Colección andanzas






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Sucre se encogió de hombros por toda respuesta.

—Disculpe. Usted está cagando fuera del ties­to. Esa no es herida de machete. —Se escuchó la voz de Antonio José Bolívar.

El alcalde estrujó con furia el pañuelo.

—Y tú, ¿qué sabes?

—Yo sé lo que veo.

El viejo se acercó al cadáver, se inclinó, le movió la cabeza y abrió la herida con los dedos.

—¿Ve las carnes abiertas en filas? ¿Ve cómo en la quijada son más profundas y a medida que bajan se vuelven más superficiales? ¿Ve que no es uno, sino cuatro tajos?

—¿Qué diablos quieres decirme con eso?

—Que no hay machetes de cuatro hojas. Zar­pazo. Es un zarpazo de tigrillo. Un animal adulto lo mató. Venga. Huela.

El alcalde se pasó el pañuelo por la nuca.

—¿Oler? Ya veo que se está pudriendo.

—Agáchese y huela. No tenga miedo del muer­to ni de los gusanos. Huela la ropa, el pelo, todo.

Venciendo la repugnancia, el gordo se inclinó y olisqueó con ademanes de perro temeroso, sin acercarse demasiado.

—¿A qué huele? —preguntó el viejo.

Otros curiosos se acercaron para oler también los despojos.

—No sé. ¿Cómo voy a saberlo? A sangre, a gu­sanos —contestó el alcalde.

—Apesta a meados de gato —dijo uno de los curiosos.

—De gata. A meados de gata grande —precisó el viejo.

—Eso no prueba que éstos no lo mataran.

El alcalde intentó recobrar su autoridad, pero la atención de los lugareños se centraba en Anto­nio José Bolívar.

El viejo volvió a examinar el cadáver.

—Lo mató una hembra. El macho debe de andar por ahí, acaso herido. La hembra lo mató y enseguida lo meó para marcarlo, para que las otras bestias no se lo comieran mientras ella iba en busca del macho.

—Cuentos de vieja. Estos selváticos lo mata­ron y luego lo rociaron con meados de gato. Us­tedes se tragan cualquier babosada —declaró el al­calde.

Los indígenas quisieron replicar, pero el cañón apuntándoles fue una imperativa orden de guar­dar silencio.

—¿Y por qué habrían de hacerlo? —intervino el dentista.

—¿Por qué? Me extraña su pregunta, doctor. Para robarle. ¿Qué otro motivo tienen? Estos sal­vajes no se detienen ante nada.

El viejo movió la cabeza molesto y miró al dentista. Este comprendió lo que Antonio José Bo­lívar perseguía y le ayudó a depositar las perte­nencias del muerto sobre las tablas del muelle.

Un reloj de pulsera, una brújula, una cartera con dinero, un mechero de bencina, un cuchillo de caza, una cadena de plata con la figura de una cabeza de caballo. El viejo le habló en su idioma a uno de los shuar y el indígena saltó a la ca­noa para entregarle una mochila de lona verde.

Al abrirla encontraron munición de escopeta y cinco pieles de tigrillos muy pequeños. Pieles de gatos moteados que no medían más de una cuarta. Estaban rociadas de sal y hedían, aunque no tanto como el muerto.

—Bueno, excelencia, me parece que tiene el caso solucionado —dijo el dentista.

El alcalde, sin dejar de sudar, miraba a los shuar, al viejo, a los lugareños, al dentista, y no sabía qué decir.

Los indígenas, apenas vieron las pieles, cruza­ron entre ellos nerviosas palabras y saltaron a las canoas.

—¡Alto! Ustedes esperan aquí hasta que yo de­cida otra cosa —ordenó el gordo.

—Déjelos marchar. Tienen buenos motivos para hacerlo. ¿O es que todavía no comprende?

El viejo miraba al alcalde y movía la cabeza. De pronto, tomó una de las pieles y se la lanzó. El sudoroso gordo la recibió con un gesto de asco.

—Piense, excelencia. Tantos años aquí y no ha aprendido nada. Piense. El gringo hijo de puta mató a los cachorros y con toda seguridad hirió al macho. Mire el cielo, está que se larga a llover. Hágase el cuadro. La hembra debió de salir de ca­cería para llenarse la panza y amamantarlos duran­te las primeras semanas de lluvia. Los cachorritos no estaban destetados y el macho se quedó cui­dándolos. Así es entre las bestias, y así ha de ha­berlos sorprendido el gringo. Ahora la hembra anda por ahí enloquecida de dolor. Ahora anda a la caza del hombre. Debió de resultarle fácil se­guir la huella del gringo. El infeliz colgaba a su espalda el olor a leche que la hembra rastreó. Ya mató a un hombre. Ya sintió y conoció el sabor de la sangre humana, y para el pequeño cerebro del bicho todos los hombres somos los asesinos de su carnada, todos tenemos el mismo olor para ella.

Deje que los shuar se marchen. Tienen que avisar en su caserío y en los cercanos. Cada día que pase tornará más desesperada y peligrosa a la hembra, y buscará sangre cerca de los poblados. ¡Gringo hijo de la gran puta! Mire las pieles. Pequeñas, in­servibles. ¡Cazar con las lluvias encima, y con es­copeta! Mire la de perforaciones que tienen. ¿Se da cuenta? Usted acusando a los shuar, y ahora tenemos que el infractor es gringo. Cazando fuera de temporada, y especies prohibidas. Y si está pen­sando en el arma, le aseguro que los shuar no la tienen, pues lo encontraron muy lejos del lugar de su muerte. ¿No me cree? Fíjese en las botas. La parte de los talones está desgarrada. Eso quiere decir que la hembra lo arrastró un buen tramo luego de matarlo. Mire los desgarros de la cami­sa, en el pecho. De ahí lo tomó el animal con los dientes, para jalarlo. Pobre gringo. La muerte tiene que haber sido horrorosa. Mire la herida. Una de las garras le destrozó la yugular. Ha de haber ago­nizado una media hora mientras la hembra le bebía la sangre manando a borbotones, y después, inte­ligente el animal, lo arrastró hasta la orilla del río para impedir que lo devorasen las hormigas. En­tonces lo meó, marcándolo, y debió de andar en busca del macho cuando los shuar lo encontraron. Déjelos ir, y pídales que avisen a los buscadores de oro que acampan en la ribera. Una tigrilla en­loquecida de dolor es más peligrosa que veinte ase­sinos juntos.

El alcalde no respondió ni una palabra y se marchó a escribir el parte para el puesto policial de El Dorado.

El aire se notaba cada vez más caliente y es­peso. Pegajoso, se adhería a la piel como una molesta película, y traía desde la selva el silencio previo a la tormenta. De un momento a otro se abrirían las esclusas del cielo.

Desde la alcaldía llegaba el lento tipear de una máquina de escribir, en tanto un par de hom­bres terminaban el cajón para transportar el ca­dáver que esperaba olvidado sobre las tablas del muelle.

El patrón del Sucre maldecía mirando el cielo pringado y no dejaba de putear al muerto. El mis­mo se encargó de rellenar el cajón con un lecho de sal, sabiendo que no serviría de mucho.

Lo que debía hacerse era lo acostumbrado con toda persona muerta en la selva, que por absur­das disposiciones jurídicas no podía ser olvidada en un claro de jungla: abrirle un buen tajo del cuello a la ingle, vaciarle el triperío y rellenar el cuerpo con sal. De esa manera llegaban presen­tables hasta el final del viaje. Pero, en este caso, se trataba de un condenado gringo y era necesario llevarlo entero, con los gusanos comiéndoselo por dentro, y al desembarcar no sería más que un pes­tilente saco de humores.

El dentista y el viejo miraban pasar el río sen­tados sobre bombonas de gas. A ratos intercambiaban la botella de Frontera y fumaban cigarros de hoja dura, de los que no apaga la humedad.

—¡Caramba!, Antonio José Bolívar, dejaste mudo a su excelencia. No te conocía como detective. Lo humillaste delante de todos, y se lo merece. Es­pero que algún día los jíbaros le metan un dardo.

—Lo matará su mujer. Está juntando odio, pero todavía no reúne el suficiente. Eso lleva tiempo.

—Mira. Con todo el lío del muerto casi lo ol­vido. Te traje dos libros.

Al viejo se le encendieron los ojos.

—¿De amor?

El dentista asintió.

Antonio José Bolívar Proaño leía novelas de amor, y en cada uno de sus viajes el dentista le proveía de lectura.

—¿Son tristes? —preguntaba el viejo.

—Para llorar a mares —aseguraba el dentista.

—¿Con gentes que se aman de veras?

—Como nadie ha amado jamás.

—¿Sufren mucho?

—Casi no pude soportarlo —respondía el den­tista.

Pero el doctor Rubicundo Loachamín no leía las novelas.

Cuando el viejo le pidió el favor de traerle lec­tura, indicando muy claramente sus preferencias, sufrimientos, amores desdichados y finales felices, el dentista sintió que se enfrentaba a un encargo difícil de cumplir.

Pensaba en que haría el ridículo entrando a una librería de Guayaquil para pedir: «Deme una novela bien triste, con mucho sufrimiento a cau­sa del amor, y con final feliz». Lo tomarían por un viejo marica, y la solución la encontró de ma­nera inesperada en un burdel del malecón.

Al dentista le gustaban las negras, primero por­que eran capaces de decir palabras que levantaban a un boxeador noqueado, y, segundo, porque no sudaban en la cama.

Una tarde, mientras retozaba con Josefina, una esmeraldeña de piel tersa como cuero de tambor, vio un lote de libros ordenados encima de la có­moda.

—¿Tú lees? —preguntó.

—Sí. Pero despacito —contestó la mujer.

—¿Y cuáles son los libros que más te gustan?

—Las novelas de amor —respondió Josefina, agregando los mismos gustos de Antonio José Bolívar.

A partir de aquella tarde Josefina alternó sus deberes de dama de compañía con los de crítico literario, y cada seis meses seleccionaba las dos no­velas que, a su juicio, deparaban mayores sufri­mientos, las mismas que más tarde Antonio José Bolívar Proaño leía en la soledad de su choza fren­te al río Nangaritza.

El viejo recibió los libros, examinó las tapas y declaró que le gustaban.

En ese momento subían el cajón a bordo y el alcalde vigilaba la maniobra. Al ver al dentista, or­denó a un hombre que se le acercase.

—El alcalde dice que no se olvide de los im­puestos.

El dentista le entregó los billetes ya prepara­dos, agregando:

—¿Cómo se le ocurre? Dile que soy un buen ciudadano.

El hombre regresó hasta el alcalde. El gordo recibió los billetes, los hizo desaparecer en un bol­sillo y saludó al dentista llevándose una mano a la frente.

—Así que también me lo agarró con eso de los impuestos —comentó el viejo.

—Mordiscos. Los Gobiernos viven de las den­telladas traicioneras que les propinan a los ciuda­danos. Menos mal que nos las vemos con un perro chico.

Fumaron y bebieron unos tragos más miran­do pasar la eternidad verde del río.

—Antonio José Bolívar, te veo pensativo. Suelta.

—Tiene razón. No me gusta nada el asunto. Seguro que la Babosa está pensando en una ba­tida, y me va a llamar. No me gusta. ¿Vio la herida? Un zarpazo limpio. El animal es grande y las garras deben de medir unos cinco centímetros. Un bicho así, por muy hambreado que esté, no deja de ser vigoroso. Además vienen las lluvias. Se borran las huellas, y el hambre los vuelve más astutos.

—Puedes negarte a participar en la cacería. Estás viejo para semejantes trotes.

—No lo crea. A veces me entran ganas de ca­sarme de nuevo. A lo mejor en una de ésas lo sorprendo pidiéndole que sea mi padrino.

—Entre nosotros, ¿cuántos años tienes, Anto­nio José Bolívar?

—Demasiados. Unos sesenta, según los papeles, pero, si tomamos en cuenta que me inscribieron cuando ya caminaba, digamos que voy para los setenta.

Las campanadas del Sucre anunciando la parti­da les obligaron a despedirse.

El viejo permaneció en el muelle hasta que el barco desapareció tragado por una curva de río. Entonces decidió que por ese día ya no hablaría con nadie más y se quitó la dentadura postiza, la envolvió en el pañuelo, y, apretando los libros junto al pecho, se dirigió a su choza.

Capítulo tercero

Antonio José Bolívar Proaño sabía leer, pero no escribir.

A lo sumo, conseguía garrapatear su nombre cuando debía firmar algún papel oficial, por ejem­plo en época de elecciones, pero como tales suce­sos ocurrían muy esporádicamente casi lo había olvidado.

Leía lentamente, juntando las sílabas, murmurándolas a media voz como si las paladeara, y al tener dominada la palabra entera la repetía de un viaje. Luego hacía lo mismo con la frase comple­ta, y de esa manera se apropiaba de los sentimien­tos e ideas plasmados en las páginas.

Cuando un pasaje le agradaba especialmente lo repetía muchas veces, todas las que estimara ne­cesarias para descubrir cuan hermoso podía ser también el lenguaje humano.

Leía con ayuda de una lupa, la segunda de sus pertenencias queridas. La primera era la dentadu­ra postiza.

Habitaba una choza de cañas de unos diez me­tros cuadrados en los que ordenaba el escaso mobiliario; la hamaca de yute, el cajón cervecero sos­teniendo la hornilla de queroseno, y una mesa alta, muy alta, porque cuando sintió por primera vez dolores en la espalda supo que los años se le echaban encima y decidió sentarse lo menos po­sible.

Construyó entonces la mesa de patas largas que le servía para comer de pie y para leer sus novelas de amor.

La choza estaba protegida por una techumbre de paja tejida y tenía una ventana abierta al río. Frente a ella se arrimaba la alta mesa.

Junto a la puerta colgaba una deshilachada toa­lla y la barra de jabón renovada dos veces al año. Se trataba de un buen jabón con penetrante olor a sebo, y lavaba bien la ropa, los platos, los ties­tos de cocina, el cabello y el cuerpo.

En un muro, a los pies de la hamaca, colgaba un retrato retocado por un artista serrano, y en él se veía a una pareja joven.

El hombre, Antonio José Bolívar Proaño, ves­tía un traje azul riguroso, camisa blanca, y una corbata listada que sólo existió en la imaginación del retratista.

La mujer, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, vestía ropajes que sí existieron y continuaban existiendo en los rinco­nes porfiados de la memoria, en los mismos donde se embosca el tábano de la soledad.

Una mantilla de terciopelo azul confería dignidad a la cabeza sin ocultar del todo la brillante cabellera negra, partida al medio, en un viaje ve­getal hacia la espalda. De las orejas pendían zarci­llos circulares dorados, y el cuello lo rodeaban va­rias vueltas de cuentas también doradas.

La parte del pecho presente en el retrato ense­ñaba una blusa ricamente bordada a la manera otavaleña, y más arriba la mujer sonreía con una boca pequeña y roja.

Se conocieron de niños en San Luis, un po­blado serrano aledaño al volcán Imbabura. Tenían trece años cuando los comprometieron, y luego de una fiesta celebrada dos años más tarde, de la que no participaron mayormente, inhibidos ante la idea de estar metidos en una aventura que les quedaba grande, resultó que estaban casados.

El matrimonio de niños vivió los primeros tres años de pareja en casa del padre de la mujer, un viudo, muy viejo, que se comprometió a testar en favor de ellos a cambio de cuidados y de rezos.

Al morir el viejo, rodeaban los diecinueve años y heredaron unos pocos metros de tierra, insufi­cientes para el sustento de una familia, además de algunos animales caseros que sucumbieron con los gastos del velorio.

Pasaba el tiempo. El hombre cultivaba la pro­piedad familiar y trabajaba en terrenos de otros propietarios. Vivían con apenas lo imprescindible, y lo único que les sobraba eran los comentarios maledicentes que no lo tocaban a él, pero se ensañaban con Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo.

La mujer no se embarazaba. Cada mes recibía con odiosa puntualidad sus sangres, y tras cada pe­ríodo menstrual aumentaba el aislamiento.

—Nació yerma —decían algunas viejas.

—Yo le vi las primeras sangres. En ellas venían guarisapos muertos —aseguraba otra.

—Está muerta por dentro. ¿Para qué sirve una mujer así? —comentaban.

Antonio José Bolívar Proaño intentaba conso­larla y viajaban de curandero en curandero pro­bando toda clase de hierbas y ungüentos de la fer­tilidad.

Todo era en vano. Mes a mes la mujer se es­condía en un rincón de la casa para recibir el flujo de la deshonra.

Decidieron abandonar la sierra cuando al hom­bre le propusieron una solución indignante.

—Puede que seas tú quien falla. Tienes que de­jarla sola en las fiestas de San Luis.

Le proponían llevarla a los festejos de junio, obligarla a participar del baile y de la gran borra­chera colectiva que ocurriría apenas se marchara el cura. Entonces, todos continuarían bebiendo ti­rados en el piso de la iglesia, hasta que el aguar­diente de caña, el «puro» salido generoso de los trapiches ocasionara una confusión de cuerpos al amparo de la oscuridad.

Antonio José Bolívar Proaño se negó a la posibilidad de ser padre de un hijo de carnaval. Por otra parte, había escuchado acerca de un plan de colonización de la amazonia. El Gobierno prome­tía grandes extensiones de tierra y ayuda técnica a cambio de poblar territorios disputados al Perú. Tal vez un cambio de clima corregiría la anorma­lidad padecida por uno de los dos.

Poco antes de las festividades de San Luis reu­nieron las escasas pertenencias, cerraron la casa y emprendieron el viaje.

Llegar hasta el puerto fluvial de El Dorado les llevó dos semanas. Hicieron algunos tramos en bus, otros en camión, otros simplemente caminan­do, cruzando ciudades de costumbres extrañas, como Zamora o Loja, donde los indígenas saragurus insisten en vestir de negro, perpetuando el luto por la muerte de Atahualpa.

Luego de otra semana de viaje, esta vez en canoa, con los miembros agarrotados por la falta de movimiento arribaron a un recodo del río. La única construcción era una enorme choza de ca­laminas que hacía de oficina, bodega de semillas y herramientas, y vivienda de los recién llegados colonos. Eso era El Idilio.

Ahí, tras un breve trámite, les entregaron un papel pomposamente sellado que los acreditaba como colonos. Les asignaron dos hectáreas de sel­va, un par de machetes, unas palas, unos costales de semillas devoradas por el gorgojo y la prome­sa de un apoyo técnico que no llegaría jamás.

La pareja se dio a la tarea de construir preca­riamente una choza, y enseguida se lanzaron a desbrozar el monte. Trabajando desde el alba hasta el atardecer arrancaban un árbol, unas lianas, unas plantas, y al amanecer del día siguiente las veían crecer de nuevo, con vigor vengativo.

Al llegar la primera estación de las lluvias, se les terminaron las provisiones y no sabían qué hacer. Algunos colonos tenían armas, viejas esco­petas, pero los animales del monte eran rápidos y astutos. Los mismos peces del río parecían burlar­se saltando frente a ellos sin dejarse atrapar.

Aislados por las lluvias, por esos vendavales que no conocían, se consumían en la desespera­ción de saberse condenados a esperar un milagro, contemplando la incesante crecida del río y su paso arrastrando troncos y animales hinchados.

Empezaron a morir los primeros colonos. Unos, por comer frutas desconocidas; otros, ata­cados por fiebres rápidas y fulminantes; otros desaparecían en la alargada panza de una boa que­brantahuesos que primero los envolvía, los tritu­raba, y luego engullía en un prolongado y horren­do proceso de ingestión.

Se sentían perdidos, en una estéril lucha con la lluvia que en cada arremetida amenazaba con lle­varles la choza, con los mosquitos que en cada pausa del aguacero atacaban con ferocidad impa­rable, adueñándose de todo el cuerpo, picando, succionando, dejando ardientes ronchas y larvas bajo la piel, que al poco tiempo buscarían la luz abriendo heridas supurantes en su camino hacia la libertad verde, con los animales ham­brientos que merodeaban en el monte poblán­dolo de sonidos estremecedores que no deja­ban conciliar el sueño, hasta que la salvación les vino con el aparecimiento de unos hombres semidesnudos, de rostros pintados con pulpa de achiote y adornos multicolores en las cabezas y en los brazos.

Eran los shuar, que, compadecidos, se acerca­ban a echarles una mano.

De ellos aprendieron a cazar, a pescar, a le­vantar chozas estables y resistentes a los vendava­les, a reconocer los frutos comestibles y los vene­nosos, y, sobre todo, de ellos aprendieron el arte de convivir con la selva.

Pasada la estación de las lluvias, los shuar les ayudaron a desbrozar laderas de monte, advirtién­doles que todo eso era en vano.

Pese a las palabras de los indígenas, sembra­ron las primeras semillas, y no les llevó demasia­do tiempo descubrir que la tierra era débil. Las constantes lluvias la lavaban de tal forma que las plantas no recibían el sustento necesario y mo­rían sin florecer, de debilidad, o devoradas por los insectos.

Al llegar la siguiente estación de las lluvias, los campos tan duramente trabajados se desliza­ron ladera abajo con el primer aguacero.

Dolores Encarnación del Santísimo Sacramen­to Estupiñán Otavalo no resistió el segundo año y se fue en medio de fiebres altísimas, consumida hasta los huesos por la malaria.

Antonio José Bolívar Proaño supo que no po­día regresar al poblado serrano. Los pobres lo per­donan todo, menos el fracaso.

Estaba obligado a quedarse, a permanecer acompañado apenas por recuerdos. Quería vengar­se de aquella región maldita, de ese infierno verde que le arrebatara el amor y los sueños. Soñaba con un gran fuego convirtiendo la amazonia entera en una pira.

Y en su impotencia descubrió que no conocía tan bien la selva como para poder odiarla.

Aprendió el idioma shuar participando con ellos de las cacerías. Cazaban dantas, guatu­sas, capibaras, saínos, pequeños jabalíes de car­ne sabrosísima, monos, aves y reptiles. Apren­dió a valerse de la cerbatana, silenciosa y efec­tiva en la caza, y de la lanza frente a los velo­ces peces.

Con ellos abandonó sus pudores de campesi­no católico. Andaba semidesnudo y evitaba el con­tacto con los nuevos colonos que lo miraban como a un demente.

Antonio José Bolívar Proaño nunca pensó en la palabra libertad, y la disfrutaba a su antojo en la selva. Por más que intentara revivir su proyecto de odio, no dejaba de sentirse a gusto en aquel mundo, hasta que lo fue olvidando, seducido por las invitaciones de aquellos parajes sin límites y sin dueños.

Comía en cuanto sentía hambre. Seleccionaba los frutos más sabrosos, rechazaba ciertos peces por parecerle lentos, rastreaba un animal de monte y al tenerlo a tiro de cerbatana su apetito cambia­ba de opinión.

Al caer la noche, si deseaba estar solo se tum­baba bajo una canoa, y si en cambio precisaba compañía buscaba a los shuar.

Estos lo recibían complacidos. Compartían su comida, sus cigarros de hoja, y charlaban largas horas escupiendo profusamente en torno a la eter­na fogata de tres palos.

—¿Cómo somos? —le preguntaban.

—Simpáticos como una manada de micos, ha­bladores como los papagayos borrachos, y grito­nes como los diablos.

Los shuar recibían las comparaciones con car­cajadas y soltando sonoros pedos de contento.

—Allá, de donde vienes, ¿cómo es?

—Frío. Las mañanas y las tardes son muy he­ladas. Hay que usar ponchos largos, de lana, y sombreros.

—Por eso apestan. Cuando cagan ensucian el poncho.

—No. Bueno, a veces pasa. Lo que ocurre es que con el frío no podemos bañarnos como uste­des, cuando quieren.

—¿Los monos de ustedes también llevan pon­cho?

—No hay monos en la sierra. Tampoco saí­nos. No cazan las gentes de la sierra.

—¿Y qué comen, entonces?

—Lo que se puede. Papas, maíz. A veces un puerco o una gallina, para las fiestas. O un cuy en los días de mercado.

—¿Y qué hacen, si no cazan?

—Trabajar. Desde que sale el sol hasta que se oculta.

—¡Qué tontos!, ¡qué tontos! —sentenciaban los shuar.

A los cinco años de estar allí supo que nunca abandonaría aquellos parajes. Dos colmillos secre­tos se encargaron de transmitirle el mensaje.

De los shuar aprendió a desplazarse por la selva pisando con todo el pie, con los ojos y los oídos atentos a todos los murmullos y sin dejar de ba­lancear el machete en ningún momento. En un instante de descuido lo clavó en el suelo para aco­modar la carga de frutos, y al intentar asirlo nue­vamente sintió los colmillos ardientes de una equis entrando en su muñeca derecha.

Alcanzó a ver el reptil, de un metro de largo, alejándose, trazando equis en el suelo —de ahí le viene el nombre— y él actuó con rapidez. Saltó blandiendo el machete en la misma mano ataca­da y lo cortó en varias lonchas hasta que la nube del veneno le tapó los ojos.

A tientas, buscó la cabeza del reptil, y sintien­do que se le iba la vida marchó en pos de un ca­serío shuar.

Los indígenas lo vieron venir tambaleándose. Ya no conseguía hablar, pues la lengua, los miem­bros, todo el cuerpo, estaba hinchado de forma desmesurada. Parecía que iba a reventar de un mo­mento a otro, y alcanzó a enseñar la cabeza del reptil antes de perder el conocimiento.

Despertó pasados varios días con el cuerpo to­davía hinchado y tiritando de pies a cabeza cuan­do lo abandonaban las fiebres.

Un brujo shuar le devolvió la salud en un lento proceso curativo.

Brebajes de hierbas lo aliviaron del veneno. Baños de ceniza fría atenuaron las fiebres y las pe­sadillas. Y una dieta de sesos, hígados y riñones de mono le permitió caminar al cabo de tres se­manas.

Durante la convalecencia le prohibieron alejar­se del caserío, y las mujeres se mostraron riguro­sas con el tratamiento para lavar el cuerpo.

—Todavía tienes veneno dentro. Tienes que bo­tar la mayor parte y dejar sólo la porción que te defenderá de nuevas mordeduras.

Lo atosigaban con frutos jugosos, aguas de hier­bas y otros brebajes hasta hacerle orinar cuando ya no lo deseaba.

Al verlo totalmente repuesto, los shuar se le acercaron con obsequios. Una nueva cerbatana, un atado de dardos, un collar de perlas de río, un cintillo de plumas de tucán, palmeteándolo hasta hacerle comprender que había pasado por una prueba de aceptación determinada nada más que por el capricho de dioses juguetones, dioses me­nores, a menudo ocultos entre los escarabajos o entre las candelillas, cuando quieren confundir a los hombres y se visten de estrellas para indicar falsos claros de selva.

Sin dejar de homenajearlo, le pintaron el cuer­po con los colores tornasolados de la boa y le pi­dieron que danzara con ellos.

Era uno de los contados sobrevivientes a una mordedura de equis, y eso había que celebrarlo con la Fiesta de la Serpiente.

Al final de la celebración bebió por primera vez la natema, el dulce licor alucinógeno prepara­do con raíces hervidas de yahuasca, y en el sueño alucinado se vio a sí mismo como parte innega­ble de esos lugares en perpetuo cambio, como un pelo más de aquel infinito cuerpo verde, pensan­do y sintiendo como un shuar, y se descubrió de pronto vistiendo los atuendos del cazador exper­to, siguiendo huellas de un animal inexplicable, sin forma ni tamaño, sin olor y sin sonidos, pero dotado de dos brillantes ojos amarillos.

Fue una señal indescifrable que le ordenó que­darse, y así lo hizo.

Más tarde tomó un compadre, Nushiño, un shuar llegado también de lejos, tanto que la descripción de su lugar de origen se extraviaba entre los ríos afluentes del Gran Marañón. Nushiño llegó un día con una herida de bala en la espalda, re­cuerdo de una expedición civilizadora de los mi­litares peruanos. Llegó sin conocimiento y casi de­sangrado, luego de penosos días de navegación a la deriva.

Los shuar de Shumbi lo curaron y, una vez repuesto, le permitieron quedarse, pues la herman­dad de sangre así lo permitía.

Juntos recorrían la espesura. Nushiño era fuer­te. Dotado de una cintura estrecha y anchos hom­bros, nadaba desafiando a los delfines de río, y estaba siempre de excelente humor.

Se les veía rastreando una presa grande, medi­tando acerca del color de las boñigas dejadas por el animal, y al estar seguros de tenerlo, Antonio José Bolívar esperaba en un claro de selva mientras Nushiño sacaba a la presa de la espesura obligándo­la a marchar al encuentro del dardo envenenado.

A veces cazaban algún saíno para los colonos, y el dinero que recibían de ellos no tenía otro valor que el de cambio por un machete nuevo o por un costal de sal.

Cuando no cazaba en compañía del compa­dre Nushiño se dedicaba a rastrear serpientes ve­nenosas.

Sabía rodearlas silbando un tono agudo que las desorientaba hasta acercarse a ellas, hasta te­nerlas frente a frente. Ahí, repetía con un brazo los movimientos del reptil hasta confundirlo, hasta pasar de la repetición a efectuar él los movimien­tos que el reptil repetía, hipnotizado. Entonces el otro brazo actuaba certero. La mano cogía por el cuello a la sorprendida serpiente y la obligaba a soltar todas las gotas de veneno enterrando los colmillos en el borde de una
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