Para designar las actividades de la gente cuando no actúa movida por las ideas del intercambio”






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fecha de publicación07.08.2015
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LO VERNÁCULO _ IVAN ILLICH

El dominio de lo vernáculo
"El término vernáculo proviene de una raíz indo-germánica que implica la idea de enraizamiento, raigambre, morada. En latín vernaculum designaba todo lo que había sido criado, tejido, cultivado, hecho en casa”, también era vernáculo todo lo que se obtenía de los commons o ámbitos de comunidad; lo cual era distinto de lo que se obtenía a través del intercambio económico.

Vernáculo, asimismo, se refiere "a todo aquello que un hombre podía defender y proteger aunque no lo haya comprado ni vendido en el mercado"
“El sustento obtenido a través de estructuras de reciprocidad inscritas en cada aspecto de la existencia, diferentes del sustento que proviene del intercambio monetario o de la distribución vertical”.
Illich retoma el término vernáculo ya que lo considera el más adecuado "para designar las actividades de la gente cuando no actúa movida por las ideas del intercambio”; es decir, para designar todas aquellas "acciones autónomas, fuera del mercado, a través de las cuales la gente satisface sus necesidades cotidianas; acciones que, por su naturaleza misma, escapan del control burocrático”.

Lo vernáculo puede definirse como aquello que no pasa por las manos de los profesionales sino que está controlado de manera autónoma por cada comunidad. El mercado -el sitio en donde los profesionales crean bienes y servicios escasos- nada tiene que ver con lo vernáculo.

Lo vernáculo es una forma de vivir, es la manera particular de preparar la comida, de adquirir la lengua, la forma de diversión, de parir, de vestir; es lo característico de una comunidad específica
Pese a lo importante que lo vernáculo es para cualquier comunidad, la era industrial, y en especial la era del desarrollo se han encargado de desplazarlo. Es decir, con la era industrial toma importancia un fenómeno homogeneizador que atenta contra lo vernáculo. Las comunidades vernáculas no tienen cabida en un mundo globalizado y homogéneo, el cual es regido por supuestos económicos entre los que sobresale como el más importante el de la escasez.

Las comunidades tradicionales o vernáculas, pese al hostil ataque del mundo moderno y todas sus implicaciones -ataques disfrazados como promesas de bienestar, desarrollo, modernización, educación, etc.- aún subsisten en la mayoría de los países del Sur o subdesarrollado

Los profesionales consideran lo vernáculo como síntoma de atraso, no productivo, folklore, y por tanto; las comunidades vernáculas son vistas como comunidades subdesarrolladas y atrasadas, las cuales dadas sus condiciones deben ser ayudadas para desarrollarse.

Ayuda para el desarrollo; ayuda que implica integrar a estas comunidades al gran sistema, o mejor dicho al gran mercado.
El habla vernácula está hecha de palabras y expresiones cultivadas en el mismo dominio de aquel que se expresa como contrapuesto a lo que ha sido cultivado en otro lugar e introducido. Por el contrario, la lengua materna es aquella que es enseñada sino por profesionales al menos si como trabajo fantasma, es decir, como parte del sistema de mercado -o tercer modelo de integración de la economía en la sociedad descrito por Polanyi-."Hasta el siglo XI, la lengua vernácula, en oposición a la lengua culta, especializada, -el latín para la Iglesia, el fráncico para la corte- era dominio de los pueblos.
El paso radical de la lengua vernácula a la lengua enseñada anuncia el paso del pecho al biberón, de la subsistencia a la asistencia, de la producción para el gasto a la producción para el mercado... Antes, no había manera de salvarse fuera de la Iglesia; ahora, no habrá ni lectura ni escritura -ni tampoco, si es posible, habla- fuera de la esfera de la educación.

Generalmente somos ciegos a ver que cuando se sustituye lo vernáculo hay cosas importantes que van implícitas en esta sustitución. Implica la expansión de la occidentalización, es decir, la ampliación del discurso homogeneizador y universalista que versa sobre la escasez de bienes y servicios que deben pasar por la manos de profesionales.
Para millones de personas la lengua materna enseñada ha adquirido un monopolio radical sobre el habla de la misma forma como los transportes sobre la movilidad o, más generalmente, la mercancía sobre los valores vernáculos. Esta analogía igualmente es válida para ser aplicada a cualquier monopolio radical, como son la educación, la medicina, etc.

El concepto actual de producción surgió cuando ésta fue redefinida como la fuente de valor

David Ricardo, quien "redujo los poderes generativos del suelo a meros factores cuantificables del trabajo productivo. Logró así igualar el bienestar y la riqueza al valor de cambio” considera al trabajo no sólo como un factor productivo más, sino como el factor que determina el valor de todos los demás factores que intervienen en la producción.

La subsistencia también adquirió una nueva definición; por subsistencia se comienza a entender la "supervivencia sociobiológica del productor individual bajo condiciones de la acumulación de capital." No es casualidad que la época en que se instauraron estas nuevas concepciones de producción y de subsistencia sea la misma en que se comenzó a perder la proporcionalidad que caracterizaba a las comunidades vernáculas.

Es el inicio de la era en que "las antiguas formas de economía comunitaria, que en otros tiempos aseguraron el sustento de grupos limitados de hombres que compartían algún sentido de la buena vida pueden ahora ser reprimidas y pronto desmanteladas en nombre de un imperativo productivo."

Lo vernáculo comenzó a ser definido por la mente del homo oeconomicus como improductivo y por tanto indeseable. Pero esta concepción sólo es válida para quienes han asumido el paradigma economicista -o tercer modelo de integración de la economía en la sociedad descrito por Polanyi-, el cual tiende a reducir todo a producción, escasez, indicadores económicos, mercado, necesidades y a su afán por tener control sobre todo

Robert no exagera al decir que "los economistas se ensañan tanto contra el orden comunitario tradicional precisamente porque permite subsistir sin producir valores económicos."

En las comunidades vernáculas se lleva a cabo una economía de subsistencia. Es decir, ellas mismas producen lo que consumen casi en su totalidad -y a veces, incluso en su totalidad-. Se trata de comunidades que no necesitan recurrir al mercado para satisfacer sus necesidades. En otras palabras las comunidades vernáculas son prácticamente autosuficientes; la producción que existe en este tipo de comunidades es concebida en el antiguo sentido del concepto; este tipo de producción no obedece a las leyes del mercado sino a tradiciones y reglas vernáculas. Lo producido en las comunidades vernáculas no es considerado como una mercancía ni se comercializa.

Pese a que la producción vernácula, como podríamos llamarle a la forma de producir en los grupos vernáculos, es suficiente para toda una comunidad, la mayoría de las actividades vernáculas productivas, bajo una óptica moderna, son definidas como improductivas y subdesarrolladas.

Robert afirma que es necesario acabar con lo vernáculo, es decir, "devaluar los patrones culturales heredados, acabar con la posibilidad de subsistir fuera de la economía mercantil, negar el sentido local de la buena vida y hasta subvertir los significados acostumbrados de las palabras" , para el buen funcionamiento de la producción moderna; puesto que, una vez aniquilado lo vernáculo es más fácil hacer dependientes a las personas que pertenecían a una comunidad tradicional, de los bienes y los servicios que ofrece el mercado. Y con ello, además es más sencillo insertar como fuerza de trabajo o mano de obra a aquellos hombres que unos cuantos años antes ni siquiera hablaban de tener un trabajo.

La destrucción de lo vernáculo, su desvalorización, es el ingrediente más conveniente para los planes modernos, pues con ello la gente se convierte en población, en energía, en parte de una estadística... Y con tal cosa, ayuda a crear el campo propicio para el funcionamiento de lo que Illich llama la mega-máquina y Polanyi la sociedad económica.
Un axioma constitutivo de este mundo-mercado es a su vez que la productividad -es decir, lo que vimos que Polanyi llamaba economización o maximización- es la norma universal según la cual todo comportamiento particular será o no legitimado
Los expertos establecerán después la lista de los pocos premiados y de los muchos frustrados." Aunque de antemano ya se sabe que los primeros lugares están asegurados, y sólo es una ridícula y frustrante farsa.

La pobreza modernizadora como pérdida de lo vernáculo

"Hasta el presente, toda tentativa de sustituir un valor vernáculo por una mercancía universal ha desembocado, no en la igualdad sino en una modernización jerarquizada de la pobreza. En el nuevo esquema de repartición los pobres no son aquellos que sobreviven gracias a sus actividades vernáculas porque no tienen más que un acceso marginal, o ningún acceso en absoluto, al mercado. No, los pobres modernizados son aquellos cuyo dominio vernáculo, en palabra y en acción, es el más restringido, aquellos que sacian el mínimo de satisfacción de las pocas actividades vernáculas a las que pueden aún entregarse. Iván Illich, Shadow Work

Como hemos visto a lo largo de este trabajo las comunidades vernáculas o tradicionales tenían un tamaño proporcional que les permitía mantener un balance dentro de su comunidad

La producción de una comunidad vernácula era suficiente para satisfacer los quereres materiales de la misma, salvo en casos extraordinarios como una guerra o una peste. Este tipo de comunidades tenían lo indispensable para subsistir, incluso llegaban a tener excedentes, de acuerdo con los cánones modernos sus condiciones de vida son precarias y no adecuadas para el ser humano.

Las categorías modernas obedece a la lógica economicista que nos enseña que todos debemos por derecho vivir igual, pues somos homos aequalis.

En la antigüedad era impensable que dos comunidades vivieran de la misma manera, y mucho más difícil pretender que alguna de ellas impusiera su modo de vida a otras.

La forma en que una comunidad pierde la proporcionalidad, es decir, la forma en que una sociedad pasa de las nociones del bien y del mal para evaluar la acción humana, a las de los del valor y el desvalor, generalmente tiene los siguientes elementos: la incursión del monopolio radical en algunos ámbitos; la creación de escasez; y por último la asunción de escasez.

Para la incursión del monopolio radical se utilizan diversas estrategias. Una de ellas consiste en degradar aquellas cosas que la propia comunidad produce volviendo urgente sustituirlas por cosas producidas de manera industrial.

Como ya vimos, la implantación del monopolio radical en una sociedad, crea y hace asumir escasez. Crea escasez en la medida en que de hecho destruye o cerca los ámbitos de comunidad. Hace asumir escasez, en la medida en que los habitantes de dicha comunidad sienten necesitar aquello que ofrecen los monopolios radicales.

El PIB. Con esta noción las burocracias, los profesionales y la élite, dicen poder medir el retraso o adelanto de un pueblo. Claro está, las nociones retraso y adelanto son creadas a partir de esquemas creados en sociedades económicas.

"El PIB per cápita, el indicador básico del nivel de vida, se convirtió en el criterio fundamental para medir el nivel de desarrollo

En las comunidades tradicionales y en los grupos de base, podemos decir que hay tantos modos de vida como comunidades.

En Trabajo Fantasma leemos que en las sociedades tradicionales no existe algo que sea equivalente al trabajo asalariado, de hecho las personas que tenían que recurrir a la obtención de un salario eran aquellas cuyo hogar no era autosuficiente, eran vistas como miserables, pero nunca pobres.

"La concepción de que trabajar honradamente y conseguir un salario que nos permita satisfacer nuestras necesidades en el mercado es lo bueno, lo correcto, es muy reciente. Dicha concepción empieza a formarse en siglo XVII en la Europa Protestante y en el siglo XVIII en Francia

Es en ese momento que comienzan a ser considerados los vagabundos y holgazanes como pobres; de manera que debían ser transformados de mendigos a hombres útiles, es decir, a trabajadores. Los indigentes del siglo XVIII, así como la mayoría de la gente, se resistían de manera violenta a su conversión hacia seres aptos para el trabajo

A la par del trabajo asalariado surgió el trabajo fantasma. Según Iván Illich el trabajo fantasma es: "el esfuerzo no pagado del consumidor que agrega a una mercancía un valor adicional necesario para hacerla útil a la unidad de consumo en sí."

Con el término de trabajo fantasma Illich se refiere, por una parte, a todas aquellas actividades no remuneradas que realizamos diariamente y gracias a las cuales es posible llevar a cabo el trabajo asalariado. Y por otra parte a esas actividades necesarias para el agregar valor de uso a los bienes.

el trabajo fantasma está en todos lados y lo desempeñamos todos, como tal podemos identificar la compra de víveres, la mayor parte del trabajo que realizamos los estudiantes para aprobar los exámenes, así como todo el proceso de formación de nuevos y próximos trabajadores, la transportación, etc.

El trabajo fantasma sólo es posible en la sociedad económica, debido a que es el complemento necesario del trabajo asalariado. De hecho, en el trabajo fantasma invertimos más tiempo y esfuerzo que en el asalariado

Illich retoma el concepto de trabajo debido a que el término mismo nos indica pérdida de tiempo, además, de que es un término neutro, es decir, carente de género, característica propia de las sociedades económicas.

Illich descubre que el trabajo fantasma, pese a que generalmente es ignorado, es aún más importante que el trabajo asalariado mismo para el funcionamiento de las sociedades económicas
De esta manera estamos hablando del binomio trabajo fantasma + trabajo asalariado = trabajo industrial frente a las actividades vernáculas o de subsistencia.
En las comunidades vernáculas se desempeñan actividades de subsistencia. Como su nombre lo indica, son todas aquellas actividades que permiten que la comunidad subsista, debemos recordar que el tamaño de este tipo de comunidades es proporcional, limitado. Dichas actividades están designadas con base en el género. No así en las sociedades económicas, en donde el trabajo industrial nos indica neutralidad. Por tanto, una supuesta igualdad para desempeñar cualquier trabajo.

El principio de igualdad de la ideología moderna nos lleva a pensar que cualquier individuo puede ser doctor, maestro, albañil, arquitecto, o lo que desee; no importando si se es hombre o mujer.

A partir de dicha ideología Illich habla de una pérdida la de lo vernáculo, lo cual deriva en una serie de relaciones de envidia y competencia bajo el supuesto de igualdad entre todos.

El género

Al descubrir Illich que lo vernáculo es socavado por la occidentalización, se percata también de que las relaciones entre hombres y mujeres se modifican.

Estas relaciones son determinadas por el género

"una diferenciación en la conducta que es universal en todas las culturas vernáculas. Distingue lugares, tiempos, herramientas, tareas, formas de lenguaje, gestos y percepciones asociados con hombres de los que están asociados con mujeres. Esta asociación constituye el género social porque es específico de una época o un lugar. Le llamo género vernáculo porque tal conjunto de asociaciones es tan peculiar de un pueblo tradicional (en latín, gens) como lo es su habla vernácula”.

Utilizo la palabra género de una nueva manera para designar una dualidad tan obvia en el pasado que ni siquiera cabría darle un nombre y que hoy nos es tan distante que a menudo la confundimos con el sexo.

Al decir sexo me refiero a una polarización en aquellas características comunes que, a partir de fines del. siglo XVIII, se atribuye a todos los seres humanos" . Illich concluye que lo vernáculo siempre tiene género

La relación entre los hombres y las mujeres, en las sociedades vernáculas -es decir, con género- pueden ser calificadas como relaciones de complementariedad ambigua:

"La complementariedad entre géneros es tanto asimétrica como ambigua. La asimetría implica una desproporción en el tamaño o valor, en la fuerza o el peso; la ambigüedad no. La asimetría indica una posición relativa; la ambigüedad el hecho de que los dos no embonan de manera congruente (...) Siempre que la ambigüedad constituye las dos entidades que también relaciona, engendra nuevas incongruencias parciales entre hombres y mujeres que constantemente trastornan toda tendencia hacia la jerarquía y la dependencia”.

La relación entre géneros en las sociedades vernáculas suele ser una relación de dominios diferentes. La diferencia que queda instituida en dichas relaciones no conlleva a la dominación ni a la competencia entre géneros, pero si a una exclusión de un género por el otro. Es decir, el dominio femenino queda vetado para los hombres, y el dominio masculino deja al margen a las mujeres.

En las sociedades vernáculas los quereres materiales se satisfacen con base en las tradiciones, las posibilidades materiales y los planes de crecimiento y destrucción de la producción. De tal suerte que el mercado es una institución marginal.

Por otra parte, en las sociedades económicas la dependencia al mercado afecta tanto a hombres como a mujeres, es decir, el mercado es neutro -carente de género-. Las mercancías, que sólo pueden adquirirse en el mercado, tienen el papel central en la satisfacción de los quereres materiales, para lo cual es preciso conseguir un patrón que nos vincule con ellas. Este patrón se denomina dinero. El dinero es neutro puesto que tanto hombres como mujeres lo requieren para adquirir mercancías. Y, para obtenerlo es necesario que hombres y mujeres se conviertan en un ente sin género llamado fuerza de trabajo.

Esos dos dominios, el masculino y el femenino, son abatidos por una neutralidad económica. Una vez instituida la sociedad económica, la única diferencia que queda entre hombres y mujeres, es su sexo.

Una vez que el reino del género ha sido roto, ideológicamente hombres y mujeres son iguales. Pero sólo ideológicamente pues en realidad lo moderno no trae consigo la igualdad entre el hombre y la mujer.
En estas sociedades que se pretenden igualitaristas, quien lleva la peor parte es la mujer, puesto que una vez que ha perdido el amparo que le proporcionaba el género es desplazada de su dominio vernáculo, ya que los ámbitos que por tradición le correspondían han sido invadidos por los hombres; además es discriminada en el mercado de trabajo y cuando realiza trabajo fantasma.
A medida en que el crecimiento económico es cada vez mayor, y que el capitalismo avanza aplastando a lo vernáculo, dicha discriminación se vuelve mayor.
La concepción del hombre y la mujer como seres neutros -i.e. fuerza de trabajo- y la dependencia del mercado en las sociedades económicas son los principales factores que han contribuido, según Illich, a la desaparición de esa característica esencial de todo lo que es vernáculo, el género.

De la mano de la desaparición del género, desaparece también esa relación proporcional que existe en las sociedades vernáculas, entre hombres y mujeres. De dicha desaparición resultan nuevas relaciones entre hombres y mujeres, mismas que se caracterizan por ser de envidia y competencia.

Argumento que la pérdida del género vernáculo es condición decisiva para el auge del capitalismo y un estilo de vida dependiente de mercancías industrialmente producidas.

La decadencia del sexismo requiere como condición necesaria, si bien insuficiente, la contracción del nexo monetario y la expansión de formas de subsistencia ajenas al ámbito de la economía y el mercado.

Pero la reducción del nexo monetario, es decir, de la producción y la dependencia de mercancías, no está en el reino de la fantasía. Tal repliegue, es cierto, significa la renuncia a las expectativas y los hábitos cotidianos hoy considerados "naturales al hombre". Mucha gente, incluyendo algunos que saben que dar marcha atrás es la alternativa necesaria al horror, considera imposible esta opción, pero un número rápidamente en aumento de gentes experimentadas, junto con un creciente número de expertos (algunos convencidos y otros oportunistas) coinciden en que es la decisión más sabia. La subsistencia que se basa en una desconexión progresiva del nexo monetario parece ser hoy una condición de supervivencia.

Sin un crecimiento negativo es imposible mantener el equilibrio ecológico, lograr la justicia entre regiones del mundo o fomentar la paz de los pueblos.

Hay dos modos de existencia que denominaré el reino del género vernáculo y el régimen del sexo económico. Los términos mismos indican que ambas formas de ser son duales y que las dualidades son de clase muy distinta. Al decir género social me refiero a la dualidad circunscrita a un tiempo y un lugar que coloca a hombres y mujeres en circunstancias y condiciones que les impiden decir, hacer, desear o percibir "la misma cosa".

Al decir sexo económico o social me refiero a la dualidad que se tiende hacia la meta ilusoria de la igualdad económica, política, legal o social entre hombres y mujeres. En esta segunda construcción de la realidad, como lo demostraré, la igualdad es casi pura fantasía.

. Únicamente la grotesca metamorfosis de los ámbitos de comunidad en recursos se puede comparar con la del género en sexo. Describo esta última a partir de la perspectiva del pasado. Del futuro no sé ni diré nada.

LA CONVIVENCIALIDAD

Llamo sociedad convivencial a aquella en que la herramienta moderna está al servicio de la persona integrada a la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas. Convivencial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta.
Convivencial es la herramienta, no el hombre. Al hombre que encuentra su alegría y su equilibrio en el empleo de la herramienta convivencial, le llamo austero.

La austeridad forma parte de una virtud que es más frágil, que la supera y que la engloba: la alegría, la eutrapelia, la amistad.

La solución de la crisis exige una conversión radical: solamente echando abajo la sólida estructura que regula la relación del hombre con la herramienta, podremos darnos unas herramientas justas.

La herramienta justa responde a tres exigencias:

  • Es generadora de eficiencia sin degradar la autonomía personal;

  • no suscita ni esclavos ni amos; expande el radio de acción personal.

  • El hombre necesita de una herramienta con la cual trabajar, y no de instrumentos que trabajen en su lugar.


Bajo convivencialidad entiendo lo inverso de la productividad industrial. Cada uno de nosotros se define por la relación con los otros y con el ambiente, así como por la sólida estructura de las herramientas que utiliza.

Éstas pueden ordenarse en una serie continua cuyos extremos son la herramienta como instrumento dominante y la herramienta convivencial. El paso de la productividad a la convivencialidad es el paso de la repetición de la falta a la espontaneidad del don.

Trasladarse de la productividad a la convivencialidad es sustituir un valor técnico por un valor ético, un valor material por un valor realizado.
Cuando una sociedad, no importa cuál, rechaza la convivencialidad antes de alcanzar un cierto nivel, se convierte en presa de la falta, ya que ninguna hipertrofia de la productividad logrará jamás satisfacer las necesidades creadas y multiplicadas por la envidia.
La institución industrial tiene sus fines que justifican los medios. El dogma del crecimiento acelerado justifica la sacralización de la productividad industrial, a costa de la convivencialidad.

A la amenaza de un apocalipsis tecnocrático, yo opongo la visión de una sociedad convivencial. La sociedad convivencial descansará sobre contratos sociales que garanticen a cada uno el mayor y más libre acceso a las herramientas de la comunidad, con la condición de no lesionar una igual libertad de acceso al otro.
En nuestros días existe la tendencia a confiar a un cuerpo de especialistas la tarea de sondear y anunciar el futuro. Se entrega el poder a hombres políticos que prometen construir la megamáquina para producir el porvenir.

Se acepta una creciente disparidad de niveles de energía y de poder, puesto que el desarrollo de la productividad requiere la desigualdad. Mientras más igualitaria es la distribución, más centralizado es el control de la producción. Las propias instituciones políticas funcionan como mecanismos de presión y de represión, que doman al ciudadano y vuelven a domar al desviado para conformarlos a los objetivos de producción. El Derecho se subordina al bien de la institución. El consenso de la fe utilitaria degrada la justicia al simple rango de una distribución equitativa de los productos de la institución.
Los valores de base son la supervivencia y la equidad, y la autonomía como poder de control sobre la energía define el trabajo convivencial.

Una estructura convivencial de la herramienta hace realizable la equidad y practicable la justicia; ella constituye la única garantía de supervivencia.

La convivencialidad no tiene precio, pero se debe saber muy bien lo que costará desprenderse del modelo actual. El hombre reencontrará la alegría de la sobriedad y de la austeridad, reaprendiendo a depender del otro, en vez de convertirse en esclavo de la energía y de la burocracia todopoderosa.

Nos encontramos en la época de los hombres-máquina, incapaces de considerar, en su riqueza y en su concreción, el radio de acción que ofrecen las herramientas modernas mantenidas dentro de ciertos límites. En su mente no hay un lugar reservado al salto cualitativo que implicaría una economía en equilibrio estable con el mundo.

En su cerebro no hay un hueco para una sociedad liberada de los horarios y de los tratamientos que les impone el incremento de la instrumentalización. El hombre-máquina no conoce la alegría que tiene al alcance de la mano dentro de una pobreza querida; no conoce la sobria embriaguez de la vida.

Una sociedad en donde cada cual apreciara lo que es suficiente sería quizás una sociedad pobre, pero sería seguramente rica en sorpresas y sería libre.

Una pluralidad de herramientas limitadas y de organizaciones convivenciales estimularía una diversidad de modos de vida, que tendría más en cuenta la memoria, es decir la herencia del pasado, o la invención, es decir la creación

Sólo hay una forma de liquidar para siempre a los dirigentes: demoliendo la maquinaria que los hace necesarios. Una especie se extingue cuando ya no tiene razón de ser.

En el centro de una sociedad convivencial está la vida política

La redefinición del proceso de adquisición del saber, en términos de escolarización, no sólo ha justificado a la escuela, al darle apariencia de necesidad, sino que una vez que se acepta ser definido por una administración, según su grado de conocimientos, se acepta después, sin dudar, que los burócratas determinen sus necesidades de salud, que los tecnócratas definan su falta de movilidad... Una vez moldeado en la mentalidad de consumidor-usuario, ya no puede ver la perversión de los medios convertidos en fines, inherentes a la estructura misma de la producción industrial tanto de lo necesario como de lo suntuario.

En realidad, la industrialización de las necesidades reduce toda satisfacción a un acto de verificación operacional, sustituye la alegría de vivir por el placer de aplicar una medida.

Liberarse de la opresión del sin sentido y de la falta, reconociendo cada uno su propia capacidad de aprender, de moverse, de descuidarse, de hacerse entender y de comprender. Esta liberación es obligadamente instantánea, puesto que no hay término medio entre la inconsciencia y el despertar.

La falta, que la sociedad industrial mantiene con esmero, no sobrevive al descubrimiento que muestra cómo las personas y las comunidades pueden, ellas mismas, satisfacer sus verdaderas necesidades.

Una sociedad convivencial es la que ofrece al hombre la posibilidad de ejercer la acción más autónoma y más creativa, con ayuda de las herramientas menos controlables por los otros.

La productividad se conjuga en términos de tener, la convivencialidad en términos de ser.

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