1. 1 El Entorno del comercio y el desarrollo de las sociedades comerciales desde la edad media a los siglos XVI xviii en España y Chile






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3.1.2.1

EL ALTO COMERCIO DE VALPARAISO Y LAS GRANDES
CASAS EXTRANJERAS, 1880-1930.




1. Valparaíso y la costa del Pacífico

Al estudiar el "alto comercio" de Valparaíso en el período 1880-1930 es preciso tomar en cuenta la situación geográfica de la ciudad dentro del espacio comercial que se extiende por la costa occidental de Sudamérica desde Panamá hasta el Cabo de Hornos. Esta área, que incluye parte de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, es la que los británicos llamaban la West Coast o simplemente the Coast.

Los orígenes de este concepto de unidad regional se remontan al período hispano y a la gravitación política y económica del virreinato del Perú. Con todo, la clave de la misma no es solo histórica, sino que está dada por la facilidad de las comunicaciones marítimas entre las provincias y países que la integran, en contraste con las dificutades y demoras que presentaban las comunicaciones con los territorios del Atlántico, por tierra a través de los Andes, o por mar vía el estrecho de Magallanes o el istmo de Panamá.

La vía marítima como medio de unión no enfrentó mayor competencia de parte de los ferrocarriles. Salvo en el caso del longitudinal norte chileno construido en la segunda década del siglo XX, no hubo un ferrocarril que ofreciera una competencia directa; las líneas férreas tenían más bien un carácter complementario, en cuanto unían los puertos, situados sobre el eje central de las comunicaciones regionales, con el interior. Es, por ejemplo, el caso de los ferrocarriles de Antofagasta a Bolivia y de Guayaquil a Quito. Fue precisamente por la importancia que adquiría este eje marítimo que se organizó, en 1840, la Pacific Steam Navigation Co. (Cía. Inglesa de Vapores) cuyas naves se limitaban a surcar esta costa antes que la empresa extendiera su ruta hasta Europa.

Cuando los comerciantes británicos empezaron a penetrar en la América española en la primera década del siglo XIX, el centro de operaciones natural fue la plaza de Buenos Aires, la que, por lo demás, habían tratado de conquistar por las armas. La relación comercial entre las nacientes repúblicas de Chile y del Río de la Plata se vió favorecida por razones políticas y en los decenios siguientes se manifiestó en la activa presencia de algunos mercaderes argentinos en Valparaíso. Sin embargo, con el tiempo se impuso la lógica de la geografía: por las dificultades para penetrar por tierra al interior –el viaje hasta Chile en carretas y lomo de mula demoraba alrededor de un mes– resultaba más provechoso establecer una base en la costa occidental de Sudamérica. Gracias a las facilidades brindadas por el gobierno republicano de Chile, Valparaíso pasó a ser el entrepuerto del Pacífico sur, entrando en competencia con el Callao, el puerto principal del antiguo virreinato, Sabemos, también, que esta rivalidad tuvo algo que ver en el deterioro de las relaciones entre Perú y Chile que precedió a la guerra contra la Confederación Perú-boliviana.

Resulta interesante constatar que la mayoría de las grandes casas extranjeras que operaban en Valparaíso en los albores de la Independencia no tenían sucursales en los países del Plata, pero sí las tenían en Perú, y no fue extraño que, con el tiempo, participaran en el comercio entre ambos países.

Chile y Perú, o más exactamente, la extensión entre Valparaíso y el Callao, era el centro de la West Coast, y entre ambos polos quedaba la región salitrera que le dio vida por alrededor de 80 años. En este contexto, la Guerra del Pacífico podría considerarse como un conflicto interno, el que, sin duda, causó problemas a las empresas comerciales que operaban en la región. No obstante lo anterior, su desenlace trajo como consecuencia un cambio al interior de la West Coast, en cuanto situaba a la región salitrera dentro de la soberanía de Chile y en la esfera económica interna de Valparaíso. Es en este contexto que debe entenderse el desarrollo del alto comercio porteño.

3.1.2.2


Las grandes casas comerciales porteñas

La tónica del Valparaíso clásico, por así llamarlo, está dada por la importancia que revestía su actividad comercial. Escribiendo a la vuelta del siglo, el norteamericano Frank Carpenter afirmaba que este puerto era la mejor plaza mercantil de la costa oeste de Sudamérica y agregaba: Tiene alrededor de 150 mil habitantes, pero su comercio es dos veces mayor que cualquiera ciudad de su tamaño en los Estados Unidos".

En 1898, el comisionado británico T. Worthington escribía desde Valparaíso informando a las autoridades del Board of Trade –el Ministerio de Comercio de Inglaterra– sobre la situación de las manufacturas británicas en Chile. Le llamaba la atención que el comercio exterior estuviera dominado por las grandes empresas mercantiles "aquí establecidas que tienen sus propias casas o agencias en Europa", y que eran las piezas claves del comercio chileno. Estas casas actuaban con bastante autonomía respecto a los intereses de sus países de origen. Aunque podía existir alguna preferencia hacia sus connacionales, Worthington observaba que, a la hora de colocar los pédidos, sus compras "se hacían en los lugares donde se puede obtener lo que se quiere al precio más bajo y con las menores molestias".

La distribución directa por parte de los fabricantes europeos o norteamericanos, en la forma como se imponía en otros países, no había arraigado en Chile, y las importaciones directas de los comerciantes locales eran mínimas. Worthington calculaba que estas no llegaban a un noveno del total, y durante su estadía en el puerto había encontrado solamente dos viajeros comisionistas ingleses que representaban a diferentes compañías manufactureras y ofrecían los más diversos artículos.

Esta primacía de las grandes casas comerciales se mantuvo en los años siguientes. Un cuarto de siglo más tarde, una visitante norteamericana señalaba que, a diferencia de los países del Atlántico y del Caribe, existía "un número de poderosas firmas que realizan negocios de importación y exportación, que eran dueñas y administradoras de industrias y que tenían una extensa red de sucursales".

Estas casas –agregaba– no tienen el monopolio de los negocios; junto a ellas hay numerosas firmas locales más pequeñas y de varias nacionalidades, pero es la existencia y sistema de operar de aquellas lo que constituye el rasgo sobresaliente del comercio exterior de Chile.

La reputación de la mayoría de estas casas, solidamente afianzadas, permanece alta; sus representantes son hombres de carácter y capacidad, y las organizaciones no solamente han creado y desarrollado el comercio de Chile en el pasado, sino que son de gran valor en la actualidad. Sus servicios (nunca han quedado tan de manifiesto como en los tiempos difíciles, como en 1921, cuando las firmas pequeñas y sin experiencia sucumbieron en la tempestad que las organizaciones grandes pudieron enfrentar con toda la fuerza de su larga trayectoria y amplio crédito.

El prestigio de que gozaban estas grandes casas comerciales porteñas les permitía superar las dificultades temporales por las que solían atravesar. Así, por ejemplo, en esos años, cuando una de ellas –la casa Grace– enfrentaba una situación difícil a nivel mundial, su gerente en Valparaíso informó a Nueva York que un prominente banquero le había comunicado "en forma muy amigable, que estimaba que todo lo que se había escuchado en la plaza, no afectaba nuestra reputación en lo más mínimo"

Este pequeño grupo de grandes firmas importadoras y exportadoras, casi todas extranjeras, principalmente inglesas, alemanas y norteamericanas, conformaban lo más granado de lo que se ha dado en llamar el "alto comercio" de Valparaíso

Algunas de estas empresas extranjeras habían nacido específicamente para realizar negocios con Chile. Era el caso de Williamson, Balfour & Cía., establecida en Valparaíso en 1852 por Stephen Williamson y David Duncan, y cuya contraparte en Liverpool era Balfour Williamson & Co., a cargo de Alexander Balfour. Por entonces ya operaba en Chile la casa Ravenscroft, que también se había organizado para dedicarse al comercio entre Liverpool y Valparaíso y que, más tarde, tomaría el nombre de Duncan, Fox & Cía.. Esta última abrió oficinas en Lima en 1863.

En cambio la casa Gibbs, una de las más antiguas y poderosas firmas británicas en la West Coast, había llegado primero a Lima, poco antes de instalarse en Valparaíso en 1826; la aventajaba en permanencia, Huth y Cía., firma de origen anglo-germano, que se había instalado dos años antes11. Graham Rowe & Co. otra de las firmas antiguas, fundada en 1842, también tenía oficinas en Perú y Bolivia a comienzos del siglo XX.

De las empresas comerciales alemanas, una de las primeras y más importantes era Vorwerk y Cía., cuyos orígenes se remontaban a 1846. Casi tan antigua era Weber & Cía., establecida a mediados de la década de 1850 En cambio, la casa Gildemeister, de dilatada trayectoria en el Perú y con intereses en Tarapacá desde los años 1860, solo abrió oficina en Valparaíso en 1912. A esta lista se puede agregar una firma germano-chilena, Saavedra Benard y Cía. fundada en 1886, cuyos socios hacia 1914 se repartían entre Hamburgo y Valparaíso.

De las firmas estadounidenses en el puerto, las más prominentes eran la casa Grace y Wessel Duval & Cía. La primera, que abrió su oficina en Valparaíso en 1880 durante la Guerra del Pacífico, había nacido a partir de los negocios en el Perú de William R. Grace, un irlandés nacionalizado norteamericano; la última era la sucesora de Augustus Hemenway, que se había iniciado en el comercio entre Boston y Valparaíso a fines de los años 1820.

Su duración en el tiempo es uno de los elementos notables de este conjunto de casas comerciales, muchas de las cuales superaron un siglo de existencia. En algunos casos, las empresas siguieron mayormente bajo el control de los descendientes y familiares de los fundadores, conservando su nombre original; en otros, el ascenso de los empleados superiores a la categoría de socios y la incorporación de terceros a la firma fue produciendo cambios, tanto en la propiedad como en la razón social.

Veamos algunos ejemplos: Stephen Williamson, ya mencionado, continuó a la cabeza de los negocios en Liverpool hasta 1901. Por entonces ya eran socios tres de sus hijos (Archibald, Anstruther y Alec) y poco más tarde ingresaría un cuarto (Henry, o Enrique como se le llamó en Chile). En cambio, Alexander Balfour no dejó descendencia en la firma, y para poder mantener la razón social hubo que incorporar con un porcentaje nominal en la sociedad chilena a Robert Balfour, socio de la firma en California, que no era pariente del fundador.

El problema del nombre no era baladí. La casa Gibbs, que durante mucho tiempo había girado en Valparaíso como Guillermo Gibbs y Cía., se vio obligada a cambiar su razón social a Gibbs & Cía. por falta de un socio con ese nombre de pila. Con todo, Gibbs se mantuvo bajo el control familiar pese a la incorporación de socios externos. Así, al modificarse la sociedad en Valparaíso en enero de 1913, los primeros seis comparecientes eran miembros de la familia domiciliados en Inglaterra, y solo después figuraban los socios residentes en Valparaíso, Charles Evans y David Blair, y los jefes a cargo de las oficinas de Iquique y Santiago, Frazer L. Dobree y Samuel Price, respectivamente

La casa Vorwerk también conservó el predominio familiar pero con un matiz diferente. Cuando, en 1846, la firma Hochgreve & Vorwerk de Hamburgo envió a Julius Hünicken a Chile con un capital para que se estableciera en Valparaíso, este se asoció con Otto Uhde, formando la firma Uhde, Hünicken y Cía. En 1860, Adolph o Adolfo Vorwerk se trasladó a Valparaíso y tomó en manos el negocio con la razón social de Vorwerk y Cía., mientras que la casa en Hamburgo pasaba a manos de Adolph, Friedrich y Wilhelm Vorwerk en 1869, los que operaron con el nombre de Vorwerk Hermanos y Cía..

El ingreso de Hermann Fischer a la firma de Valparaíso en 1875, marcó, al parecer, una nueva etapa en la misma. Fischer, que tenía una experiencia comercial de 25 años en Chile, asumió la dirección de los negocios en este país hasta su retiro de la sociedad en abril de 1903, algunos meses antes de su muerte. Entretanto, continuaba en la firma su hijo Juan Carlos Fischer. Sin embargo, el control de la familia Vorwerk sobre la casa en Chile se fue afianzado. En la víspera de la Primera Guerra Mundial, los socios de la casa de Valparaíso eran seis miembros de la familia residentes en Alemania, además de Fischer y Max Grisar avecindados en el puerto. Cuando se renovó el pacto social en 1923, cinco de los seis socios eran miembros de la familia, y la administración de la firma en Valparaíso estaba en manos de Grisar y Arthur Vorwerk. Más tarde, en 1933, cuando Alemania pasaba por un mal momento político y económico, la firma de Hamburgo dejó de existir y las operaciones se concentraron en Chile.

En cambio, Hemenway & Co. siguió una evolución diferente, y tanto el control como el nombre de la firma fue variando con el tiempo. La razón social pasó a ser Hemenway, Beéche & Co. desde 1885, luego de que se incorporara como socio Héctor Beéche, quien había ingresado a la firma en Valparaíso veinte años antes. Al renovarse la sociedad chilena en 1888, el último miembro de la familia del fundador, quedó solo como socio comanditario, y la firma se pasó a llamar Browne, Beéche & Co. En esa oportunidad ingresó como socio en Valparaíso, Pedro M. Wessel, un activo danés avecindado en Chile que por entonces era contratista del Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia.

En 1897, cuando la sociedad cambió a Beéche & Co., los socios gerentes eran Salustio Beéche, el hermano de Héctor, en Valparaíso y George L. Duval, a cargo de la oficina de Nueva York. La sociedad fue prorrogada en 1902, modificando la razón social a Beéche, Duval & Co. En 1906, cuando Salustio Beéche dejó de ser socio activo, la sociedad se transformó en Wessel, Duval & Co.; nombre que conservó posteriormente. En esa oportunidad ingresaron a ella un hijo de Pedro Wessel y Guillermo Purcell, quien años más tarde se convertiría en socio principal de la firma.

Otra firma, entonces más pequeña, que fue cambiando de nombre y de dueño era R. Gratenau & Cía., fundada en Concepción en 1893. La sociedad fue disuelta en 1908, y al año siguiente sus negocios se fusionaron con los de Enrique Bahre y Cía. de Valparaíso. A la nueva firma, que tomó el nombre de Bahre Herbst y Cía., se incorporaron Pablo Herbst, el antiguo socio de Gratenau, y Adolfo Ibáñez Boggiano, gerente de la oficina de Gratenau en Concepción, adonde había entrado a trabajar en 1899. La sociedad fue modificada en marzo y abril de 1914, cuando se retiraron Herbst y otro socio, y se cambió su nombre a Bahre y Cía. La posición de Adolfo Ibáñez dentro de la firma se fue fortaleciendo en los años siguientes y en 1925, cuando Enrique Bahre se retiró de los negocios la sociedad pasó a llamarse Adolfo Ibáñez y Cía..

Mientras los bancos y compañías salitreras y mineras inglesas, alemanas o norteamericanas que operaban en Chile estaban organizados como sociedades anónimas en el extranjero, la mayor parte de las casas comerciales de estas nacionalidades estaban constituidas como sociedades colectivas chilenas24. Sin embargo, eran efectivamente extranjeras tanto por el origen del capital como por la nacionalidad de los socios. No solamente el capital, sino también las necesidades de crédito eran atendidos desde la casa matriz, debido las mayores facilidades que esta tenía para conseguir dinero y a las menores tasas de interés vigentes en los grandes centros comerciales del mundo25. Al respecto nada más decidor que la siguiente cláusula en una escritura social de Williamson Balfour de 1908: "El capital social será el que se considere necesario y deberá procurarse de los Sres. Balfour Williamson y Cía., comerciantes y banqueros de Liverpool y Londres". La misma idea se deduce de la revisión de los balances de la casa Gibbs de Valparaíso, donde junto al capital asignado figura una cuenta corriente con la casa matriz en Londres sobre la cual se giraba conforme lo exigían los negocios. Con todo, no se debe pensar que los recursos eran ilimitados; por el contrario, solía haber momentos de escasez, como sucedió con Williamson Balfour en 1906 y nuevamente al estallar la guerra en 1914, lo que obligó a una contracción de sus operaciones28. En general, la política de los socios era sacar el mejor provecho a los capitales disponibles y, por lo mismo, una casa como Gibbs era más bien reacia a efectuar inversiones que, aun siendo rentables, fuesen difíciles de liquidar.

La organización de estas empresas como sociedades colectivas o en comandita, enfatizaba el compromiso de los socios administradores que asumían la responsabilidad personal ilimitada por las deudas de la compañía. Como declarara Stephen Williamson cuando se le consultó acerca de la posibilidad de formar una sociedad de responsabilidad limitada: "¿Quiere Ud. hacer negocios? entonces asuma los riesgos con entereza".

Las sociedades de personas presentaban ventajas e inconvenientes. Entre las primeras estaba la simplicidad y el hecho que cada socio podía firmar por la sociedad y manejar los negocios de la empresa como propios. Lo negativo era el fuerte riesgo, ya que un revés podía llegar a comprometer toda la fortuna personal de los socios; por otro, la muerte o el retiro de cualquiera de los socios implicaba el término de la compañía. Es cierto que, en estos casos, la empresa continuaba con los restantes, pero la devolución de su parte al socio saliente o a sus herederos, especialmente en el caso de los que habían acumulado un mayor capital, significaba una fuerte sangría de dinero y la necesaria reducción de actividades. Así, por ejemplo, cuando Bahre y Cía. fue reformada tras el retiro de Pablo Herbst en 1914, el capital social quedó reducido a menos de 790 mil pesos contra casi un millón 100 mil pesos que tenía el año anterior30.

Una manera de aminorar el impacto de estos retiros era diferir la devolución de los fondos a lo largo de cierto tiempo, como sucedió con Williamson Balfour en más de una ocasión, o dejar al socio saliente en carácter de comanditario,como lo hizo Wessel Duval. Con todo, la mejor solución a esta dificultad era constituirse en sociedad anónima, por cuanto aseguraba la continuidad de la empresa como conjunto, a la vez que protegía la fortuna personal de sus dueños. La primera de las grandes firmas comerciales de Valparaíso que adoptó esta fórmula fue la casa Grace en 1918. Ya antes, en 1894, la sociedad matriz en los Estados Unidos se había transformado en sociedad anónima con un capital de US$ 3 millones. Williamson Balfour resolvió seguir este camino en 1929, cuando se avecindaba la posibilidad de retiro o muerte de los socios principales33. Más tarde, a partir de la década de 1940, otras casas comerciales porteñas como Vorwerk y Gibbs hicieron lo mismo. Por su parte Duncan Fox, que enfrentaba el mismo problema en Gran Bretaña se transformó en sociedad anónima inglesa en 1928, con el fin de atraer capital fresco que reemplazara al de los socios salientes, sin perjuicio de lo cual la casa de Valparaíso quedó como sociedad limitada34.

Como vimos, los socios principales de estas compañías en Chile vivían en Londres, Liverpool, Hamburgo o Nueva York, y los socios y apoderados residentes en Chile eran por lo general extranjeros que no echaron raíces en el país. A diferencia de aquellos ingleses que llegaron al país a comienzos del siglo pasado, que sucumbieron al encanto de las chilenas, se casaron y terminaron por avecindarse en Chile, estos formaban familia con mujeres de su nacionalidad y finalizaban sus días en su propia patria. Lo corriente era que permanecieran solo un determinado número de años en Valparaíso u otra ciudad de la costa. Los jóvenes venían a realizar una etapa de aprendizaje; más adelante en su carrera, lo hacían en calidad de jefes de la casa en Chile, pero de seguir en la firma su trayectoria culminaba, por lo general, como socios en la casa matriz. Así, por ejemplo, todos los apoderados principales de Williamson Balfour en Valparaíso terminaron por regresar a Inglaterra, salvo David Allardice, quien se retiró de la compañía en 1875 para seguir en el puerto con su propia empresa. Lo mismo es válido para el caso de Duncan Fox & Cía., cuyos socios principales en Valparaíso durante este período, continuaron luego en la casas de Liverpool o Londres.

No sucedía lo mismo, en cambio, con las firmas españolas o italianas donde la tendencia era que sus socios se radicaran en el país. Hay, por cierto, excepciones como Fernando Rioja Medel, dueño de la Compañía de Tabacos, o el industrial salitrero Gregorio Fidel Astoreca, que regresaron a su patria después de hacer fortuna en Chile, pero son los menos. Resulta revelador el comentario del Cónsul General de España, en un informe de 1932 sobre los intereses económicos de su país en Chile, en el sentido que "no podría asegurarse que exista sociedad o empresa española alguna porque las establecidas no se organizaron al amparo de nuestras leyes", aun cuando "sus asociados sean de nacionalidad española o aporten capital procedente de España". El cónsul británico no habría hecho afirmación semejante.

En todo caso, un elemento común a los comerciantes extranjeros de distintas nacionalidades, ya sea que terminaran por quedarse en Chile o que regresaran a su patria, era la tendencia de asociarse para sus negocios con personas de su misma nación.
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