El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado






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títuloEl 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado
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- VIII -

     Un poquito atrás. No se me vaya a quedar en el tintero mi épico lance con Alberique, más interesante, a mi juicio, que aquella cáfila de hombres que iban y venían, y aquellas menudencias del vivir nacional, que el Tiempo y la Tía Clío arrojan en el polvoriento rincón de la trastienda, donde toda antigüedad inútil tiene su sepulcro.

     Acordaron los padrinos que el duelo fuese a pistola: la desigualdad de talla entre mi enemigo y yo imposibilitaba el uso del arma blanca. Los padrinos de mi contrario, Felipe Ducazcal y el teniente Luque, de quien hablaré después, propusieron el sable, arma en que Alberique se creía fuerte; pero al fin cedieron a la razón, que era la pistola. Llevamos de médico a un chico de San Carlos que en aquellos días recibió la Licenciatura. El lugar donde habíamos de tirar a matarnos era un jardín o huerta en las cercanías de las Ventas del Espíritu Santo.

     Las ocho de la mañana serían cuando llegamos al terreno los dos rivales, con nuestros respectivos apoderados. Alberique iba muy estirado de guantes, vestido de negro, el sombrero muy encasquetado para que no se lo arrebatase el viento que del Oeste soplaba. Por no cansar, suprimo los pormenores. Partido el campo y cargadas a conciencia las [79] pistolas, nos pusimos frente a frente. Sin ninguna jactancia, debo hacer constar que yo estaba sereno ante la faz del drama, como lo estoy en el momento de referirlo. Yo he nacido para las ocasiones críticas, para los actos que se desarrollan en raudos minutos, decisivos entre la vida y la muerte. Tocó a mi rival disparar primero. No me acertó. Disparé yo... Nada... En su segundo disparo, Alberique afinó la puntería. Yo dije: «¿Sí? Pues ahora verás». No era yo tirador; afiné con toda calma..., ¡pim!, le metí la bala en el costado derecho... ¡Alto!... La herida de Alberique era de pronóstico reservado. Terminó el lance. No me presté a reconciliaciones ni saluditos, y me retiré con tranquilidad augusta.

     O mucho me equivocaba yo, o todos los que se cruzaron con mi coche en la carretera de Aragón me miraban con respeto admirativo, quizás, quizás con respeto medroso. En mi casa me declaré a Cabeza, refiriéndole con terroríficos detalles el lance y sus antecedentes y motivos. Oyome atenta sin mostrarse demasiado orgullosa de mi serena valentía, y contra lo que yo esperaba, me salió con esta desentonada cantinela: «Has hecho mal, Proteo, en tomar las cosas tan por lo caballeresco, porque ese majadero de Alberique es casado..., casado y con cinco hijos. Figúrate que se muere de la herida. Pues tú le has matado, y por tu quijotismo quedarán huérfanas esas pobres criaturas... Todo por el honor. ¡Dichoso honor, que sólo existe en [80] las lenguas de los que no lo tienen! Dime, Proteo querido, ¿dónde tienes tú el honor? ¿Lo has traído tú a casa, o estaba aquí ya cuando llegaste?... Hazme el favor de no hablarme a mí de esas pamplinas. No hay más ley que el amor, el trabajo, la libertad y el progreso, y todo lo demás es verso y tonterías. ¡Ah!, se me olvidaba: también es ley de vida la buena contabilidad y el arreglo de los negocios, y respetar el tuyo y mío. Como me llamo Cabeza, que esto creo y no creeré otra cosa si mil años vivo».

     Quedeme de una pieza oyendo estas razones, y ellas habrían bastado a quitarme el sosiego, si Cabeza no me mostrara su cariño y confianza en terreno que no era el ideológico. Adelante: Como decía, cayó Zorrilla cuando se le creía más seguro. El terremoto político que llamamos Crisis, se produjo por la elección de Presidente de la Cámara. El candidato ministerial, Rivero, obtuvo 110 votos, y a Sagasta, candidato de los unionistas, progresistas templados y carcundas, le votaron 123 padres de la Patria. Esta se quedó turulata viendo que por corta diferencia de votos se cambiaba el Gobierno. Pero tal era el sistema, mal traducido del inglés, tal la bastarda imitación de aquel self-government con que Albareda y yo andábamos a vueltas en El Debate... Malos ratos debió de pasar el Rey con este self-desbarajuste.

     ¡Sorpresa, escándalo, furor! La Tertulia Progresista se echó a la calle con un pendón morado. Salieron los estudiantes de Farmacia [81] y San Carlos a ventilar su ardorosa juventud, fatigada de la estrechez y disciplina de las aulas. Madrid ardió en alborotos, vocerío de vivas y mueras. Restallaban de boca en boca los dicterios contra Sagasta, y hasta las verduleras designaban a las fracciones políticas contrarias al Radicalismo con los viles apodos usuales: fronterizos, cangrejos, calamares, palomos, tomadores... Mi Cabeza me mandaba que fuese a meter ruido en las manifestaciones, y a enfoguetar los ánimos con mi briosa elocuencia.

     Obediente a mi dulce tirana, acudí al bullicio, y entre la turbamulta encontré a muchos federales que se agregaban al progresismo radical, para hinchar el coraje público y armar camorra con los agentes de la autoridad. Ramón Cala me aseguró que antes de dos meses tendríamos la Federal con todo su complejo tinglado de pactos y cantones; Rodríguez Solís comentó el retraimiento cada día más significado de la sangre azul y del dinero amarillo. Las únicas damas de alcurnia que iban a Palacio y acompañaban a la Reina, más por lástima y respeto que por adhesión verdadera, eran las Duquesas de Fernán-Núñez y de Tetuán, la Condesa de Almina y otras poquitas más. Y Luis Blanc opinó cándidamente que la Grandeza, con la sorda y persistente conspiración del desaire, nos estaba haciendo el caldo gordo a los republicanos. Yo, que si en letra de molde, por dar gusto al dedo, falsifico donosamente la verdad, soy esclavo de ella cuando hablo con [82] mis amigos, les dije que nosotros éramos los que hacíamos el caldo gordo a las elegantísimas damas alfonsainas y catolicoides, ayudando a convertir en palabras vacías los tres rotundos jamases del General Prim.

     La implacable cronología, de la cual quiero hacerme esclavo, me lleva en los primeros días del Ministerio Malcampo a referir una nueva y peregrina conquista...; digo mal, porque en realidad no fui yo conquistador, sino conquistado. Ved qué cosa más rara. Una tarde, terminado el trajín de la tienda (que fue, por más señas, harto engorroso: recibir el género de invierno, anotar precios según factura, precios de venta al vareo), salí a desentumecerme y proveer de aire fresco mis pulmones, y cuando pasaba junto al callejón de la Concepción Jerónima, salió de este una muchacha, que puso en mi mano una cartita y apretó a correr. Pronto la perdí de vista. «Aventura tenemos» pensé yo; y antes de que abriera la esquelita, comprendí, por el color del papel y el perfume que de él se desprendía, que era carta de fémina. No creí prudente leerla en mi calle, y seguí hasta la plaza del Progreso, donde satisfice mi curiosidad. Ved la carta, que me sorprendió tanto por su contenido como por su excelente escritura y ortografía, mejor que las que gastan las mujeres bonitas... y aun las feas.

     «Caballero: Reciba usted la entusiasta felicitación de una señora desconocida para usted... Sentime ¡ay!, inundada de alegría cuando supe que había castigado al infame [83] y presumido Alberique, y mi júbilo habría sido completo si hubiera usted dirigido su puntería al costado izquierdo en vez del derecho, para que quedase partido aquel corazón donde jamás anidó un sentimiento noble... He sabido con satisfacción que se agrava la herida de ese bigardo insolente. Lo celebro con toda el alma. Yo soy así, implacable con los que me han ofendido. Sé querer; no sé perdonar.

     »En usted veo al hombre honrado que, cuando el caso llega, sabe proceder con vigor y arranque, comprometiendo su vida. Mis plácemes y vítores entusiastas al héroe. ¡Arriba los hombres de ánimo grande y corta estatura!... Cuando me han enterado de que el héroe es chiquitín de talla, he sentido por usted admiración más viva. Séame lícito decir que de niña jugué con muñecas más tiempo del que mi crecimiento permitía; que de mujer me agradan todas las variedades de muñecos. Entre lo pequeño y lo grande hay una escala de gratas sensaciones. Ya sabe usted que per troppo variar Natura è bella.

     »Y no digo más por hoy. Deseo conocerle, mas no es ocasión. La ocasión llegará... En tanto, valiente caballero, admita los sinceros plácemes de su amiga -Graziella».

     Leí por tres o cuatro veces la carta, y ni con veinte lecturas habría salido de mi confusión. Por la gramática no parecía carta de mujer. ¿Sería obra de algún amigo maleante? No... La corrección gramatical y la ortografía revelaban quizá las manos y pensamiento [84] de mujer neurótica, de superficial cultura. No desconocía yo la suma extravagancia mezclada con el sumo donaire que constituyen el ser de algunas almas del reino femenino, entendimientos desequilibrados que fluctúan entre la sutileza del ingenio y los desvaríos de una razón desmandada. Por su nombre y la cita italiana, la tal declarábase compatriota del Dante. Nueva confusión mía mezclada de ardiente curiosidad. ¿Por qué me dejaba, como quien dice, a media miel, revelando su nombre y guardándose la dirección de su casa? ¡Pues de saberlo, no iría yo poco contento a darle las gracias y rendirme a su fineza y bondad!... Rompí la carta en los pedacitos más chicos que pude obtener, cuidando mucho de que alguno de ellos no se me quedase pegado a la ropa, porque...

     Ya lo comprenderéis. Cabeza era muy celosa, y además mujer de grandísimo talento. Por algo se llamaba Cabeza. No ignoraba mis aficiones al bello sexo. Mi fama de galanteador afortunado le quitaba el sueño, y a mí me ocasionó sofoquinas. En sus ataques agudos de celera, mi dama se levantaba de puntillas, a media noche, para registrar mi ropa, buscando alguna carta que su encendida imaginación sospechaba y temía. Y cuando entraba yo en casa de dar un paseíto o evacuar alguna diligencia mercantil, me olía las solapas, la corbata, el cuello, buscando algún aroma que delatase mi supuesta infidelidad. La tarde de marras, al llegar a la tienda después de rotos y aventados los pedacitos de [85] la carta de Graziella, me asaltó el temor de que el papelejo hubiese dejado en mis dedos algún resto de su intensa fragancia. Subí corriendo a lavarme las manos, mas ni aun con esto estuve tranquilo, ni vencer pude el terror que me causaban los ojos inquisitivos de Cabeza y el venteo de sus narices.

     Advertí en los siguientes días a Cabeza más pensativa y fisgona que nunca lo estuvo. Parecíame que su mirada, al fijarse en mis ojos, los atravesaba para sorprender los pensamientos míos replegados dentro del cerebro. Y en este no habría encontrado más que una infidelidad puramente mental. Yo pensaba en la italiana. Su imagen revoloteaba dentro de mi caletre como un insecto alado que cambiara de luz y colores a cada instante. Por las noches, mi cara mitad me tenía prisionero en casa, no permitiéndome ni quince minutos de expansión en el café Oriental o en el de las Columnas, donde yo encontraba los amigos de mi mayor aprecio. Vedme, pues, forzado a soportar la insípida tertulia casera, formada por dos viejas regañonas, que se dormían cuando no jugaban a la brisca, y de tres o cuatro sujetos soporíferos, entre ellos un primo de Rojo Arias, que no hacía más que hablar pestes de Sagasta y de los amigos de este, Abascal, Muñiz, don Zoilo Pérez, y un inspector de arbitrios municipales, que proponía como única solución política la traída de Espartero.

     El Ministerio Malcampo-Candau seguía pasando el rato con un enredoso debate parlamentario [86] sobre La Internacional. Pero el interés político no estaba en el Congreso, sino fuera de él, en los conciliábulos y recíprocas embajadas de los dos feroces bandos que se disputaban la primacía. Rompieron en terrible pelea zorrillescos y sagastorros. Cada uno de los jefes de estas dos revoltosas taifas dio al país su manifiesto. Leílos yo, y la verdad, no encontré gran diferencia entre una y otra soflama. No era obra de romanos concordarlos y hacer de los dos uno solo, que fuera cimiento en que fundar honrosas y duraderas paces... Los padres de las criaturas, que parecían mellizas, Zorrilla y Sagasta, se avinieron a nombrar un Jurado o comisión de arbitraje que examinara los dos manifiestos, y desarmándolos y volviéndolos a armar en un solo cuerpo de doctrina y conducta, creara el progresismo único y de una sola pieza, amplio terreno dogmático en que pudieran vivir y comer todos los caballeros de la orden setembrina. ¡Qué cosa más sencilla, ¡vive Dios!, y qué facilísima dificultad!

     Apoderados de don Práxedes fueron Calatrava, el Marqués de Perales y don Cipriano Montesinos; de Zorrilla, Fernández de los Ríos y Moya (don Javier). A estos, por si eran pocos a discutir, se unieron luego otros cuantos, que no me tomo el trabajo de citar, pues para lo que hicieron vale más dejarlos recostaditos en el almohadón del olvido... Conque, manos a la obra, caballeros. Un día se reunían aquí, otro allá, y vengan consultas, [87] vengan ponencias, vengan... Y no sigo, pues me urge decir que cuando comenzaban los finos dedos de los señores jurados a tejer aquella tela de Pentecostés (como decía un General de la época queriendo decir Penélope), recibí segunda carta de la italiana, más perfumada y más pequeña que la primera. Diómela la misma criadita en el mismo sitio, y yo, poseído de zozobra, escapé a leerla lo más lejos posible, y no pareciéndome bastante segura la distancia de la plaza del Progreso, fui a dar con mi cuerpo y mi epístola olorosa... más abajo de Antón Martín.

     ¡Oh, Tito, afortunado mortal! ¡La incógnita dama te indicaba calle y número... y hora para recibirte! Aventura tan bonita y novelesca no se presentó jamás a ningún nacido. Esto pensaba yo cuando me acercaba, tímido y dudoso amante, a la gruta en que la diosa se ocultaba. La misma duda aumentaba el encanto de amor. ¿Sería Graziella una hermosa ninfa, o un culebrón espantable? Pronto había de verlo.






- IX -

     Ni culebrón repugnante ni hermosura radiosa. La llamada Graziella, italiana o española, debiera ser clasificada en el tipo vulgar de la escala femenina, si no le dieran valor estético las llamaradas de sus ojuelos negros, [88] su graciosa movilidad de ardilla, y el libre chorro de su lenguaje atrevido y pintoresco... En mi primera visita, que hubo de ser corta, como simple acto informativo, de puro reconocimiento, no pude adquirir la identificación completa de mi nueva conquista, nombre, familia, lugar de nacimiento. Diome en la nariz que el nombre de Graziella era postizo, la nacionalidad dudosa, la mujer un misterio, una cifra obscura de interpretación imposible. La gruta de tan singular ninfa estaba en barrio muy distante del mío, allá por Monteleón o Maravillas. El interior era reducido y pulcro: pocas y bien arregladas estancias, gabinete coquetón y alcoba rosada. Sorprendiome el adorno de paredes, donde descollaban panderetas pintadas entre láminas de Santos y Vírgenes de distintas advocaciones, Pilar, Desamparados, Sagrario y Paloma. En peana y entre flores vi a San Antonio, el frailecito amable, indulgente patrono de las enamoradas. En la heteróclita casa vi a la mozuela que me llevara las cartitas, y mujerona que se escurría por los pasillos sin otro rumor que el de toses y carraspera. Era un anchuroso bulto de vieja, o una elefanta en dos pies cubierta de refajos...

     En nuestra conversación inicial, la enigmática hembra puso algo de sordina en su expresivo parlar de amores y en su liviano propósito de entenderse conmigo. «Ya ves, Tito -me dijo con donaire-, que la franqueza es mi Norte y mi Sur, mi Este y mi Aquel. [89] Si te dijera que soy honrada, te echarías a reír. Tráeme una honradez que me dé de comer, y tendrás que santiguarte al entrar en mi casa. Yo he admirado en ti al caballero valiente, vengador de la virtud ultrajada. Eres chico y grande... Me gustaste por tu hazaña, y más me gustas ahora que te conozco... Pero entendámonos. Tú eres pobre. A mí no me hace maldita gracia la pobreza... No soy hermosa; pero no soy pava... Soy de esas feas que dan la desazón y revuelven medio mundo... Como no quiero perjudicarte, lo primero que te digo es que no dejes a tu tendera lozana y rica... La engañas un tantico, y nada más. Yo no engaño... Vivo en libertad... protegida por la Corte Celestial... Entre los santos que cuelgan de estas paredes, hay uno, que no se ve, y es mi Santo Gusto... Por el reverso de los santirulicos, andan mis diablillos, quiero decir, mis rencores y malos quereres... Has de saber que uno de mis mayores odios ha sido ese ladrón de Alberique... Algún día te contaré la trastada que me hizo, y que no pagará con cien vidas».

     Tras una pausa grave, siguió así: «Ya me irás conociendo; soy voluble, caprichosa y un demonio de travesura... Tengo una virtud, digo, muchas virtudes... Vas a saberlas: 1.ª, que el que me la hace me la paga; 2.ª, que todo lo que digan de mí me sale por una friolera; 3.ª, que soy larga en tomar dinero, y más larga todavía para darlo al que lo necesita... Si tú hicieras comedias y quisieras [90] sacarme en una, deberías titularla: La deshonrada más honrada».

     Volví a mi casa un poco aturdido. Pensando en mi aventura, hice propósito de proceder con cautela. No me convenía dejar lo cierto por lo dudoso, ni sacrificar lo positivo a lo de puro pasatiempo y fantasía. Tuve la suerte de que mi señora Cabeza no estuviese aquel día tocada de celera, y sacudiéndome el perfume, salí pronto de mi cuidado. Al día siguiente tuve ocupaciones en casa; pero al otro, que fue viernes, me entendí con un amigo progresista radical para que me escribiese llamándome a una entrevista con Zorrilla, que quería encargarme un trabajo de pluma urgentísimo. Con este sutil engaño, en que fácilmente cayó mi Cabeza (que si en amores era la misma suspicacia, en política tenía tragaderas para cuanto se le quisiera echar), me fui a la gruta, donde pasé toda la tarde con la endiablada ninfa, recreándome con su grácil salero, y disfrutando en su compañía variedad de esparcimientos, algunos, créanmelo, del orden espiritual...

     Del ingenio y del libertinaje de la diabólica italiana (me aseguró aquel día que era hija de un cardenal) saqué no pocas enseñanzas para mi estudio y conocimiento del mundo. Ratos pasé de alegría, ratos de confusión y perplejidad. Si mi huéspeda empezó la tarde con dulce temple, luego le sobrevino de súbito la racha de las diabluras, y me fastidió de medio a medio al acercarse la hora de separarnos. «Tito, mio caro -me dijo cuando [91] me disponía para la retirada-. Me ha picado la tarántula, y esta noche quiero darte un bromazo... y otro a tu doña Cabeza».

     -¿Qué dices, Graziella?

     -No pongas esa cara de tonto. Esta noche no vas a tu casa. Yo lo he determinado así. ¿No me has dicho que soy una ninfa hechicera? Pues prepárate a pasar la noche en mi gruta.

     -Graziella, por San Antonio bendito, que te custodia, no gastes bromas trágicas.

     -Aquí estaremos los dos divirtiéndonos con la idea de lo que ha de rabiar doña Cabeza. ¿No me has dicho que es celosa y que te huele la ropa y te registra los bolsillos? Pues yo detesto a las personas celosas, y me divierto aplicándoles al corazón un hierro encendido al rojo. Yo soy así.

     Protesté indignado... Pero Graziella, con infernal risa, me dijo que me había escondido botas, ropa y sombrero, y que estaba cautivo, sin que por ningún medio pudiera evitarlo. Omito, por no fatigar a mis lectores, los gritos que proferí, ahora coléricos, ahora suplicantes; las vueltas que di por toda la casa, descalzo y en mangas de camisa, buscando mi ropa; los extremos de ira y desesperación; los ruegos y amenazas; el último recurso de mi desesperación, que fue lanzarme escaleras abajo, escaleras arriba, llamando al portero, a los vecinos para que me sacaran de aquel aprieto. ¿Dónde estaba la policía, dónde el alcalde de barrio, dónde el sereno que ampararan a un honrado cliente [92] de la nefanda Antarés, diosa del quinto Infierno?

     Nada me valió. Con risueña frescura Graziella contemplaba mi sufrimiento; la muchacha reía, y la vieja elefanta deforme y carraspienta se mofaba también de mí.

     Dieron las ocho, las nueve, y cuando sonaron las diez me rendí... «Ya no te atreverías a ir a tu casa si yo te soltara -me dijo la hechicera-, porque Cabeza te sacaría los ojos. Vale más que esta noche prepares aquí tranquilamente el lindo embuste con que podrás aplacarla mañana. ¿No le diste el pego con una fingida carta de Zorrilla, llamándote para escribir con él un papelón político? Pues date prisa: escríbelo aquí. Yo te ayudaré». Esta donosa superchería me consoló un tanto. Audaz era la idea; pero no despreciable para soslayar el peligro y gravedad de mi situación. En esto pusieron la mesa para cenar. Cuatro cubiertos vi: sin duda comíamos juntos las criadas, Graziella y yo. ¡Oh, burlesca democracia y confusión de clases! La cena fue substanciosa: estofado y frituras, hojaldres y polvorones, todo ello ingerido con el estímulo de un vino blanco, excitante y traicionero, que a los pocos tragos me puso perdido de la cabeza, alterándome la justa percepción de las cosas. Advertí que Graziella tragaba como si no hubiera comido en tres días, y que la vieja elefanta, sin dar paz a los dientes, rezongaba conceptos ininteligibles. El recuerdo más claro de aquella noche fue que, después de cenar, me cogieron [93] en vilo las tres mujeres, y con gran chacota y fiesta me arrojaron sobre la cama como un fardo insensible.

     ¡Noche de fiebre, de un girar vertiginoso en torno de mi propio pensamiento! La primera sensación de la mañana siguiente fue que una de las tres, no sé cuál, me llevó en brazos a la salita que comunicaba con el gabinete. Yo me sentía más chiquitín; no pesaba ni abultaba más que un nene de cinco años. Desgreñada, pálida y pitañosa, Graziella me sirvió café con leche y tostadas. Me entoné con el brebaje caliente... Junto a la butaca donde mi menguada persona yacía, pusieron un velador con papel en cuartillas, tintero y pluma, y la ninfa me dijo: «Aquí tienes los avíos de escribir. Tómalo con calma. Fácilmente podrás enjaretar el turri-burri, que supones dictado por ese don Manuel, para dársela con queso a tu cara mitad. ¡Pobre Cabeza... destornillada! Dará gusto verla con el adorno de la vistosa cornamenta que le has puesto. Siento que mi peinadora no sea la suya. Yo le diría: «Cuando arregle a esa señora, lleve serrucho en vez de peine. ¡Ay, Tito mío chiquitín!... Eres lindo y perverso: así me gustas».

     En esto, entró la matrona corpulenta trayéndome de la calle todos los periódicos del día y de la noche anterior: Iberia, Correspondencia, Novedades, Eco de España, Tiempo, Pensamiento Español, Universal, Discusión y alguno más. «Ahí tienes hilaza -me dijo Graziella-. Ya puedes hilar y tejer [94] cuanto quieras». Viendo salir a la vieja pregunté su nombre, condición y empleo que en la casa tenía, a lo que respondió mi tirana: «Es la tía Mariclío, comercianta de antigüedades y papeles viejos, que ha venido a menos. Yo le doy albergue, y me hace servicios menudos y recados. Tú la conoces: no te hagas de nuevas... No se ha podido averiguar la edad que tiene. Hay quien asegura que nació un poquito después del principio del mundo. No siempre está en el mal pergenio en que ahora la ves. Si en tales o cuales días viene a menos, en otros sube a más, y se pone unas botas al modo de borceguíes de cuero carmesí, con tacones dorados, y de gordiflona y ordinaria se te vuelve esbelta y elegante... Sabe más de lo que parece, y cuando escribe lo hace con primor. Llámala para que te ayude, y te dará buena cuenta de lo mucho que ha visto, y te alumbrará las entendederas para que sepas ver lo que ahora pasa».

     Oí estas advertencias de la diablesa como si sus palabras fueran rum rum de mis propios oídos. Yo no estaba en mis cabales. Sospeché que aún me duraba el efecto del vinazo ardiente que aquellas hechiceras, brujas o lo que fuesen, me dieron en la cena de la noche anterior. Fuese Graziella, reclamada por su peinadora, y yo me puse a leer periódicos... Largo tiempo, a mi parecer, invertí en la lectura, que fue irregular y nerviosa, saltando de uno en otro papel, y fijándome en todos antes que en ninguno [95] de ellos. ¿Qué decían? Que si el Jurado encontraba la fórmula, que si la fórmula resbalaba cual anguila en las manos de aquellos respetables majaderos... De pronto vi a la vieja sentada frente a mí. No supe cuándo ni por dónde entró. Apoyaba sus robustos brazos en el velador, y me acariciaba con su mirada complaciente. Sus cabellos, que antes me parecieron blancos, tenían irisaciones y reflejos que en las ondas del rizado tan pronto eran oro como plata. Su rostro se había tornado apacible, tirando a hermoso, y el volumen de su cuerpo quedaba reducido a las proporciones de una mujer de medianas carnes.

     Antes de que yo le hablara, acercó sus dedos al rimero de periódicos, y con voz que de ronca se había trocado en blanda, me dijo: «Pobre Tito, si para sortear la furia de tu mujer engañada has de fingir un alegato dictado por el bueno de Zorrilla, puedes empezar diciendo que los del Jurado no acabarán de encontrar la fórmula de avenencia hasta el momento preciso en que suenen las trompetas del Juicio final. De estos hombres que ponen en la mediocridad el límite más alto de sus ambiciones, nada puede esperarse. Ya ves. Empezaron por decir que no veían gran diferencia entre los dos manifiestos. Se les dice: 'A ver, a ver. Reducid las dos monsergas a una sola', y empiezan a quitar o poner esta o la otra palabra, y aquí doy un toque, allá otro toque».

     -Ya, ya... Y luego vienen las consultas... «¿Qué les parece?...». «Nos parece -responden [96] de allá- que ahora debe atenuarse aquel verbo, y poner aquí un adjetivo de más color».

     -«Está bien», dicen los otros... -prosiguió Mariclío zumbona-. «Pero antes conviene discutir la cuestión previa, para fijar la forma y manera de proceder en este negocio». Y en la cuestión previa se pasan días y días, noches y noches.

     -Llegan al artículo de La Internacional... ¡Ah!, es indispensable poner algún freno a ese monstruo disolvente.

     -Sí, sí... Pero ¡ah!, no toquemos a los derechos individuales, inalienables... Sistema preventivo... No, no, represivo... Pues hagamos un bello maridaje de lo represivo y de lo preventivo...

     -Viene la cuestión de Cuba. ¡Ah!, ante todo la integridad del territorio... Cuestión elemental, cuestión previa.

     -Pero ¡ah!, las reformas se imponen... No puede España permanecer divorciada de la opinión universal.

     -Sí, sí... reformas, aire nuevo... Pero ¡ah!, alentemos la abnegación y el patriotismo de los Voluntarios de Cuba, salvaguardia del honor de España, y de la integridad, etc.

     -Por encima de todo, los derechos ilegislables, por ser naturales, inherentes a la personalidad humana... Pero ¡ah!, medios ha de tener siempre el Gobierno para castigar, sin salirse de la Constitución, todo acto político de carácter inmoral o delictivo...

     -Otra cuestión a debatir: La Internacional, [97] ¿es moral o inmoral? Que sí, que no... Por fin, tras largas disputas enredosas, declaraban que entre el programa de Sagasta y el de Zorrilla no había un comino de diferencia... Pero ¡ah!...

     Rompimos en franca risa los dos, mirándonos sin pestañear. Y ella fue la primera que convirtió las notas picantes de su risa en palabras donosas.

     -¡Ay, Tito, no sé cómo me río hablando de estas cosas que son, ¡vive Dios!, tan tristes! ¡Que un país, donde hay sin fin de hombres que discurren con juicio, y sienten en sí mismos y en conjunto el malestar hondo de la Patria; que una Nación europea y cristiana esté en manos de esta cuadrilla de politicajos por oficio y rutinas abogaciles, hombres de menguada ambición, mil veces más dañinos que los ambiciosos de alto vuelo! Si algo pudiera contra ellos, los barrería como barro esta sala, regándolos antes para no levantar polvo, y mezclados con serrín los metería en su más adecuado sumidero, que es el eterno olvido.

     -Pues anda, anda... En este periódico veo que después de inútiles conferencias, alambicando palabras, y evacuando consultas... ¡ridículas diplomacias!, salimos con que todos se sacrifican... No hay avenencia... ¡Ah!, yo me sacrifico... No quiero ser obstáculo... Y salta otro por allí sacrificándose...

     -Sacrifiquémonos. Eso dicen cuando se ven cogidos en la última maraña de sus enredos... [98] Si creen que debe sustituirse en el manifiesto la palabra pitos por la palabra flautas, hágase en buen hora; pero ¡ah!, mi dignidad no me permite...

     -Y por allí salta otro diciendo que su Credo es tal o cual cosa, y que no puede quitar ni una tilde de su Credo. ¡Valientes Credos, valientes Salves las que rezan estos farsantes! Riámonos de su indigna dignidad y de sus interesados sacrificios. Si no se avienen a vivir juntos en una sola Iglesia con un solo Credo y un solo Gloria patri, es porque en caso de avenencia sólo serían ministros las cabezas más visibles...; mientras que dividiéndose en hatillos o cofradías de corto personal, irían todos entrando en el comedero, y hasta los gatos serían ministrables. La ambición de estos hombres raquíticos y de cortas luces se limita, como ves, a la vanidad de ser ministros, sin otros fines que darse tono, repartir empleos, y que la señora y los niños paseen en coche galonado. Ello les dura poco tiempo, y salen del Gobierno en completa virginidad política. Lo más que han hecho es estudiar los asuntos que allí se quedan para que los estudie el sucesor. Esta caterva de estudiantes debiera ser mandada, ¡voto a Sanes!, al Limbo de las eternas vacaciones...

     Esto dijo la vieja Mariclío, a quien diputé por persona sagaz y de mundana picardía. Salió para entrar de nuevo, y durante su ausencia me visitó Graziella en un intermedio de sus abluciones. Aún le faltaban toques de [99] afeite y compostura, y el pelo lo traía suelto... La peinadora, que podía pasar por hombre público, según lo que charlaba y peroraba, lucía en el cercano gabinete la soltura de su lengua. La tía Mariclío volvió a mí con un libro viejo, que abrió sobre el velador sentándose en postura de escribir. «Aquí voy yo anotando... Mira, mira -me dijo risueña, escribiendo con un estilete que a cada momento se llevaba a la boca para mojarlo con su saliva-. Obligada estoy por mi Destino a mencionar todo lo que hace esta gentezuela; pero escribo sus nombres con una saliva especial que me dio mi padre para estos casos».

     -¿Qué casos?

     -Esta saliva tiene una virtud preciosa. Lo que con ella escribo se lee hoy, se lee mañana; pero luego se borra y no llega a la posteridad.





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El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconLa huella del pasado: una fuente abundante y diversificada
«Por las palabras. Por los signos. Por los paisajes o los tejados. Por las formas de los campos y de la maleza. Por los eclipses...

El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconRabino Raúl Vargas/ Melek Ben Yehudá. E-mail: guerraespiritual77@hotmail com
Haz también un censo de los hijos de Gersón según las casas de sus padres y por familias. 23. Registrarás a los de treinta años para...

El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconRabino Raul Vargas Melek Ben Yehuda. E-mail: guerraespiritual77@hotmail com
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El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconPrimer Presidente constitucional del Ecuador quien gobernó por tres...

El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconVentajas e inconvenientes de la Unión Europea
«de derechas» de Europa. La política regional de la ue empieza a transmitir grandes cantidades para crear empleo e infraestructuras...

El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconProverbios Lección 1 3 de enero de 2015 El llamado de la Sabiduría

El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconActividades
«mala mujer», había salido con sus doncellas por los jardines de su residencia y decidió darse un baño sin percatarse de que don...

El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconAprobada por las Cortes el 31 de octubre de 1978

El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado iconA los dos años de comenzada esta Obra, iniciamos el 3
«Tettragrammaton» Jehová era el Dios que protegía al pueblo Elegido, y es asimismo uno de los nombres de Binah, el Séfira que preside...




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