La lucha contra el poder en el 68






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LA LUCHA CONTRA EL PODER EN EL 68
El 4 de agosto de 1968, la opinión pública nacional, a través del periódico El Día, conoció la siguiente declaración:

“Los abajo firmantes, profesores de la Escuela Nacional de Agricultura, manifestamos:

1º. Nuestra protesta enérgica por la agresión de que han sido objeto los estudiantes, profesores y ciudadanos, en los últimos días.

2º... protestamos por la violación de las garantías individuales...

3º. Exigimos:

a) La derogación de los anticonstitucionales artículos 145 y 145 bis del Código de Procedimientos Civiles y Penales.

b) La libertad de los estudiantes, profesores y ciudadanos injustamente aprehendidos e involucrados en los bochornosos acontecimientos que se han suscitado a partir del 26 de julio.

c) La desaparición del Cuerpo de Granaderos y la no utilización de organismos represivos que atenten contra las garantías individuales.

d) La indemnización a las familias de los estudiantes, profesores y ciudadanos, heridos o muertos por las fuerzas represivas.

“Enseñar la explotación de la tierra, no la del hombre”.

Chapingo, México, 2 de agosto de 1968.

¿Qué suceso tan resonante y significativo había tenido lugar que consiguió impactar y hacer manifestarse a una comunidad tan circunspecta y enclaustrada como la chapinguera, sobre aspectos aparentemente distantes de la ciencia agronómica?.

Este pronunciamiento de una institución como la ENA constituía una expresión más de que, en efecto, se escenificaba uno de los acontecimientos social-políticos de mayor significado en varios años.

El estudio del movimiento y la organización estudiantil de las últimas décadas ha permitido la producción de excelentes y diversas obras. Una serie de investigaciones han dado cuenta de facetas distintas de este movimiento, a tal grado que parece haberse cubierto su compleja multilateralidad.

Existen cuestiones, sin embargo, tratadas de pasada o no incluidas en los ensayos sobre movimientos y organizaciones estudiantiles desde 1968 hasta nuestros días. Por ejemplo, la relación más estrecha entre esos movimientos y el surgimiento y desarrollo de una crisis social en el país, es página casi en blanco en la historiografía de estos procesos. Nos parece que un tema así debe ser cubierto, lo cual demanda grande esfuerzo y labor de conjunto por varios años.

Hay un punto particular que parece de especial relevancia sobre el que, de manera directa, hay menos atención. Nos referimos al problema del tratamiento del poder en estos movimientos, tanto en su forma franca y directa como en su sentido implícito, es decir, como contenido real aun cuando no haya existido una formulación ni siquiera por parte de los sectores intelectuales del movimiento.

Los estudios del poder en general, y con mayor razón los que se ubican desde la perspectiva de un movimiento específico, reclaman un marco conceptual y una clara definición, sobre todo porque si existe un problema sociológico y de ciencia política embrollado, ese es precisamente el del poder.

Estamos convencidos que el tratamiento del poder en y por los movimientos estudiantiles desde 1968 hasta la actualidad, constituye uno de los rasgos más novedosos y significativos de esos procesos, a la vez que lo más trascendente y prometedor. Este hecho no sólo revela contenidos recientes en estos procesos; habla también de problemas nuevos en la lucha social de nuestro país, que aun mediatizados o reprimidos momentáneamente, siguen latentes como viabilidades maduras en las nuevas mutaciones de nuestra sociedad.

El movimiento estudiantil, particularmente desde 1968 a 1986, ha sido expresión de situaciones muy diferentes que han tenido lugar en el país. De manera especial ha revelado la existencia de crisis en la sociedad mexicana así como su desenvolvimiento.

Podría decirse, incluso, que las crisis en nuestro país tomaron, dijéramos, carta de legalidad precisamente porque, entre otros sectores poblacionales, los estudiantes las percibieron, las sintieron y, en muchos sentidos, actuaron en función de ellas. Las crisis existen, son una realidad cuando, a su desarrollo objetivo se une su subjetividad y ésta consiste, precisamente, en que quien las padece las expresa.

La relación entre los movimientos sociales y las crisis económicas, como es sabido, es distinta y variable.

No es de las relaciones que tienen como rango una dependencia de causa y efecto, sino de construcción, retroalimentación e incidencia mutua. Las crisis suelen ser cimiento y antecedente de los movimientos sociales, al tiempo que éstos comúnmente se comportan como fundantes de aquéllas.

Las crisis son componente necesario de la percepción interior de quién las padece. No podemos hablar de crisis si ese proceso objetivo que las sustenta se considerase sólo desde fuera y quienes las sufren no se encontrasen envueltos en dicho proceso con toda su subjetividad.

Las crisis revelan un gran conflicto en torno a los ejercicios decisionales de sus sujetos. Arrebatan a unos porciones distintas de su capacidad de autodeterminación; les quitan esa “parte de la soberanía que normalmente les corresponde” y se las refrendan o aumentan a otros. Simultáneamente, provocan respuestas para sostener, proteger y hasta incrementar esa porción de soberanía humana que se les está despojando e inducen a que sobre ellas se exprese la impronta de la conciencia y la percepción, la resistencia y el forcejeo entre víctimas y victimarios.

Las crisis regulan, normativizan, pero a la vez son influidas por la cosmovisión y disposición de sus sujetos.

Un hecho inaugural del panorama nacional que a finales de la década de los sesenta fertiliza el terreno en el que se desenvuelve el movimiento estudiantil contemporáneo, lo constituye un verdadero viraje en las tasas de formación bruta de capital y de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) real, a través de una desaceleración moderada que cristaliza en la crisis de 1971. La economía mexicana entra, así, a un nuevo ciclo de su desarrollo. No obstante que desde aquel momento sobre todo por la intervención del Estado, la declinación no logra el grado de entrampamiento profundo del proceso de acumulación, que más tarde alcanzaría, los signos de la sobreacumulación son ya una realidad. Una crisis estratégica comienza a asentar sus reales.

Pero ¿qué relación guarda este cúmulo de modificaciones con el desenvolvimiento de una protesta y una expresa y manifiesta rebeldía estudiantil como la del 68? En realidad, el movimiento estudiantil estaba operando como una expresión subjetiva de la crisis, como una de sus conciencias, en ese momento la más profunda y elocuente. Dice el filósofo alemán Jurgen Habermas que las crisis existen, son una realidad cuando, a su desarrollo objetivo se une su subjetividad y ésta consiste, precisamente, en que quien las padece las expresa.

Simultáneamente, el movimiento ponía de manifiesto una transformación cardinal de condiciones básicas de la vida social en nuestro país y, de una manera particular, un cambio radical en la relación entre el proceso educativo y el proceso productivo material directo en su franco sentido de fabricación.

De esta manera, desde 1968 los movimientos estudiantiles revelan una nueva situación, de crisis social, y expresan los padecimientos y los sentires de dicha crisis por parte de un nuevo tipo de sujeto social: el estudiante de la crisis.

En efecto, un hecho sustancial, sin el cual ninguno de estos movimientos puede ser captado en su cabalidad reside en que la producción capitalista en nuestro país ha dominado realmente a todas las infraestructuras sociales hasta convertirlas realmente en momentos del proceso productivo.

Una serie de actividades improductivas, respecto a la producción directa de plusvalía, desde finales de los sesenta empezaron a coordinarse en la producción directa y a incluirse en una funcionalidad directamente productiva: los llamados servicios se transformaron en servicios productivos.

En nuestro país también tienen lugar procesos de valorización social extendida o “difusa”. Se trata de una específica relación entre proceso productivo y proceso de reproducción en una sociedad capitalista concreta, en la que la circulación no constituye una simple esfera de realización del valor, sino que también es esfera del proceso de valorización.

Las fases que preceden y las fases posteriores al proceso directamente de fabricación, como son la educación, la salud, en general la formación de la fuerza de trabajo y su recuperación-recreación –vivienda, descanso, etc.-, el transporte, la administración, el financiamiento a la producción, en general la distribución, etc., se están extendiendo y desarrollando cualitativamente. El llamado trabajo indirecto se expande y está siendo realmente subsumido por el capital.

Hoy, más que nunca, casi todo trabajo es convertido en factor del proceso de valorización, esto es, asume esencia de trabajo asalariado; se desconcentra, a partir de la fábrica, como trabajo asalariado de la educación, como trabajo asalariado de la administración, de la recreación, etc., y se articula de manera nueva como componente del ciclo general de valorización, conformándose en un solo cuerpo social de trabajo indirectamente productivo y trabajo de control improductivo.

La relación contradictoria entre capital y trabajo asalariado se expande al conjunto de la sociedad mexicana, en virtud de que la escuela, el hospital, la universidad, el centro recreativo, el dormitorio y el hogar en general, etc., funcionan también en alguna medida como eslabones del proceso de reproducción de la fuerza de trabajo, como componentes del ciclo capitalista. El proceso educativo de investigación, de enseñanza y docencia, el proceso de ubicación y atención de enfermedades, el uso del territorio, la vida familiar, etc., corresponden cada vez más a exigencias del proceso de acumulación.

El movimiento estudiantil enfrenta las consecuencias más evidentes del dominio concreto del empresariado sobre el trabajo terciario y su especifica racionalización. El proceso de fabricación se recompone en México no sólo con la elevación de la eficacia de la empresa, sino también y sobre todo con el mejoramiento de la eficacia social en su conjunto, como incremento de la excelencia universitaria, sanitaria, de servicio financiero-bancario, etc. Se trata de eficientar la formación de la fuerza de trabajo y la generación de procesos científico-tecnológicos, particularmente con la denominada reestructuración educativa.

El movimiento estudiantil enfrenta –en la figura de esa llamada reestructuración universitaria- algunas de las verificaciones al seno de la universidad de procesos de innovación en el aparato productivo mexicano.

Arrostra las adecuaciones al seno universitario de procesos de formación de la oferta de trabajo, del mercado de trabajo.

Pero ello significa, al mismo tiempo, una profundización del arrebato de esa “parte de la soberanía que normalmente les corresponde” a los universitarios de base y particularmente a los estudiantes. Esto es: una profundización del poder de los empresarios sobre los universitarios mexicanos, no sólo su mayor ubicación como sectores indirectos productivos de plusvalía, sino también una mayor limitación de su propia capacidad decisional y de determinación sobre sus condiciones de estudio, docencia, investigación, extensión universitaria.

Durante todos estos años se ha venido profundizando la dirección despótica del empresariado en lo que se refiere a las normas y a las condiciones de la educación.

El movimiento del 68, los movimientos estudiantiles de los setentas, el movimiento ceuísta del 86, las movilizaciones contra las cuotas en la UNAM o contra la Ley 4 en la Universidad de Sonora, constituyen acciones puntuales de resistencia contra aspectos y momentos de dicho proyecto empresarial de reorganización que políticamente opera sobre el proceso de terciarización del trabajo social para profundizar el control, el dominio y la soberanía de los empresarios sobre las instituciones de educación superior en el país.

El problema del poder en el movimiento del 68 no fue planteado de una manera tradicional, como poder de Estado ni como toma del poder.

Estuvo presente de una manera nueva, como contrapoder social y, lo más importante, como ejercicio de vida, como práctica de masas, como cosmovión espontánea e interna a miles de personas.

Cuando hablamos del poder, lo diferenciamos del poder de Estado y, más aún, del poder como sinónimo de aparato de Estado. Si lo miramos en este último sentido, deberíamos reconocer que, en la medida que el movimiento no se propuso desaparecer al gobierno, paralizar al Congreso ni anular al sistema judicial, no hubo planteamiento antagónico al poder.

Y, sin embargo, en este movimiento sí estuvo presente el planteamiento contra el poder en el sentido más social del término.

Para entenderlo, reiteramos, debe reconocerse que no es lo mismo poder social que poder de Estado.

Se lucha contra el poder, en un sentido social más amplio que el meramente estatal, cuando la gente despliega acciones que sustentan su voluntad, convertida y erigida en una nueva normatividad (que puede darse a través de acuerdos y resoluciones de reuniones o instituciones del más distinto tipo), para definir por sí mismo formas y contenidos de libre desarrollo, autonomizándose de tutelas y dependencias. Se lucha contra el poder cuando la gente se constituye artífice y gestor de su vida, de su historia; cuando las soluciones que se buscan al desarrollo, al trabajo, a las relaciones entre sí, a la convivencia, al uso de los recursos naturales, a las mismas crisis, se conciben y se propugnan mediante la decisión y la acción soberanas de la gente; cuando se actúa como pueblo autónomo activado por el manejo de toda su vida.

Se lucha contra el poder cuando se busca activamente el control y la determinación de las más grandes pre-rrogativas y expectativas de la vida propia, del trabajo propio, del estudio propio, etc. Es la dinamización de las relaciones sociales de recuperación y ejercicio de la capacidad decisional sobre las condiciones más importantes para la vida de la gente; cuando ésta busca asumir tareas sociales como la educación, la salud, la recreación, el deporte, cuando intenta habilitar sus propios espacios de vida fundamental; cuando intenta regular por sí mismo las relaciones civiles y de todo tipo. Se lucha contra el poder cuando la gente le busca salidas a sus problemas por fuera de las instituciones tradicionales y se inventa y se crea sus propias instituciones de tipo muy variado.

Cuando un sector de una sociedad cualquiera lucha contra el poder, en esa sociedad se verifica un alto protagonismo, hay despliegue de una importante iniciativa social, una alta creatividad de gentes con fuerte ejercicio libre de las potencialidades que estuvieron encerradas en ella, y una sustancial actitud participativa.

Se lucha contra el poder cuando la gente fija autónomamente sus necesidades y sus aspiraciones lanzándose a conquistarlas con hechos; cuando en sus ámbitos de vida, de trabajo, de estudio, etc., se pugna por dejar de ser fuerza subordinada y pasiva y se quiere tomar la palabra y cartas en los asuntos.

Naturalmente, en esto hay muchas variantes y distintos niveles. Pero siempre se requiere un mínimo de autoorganización, un mínimo de proposiciones y no sólo de confrontaciones, un mínimo atrevimiento para hacer cosas y acciones por su cuenta y riesgo, un mínimo de insubordinación a lo establecido, a lo hegemónico.

La lucha contra el poder es un proceso que puede tener mil motivaciones y cien caminos para andarse. La experiencia fragmentaria de la gente va dando pie a un sentido común de desconfianza, desesperanza e irreverencia, de falta de respeto y de rebeldía. Ese sentido común que llega a la irreverencia y a la rebeldía parte del mundo mítico, cultural, religioso, social, económico y político de la gente etnocampesina, citadina, fabril y barrial, universitaria y comunitaria, con incidencia de dispositivos pulsionales de todo tipo como de género, edad, etc. Los más disímbolos saberes y sentires, conocimientos e inclinaciones ejercen grandiosa influencia sobre la voluntad y el estado de ánimo de la gente, sobre sus reales comportamientos, pues la gente tiene su propia alma, sus valores y sus sentimientos y ¡ay de aquel sistema o de aquel gobierno que agote sus posibilidades ya no digamos de satisfacer esas situaciones sino ni siquiera de tomarlas en cuenta!

El planteamiento más auténtico sobre el llamado problema del poder es siempre el implícito, el que nace de las hondas profundidades de la vocación social de la gente por recuperar esa soberanía contenida en cada ser humano, y de la cual es despojado por miles de procedimientos.

El movimiento estudiantil de 1968 tuvo momentos de genuino planteamiento contra el poder con mayor fuerza que movimientos anteriores.

Estos momentos se localizan en su alto grado de masificación espontánea cimentada en un elevado nivel de protagonismo de miles de participantes que multiplica el llamado activismo a números incalculables. En su manifiesto del 6 de octubre, el Consejo Nacional de Huelga (CNH) constataba que el 2 de octubre se habían congregado “cerca de 10 mil personas en Tlaltelolco”, lo cual revela que ésta fue una de las menores concentraciones del 68, que llegó a abarrotar el Zócalo de la capita por varias ocasiones, superando en cada una de ellas los 400 mil congregados.

Pero no se trata simplemente de las cifras –ya de por sí elocuentes-, sino más bien de que esos numerosos contingentes se plantaron en protesta de alto nivel combativo a partir de una decisión propia, gestada en lo más profundo de sus necesidades radicales.

Con las grandes concentraciones y movilizaciones se pusieron en juego mecanismos de conformación y ejercicio de decisión propia por parte de los estudiantes.

Estos momentos se localizan también en la exposición de demandas que rebasan con mucho las estrictamente gremiales o sectoriales. Los reclamos son auténticamente nacionales y sociales y, sobre todo, apelan al ejercicio de decisión social frente al monopolio despótico de las capacidades decisionales por los grupos hegemónicos.

En su manifiesto aparecido el 4 de agosto, la Comisión Organizadora de la Manifestación del 5 de agosto de 1968 (de la que formaba parte Chapingo) señalaba: “Los estudiantes estamos hartos... Estamos cansados de este clima de opresión. Evidentemente estas situaciones conducen... a un atraso progresivo del país. Por el contrario, las protestas activas de los estudiantes son críticas sociales que siempre llevan un contenido de justicia y libertad...”

Estos multitudinarios reclamos alcanzan un alto grado de centralidad. En su manifiesto del 24 de agosto, el CNH reiteraba que “este Consejo es el único organismo representativo de la base estudiantil, que participa en este movimiento, y que por lo tanto es el único que sostendrá las pláticas con los representantes del Gobierno Federal”, lo que revela un alto ejercicio de autorepresentatividad, de autogobierno, no delegando en otros los negocios propios. En su manifiesto del 28 de septiembre, el CNH reiteraba que “ninguna autoridad educativa, ni dirigente estudiantil alguno pueden decidir si se levanta, o no, una huelga. Las huelgas fueron declaradas por las asambleas de cada una de las escuelas y corresponde sólo a esas asambleas resolver en qué momento se regresa a clases”. Pero esta centralidad tomó cuerpo también en que más y más sectores se nuclearon en derredor del Movimiento, nucleamiento que comenzaba a extenderse a provincia, antes de la represión del 2 de octubre. Evidenció un alto nivel de sincronización multitudinaria (sólo comparable a la que años después se produjo en derredor de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas), pues las acciones planificadas se llevaron a cabo con un cumplimiento ejemplar y en torno al Pliego del Movimiento, de manera única y simultánea.

Aun cuando este movimiento destacó a núcleos de dirección (el CNH se declaraba compuesto por 210 líderes, lo cual habla de su amplia representatividad), lo cierto es que tuvo lugar una verdadera proliferación de líderes a todos los niveles, más aún en los denominados de brigada, con lo cual se reitera un ejercicio direccional masivo. Las discusiones eran multitudinarias, en un verdadero ejercicio de democracia directa, se daban en los más distintos espacios y ámbitos; las brigadas constituyeron un fenómeno multitudinario pocas veces visto en la historia nacional, lo cual repercutió de manera muy sensible en el futuro movimiento de los años setenta.

La vocación de autodeterminación que embrionariamente traslució este movimiento se expresa en la serie de organizaciones de base que fueron vehículo de un alto dinamismo social. El CNH (que formalmente se declara constituido el 5 de agosto) fue en realidad un gigantesco aglutinamiento de organizaciones de escuelas, las que a su vez se componían de distintos y diversos agrupamientos, con lo que estamos frente a un ramificado sistema de organizaciones sociales.

En resumen, los destellos de planteamiento contra el poder se localizan a partir de cuatro circunstancias:

a) Un gran protagonismo de masas, que se mezcla con desacato y desobediencia civil-política hacia el poder central personificado en el gobierno y otros órganos estatales. En el manifiesto del 2l de septiembre se asentaba: “El CNH no está constituido por individualidades aisladas, al modo como quiere entenderlo la ceguera de la burguesía en el Poder y sus corifeos, sino por los representantes del mandato expreso y directo de las bases estudiantiles, cuya iniciativa es el motor esencial del movimiento. Por lo tanto, aun en el caso de que la represión suprimiera al actual CNH, de las bases mismas surgirá siempre la dirección más adecuada...”

Este desacato se prolongó tiempo después de la masacre del 2 de octubre, particularmente por ejemplo con los intentos de seguir ganando la calle y ejerciendo dominio sobre ella. Para el l3 de noviembre, por ejemplo, se convocó y se realizó una manifestación no obstante las amenazas de la policía que declaró: “...se advierte que ese acto no será permitido, por carecer del permiso respectivo...”

b) La voluntad masiva desplegada y materializada en decisiones multitudinarias dinamizadas con acciones igualmente multitudinarias tendientes a hacer prevalecer los propios intereses y las propias necesidades, frente a una voluntad central-estatal personificada en diferentes figuras institucionales. El 28 de septiembre, el CNH externaba su convicción que contenía una decisión: “La represión esta cerrando las vías democráticas de lucha y la gente se ve orillada a defenderse de la violencia policiaca”. El 11 de octubre reiteraba: “El CNH... no se hace responsable de lo que se suscite como respuesta a la violenta represión gubernamental...” En el histórico Manifiesto A La Nación “2 de Octubre”, asentaba: “En adelante el gobierno deberá esperar una respuesta del pueblo a los actos de arbitrariedad de quienes abusan de sus atribuciones utilizando al ejército y la policía para atropellar los legítimos derechos del pueblo”. Este Manifiesto, realmente el último del CNH, concluía así: “El gobierno mexicano debe tomar muy en cuenta que ante la obstrucción sistemática y reiterada que de los canales democráticos realiza, no puede pedir actitudes eternamente pasivas y sumisas y que las vías que siga el pueblo de México para el logro de una auténtica democracia estarán esencialmente determinadas por la posición que se asuma frente a las exigencias de reivindicaciones populares que se aproximan. Sin embargo, cualquiera que sea la vía todo mexicano luchador por la democracia actuará con la responsabilidad que la historia le confiera”.

En este Manifiesto lo fundamental no es el pronunciamiento implícito a favor del desarrollo de una probable vía, como más tarde se interpretaría, sino, sobre todo, la vocación de insubordinación, de apelación a la propia razón y a la propia capacidad material de decisión. Esta apelación se expresó siempre en el apoyo a las llamadas bases, a la gente, a la que se recurrió siempre. En su manifiesto del 5 de septiembre, por ejemplo, el CNH lo había evidenciado cuando insistía en el diálogo público bajo sus propias consideraciones y entendidos: “Entendemos por dialogo público aquél en el que el contenido de las argumentaciones de ambas partes sea conocido por todos los estudiantes, profesores y pueblo en general... y que éste se realice en condiciones tales que permita que los representantes de ambas partes puedan poner a consideración de sus representados las posiciones expresadas”.

c) Esta voluntad social masiva germina y se traduce en grandes iniciativas, en una alta actitud propositiva, en un alto sentido de responsabilidad frente a las decisiones tomadas que no se delegan en otros sino que se ponen en práctica por sí mismos. Esta voluntad se traduce en organización social multitudinaria.

d) Esta voluntad social multitudinaria se erigió sobre un convencimiento que desempeño un importante papel como verdadera fuerza impulsora: la certeza de que había tenido lugar un agotamiento, un desgaste de políticas, relaciones y proyectos social-globales sustentados y sostenidos por el sector hegemónico, y que, en consecuencia, había llegado la hora de impulsar alternativas distintas, de las cuales el estudiantado mayoritariamente se sintió depositario y llamado a impulsar. En la conciencia de estos estudiantes se asentó la convicción de que se había producido una quiebra histórica de la gobernabilidad, de la direccionalidad estatal central; la convicción de que la sociedad mexicana, el gobierno, el partido dominante, habían agotado su mandato mítico histórico; la sensación de que aquellos ya no tenían credibilidad, que todas las instituciones que por largo tiempo habían solidificado un ambiente de seguridad y desarrollo se habían agotado y carecían de toda autoridad moral.

En su manifiesto del 10 de agosto, el CNH asumía como un “problema nacional” el que enfrentaba. Una parte de la comunidad de la Universidad Iberoamericana, que se incorporó al movimiento expresaba: “Es nuestra convicción que no se trata de una crisis social pasajera, sino de una manifestación de grandes problemas nacionales no resueltos”. La Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), una de las principales organizaciones que impulsó varias condiciones que coadyuvaron al mismo movimiento, declaró (l8 de agosto): “El presente movimiento tiene como causa principal la situación del país... lo que provoca los estallidos de nuestro pueblo y hoy con mayor fuerza del estudiantado, es la situación en que la clase en el poder mantiene al país”. El 27 de agosto, el CNH sostenía: “...desde el presidente de la República hasta el comandante de los granaderos son responsables por todos los ataques a la ciudadanía y ...todos ellos deben ser castigados”.

El 3 de septiembre sostuvo que en el país prevalecía “una situación general de imposturas políticas, de ejercicio arbitrario y monopolista del poder, de la negación de las libertades y derechos ciudadanos, de falsificaciones jurídicas que en cualquier país acreditarían al poder judicial como reo de asociación delictuosa”. El 2l de septiembre, el CNH habló de un Poder Público “cada vez más reaccionario y desprestigiado”.

Ante ello, el estudiantado se asumía portador de nuevas relaciones de autodecisión social: “En la actualidad el papel que está jugando el universitario, constituye un llamado a la conciencia y responsabilidad de los pueblos y una colaboración real a la transformación de un orden social diferente” (16 de agosto). El 26 de septiembre, el CNH sostenía que “El conflicto estudiantil se debe a que el estudiantado, en estos momentos, es la conciencia más activa del país y, en esta conciencia, repercuten todos los males que aquejan al cuerpo de la nación”.

Se había construido así la conciencia de la necesidad de una nueva legitimidad, una legitimidad social, no meramente jurídica y político-estatal: “Tenemos pues una bandera de principios –decía el CNH- aparte la reclamación de agravios que representan los seis puntos... En sus comienzos, quizá nuestro movimiento se hubiese satisfecho con la reparación de daños y la remoción de los culpables de aquellos; pero en México se ha totalizado a tal extremo el sistema de opresión política y de centralismo en el ejercicio del poder –desde el nivel de gendarme hasta el de presidente- que una simple lucha por mínimas libertades democráticas (como la de manifestar en las calles, y de pedir que sean liberados los presos políticos), confronta al más común de los ciudadanos con todo el aplastante aparato del Estado y su naturaleza de dominio despótico, inexorable y sin apelación”.

En todo este lapso histórico, el movimiento estudiantil se desenvolvió sin pronunciamientos programáticos claros e incluso sin definiciones ideológicas evidentes –aun cuando se pueden encontrar bosquejos de programa y de ideología- sino, sobre todo, como el gran despliegue de una sensación, de una auténtica percepción, de un gigantesco sentimiento y estado de ánimo generalizado que actuó no sólo como un gran acicate sino como un formidable aglutinante y cohesionador.

Este estado de animo se constituyó de la convicción de que la sociedad mexicana, el gobierno, el partido dominante, habían agotado su mandato mítico histórico.

Este estado de ánimo y esta convicción de que se vivía en la ilegitimidad, en el despotismo, en la arbitrariedad, se constituyó en el espíritu que impregnó a la nueva joven generación desde 1968.


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Publicado en “La batalla contra el olvido”. Publicación anual. Año 2, No. 2. Mayo 1994.

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