A Configuración de una formación social periférica






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ESTRUCTURAS ECONÓMICO-SOCIALES

Manuel Delgado Cabeza

La identidad del pueblo andaluz es, como se viene subrayando, el resultado de

un largo proceso histórico, y en su configuración han jugado un papel muy

importante las condiciones materiales de vida, sin que esto suponga una

correspondencia unívoca y determinista entre lo ideal y lo material, cuyas

relaciones se desenvuelven dentro de una dialéctica de interdependencia más

compleja.

En ese largo proceso, los doscientos últimos años, construidos sobre el haber

sido anterior, son los que en mayor medida han contribuido a generar los

marcadores de identidad que hoy predominan en la cultura andaluza. Y en esa

trayectoria, el modo de inserción en el capitalismo y el papel jugado por

Andalucía en la división del trabajo, que surge y se consolida a lo largo de los

dos últimos siglos, va a condicionar algunos de los rasgos básicos que

caracterizan nuestra identidad como pueblo.

a) Configuración de una formación social periférica.

Como es sabido, la conquista castellana supuso, entre otras cosas, el

comienzo de un nuevo modo de organización económica y social, con la

agricultura como fuente principal de riqueza y de acumulación. Nuevas formas

de generación, apropiación y distribución de la riqueza, desde muy pronto van

a consolidar una fuerte polarización social configurada en sus extremos por los

"agraciados" en el reparto de tierra y quienes sólo disponen de sus brazos para

trabajarla.

El siguiente trayecto, el del tránsito del antiguo al nuevo régimen, ya entrado el

siglo XIX, es, en Andalucía, la historia del triunfo de la propiedad privada en el

campo andaluz y de la consolidación de la posición hegemónica oligárquica de

una burguesía agraria estrechamente emparentada con las clases privilegiadas

del antiguo régimen. Este triunfo, que supone la destrucción de formas

comunales de uso de la tierra y en gran parte el ocaso del patrimonio

municipal, tiene lugar en medio de una oposición popular que cuestiona la

legitimidad de las formas de apropiación y distribución de la riqueza impuesta

en el campo andaluz.

Sobre este sistema agrario, caracterizado por la abundante utilización de fuerza

de trabajo asalariado, sin fijación a tarea o espacio alguno, disponiéndose de

ella en la medida en que era requerida por las necesidades de cada momento,

se estructura un conjunto de relaciones económicas, sociales y políticas, en un

contexto que está en relación también con un imaginario, una visión del mundo

del jornalero andaluz, cuyos elementos integrantes han sido puestos de

manifiesto en algunos trabajos, entre los que el de Juan Martínez Alier se ha

convertido ya en clásico. Entre estos elementos se encuentran, junto al rechazo

a la legitimidad de la propiedad de la tierra, el concepto de la unión como

vínculo de solidaridad, la valoración positiva del trabajo como mecanismo de

autoidentificación y autovaloración, que separa, distingue y legitima al colectivo

de pertenencia frente a "los otros", la clase "ociosa", el cumplir y la dignidad

como componentes básicos de la idea del trabajo, independientes de la riqueza

material. Estos elementos, fuente de actitudes y creencias, no sólo explicarán

en gran medida fenómenos como la historia de las agitaciones campesinas

andaluzas, sino que trascienden este sector social del que emergen para

impregnar el sustrato sobre el que se conforma, como fruto de una experiencia

histórica colectiva, la cultura andaluza.

Una cultura asociada y condicionada también por las formas de articulación de

la estructura productiva andaluza con el exterior. Hay que recordar en este

sentido que, mientras que en Andalucía se afianza una economía que gira en

torno a la agricultura y a actividades como la minería y la pesca, que definen

una especialización productiva fuertemente vinculada a la explotación de los

recursos naturales, en otros territorios, como Cataluña y el País Vasco, se ha

producido un tránsito hacia el predominio de la industria, consolidándose,

desde la segunda mitad del siglo XIX, una división del trabajo en la que el

patrimonio natural de Andalucía –suelo y subsuelo-, se pone en gran medida al

servicio de las necesidades de los procesos de crecimiento y acumulación que

tienen lugar en otras áreas. Se trata, por tanto, de una especialización propia

de las economías periféricas, una especialización dependiente.

Esta doble dependencia, externa e interna, con sus especificidades, y también

con sus antecedentes propios, diferentes a los de otros territorios, marcará de

forma clara los principales rasgos de nuestra cultura.

b) Crecimiento y modernización en los 60.

No cabe duda de que los años 60 suponen el comienzo de una nueva etapa en

la articulación de Andalucía dentro del sistema. Es una etapa en la que se

aceleran las relaciones entre la economía y la sociedad andaluza y el exterior,

teniendo lugar importantes cambios hacia adentro, viéndose alteradas las

formas de vida, los procesos de trabajo, los modos mediante los cuales los

andaluces obtienen sus ingresos, las pautas de consumo, los asentamientos

poblacionales o las relaciones con el medio natural.

Entre los factores que en mayor medida condicionan estos cambios cabe

destacar los siguientes:

1) Los movimientos migratorios. El papel de Andalucía en la división

territorial del trabajo, y las necesidades de la acumulación en otras áreas, la

convierten en importante suministradora de fuerza de trabajo a los principales

centros económicos dentro del Estado (Cataluña, País Vasco y Madrid,

fundamentalmente), y a los núcleos más dinámicos de la Europa del entonces

llamado Mercado Común. El contacto de los andaluces, bajo duras condiciones

de vida y trabajo, con realidades distantes y distintas a la suya, tuvo entonces

un papel muy importante en el auto-reconocimiento de las diferencias y en la

toma de conciencia de su propia identidad como pueblo.

2) Modernización de la agricultura. En los años 60 se descompone en

Andalucía el modelo de agricultura tradicional, que descansaba en la utilización

de una abundante mano de obra barata, y se pone en marcha un proceso de

modernización, que tiene como hilo conductor una mercantilización que se

profundiza en su evolución temporal. Creciente integración de la agricultura en

un sistema agroindustrial cada vez más internacionalizado, disminución

progresiva de la participación salarial en el valor añadido, modificación

sustancial de las relaciones entre la gestión de los sistemas agrarios y la

naturaleza, en detrimento de la sostenibilidad y la reproducción de estos

agrosistemas, e intensa reducción del empleo, han sido las características que

han definido la dinámica del sector agrario, y que, en su profundización en las

décadas de los 70 en adelante, van a significar, entre otras cosas a las que nos

referiremos más adelante, una intensa y progresiva disminución del trabajo

agrícola asalariado como fuente de ingresos monetarios en el medio rural

andaluz y la consiguiente quiebra del modelo en el que se había generado esa

cultura a la que antes se hizo referencia.

3)Crecimiento económico desde la desigualdad. En los años 60, Andalucía

conoce un período de una década de intenso y continuado crecimiento

económico, por encima de la media española y de mayor nivel que el que se

tendrá después, en los últimos años de la década de los 80 y hasta 1992. Este

crecimiento se sustenta, básicamente, en tres elementos. Por una parte, la

agricultura, que conoce en estos años, bajo un fuerte proceso de

mecanización, incrementos importantes en sus niveles de producción. Por otra,

comienza el auge y la consolidación de un turismo de masas que llega, sobre

todo, a algunas zonas de las costas andaluzas. La actividad industrial también

experimenta un notable incremento, hasta el punto de ser el sector en el que

tienen lugar las mayores tasas de crecimiento. La instalación de algunos

grandes establecimientos industriales (Refino de Petróleo, Química básica,

Papel), que vienen a ser apéndices de las economías centrales, desconectados

del resto del tejido productivo andaluz, mientras éste en buena parte se

desmembra, produce como resultado, al final del período, un mayor

debilitamiento de la actividad industrial autóctona.

En esta etapa se tiene ocasión de constatar que, sin cambios estructurales, sin

profundas transformaciones en torno a cómo se produce y cómo se distribuye

la riqueza en Andalucía, estimular el crecimiento significa profundizar los

desequilibrios, acentuar la desarticulación, profundizar en una dinámica de

adaptación a necesidades ajenas.

Todos estos elementos se unen más adelante, ya a finales de los 70, a los

efectos de la crisis económica y el cierre de la espita de la emigración, para

sumir la realidad andaluza, cuando llega la llamada transición política, en una

situación especialmente grave en la que se va gestando una toma de

conciencia que dará lugar a la generalización de la conciencia de identidad

andaluza. El pueblo andaluz reafirma su existencia como pueblo el 4 de

diciembre de 1977, y, rechazando la discriminación a la que se pretendía

someterlo, exigió instrumentos de autogobierno que le permitieran resolver los

seculares problemas de dependencia y marginación que obstaculizaban su

desarrollo. Como forma de rechazo de esa situación secular, se reivindicaban

con fuerza "las riendas de la autonomía" capaces de traer "trabajo y

prosperidad" a un pueblo que se veía próximo a ser sujeto de su propio destino.

c) La Autonomía instituida.

Con la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico) como

trasfondo, y la elaboración del Estatuto de Autonomía de Andalucía, se va a

iniciar un proceso por el que se reconducen los deseos de transformación

social hacia los cauces de participación institucional establecidos.

No obstante, y a pesar de las limitaciones con que había nacido el Estatuto,

éste aspiraba, según constaba en su artículo 2º, a "hacer realidad los principios

de libertad, igualdad y justicia para todos los andaluces, en el marco de

igualdad y solidaridad con las demás nacionalidades y regiones de España".

En el ámbito de lo económico, los artículos 12 y 18 señalan los principales

objetivos e instrumentos propuestos por el Estatuto. El primero de ellos,

establece entre los objetivos básicos, para cuyo alcance, "la Comunidad

Autónoma ejercerá sus poderes", 1º "La consecución del pleno empleo en

todos los sectores de la producción y la especial garantía de puestos de trabajo

para las jóvenes generaciones de andaluces"...3º.."la justa redistribución de la

riqueza y la renta" 4º..."se crearán las condiciones indispensables para hacer

posible el retorno de los emigrantes, y que éstos contribuyan, con su trabajo, al

bienestar colectivo del pueblo andaluz"...7º"La superación de los desequilibrios

económicos, sociales y culturales entre las distintas áreas territoriales de

Andalucía, fomentando su recíproca solidaridad". 9º"La constante promoción de

una política de superación de los desequilibrios existentes entre los diversos

territorios del Estado, en efectivo cumplimiento del principio constitucional de

solidaridad". 10º"El desarrollo industrial como fundamento del crecimiento

armónico de Andalucía".11º"La reforma agraria, entendida como

transformación, modernización y desarrollo de las estructuras agrarias, y como

instrumento de una política de crecimiento, pleno empleo y corrección de los

desequilibrios territoriales".

Veamos a continuación cómo han evolucionado, desde los 80, los elementos

de la realidad económica y social de Andalucía que en mayor medida tienen

que ver con estos propósitos expresados en el Estatuto de Autonomía.

1) Evolución de la estructura económica.

En la llamada etapa autonómica, la capacidad de generación de valor añadido

en Andalucía se ha mantenido, con ligeras variaciones, al nivel que se tenía en

1978 (12,5% aproximadamente del valor añadido generado en el Estado), un

porcentaje muy por debajo del que le correspondería por el peso de su

población (18%). En este sentido, puede decirse que estamos donde

estábamos, aunque tanto el porcentaje de participación de la economía

andaluza, como la diferencia con respecto a Cataluña, el País Vasco y Madrid

era más favorable en 1955. Hoy, Andalucía se sitúa por debajo de la posición

que tenía cuatro décadas atrás.

En lo que al empleo se refiere, el nivel al que se sitúa la ocupación en 1995

viene a ser el mismo que el que se tenía en 1978, aunque esto supone 300.000

empleos menos que los existentes en 1964. Se ha mantenido, por tanto, como

rasgo estructural de nuestra economía, su escasa capacidad para generar

empleo. El resultado de esta falta de creación de empleos en Andalucía es,

cortada la espita de la emigración, que el número de parados pasa de 262,5

miles en 1978 a 888,4 miles en 1995, más que triplicándose. Y ello

concurriendo al mercado de trabajo en 1995 sólo 47 de cada 100 personas en

edad de trabajar. Si la tasa de actividad o porcentaje de la población

potencialmente activa que demanda trabajo en Andalucía se hubiera

equiparado con la media en los países de la Unión Europea (67%), el paro

alcanzaría cotas aún mayores.

La tasa de paro se ha movido desde el 14,8% en 1978 hasta un 33,9% en

1995, pasando a ser la más alta de las regiones europeas, en un proceso de

divergencia en relación con otros territorios del llamado mapa autonómico, que

resalta aún más el contraste con la situación de pleno empleo que se planteaba

como objetivo en el Estatuto de Autonomía. Este proceso desigual en la

evolución de la ocupación y del paro, conlleva, no sólo una lejanía muy

importante del pleno empleo que se señalaba en el Estatuto como objetivo,

sino también de la igualdad de oportunidades o de la superación de los

desequilibrios entre las diversas comunidades autónomas proclamados

también como fines a alcanzar en el mismo.

2) La especialización productiva.

Una primera aproximación a las funciones que la economía andaluza juega en

la división regional del trabajo y a su evolución se tiene si observamos lo

ocurrido para los tres grandes sectores -agricultura, industria y servicios-, en

cuanto a su participación en la producción española equivalente, estableciendo

la referencia con lo sucedido en el territorio al que denominamos centro

(Cataluña, País Vasco y Madrid).

En la agricultura, Andalucía, como era de esperar, aparece durante todo el

período considerado por encima del centro. Pero además, se observa una

tendencia claramente creciente para la participación andaluza en la española.

Esta participación ha pasado de 21,5 a 25,2 entre 1979 y 1995. Se ha

profundizado la especialización agraria andaluza, siendo ahora la agricultura un

sector orientado en mayor medida hacia el exterior. Mientras tanto, la demanda

interna de productos agrarios es abastecida, cada vez en mayor medida, desde

fuera. En 1980, la agricultura andaluza cubre la demanda interior en un 86,1%,

descendiendo esta cifra al 76,3% en 1990. Ahora se importa el 23,7% de los

productos agrarios que se necesitan en Andalucía, en un proceso de

separación entre producción y consumo que hace a la demanda total de

productos agrarios más dependiente del exterior.

Al mismo tiempo, y en relación con lo anterior, se produce un intenso y rápido

proceso de especialización hacia la producción hortofrutícola, que va camino

de suponer la mitad del valor de la producción agraria, y, en menor medida,

hacia el olivar. Estos son, en gran medida, los efectos de una "integración" -en

este caso en el proyecto europeo, parte a su vez de la mundialización -que

absorbe las economías locales dentro de un sistema gestionado, cada vez de

una manera más centralizada, desde los núcleos que controlan los circuitos de

la gran producción y la gran distribución. Así pues, especialización y

vulnerabilidad crecientes, y extrema debilidad que se ha puesto de manifiesto

en los últimos años, a partir de los cambios en la PAC, los acuerdos sobre

liberalización de los mercados agrarios y los Acuerdos de Asociación de la

Unión Europea con los países terceros de la cuenca mediterránea, que han

llevado a que, por ejemplo, los más de 7.000 productores de tomates en

Andalucía no puedan competir con el cupo de 150.000 toneladas de tomate

magrebí destinado a Europa.

Esta dependencia de la parte más "moderna" y dinámica de la agricultura

andaluza, conformada de manera creciente de acuerdo con las pautas de lo

que se ha dado en llamar agrobusiness, o agricultura industrial, reduce al

agricultor a "cliente" de los grandes consorcios agroalimentarios, y proveedor

de las grandes cadenas de alimentación, en un proceso en el que, por medio

de cultivos "forzados", se trata de separar la agricultura de los límites y

condicionantes del entorno.

El consiguiente uso creciente de productos químicos y, en general, de

materiales y energía no renovables para poder atender las necesidades de esta

agricultura a la que se ha denominado "devoradora de recursos", produce dos

tipos de efectos ya ampliamente constatados en el caso de la agricultura

andaluza. Por una parte, hay clara disminución de la eficiencia energética, de

modo que para obtener una cantidad de producto determinada, se requiere

consumir aproximadamente diez veces más de energía. Por otra parte, los

costes "medioambientales" más próximos son también crecientes, y se

manifiestan en forma de fuerte consumo y contaminación de aguas

superficiales y subterráneas con nitratos o fosfatos, y mineralización de suelos

que pierden, progresivamente, su fertilidad y se predisponen para la erosión.

En definitiva, esta agricultura, que se aleja cada vez más del respeto a las

leyes de reproducción de los agrosistemas, y cuya sostenibilidad se encuentra

seriamente cuestionada, es la que ha llevado a la Agencia de Medio Ambiente

de la Junta de Andalucía, a señalar las actividades agrarias como "las

causantes de los principales procesos de degradación ambiental" en

Andalucía.(Informe General del Medio Ambiente en Andalucía 1987. Junta de

Andalucía.)

A estas ineficiencias en sus relaciones con el medio físico, esta agricultura, que

tan bien se comporta desde el punto de vista del crecimiento del valor añadido

y la productividad durante el período, en gran medida gracias a la

"externalización" y no consideración de los costes "medioambientales", une

unas repercusiones sociales en cuanto a la distribución de la riqueza monetaria

generada en su interior, que también desde este punto de vista llevan a

cuestionar su eficacia.

En este sentido, por una parte, en el período 1977-1995 se han destruido 264,6

miles de empleos en la agricultura andaluza, que supone la desaparición de

más de la mitad (56,7%) de la ocupación que existía al principio del período. A

este fuerte ritmo de destrucción de empleo agrario va unido un volumen relativo

de salarios cada vez menor. En diez años, de 1980 a 1990, los salarios han

pasado de representar casi la cuarta parte del valor de la producción final

agraria (24,4%), a suponer sólo un 14% de la misma.

Todo ello conduce a que la agricultura, principal y casi única fuente de riqueza

en el medio rural andaluz, en el que reside más de la tercera parte de la

población de Andalucía, ve progresivamente disminuir su capacidad para

proporcionar empleo y renta a la población que en él habita. Sin que las

perspectivas que se vislumbren puedan suponer cambios en las tendencias

apuntadas.

Así se plantea claramente en las Bases para un Plan de Desarrollo Rural de

Andalucía, documento elaborado en 1993 por la Consejería de Agricultura de la

Junta de Andalucía, donde se puede leer que, por una parte, "la agricultura

seguirá siendo la actividad sobre la que bascule el desarrollo rural en

Andalucía" (p.14"), y por otra, que "la agricultura difícilmente puede ya generar

más empleos, acuciada ante el fuerte ritmo de los cambios tecnológicos,

socioeconómicos y laborales, y ante el problema de lograr una mayor

competitividad de sus actividades, en el marco de la progresiva liberalización

económica que se abre como consecuencia de la reforma de la PAC, y los

cambios experimentados en el entorno geopolítico internacional -negociaciones

del GATT, apertura comercial a los países del Este, etc." (p.38).

Puede decirse, por lo tanto, que estamos en presencia de una agricultura cuya

trayectoria se aleja progresivamente de la que se reclamaba en el Estatuto de

Autonomía,(Art.12-3-11º) en el que, como objetivo básico, se fijaba la

necesidad de poner en marcha las transformaciones necesarias para conseguir

que la actividad agraria llegara a ser un instrumento de una política de pleno

empleo y corrección de los desequilibrios territoriales. En este ámbito, también

la realidad ha discurrido en dirección contraria a las intenciones manifestadas

en el Estatuto.

La evolución de la participación de la industria andaluza en la producción

industrial española ha ido desde un 9,6% en 1977 a un 8,1% en 1995. Pérdida

de peso que evidencia un declive del sector industrial andaluz, que se

contrapone fuertemente con el modelo de desarrollo anunciado en los años 80

por trabajos que, realizados con el patrocinio oficial de Instituciones como la

Sociedad Estatal Expo´92 y la Junta de Andalucía, se centraban en las nuevas

tecnologías y en el desarrollo de los sectores más avanzados de la industria,

para llevar a "una nueva Andalucía" convertida en "una de las regiones

económicas y sociales más dinámicas de la nueva Europa". (M. Castells y P.

Hall, dirs. Para llegar a estas afirmaciones se partía de un "diagnóstico" en el

que se concluía que en Andalucía se estaba asistiendo, desde 1986, a "un

proceso de industrialización, tan rápido que sólo es equiparable al

experimentado en los últimos 20 años por el Pacífico Asiático", con la aparición

de un "nuevo tejido productivo", como resultado de que "el nuevo crecimiento

andaluz es multisectorial y tiene su núcleo más dinámico en los sectores más

avanzados de la industria" (Pág. 816 y ss.).

La distancia entre la realidad andaluza y la imagen que de ella se difunde

desde instancias oficiales ha sido, y en gran medida continúa siendo, una de

las constantes de los últimos 15 años. Una separación que en nada favorece el

necesario reconocimiento colectivo de la realidad en la que nos

desenvolvemos, con la consiguiente desactivación de las motivaciones hacia el

cambio. Mientras tanto, en este sector industrial andaluz, se destruían, entre

1980 y 1995, 41,9 miles de empleos, el 20,4% de los que existían al comienzo

del mismo. Y la intensidad de esta pérdida de empleos viene a incidir

especialmente en las actividades de alto nivel tecnológico, donde desaparece

aproximadamente casi una tercera parte (31,5%). También estamos aquí muy

lejos de las intenciones del Estatuto de Autonomía, que como uno de sus

objetivos básicos fijaba "el desarrollo industrial, como fundamento del

crecimiento armónico de Andalucía" (Art.12.3) En todo caso, el tipo de

crecimiento que propicia el modelo industrial vigente es fuente de situaciones

de desequilibrio, tanto por su polarización en torno a muy pocas actividades

desligadas del resto del tejido productivo, como por su localización espacial.

Como ilustración de las pautas territoriales que ha seguido la localización

espacial de las actividades industriales en los últimos años dentro de

Andalucía, podemos tomar el caso de la industria agroalimentaria, que genera

más de la tercera parte del valor añadido industrial (35,0%), y en la que la

inversión en el período 1984-1994 presenta un comportamiento altamente

concentrado alrededor de las principales áreas urbanas andaluzas.

Concretamente, en 18 municipios de los 769 que componen el territorio

andaluz -el 7,2% del mismo- se localiza el 64% de las inversiones, mientras

que en el 66% del territorio se invierte sólo el 4% del total. Esta alta

concentración territorial de la actividad económica en unos pocos núcleos,

mientras la gran mayoría del territorio andaluz queda al margen de los

procesos de crecimiento y acumulación, ha contribuido a la profundización de

los desequilibrios internos que ha tenido lugar en estos años, en contra también

de los propósitos del Estatuto.

En los servicios, Andalucía ha venido representando entre 12,5 y el 13,5% del

valor añadido por el terciario en el Estado, un peso que está muy por debajo

del 18% que representa la población andaluza. De modo que, a pesar de que

dentro de la estructura económica de Andalucía los servicios hayan visto

ascender su participación hasta representar más del 60% del mismo, no puede

decirse que la economía andaluza tenga una especialización productiva ligada

al sector servicios.

El empleo en los servicios andaluces se ha incrementado en el período en

367,2 miles. Este crecimiento, que, suponiendo una cierta compensación a la

destrucción de empleos en el resto de la economía andaluza, no alcanza a

detener el crecimiento del paro. La evolución decreciente de la productividad en

el sector, que se separa de la de las áreas centrales, así como el predominio

de servicios "tradicionales" en contra de lo que sucede en el centro, así como

otros síntomas que van en la misma dirección (proliferación de pequeños

establecimientos en "hostelería", mayor importancia de la venta ambulante,

etc.), junto con la intensa "modernización" que ha experimentado una parte de

las actividades de servicios en Andalucía -nuevas formas comerciales y de

distribución, servicios a las empresas y otras expresiones del papel de los

servicios en el nuevo modelo productivo-, confirman la persistencia de un

sector dualizado que continúa en gran medida sirviendo como refugio de

capitales y mano de obra desocupados.

3)Las funciones de Andalucía en una economía globalizada.

Como se ha señalado anteriormente, cuando comenzó "la etapa autonómica",

la situación desfavorable en la que se encontraban la economía y la sociedad

andaluza se relacionaban estrechamente con una división regional del trabajo

consolidada a lo largo de la historia, en la que Andalucía jugaba un papel no

sólo secundario, sino, sobre todo, subordinado a las necesidades de los

procesos de crecimiento y acumulación que tenían lugar en otras áreas. El

aparato productivo andaluz se orientaba y/o se reestructuraba desde esta

situación de dependencia, adaptándose a los requerimientos de procesos

económicos alejados de Andalucía. Esta particular situación acentuaba aún

más las expectativas generadas a finales de los 70 por la autonomía como

forma de romper los lazos que impedían el desarrollo. ¿Cómo se ha

desenvuelto la economía andaluza en relación con esta necesidad de salir de

la dependencia? ¿En qué medida se han producido cambios que permitan

afirmar que la autonomía política instituida ha tenido su correlato en un cambio

de rumbo en relación con las tendencias que se arrastraban anteriormente?

¿Estamos, después de un "despliegue autonómico" de casi 20 años, en

mejores condiciones? ¿Ha cambiado el papel que jugamos con respecto a

etapas anteriores?

En el recorrido que hemos hecho hasta aquí, hemos tenido ocasión de

responder en cierta medida a estos interrogantes. Pero para centrarnos más en

las funciones que hoy desempeña la economía andaluza en un contexto de

apertura creciente, en el que el rango de las actividades que conforman la

especialización productiva condiciona y explica, cada vez en mayor medida, la

dinámica interna, conviene detenernos en algunos aspectos.

La debilidad de la economía andaluza en la globalización se traduce no sólo en

su escasa cuota de participación en la economía española, casi cuatro veces

menor que la de Cataluña, el País Vasco y Madrid, sino también en cuanto a su

escaso grado de diversificación. En efecto, las economías centrales son

economías enormemente diversificadas en su especialización productiva, de tal

modo que la presencia de un cuerpo económico de una alta densidad, con una

trama de relaciones muy amplia, garantiza y refuerza la coexistencia de

elementos que propician para el crecimiento y la acumulación, estimulando el

papel de las llamadas externalidades. A su vez, la diversidad es, en sí misma,

un factor dinamizador de procesos con un alto grado de autoalimentación.

Por el contrario, en Andalucía nos encontramos con una fuerte polarización en

torno a un núcleo de actividades muy estrecho, con un alto grado de

desarticulación con el resto de la economía, y cuyo peso se va distanciando del

resto en la medida en que el crecimiento se vincula, básicamente, con las

actividades reclamadas por su especialización. De modo que, como ya se ha

mostrado en otros trabajos, el crecimiento económico, en una estructura

económica como la andaluza, no surte los efectos de difusión y refuerzo de la

cohesión que pueden tener lugar en una economía integrada y diversificada,

sino que, por el contrario, contribuye a reproducir y ampliar las condiciones de

desarticulación y los desequilibrios de partida.

Mientras tanto, la debilidad del tejido empresarial andaluz es un elemento

especialmente negativo en un momento de mundialización de la economía en

el que predomina de manera creciente la producción y la distribución a gran

escala. Los altos costes de la investigación y el desarrollo tecnológico, base de

procesos de innovación imprescindibles para la penetración, el mantenimiento

y la expansión en los mercados, la importancia de la capacidad de organización

e integración de grandes redes empresariales, y la concentración y el poder de

las grandes cadenas de distribución, son, entre otros, elementos que

acrecientan las ventajas de partida para los grandes grupos empresariales y los

espacios mejor dotados. Éste es el trasfondo sobre el que tienen lugar

procesos de crecimiento que terminan disminuyendo las capacidades

competitivas de las economías locales en áreas periféricas como Andalucía.

Pero con ser importantes estas cuestiones a las que hasta ahora se ha hecho

referencia, hay aspectos cualitativos que marcan de una manera muy clara la

diferente posición que ocupa Andalucía con respecto al centro. La

jerarquización de actividades en cuanto a su participación en la producción

equivalente del Estado, en Andalucía tiene mucha relación con la que resulta

para las áreas centrales, sólo que vuelta del revés. Es decir, que hay una

asimetría en la especialización, en las funciones que desempeñan las dos

áreas económicas consideradas, de modo que nos encontramos con la cara y

la cruz de la dinámica del sistema.

En las regiones centrales, continúan con gran peso las actividades

transformadoras. La envergadura de la industria en el centro no permite hablar

de una descentralización o una difusión espacial de la actividad industrial,

aunque efectivamente se hayan producido cambios en la distribución territorial

de la industria dentro de las áreas centrales, e incluso haya tenido lugar una

cierta periferización de ciertas actividades del sector secundario hacia

territorios próximos a las grandes áreas metropolitanas. Es el caso de

provincias cercanas a Madrid, como pueden ser Guadalajara, Ciudad Real o

Toledo. No obstante, la traslación de establecimientos industriales hacia

regiones periféricas como tendencia, tal como se produjo en los años 60,

puede decirse que se ha detenido en un modelo de localización en el que, de

nuevo, las economías de aglomeración vuelven a cobrar un fuerte

protagonismo. A ello hay que añadir la localización de las industrias llamadas

de alta tecnología en las áreas centrales. Aquellas actividades industriales que

incorporan en mayor medida investigación, innovación y conocimiento, el

núcleo más dinámico del sistema industrial, se sitúa, con un predominio muy

claro, en las áreas centrales. Se trata, en gran medida, de las actividades que

condicionan la forma y el ritmo del cambio en el resto de la economía.

También podemos destacar la importancia, en el centro, de actividades de

servicios como los Servicios a las empresas y Crédito y seguros, dos

actividades de muy poco peso en la especialización andaluza y que constituyen

pilares básicos en las nuevas formas productivas del terciario. Transporte y

comunicaciones y Servicios comerciales, soporte fundamental de la producción

y distribución a gran escala, son también actividades con una fuerte

implantación en estas economías.

En definitiva, las regiones centrales constituyen economías densas y

diversificadas, en las que se sitúan no sólo las funciones de producción, sino,

sobre todo, las funciones estratégicas de circulación, regulación y control del

sistema.

Mientras tanto, la especialización productiva de Andalucía se reduce a muy

pocas actividades que giran alrededor de la explotación de los recursos

naturales -agricultura, pesca, industria agroalimentaria, y , en menor medida,

turismo-. Funciones subordinadas a la demanda de los grandes espacios

privilegiados de la globalización, las regiones ganadoras, a cuyas necesidades

se adapta la estructura productiva andaluza, a la vez que se aleja,

progresivamente, de las necesidades internas de bienes y servicios.

Este proceso selectivo es el que se ha seguido, no sólo en la agricultura, donde

la diversidad que exigía una mayor orientación hacia el mercado interno ha ido

dando paso a una cada vez mayor especialización hacia cultivos para la

exportación. Hortofrutícolas y aceite, principales epígrafes exportadores en la

balanza comercial andaluza, sobrepasan en la actualidad el 75% del valor de la

producción final agraria andaluza. Mientras tanto, la demanda interna está,

cada vez en mayor medida, satisfecha desde el exterior, incluyendo la de

productos agrarios y agroalimentarios.

También la industria agroalimentaria andaluza fue reduciendo la variedad

sectorial de su oferta para centrarse en aquellas producciones en las que tiene

"ventajas comparativas" más claras. Al mismo tiempo ha tenido lugar un

proceso de penetración de capital exterior en las empresas andaluzas mejor

colocadas, que han pasado a ser piezas de la estrategia de los grandes grupos

empresariales que han resultado de los procesos de concentración y

reestructuración asociados a la mundialización.

Desde el punto de vista del uso de los recursos, las regiones que ganan,

continentes de las grandes áreas metropolitanas que vienen a ser los espacios

privilegiados de la globalización, necesitan, para poder funcionar, la

importación de grandes cantidades de energía y materiales que provienen de

áreas como Andalucía, cuyo patrimonio natural se utiliza, de manera creciente,

para sostener el crecimiento y la acumulación de territorios que importan su

sostenibilidad de otros espacios.

De modo que desde estas grandes áreas metropolitanas no sólo se controla la

gestión de los recursos propios; se gestionan también en gran medida los

recursos pertenecientes a espacios periféricos como Andalucía, donde se

"generan" costes y se producen daños y deterioros que no se contabilizan en la

balanza comercial. Por este camino, el crecimiento ha significado no sólo un

mayor debilitamiento de la base local, sino también un alejamiento de la

capacidad de decisión sobre la intensidad y las formas de utilización de un

patrimonio natural que se deteriora en beneficio de otros.
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