La urgencia climática de un nuevo sistema agroalimentario Ordenación territorial en España: réquiem para la agricultura familiar






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Ordenación territorial en España: RÉQUIEM POR LA AGRICULTURA FAMILIAR (V.Cabero Diéguez.  Catedrático de Geografía.   Universidad de Salamanca 24.08.12)


 Las propuestas de ordenación del territorio son el adiós a las tradiciones agrícolas de mayor raigambre en nuestra comunidades rurales vinculadas en gran medida a las fincas familiares, por las que entonamos un Réquiem. Sin duda, de este proceso se beneficiarán algunas multinacionales y sociedades corporativas que están al acecho de esta ordenación tecnocrática del territorio.

Cómo nos roban los recursos naturales

Asistimos a un cambio de relaciones del ser humano con su entorno que, sin duda, puede agravar en el inmediato futuro la soberanía alimentaria a diferentes escalas. Sabemos ya, a escala mundial, lo que está suponiendo el acaparamiento de tierras y el control de los alimentos de máxima necesidad y consumo: el aumento de la pobreza y del hambre. En nuestro país, muchas regiones y comarcas que hasta hace poco lograban un cierto equilibrio en el abastecimiento de sus bienes más necesarios, en particular de los agroalimentarios, se encuentran ahora en una situación cada vez más precaria. Si ayer contribuían a un uso inteligente de los recursos naturales, complementándose con los territorios próximos en un intercambio de bienes que beneficiaba al conjunto de habitantes, con escasos residuos, los procesos de globalización y los intereses especulativos actuales han cambiado radicalmente el modelo, y por tanto, las dependencias externas son cada vez más costosas tanto social como ambientalmente.

Por otro lado, observamos cómo las administraciones públicas han renunciado a su responsabilidad directa con los territorios administrados, cediéndosela a grandes grupos que se han apoderado del manejo de los recursos estratégicos y naturales, tanto en el medio rural como en el medio marino. Con el tiempo, estas corporaciones se han fortalecido y se hacen prácticamente indispensables en el control productivo y mantenimiento medioambiental.

Cabe subrayar, por ejemplo, el significado de TRAGSA (Empresa de Transformación Agraria S.A.), creada en 1977 al desaparecer el IRYDA que, a pesar de mantener el 51% de capital público, se ha convertido en un modelo empresarial con una fuerte presencia privada donde se confunden los intereses y se diluyen las responsabilidades de la propia administración. No cabe duda que en el sector agroforestal o en todo lo relacionado con el medio natural, para lo malo y para lo bueno, el grupo TRAGSA es el protagonista en nuestro país. Su posición privilegiada en un buen número de comunidades autónomas convierte a la empresa en la referencia más visible a la hora de la gestión forestal y agrícola.

Paralelamente, desde el sector privado se ha avanzando en la ocupación de sectores agroalimentarios de dimensión estratégica, casi siempre bajo fórmulas corporativas o segregando de la matriz empresarial original algunas filiales nuevas. Estas empresas desvinculadas en sus raíces e intereses de los territorios, apuestan por crear nuevas plusvalías con el capital acumulado durante siglos por generaciones anónimas de personas campesinas, desaparecidas del escenario geográfico y económico en las pasadas décadas, tras el vendaval del éxodo rural. No ha sido en absoluto un proceso ingenuo, que algunos explicarían exclusivamente como consecuencia de la modernización. Frente a la desarticulación y abandono, desde las bases económicas más especulativas, oportunistas y a veces más voraces, se preparó la ocupación del territorio y el asalto a su capital social y cultural y, lo que es más grave, a su identidad y a sus riquezas naturales.

Cobran una relevancia especial aquellas empresas que, bajo fórmulas innovadoras o, incluso, abanderando la marca o imagen ecológica y sostenible, se han adueñado de sectores clave en el ámbito de las simientes, de la producción cárnica,  de las denominaciones de origen como el vino, de la producción hortícola, etc. y por supuesto, de las energías clásicas y de las renovables. Asistimos a la formación de verdaderos dominios territoriales destinados a la producción agroalimentaria bajo fórmulas empresariales anónimas que anteponen sus intereses a las necesidades de la cuidadanía y del propio territorio.

Un nuevo expolio disfrazado de ordenación territorial

En este contexto, Castilla y León se encuentra, tras décadas de vaciamiento y despoblación, ante una gran dificultad para la gestión inteligente de sus propios recursos. La reordenación del territorio que propone en estos momentos la Junta de Castilla y León a sus 2.248 municipios, supone una decisión política y administrativa que dificultará la cohesión demográfica y social de su extenso territorio. En aras a una falaz “eficiencia y racionalidad” se pretende crear un número reducido de Distritos de Interés Comunitarios (DIC) que integren a los municipios; de ellos unos 558 están por debajo de los 100 habitantes y en una situación complicada por sus posiciones marginales, pero vinculados a espacios de gran valor económico, ambiental y cultural.

UN PUEBLO UN AYUNTAMIENTO

El gobierno español tiene previsto plantear una reforma de las fórmulas actuales de ordenación territorial. Algunas fuentes apuntan que, para resolver el grave problema de deuda pública, podría plantearse la supresión de los ayuntamientos más pequeños.

En la misma línea existe ya una propuesta en la Junta de Castilla y León que plantea la creación de una nueva figura administrativa, los Distritos de Interés Comunitario (DIC), para agrupar gestiones de dichos ayuntamientos más pequeños.

Desde el foro ‘Comarcas sí, Distritos no’ conformado por muchas asociaciones del medio rural se cuestiona esta posible nueva figura: «La creación de los DIC va a producir una concentración de recursos en los pueblos más grandes que ayudará a la desaparición de los más pequeños, con graves consecuencias para la cohesión territorial (…) Consolida un modelo de concentración y centralización de servicios, recursos y toma de decisiones (…) Y la experiencia nos demuestra que el pueblo que pierde su ayuntamiento acelera su desaparición (…) El elevado número de ayuntamientos tiene como valor la multitud de personas implicadas de modo voluntario en su gestión, con un mínimo coste y alto conocimiento de la realidad de la vida y del territorio municipal».

 La adaptación al mercado se impone, y se olvidan, en la búsqueda de alternativas administrativas, del peso y del significado de las propias entidades comarcales, que siguen teniendo validez como marco de partida para la vertebración y ordenación territorial, manteniendo además la identidad cultural y territorial ante la propuesta tecnocrática del distrito.

Muchas áreas rurales alejadas de los centros de poder verán empeorada gravemente su situación, estando, por tanto, abocadas a un ocaso inminente e irreversible, que afecta de lleno a su capacidad de supervivencia y al control de sus propios recursos. Ello supone al menos dos graves consecuencias: la extinción de la riqueza humana y cultural de aquellas comarcas con gran identidad histórica, y la desaparición de productos que garantizan nuestra soberanía alimentaria tanto a escala regional como peninsular.

La mayoría de los pequeños municipios rurales han demostrado durante estos años de crisis una gestión prudente de sus propios recursos y de sus presupuestos, sin acumular pérdidas o despilfarros que pongan en entredicho su compromiso vital con los ámbitos geográficos próximos y con sus habitantes. Subsumir sus políticas y sus bienes públicos y estratégicos en áreas funcionales sin verdadera identidad y bajo gestión privada, acelerará los procesos de apropiación de los recursos naturales (aguas, bosques concejiles y públicos) y de los recursos agroalimentarios por los intereses particulares y más alejados de la biodiversidad y de los paisajes.

Mientras, los sistemas productivos locales que conservaron hasta hace poco tiempo la agricultura en los ruedos de nuestros pueblos agonizan, y los aprovechamientos ganaderos extensivos en sus alrededores se desvanecen, se impone el descontrol en el manejo de los asuntos públicos, acarreando consigo incendios pavorosos como por ejemplo los acontecidos durante este mes de julio en Valencia; así pues, la destrucción de los recursos colectivos y públicos es una realidad dolorosa, que necesita más que nunca de la presencia del ser humano y de su adaptación al entorno. Ni los medios técnicos más sofisticados, ni las unidades de emergencias más especializadas lograrán mantener un equilibrio ambiental y alimentario igual al de un grupo humano solidario con el territorio.

CANALES CORTOS DE COMERCIALIZACION, UN ELEMENTO DINAMIZADOR López García, D. (fuente Ecoportal mayo 2013)

Pareciera que la agricultura no tiene cabida en espacios periurbanos, donde la lógica especulativa convierte la tierra en mercancía, asignándole un valor de mercado muy por encima de su valor de uso y lejos del alcance de las rentas agrarias. Sin embargo, en las últimas décadas han aparecido gran cantidad de pequeñas iniciativas que tienden puentes entre campo y ciudad, conectando grupos de productores y consumidores en novedosas formas sociales que están devolviendo la rentabilidad a la agricultura periurbana.

Pero sobre todo, están abriendo un espacio social donde la producción agraria sostenible cercana a las ciudades recupera su valor social, y a partir del cual es posible defender la actividad del avance de la ciudad. Más allá de la búsqueda de precios justos para el consumo y la producción, es la conformación de un movimiento social que cuestiona la expresión territorial del capitalismo global, y que construye alternativas a partir de formas de relación económica basadas en la solidaridad y el bien común entre producción y consumo.

La recuperación de los canales cortos de comercialización

Las mayores ciudades han crecido históricamente en lugares de fácil abastecimiento de alimentos, a menudo cercanas a vegas fértiles y altamente productivas. Hasta hace muy pocas décadas, los productos agroalimentarios de consumo diario (hortaliza fresca, leche, etc.) se producían en las propias ciudades o en los territorios inmediatamente cercanos. Aún hoy, al menos un tercio de los alimentos consumidos en las ciudades de todo el mundo se producen en esas mismas áreas urbanas o en las zonas periurbanas anejas, y al menos un 7,5% de los alimentos en el mundo están producidos por campesinos urbanos.

Sin embargo, y por diferentes causas (el petróleo barato, las urbanización de suelos, el precio de la tierra, etc.) ha llevado a lo largo del siglo XX a un paulatino desacoplamiento espacial entre producción y consumo agroalimentarios, que ha hecho retroceder las producciones agrarias urbana y periurbana.

En un contexto de crisis general para todo tipo de agricultura, el surgimiento de la agricultura ecológica supone un balón de oxígeno para algunas explotaciones agrarias. Esta nueva forma de denominar la agricultura sin químicos, si bien más evolucionada, en poco tiempo se hermana con la mayor conciencia en el consumo hacia la búsqueda de productos saludables, en un mercado a menudo confuso y generador de poca confianza, especialmente frente a la expansión de la Gran Distribución Comercial (GDC). Por ello, en el Estado Español surgen en los ’80 los primeros Grupos de Consumo de Alimentos Ecológicos y asociaciones de productores y consumidores. En los años ’90 el consumo asociativo de alimentos ecológicos se expande, especialmente en las principales zonas metropolitanas, a partir de la iniciativa individual de experiencias productivas pioneras que no pudieron o no quisieron optar por el mercado de exportación, y especialmente a partir de la distribución de frutas y hortalizas frescas.

En la primera década de este siglo se vive una verdadera explosión de iniciativas auto organizadas de consumo ecológico en las ciudades, que podemos denominar un movimiento social agroecológico, altamente politizado, y que supera en sus principios la demanda de alimentación saludable, para plantear una crítica de raíz a la expresión territorial del capitalismo globalizado y al sistema agroalimentario que lleva asociado. Este incipiente movimiento se alimenta en los últimos años con las propuestas de la Soberanía Alimentaria, llegadas desde el Sur Global de la mano de La Vía Campesina, y se estructura en tejidos territoriales de diversa naturaleza, construyendo alianzas entre campo y ciudad en base a un pacto social por la agricultura, especialmente la agricultura ecológica y los canales alternativos de distribución.

En la actualidad, los Canales Cortos de Comercialización (CCC) para los alimentos ecológicos son una realidad en rápido crecimiento en el Estado Español y en general a lo largo y ancho del planeta. Sus formas se han multiplicado y diversificado, hasta suponer una alternativa importante para cientos de experiencias productivas; y su importancia está siendo recogida por las administraciones, que se están viendo forzadas a reconocer su importancia y los beneficios sociales que reportan.

Pero más allá de su importancia económica, su carácter de movimiento social está generando una politización de la producción y el consumo, que sitúa el sistema agroalimentario en un lugar importante de los debates sociales.

Los CCC: Más que una cuestión de consumo

Por Canales Cortos de Comercialización entendemos aquellas formas de circulación agroalimentaria en las que sólo se dan uno o ningún intermediario entre producción y consumo. Sin embargo este es un término confuso, ya que el denominado canal moderno de distribución en algunos casos cumple con esta definición, y no es el tipo de experiencias al que nos queremos referir. Por ello para afinar más el concepto debemos hablar de espacios comerciales en los que producción y consumo mantienen un alto poder de decisión en cuanto a qué y cómo se produce, y en cuanto a la definición del valor de aquello que se produce. El tipo de experiencias que agrupamos dentro de esta categoría suele compartir además una base territorial común entre producción y consumo que permite una relación directa entre ambos extremos de la cadena agroalimentaria, por lo que se suele hablar de mercados locales como un concepto ligado al de CCC. Algunas de las modalidades son fórmulas tradicionales de distribución de la producción agraria que han sido retomadas en el proceso de recampesinización de una parte importante de los pequeños productores, como la venta en finca o los mercadillos de productores. Además, han surgido formas novedosas de comercialización ligadas a la producción ecológica, tales como los Grupos de Consumo de alimentos ecológicos, los sistemas de suscripción en base a la distribución periódica de lotes de productos de composición preestablecida, la venta por internet, o la distribución directa por parte de los productores a comedores de instituciones públicas (Consumo Social).

En efecto, las diversas modalidades de CCC van más allá de un simple interés por alimentos saludables por parte del consumo, para establecer relaciones de confianza, en respuesta a una desconfianza generalizada frente a la globalización agroalimentaria y los organismos de control ambiental y sanitario al respecto. Esta desconfianza llega hasta el cuestionamiento de los propios sistemas públicos de certificación, para establecer sistemas alternativos y participativos de garantía; e incluso frente a la convencionalización de la agricultura orgánica.

El establecimiento de estas nuevas redes sociales de confianza entre producción -medio rural- y consumo -medio urbano, se traduce en formas de funcionamiento ampliamente positivas para ambas partes de la cadena, y que establecen una clara diferencia con las formas de circulación económica en el mercado capitalista global: estabilidad; negociación de precios; cooperación entre producción y consumo e incluso variadas formas de co-gestión de la finca; preferencia por las producciones más cercanas por encima de los menores precios; etc. Muchos productores ecológicos manifiestan a su vez su satisfacción al conocer a las personas que se alimentan con su cosecha, y a que sus productos de calidad sean consumidos en el propio territorio. Y según la conciencia ecológica va siendo incorporada por los propios productores, estos comienzan a consumir alimento ecológico y a desarrollar experiencias de consumo asociativo en las propias zonas de producción, a menudo rurales.

El interés renovado por las producciones agrarias locales, supone a su vez un cambio importante en uno de los principales problemas para la renovación de la población activa agraria: la escasa valoración social de la actividad, a la vez que puede suponer un freno importante frente a la pérdida de biodiversidad agraria. La simple reducción de intermediarios reduce costes y aumenta de manera muy sensible el valor añadido percibido por el productor, a la vez que reduce los precios finales del alimento ecológico y los impactos ambientales relativos a transporte y a los envases y embalajes que la distribución convencional utiliza como gancho.

No es oro todo lo que es “corto”

El concepto de “Circuitos Cortos de Comercialización” solo hace referencia al número de intermediarios entre producción y consumo, y dentro de esta definición entran muchas cosas, y no todas responden a la idea de solidaridad y de reparto del beneficio social entre los extremos de la cadena alimentaria. El desarrollo de la gran distribución comercial (“Canal Moderno”) aprendió la lección hace mucho tiempo, y en la actualidad supone el único intermediario para la mayor parte de productos que se comercializan en los súper e hipermercados. Han desarrollado sus propias plataformas de compra, desplazando así al “Canal Tradicional” construido a través de los “mercas” de las grandes ciudades, y quedándose así con una mayor parte del valor añadido, y concentrando aun más el poder de negociación frente a producción y consumo. Y son capaces de apropiarse de cualquier contenido simbólico al respecto (ver foto de Intermarché, Marsella, 2006), y lo peor es que no mienten.

Por lo tanto, cuando hablamos de CCC no solo nos referimos a los intermediarios, sino también a las formas que adoptan los circuitos de comercialización… Pero aquí también nos podemos pillar los dedos. Algunas modalidades de CCC se han crecido, en los países con mercados ecológicos más desarrollados, de una forma espectacular. Es el caso de los sistemas de subscripción (o de cestas) comercializados por internet, que en países como el Reino Unido alcanzan en algunos casos volúmenes de decenas de miles de cestas semanales a domicilio (Abel and Coll; Riverfort); aunque también en Dinamarca (Aarstiderne), Alemania o Austria. Todas estas experiencias surgen e sus inicios de granjas o asociaciones de granjas pioneras en los CCC, que abrieron mercado con mucho valor, y que hoy logran comercializar un volumen muy importante de productos de regiones determinadas, favoreciendo el mantenimiento de la agricultura en esas zonas. Pero adoptan sistemas en los que, una vez más, el criterio del productor tiene poco que decir; que no tienen problemas en incorporar productos de cualquier parte del mundo, para hacer “más cómodo el servicio” al consumidor; y que pierden la relación directa entre producción y consumo, al adoptar estructuras empresariales. ¿Es esto circuito corto?

En una conversación con Patrick Holden, anterior presidente de la Soil Association, en Reino Unido, nos comentaba una reunión con el responsable de compras de una gran cadena de supermercados en aquel país. Aquel sales manager decía: “de momento, el volumen es demasiado pequeño para nosotros”, pero no tenía problemas en considerar abrir una línea de sistema de suscripción para alimentos ecológicos desde el supermercado. En efecto, si es rentable, ¿por qué no lanzarse a ello? Y sin duda, sin un tejido social y una solidaridad directa entre producción y consumo, el poder comunicativo de la Gran Distribución puede reconstruir cualquier ficción de lo local, de la solidaridad, y de la calidad de los alimentos. Mucho más real que la realidad.

Por ello, no solo hablamos del número de intermediarios, sino también de volúmen (cantidad de producto repartido, cantidad de granjas productoras o unidades de consumo implicadas) y escala territorial, que permita un contacto directo y conocimiento mutuo entre producción y consumo. Pero sobre todo, cuando hablamos de CCC como proyecto transformador, hablamos de Poder. Poder de la producción y el consumo para definir el modelo agrario y alimentario que deciden para cada territorio, lo cual es a su vez un proyecto político, que denominamos Soberanía Alimentaria.

Los CCC como elemento movilizador

Se constata que además, las relaciones de proximidad en las cadenas locales sirven de vehículo a las demandas sociales de equilibrio territorial y ambiental frente a la globalización, especialmente entre los habitantes urbanos, en un compromiso por apoyar y fortalecer los paisajes, las culturas y las economías locales sostenibles de los territorios circundantes a las áreas metropolitanas. Especialmente en las zonas urbanas y periurbanas donde, como ya se ha comentado, la dinámica de la economía globalizada presiona en mayor medida sobre el tejido agrario. Pero también en las numerosas iniciativas de Grupos de Consumo o CCC que se están desarrollando en zonas rurales, integrando a los productores/as en las mismas estructuras de consumo.

En este sentido podemos entender el desarrollo desde los años ’90 de un movimiento social agroecológico de fuerte carácter urbano, desde el cual se organiza la resistencia frente a la expresión territorial del capitalismo global, a través de un cambio en el modelo agroalimentario. Desde estas praxis urbanas se construyen los grupos de consumo en las ciudades y los huertos urbanos, y estas experiencias se han ido coordinando a nivel territorial para construir el extremo del consumo en los CCC, haciendo así operativas las incipientes redes logísticas por medio de estructuras de coordinación.

La existencia de estas estructuras y la explosión de los CCC están permitiendo un estrecho contacto entre producción y consumo, incorporando contenidos agrarios y rurales a la agenda política de los movimientos sociales urbanos a través de la presencia de los productores, con lo que se fortalecen de una forma importante las luchas de los débiles tejidos sociales de las áreas periurbanas circundantes, o de las comarcas rurales con tejido asociativo ligado a los CCC.

En las Áreas periurbanas nos encontramos, en concreto, con un rango de problemáticas en la parte de la producción, ligados a la marginalidad de la actividad agraria en estos territorios: problemas de acceso a la tierra y al agua; contaminación de suelos y agua; desestructuración del tejido productivo agrario (asociaciones, cooperativas, etc.); y degradación de las infraestructuras agrarias (caminos, acequias, etc.).

Estas problemáticas están siendo integradas, dentro de la agenda de los movimientos sociales urbanos, que más allá del ecologismo pasan a considerar la cuestión agraria como bien de interés social, desde una visión agroecológica y de Soberanía Alimentaria. En este sentido, es fácil encontrar en los espacios donde toman cuerpo las experiencias de CCC -locales de los grupos de consumo, mercadillos de productores- propaganda y convocatorias de movilizaciones alrededor de problemáticas ambientales locales de las áreas periurbanas, como la urbanización descontrolada; la contaminación; o la construcción de infraestructuras de transporte, agua y energía. Además, es fácil encontrar en la dinamización de estas movilizaciones a los propios agricultores ecológicos y a otras personas implicadas en los CCC desde el consumo.

EJEMPLOS:

Probablemente el conflicto social más importante acaecido en el Estado español en este sentido es el de la Huerta Sur de Valencia, y en concreto en el barrio de La Punta, desde mediados de los ’90. Este barrio de huertos históricos, integrado en el término municipal de la ciudad de Valencia, fue arrasado en gran parte para la construcción de infraestructuras logísticas y de transporte, necesarias para conectar el espacio metropolitano valenciano con la economía global. Este proceso se ha ido extendiendo a otras zonas alrededor de la ciudad, y ha ido generando un creciente movimiento contestatario, en el que la agricultura es más que el paisaje y la identidad cultural históricas del pueblo valenciano. La huerta es garantía de futuro para la ciudad y una vía imprescindible para su desarrollo sostenible, y cada fanega cementada supone fertilidad y riqueza perdidas para siempre. Por ello, desde los ’90, las personas implicadas en la defensa de L’Horta comenzaron a dinamizar experiencias de CCC en los terrenos que iban a ser urbanizados, como forma de conectar a los habitantes urbanos con la problemática de las huertas históricas. Esta línea sigue, hasta el punto de que hoy la página web de inicio del colectivo Per L’horta -el más visible en la defensa de la huerta valenciana- muestra un sistema de compra on-line de productos de la zona.

Otro ejemplo interesante es el de Bajo el Asfalto está la Huerta (BAH!) en el Area Metropolitana de Madrid. En el año 2000 un grupo de 150 jóvenes okupaba unas tierras abandonadas de titularidad pública, pertenecientes a un Parque Regional y destinadas para “agricultura sostenible”, para denunciar el abandono de la finca por parte de la administración y las múltiples agresiones ambientales que estaba sufriendo dicho Parque Regional relacionadas con el crecimiento urbanístico y las infraestructuras de transporte relacionadas. El grupo presentó un proyecto al gobierno regional para poner en producción la finca y sin esperar respuesta comenzó a desarrollarlo. El proyecto incluía la creación de grupos de consumo que, de manera asamblearia, gestionarían la finca en base a la posesión colectiva de los medios de producción y del producto, en un modelo de relaciones entre producción y consumo mediante el cual el consumo se hace responsable de la producción agraria, y también del territorio que la soporta. La producción tuvo que llevarse al valle del río Tajuña al ser dificultada por la administración con todo tipo de medios. Sin embargo la experiencia siguió adelante, y más tarde el modelo de relación producción-consumo se replicaría en una docena de nuevas experiencias, en la Comunidad de Madrid y en otros territorios del Estado Español.

PARA SABER MÁS:

http://www.urgenci.net/

http://gruposdeconsumo.blogspot.com/

http://mapa.decrecemadrid.org/map/

http://bah.ourproject.org/

http://www.perlhorta.info/

http://www.canmasdeu.net

http://repera.wordpress.com/

http://www.facpe.org/

(*) Daniel López

Técnico e investigador en Agroecología. Miembro de Ecologistas en Acción.
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