El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado






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títuloEl 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado
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- IV -

     «¡Cómo está la sociedad! -exclamé yo-. ¿Cuándo se vio pisto igual? ¿Es que Dios y Luzbel han llegado a un arreglo? Civilización de España, ¿quién te entiende? ¿Somos un país europeo, o aquel País de las monas descrito por un inglés de cuyo nombre no me [38] acuerdo?». Viéndome tan triste, la bondadosa Celestina me administró estas palabras de consuelo: «Confórmese con lo sucedido, y no crea que se acaba el mundo porque se le va una novia. Mujeres hay muchas, y yo, si quiere, le proporcionaré una mejor que esa sosaina de Obdulita. Si sus negocios andan mal, y la pluma no le da para vivir, arrímese a lo católico, pues lo que es dinero no encontrará fuera del catolicismo. Si no tiene valor para meterse de hoz y de coz en el alfonsismo, no hable mal del hijo de su madre, ni le ponga motes feos, como el que le aplican ahora los que no le quieren, ni le saque a relucir al padre ni a la madre... Siga el consejo mío, que es consejo de persona que conoce como nadie el tecleo de este Madrid y su gente. Tenga juicio y pupila; váyase desapartando de los federales, familia tronada que no da más que palabrería sin jugo... No se meta con el Altísimo ni con el Papa, escriba para el Gobierno, y saque un buen destino, que si usted pega de firme a los que mandan, de ellos saldrá el amansarle con un cacho de turrón».

     Aquella mujer ruda era una sabia de tomo y lomo, y yo la estimaba y agradecía sus consejos, sin tener en cuenta su ruin oficio, del cual dijo Cervantes que era muy necesario en la república. Debo declarar que antes de oír los sesudos consejos de Celestina ya había pensado yo en gestionar una colocación. Todos los españoles adquirimos con el nacimiento el derecho a que el Estado nos [39] mantenga, o por lo menos nos dé para ayuda de un cocido. Los valedores a quienes acudí fueron Llano y Persi, amigo de Sagasta, y Ramos Calderón, íntimo de Rivero y de Martos. Ambos me las prometieron muy felices; pero... había que aguardar a que pasara el periodo electoral... Pasó el funesto periodo, y por cierto que el bueno de Práxedes manejó los cubiletes con arte maestro para traer mayoría; mas no pudo impedir que la coalición de carlistas y republicanos, diabólico himeneo, trajera setenta o más diputados.

     No sé si mis lectores tendrán interés en conocer el Ministerio de conciliación, presidido por el Duque de la Torre. Eran los de siempre, ni mejores ni más malos que los anteriores y subsiguientes. ¿Qué hacían? Ir viviendo, ir trazando una Historia tediosa y sin relieve, sobre cuyas páginas, escritas con menos tinta que saliva pasaban pronto las aguas del olvido. Si no recuerdo mal, Martos se encargó del Foreign Office, Ulloa regentaba la Gracia y la Justicia, Sagasta era el gallito de Gobernación, Moret tomó las riendas del Fisco, y Beránger el timón de la Marina. Paréceme que Ruiz Zorrilla ocupó la poltrona de Fomento y Ayala la de Ultramar.

     Más que el quita y pon de ministros, os interesa sin duda mi asunto personal, que a mi parecer también era histórico. Pues a ello voy. No tenía yo sosiego hasta que pudiese acometer y apabullar al ruin, al sucio, negro y desvergonzado aguilucho que me privó de las gracias de Obdulia, Aquilino de la Hinojosa. [40] Designado el día de mi venganza, me calcé las botas de tacón más alto que en aquellas décadas poseía, cogí un roten nudoso que parecía la maza de Hércules, y me fui derecho al Casino Moderado de la calle de Atocha, donde esperaba medir mi fiereza con la barbarie soez del tío más tío del mundo.

     Pronto comprendí que iba mal encaminado, porque al Círculo de la calle de Atocha no concurrían más que moderadotes de ropa limpia y elevada representación pública, como el señor Carramolino, el señor Moyano, el señor Collantes, el Conde de Cheste y otros tales. Mejor orientado, me dirigí a un casinejo de reciente fundación, abierto en la calle de Jacometrezo con el mote de Círculo popular... no sé si conservador o alfonsino, y apenas entré en la obscura, deslucida y puerca antesala, oí la voz del cernícalo graznando en estridente disputa con otros pajarracos de la fauna reaccionaria. Con un mozo que pasaba llevando servicio de café en abolladas cafeteras, mandé recado a mi enemigo... Una visita... un señor que deseaba decirle dos palabras...

     Los vocablos con que se inició la visita fueron más de dos, seguidos de réplica insolente y de un garrotazo que descargué con delicioso coraje sobre la cabeza del tío, la cual sin el resguardo del sombrero habría quedado rota. Em como hucha de barro que yo quería cascar para sacarle la calderilla, digo, los sesos... Al vocerío de Hinojosa y el traqueteo de los palos acudieron de una parte [41] el mozo y conserje, de otra los compinches de mi enemigo. Unos me sujetaban, otros corrían al socorro del tío... Ya he dicho que soy un hombre terrible, y que me crezco al castigo convirtiéndome de chico en grande por la fiereza de mi embestida y la arrogancia de mis actitudes. Con presteza increíble me sacudí de los que intentaban acorralarme, y seguí el vapuleo contra todo el que por delante me caía. El número al fin pudo más que el ardimiento feroz. Uno salió al balcón gritando: ¡guardias, guardias!; otro a la próxima escalera reclamando el auxilio de los vecinos. Pude, tras ruda pelea, batirme en retirada solo contra tantos, y gané la escalera. A no ser yo quien soy, habría bajado rodando; pero no perdí pie... Felizmente, acudió en mi ayuda un amigo que a punto subía presuroso, alarmado del estruendo.

     Era Telesforo del Portillo, en los viejos anales conocido con el apodo de Sebo, criado que fue del Marqués de Beramendi, después policía, funcionario de Gobernación, y al cabo cesante cuando ya le indicaban para secretario de un gobierno de provincia. Provino su desgracia de habérsele descubierto concomitancias con el Marqués de Bedmar, el de Uclés y otros acreditados alfonsinos. Su esposa, Fabiana Jaime, ex-criada de la Campo Fresco, tenía parentesco con mi madre, de donde vino mi amistad con Sebo, y las consideraciones que me guardaba, estimándome más que como periodista como pariente. En cuanto me vio, púsose de mi parte, [42] diciendo con aplomo policiaco: «Paz, caballeros. Ténganse a la autoridad, que todo ello será por mala inteligencia. Vengan explicaciones leales de una parte y otra. Conmigo no valen soterfugios. Silencio, digo, y envainen los insultos. Este joven es de mi familia, y será el primero en retirar sus palabras». Algún trabajo le costó al ilustre Sebo imponerse, y en cuanto hubo sosegado las encrespadas olas, lo primero que hizo fue sacarme del remolino, escaleras abajo, recomendándome, como había hecho más de una vez, que pusiera frenos a mi fiereza indómita. Aunque yo había quedado airoso, por ser uno contra tantos, llevaba en mi cabeza tremendos chichones, y mataduras dolorosas en distintas partes de mi cuerpo garboso y pequeñín.

     Acompañome Telesforo a mi casa de la calle de los Leones, llevándome antes a una botica, donde fue el león asistido de apósitos y tafetanes. Y véase ahora cómo se empalman y enraciman los males con los bienes en esta vida humana, complejidad eterna de llanto y de risa, de ansias coléricas y expansiones de júbilo. ¿Qué creéis que en mi casa encontré al volver a ella con bizmas y parches? Pues la credencial que meses antes había solicitado de Llano y Persi. Bendije la risueña credencial; bendije al Destino y a Dios, inspiradores del próvido Sagasta, sin acordarme de que dos días antes habíale disparado un dardo periodístico hablando de su tupé, de su frescura y otras zarandajas. ¡Cosas de la vida! La vida es pasión, contrastes, fuga [43] veloz de corazones duros, de corazones tiernos, toma y daca de arañazos y caricias. Y el mundo marcha... y el sol sale todos los días. Vivid, humanos, en la dulce alternativa del odiar y el querer.

     Mi primer pensamiento al verme colocado fue ocultar mi felicidad a Mateo Nuevo, a Santamaría y demás amigos políticos. Luego lo pensé mejor y abominé del tapujo, que, además de ser inútil, me habría colocado en el listín de traidores o siquiera sospechosos. Franqueado con mis amigos, que conocían la distancia que la Fatalidad había puesto entre mi boca y el pan, alentáronme a envainar mi dignidad, previa declaración de que sería más federal hoy que ayer, y mañana más que hoy... El mundo marchaba y yo con él derechamente a mi bienestar, porque para colmo de ventura, me dijo Llano y Persi que yo no tenía que ir a la oficina más que a cobrar, el primero de cada mes.

     Encerrado permanecí en mi leonera esperando a que fueran menos visibles en mi cara los achuchones de la reciente trifulca. Apenas puse el pie en la calle fui a ver a Llano y Persi, el cual me dijo que deseaba llevarme a la redacción de La Iberia. Quedé perplejo. No quería disgustar a Llano, uno de los hombres más nobles y generosos que he conocido, ardiente liberal y patriota desinteresado; no me agradaba ser redactor de un periódico rabiosamente ministerial, un cuerpo anquilosado de la opinión que sólo a la defensiva funcionaba, desaborido y sermonario, [44] sin vis política, ni gracia ni literatura. En tal indecisión pedí a mi buen amigo plazo de tres días para decidirme... Y aconteció que en aquella semana se acumularon sobre mí, como aluvión de un Destino caprichoso, multitud de sucesos raros y sorprendentes.

     Entre aquellos halagos de una fatalidad benigna, menciono la visita del amigo citado por mí en las primeras páginas de esta relación, el excelente chico isleño con quien trabé amistad en la casa de huéspedes donde vivimos desde el 66 hasta el 70... No vino el tal a mi casa por visita de cumplido, ni por ociosa charla; vino a proponerme que fuese a trabajar con él en El Debate, fundado a principios del año por José Luis Albareda. La verdad, me sedujo la proposición, por el modernismo y buen tono de aquel periódico, y con esto y una sola consulta con la almohada, quedé libre de mis dudas y me desligué del pendiente compromiso con Llano y Persi... No poco se holgó el isleño de mi resolución, y al día siguiente nos fuimos gozosos al pisito bajo de Trajineros, donde estaba El Debate, y en otro cuarto del mismo piso tuve el gusto de hablar con Albareda, a quien yo no conocía más que de vista y fama.

     Por las Once mil Vírgenes, que me fue muy simpático el caballero andaluz. Hombre más salado no he visto, y si en la primera visita me cautivó por su gracejo, cuando el trato afinó mi conocimiento, le admiré por su talento macho y por la viveza con que percibía [45] y atrapaba las ideas políticas culminantes en cada día, y la claridad con que veía la fase de razón de esa idea, la fase de oportunidad y la fase de peligro... Inspirado por José Luis, que así le llamaban sus íntimos, escribía yo de todo: teatros, vida social, política. El fundador leía nuestros artículos, y si le gustaban nos elogiaba desaforadamente. Cuando, según él, lo hacíamos mal, nos trataba como perros.

     Prevínome el isleño contra las hipérboles de Albareda. «Ni cuando te pone en los cuernos de la luna te envanezcas, ni demasiado te aflijas cuando te trata a zapatazos». Un día que escribí muy a su gusto una croniquilla de salones elegantes, alfonsinos y católicos, me dijo así: «Tiene usted más talento que Dios». Al día siguiente le desagradó un suelto político, y al entrar en su alcoba, oí que decía, por mí: «A ese judío enano le voy a dar cien patadas». Su enojo pasaba como el humo y se desvanecía en donosas ocurrencias. Nos quería, y le queríamos. Para mí era el periodista ideal. Cuando nos llamaba para sugerirnos alguna idea, con igual confianza nos recibía en su alcoba, recién dormida la mañana, que en la próxima pieza donde le veíamos bañarse en pelota, tomar ducha por regadera, y hacer luego su toilette de persona pulcra y elegante, todo esto hablando de lo humano y lo divino con singular donaire ceceoso, apuntando la idea política o el juicio picante de cosas y personas. [46]

     Era nuestro inspirador y Mecenas partidario ferviente de la Conciliación, y apoyaba con su periódico el primer ministerio de don Amadeo, armadijo de unionistas y radicales. Creía el buen andaluz que se hundiría el mundo en cuanto los dos concertados puntales de la situación se cayeran cada uno por su lado. Y si esto creía el maestro, o si no creyéndolo lo afirmaba, de su caletre al nuestro lo transmitía por razones de puro arte político. Yo no pensaba como él en lo tocante a la Conciliación, que infecunda me parecía, pues cada una de las dos partes a la otra estorbaba para toda labor eficaz. Pero me guardaba de manifestarlo a mi jefe, que me habría soltado el chorro saladísimo de su verbosidad andaluza. Yo pensaba en ello y me decía: «Algún motivo tendrá este hombre para patrocinar con tanto ardor la forzada coyunda de los dos partidos, y para fundar un periódico con el fin exclusivo de sostenerla». El Debate araba la tierra política sin lograr la derechura del surco, porque ni el buey unionista ni el buey radical se avenían a tirar del arado con igualdad. ¿Romperían el yugo?

     Lo rompieron, sí señor, bastantes días después de entrar yo en El Debate; pero antes de referir esto, traeré a colada otras materias para no disgustar a los devotos de la exacta cronología. De asuntos privados, confundidos con los públicos hablaré, para que resulte la verdadera Historia, la cual nos aburriría si a ratos no la descalzáramos del coturno para [47] ponerle las zapatillas. ¡Cuántas veces nos ha dado la explicación de los sucesos más trascendentales, en paños menores y arrastrando las chancletas! Y vais a verlo.






- V -

     Sabréis, amigos, que mi conquista de aquellos días (que no consigno por orden numérico porque he perdido la cuenta) me deparó una moza bravía y algo hombruna, morena y agitanada, más alta que yo en cuarta y media, gallardísima, de ojos bonitos y más bonitos morros, la cual me juró amor eterno y fidelidad, siempre que yo le mantuviese el pico y con decencia la vistiera, sin interrupciones de ayuno y desnudez. Trájome Celestina aquella hermosa bestia, diciéndome que era su prima, y yo le di el gobierno de mi casa y la soberanía de mi persona. Vivíamos felices. Felipa, que así se llamaba, natural de las Peñas de San Pedro, era una fuerte trabajadora en los menesteres más duros de la vida doméstica; lavaba la ropa y los suelos y toda la casa con verdadero frenesí; guisaba con abuso de especias y picantes, y hablaba con estridor de gritos y libérrimo vocabulario...

     Naturalmente, mis relaciones con Felipa trajéronme nuevas amistades y trato con personas del propio jaez. Conocí a otra mujer, muy bonita por cierto, pelo rojo, figura delicada. [48] Aunque el tipo, lenguaje y modales de Lucrecia (¿nombre verdadero o postizo?) eran tan distintos de los de Felipa, tratábanse las dos mujeres con familiar intimidad... Tras Lucrecia compareció en nuestras tertulias un hombre ordinario, disfrazado de elegante, estrenando ropa, mal carado, y hablador verboso, insubstancial y cínico de asuntos que no entendía.

     De esta sociedad, llamémosla así, que a mi albergue acudía, pasamos a otras, yendo Felipa y yo a tertulias amenas en casas donde conocí y reconocí caras bonitas y feas, y encontré amigos entre sujetos que veía por vez primera. No se crea que era la mansión de Celestina ni otra semejante. Algo se celestineaba allí, es cierto, por bajo cuerda, y más que algo se le tiraba de la oreja al amigo Jorge; el tono general era de semi-decencia o medio-mundo, y algo de armas al hombro. Útiles enseñanzas de la vida y del mundo adquirí en aquel extraño beaterio. Oyendo aquí y adivinando allá, vine a comprender que mi Felipa había sido criada de Lucrecia, y que el fachoso cortejo de esta, adornado con gruesos brillantes en pechera y sortijas, era jugador de profesión, y poseía en Madrid pingües chirlatas. Otras muchas rarezas vi y observé, que no cuento a mis buenos lectores porque quiero irme derecho al asunto de más interés. Una mujer entró allí, la Tía Clío, con mantón y delantal, arrastrando gastadas pantuflas en chancleta. Mirándola en tal guisa y desgaire, tardé un rato en reconocerla, y me [49] dije: «yo he visto a esta vieja en alguna parte».

     Y en el mismo instante se destacó del grupo principal de la tertulia un señor inflado, calvo y herpético que me llevó aparte para reanudar conmigo una conversación entablada la noche anterior. Aquel sujeto llevaba frac, no por llevarlo allí, sino porque de allí se iba al Teatro Real. «En El Debate está usted muy bien -me dijo-. José Luis es listo, bien relacionado, y sabe mirar por los que le sirven, y abrirles camino para las buenas posiciones políticas. Un sueldecito regular no le faltará a usted... El periódico está bien hecho: me gusta mucho... Y vivirá: su vida está asegurada para largo tiempo. Hay dinero, amigo, hay dinero a granel. ¿Sabe usted de dónde vienen los monises?... Pues vienen de Cuba... ¿Por qué abre tanto esa boca? De Cuba, sí, señor. ¿Pero usted cree que hay en España dinero que no venga de la perla de las Antillas?... ¿Qué... lo niega usted?».

     -No señor, no niego ni afirmo nada: oigo.

     -Pues oiga usted más. El dinero lo mandan los ricos hacendados de la Isla para crear aquí una opinión favorable a sus intereses. Considere usted, joven, lo que son los intereses en aquel país tan rico, y tan desatendido por estos Gobiernos. Los buenos españoles de allí quieren que no se precipite el Gobierno en echarles reformas y reformas. Sobran aquí sabios, oradores, y el buen sentido se cotiza muy bajo. Quieren los buenos españoles que si se ha de quitar la esclavitud, [50] nos contentemos ahora con el vientre libre, dejando lo demás para mejores tiempos. Si así no se hace, peligrará la riqueza, la propiedad, y los ingenios serán pronto montones de ruinas... Para meter estas ideas en las cabezas alocadas de acá, los hacendados desean tener aquí órganos de la opinión sensata... Hacen ellos su cuestación, reúnen una porrada de miles de pesos y la mandan acá. Ahora viene el dinero a las manos de don Manuel Calvo, que está en Madrid. ¿No le conoce usted? Vive en casa de Lhardy. Es la única persona que Lhardy aposenta en su casa... De las manos de Calvo pasa el dinero a las de don Adelardo Ayala, que lo distribuye... porque no es sólo El Debate el que cobra por defender la buena causa. ¡No he visto yo pocos fajos de billetes pasar de las manos de don Manuel a las de don Adelardo! ¿Qué, se asusta, Tito? ¿Es usted de los españoles pacatos que tiemblan y se descomponen cuando oyen hablar de gruesas cantidades?

     -No me asusto, señor -le dije-; me asombro y casi me indigno de que se suponga a mi jefe capaz de...

     -¡Ay qué gracia! -exclamó el herpético rompiendo en franca risa-. ¡Pero si Albareda no pierde con ello ni un átomo de su honradez; si esto es lo más lícito, lo más meritorio, lo más...! Albareda es un amable filósofo, que se adelanta a su época. Si a él le conviene tener un periódico defensor de su política, ¿qué mal hay en recibir auxilio de un grupo de buenos españoles que miran [51] por su patria? Me consta que el dinero pasa por las manos de Albareda sin que nada se pegue en ellas.

     Aquel hombre, que, según dijo, venía de comer en Lhardy, hablaba con salpicaduras de saliva y un galopar tumultuoso de los conceptos. Creí advertir en su lenguaje los efectos de un mediano exceso en la bebida. Sin venir a cuento, sacó un largo puro habano, diciéndome: «Tome este tabaco. Es de los de regalía». En seguida me dio otro, y cuando yo creía que tomaba aliento para seguir despotricando, se levantó, dejándome con mis observaciones atravesadas en la boca... Le vi acercarse a las que llamaremos damas por no saber qué nombre darles, y se fue no sé por qué puerta... Acerqueme entonces a la Tía Clío con avidez para interrogarla, y me volvió la espalda, volteando su anchuroso cuerpo, pobremente vestido... Y al instante, sin decirme una palabra, sin dejar tras de sí otro rumor que el de sus chancletas sobre la gastada esterilla, desapareció. Mis ojos la buscaban; buscándola la perdieron de vista. En medio de la sala quedeme perplejo y apenado... Cogí de un brazo a Felipa y le dije: «Ven, vámonos de aquí, mujer, que en esta casa hay duendes».

     Me guardé bien de contar a don José Luis lo que había visto y oído, tal vez soñado. Tratando en largos días al maestro y a sus amigos, llegué a la certidumbre de que El Debate, como otros periódicos de Madrid, vivía de la savia cubana. Esta pasaba por las [52] manos de Albareda sin que en ellas quedaran ni partículas del precioso metal. Todo era poco para el cuerpo y el alma de la publicación (imprenta, papel, redactores). El hombre que sostenía con fatigas y el apoyo de sus amigos La Revista de España, fue un grande y desinteresado propulsor de la cultura de este país. Fue el más aristócrata de los periodistas y el más elegante de los políticos. Las campañas que él inspiraba llevaron siempre el sello de distinción exquisita. En contacto constante con la gente linajuda se mantuvo fiel a los ideales de la soberanía de la Nación; era conservador a la inglesa y predicador del self-government. Esta fórmula y los motes de los dos partidos, fundamento y piezas principales de la máquina política, los torys y los wighs, no se apartan de su boca andaluza... Y viviendo entre millonarios siempre fue pobre, y en la pobreza se deslizó su vida, que muchos tenían por ociosa y era muy activa. Mujeriego, taurófilo y deportista, tenía tiempo para todo, hasta para demostrar con hechos que el talento fecundiza la misma frivolidad, y de ello sacan frutos preciosos la razón y el ingenio.

     A propósito de ingenios quiero hablar del conocimiento que en El Debate hice con varios sujetos que lúcidamente han figurado en las Letras y en el Periodismo. Los que más vivos conservo en mi memoria son Rodríguez Correa y Ferreras... ¡Alto!... Déjenme volver atrás. Necesito el desorden; la estricta cronología pugna con mi temperamento voluble [53] y mis nervios azogados. Atención. Cuando llegamos a casa pregunté a Felipa quién era el señor obeso y calvo, de frac, que me había llevado aparte para hablarme a solas. Díjome que era un mozo de café o de fonda, que se fue a La Habana y de allá volvió dándoselas de ricachón, o siéndolo de verdad. De la Tía Clío, por cuya procedencia y oficio le pregunté, díjome lo que a la letra copio: «Es una vieja medio loca que en el piso bajo tiene una tienda de muebles, armas y papelorios antiguos. Lejos de aquí la hemos visto vestida de señora con borceguíes de tacón dorado, y aquí se nos presenta hecha un pingajo, con chinelas que dice fueron de una tal doña Urraca. Charlotea de trifulcas que pasaron y de las que están pasando, y es una criticona que no hace más que gruñir. Se va como viene, sin saludar a nadie y diciendo no más que: 'Hasta ahora'. Y el ahora quiere decir siempre».

     Hablábamos de esto medio dormidos ella y yo, por lo cual quedó en mi cerebro aquella conversación como cosa de incierta realidad, tocando en la frontera de lo mentiroso y fantástico... Y a los pocos días caí enfermo de una fiebrecilla que empezó leve, y por descuidarla hubo de parar en tifoidea, que a mí me postró por más de tres semanas, y a Felipa dio mucho que hacer y que sentir. La pobre mujer, creyendo que me las liaba, forcejeó con la muerte, y mientras esta tiraba de mí para llevarme al otro barrio, mi coima tiraba con verdadera furia para dejarme aquí. [54]

     ¡Qué días de sufrimiento y qué noches de angustia! El único amigo que me acompañaba y a ratos hacía de enfermero auxiliar de Felipa, era el isleño por cuya mediación afectuosa entré yo en El Debate. No se concretaba su auxilio a las palabras consoladoras y a la dulce compañía, sino que, a las veces, con su corto peculio cuidaba de proveer el vacío portamonedas de Felipa... En la soporífera largura de mis horas de fiebre me acosaban las visiones de la Tía Clío y del hombre herpético que me contó la leyenda de los dineros de Cuba... Al fin, restablecida poquito a poco la normalidad en mi caletre, entré en convalecencia, fui tomando fuerzas, curé, y una tarde, cuando ya podía valerme y saborear la lectura y la conversación, hablé de este modo a mi buen camarada el isleño: «Por mucho que yo viva y prospere, no podré pagarte lo que en esta ocasión, la más crítica de mi vida, has hecho por mí». Y él me respondió: «Quién sabe si algún día me presentaré yo a cobrarte esta deuda, y tú, con buena memoria, te apresures a pagarme».

     Corrió el tiempo arrastrando sucesos públicos y privados; se fue don Amadeo; salió por escotillón la República, feneció esta, dejando el paso a la Restauración... Reinó Alfonso XII; pasó a mejor vida. Tuvimos Regencia larga; se fueron de paseo las Colonias y entraron a comer manadas de frailes y monjas... El niño Alfonso XIII fue hombre; reinó, casó... Vino lo que vino: agitación de partidos, inquietud social, prurito de libertad, [55] alerta de republicanos, guerra con moros, semanas de fuego y sangre...

     Pues en tan largo estirón de la Historia, el hombre chiquitín que os habla vio caer sobre sí un diluvio de calamidades. Pasó miserias, sufrió persecuciones; trabajó sin descanso, repartiendo su voluntad entre las tareas de pluma y la conquista de mujeres, únicas empresas en que le favoreció la fortuna. Errante anduvo de un hemisferio a otro; fue empleado en Cuba, empleado en Filipinas, periodista que jamás obtuvo recompensa, escritor que no llegó a conocer el galardón de la fama. Siempre obscuro y desconsiderado, en sus retornos de América y Oceanía vivió pobre en Madrid, vegetó en diversos pueblos y poblachos de provincia. En el curso de esta odisea, alguna vez topó con su amigo el isleño; se cumplimentaron y departieron sobre la buena o mala suerte de cada uno. Pero llegó un día en que la conversación fue más larga y de mayor substancia, como a continuación se verá.

     En la Puerta del Sol nos encontramos a los treinta y siete años justos del día en que tomó el portante don Amadeo de Saboya. ¡Treinta y siete años! Muy pronto se dice; mucho se tardaría en contar lo que pasó bajo las chinelas o el coturno de la Tía Clío en trece mil quinientos cinco días. Yo, lejos de aumentar, había menguado de talla; los pelos que me quedaban eran hebras de plata, y rostro y cuerpo mostraban lastimosamente los zarandeos del tiempo. Mi amigo no llevaba [56] mal sus años maduros, y su rostro alegre y su decir reposado me declaraban mayor contento de la vida que el que yo tenía. Hablamos de trabajos y publicaciones; díjele yo que había leído las suyas, y él, replicándome que algo le quedaba por hacer, saltó con esta idea que a las pocas palabras se convirtió en proposición:

     «Una promesa indiscreta oblígame a escribir algo de aquel reinadillo de don Amadeo, que sólo duró dos años y treinta y nueve días. Tú y yo vimos y entendimos lo que pasó y lo que dejó de pasar entonces. Tu memoria es excelente; sabes contar con amenidad los sucesos públicos. Hazme ese libro, y con ello quedará saldada la deuda de caridad que tienes conmigo. Puedes observar el método que quieras, ateniéndote a la cronología en lo culminante y zafándote de ella en los casos privados, aunque estos a veces llegan al fondo de la verdad más que llegan los públicos. Puedes entreverar entre col y col la lechuga de tus conquistas; ya sé que han sido innumerables, algunas acometidas y consumadas con temerario atrevimiento y dramáticos peligros... Por este trabajo te pagaré lo que dio Cervantes al morisco aljamiado, traductor de los cartapacios de Cide Hamete Benengeli, dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, o su equivalente en moneda, añadiendo el gasto de papel, tinta y tabaco en los pocos días que tardes en rematar la obra... Dime pronto si aceptas, para cerrar trato contigo, o buscar otro plumífero con quien pueda entenderme [57] para sacar al mundo la vaga historia de Amadeo I».

     Vacilé un instante, mirando al cielo y a los tranvías que de un lado a otro pasaban, y acepté, y con un apretón de manos sellamos nuestro compromiso.





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