El siguiente tramo de esta historia recorre la crisis del Uruguay “clásico”, la que tal vez encuentra su punto culminante en el golpe de Estado del 27 de junio






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QUIEBRA DEL MODELO (1955-1973) – G. CAETANO-J. RILLA, “Historia Contemporánea del Uruguay. De la colonia al siglo XXI”, p. 271-279.
El siguiente tramo de esta historia recorre la crisis del Uruguay “clásico”, la que tal vez encuentra su punto culminante en el golpe de Estado del 27 de junio de 1973. Con la perspectiva que otorga el tiempo, sólo bastante después de aquel desenlace -también producido en Chile y tres años más tarde en la vecina Argentina— es posible incluir el drama en una secuencia de más larga duración, durante la cual se habían invertido aceleradamente algunos de los rasgos más típicos de la formación social y política uruguaya. Una sociedad amortiguadora, hiperintegrada, partidocrática, frágilmente próspera, pero próspera al fin, declinó en su capacidad de innovación y reproducción, para ingresar en una fase de radicalizaciones y violencias sin precedentes en el siglo XX.

Aparte de algunas continuidades, no había sido aquella una crisis más, de las tantas procesadas en el país. Por el tipo de límites que rebasaba, por el carácter de los actores involucrados, por el contexto mundial y regional en que se había desenvuelto, puede ser vista, a la distancia, como una crisis en verdad «estructural».

Hacia mediados de la década del cincuenta, el ciclo económico mundial distaba mucho de haberse estancado. La expansión e integración de Europa occidental, de la Unión Soviética y sus constelaciones, de Estados Unidos, Canadá y sobre todo del Japón no autorizaban -por lo menos al observador más desprevenido— a pensar que veinte años más tarde, a comienzos de los setenta, la economía capitalista mundial ingresaría en una fase crítica caracterizada por la caída de la rentabilidad de los negocios, la quiebra (a partir de la inconvertibilidad y devaluación del dólar resuelta por Nixon en 1971) del precario orden financiero internacional de Bretton Woods, una crisis energética (a partir de la triplicación del precio del petróleo en 1973) que alteraría radicalmente los límites de la producción industrial y los flujos financieros, y una expansión del endeudamiento cuyos resultados más adversos en América Latina se harían notar en la década del ochenta.

La estricta bipolaridad de posguerra (dialéctica verdaderamente constituyente de las relaciones internacionales del siglo hasta 1989) pareció sin embargo erosionarse en la medida en que nuevos actores y conflictos amenazaban con relegarla a un segundo plano. Entre múltiples transformaciones, además de una actitud más «coexistente» de las potencias, deben registrarse fenómenos tales como el de una Europa más integrada y próspera, con gestos incluso altivos e independientes como los que dieron perfil distintivo al gaullismo; la emergencia de la China comunista, en durísimo litigio con la otrora aliada Unión Soviética; la articulación política del mundo pobre -dependiente o descolonizado-, que bien pronto comenzó a ensayar demandas de un nuevo orden económico internacional transformado así en una suerte de programa para el «Tercer Mundo» (la expresión es también de los años cincuenta); y por último, el estallido y triunfo de la Revolución Cubana, transformada en referencia para militantes, partidos, movimientos e intelectuales sobre todo de América Latina, aunque rápidamente integrada a los compromisos de la Guerra Fría.

Que este fuera el fondo de la crisis estructural del Uruguay no equivale por cierto a aceptar sin más una sostenida y plena integración a sus restricciones, o a una dependencia en el más perezoso de los sentidos, o al simple reino de la «necesidad» que no podía sino hallar el epílogo que luctuosamente encontró. Por el contrario, si un rasgo medular ofrecen nuestros «años sesenta», debería hurgarse en ellos una empeñosa búsqueda, un estallido (sin euforia ni alegría, es cierto) de proyectos y propuestas «de salida», una sensibilidad colectiva dominada por la urgencia del «cambio», o -en el peor de los casos- de una apasionada defensa de las posiciones adquiridas.

EL FIN DE LA RESTAURACIÓN NEOBATLLISTA

Como era ya tradicional en el Uruguay, la crisis económica de mediados de los años cincuenta volvió a constituirse en un momento propicio para revisiones y promesas de cambios profundos. Sin embargo, los primeros fenómenos que anunciaron con claridad la inflexión recesiva marcaban que la prosperidad estaba tocando límites más comprometedores y que la crisis del viejo orden tenía una inocultable hondura estructural. El estallido de desequilibrios de larga duración se ponía entonces de manifiesto con extrema celeridad, quedando al desnudo la fragilidad (aunque también, como veremos, alguna capacidad de persistencia) de muchos de los cimientos de la peripecia del último medio siglo del Uruguay «clásico».

Esta crisis estructural consolidó su presencia a partir de un cambio radical en los mercados capitalistas. En el área latinoamericana, al tiempo que se expandían fuertemente las inversiones directas de los Estados Unidos en la región, decrecía la demanda internacional respecto de los productos latinoamericanos. Los precios internacionales iniciaban de ese modo un curso claramente desfavorable para los países del continente, que en forma progresiva ingresaban en la espiral del endeudamiento. Una vez más, el comercio exterior se constituyó en el canal de entrada predilecto de la crisis en el país: el deterioro de las relaciones de intercambio se reflejó rápidamente en los saldos negativos de las balanzas comercial y de pagos.

En suma, como en los tiempos de la «prosperidad frágil», el factor externo constituyó una de las principales claves explicativas de la nueva crisis uruguaya. Pero por cierto que no la única. A contramano de lo que por entonces sostenían las visiones dependentistas más extremas, el colapso también reflejó la culminación de viejos desequilibrios de raíz local.

Así, el estancamiento ganadero que la crisis vino a ratificar y profundizar, volvió a reconocer razones de larga duración, sumándose ahora el freno de la expansión agrícola. Por su parte, el freno del impulso industrializador -como ha estudiado entre otros Germán Rama— tuvo también mucho que ver con la explosión de problemas ya visibles durante la etapa del desarrollo acelerado: la índole muchas veces particularista e indiscriminada del proteccionismo oficial, que comprometió la viabilidad del proyecto; la apuesta restrictiva a un mercado interno pequeño, sumada a la dependencia de un mercado inelástico de bienes de capitales; la escasa atención prestada a la innovación tecnológica y a su necesaria vinculación con una reforma educativa profunda; la ausencia, una vez mis. de un empresariado vigoroso, capaz de conducir y profundizar el impulso; entré otros. Asimismo, el estancamiento productivo y la caída de las exportaciones se volvían mis graves ante una nueva constatación de la rigidez de la estructura de importaciones. Por último, la situación también deteriorada de las economías vecinas clausuraba la venta de servicios (turismo, intermediación financiera y comercial, etc.) como vía de salida -ya clásica— de la economía uruguaya.

La crisis económica era entonces estructural, no solo porque expresaba una modificación radical en el mercado mundial y en la inserción internacional del país, sino también porque expresaba -como ninguna otra coyuntura anterior- la quiebra definitiva de toda una construcción económica de larga duración que había demostrado incluso una notable capacidad de ajuste ante las coyunturas adversas.

Las condiciones emergentes de la nueva situación económica tradujeron a las claras la gravedad (en buena medida inédita) del desafío que se iniciaba: se rompió aceleradamente la estabilidad tradicional de los precios internos, ingresándose en una fuerte espiral inflacionaria;71 se desató una dura lucha por un excedente económico estancado, pautada -entre otras cosas— por una explosión de las actividades especulativas y por una acrecida corporativización de las relaciones sociales y políticas; el déficit presupuestal aumentó sensiblemente, al tiempo que el nivel de actividad descendía y el PBI retrocedía por primera vez en muchos años.

Los indicadores recesivos comenzaron a evidenciarse a partir de 1955, por lo que la vuelta de Luis Batlle al gobierno (al frente del segundo colegiado, entre 1955 y 1959) estuvo marcada a fuego por esa coyuntura de crisis radical. La agitación y el descontento se hicieron sentir rápidamente en todos los sectores de la sociedad uruguaya. Los ganaderos arreciaron sus críticas contra el gobierno (en particular, respecto a la política cambiaría) y adoptaron drásticas medidas que fueron desde la retención de los excedentes exportables de lana hasta el contrabando liso y llano, como formas de presión devaluatoria sobre el tipo de cambio. Los industriales comenzaron a distanciarse de las posiciones oficiales, endureciendo sus relaciones con los sindicatos. Estos, por su parte, potenciados en su desarrollo tras las décadas de impulso industrializador, resistieron de inmediato las presiones a la baja sobre los salarios y los niveles de ocupación. Las viejas estrategias concertantes aparecían desbordadas por el descontento generalizado y por la reducción en la capacidad de arbitraje estatal de los conflictos, que se multiplicaron en número y gravedad.

71. El nacimiento de la inflación estructural

Hacia fines de la década del cincuenta, una presencia que al principio fue vista como huésped temporario se instaló en la economía del país: ¡a inflación. Reconocida a través de un alza sostenida en el nivel de los precios internos, pasó de 10,5 % en 1955 a 48,7 % en 1959. En adelante reconocería oscilaciones y hasta descensos significativos, mas nunca volvería a los guarismos de las décadas anteriores.

El origen de este fenómeno, vinculado con la remuneración de los factores y con los criterios distributivos de las ganancias, ha sido objeto de explicaciones diversas, que van desde su visualización como tabla de salvación o correctora coyuntural de desajustes económicos, hasta su enjuiciamiento como responsable de todos los males sufridos por los sectores más carenciados de la sociedad.

La tesis monetarista, asociada a las recomendaciones del PMI, vinculaba la inflación al desequilibrio entre la demanda interna, el nivel productivo y la capacidad importadora del país. La exageración de la demanda se producía por el mal manejo de variables monetarias (déficit fiscal, tipo de cambio, ajustes salariales y créditos). Desde otro ángulo, la tesis estructuralista (entre cuyos voceros se contó la CEPAL) distinguía entre las llamadas presiones estructurales y los mecanismos de propagación. El problema inflacionario en Uruguay lleva casi medio siglo y aun así está muy lejos de haber sido esclarecido en profundidad, tanto en teoría como en política económica. «Hacia 1962 -escribió Samuel Lichtensztejn— se pudo comprobar que el proceso productivo agroindustrial seguía manteniendo su nivel de estancamiento y, en consecuencia, el comercio exterior continuaba confirmando su signo deficitario. Por su parte, los elencos políticos gobernantes, animados por objetivos electorales y a falta de otras fuentes de trabajo, aumentaban el número de funcionarios públicos. Como síntesis de este proceso puede señalarse la presencia de dos fenómenos antagónicos: por un lado, la tendencia de los capitales a no emplearse en actividades reproductivas; por otro lado, el propósito de redistribuir los ingresos en función de las presiones de distintos sectores capitalistas, de las necesidades del propio Estado (acuciado financieramente por los gastos crecientes) y de las reivindicaciones formuladas por los sindicatos para mantener el nivel de vida de obreros y empleados.» (Samuel Lichtensztejn: «Comercio internacional y problemas monetarios», col. Nuestra Tierra, N° 20, 2a parte, Montevideo, 1969.)

Las respuestas del gobierno ante la profundización de la crisis hicieron más notorios el agotamiento del modelo de desarrollo básicamente aplicado en el país desde el 900. La mayoría de las medidas gubernamentales fueron rutinarias y escasamente innovadoras, mientras las políticas públicas aparecían cada vez más prisioneras de la lucha de intereses contrapuestos. Los ajustes en el rumbo del gobierno, cuando se produjeron, resultaron tímidos y tardíos, y no obtuvieron suficientes señales de apoyo. Las denuncias de corrupción se multiplicaron, al tiempo que se deterioraban las bases políticas del gobierno. Un viaje de Luis Batlle -por entonces presidente del Consejo Nacional de Gobierno- a Estados Unidos en 1955 puso de manifiesto una vez más los duros condicionamientos del nuevo contexto mundial sobre nuestras exportaciones (en ese sentido, no parecía demasiado alentador el balance que podía hacerse en la época acerca de los alineamientos internacionales del país en las décadas anteriores).

Si a nadie podía sorprender que la crisis llegara al escenario político, lo que sí resultó llamativo fue la celeridad y la virulencia de sus efectos en ese plano. Todo parecía converger en la perspectiva de un creciente aislamiento del gobierno: a los procesos ya anotados se agregaba la agudización de los problemas en «la interna» batllista y colorada, la reunificación y los nuevos bríos del nacionalismo opositor (a cuyas filas se sumó, en 1958, el ascendente movimiento ruralista encabezado por Benito Nardone),72 la renovada agitación estudiantil en procura de una nueva ley orgánica para la Universidad.73 En ese contexto, los resultados electorales de 1958 parecieron adquirir la dimensión de una verdadera revolución política: el Partido Nacional (con la hegemonía interna del herrerismo) obtuvo una espectacular victoria con más de 120.000 votos de ventaja sobre el Partido Colorado, triunfando además en 18 de los 19 departamentos del país.

72. Benito Nardone y Chico-Tazo

Desafiando los condicionamientos culturales, de origen y político-partidarios, Benito Nardone (1906-1964), un montevideano hijo de trabajadores, batllista de la Ciudad Vieja, lector de economía, política e historia, se convirtió -en una suerte de simbiosis con su creación Chico-Tazo- en líder de gran convocatoria popular en el ámbito rural uruguayo. En 1940, a los 34 años de edad, comenzó a trabajar en lo que habría de ser su medio de comunicación por largos años, CX4, Radio Rural, donde realizaba comentarios del mercado de compra y venta de lanas, «avispando» a los productores acerca de la especulación y los manejos de que eran objeto por parte de los intermediarios y de quienes denominaría más tarde como los «galerudos». A las 11.45 de la mañana, con el Pericón Nacional de fondo, se incorporaba Chico-Tazo (cuyo lenguaje mordaz e incisivo fue asimilado con su nombre al chasquido del rebenque) a las charlas y preocupaciones cotidianas de pequeños y medianos productores, y también de peones y jornaleros. Desde Montevideo, sí, pero en el mismo lenguaje de los receptores del mensaje. Ignorante de los encuentros que el destino le tenía preparados, frente a las reacciones que su prédica despertaba en las filas del herrerismo, Chico-Tazo decía, en 1948, desde su audición: «Chico-Tazo se está metiendo más de la cuenta en campaña. Es un pollo que amenaza con ser un gallo de mi flor pal reñidero. Y el viejo caudillo que en sus mocedades usó botas y poncho, y lanza y sable, siente la inquietud de quien a puro pico gana fama desde CX4 Radio Rural, en la clásica hora de once y media. [...] Se le quiere callar pidiendo un decreto o proponiendo una ley al grito de^ «Volvéte, peludo, que esa no es tu cueva»«.

Convocando adeptos de todos los bandos logró gestar una fuerza con cohesión gremial, el ruralismo, concretada en 1954 con la creación de la Liga Federal de Acción Ruralista, que, alianza mediante con el herrerismo, alcanzó la victoria en las elecciones de 1958. Amedio camino entre el campo y la ciudad, vestido a veces con bombachas, botas, saco y corbata, le tocaría ocupar la Presidencia del Consejo Nacional de Gobierno por 12 meses en 1960. (Ver Raúl Jacob, Benito Nardone. Elruralismo hacia el poder, Montevideo, EBO, 1981.)
Muchos anunciaron entonces, de manera solemne que el viraje electoral significaba «el corte más profundo en la historia uruguaya», advirtiendo que la derrota del batllismo en las urnas traducía en realidad el fin del «Uruguay batllista». Las expectativas rupturistas y fundacionales parecían alimentarse tanto a partir de los múltiples indicios de la hondura estructural de la crisis, como respecto a las señales y tendencias predominantes en los centros hegemónicos del mundo capitalista. Algunos sostuvieron entonces que había legado en el Uruguay la hora de transformaciones traumáticas. Otros, en cambio, se mostraron más escépticos ante esa eventualidad, advirtiendo que las líneas de continuidad y «amortiguación» podían volver a operar aun después de la «tormenta».

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