Transformación de los Sistemas de Mercado






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EQUIPO 2

LOS ORIGENES DE LA SOCIEDAD DE MERCADO

INTEGRANTES DEL EQUIPO:

  • JOANA GABRIELA AMARO VILLALOBOS

  • ROCIO DEL CARMEN MUÑOZ GUERRERO

  • MARIA NATALIE PERERA GUAJARDO

  • EDGAR TOMAS HERNANDEZ MARTINEZ




  1. Transformación de los Sistemas de Mercado

La civilización del siglo XIX se compone de un Estado liberal, un sistema de balance de poder integrado por diferentes potencias como contrapeso que evitaba largas guerras, la organización de la economía en torno al oro y el mercado autorregulado que producía el bienestar económico.

La fuente del sistema era el mercado auto regulado, fue esta innovación la que origino una civilización especifica, el patrón oro era solo un intento por extender el sistema de mercado interno al campo internacional; el sistema de la balanza de poder era una estructura erigida y en parte forjada a través del mismo; el propio estado liberal era una creación del mercado auto regulado. Sin embargo la idea de un mercado auto regulado fue una idea utópica. Tal institución no podría existir durante largo tiempo sin aniquilar la sustancia humana y natural de la sociedad.

En el siglo XIX se produjo en Europa un periodo de paz nunca antes visto. Desde 1815 las tendencias patrióticas que incitaban a la guerra en busca de libertad, se enfrentaron a las tendencias industrializadoras a favor de la paz. La Iglesia aportó con la ideología y el interés por la paz se hizo manifiesto. Este interés pacifista que trajo la revolución industrial se concretizó con la formalización de un Concierto Europeo que protegía la paz a toda costa, en que las grandes potencias se alineaban aislando países que pudieran desestabilizar la paz y de este modo neutralizándolos. Además el Concierto Europeo, logró la paz con menos intervenciones armadas gracias al factor económico que empezó a predominar en la época con la aparición de la haute finance (las altas finanzas).

La banca, y sobre todo las familias banqueras, actuaron como una diplomacia encubierta sin lealtad a ningún estado. Su mediación se hizo fundamental en las relaciones económicas internacionales y en sus manos se mantuvo la paz, pues las largas guerras bloquearían el comercio que les convenía.

El mismo interés que tenían las altas finanzas y la política, motivado por la posibilidad de inversión, permitió la existencia de una paz armada de tal envergadura como la ocurrida hasta 1914 sin que estallara una guerra antes de la Guerra Mundial.

Los préstamos internacionales estaban condicionados, en regímenes constitucionales, a presupuestos claros y a buena conducta, lo que obligaba a los pequeños estados a comportarte según los estándares que establecían las altas finanzas y que generalmente tenían que ver con la paz.

A medida que el libre cambio comenzó a ser remplazado por un proteccionismo debido a la pelea por los mercados coloniales, el equilibrio se derrumbo, el Concierto de Europa fue remplazado por dos grupos de poder hostiles, la capacidad de las altas finanzas para impedir las guerras disminuía con rapidez. Era inevitable que la disolución de la organización económica del siglo XIX terminara con la paz de los cien años.

El derrumbe del patrón oro internacional actuó como el lazo invisible entre la desintegración de la economía mundial y la transformación de toda una civilización en los años treinta. El patrón oro era el único pilar subsistente de la economía mundial tradicional, por lo mismo, una vez que se cayó el patrón oro se cayó la economía y la civilización basada en ella. La I Guerra Mundial fue una consecuencia de la disolución del sistema de la economía mundial hasta entonces dominante. Los tratados de postguerra no podían solucionar el caos, pues consistieron en el desarme de un grupo de potencias, con lo que se hacía imposible mantener el equilibrio de poder que hasta entonces había asegurado la paz.

Durante los años 20 los países lucharon por mantener la estabilidad de la moneda, ligándola al oro como valor de respaldo. Todos los países se unieron en la lucha por esta estabilidad monetaria que parecía el único objetivo capaz de reconstruir el sistema. Sin embargo para mantener la estabilidad de la moneda, era necesario el comercio internacional, pero la creación de medidas restrictivas que hacían las relaciones internacionales cada vez más difíciles, medidas con las que sin darse cuenta se prepararon para la eliminación del patrón oro.

Los años 30 marcaron un quiebre, pues se dejó la tendencia de volver al sistema antiguo y los países comenzaron a trabajar por una independencia económica y política: se disolvió la Sociedad de Naciones y se abandonó el oro, lo cual produjo una verdadera crisis mundial. Las instituciones tuvieron que adaptarse para conseguir sobrevivir, y algunos países que podían ver las fallas ocultas en el sistema comenzaron estas tendencias renovadoras antes, lo que les permitió sobreponerse mejor (Alemania), pero todos los países sufrieron transformaciones que constituyen el derrumbe de la civilización del siglo XIX. En el marco de estos cambios surgen las ideologías totalitaristas de Europa, que sin importar su contenido estaban orientadas hacia los intereses de reconstrucción personal de esos países.

La civilización del siglo XIX era económica en un sentido diferente y distintivo ya que opto por basarse en la motivación de la ganancia, de la cual deriva peculiarmente el sistema de mercado auto regulado. Este proceso partió en Inglaterra con la Revolución Industrial y es en Inglaterra donde la economía de mercado, el libre comercio y el patrón oro surgen por lo que los factores que destruyeron esa civilización deben estudiarse en la cuna de la revolución industrial.

El siglo XVIII hubo un mejoramiento de los instrumentos de producción, acompañado de una dislocación catastrófica de la vida de la gente común el liberalismo económico. La filosofía liberal ha fallado en su entendimiento del problema de cambio, ya que un proceso de cambio sin dirección, cuyo ritmo se considera demasiado rápido, debería frenarse, si ello es posible, para salvaguardar el bienestar de la comunidad.

El liberalismo económico leyó mal la historia de la Revolución Industrial porque insistía en juzgar los eventos sociales desde el punto de vista económico. Para ilustrar esto podemos mencionar el caso de los cercamientos de los campos abiertos y las conversiones de tierras cultivables a pastizales durante el periodo de los Tudor en Inglaterra, que aumentaron en gran medida la ganancia económica acosta de la destrucción de las viviendas y derechos de los campesinos. Se critica que las leyes restrictivas en contra de estos no fueron eficientes, pues los propietarios se las saltaban y el proceso se realizó igualmente. Sin embargo es importante entender que el rol de un gobierno al legislar puede no ser frenar un proceso o cambiar su dirección, sino que enlentecerlo de manera que la población se adapte a él.

Los economistas modernos critican las políticas proteccionistas de los Tudor al juzgar los cercamientos en el sistema de mercado en el que se observan las causas "a largo plazo", pero en primer lugar hacia la época no existía un sistema de mercado y más importante, si los cambios a corto plazo son destructivos no se puede asumir que a largo plazo no serán igualmente destructivos. Los Tudor y los primeros Estuardo usaron el poder de la corona para frenar el proceso de mejoramiento económico hasta que se volviera socialmente tolerable. No es sólo el proceso lo importante, sino el ritmo, que puede cambiar completamente el resultado, y en este sentido se puede decir que la legislación contra los cercamientos es igualmente responsable del éxito económico que significaron.

La revolución industrial fue solo el inicio de una revolución tan extrema y radical como jamás había inflamado en la mente de los sectarios, pero el nuevo credo era completamente materialista y creía que todos los problemas humanos podrían resolverse si se contara con una cantidad ilimitada de bienes materiales. La historia ha sido narrada en innumerables ocasiones como la expansión de los mercados, la presencia de carbón y hierro y de un clima húmedo favorable para la industria algodonera, la multitud de personas desposeídas por los nuevos cercamientos del siglo XVIII, la existencia de instituciones libres, la invención de maquinas y otras causas, interactuaron en tal forma que produjeron la revolución industrial.

La economía de mercado nace producto de la maquinaria, pues los comerciantes que adquieren máquinas caras necesitan asegurar la producción. Para ello debe asegurarse el aprovisionamiento de materias primas, y si se corta esta cadena no sólo pierde el comerciante, sino las personas que éste emplea y abastece. Para que la cadena funcione, hay que permitir que el sistema actúe sin intervenciones. Ahora, si se analiza esta situación puede verse el cambio: el comerciante ya no compra productos, sino que para producir necesita trabajo y materias primas, las cuales compra. En este sentido la producción de maquinas en una sociedad comercial involucra nada menos que una transformación de la sustancia natural y humana de la sociedad en mercancías. La conclusión es inevitable: la dislocación causada por tales instrumentos deberá destruir las relaciones humanas y amenazar con la aniquilación de su hábitat natural.

Antes de tratar de entender las leyes que gobiernan una economía de mercado, como la que estaba tratando de establecer el siglo XIX, debemos tener un entendimiento claro que se encuentran detrás de tal sistema.

La economía de mercado implica un sistema de mercados auto regulado que consiste en la regulación del sistema económico a través de precios y nada más que precios en un mercado, por ello se regula a sí mismo y es lo más importante del sistema. A pesar de que trata de decirse que el hombre tiende naturalmente a esta forma de intercambio, la verdad es que en toda sociedad anterior a la nuestra el mercado fue absolutamente secundario.

Una vez que se comprobó que la economía primitiva no estaba orientada al intercambio de mercado se la relegó a un segundo plano por considerar que no tenía nada que ver con los intereses de nuestra época, por ser "incivilizada". Lo cierto es que la economía, hasta la entrada del sistema de mercado, tuvo una evolución casi nula, y siempre mantuvo el mismo trasfondo: que las actividades económicas eran englobadas por la vida social, o dicho de otro modo, que la economía servía a propósitos sociales no económicos (estatus, supervivencia, etc.).

Los sistemas económicos primitivos que basan toda su economía en dos principios: el de reciprocidad (lo que da un individuo luego será devuelto por otro) y el de redistribución (entregar todo lo que se obtiene a una figura central que luego lo reparte). Aquí los alicientes sociales del prestigio evitan que los individuos trabajen menos. Incluso el "comercio" internacional no funciona según un deseo de lucro, sino que a través de regalos que se devolverán según leyes implícitas. Nada de este proceso, extenso tanto en espacio como en tiempo, es registrado. Todo el sistema económico se ve abarcado dentro de las relaciones sociales y políticas.

Un tercer principio económico que no opera dentro del sistema de mercado, y el principio del hogar que consiste en la producción para el uso propio. Su patrón es el grupo cerrado: la producción y el almacenamiento para la satisfacción de las necesidades de los miembros del grupo.

La mayor diferencia entra la civilización XIX con cualquier civilización anterior: se produce el hecho económico antinatural de producir por el beneficio, y no por el uso de estos beneficios, por lo que la economía rebasa los límites sociales anteriores y se impone.

El papel dominante desempeñado por los mercados en la economía capitalista requiere una investigación cuidadosa de la naturaleza y el origen de los mercados, si quieren descartarse las supersticiones económicas del siglo XIX.

El trueque, el pago en especie y el intercambio constituyen un principio del comportamiento económico cuya eficacia depende del patrón de mercado. En el siglo XIX se consideró el sistema de mercado era la cumbre de la economía, el punto hacia el cual los sistemas económicos avanzaban. Los mercados no se encuentran en todas partes; su ausencia indica cierto aislamiento y una tendencia hacia la reclusión, pero no se asocia a ningún desarrollo en particular, como ocurre también con su presencia. El comercio exterior, entendiéndose como intercambios de productos, se da antes de que existan los mercados como expediciones en busca de bienes de manera unilateral o por reciprocidad antes que por trueque, lo cual implica la inexistencia del mercado, y también la inexistencia del mercado como medio para la paz.

 Al analizar la economía en una etapa posterior de desarrollo del mercado vemos comercio local, exterior e internacional. Los dos primeros responden a la complementariedad, a proveer un bien que otro no tiene, y no implican competencia. Con el comercio internacional se crea el concepto de productos semejantes compitiendo entre sí. 

El origen del mercado no es claro, pero si se puede ver que en sus inicios se crearon medidas de contención que evitaban que proliferaran. Estos, en pueblos antiguos, se daban en forma de rituales, mientras que más tarde puede verse como la ciudad actúa como protectora del mercado, pero también como limitante de su extensión. Por las mismas razones que no pueden tomarse los mercados locales como iniciadores de los mercados nacionales e internacionales, pues estos se mantuvieron como puntos de poca influencia, y casi sin evolución.

En los siglos XV y XVI la acción deliberada del Estado impuso el sistema mercantil al proteccionismo más encarnizado de ciudades y principados. El mercantilismo destruyo el particularismo del comercio local e intermunicipal derrumbando las barreras que separaban estos dos tipos de comercio no competitivo , dejando así el campo libre a un mercado nacional que omitía cada vez más la distinción entre la ciudad y el campo, así como la distinción entre las diversas ciudades y provincias.

La intervención estatal debía afrontar ahora dos peligros estrechamente conectados que la ciudad ya había afrontado con éxito: el monopolio y la competencia. Que la competencia debe conducir en última instancia al monopolio era una verdad bien entendida en esa época, mientras que el monopolio era más temido ahora que más tarde, ya que a menudo se aplicaba a los bienes básicos y así se convertía fácilmente en un peligro para la comunidad. La regulación total de la vida económica fue el remedio encontrado, que fue el procedimiento adecuado para salvaguardar el funcionamiento de los mercados bajo las condiciones dadas.

Antes de nuestra época los mercados no fueron jamás otra cosa que accesorios de la vida económica. Por regla general, el sistema económico quedaba absorbido en el sistema social. La regulación y los mercados crecieron juntos. No se conocía el mercado auto regulado; en efecto el surgimiento de la idea de la autorregulación invertía por completo la tendencia del desarrollo.

El mercado auto regulador rompe con todos los esquemas económicos hasta el momento, por primera vez se separan de manera total las esferas política y económica. Para funcionar necesita:

Que no haya regulaciones de ningún tipo, sino un mercado en que todo es determinado según el precio, y todo lo que se ofrece también se demanda.

Que todos los ingresos vengan de la venta de cosas en este mercado, por lo que el trabajo, la tierra y el dinero también son parte del comercio, y son remunerados con salario, renta e interés respectivamente.

El mercantilismo, por muy enérgicamente que haya reivindicado la comercialización como política nacional, concibió los mercados de forma exactamente contraria al espíritu de la economía de mercado. La gran extensión de la intervención del Estado en la industria, que entonces tuvo lugar, lo pone en evidencia.

Todos se oponían igualmente a la idea de la comercialización de la mano de obra y de la tierra: la condición necesaria para la economía de mercado. Al mercantilista le interesaba el desarrollo de los recursos del país, incluido el pleno empleo, a través del comercio interior y exterior; daba por sentada la organización tradicional de la tierra y la mano de obra.

El cambio de los mercados regulados a los mercados autorregulados, a fines del siglo XVIII, representaba una transformación completa en la estructura de la sociedad.

Tal patrón institucional solo podría funcionar si la sociedad se subordinara de algún modo a sus requerimientos. Una economía de mercado solo puede existir en una sociedad de mercado.

El punto crucial es que la mano de obra, la tierra y el dinero son elementos esenciales de la industria, por lo que también deben organizarse en mercados. Pero es obvio que la mano de obra, la tierra y el dinero no son mercancías; en el caso de estos elementos, es enfáticamente falso que todo lo que se compra y se vende deba haber sido producido para su venta.

La descripción de la mano de obra, la tierra y el dinero como mercancías es enteramente ficticia. Si se permitiera que el mecanismo del mercado fuese el único director del destino de los seres humanos y de su entorno natural, incluso de la cantidad y el uso del poder de compra, se demolería la sociedad.

El sistema Speenhamland o "leyes de pobre" que entraron en vigor en Inglaterra una vez que los trabajadores perdieron la organización en torno a una parroquia impidieron la creación de un mercado de trabajo, puesto que ningún hombre trabajaría si ya tiene el sustento asegurado. En el mismo sentido el subsidio se entregaba incluso a hombres que recibieran un salario siempre y cuando este fuera menor a lo necesario para vivir según Speenhamland, por lo que los trabajadores no se sentían obligados a ser productivos, y los empleadores podían pagar sueldos miserables. Se llegó de esta manera a una degradación social sin nombre, en que las personas preferían el subsidio de pobre que un salario, y estaban dispuestos a vivir miserablemente.

Al mirar la situación inglesa vemos que se luchó contra mercantilizar el trabajo hasta el punto en que los beneficios económicos que traía el sistema sin mercado de trabajo no fueron capaces de paliar los perjuicios que traía.

Con la abolición de Speenhamland surge un mercado competitivo de trabajo, necesario para una lógica capitalista.

Surge el concepto de las leyes de mercado y de la economía como límite de posibilidades de lo humano. En ellas se consideran dos principios fundamentales: armonía (los intereses del individuo son los mismos que los de la sociedad) y conflicto (la competencia es necesaria para llegar a una armonía a largo plazo).

En Inglaterra el trabajo era regulado de tres maneras:

Estatuto de artesanos, que establecía tres pilares entendidos como obligación a trabajar, a recibir 7 años de educación y a recibir un sueldo ajustado a las necesidades para vivir del momento.

Ley de pobres, que proclamaba la obligación a trabajar de la gente con capacidad de hacerlo y a dar empleo y socorro de las parroquias

Ley de establecimiento, que surgió en relación a la ley de pobres obligando a la gente a quedarse en un lugar determinado para evitar la migración hacia las buenas parroquias

Con el avance del comercio que trajo la Revolución Industrial se hicieron dos modificaciones a la ley de pobres: por un lado se abolió la ley de domicilio, pues los empleadores necesitaban obreros. Por otro se abolió la obligatoriedad del trabajo y se aprobó el "derecho a vivir" del Speenhamland, lo que implicaba que la gente no necesitaba trabajar, pues el estado velaría por su vida.

La pobreza que trató de solucionar Speenhamland era causada por una cesantía invisible, pues a pesar de que crecía el comercio y con el la cantidad de empleados necesaria, se produjo una división del trabajo y una fluctuación del comercio que hizo crecer en gran medida el desempleo.

La gente abandonaba el campo para ir a las ciudades, donde no encontraba trabajo, y volvía a la desorganización que había quedado que ya tampoco podía proporcionárselo. A esto se sumaba el desarraigo con la tierra que habían traído los cercamientos que al quitar los derechos comunales a los campesinos, habían quitado también la producción doméstica sometiendo a las familias a vivir sólo del sueldo que ganaban

El tema de la pobreza en Inglaterra da origen a dos situaciones: el pauperismo (situación de indigencia entendida agrandes masas de la sociedad) y la economía política, es decir, el hecho de que las decisiones económicas afectaban en gran manera la sociedad como un todo.

En el siglo XVII los pobres empiezan a asentarse como trabajadores libres del sistema y se deja de verlos como "enemigos del estado". Comienza a darse una discusión filosófica en torno al tema de la existencia de la pobreza, y a proponerse que el desempleo involuntario es producto de una falla en el sistema. Surgen ideas que apuntan a conseguir beneficios sociales de los cesantes: Bellers (1696), Bentham (1769) y Owen (1818)de ideologías absolutamente distintas apuntan a hacerlos trabajar con estos objetivos. Bellers propone comunidades de trabajo por la sustentación cuyos excedentes vayan en beneficios de otros cesantes, Bentham propone usarlos como fuerza de trabajo para hacer funcionar la industria cuyos beneficios vayan a los accionistas, y Owen propone las mismas sociedades de trabajo de Bellers pero en que los excedentes vayan a la misma comunidad. Todos apuntan a una misma idea de fondo, lo cual seda porque la discusión está en un marco en que todavía no se alcanza el sistema de mercado y no se entiende realmente el problema de la pobreza, por lo que las ideologías no están claramente diferenciadas.

Defoe responde con dos profundas críticas: en primer lugar, si se hacía caridad con los pobres se promovía la ineficiencia, pues al quitar la necesidad se perdía la motivación por el trabajo. En segundo lugar, si se creaban empleos públicos para pobres, la superabundancia de bienes generados por empresas públicas causaría el paro y la ruina de las empresas privadas.

La insistencia en que las soluciones propuestas no resuelven realmente el problema, que va creciendo potencialmente entre los años que separan a estos pensadores, puesto que no se entiende el origen real del pauperismo en una sociedad que recién está viendo el nacimiento del sistema de mercado.

Adam Smith, veía la riqueza solo como un aspecto de la vida de la comunidad, a cuyos propósitos permanecía subordinada; era una característica de las naciones que luchan por su supervivencia en la historia y no podía separarse de ellas. En su opinión, nada indica la presencia de una esfera económica en la sociedad que pudiera convertirse en la fuente de la ley moral y la obligación política. El egoísmo solo nos impulsa a hacer lo que intrínsecamente beneficiara a otros.

Smith excluyo conscientemente a la naturaleza, en el sentido físico del problema de la riqueza. Solo intervienen los factores humanos, no los naturales.
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