Concepto y definición de inflación






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títuloConcepto y definición de inflación
fecha de publicación26.05.2015
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INFLACIÓN

Concepto y definición de inflación
Generalmente se entiende por inflación el "incremento en el nivel general de precios", o sea que la mayoría de los precios de los bienes y servicios disponibles en la economía empiezan a crecer en forma simultánea. La inflación implica por ende una pérdida en el poder de compra del dinero, es decir, las personas cada vez podrían comprar menos con sus ingresos, ya que en períodos de inflación los precios de los bienes y servicios crecen a una tasa superior a la de los salarios.
CUENTO: LA INFLACIÓN EN ROCOLANDIA
Un fantasma ronda el reino de Rocolandia –dijo Don Republicano y miró fijamente a la pequeña Isabela. Ella no le prestó la menor atención. Sin embargo, al ratico preguntó intrigada: - ¿Un …fantasma? - Sí, es el fantasma de la inflación –respondió Don Republicano. - ¡Ah! –sonrió aliviada la niña– pero no es un fantasma de verdad. Yo nunca lo he visto. - Lo más aterrador de este fantasma –dijo Don Republicano– es que nos envuelve a todos sin ser visto, incluyendo hasta al más listo.

A los súbditos del reino no les asustaba el fantasma del que hablaba Don Republicano. Todos vivían muy ocupados gastando el dinero que recibían, porque Rocolandia era un reino muy rico gracias a las minas de rocas rocosas que vendían al extranjero.

Estas hermosas piedras eran muy necesarias para construir máquinas, edificios, artefactos… Todo, hasta las esculturas que adornan las plazas de los pueblos eran hechas con rocas rocosas. En el mundo entero todos las utilizaban y se pensaba que Rocolandia era el único reino que las tenía. Por eso, para comprarlas, los otros reinos debían negociar con Roco, el Rey de Rocolandia.

A cambio de estas valiosas rocas, Rocolandia recibía en pago muchos billetes verdes, que eran los billetes más utilizados en el mundo entero para hacer compras y negocios. Los habitantes de Rocolandia, sin trabajar demasiado, tenían todo lo que se podía comprar: frutas de cualquier parte del mundo, exóticas alfombras de Asia y África, canela y especias de la india, los más bellos vestidos y carros, las más costosas joyas, los más novedosos juguetes… Un día, el Rey Roco quiso que Rocolandia tuviera sus propios billetes. Entonces por cada billete verde que entraba, mandaba a imprimir un billete azul.

A Don Republicano, fiel consejero del reino, le preocupaba mucho que los rocosos dependieran tanto de los billetes verdes que venían del extranjero y siempre le decía al Rey: - Su Majestad, llegará el día en que gastemos más de lo que recibimos. O algo peor, algún día se acabarán nuestras rocas rocosas y la situación será espantosa: nuestra riqueza se convertirá en pobreza.

- Pero ¿Y qué podemos hacer? –dijo el Rey. - Ser más prudentes al gastar el dinero que ahora tenemos. Utilizarlo en más salud, más seguridad y más educación para nuestra población. Esto es mejor que gastarlo en la primera ocasión. - Y para qué tanto esfuerzo? –preguntó el Rey– si ahora tenemos abundancia, disfrutémosla. Yo quiero la felicidad de mi pueblo entero.

Don Republicano fue a buscar a la pequeña Isabela y la invitó a caminar por la plaza del mercado. Se detuvo frente a los grandes almacenes Todolotrae y divirtió mucho a Isabela, contándole como todo lo que allí vendían era importado: - Aquí, Isabela, hasta las mangueras las traen de afuera. La leche magnesia la traen de Indonesia, las ricas fragancias vienen de Francia, el jabón viene de Japón, los zapatos de suela son de Venezuela, las ricas zanahorias son de Colombia, los libros de cuento nos llegan de Grecia y los juegos más divertidos son de los Estados Unidos.

En medio de locales de venta de comida, ropa, muebles, juegos y libros había una pequeña y acogedora tienda. En ella vendían productos fabricados en Rocolandia: juguetes, helados, dulces, tortas… Todo lo elaboraba su dueña, la gordísima señora Pedernales, quien conocía y respetaba mucho la palabra de Don Republicano. Aunque los productos eran muy bellos, la mayoría de la gente prefería comprar en los almacenes del señor Todolotrae porque vendía productos traídos del extranjero.

Así pasaron los años en el reino de Rocolandia, pero Don Republicano seguía con la idea de que había que ahorrar y producir más para evitar en un futuro la escasez. Cuando las rocas rocosas se acaben nos la veremos bien negra, se le oía decir a Don Republicano. Y ese negro día llegó: - Su majestad –dijo un mensajero real– tengo el deber de anunciarle… Todos se paralizaron como estatuas al ver la cara de espanto que éste traía. - …que han encontrado en los reinos vecinos gran cantidad de minas de rocas rocosas y ya no somos el único reino que las vende.

La noticia era muy preocupante porque ahora muchos de los reinos que compraban a Rocolandia serían productores de rocas rocosas. -Ahora recibiremos menos billetes verdes y no podremos comprar en el extranjero todo lo que nos haga falta. Tendremos que esforzarnos para competir con los productos del extranjero –fue lo único que atinó a decir el Rey.

Y así fue. Cada vez eran menos los reinos que compraban rocas rocosas. Y cada vez eran menos los billetes verdes en las arcas del reino, de manera que había más billetes azules que verdes. Así llegó la tristeza a Rocolandia, ya no se podía traer la misma cantidad de productos de afuera. Las cosas empezaron a costar más dinero y el “ta´ baratísimo” desapareció. Parecía que un fantasma inflaba los precios de las cosas, con un soplo continuo que no se detenía. “Todo está carísimo, el dinero no alcanza para nada”, era la frase que más salía de la boca de la gente. En los periódicos, los economistas hablaban de “la pérdida del poder adquisitivo de la moneda”, para ilustrar que cada vez se podía comprar menos cosas con la misma moneda. Raro ¿no? Si antes se podía adquirir un lápiz con un billete azul, ahora eran necesarios dos billetes para comprar el mismo lápiz.

Los alimentos, las medicinas, la ropa y el transporte… todo subía de precio y no había manera de impedirlo. - Parecen cosas del fantasma –pensó Isabela. Y por más que se esforzaba buscándolo, no lo veía. Así son los fantasmas, los tenemos en nuestras narices y ni los vemos.

El Rey observaba cómo al reino y a los rocosos no les alcanzaba el dinero para comprar los productos que necesitaban. Rocolandia empeoraba cada vez más. Apurado por resolver esta grave situación, dijo el Rey: - Si el problema es que al reino y a la gente no le alcanza el dinero para comprar lo indispensable, mando a imprimir más billetes azules para que el reino pueda gastar y la gente tenga más dinero. Así se acabará el asunto. ¡Rocolandia se ha salvado! ¡Hurra! Una vez más, Don Republicano dio al Rey un consejo muy serio:

- Majestad, esa medida es desmedida. No nos favorecerá. Los precios subirán. Habrá más dinero en circulación persiguiendo los pocos productos que tenemos. Pronto aumentará la escasez y se conseguirá menos de lo que ahora usted ve. Pero el Rey no le hizo caso al consejo tan serio de Don Republicano, ordenó imprimir más billetes azules y comenzó a gastar inmediatamente.

Los rocosos fueron a los Almacenes Todolotrae a gastar el dinero que ahora tenían. Había tanta gente deseando comprar y tan pocos productos para vender, que el señor Todolotrae resolvió hacer una subasta: - Tengo esta silla. Por 50 billetes azules ¿quién la quiere? Muchos la querían y muchos tenían el dinero. - No peleen –decía el subastador– la vendo a quien me ofrezca el precio más alto. - Yo le doy 100 –gritó uno. Otro gritaba desde atrás: - 200 doy por la silla. - 300 –dijo la señora Parada. - Vendida en 300 a la señora Parada –dijo el subastador mientras veía qué otra cosa podía vender.

Ante el desespero de sus súbditos, el Rey decidió actuar: - ¿Los precios siguen subiendo? ¡Prohibiré su aumento y acabaré con la especulación! - Pero Majestad –aconsejó Don Republicano– una vez más los precios suben por la escasez. Congelarlos es una necedad, ¿usted no lo ve? El remedio será peor que la enfermedad. Los productos desaparecerán y no se conseguirá ni un alfiler para pinchar. - Pues lo siento. Ya he tomado la decisión –insistió severo el Rey. - Nadie querrá producir, sabiendo que lo que invertirá no lo recuperará jamás –dijo Don Republicano.

- No diga usted más. Desde hoy queda prohibido aumentar los precios de todo lo que se venda en mi reino.

Los vendedores perdían dinero si obedecían al Rey. Por esto, muchos vendían sus productos en la oscuridad de la noche, sin guardias que los vigilaran y a precios más altos que los fijados por el Rey. En Almacenes Todolotrae quedaban menos productos para vender y a precios muy altos, en cambio, el negocio de la señora Pedernales tenía repletos sus estantes de mercancías. De la noche a la mañana aumentó el número de clientes. Ahora la gente prefería comprar allí porque las cosas eran más baratas. La señora Pedernales, que no tenía una pizca de tonta, aumentó también los precios: sacó la cuenta de cuánto más le costaban ahora las cosas, cuánto debía ganar y así llegó a la cantidad que debía cobrar.

El Rey estaba muy sorprendido y asustado por lo que estaba ocurriendo. Se fue a buscar a Don Republicano, que conversaba con la señora Pedernales y la pequeña Isabela. El Rey los interrumpió, angustiado: - Siento como si una gran boca quisiera tragarse a Rocolandia. Mi pueblo está cada vez peor y ya no sé qué hacer. ¿Será el fantasma que usted decía Don Republicano? Ni siquiera con dinero lo he podido espantar. - Calma Majestad. Hay maneras de lidiar con los fantasmas –dijo sabiamente Don Republicano.

Con los billetes azules que usted imprimió, más el control de precios que decretó, la situación empeoró –enfatizó Don Republicano. - Como dice mi abuelo –dijo Isabela tratando de disimular el susto. Nuestro cuerpo necesita 5 litros de sangre, si le dan más… - Ay, no me hablen de sangre –dijo la señora Pedernales- porque me… me… desma…maaayo. Y cayó como una piedra la gordísima señora. Pronto trajeron agua y entre todos la ayudaron a que mejorara. Ya un poco más repuesta dijo, mientras se levantaba emocionada: - Lo he entendido todo… ¿Qué cosa? –preguntó Isabela aún con miedo. - …Si por alguna razón, mi cuerpo recibiera 8 litros más de sangre, todos mis órganos se alterarían y… Y no pudo terminar de hablar porque volvió a caer desmayada.

La situación era terrible pero sumamente divertida porque cada vez que la señora Pedernales se desmayaba, despertaba entendiendo algo que antes no entendía. - Corríjame si me equivoco, Don Republicano. La primera aparición del fantasma ocurrió cuando hubo escasez de productos en Rocolandia. No podíamos traer la misma cantidad de cosas del extranjero porque teníamos menos billetes verdes y los productos tuvieron que ser vendidos a precios cada vez más altos. Aunque afuera las cosas seguían costando lo mismo, en el reino de Rocolandia costaban mucho más, porque ahora por cada billete verde había que entregar varios billetes azules. Don Republicano dijo “correcto” y todos los demás aplaudieron muy emocionados. - Continúo. No hay un equilibrio entre las cosas que se pueden comprar y la cantidad de dinero en circulación. Como hay más billetes azules que productos para comprar, suben sus precios. ¡Bravo! –dijo Don Republicano. –Continúe usted, por favor, con tan clara explicación… - Sí, pero que nadie nombre la palabra sangre porque entonces… Y ¡zas!, volvió a caer desmayada cuan ancha era.

Pero y el fantasma ¿cuándo desaparecerá? –preguntó Isabela. - El fantasma no se irá tan rápido como deseamos –dijo el Rey. Tendremos que reducir gastos, ya que no puedo, ni aún siendo el Rey, imprimir dinero cuando no hay más producción o cosas útiles para vender. El dinero no es sólo papel impreso, necesita de una buena administración, porque en exceso puede ocasionar gravísimo daño a la economía y su gente. He aprendido la lección: hay que arroparse hasta donde alcance la cobija. - Sí, pero no es eso lo que estoy preguntando. El fantasma, el fantasma ¿cuándo desaparecerá?

Isabela estaba aterrada y aún no comprendía lo que le decían: - Pero Dios mío ¿es que no me oyen? Por tercera vez pregunto ¿cuándo se irá el fantasma? Don Republicano sonrió, tomó a Isabela entre sus brazos y le dijo: - El fantasma desaparecerá cuando nos metamos en la cabeza que nuestra principal riqueza no está en las minas de rocas rocosas, sino en nuestro trabajo y en nuestra inteligencia para construir el reino que queremos. Así, al fantasma lo veremos cada vez menos.

- La riqueza, mi querida Isabela –susurró en el oído de la pequeña– somos nosotros, nuestro trabajo y nuestro empeño. - Sigamos adelante, que pronto las cosas marcharán mejor –dijo optimista el Rey. - Aunque nos cueste sangre, sudor y lágrimas –dijo la señora Pedernales antes de caer desmayada nuevamente al piso.

1. ¿Qué problemáticas afrontaba Rocolandia?

2. Argumenta con tus palabras los siguientes enunciados: “Todo está carísimo, el dinero no alcanza para nada” - En los periódicos, los economistas hablaban de “la pérdida del poder adquisitivo de la moneda” - Si el problema es que al reino y a la gente no le alcanza el dinero para comprar lo indispensable, mando a imprimir más billetes azules para que el reino pueda gastar y la gente tenga más dinero -- Nadie querrá producir, sabiendo que lo que invertirá no lo recuperará jamás.

3. ¿Qué consejos le daría al Rey de Rocolandia para que el fantasma de la inflación desaparezca?

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