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Espiritualidad para una sociedad plural

Xavier Melloni

Mar17, 2012

PRESENTACIÓN.- Es bien sabido que vivimos un cambio de época. Los referentes que hasta hace muy poco nos han guiado y nutrieron a las generaciones anteriores están en crisis. Ante esta situación de tránsito en la que vivimos, creemos que nuestro invitado de hoy, Xavier Melloni, nos puede dar algunas claves de discernimiento para poder afrontar las situaciones de cambio y poder vivir en profundidad nuestra plenitud. Por eso le preguntamos sobre qué espiritualidad nos correspondería en una sociedad plural como la nuestra.

X. Melloni es doctor en Teología y Licenciado en Antropología Cultural. Está especializado en Diálogo Interreligioso y Mística Comparada. Ha hecho reiteradas estancias en La India y ha reflexionado y estudiado la espiritualidad Ignaciana. Vive en el Centro de Espiritualidad de Manresa en el que acompaña a diferentes personas y reflexiona sobre las diversas manifestaciones de la experiencia de Dios. Tiene múltiples publicaciones y libros sobre temas interreligiosos.

Le preguntamos, para empezar, con cuál de sus libros se siente más satisfecho, con cuál te quedarías y cuáles nos recomendarías.

XABIER MELLONI.- Esto es como preguntarle a una madre cuál es su hijo preferido. No es fácil contestar. A veces nos solemos identificar con lo último que hemos escrito. Tal vez también porque a lo largo de la obra escrita suele estar también el itinerario de toda una vida. De todos modos diría que ahora estoy más en el “Cristo Interior” y el último ha sido “Hacia un tiempo de síntesis” que es una reelaboración de escritos de estos últimos 10 años. Me parece que recogen bien estas preguntas y atisbos de respuestas en torno a la interreligiosidad.

Vamos a compartir unas reflexiones como humanos y como creyentes porque todos estamos implicados en el mismo tiempo en la misma generación, en los grandes retos, en la mutación que estamos experimentando.

Tal vez estemos en un salto civilizatorio semejante al que se produjo hace 6000 años con el origen de las civilizaciones y el paso del mundo rural y nómada a los primeros que luego dieron origen a las ciudades y a la evolución cosmovisión al que eso supuso y a la aparición de la escritura con todo lo que eso significó para la difusión del pensamiento y el paso de la palabra presencial a la palabra del ausente. Esto es la escritura: la presencia del ausente a través de lo que deja escrito.

Con ello cambió la faz de la tierra. Parece un cambio comparable al que se produce hoy con la era de la informática y de los medios de comunicación y transporte aéreo con los que hoy contamos y que se ha descrito bastante bien con la expresión de la “aldea global”. Ya no hay aldeas aisladas. Aunque quisiéramos protegernos contra todo lo que esto significa, al final resulta que nos podemos enterar antes de lo que pasa en el otro confín del mundo que de lo que acaba de pasar en nuestro propio entorno, en la esquina de nuestra casa. Es la dislocación del espacio/tiempo que nos sitúa en nuevas coordenadas y que atañe también a lo que llamamos espiritualidad.

Voy a hacer estas reflexiones en torno al pasaje evangélico del encuentro de Jesús con la Samaritana en el Pozo de Jacob, en Samaría. Voy a utilizar este texto para ir desgranando algunos paralelismos.

Samaría es una tierra seca y desértica, parecida a lo que en nuestras latitudes pueden ser los Monegros. Para los judíos era una tierra hostil porque respecto a la religión y al culto mantenían diferencias religiosas, matices diversos, con sus habitantes, los samaritanos. Para un judío, atravesar el país de Samaría era algo ingrato.

Algunos de nosotros podemos tener la impresión de encontrarnos en Samaría: una tierra seca, ingrata, difícil, incómoda en la que no sabemos cómo situarnos después del paradigma de la Cristiandad que ha durado unos cuantos siglos. Todo esto, también durante unos cuantos siglos se ha ido poco a poco desmoronando.

En esta situación vamos careciendo de evidencias. Vivimos en el tiempo del fragmento y nuestra cosmovisión ya no abarca la totalidad sino que sólo abarca fragmentos de esa totalidad. Y nuestro fragmento resulta ser un fragmento entre otros fragmentos. Esto nos puede crear inquietud y en este sentido podemos relacionarlo con la hostilidad y con la sequía de lo que para un judío podía ser Samaría: tierra extraña, tierra ajena.

Sí, podemos sentirnos en tierra ajena. Sin embargo, en el corazón de esa tierra hostil e incómoda hay un pozo cuya agua “no deja de manar desde siempre y para siempre”, dice Jesús. Y en este pozo se produce el encuentro entre Jesús y la Samaritana.

De esto va la ESPIRITUALIDAD: de encontrar ese pozo que está en nuestra Samaría y que está en nosotros mismos. Acceder y tener las claves de reconocimiento para saber que ahí hay un pozo, un manantial que está permanentemente dando lo mejor de sí para apagar y calmar nuestra sed.

Todas las tradiciones religiosas dicen algo esencial. Y dicen que aquello que nos hace falta, ya está aquí; y que lo que está aquí, es lo que nos hace falta. Es decir, todas las tradiciones religiosas, todas ellas, son religaciones con la profundidad de lo real que cada una llama de distinta manera. Y nos dicen que la experiencia espiritual, la experiencia religiosa, es una experiencia de profunda realidad, de ir al corazón de lo que es pero que no sabemos percibir.

Por tanto, lo esencial, aquello que buscamos, esa agua que tiene que saciar nuestra sed, ya está aquí. Y eso que ya está aquí es precisamente lo que necesitamos. No necesitamos inventar nada, sino redescubrir lo que ya está aquí. Y en este descubrimiento consiste la aventura de la existencia humana. Y las distintas tradiciones religiosas están para ayudarnos a alcanzar esa agua.

En el encuentro que tiene Jesús con la Samaritana se va produciendo como una traslación en tres niveles. Jesús empieza hablando del agua física. Jesús ha recorrido parte del desierto, los discípulos han ido a por alimentos y Jesús se ha puesto a descansar. Una mujer va al pozo porque necesita el agua para las tareas domésticas.

Por tanto, hay un primer nivel y que tenemos que entender que también nosotros lo tenemos en las necesidades de nuestra existencia física: las necesidades fisiológicas. Y el modo en que debemos gestionar estas necesidades primarias es también una tarea espiritual.

Todas las guerras que hay y ha habido en el mundo siempre han sido y son desencadenadas por los recursos naturales. Es decir, por cómo gestionamos el atender a nuestras necesidades primarias.

Tenemos que saber que la economía y la política son actos espirituales porque son actos para la distribución de unos medios para unos y para otros y hay que decidir para quién van a ser, quién va a tener más, quién menos. Es una tarea que requiere la atención de la mente y el corazón y que toca, en definitiva, valores espirituales. Por tanto, la espiritualidad no es ajena a la distribución del agua. Y, cuando decimos agua, nos referimos en sentido amplio a todas nuestras necesidades de orden fisiológico

Abraham Maslow alude a seis peldaños en la escala de necesidades. Habrá más peldaños en la escala de necesidades, pero no cabe duda de que el primero de todos es el peldaño de las necesidades fisiológicas porque en ellas nos va la vida. Nos va la vida en beber agua potable, en comer lo necesario, en tener un habitat en el que no nos muramos de frío cuando viene el invierno.

Es decir que hay unas necesidades primarias, que son las primeras a las que hay que atender para sobre ellas construir lo demás. Por tanto, la espiritualidad también se interesa por la distribución del agua, porque es una cuestión de justicia. Todo lo que es tarea de la justicia, es tarea de la persona y del corazón porque es tarea que estudia cómo repartir y cómo repartimos los escasos recursos o abundantes recursos que tengamos.

Todo esto que hemos expresado sobre el agua física, es lo que llamaríamos PRIMER NIVEL DE NECESIDADES. Pero hay un SEGUNDO NIVEL: el psicológico.

SEGUNDO NIVEL.- Después de estar hablando del agua –de la que Jesús está siempre hablando, por otra parte- desde el punto de vista físico, que es la que la mujer ha ido a buscar con su cántaro y que Jesús toma este tema como primer nivel de entendimiento con esta mujer para poder establecer un primer vínculo de diálogo con ella, el segundo nivel se produce cuando la conversación deriva hacia los vínculos afectivos que esa mujer ha tenido.

“Esto que me estás hablando lo tengo que hablar con mi marido”

“Mujer, pero si has tenido cinco maridos, 5 hombres y con ninguno has cuajado…”

Caigamos en la cuenta de que en las palabras de Jesús no hay ningún juicio. Hay solamente la constatación de una insatisfacción afectiva que ha hecho que esa mujer haya estado cinco veces vinculada y no ha cuajado en ninguna de ellas. Y por el modo en que Jesús le habla de ese asunto, ella reconoce que Jesús es un profeta porque no la juzga sino que le permite tratar un tema delicado que es el de cómo tratamos nuestras afectividades. Es un tema dificilísimo.

Y la espiritualidad también se preocupa de eso: del mundo de los afectos.

Anthony de Mello en uno de sus diálogos decía que no se pueden poner vendajes espirituales sobre heridas psicológicas porque si no se cura antes la herida, ese vendaje estará continuamente sucio porque la herida va supurando por debajo de él y no se arregla lo que debe de ser arreglado.

Cada nivel de nuestra existencia requiere una atención y un nivel no puede ser sustituido por el otro. Es trascendido pero sin saltárnoslo porque si nos lo saltamos, tenemos que “recuperar asignaturas pendientes” que habían quedado atrás. Por lo tanto, si hay una herida psicológica, esa herida hay que tratarla con los medios adecuados.

Una de las grandes aportaciones que, sin duda, nos ha dado el siglo XX es lo referente a todo el ámbito de la psicología, el conocimiento de la psiquis que es precisamente el conocimiento del alma. Y hoy en día una de las grandes maduraciones del encuentro entre la psicología y la espiritualidad está siendo cada vez más, el darnos cuenta de que nos necesitamos, que no competimos unos con otros sino que son ángulos diversos del acceso al complejísimo tejido humano que está también hecho de todos estos filamentos llamados psicológicos o afectivos.

Abraham Maslow habla, en esa escala de necesidades. Después de lo fisiológico están las necesidades que tenemos todos de seguridad, de pertenencia a algo, a alguien, a un grupo, a una iglesia, a una comunidad. De las necesidades que tenemos todos de autoestima, de realización, de poner en acto lo que bulle en nuestro interior. Por tanto, este segundo ámbito es el del psiquismo, que está relacionado con los afectos. De este segundo nivel es el que Jesús habla en ese momento con ella. Éste segundo nivel forma parte del encuentro, del acceso al pozo.

Pero no nos detenemos ahí porque estos son preámbulos para nuestro tema fundamental tanto nuestro como el de Jesús en su diálogo con esta mujer samaritana.

“Parece que eres un hombre sabio, que eres profeta. Pero, ¿cómo vas a ser tú profeta si eres un hombre judío y nuestros sacerdotes, los de nuestra religión dicen que el Mesías tiene que venir de nuestro Templo y resulta que tú no eres de los nuestros?”

“Mujer, llegará un día… que no será en vuestro templo, ni en Jerusalén sino que… adorarán a Dios en espíritu y en verdad. Y no será en Samaría, ni en Jerusalén sino que eso será en el verdadero templo. Y la verdadera manera de adorar será en espíritu y en verdad…”

Y aquí entramos ya en nuestro tema. Constatamos en nuestra generación y cada vez se va dando una polarización bastante tensa en algunos momentos entre aquellos que buscan la dimensión espiritual sin religión. Y aquí tenemos la gran pregunta: ¿Es posible lo espiritual sin el marco religioso de aquellos que consideran que no puede haber verdadera espiritualidad si no hay un marco religioso en el que integrarla, identificarla y acompañarla.

En nuestro momento asistimos también a una necesidad de identidad religiosa que llamamos endurecidamente fundamentalismos, que son atrincheramientos cognitivos, algo así como el volver a unos orígenes intocables.

Sin caer en ese endurecimiento, se trata de una vuelta a lo tradicional como un deseo de volver a tener las ideas claras porque tanta corriente de aire, nos constipa.

En cambio, otros que hace tiempo que salieron de esos marcos, no quieren volver a ellos y no se pueden reconocer sólo con una marca. Y esto forma parte también de la gran pregunta: ¿Cómo se está viviendo hoy la experiencia espiritual, religiosa? ¿Es lo mismo espiritual que religioso? ¿Dónde ubicar esta experiencia? ¿Cómo reconocerla? ¿Cómo discernirla? ¿Cómo entregarse a un camino? ¿Al de siempre? ¿Al nuevo? ¿Con qué criterios discernimos unos de otros?

Estas son las cuestiones: las mismas cuestiones que se planteaban entre Jesús y la Samaritana. Cuando ella le dice. “Tu palabra y tu mensaje suenan a verdaderos, pero, ¿cómo es posible si resulta que no eres de los nuestros?” Y la respuesta de Jesús vuelve a ser: “Llegará un día –y ya ha llegado-… adorarán en espíritu y en verdad”.

Pero, ¿Qué significa adorar al Padre en espíritu y en verdad?

Aquí la palabra crítica resulta ser ADORAR. Y, ¿qué entendemos por ADORAR? Adorar es la suprema entrega.

Solemos decir que adoramos a Dios. También, cuando queremos mucho a alguien le decimos: “Te adoro”. Es una forma hermosa de dar nombre a un vínculo afectivo. Significa la plena entrega al AMOR. Todo nuestro ser se rinde y se ofrece a aquel a quien adoramos. Por lo tanto, sólo podemos adorar a Dios, al Absoluto o al Amor.

Es, pues, necesario discernir bien lo que es el meollo del asunto porque está en juego nuestra entrega, la totalidad de nuestra entrega.

Se ha dicho que hoy en día el problema no es tanto el ateísmo como el politeísmo. Hoy existe más de un ateísmo en cuanto que hay distintas formas de no creer en Dios. Pero lo que verdaderamente abunda es el politeísmo, el tener muchos dioses.

Y, ¿cómo distinguimos el dios del Dios? Lo distinguimos en cómo es esa forma de adoración o de entrega nos somete a ella o nos libera. Éste siempre ha sido el criterio que distingue la idolatría de la verdadera creencia. Lo propio de un ídolo es generar víctimas. Y lo propio de un Dios verdadero es liberar a quien se entrega a él porque se abre al Absoluto y, de esta manera, no queda reducido.

¿Cuál es el problema de una incorrecta identificación del Absoluto? La medida de nuestra entrega queda reducida al horizonte al que nos estamos entregando. El problema de los ídolos no es tanto el movimiento que suscita de overtura, que esto puede ser un primer paso del camino, pero en la medida en que cierra el camino porque convierte en absoluto lo que no es absoluto, entonces detiene el proceso de crecimiento y nos convierte en seres atrofiados, empobrecidos. Ésta es la dificultad.

Es necesario hacer el discernimiento entre lo que es idolatría y lo que es verdadera creencia. Vamos a ir haciendo unas glosas para distinguir estas dos cosas.

ADORAR AL PADRE

En la tradición hebrea, el padre es el horizonte último de trascendencia. La palabra padre – abba – está constituida por dos letras que son las dos primera letras del alefato o alfabeto hebreo, como de nuestro alfabeto. La palabra abba está contenida en el inicio de aquello que nos permite acceder a la vida y existir: el niño nace llorando, pronunciando la letra “a” repetidamente; y la “b” responde al movimiento de los labios cuando nos amamanta nuestra madre. La “a” y la “b” son los primeros sonidos que emite una criatura, responden a movimientos instintivos, primarios para nutrirnos en la vida.

Pero hoy en día la palabra “padre” nos resulta insuficiente para indicar a Dios. Decimos hoy que Dios es también “madre” porque hay aspectos femeninos de Dios que no están contenidos en la palabra y en la imagen masculina del “padre”.

Pero si miramos las distintas tradiciones religiosas, podemos establecer como tres grandes marcos donde se concibe esa ultimidad, ese horizonte último. Podemos hablar de las religiones semíticas: Judaísmo y Cristianismo (en cuanto que pertenece a la tradición semítica) y el Islam. Son religiones en las que Dios está marcado como el ABSOLUTO, EL TRASCENDENTE, como la ABSOLUTA TRASCENDENCIA. Es decir, como aquel horizonte siempre mayor que nos permite no caer en la idolatría en el sentido de confundir lo último con lo relativo. Dios es el siempre mayor que permite en nosotros un dinamismo continuo de trascendimiento.

La llamada a la oración islámica en los cinco momentos del día en los que el muyahidin dice dando voces: “adhan”, que significa “El Dios siempre mayor”, es decir, aquel horizonte último que es siempre mayor y que está por encima de cualquier actividad que los humanos hagáis, por eso, sed capaces de deteneos cinco veces durante la jornada para reconocer que lo último está siempre por ser iniciado. No se trata del Dios Grande que sería el “Dios Kabir”, sino del “Dios adhan”, del “Dios siempre mayor”.

También en la tradición cristiana nombramos a Dios como “Deus Samper maior”, que sería la traducción al latín del “Ala adhan”. Este Dios de las tradiciones semíticas es un Dios nunca contenible en nuestras imágenes, en nuestras palabras, ideas o deseos. Y esto porque nos trasciende. Y por esto es Dios.

La profesión de fe musulmana es “sólo Dios es Dios”, es el único que merece el Islam (que significa “entrega”), la entrega, la sumisión entendida como rendición total.

Es muy diferente de sometimiento. Pero sucede que nosotros somos capaces de transformar también a Dios en nuestras imágenes de Dios a las que nos vamos sometiendo y a las que tratamos de someter a los demás. Y esto es también idolatría.

Concebir a Dios como padre, a Dios como trascendente es también un modo de concebir la ultimidad.

El segundo modo que hoy también se está reconociendo después de haber humillado durante largo tiempo a las religiones que así lo entendían, es reconocer a Dios como madre. Y las religiones más cercanas a esto son las llamadas indígenas o aborígenes (llamadas así ab-origen, por estar en los orígenes. Todos nuestros antepasados fueron aborígenes y tuvieron religiones de la tierra). y lo propio del espíritu aborigen o indígena es el vínculo con la MADRE TIERRA, vínculo que se expresa en un reconocimiento o en una continua ritualización de intercambio.

A la TIERRA no se le puede pedir más que lo que también le devolvemos. Y esta escucha a la TIERRA y esta delicadeza con ella les impide ser lo depredadores en los que los occidentales nos hemos convertido, porque olvidamos, profanamos y violamos a la MADRE TIERRA. Y este olvido de la sacralizad de la TIERRA y ese olvido de la MATERNIDAD DE DIOS, que es la vida y que se expresa a través de las distintas formas de la vida, ha dañado gravemente al Planeta Tierra y ahora estamos todos asustados porque no sabemos cómo repararlo.

Algunos consideran que ya es demasiado tarde. Otros creen que no, que todavía estamos a tiempo. Pero esto requiere un cambio de mentalidad y una escucha real a la MADRE TIERRA como manifestación de lo sagrado, como objeto de adoración, no en el sentido de sometimiento, sino de entrega y de respeto a la matriz biológica que nos ha engendrado.

Éste es el segundo registro espiritual que hoy está abierto y que estamos cada vez más cercanos a esta sensibilidad a través de los movimientos ecológicos que suponen una nueva manera de relacionarse con la naturaleza.

Todavía habría otro horizonte de espiritualidad que no estaría relacionado con DIOS PADRE (con Dios Padre están relacionadas las tradiciones religiosas monoteístas), o con DIOS MADRE (religiones aborígenes), sino con la PRESENCIA interior a las cosas y a uno mismo. Es un horizonte que no está fuera, sino que está dentro y lo podemos relacionar o identificar con las TRADICIONES o RELIGIONES ORIENTALES, cuyo trabajo no es tanto de adoración o de postración ante el TOTALMENTE OTRO, ante una ALTERIDAD.#

Para los orientales el horizonte último de lo que es, no está en el Totalmente Otro, sino en todo caso, en la MISMIDAD DE LO QUE YA ES. Ellos no entenderían eso del Totalmente Otro. Para ellos Dios no está fuera de las cosas sino sosteniéndolas a todas, en su misma mismidad. Las sostiene tal y como se manifiestan, sólo que no en su capa superficial, sino en su profundidad. Y por eso, CADA CUAL HA DE MIRAR A LO PROFUNDO DE SÍ MISMO.

Sea en forma de esta trascendencia, sea en la forma de la escucha a esa Madre Tierra, sea en forma de un trabajo de interioridad, de lo que se trata es de hacerlo en espíritu y en verdad. Los verdaderos adoradores del Padre lo serán en espíritu y en verdad, dice Jesús a la Samaritana.
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