Teoría de la elección racional






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títuloTeoría de la elección racional
fecha de publicación06.06.2015
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TEORÍA DE LA ELECCIÓN RACIONAL

Andrés-Felipe Sierra S.

¿Qué se entiende por Teoría de la Elección Racional?

La Teoría de la Elección Racional se entiende como la aproximación de la economía dominante a la comprensión del comportamiento humano. Según los planteamientos de Lionel Robbins (1951 [1932]), quien fue el primero en ocuparse en una definición de la economía alrededor del comportamiento humano, esta disciplina debe ocuparse del comportamiento humano que exhibe las siguientes cuatro características fundamentales:

“[1] The ends are various. [2] The time and the means for achieving these ends are limited and capable of alternative application. [3] At the same time the ends have different importance… [4] [W]e can use our lives for doing different things, our materials and the services of others for achieving different objectives” (pp. 12-3) “… then behavior necessarily assumes the form of choice” (p. 14).

En resumen, Robbins señala que “[e]conomics is the science which studies human behaviour as a relationship between ends and scarce means which have alternative uses” (Ibíd.: 16). Es importante destacar la ruptura que implica esta definición del ámbito económico con las definiciones clásicas de la economía: según el autor, la economía ya no se ocupa de estudiar temas substantivos como la producción, distribución y consumo de bienes y servicios en el mercado, sino de todo comportamiento humano que cumpla las condiciones anteriormente nombradas; esto quiere decir que ahora la economía tiene un ámbito más amplio y que se desarrolla alrededor del problema de la elección bajo escasez.

En esta misma línea de estudio, Stigler (1984) extiende aún más el análisis de la economía. Su propósito es llevar la definición de Robbins al extremo de sus posibilidades, de tal manera que pone en evidencia que la definición de aquel en 1932 implica que la elección bajo escasez es un fenómeno económico porque estudia la eficiencia de la elección misma. De esta manera, en principio, él puede formular el siguiente argumento:

“[w]hen one reflects on the Robbins definition, does it not make economics the study of all purposive human behavior? If a person seeks to attain a given end –it can be as important as a livelihood or as fugitive as an interlude of quiet from noisy children– does not one seek to achieve the desired end by efficient action, by action calculated to achieve the end easily?… There are ends and scarce, versatile means in virtually every conscious act of life” (1984: 302; resaltado nuestro).

La propuesta de la TER se resume así en el problema de elección del individuo bajo condiciones de escasez y por lo tanto, donde debe existir una disyuntiva (trade-off) entre alternativas posibles dentro del marco de las restricciones correspondientes (Stigler 1984:301 y Frey y Benz 2004:65-6). Esto se formaliza bajo la figura de la maximización de una función objetivo, que puede ser de utilidad en el caso de los consumidores, o de beneficios en el caso de las firmas. Como se verá más adelante, el contenido mismo de las funciones objetivo es muy variado y corresponde a la búsqueda del interés propio de cada agente.

Mas-Colell muestra entonces que “The starting point for any individual decision problem is a set of possible (mutually exclusive) alternatives from which individuals must choose” (Mas-Colell et al 1995:5). Obsérvese que este conjunto de alternativas puede estar constituido por cualquier tipo de mercancías, es decir, cualquier tipo de elementos que puedan intercambiarse en mercados explícitos (como el de la mayoría de bienes y servicios) o implícitos (como es el caso de los mercados de parejas o de votos).

¿En qué consiste la racionalidad de la Teoría de la Elección Racional (TER)?

La racionalidad de la TER puede comprenderse en un doble sentido: en cuanto a la forma que toman las preferencias y como una elección de medios para la consecución de fines predeterminados.

Respecto al primer sentido de racionalidad, los dos criterios básicos para la evaluación de las preferencias son la completitud y la transitividad. La completitud hace referencia a la capacidad que tiene un individuo de ordenar cualesquier par de objetos según una relación de “al menos tan bueno como”; mientras que la transitividad hace alusión a la coherencia de estos ordenamientos (Mas-Colell et al 1995:6-7).

Veamos un poco mejor estas características mediante un ejemplo del tipo de preferencias. Supongamos que un individuo tiene que elegir su almuerzo. Sus preferencias tienden a ser carnívoras, de tal manera que según este criterio ordena las canastas de posibilidades desde las ensaladas como menos preferidas, hasta los platos con gruesos cortes de res. Podemos afirmar que este individuo siempre podrá decir si quiere más, menos o igual el plato A al plato B, es decir, que la totalidad de sus posibilidades de acción están ordenadas según sus preferencias. A esto le llamamos completitud.

Adicionalmente, estas preferencias son consistentes: siempre que A sea preferido a B, no se puede decir que B es preferido a A. Esta misma consistencia por pares, se exige con tres elementos: si el almuerzo A es preferido a B, y B preferido a C, entonces no puede decirse que C es preferido a A. Se observa pues cómo en este último caso, el ordenamiento elegido por el agente entre díadas, se traslada a elementos no comparados directamente, siempre que el razonamiento sea entre parejas de canastas. Esto se conoce como transitividad.

Sin embargo, en el marco de la TER no se necesita hacer alusión al contenido mismo de estas preferencias. Existen dos formas de considerar esta situación: una en la que las preferencias se mantienen constantes bajo el supuesto de ceteris paribus y en segundo lugar, la propuesta de Becker y Stigler, en donde se expone la posibilidad de que los individuos tengan las mismas preferencias en todo momento: “we are proposing the hypothesis that widespread and/or persistent human behavior can be explained by a generalized calculus of utility-maximizing behavior, without introducing the qualification ‘tastes remaining the same’” (1977:76; resaltado nuestro).

En particular, se ha difundido esta última perspectiva, pues ambos autores muestran en el artículo citado, que su aproximación es más potente, dado que se pueden explicar fenómenos sociales que tradicionalmente tenían que ver con cambios en las preferencias de los individuos.

De esta manera, los exponentes de la TER abandonan la explicación de la formación de preferencias y al mismo tiempo se permite cualquier conjunto de elementos para ser incluidos en las funciones objetivo de los agentes: desde bienes y servicios ofrecidos en un mercado, hasta los planes de otros agentes. Esto incluye el abandono consciente de estudios psicológicos y sociológicos sobre la forma como el ambiente social en que se desenvuelve un individuo afecta la ordenación y elección de fines (Wilson y Dixon 2008). Es decir, la TER es suficiente para explicar por sí sola todas las instituciones sociales, puesto que estas últimas son resultado de las interacciones individuales en mercados. De ahí que el estudio de la sociología se abandone en el marco de la TER. Adicionalmente, dado que esta teoría deja de lado los juicios sobre cómo se forman los estados mentales que dan origen a las preferencias, los estudios psicológicos también quedan por fuera de los análisis económicos.

En un segundo nivel, la racionalidad de la TER proviene de la elección eficiente de medios para la consecución de fines (que están determinados según las preferencias individuales). Esta forma de comprender la racionalidad es instrumental e implica unos flujos de información básicos para poder tomar decisiones consistentes. Según Stigler, citado por Vriend (1996), esta información permite la formación de oportunidades percibidas por los agentes.

En resumen, la TER propone una concepción de racionalidad formal, la que constituye justamente su gran ventaja: al tiempo que puede modelarse matemáticamente y presentar un lenguaje riguroso, su capacidad de moldearse para captar diferentes fenómenos sociales desde situaciones eficientes y en equilibrio, permiten explicar y predecir el comportamiento de los agentes en múltiples espacios.

La flexibilidad así introducida implica la posibilidad de trabajar a partir del interés propio, como categoría amplia que puede incluir la benevolencia con relación a otros en general e incluso la introducción del altruismo (Becker 1976: 282-3). “That analysis assumes that individuals maximize welfare as they conceive it, whether they be selfish, altruistic, loyal, spiteful, or masochistic” (Becker 1992:1; cursivas propias).

El hombre económico en Bentham.

¿Qué relación existe entre el principio enunciativo del utilitarismo clásico de Bentham y la racionalidad de la TER? Los problemas del interés propio y la maximización de la satisfacción de preferencias.

Bibliografía

Becker, Gary S. (1992). “The economic way of looking at life”, Nobel Lecture, Nobel Prize Organization, http://nobelprize.org/nobel_prizes/economics/laureates/1992/becker-lecture.pdf

Becker, Gary y George Stigler (1977). “De Gustibus Non Est Disputandum”, The American Economic Review, Vol. 67, No. 2, pp. 76-90.

Becker, Gary y Kevin Murphy (2000). Social Economics: Market Behavior in a Social Environment. Cambridge, Massachusetts: The Belknap Press of Harvard University Press.

Hargreaves, Shaun (2004). “Economic Rationality”. En: Davis, John B., Marciano, Alain y Runde, Jochen (eds.) The Elgar Companion to Economics and Philosophy. Edward Elgar Publishing, pp. 42-60.

Hausman, Daniel y Michael S. McPherson (2007). Teoría económica y filosofía moral. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Lazear, Edward P. (2000). “Economic Imperialism”, The Quarterly Journal of Economics, Vol. 115, No. 1, pp. 99-146.

Mas-Colell, A., M. Whinston y J. Green (1995). Microeconomic Theory, Oxford University Press.

Robbins, Lionel (1951 [1932]). Ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica. Fondo de Cultura Económica, México D.F.

Sen, Amartya K. (1977). “Rational Fools: a Critique of the Behavioral Foundations of Economic Theory”, Philosophy and Public Affairs, Vol. 6, No. 4, pp. 317-344.

Stigler, George J. (1984). “Economics: The Imperial Science?”, The Scandinavian Journal of Economics, Vol. 86, No. 3, pp. 301-313.

Vriend, Nicolaas J. (1996). "Rational Behavior and Economic Theory”, Journal of Economic Behavior and Organization¸ Vol. 29, pp. 263-285.

Wilson, David y William Dixon (2008). “Homo Economicus Meets G.H. Mead. A Contribution to the Critique of Economic Theory”, American Journal of Economics and Sociology, Vol. 67, No. 2, pp. 242-263.

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