Modelo soviético, estilo magiar: fútbol húngaro en el régimen comunista






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Modelo soviético, estilo magiar: fútbol húngaro en el régimen comunista


“El comunismo existió, sí. Fue durante dos tiempos de 45 minutos, en Wembley” Jean-Luc Godard, en Nuestra Música (en referencia al partido en el que Hungría vapuleó por 6 a 3 a Inglaterra en 1953 en el mítico estadio londinense)

Introducción

Una mañana de lunes de 1949, Mátyás Rákosi consultó a un asesor sobre el partido de fútbol entre el Ferencváros y el Vasas del día anterior. Cuando su secretario le respondió que no sabía porque había estado ocupado con asuntos más importantes para el país durante el fin de semana, el Secretario General del Partido Comunista Húngaro le dio una lección: el deporte es siempre un importante asunto político, sobre todo cuando se enfrentan un equipo de derecha y uno de izquierda.

Esta curiosa anécdota relatada por el sociólogo húngaro Miklós Hadas1, director del Centro de Género y Cultura de la Universidad de Ciencias Económicas de Budapest, refleja la centralidad que desde un primer momento el gobierno comunista de Hungría le otorgó al fútbol. Alejados de la creencia propia de los primeros pensadores comunistas y socialistas de que el fútbol era un juego que distraía al proletariado de sus intereses de clase y ocultaba la explotación de la que eran víctimas, el régimen soviético entendió que este deporte podía resultar tan beneficioso en caso de ser bien utilizado como perjudicial si no se lo atendía como era debido y tanto en la URSS como en sus países satélites se le prestó real atención al tema.

Con la mirada puesta en el caso de la República Popular de Hungría, este breve estudio pretende explicar cómo fue la modalidad de intervención y cuál fue la verdadera injerencia del gobierno en el fútbol, además de intentar desentrañar cuáles fueron los intereses que llevaron a los dirigentes del país a tomar las decisiones concernientes a este deporte.

El caso magiar es especialmente rico porque en ese país no sólo se replicaron las políticas deportivas características de todos los países comunistas, sino que también se concibió a uno de los mejores seleccionados de la historia, la Hungría de los “magiares mágicos”, un equipo que brilló hasta que la fallida Revolución Húngara de 1956 desmanteló a ese gran plantel de jugadores.

El trabajo, dividido en tres apartados, analiza en el primero de ellos lo que sucedió con los clubes una vez que el gobierno nacionalizó el fútbol en 1949. La segunda sección se ocupa específicamente del seleccionado nacional y esboza las razones que llevaron a la formación de tan maravilloso equipo, sus logros y las razones de su caída. El tercer apartado se posa sobre lo acontecido tras los sucesos de 1956. Por último, unas reflexiones finales ponen lo anteriormente narrado en el contexto del bloque soviético.

Clubes viejos, ideología nueva

Los comunistas húngaros comenzaron a intervenir el fútbol del país recién en 1949. Hasta entonces, habían estado preocupados por colaborar con la reconstrucción de posguerra y formar la coalición de gobierno en primer término, y luego por eliminar poco a poco a los elementos no deseables de aquella coalición utilizando la táctica de la coerción y la persuasión conocida como “la táctica del salame” (Várnagy, 2011).

Los asuntos del fútbol estarían muy fuertemente vinculados con los asuntos de gobierno, y así lo confirmó la primera de las medidas respecto de este deporte tomadas por el líder de la flamante República Popular de Hungría, Mátyas Rákosi. En 1949, cada club recibió a una figura política como interventor. Ministerios, unidades regionales y diversas ramas de la economía se adueñaron de cada una de las entidades deportivas. La importancia de las instituciones pasó a estar medida en el rango que ostentaba su nuevo presidente dentro del gobierno del Partido de los Trabajadores Húngaros.

Los orígenes de los dos principales clubes de fútbol del país, el Ferencváros (FTC, según sus siglas en húngaro) y el MTK (Magyar Testgyakorlók Köre) influyeron a la hora de elegir a sus nuevos dirigentes.

El MTK había sido fundado en 1888 en Budapest por la influyente burguesía judía de la ciudad y más allá de su componente religioso había sido el primer club de clase media y abierto a todo aquel que quisiera practicar deporte, sin discriminaciones. Las discriminaciones, sin embargo, las sufrirían ellos por parte de una sociedad que con el correr de las décadas fue aumentando su antisemitismo hasta llevar al poder a un partido de extrema derecha y aliado de los nazis como fue el Partido de la Cruz Flechada. La intolerancia para con los judíos y, por añadidura, para con el MTK, acabó con la disolución del club en 1940 tras haber sido obligado a jugar un año sin jugadores judíos en sus filas2.

En 1950, el MTK, que ya había vuelto a existir bajo el nombre de Hungárya FC, fue otorgado por el gobierno al gremio de la industria textil –actividad con fuerte presencia judía- y renombrado Textiles SE. Pero al año siguiente se hizo cargo del club la policía secreta del régimen, la temida ÁVH. Su nombre pasó a ser primero Bástya SE (Bastión SE) y luego Vörös Lobogó SE (Bandera Roja SE). El control de la ÁVH sobre el club durante el comunismo dejó una importa huella en la sociedad húngara, que tomó esta unión entre el “club judío” y la policía secreta como un símbolo de continuidad entre lo que supo ser la élite judía capitalista del viejo sistema político y la “nueva” élite judía comunista, que no era más que el reciclado de la antigua (Hadas, 2000). Incluso hoy en día, para los antisemitas húngaros ser judío es sinónimo de capitalista y, también, de comunista (Várnagy, 2011).

Mientras que el MTK pudo mantener cierta competitividad, el Ferencváros lejos estuvo de conservar su nivel en los primeros años del régimen comunista húngaro. Sus raíces alemanas, su fuerte componente nacionalista y el hecho de haber sido la entidad favorita del Partido de la Cruz Flechada convirtieron al club en un verdadero enemigo del comunismo. Sin embargo, Ferencváros era el club más popular del país al haber conquistado no sólo a los trabajadores de clase media baja del Distrito 9 de Budapest, sino también a los húngaros del interior del país que simpatizaban por el equipo de las afueras de la capital que competía de igual a igual con la alta burguesía representada por el MTK, y disolverlo constituía un alto costo político que el gobierno no estaba dispuesto a pagar (Hadas, 2000). Así las cosas, en 1950 decidieron otorgarle el control del club al Sindicato de Trabajadores de la Alimentación y cambiarle el nombre a ÉDOSZ SE y luego, en 1951, a Kinizsi, además de sustituir el tradicional verde y blanco de su camiseta por el blanco y rojo. Este sindicato no tenía demasiado peso dentro del gobierno y eso afectó al club, que vio como sus mejores jugadores emigraron rápidamente y no pudo ser campeón en toda la década del 50.

El poderoso Ministerio del Interior, que tanto había servido a los comunistas para socavar la legitimidad del gobierno de coalición de la inmediata posguerra, se reservó para sí el derecho de adueñarse del Újpest TE (UTE), el equipo de mejor actualidad por entonces. El UTE era el tercer club en importancia del país y una especie de punto medio entre el MTK y el Ferencváros: había sido fundado en 1885 en Újpest, una pequeña ciudad al norte de la capital –más adelante fue integrada a Budapest como un distrito más- poblada principalmente por trabajadores industriales y una pequeña burguesía judía. Sus nuevos dirigentes le cambiaron el nombre por Újpest Dózsa en homenaje a György Dózsa, un guerrero húngaro del Siglo XVI que lideró una revuelta campesina contra los terratenientes de la zona que fue tomado como héroe nacional por los comunistas.

Fuera de estos “tres grandes”, los restantes clubes no tenían demasiada fama en el momento en el que los comunistas se hicieron con el poder del país. El único equipo distinto capaz de ganar algún campeonato antes de 1949 fue el Csepel SC, club patrocinado por la fábrica más grande de Hungría, la Manfréd Weiss Works, que de todas maneras no tenía casi aficionados en la ciudad. Un club que sí era popular a pesar de no tener títulos era el Vasas SC, que había sido fundado en 1911 por los trabajadores del hierro y del acero. Paradójicamente, los orígenes obreros del Vasas lejos de enorgullecer a Mátyas Rákosi y sus asesores les suscitaron desconfianza por la afinidad entre este club y la social democracia, y si bien no lo disolvieron ni le cambiaron el nombre, se preocuparon porque siguiera sin tener grandes resultados deportivos (Hadas, 2000).

Los nuevos nombres elegidos para los clubes tuvieron como objetivo de colaborar con la propaganda socialista. Más allá de que el fútbol en Hungría estaba concentrado prácticamente en su totalidad en Budapest, los clubes del interior también fueron apropiados y sufrieron cambios en sus denominaciones. Muchos de ellos se bautizaron con los nombres de las ramas que representaban, como Bányász (mineros, en húngaro) o Épitok (constructores). También algunos fueron elegidos a partir de slogans comunes del socialismo: Haladás (progreso) o Elore (avance). Otros, en cambio, imitaron a los clubes importantes de la capital y optaron por Dózsa o Honvéd3.

El Budapest Honvéd SE (Defensores de Budapest) fue el equipo más ganador de la primera etapa del comunismo en Hungría. El Ministerio de Defensa se apropió del mismo cuando era un humilde club de la localidad de Kispest y lo transformó en pocos meses en el conjunto más poderoso del país. Con la venia del Ejército húngaro y del Viceministro de Deportes y seleccionador nacional, Gusztáv Sebes, el Honvéd se convirtió en multicampeón local y admirado en el mundo. También en el banco de pruebas de la mejor Selección nacional del momento y una de las mejores de la historia del fútbol: la Hungría de los “magiares mágicos”4.

Los “magiares mágicos”

Gusztáv Sebes fue elegido como el encargado de la Selección húngara en 1949 cuando se nacionalizó el fútbol en ese país. En su juventud había aprendido que las mejores selecciones que había visto jugar, la italiana y la austríaca de los años 30, se habían conformado a partir de uno o a lo sumo dos clubes que aportaban jugadores y quiso imitar ese accionar en Hungría. Con el apoyo absoluto de un gobierno totalitario como el de Rákosi que pretendía utilizar los triunfos del fútbol como imagen publicitaria del régimen, tomó el Kispesti FC junto al Ministerio de Defensa y se ocupó de que los mejores jugadores del país llegaran al club.

El plan desarrollado para tal fin era muy sencillo: cuando aparecía un jugador con nivel de Selección éste era obligado a hacer la conscripción y, una vez al mando del Ejército, puesto a las órdenes de Sebes en el flamante Budapest Honvéd (Wilson, 2006). Rápidamente se sumaron a un plantel que ya contaba con destacadísimos futbolistas como Ferenc Puskás y József Bozsik figuras como Kocsis, los hermanos Budai, Lóránt, Czibor y Grosics. Estos ocho jugadores serían titulares en la Selección que pasaría a la historia como “los magiares mágicos” o “el equipo de oro”. Los restantes tres integrantes provendrían del MTK: Lantos, Zakariás y Hidegkuti.

Cuando Sebes logró su objetivo primario, comenzó a llevar adelante sus ideas futbolísticas de la mano de un entrenamiento totalmente innovador para la época. Los jugadores estaban casi plenamente avocados a la Selección, con prácticas físicas, tácticas y estratégicas cuatro veces por semana entre cuatro y seis horas por día. Sus clubes –no por casualidad, ambos de Budapest- los disfrutaban nada más que los fines de semana, cuando se presentaban a los partidos5. Socialista convencido, Sebes confeccionó un equipo solidario y comprometido en donde todos los jugadores tenían la misma importancia que bautizó como “fútbol socialista”, un estilo de juego que fue antecesor directo del “fútbol total” practicado por Holanda en la década del 706.

Su primera demostración de poderío fue en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952. El camino hacia la medalla de oro fue prácticamente un paseo para los húngaros, que vencieron en la final a la poderosa Yugoslavia por 2 a 0. Antes de ese encuentro, Sebes recibió una llamada de Rákosi en donde el Primer Ministro le dejó en claro que no se toleraría una derrota. Las presiones al seleccionado eran comunes en tiempos de la dictadura estalinista de Rákosi, donde no se dejaba jugar siquiera amistosos al equipo si la victoria no estaba asegurada7. La Yugoslavia de Tito, además, era un adversario ante el que había que demostrar la superioridad del socialismo al estilo soviético.

El Nuevo Curso tomado por Hungría tras la muerte de Stalin a comienzos de 1953 y la llegada de Imre Nagy al puesto de Primer Ministro relajaron el terror vivido hasta entonces por la sociedad húngara, pero el conjunto nacional de fútbol siguió siendo utilizado políticamente. Sus grandes resultados moralizaban a la nación, y ése era un aporte que la nueva dirigencia comunista no estaba dispuesta a ceder.

El 25 de noviembre de 1953 un partido de fútbol se dio lo que muchos consideran el único triunfo del socialismo sobre el capitalismo. En un estadio de Wembley copado por 100.000 británicos, los “magiares mágicos” vapulearon a su par de Inglaterra por 6 a 3. La revolucionaria táctica de 4-2-4 utilizada por los de Sebes enloqueció a los ingleses, que cayeron por primera vez en su historia como locales ante un combinado extranjero. Los medios del mundo titularon al duelo como “el partido del siglo” y hoy en día se cree que esa demostración húngara en Londres fue el nacimiento del fútbol moderno8. En la revancha, disputada en Budapest en marzo de 1974, Hungría masacró a Inglaterra por 7 a 1.

Con este panorama, el “equipo de oro” llegó como máximo favorito al Mundial de Suiza 1954. Los húngaros no tuvieron ningún inconveniente en golear en cada uno de sus partidos hasta la final, donde se encontraron con Alemania Federal, una selección a la que habían vencido 8 a 3 en la fase inicial del certamen. Pese a empezar ganando 2 a 0 a los ocho minutos de partido, los germanos se repusieron e increíblemente dieron vuelta el encuentro sacando provecho del mal estado del campo de juego y de un conjunto magiar disminuido físicamente para acabar ganando por 3 a 2.

Este partido, que pasó a la historia como “El milagro de Berna”, fue sólo un accidente dentro de la supremacía mundial de un seleccionado húngaro que tuvo una racha de 42 victorias, seis empates y tan sólo esa final perdida en 49 encuentros disputados entre 1951 y 19569. Solamente los acontecimientos políticos vividos por Hungría a fines de 1956 pudieron acabar con la magia de este conjunto que cambió para siempre al fútbol mundial. Los tanques soviéticos que entraron al país para desmantelar la Revolución el 4 de noviembre de ese año se llevaron también consigo a una de las más maravillosas generaciones de futbolistas jamás vista.

El fin de dos revoluciones

Una vez que las tropas del Pacto de Varsovia tomaron el control de Budapest y aplastaron definitivamente la Revolución, el gobierno comunista soviético designó desde Moscú a Janos Kádár como Primer Ministro de Hungría. Su primera función consistió en condenar a los responsables del levantamiento, y Kádár cumplió con lo prometido: durante los tres años siguientes se ejecutaron a unas 400 rebeldes y se condenó a prisión a aproximadamente 21.000 personas (Martos, 2011). Entre los ejecutados estuvo Imre Nagy, el líder político reformista que había asumido el poder durante los doce días de revolución.

El admirado plantel del Budapest Honvéd vivió los violentos acontecimientos desde afuera. El 7 de noviembre debía jugar un encuentro por la Copa de Campeones de Europa contra el Athletic Bilbao en esa ciudad y el equipo había salido del país antes de que el poder militar soviético se hiciera presente en suelo magiar. Al ver la brutalidad de la represión que caía sobre su propio pueblo, los jugadores del Honvéd decidieron no volver a Hungría y, en cambio, comenzaron a jugar una serie de amistosos a lo largo del continente hasta que la situación política y social mejorara10. La popularidad mundial del equipo le permitió al plantel juntar una buena cantidad de dinero a partir de exhibiciones que dieron incluso en suelo americano y, tras repartirse el botín entre todos a comienzos de 1957 algunos de ellos decidieron regresar a Hungría11. Sin embargo, tres de sus mejores jugadores, Puskás, Czibor y Kocsis, eligieron cumplir con la sanción de dos años impuesta por la FIFA y quedarse a jugar al fútbol en España. Mientras el primero firmó para el Real Madrid, los otros dos fueron contratados por el Barcelona. Con los años, los tres se convirtieron en grandes ídolos del fútbol español.

El fútbol húngaro sintió fuertemente el impacto. Budapest Honvéd quedó tan mermado deportivamente que el gobierno tuvo que interceder en 1957 para que no descendiera y salvar el honor del club del Ejército (Wilson, 2006). La “traición” de sus jugadores bastó para que el Honvéd dejara de ser el equipo favorito del régimen, posición que pasó a ocupar el Vasas SC, club que ganó sus cinco primeros campeonatos en los diez años iniciales del gobierno de Kádár. También fue poco a poco mejorando deportivamente el Ferencváros, la institución más popular y también más mirada con recelo por los comunistas húngaros.

El ascenso de Ferencváros tiene su explicación política. Una vez consolidado su poder y luego de eliminar a los principales protagonistas de la Revolución, Kádár optó por dar más libertades económicas y culturales al pueblo húngaro (Martos, 2011). En un claro gesto político hacia su población, devolvió a los dos clubes más populares del país, el Ferencváros y el MTK, sus antiguos nombres y colores como señal de que había habido un cambio de rumbo respecto al terror instaurado por Rákosi, fiel discípulo de Stalin. Pero los mismo argumentos que le devolvieron su nombre original al MTK lo llevaron a la mediocridad deportiva: consciente de que el imaginario colectivo relacionaba el régimen de Rákosi con el “comunismo judío”, Kádár se ocupó de que el MTK no ganara campeonatos para no generar un brote nacionalista en la población (Hadas, 2002). Recién en 1987, con un gobierno debilitado y en retirada, el MTK pudo volver a ser campeón.

En cuanto a la Selección nacional, el “equipo de oro” perdió en pocos meses todo el prestigio que había cosechado durante más de un lustro. Sin Sebes –cesanteado de su cargo en 1956- en el banco ni los jugadores del Honvéd en cancha, fue derrotada en su primer partido de 1957 por la débil Noruega. A pesar de clasificar al Mundial de Suecia en 1958, sufrió una dolorosa eliminación en primera ronda.

La década del 60 vería una Selección húngara nuevamente competitiva, que iba a redondear un buen Mundial en 1962 y un tercer puesto en la Eurocopa de 1964. Ese mismo año ganaría, además, una nueva medalla de oro en los Juegos Olímpicos, logro que repetiría cuatro años más tarde en México. Sin embargo, cabe decir que el buen desempeño magiar en los Juegos Olímpicos se debe en gran parte a que esta competencia no admite a jugadores profesionales en los equipos, una circunstancia aprovechada al máximo por los países comunistas, que supuestamente no tenían ningún jugador rentado y eso les permitía contar con los mejores planteles del certamen.

El juego alegre, de toque y gambeta tan característico del Danubio se fue perdiendo progresivamente desde 1956 y ni siquiera la aparición de Florian Albert, elegido el mejor de Europa en 1967, ni el hecho de ser considerada la segunda mejor liga del continente por la UEFA entre 1968 y 197212 pudieron detener la sangría que afectaba a los estadios de los clubes de fútbol húngaros, que nunca volvieron a estar llenos.

Reflexiones finales

La modalidad de intervención en el fútbol húngaro que comenzó a fines de la década del 40 fue en líneas generales la misma que se llevó adelante en los demás países de Europa del Este. El Ejército soviético, al liberar la zona de la invasión nazi, no sólo trajo consigo una ideología comunista que hizo cumplir a rajatabla en estos territorios, sino también un manual de acción para los distintos aspectos y asuntos de la sociedad, entre los que se encontraba el deporte en general y el fútbol en particular.

Tal como sucedió en la Unión Soviética, los nuevos Estados comunistas nacionalizaron los clubes y los repartieron mayormente entre las instituciones, gremios y ramas de la industria. Viejos clubes con los que la gente se había identificado desde que fueran creados a finales del Siglo XIX y comienzos del XX para practicar este “deporte inglés” fueron súbitamente tomados y vaciados de contenido por el régimen para ser moldeados a su antojo.

De la noche a la mañana, los organismos de cada Estado se vieron involucrados de lleno en los entretelones del fútbol, transformando en muchos casos los partidos entre “sus” clubes en verdaderas contiendas en las que se medía el poder y la influencia de cada institución. En este contexto, las presiones, los negociados y las venganzas estuvieron a la orden del día.

Esta competencia feroz que se dio al interior de los países comunistas se replicó a nivel de selecciones. Cada triunfo de un combinado nacional sobre otro era vivido como una demostración de la superioridad de su régimen sobre el del país derrotado. Hungría fue, en este sentido, quien más pudo sacar provecho de esta situación al contar con una generación de futbolistas excepcional como fue la de los años 50. Su gobierno se vio beneficiado no sólo ante los ojos de sus vecinos, sino también ante el mundo con demostraciones como la del amistoso en Londres ante la escuadra inglesa.

Un fútbol tan relacionado con el régimen no pudo vivir sino al ritmo de éste. Si bien Hungría jamás pudo igualar el nivel superlativo mostrado previo a la Revolución de 1956, contó siempre con equipos más que respetables mientras el comunismo gozó de buena salud. Lo mismo ocurrió con los demás Estados de Europa del Este. La caída del comunismo significó un cambio total en la organización del fútbol en estos países que afectó en gran medida el nivel de sus ligas locales y su competitividad en el plano internacional. Hoy, las grandes victorias del fútbol húngaro se ven tan lejanas para el pueblo magiar como la posible vuelta del comunismo.

Bibliografía

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