Buscando soluciones para la crisis del agro






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De mantenerse el actual modelo de modernización

será imposible lograr la equidad

Los más recientes indicadores de tendencias señalan que:
1. No se vislumbra, en un horizonte previsible, posibilidad alguna de que los gobiernos puedan proporcionar a la totalidad de los agricultores todos los factores clásicos de modernización de la agricultura. En las actuales circunstancias de los países de la Región (neoliberalismo, reducción del aparato del Estado, endeudamiento interno y externo), el referido modelo convencional es absolutamente incompatible con el desafío de la equidad. De mantener dicho modelo como única alternativa de tecnificación, el planteamiento de la equidad seguirá siendo exactamente lo que ha sido hasta ahora, es decir, un simple planteamiento, a veces de buenas intenciones y otras de lamentable demagogia. No tenemos el derecho a continuar ignorando la no factibilidad e incompatibilidad recién mencionadas, no podemos seguir ilusionándonos (y por ende, aunque no sea nuestra intención, ilusionando a los agricultores) de que existe tal posibilidad, porque ello es absolutamente falso; esta “compatibilización” no es posible. Seguir insistiendo exclusivamente en este modelo convencional significaría expulsar del campo a 90% de los agricultores por falta de competitividad y rentabilidad; y para complicar aún más la situación, expulsarlos en circunstancias como las que se describen en el próximo punto.
2. No existe la más remota posibilidad de que, en las ciudades, el sector urbano-industrial pueda ofrecerles empleos, casas, alimentos, agua limpia, electricidad, transportes, servicios de salud, etc.; máxime si se considera que: a) generar un empleo urbano cuesta seis veces más caro que hacerlo en el medio rural3; y b) mantener una familia en la ciudad cuesta al poder público 22 veces más caro que mantenerla en el campo4.
Entonces, si el desempleo urbano (y las gravísimas consecuencias de marginalidad económica y social que genera) es uno de los problemas más angustiantes del mundo moderno y si la generación de empleos urbanos depende de inversiones para las cuales no existen recursos en cantidad suficiente, el más elemental sentido común sugiere que se prioricen estrategias para la fijación de los agricultores en el campo (a costos muchísimo más bajos) y no la corrección de las consecuencias del éxodo una vez que los migrantes ya llegaron a las ciudades. Sin embargo, dicha fijación sólo ocurrirá si se les ofrecen oportunidades concretas para que puedan aumentar la cantidad y mejorar la calidad de los excedentes que producen, reducir sus costos e incrementar los precios de venta porque estas son las cuatro condiciones mínimas para que ellos puedan aumentar sus ingresos, sin lo que no podrán vivir dignamente en el campo. El gran desafío consiste en que todo lo anterior sólo podrá ser logrado si la agricultura se moderniza tecnológica y administrativamente, con el agravante de que esta modernización ya no podrá ser alcanzada por la vía paternalista de los créditos abundantes y subsidiados, y esto, a su vez, significa que la modernización de la agricultura tendrá que ser lograda a través de una mayor eficiencia, racionalidad y parsimonia en la realización de las inversiones, en la adquisición de la maquinaria y en la aplicación de los insumos externos; la insuficiencia de estos tres factores deberá ser contrarrestada aumentando sus rendimientos.
Ante el evidente agotamiento del modelo convencional de desarrollo agropecuario ya no existe ningún motivo ni justificación para seguir, ya sea ingenua o demagógicamente, afirmando a los agricultores que sus problemas serán resueltos principalmente a través de decisiones políticas, servicios del Estado, subsidios y créditos porque no se vislumbra posibilidad alguna de que los gobiernos puedan hacerlo en favor de todos los agricultores. Seguir diciéndolo sólo contribuiría a mantenerlos en una postura de pasividad y dependencia, en circunstancias que nuestros países necesitan en forma urgente que los agricultores tengan actitudes de mayor protagonismo y auto-dependencia en la solución de sus propios problemas. No se puede seguir ignorando o subestimando el siguiente problema de fondo: los gobiernos aunque quisiesen no dispondrían de recursos en cantidad suficiente para proporcionar a la totalidad de los agricultores todos los componentes del modelo convencional de modernización de la agricultura porque este problema de fondo es una importantísima causa del fracaso de los múltiples intentos para promover el desarrollo agrícola. Mientras no se reconozca esta gravísima restricción los problemas no serán resueltos porque este indiscutible obstáculo sencillamente no permitirá que sean solucionados.
Todos estos antecedentes requieren un radical y urgente cambio de actitud de los profesionales agrarios y de los líderes rurales en el sentido de entender lo siguiente: de poco sirve seguir intentando (y no consiguiendo) proporcionarles más créditos, más insumos y más equipos si los agricultores no poseen los conocimientos, habilidades, destrezas y actitudes para que ellos mismos puedan, sepan y quieran5 solucionar sus problemas, con menor dependencia de decisiones y recursos externos a sus predios. Aunque existieran, los recursos externos de poco servirían y seguirían siendo desperdiciados si previo a su otorgamiento no se capacita y estimula a los agricultores para que tengan: a) la auto-confianza anímica para asumir como suya la responsabilidad de solucionar sus propios problemas; y b) la autosuficiencia técnica para empezar la modernización tecnológica y gerencial, a partir del uso racional de los recursos que realmente poseen y la correcta adopción de tecnologías que sean compatibles con dichos recursos.

Realismo en reemplazo de perfeccionismos utópicos

El impasse entre la urgencia de satisfacer las crecientes necesidades de una gran cantidad de agricultores y la no disponibilidad de recursos para hacerlo por la vía convencional, es por demás evidente. Ello exige que, en muchos casos, los profesionales agrarios deberán tener la humildad para postergar las soluciones espectaculares (no para renunciar a ellas), empezando la modernización de la agricultura a través de medidas más modestas y de menor costo para que sean realmente factibles de ser adoptadas por todos los agricultores. Después de que todos lo hagan, es evidente que deberán seguir adoptando en forma gradual tecnologías de mayor costo y sofisticación para alcanzar los más altos niveles de eficiencia y productividad porque sin ellas no podrán insertarse con éxito en los mercados nacionales y especialmente en los internacionales; esto significa que estas soluciones de bajo costo deberán ser el punto de partida y no necesariamente el blanco de llegada. Para que puedan tener rentabilidad y competitividad, los agricultores no pueden renunciar a las tecnologías de punta ni a los insumos modernos porque ellos son importantes complementos que les permitirán lograr altos rendimientos, mejor calidad y menores costos unitarios de producción. En las actuales y muy difíciles circunstancias de la agricultura regional recobra actualidad y vigencia la afirmación de que "sólo partiendo de lo posible se podrá llegar a lo deseable".
El impasse entre las crecientes necesidades de los agricultores y las decrecientes posibilidades de los gobiernos en satisfacerlas, recomienda que se haga la siguiente y pragmática reflexión:
. si el único camino para desarrollar a los agricultores es a través de la introducción de innovaciones tecnológicas, gerenciales y organizativas que les permitan corregir las distorsiones existentes en todos los eslabones de la cadena agroalimentaria;
. si por imperativos de orden económico, social, político y ético es necesario que se lo haga sin exclusiones (equidad) ni postergaciones (urgencia); y
. si no existen recursos para alcanzar tal universalización a través del modelo convencional;
se concluye que la única alternativa realista consiste en proporcionar a los agricultores los conocimientos (capacitación y tecnologías compatibles con los recursos que realmente poseen) para que ellos mismos puedan solucionar sus problemas: a) con menor dependencia de aquellos factores escasos e inaccesibles antes mencionados; y b) con máxima eficiencia en la utilización de los referidos factores cuando éstos estén disponibles y/o sean accesibles.
Todos estos antecedentes indican que la equidad sólo podrá ser lograda a través de un modelo que sea:
. más endógeno, es decir, que el desarrollo esté basado principalmente en el uso racional y en el incremento de la productividad de los recursos que los agricultores realmente disponen, aunque éstos sean escasos;
. más autogestionario de modo que los propios agricultores tengan los conocimientos, habilidades y actitudes necesarios para que se profesionalicen y con ello puedan asumir como suya la responsabilidad de transformar sus problemas en soluciones, emancipándose de aquellas dependencias externas que son reconocidamente prescindibles; y
. más auto-generado6 en el sentido de que parte de los recursos que ellos necesitan para adquirir los factores externos utilizables en las etapas más avanzadas de modernización (semillas híbridas, animales de alto potencial genético, equipos de alto rendimiento, instalaciones, etc.) puedan ser generados en la propia finca; esta autogeneración de recursos deberá ser una consecuencia natural de la progresiva introducción de innovaciones que permitan al agricultor mejorar en forma gradual su eficiencia productiva, gerencial y comercial. En este modelo es la eficiencia la que genera recursos adicionales en vez de esperar que ocurra lo contrario; este es el camino, quizás más difícil y menos espectacular pero seguramente más realista, para que el crecimiento con equidad no siga siendo simple retórica.
Al adoptar un modelo de tecnificación en el cual los agricultores sean menos dependientes de factores escasos, automáticamente un mayor número de ellos podrá introducir innovaciones en sus predios. Asimismo, al potenciar insumos materiales que cuestan mucho con insumos intelectuales que cuestan poco, se reducirá el costo de los programas oficiales de desarrollo y con ello los gobiernos podrán beneficiar a un mayor número de personas, dando pasos concretos (no retóricos) para llegar a la equidad.

La nueva y ampliada responsabilidad

de la extensión rural

El modelo propuesto exige como requisito previo fortalecer, ampliar y volver mucho más eficientes los servicios de asistencia técnica y extensión rural, ya sean públicos o pertenecientes a las ONGs, cooperativas u otros gremios de agricultores, agroindustrias, o a la iniciativa privada de asesoramiento técnico. Independiente de quienes los auspicien y patrocinen, lo importante es que sus extensionistas tengan real capacidad de solucionar los problemas de los agricultores, muy especialmente de aquella gran mayoría que se desempeña dentro de la escasez de recursos (créditos, insumos modernos, etc.) y de la adversidad físico-productiva (tierras de baja fertilidad, de secano, con relieve accidentado, etc.), y de corregir los errores que las familias rurales cometen no sólo en la etapa de producción sino también en el acceso a los insumos, en la administración de sus predios, en el procesamiento y conservación de las cosechas y en la comercialización de los excedentes.
Países que tienen la perentoria necesidad de eliminar el hambre de sus habitantes e insertarse con éxito en el mundo moderno de la competencia internacional no pueden mantener en sus servicios de asistencia técnica a extensionistas que no tienen la suficiente capacidad técnica para solucionar los problemas concretos y cotidianos de los agricultores7, no pueden mantener a sus agentes de extensión recluidos en las oficinas o dedicados a actividades no educativas, máxime cuando se sabe que la agricultura   hoy más que en cualquier época de su historia   clama por un eficiente asesoramiento técnico como el más importante e indispensable factor de producción, porque es este eficiente asesoramiento el que proporcionará a los agricultores la autosuficiencia técnica para que, ante el achicamiento del Estado y la eliminación de los subsidios, ellos mismos puedan asumir como suya la responsabilidad de transformar sus problemas en soluciones y de volverse económicamente viables haciendo agricultura.
Esta gravísima contradicción entre servicios de extensión ineficientes y extensionistas desempleados por un lado, y una demanda de los agricultores insatisfecha por otro, necesita ser eliminada inmediatamente; las cada vez más debilitadas y “desfinanciadas” instituciones de asistencia técnica y extensión rural, ya sean públicas o privadas, deberán ser apoyadas política y financieramente para que los extensionistas reciban una excelente capacitación, ganen un sueldo compatible con su importantísima misión8, sean liberados del exceso de rutinas burocráticas y tengan las condiciones y estímulos para permanecer en el campo y allí dedicarse exclusivamente a capacitar, organizar y movilizar a las familias rurales para que ellas mismas se encarguen de solucionar los problemas existentes en sus fincas y comunidades. Es necesario que se cree conciencia en la sociedad y en los “formuladores” de las políticas agrícolas, de que "ahorrar" recursos en actividades de asistencia técnica y extensión rural en tiempos de crisis agrícola (cuya solución depende en gran parte de que los agricultores tengan acceso a los conocimientos que son difundidos por los extensionistas), equivaldría a recortar recursos para la munición en tiempos de guerra.
Sin embargo, no es suficiente asignarles recursos adicionales y otorgarles mayor apoyo político. En contrapartida las instituciones de asistencia técnica y extensión rural deberán ser exigidas para que, a través de mayor eficiencia técnica, metodológica y administrativa:
. estén más cercanas (geográfica9 y técnicamente) de los problemas concretos y cotidianos que viven los agricultores, tranqueras adentro y tranqueras afuera;
. tengan una real capacidad de ayudar a que los agricultores (tal como son y con los recursos que efectivamente poseen) puedan corregir las ineficiencias tecnológicas, gerenciales y organizativas que existen en sus predios y comunidades;
. adecuen los contenidos de las innovaciones que difunden para que sean compatibles con los recursos que los agricultores realmente poseen. La eficacia de estos contenidos en la solución de los problemas sentidos por los agricultores deberá ser tan evidente que ellos mismos sean sus principales difusores, defensores y legitimadores; que gracias a su excelencia y ventajas dichos contenidos se difundan por sí solos, en forma espontánea. El pragmatismo de los contenidos (prioridad al uso racional de los recursos disponibles y a la correcta aplicación de tecnologías adecuadas, diversificación productiva, “verticalización” del negocio agrícola, autogeneración de recursos en las propias fincas, etc.) deberá contribuir a emancipar a los agricultores de la dependencia de factores externos, en vez de perpetuarla;
. adopten nuevas estrategias y metodologías (multi-medios) para reducir el costo por familia asistida, ampliar en forma muy significativa la cobertura y acelerar y perfeccionar la adopción de innovaciones; la extensión debería privilegiar su atención a grupos organizados de autogestión, en vez de hacerlo a agricultores en forma individual, también debería priorizar los métodos demostrativos (unidades de observación o validación) por sobre los discursivos para que las ventajas de las innovaciones "penetren más por los ojos que por los oídos"; y
. muy especialmente que logren movilizar las familias y comunidades rurales para que un porcentaje realmente significativo de agricultores: a) se profesionalice para emanciparse lo más rápido posible del retórico paternalismo del Estado; b) adquiera mentalidad, actitudes y procedimientos empresariales; y c) obtenga resultados concretos, palpables e inmediatos en términos de productividad, ingresos y bienestar social.
Deberá conseguir resultados porque ya no es suficiente que la extensión rural se limite: a presentar intenciones genéricas y abstractas sobre desarrollo rural, a ejecutar más actividades y a evaluar sus logros en base al número de visitas, cursos, reuniones, demostraciones etc. Quienes financian la extensión rural deberán exigir de ella el compromiso de que las referidas actividades sean ejecutadas con eficiencia para que verdaderamente produzcan resultados cualitativos y cuantitativos evaluables y comprobables; si la extensión no es capaz de dar una efectiva contribución a la eliminación de las ineficiencias de los agricultores y a la corrección de las distorsiones de la agricultura no recibirá el apoyo financiero que necesita, ni del sector público ni del privado.
Los resultados alcanzados por la extensión rural (en términos de aumento de la producción y productividad, generación de mayores excedentes para el mercado interno/externo, incremento en la recaudación de impuestos, etc.) deberán ser visiblemente superiores a los gastos requeridos para financiar sus actividades; si los costos de la extensión exceden los beneficios que ella produce, difícilmente encontrará a quien tenga interés en financiarla. Estos servicios deberán ser mucho más eficientes en lograr que la mayoría de las familias rurales acelere y perfeccione la adopción de innovaciones para aumentar rápidamente el volumen y la calidad de los excedentes, reducir sus costos, incrementar sus ingresos y mejorar sus condiciones de vida. La búsqueda de la rentabilidad y de la equidad requiere que la extensión rural difunda mucho más rápida y eficientemente los conocimientos tecnológicos ya existentes y utilice estrategias y metodologías mucho más eficaces para que la mayoría de los agricultores adopte las innovaciones de inmediato y en forma correcta.
La nueva acción de la extensión rural deberá sufrir una profunda y radical transformación en su orientación. La extensión deberá capacitar a los agricultores ya no para mantenerlos tan dependientes del propio gobierno, del crédito, del subsidio, de la garantía oficial de precios y comercialización, sino capacitarlos con un claro y deliberado propósito de proporcionarles los instrumentos (tecnológicos, gerenciales, organizativos y hasta de actitudes) para que pasen a ser mucho más eficientes y, gracias a ello, puedan emanciparse y volverse menos dependientes de las decisiones del gobierno y los servicios del Estado. Los extensionistas deberán priorizar el incremento de la productividad de todos los factores de producción ya existentes en las fincas antes de sugerir a los agricultores que obtengan dichos factores en mayor cantidad; a modo de ejemplo: si una vaca produce cuatro litros de leche por día, salvo casos excepcionales, el extensionista deberá enseñar al agricultor tecnologías que dupliquen este rendimiento antes de proponerle la solución más cómoda y simplista pero de mayor costo como es adquirir una segunda vaca; la estrategia de priorizar el incremento vertical (rendimiento y productividad) por sobre la expansión horizontal (mayor cantidad de factores) deberá aplicarse a todos los recursos que intervienen en la producción: mano de obra, tierra, animales, equipos, insumos, etc.
La extensión rural deberá capacitar a los agricultores y estimular su organización para que ellos mismos constituyan sus propios servicios de acceso a insumos, procesamiento y comercialización, y para que hagan inversiones en conjunto con el propósito de reducir costos, eliminar “sobredimensionamientos” y ociosidades, alcanzar economía de escala y volverse más auto-dependientes. Deberá capacitarlos para que en sus propias fincas o comunidades produzcan parte de los insumos (semillas, abonos, plantones, raciones, etc.) y auto-generen en sus predios los recursos financieros necesarios para adquirir aquellos insumos que no pueden producir. La extensión deberá proporcionarles los conocimientos, habilidades y destrezas para que las familias rurales, al corregir los errores (de producción, administración predial, compra de insumos, almacenaje, comercialización de excedentes, etc.) que actualmente cometen, se vuelvan más autogestionarias, más autosuficientes, más auto-dependientes y consecuentemente menos dependientes de subsidios y otros paternalismos generalmente inaccesibles e ineficaces. La acción de la moderna extensión rural deberá ser esencialmente emancipadora y no “perpetuadora” de dependencias.
La extensión rural del futuro, especialmente la privada, deberá ser tan eficaz en su propósito de aumentar los ingresos de los agricultores hasta el punto de que grupos de éstos estén dispuestos a pagar parcial y progresivamente por la asistencia técnica, aunque dicho pago sea efectuado en productos o a través de un porcentaje de las ganancias adicionales obtenidas por los agricultores, como consecuencia de que el extensionista les ayudó a reducir al mínimo los costos unitarios de producción y a incrementar al máximo los precios de venta de los excedentes; parte de la diferencia entre costos de producción disminuidos y precios de venta incrementados pagaría los honorarios de un extensionista que demuestre ser capaz de aumentar las ganancias del grupo de agricultores a quienes proporciona asistencia técnica.
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