del diseño tal y como lo entienden los “operativos”, a la era pre-industrial, pre-capitalista, y con ese criterio llevar a cabo incluso una caracterización histórica de las culturas, tal como lo hizo Christopher Alexander cuando afirma: “las culturas “concientes” de sí mismas son aquellas que ajustan la forma del contexto”6 cosa que lo llevó a la descalificación de los griegos clásicos, de los constructores romanos seguidores de Vitrubio, de los arquitectos renacentistas, y en fin, de toda cultura arquitectónica que “teorizar” su propia tarea.7 La causa de esto reside en pensar que la arquitectura ha sido siempre “problema de diseño” precisamente tal y como lo entienden ahora los nuevos racionalistas.


Es esta certeza del carácter contemporáneo de la problemática del diseño la que torna imperativa la necesidad de historizar y sobre todo, dirigirnos a la realidad contemporánea de nuestros países para, entre otras cosas, conocer el conjunto de determinaciones que hicieron surgir el diseño tal y como lo entendemos ahora. Por otra parte, si quisiéramos definir, con todos sus riesgos, la tendencia fundamental, hasta ahora, del diseño contemporáneo en el mundo capitalista, lo haríamos así: El diseño es la prefiguración y producción de objetos útiles-eficaces, satisfactores de necesidades masivas que requieren de un proceso industrial de producción en serie, racionalizado y normalizado y que, al producirse como mercancías, acarrean un conjunto de contradicciones al presentarse como requerimientos de la clase dominante. Así, “ir al origen” del problema y estudiar el proceso histórico hasta la actualidad para poder tender con eficacia líneas de acción, es la fórmula que debe guiar al investigador consecuente.


    1. La polémica frente a las “historias”.


Naturalmente la historización unitaria y diferenciada de los diversos campos del diseño y su inclusión en la “historia global” de la sociedad nos obligan a conocer el proceso contemporáneo del conocimiento de la sociedad y de la historia y su lucha por constituirse en una verdadera ciencia, liberada de todo vestigio idealista así como de su aprisionamiento en esquemas y dogmas.8 En otras palabras y aunque hoy parezca innecesario decirlo, debemos entender una historia que explique los procesos sociales por ellos mismos, sin recurrir a la búsqueda de trascendencias y de “fuerzas” ideales situadas más allá de la realidad. Pero también debe evitar el formalismo que sujeta los hechos a modelos inalterables.
Asimismo tenemos que entender el esfuerzo de las ciencias sociales contemporáneas por evitar una recaída en el naturalismo (positivismo y neopositivismo) que tiende a considerar a la sociedad regida por leyes idénticas a las de los “organismos vivos” en un sentido fisiológico.
De esta manera nos vemos involucrados en la polémica con las grandes líneas de la sociología burguesa contemporánea y cuyas raíces siguen siendo las diversas reacciones contra el positivismo del siglo XIX:


  1. el experimentalismo, representado por Emile Durkheim (1858-1917) que termina conduciéndonos a una simple “clasificación” de los hechos sociales,

  2. el historicismo, representado por Wilhem Dilthey (1833-1911), Wilhem Windelband (1848-1915) y Heinrich Rickert (1863-1936), ubicados todos ellos dentro de la corriente del neocriticismo que retoma el pensamiento Kantiano, y los dos últimos, importantes representantes de la Escuela de Marburgo. Si bien con sus diferencias, trasladan el problema de la sociedad y de la historia al mundo de la razón y la validez lógica del pensamiento, despegándose de la realidad de la producción material y el conjunto de las relaciones humanas concretas,

  3. la influyente “sociología comprensiva” de Max Weber (1864-1920) que deviene en simple conductismo al plantear una comprensión histórica basada en la aproximación o identificación de los procesos con tipos ideales de la organización social.9 Asimismo, debemos ser cuidadosos frente a las posiciones de estructuralismo formalista y que también, pese a sus aportes no resuelve el problema de la continuidad social y la convierte en una “diacronía” que por respetar las estructuras sincrónicas ha llegado a una concepción estática de la sociedad en la que no canes las transformaciones (ni mucho menos las transformaciones revolucionarias).


Evidentemente, el hacer de la historia una verdadera ciencia ha conducido, cuando se trata de explicar procesos parciales (como “lo económico” o lo “demográfico”, etc.) a una “superespecialización” que frecuentemente transforma en leyes generales, algunas características de hechos sectoriales o parciales. Es el caso, por citar un ejemplo relevante, de la New Economic History10 que ha desarrollado una interpretación de la historia en base a un análisis económico que considera válido para todo tipo de sociedad, y cualquier época.
Por nuestra parte, en la línea marxista son ahora ya bastante conocidas – e impugnadas- las interpretaciones dogmáticas, como el economicismo, aún no desaparecido (sobre todo en el campo del urbanismo y la arquitectura) y que como sabemos fue combatido en repetidas ocasiones por los propios fundadores del socialismo científico. Así también, el sociologismo11 que somete todo hecho social a la determinación de las “condiciones dadas”. Y obviamente, nos vemos obligados a mencionar aunque estemos ya aparentemente lejos de él, al esquematismo staliniano, que se traduce en una modelización y sucesión lineal de los modos de producción (comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo, capitalismo, socialismo y comunismo) como un “superparadigma” de la continuidad histórica.
Naturalmente no podemos dejar de mencionar a la aún influyente “regionalización” Althusseriana, que conduce a una verdadera escisión de la realidad social en “instancias” (la economía, la política, la ideológica) y que hace caer en la tentación de la supervaloración de alguna, o algunas de ellas. Significa esto en rigor, una visión mecánica de la sociedad que se acerca a la “factorización” de la misma y expresa por tanto una visión dualista. En el campo del diseño una de las tendencias más socorridas, sobre todo en el campo de la enseñanza y la investigación, ha sido la de separar y por ende, tratar como si fuesen cosas distintas, la ideología (y la política) y “lo económico”.
Tal separación, en el nivel que se encuentra la difusión y la vulgarización del marxismo en nuestro pueblo, ha conducido a un economicismo que llega hasta desviaciones epistemológicas como el de negar conceptos como “arte” o “creación” por considerarlos idealistas o “burgueses” en lugar de manejarlos históricamente para no caer en aquellas posiciones que ubican el valor de una obra en función de una simple mecánica operativa de producción y circulación. Algo similar acontece con la descalificación de la semiótica y no digamos de la estética, por considerarlas sin “salvación”12.


    1. La necesidad de una teorización integradora.


Sin embargo, es conveniente aclarar que los procesos productivos en el diseño casi no se han tomado en cuenta en la abrumadora mayoría de “historias” de corte tradicional y que, indudablemente, todo intento de superación debe incluirlo. La clave reside en no ver los procesos como simple operatividad, sino en una formación económica y social determinada y concreta y en relación dialéctica con la superestructura.
Ahora bien, nos enfrentamos al problema no menos urgente de que las caracterizaciones del diseño como ideología, estética y política, en fin, como superstructura, ha sido hasta hoy tratado en lo general con los más diversos enfoques idealistas. Podríamos decir que “hace falta” una teorización que integre la complejidad del proceso y lo presente, tal como se da en la realidad, como un proceso unitario, esto equivale a dar a las características formales, su lugar en los procesos productivos-tecnológicos, ya que “la forma” se da en términos de tales procesos. Pero también debe tomar en cuenta el papel activo e histórico que el objeto como tal juega en la propia conformación de la cultura material. Y es por esto, como veremos más adelante, que nos ha interesado en una primera instancia ese papel de los objetos, y al mismo tiempo señalar los peligros que implica un reduccionismo económico.
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