Cuenta con una primera parte teórica sobre el concepto y construcción de la masculinidad en la Sociedad Occidental, y una segunda parte con las dinámicas que corrieron a cargo del colectivo de Hombres por la Igualdad de Sevilla (Fhxi)






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fecha de publicación15.10.2016
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Acto 26 Noviembre Bloque Alternativo lgtbq+ Sevilla Vanesa Muñoz Troya

DESARROLLO DEL TALLER DE MASCULINIDAD DEL ACTO DEL 26 NOVIEMBRE.

Cuenta con una primera parte teórica sobre el concepto y construcción de la masculinidad en la Sociedad Occidental, y una segunda parte con las dinámicas que corrieron a cargo del colectivo de Hombres por la Igualdad de Sevilla (Fhxi).

La Cuestión del Patriarcado.

Por lo que respecta a su significado estricto, el patriarcado hace referencia a un sistema en el que dominación patriarcal de los cabezas de familia sobre sus parientes antecede a la antigüedad clásica; comienza en el tercer milenio a.C. y se encuentra ya bien establecida hacia la época en que se escribe la Biblia hebrea, en el que el cabeza de familia de una unidad doméstica tenía un poder legal y económico absoluto sobre los otros miembros; mujeres y varones. Las personas que utilizan el término en esta forma a menudo dan a entender con ello que tiene una historicidad limitada: el patriarcado surgió en la antigüedad clásica y terminó en el siglo XIX con la concesión de los derechos civiles a las mujeres en particular a las casadas. Cuando realmente la dominación masculina dentro de la familia sencillamente cobra una nueva forma y no finaliza.

Patriarcado, en su definición más amplia, sería la manifestación y la institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y los niños de la familia y la ampliación de ese dominio masculino sobre las mujeres a la sociedad en general. Lo que implica que los varones tienen el poder en las instituciones importantes de la sociedad y son quienes privan a las mujeres de acceder a ellas. Si el patriarcado describe el sistema institucionalizado de dominación masculina, el paternalismo describe un modo particular, un subgrupo, de relaciones patriarcales.

El paternalismo, o la dominación paternalista, describe la relación de un grupo dominante, y un grupo subordinado, en la que la dominación queda mitigada por las obligaciones mutuas y deberes recíprocos. Los dominados cambian sumisión por protección, trabajo no remunerado por manutención. En las relaciones familiares, hay que advertir que las responsabilidades y las obligaciones no están repartidas equitativamente entre los protegidos; la subordinación de los hijos a la dominación paterna es temporal; dura hasta que ellos mismos pasan a convertirse en cabezas de familia. La subordinación de las hijas y esposas es de por vida. Las hijas tan sólo pueden escaparse si se convierten en esposas de otro bajo su dominación/protección. Las bases del paternalismo figuran en un contrato de intercambio no escrito: el apoyo económico y la protección que da el varón a cambio de la subordinación en cualquier aspecto, los servicios sexuales y los trabajos domésticos gratis por parte de las mujeres.

El sexismo define la ideología de la supremacía masculina, la superioridad del varón, las creencias que las respaldan y las instituciones que las mantienen. El sexismo y el patriarcado se refuerzan mutuamente. Es evidente, que puede existir sexismo en sociedades donde se haya abolido un patriarcado institucionalizado. Un ejemplo serían los países socialistas cuyas instituciones garantizan la absoluta igualdad de las mujeres en la vida pública, pero en los que, en cambio, las relaciones sociales y familiares son sexistas. La cuestión de si puede existir el patriarcado, incluso cuando se ha abolido la propiedad privada, se debate continuamente y divide a marxistas y feministas. Por otra parte, allí donde exista la familia patriarcal, hay un patriarcado en proceso continuo de (re)aparición.

Cuestión de identidades: roles adscritos a géneros biológicos: coincidiendo el sexo biológico varón con roles masculinos, y el sexo biológico mujer con roles femeninos.

LO MASCULINO POR OPOSICIÓN

SER MASCULINO

SER FEMENINO

Fuerte, inteligente, racional, activo, agresivo, dominante, rudo, productivo, independiente, decidido, seguro, estable, competitivo, persistente.
Estereotipos que los encasillan en el desempeño de roles instrumentales que los llevan a:

Entrenarse en actividades como luchar, ganar, atacar, conquistar, vencer, dominar, controlar; expresar su sexualidad.
Orientarse hacia la vida pública y la realización social, motivarse al logro, al éxito, a tomar decisiones.
Ser proveedor, protector, servido, obedecido y detentar el poder, la fuerza y la violencia.

Lo que significa construir la masculinidad bajo el “machismo” como expresión exagerada de masculinidad, con el deseo y la necesidad de afirmarse constantemente como hombre ante los demás hombres y ante las mujeres, probando la hombría y su virilidad.

Débil, bella, emocional, sumisa, coqueta, tierna, delicada, reproductiva, dependiente, obediente, tolerante, paciente, insegura, inestable, colaboradora, voluble, cambiante.
Estereotipos que las encasillan en el desempeño de roles expresivos y de servicio que las llevan a:

Postergarse, esperar, sacrificarse, perder, defenderse, limitarse, dejarse conquistar, someterse, mostrarse, reprimir, negar su sexualidad, ayudar.

Orientarse hacia la intimidad, construir su vida en el espacio privado/doméstico, responsable de la crianza de los hijos, limitando su realización personal en la familia y el hogar.

Ser objeto de abusos de poder, maltrato y violencia. Lo que significa construir la feminidad en torno a los ejes de la maternidad como máxima realización e ideal del deber ser femenino, a la servidumbre voluntaria, entrega y dependencia de los otros en lo emocional, afectivo, sexual, económico y social; a albergar sentimientos de esperanza aprendida y sentirse dueña de la culpa.

En las sociedades patriarcales, los varones reciben sobre sus hombros el peso de una serie de estereotipos y expectativas de género que les son asignados al nacer con un cuerpo determinado genitalmente “varón”, cuyo peso es tal, que pueden llegar a verse privados de la libertad de vivir plenamente el reconocimiento de sus emociones o asumir una paternidad responsable. Las sociedades patriarcales, presentan un referente de hombre que todo varón debe encarnar en los roles de género que le son asignados; características para desarrollar su hombría, que vendría a ser el último estadio de la masculinidad, la masculinidad plena, la del hombre que ha establecido una familia a la que proteger y proveer, y por tanto se ha convertido en una autoridad máxima.

Todo el entramado de atributos, valores, normas, prohibiciones y mandatos culturales convergen en una serie de concepciones que constituyen el modelo de masculinidad hegemónico con el que se comparan o son comparados los varones entre sí y contrastados con las mujeres. Un componente fundamental de la hombría, es la virilidad: “el hombre es más hombre en cuanto más se aleja de lo establecido como lo femenino”. Constantemente, los varones tienen que comprobarse a sí mismos, ante las mujeres y otros varones, ya que al no hacerlo, su masculinidad estaría en peligro y podrían caer en riesgo de ser considerados como “afeminados”. La feminidad y las mujeres son el límite de la masculinidad, cruzar ese límite sería exponerse a ser estereotipados como “no perteneciente al mundo de los hombres”, ser marginados y tratados como inferior, es decir, como una mujer. Así, lo masculino es construido en contraposición a todo lo que sea considerado femenino (véase tabla: lo masculino por oposición).

Para convertirse en “hombres”, los varones deben asumir una heterosexualidad activa (y sobre todo hacerla pública), el modelo funciona a través de reguladores culturales protectores de la masculinidad construidos por la sociedad que reciben el nombre de mecanismos de diferenciación: machismo, misoginia y fobia contra personas sexualmente diversas, además de interiorizar concepciones que los varones interiorizan desde temprana edad:

  • La diferencia sustancial entre los hombres como seres superiores y mujeres como seres inferiores.

  • Los “hombres de verdad” son superiores a cualquier hombre que no se ajuste a las normas aceptadas como ineludibles de la masculinidad dominante.

  • Cualquier actividad, actitud o conducta identificada como femenina degrada a los hombres que las aceptan. Dejar aflorar emociones…

  • La capacidad y el deseo de dominar a los demás y de triunfar en cualquier competencia son rasgos esenciales de la identidad de los hombres. “Nacidos para ganar”.

  • La dureza y capacidad de ser el sostén de la familia son los rasgos masculinos de mayor valor.

  • La sexualidad de los “hombres de verdad” es un medio de demostrar la superioridad de los hombres y su dominio sobre las mujeres.

  • En casos extremos, los hombres deben ejercer la violencia con otros “hombres de verdad”, ya que de no hacerlo se arriesgan a ser llamados cobardes, o mucho peor “poco hombre”.

Repensar la masculinidad, es reconocer que no existe una, sino que existen múltiples y muy variadas masculinidades, desde el reconocimiento de la multiculturalidad como factor primordial en ello, hasta el reconocimiento de la particularidad de cada sujeto y su historia de vida. Como decía Simone de Beavour: “no se nace mujer, se llega a serlo”, pues de igual forma se puede hablar en el caso del hombre, que no se nace, se hace.

Los varones no han tenido, dada su condición, ninguna necesidad de problematizarse a sí mismos en tanto que dominadores, mientras que no han dejado de emitir discursos legitimadores de su posición de poder sobre las mujeres. Es por ello, que la cuestión de la masculinidad no ha sido puesta en tela de juicio, ni sometida a reflexión. El dominio, el derecho a mandar, no se ponían en cuestión, formaban parte del orden de las cosas, un orden “natural”.

El problema de la masculinidad es un problema netamente occidental, y se traduce en una pérdida de importancia del varón y en un cuestionamiento de su condición indiscutida y natural de parte “dominante” en el sistema sexo/género1. Sin embargo, los mecanismos de construcción del varón en tanto que dominador subsisten engarzados en el sistema educativo y en la familia, igual que permanecen la mayoría de las imágenes culturales tradicionales de la “masculinidad”. Así, a la vez que las nuevas concepciones sobre las relaciones entre los género se extienden por el cuerpo social, la persistencia de las viejas formas genera todo tipo de conflicto, tanto en el varón como en la mujer. En la pareja, en la familia y en las relaciones sexuales. Siguen existiendo innumerables bolsas de masculinidad tradicional, en ciertos medios sociales, en ciertos sectores de actividad económica y política, en la educación, en el deporte-espectáculo, etc.

Todo ello, unido al refinamiento de los procesos de individualización propios de la sociedad basada en una economía de mercado, que provoca, conflictos legibles en clave psicológica, es decir, de una manera individualizada, en términos de “identidad” individual. Siguiendo una lógica cultural elemental, en un sistema sexo/género basado en la clasificación dicotómica ó binaria impuestas (hombre – mujer), todo lo que le ocurra a una le repercute a la otra. Si las mujeres “problematizan” su posición de subordinadas y consiguen introducir un nuevo discurso sobre el tema en la sociedad, los hombres se verán obligados, tarde o temprano, a repensar su propia posición, antes incuestionada, de dominio. En relación a esto, recientemente se han dado estudios sobre qué significa “ser un hombre”, sobre cómo se llega a serlo y sobre lo que hay que hacer para seguir siéndolo.

Las teorizaciones contemporáneas sobre la masculinidad suelen dejar en un segundo plano u olvidar por completo la cuestión de cómo se regula el ejercicio del poder en las relaciones sociales, sustituyendo esto por consideraciones de carácter psicologistas sobre identidades primarias y secundarias (primero el niño en la infancia es “afeminado”[primaria]; pasa a hombre tras ritos de iniciación [secundaria]), o por un problema de (ir)responsabilidad individual. Si pensamos en esto último, las iniciaciones masculinas son como una especie de escenificación de los componentes de una ideología sexual que justifica la explotación de las mujeres en beneficio de los hombres. Esto refuerza las relaciones con el poder y el sometimiento y opresión de la mujer bajo el dominio masculino en general, y la jerarquía entre los hombres, ya que entre ellos lo que buscan e intentan mantenerse en la condición de ser “un hombre de verdad”.

La preocupación por la masculinidad comienza desde el momento en el que las mujeres alcanzan la esfera pública con un discurso propio. El problema de la masculinidad se convierte ahora en un problema de construcción de la identidad de los hombres en tanto que individuos. La entrada en la vida adulta, que en el caso de los varones podría verse como la entrada en la “hombría”, entendida ésta como lo que son y lo que hacen los varones adultos de su sociedad, puede darse mediante un rito tradicionalmente establecido de duración variable según las culturas, o como en el caso occidental mediante un proceso de duración indefinida, sin pautas claras de tipo “ritual”, pero quizá no con menos exigencias en el comportamiento. En ambos casos, los varones adultos van a tener un papel y un peso determinantes, ya sea en forma directa o en tanto que “modelos” a imitar, y también van a resultar decisivas las relaciones establecidas con el resto de varones de la misma generación.

La masculinidad: “la forma aceptada socialmente de ser varón adulto en una sociedad concreta”. La sociedad tiene muy claro desde el nacimiento, quién es un varón, susceptible de convertirse en un “hombre” en su adultez, y quien una hembra, que llegará a ser una mujer; lo que van a hacer es someter a los varones a una serie de aprendizajes que van a reforzar culturalmente su condición de dominadores, proveedores de recursos y poseedores del poder, que llevando a cabo estas funciones muestran su virilidad. La cuestión de la competencia viril es un problema porque lleva directamente a un lugar dentro de la jerarquía de las relaciones sociales entre los varones.

Los mecanismos culturales y sociales utilizados para demostrar que se es un hombre de verdad, varían notablemente en función de la época histórica, la clase social, la cultura…, guardando relación directa con el sistema de producción, los valores y las normas que cada cultura considera deseables. La masculinidad patriarcal se define por:

  • La separación de los chicos de la madre para evitar la contaminación de comportamientos; la segregación desde edades tempranas para diferenciarse de las chicas y la reafirmación de la heterosexualidad por negación de la homosexualidad.

Los mecanismos de segregación y diferenciación (sociedad y educación) son reproducidos por los grupos e instituciones de poder que legitiman y refuerzan esas diferencias. Características que definen la masculinidad; expresión de la sexualidad o autosuficiencia económica, competitividad, búsqueda de experiencias de riesgo…, la masculinidad es un fenómeno cultural frente al hecho de ser un hombre entendido en términos biológicos, lo cual plantea la distinción entre sexo y género. En consecuencia, una cuestión crucial es que existen diferentes masculinidades ¿Cómo se establecen las relaciones entre ellas?, y ¿Cómo se transmiten o tratan de perpetuarse en las instituciones educativas?

Marcela Lagarde; “los hombres ejercen poderes de dominio sobre otros hombres por la competencia entre ellos para ser superiores, exitosos, y porque cada uno lucha por acaparar poderío para sí mismo, pero los hombres tienen sobre todo, la legitimidad para dominar a sus enemigos.

Connell plantea la existencia de una “hegemonía”, que hace referencia a la dinámica cultural por la cual un grupo reclama y sustenta una posición de liderazgo en la vida social. En cada época, una forma de masculinidad es exaltada culturalmente más que otra. Sin embargo, cuando se plantea las masculinidad de hombres sexualmente diversos, se entiende como una cultural subordinada a la heterosexual, ya que se simplifica y confunde masculinidad con pulsión sexual.

Es preferible hablar de las culturas de la opresión; concepción patriarcal de masculinidad frente a prácticas culturales de resistencia; colectivos de hombres que no se identifican con la cultura hegemónica. Ej.: si un niño muestra sensibilidad o expresa sus sentimientos de forma pública, la presión de los iguales, la familia o la escuela puede provocar la complicidad o marginación.

En determinadas épocas históricas en las que la represión institucional y de los grupos de poder está muy estructurada, algunos colectivos de hombres oprimidos por la masculinidad hegemónica no ha tenido más remedio que adoptar “formas de comportamiento socialmente aceptables”, es decir, soportar y ser soporte del patriarcado. Aunque esto lleva a que se produzcan crisis entre las distintas concepciones de la masculinidad que en la actualidad (sobre todo en adolescentes) se traduce en problemas afectivos, incremento de la violencia…

La Masculinidad se define por oposición a la feminidad, así, encontramos ejemplos claros de los aspectos que definen explícitamente la masculinidad: la ausencia de características femeninas; fuerza, dureza, poseer recursos, utilización monopolio de la violencia. Ocultación y dificultad de expresar sentimientos; la afectividad y su expresión está asociada a la debilidad y, por tanto con la feminidad. Violencia y masculinidad; no se debe identificar violencia con masculinidad, pero si hay una estrecha vinculación entre ambas, ya que se considera de manera generalizada una forma natural y divertida de relación interpersonal; tanto la agresión física (ser más fuertes…) ó a modo de juego. Homofobia; genera mecanismos que niegan la expresión de los sentimientos (se confunde pulsión sexual con género) y constituye uno de los principales obstáculos para el cambio de las concepciones patriarcales de la masculinidad.
Dinámica sobre La Masculinidad a cargo de Foro de Hombres por la Igualdad.
Dinámica de presentación.
Tras contabilizar a las personas presentes en el taller y presentarnos, nos dividimos en grupos de entre 6 – 8 personas. Comenzamos apuntando en un folio cuatro datos que nos identifican o con los que nos sentimos identificadas: nombre, un lugar en el mundo, una canción (con la que hayamos conectado por alguna cuestión relativa al género) y una situación en la que nos hayamos sentido tratadas como hombres o como mujeres.
Nos movemos por la clase leyendo las “tarjetas de presentación” de las demás. Preguntamos el por qué de la elección de lugares, canciones o situaciones. En pequeños grupos comentamos algunas de estas informaciones. Y pasamos a una puesta en común de todos esos datos a grandes rasgos, es decir, dentro de cada grupo aquellas cosas más significativas:
- Todxs hemos recibido un trato diferente en función del género al que hemos sido adscritxs. Ejemplo de una chica sobre su experiencia de trabajo de “mozx de almacén”.
- Los hombres tienen más autonomía desde pequeños, mientras que a las mujeres se les protege más. Aquí surgen algunas opiniones divergentes.

- Dictadura de la pandilla: en determinadas edades se está supeditadx a la voluntad del grupo. Romper con la pandilla supone fragilidad.
- El precio que hay que pagar por no ser rechazados (por ser un macho más) es muy grande.
- La mujer siempre está relegada al segundo plano, carente de referentes.
- Mandato de género: la masculinidad que se impone y en la que se educa a los niños hace más daño que felicidad crea…
Para erradicar las desigualdades necesitamos reconocer dónde estriban los mandatos de género y desde ahí dar pasos hacia su deconstrucción. Es especialmente necesario que sean los chicos los que tomen la iniciativa en este apartado porque son ellos los que detentan los espacios de privilegio y superioridad que les vienen dados por su genitalidad en el momento de nacer.
La Gymkana
Se forman 4 grupos de 5 personas cada uno. Se une a las componentes con una cinta adhesiva, de diferentes formas; unxs en círculo mirando todxs hacia dentro, en círculo mirando todxs hacia fuera, unidxs en “fila india”, unidos alternativamente por brazos, pies…. Se dispuso a 4 personas dentro de la sala, situándolas en las esquinas que portaban las pruebas que tenían que hacer todos los grupos, y a otras cuatro a modos de puntos cardinales de observadores. El objetivo era pintar una flor en cada esquina, y calcular la dimensión de la sala. El primero grupo que cumpla el objetivo gana.
Resultado:
El primer grupo ha sido el que estaba unido en “fila india”. Los comentarios de las “juezas”, 4 voluntarias que no participaban en el juego, coinciden en que les ha sido mucho más fácil y rápido desplazarse que al resto. En cambio, la comunicación ha sido nula. Este grupo es el modelo más jerárquico; el más interesado en el poder. Es este sentido representa al patriarcado mismo al emplear técnicas de trabajo individual, falta de cooperación y empatía y falta de reparto de tareas. Es un modelo vertical y peligrosamente efectivo: solamente una persona puede liderar.


¿Qué representan el resto de grupos?
Tienen en común que son grupos horizontales: todxs lxs componentes están al mismo nivel; unos mirándose hacia dentro, otros hacia fuera y otro grupo atado de piernas o brazos, de tal modo que todos tienen alguna extremidad libre. Todos tienen algún defecto de forma. Los que miran hacia dentro no pueden saber qué pasa fuera y lxs componentes terminan agobiadxs. Los que se daban la espalda no podían comunicarse. El grupo que tenía supuestamente más libertad y movilidad también peca de falta de organización: tienen un vínculo que los cohesiona como estructura pero no son capaces de ponerse de acuerdo para sacar partido de esa ventaja. Se comenta que de manera general ningún grupo ha cuestionado ni ha quebrantado la orden de la autoridad.
La conclusión que se extrae es que para combatir al sistema patriarcal debemos empezar de manera individual porque está presente en cada unx de nosotrxs. Lo ideal es trabajar desde dentro hacia fuera y viceversa.

Opiniones y comentarios:

De nuevo surge la cuestión del “mandato de género”. Las mujeres protestan por los modelos que las separan de las situaciones de poder y privilegio. Nos cuestionamos si los hombres perciben esta realidad al existir una brecha tan grande. Existe una igualdad en la superficie sustentada en un sistema patriarcal que impide que la igualdad sea real. En la mayoría de los movimientos antagonistas (de resistencia al sistema) se repiten elementos o patrones de lo que se pretende destruir. Un ejemplo que se da es el de la toma de palabra en el Movimiento 15M. Los hombres monopolizan el micrófono y la participación de las mujeres es muy escasa.
¿Quiere esto decir que la mujer debe aspirar a monopolizar los turnos de palabra?
No, puesto que sería erróneo intentar llegar a la igualdad imitando el modelo que existe, el modelo masculino como referente universal que no ha sido aún cuestionado.

El Bloque Alternativo LGTB es un grupo inclusivo y aboga por la cooperación entre distintos colectivos. En este sentido, se ha echado en falta la asistencia al evento de hoy de otros grupos que, por su naturaleza misma, deberían haber estado interesados.

Con todo esto solo nos queda decir como reflexión que ser hombre no es un estado, sino un proceso de búsqueda continua, y que dentro de nuestra sociedad patriarcal, el intentar ser un “hombre de verdad”, es un viaje a ninguna parte, porque los “hombres de verdad” no existen.

1 Esta pérdida de importancia del varón no se da por el cuestionamiento del “ser varón”, sino en el aumento de la importancia de la mujer, tras cuestionar la definición de ser mujer realizada por el hombre, exigiendo por tanto un papel activo en los diferentes ámbitos sociales.


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