El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado






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títuloEl 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado
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- XXVII -

     Sin discusión fueron aprobadas la renuncia del Rey y la respuesta o responso que le dieron las Cortes al asumir todos los poderes. A Palacio acudió una Comisión presidida por Rivero, la cual debía poner a manos de Su Majestad dimisionaria los tiernos adioses de la tan noble como desgraciada España. En el acto palatino, que según me dijeron fue solemne y triste, Rivero, con la trémula voz de un cíclope conmovido, pidió al Rey y a la Reina el honor de estrecharles la mano, y no hay que decir que tal honra le fue cordialmente otorgada. Los Reyes dijeron para sí: Adiós, mundo amargo.

     Primer trámite del Parlamento después de lo relatado fue la renuncia del Gobierno, que ya estaba como el alma de Garibay. Inmediatamente se presentó la proposición pidiendo que se proclamase la República. El debate fue ordenado y serio, sin más acritud que el corto pero grave altercado entre Martos y Rivero. Este, movido de su temperamento irascible y despótico, exigió duramente a los que fueron ministros de don Amadeo que ocuparan interinamente el banco azul. Saltó Martos de su asiento, como enconada fierecilla, y con aplauso del Congreso dijo entre otras cosas: «No está bien que empiecen las [300] formas de la tiranía el día en que se despide el poder monárquico». Estas palabritas hirieron a don Nicolás en lo más vivo, obligándole a descender, con runflante protesta, del augusto sitial... ¡A votar, a votar! Doscientos cincuenta y ocho votos contra treinta y dos decidieron que España no era ya Monarquía, sino República. Laus Deo.

     Procediose a elegir Poder Ejecutivo. He aquí el primer Ministerio de la República: Presidencia, Figueras. -Estado, Castelar. -Gobernación, Pi y Margall. -Gracia y Justicia, Salmerón (don Nicolás). -Hacienda, Echegaray. -Guerra, Córdoba. -Marina, Beránger. -Fomento, Becerra. -Ultramar, Salmerón (don Francisco). Cuatro de estos señores pasaron de ministros de don Amadeo a ministros de la República con la corta pausa de un trámite parlamentario. Martos vitoreó calurosamente a la República, a la integridad de la Patria y a Cuba española, y Figueras anunció días de ventura bajo un régimen de concordia, paz y libertad... El cambio de instituciones, que parecía mutación teatral con subir y bajar de telones pintados, fue acogido por el pueblo con alegría más expansiva que escandalosa. Las multitudes que invadían las calles próximas al Congreso se difundieron fraccionándose. El más nutrido destacamento fue a parar a la Puerta del Sol, irradiando su ardor patriótico con vítores, cánticos, músicas y desahogos inocentes, sin molestar a nadie ni llegar a las tonalidades demagógicas. En Antón Martín el tumulto fue más [301] vivo, y aparecieron banderas aparejadas precipitadamente por ciudadanas en quien se juntaban el republicanismo y la majeza. En la Plaza de la Cebada, en Maravillas, San Gil y demás puntos estratégicos de las expansiones madrileñas, el entusiasmo no traspasó los límites de la moderación. Ello fue como un plácido regocijo lugareño, festejando la traída de aguas o la elección de un alcalde muy querido en la localidad.

     Con puntualidad absolutamente espontánea, pues no mediaron órdenes ni avisos, aparecieron iluminados casi todos los balcones de Madrid en la noche del 11 al 12 de Febrero. Obdulia y yo recorrimos algunas calles, y en las de Alcalá y Arenal contemplamos las lucecitas balconarias, haciendo de todas ellas recuento y análisis. Eran como letras, palabras y conceptos de una página histórica, escrita con hachones y farolillos. Sin más auxilio que nuestro criterio y el conocimiento en cierto modo adivinatorio que teníamos del vecindario matritense, leímos aquella página y la diputamos por vergonzosa y repugnante. Las casas de los republicanos, que eran los legítimos triunfadores en la jornada del 11 de Febrero, estaban a obscuras, y en cambio los palacios aristocráticos, las moradas de las damas católicas y de los señorones alfonsinos y carlistas brillaban con espléndido alumbrado, signo de lisonjeras esperanzas. Mayormente nos escandalizó la cínica refulgencia de las casas donde se albergaban los corifeos del viejo [302] progresismo, que hasta el día 10 fueron cortesanos y servidores de don Amadeo.

     Pasando junto al Teatro Real en dirección de la plaza de Oriente, me tocó en la espalda, llamándome por mi nombre, una mujer enlutada, cubierto el rostro de negro velo. Por la voz conocí a Graziella, y rogándole que abandonara el tapujo, le dije: «Numen de Italia, ¿también tú nos dejas?».

     -Bien quisiera volver a mi Patria -contestó la ninfa con voz tremante-. Esta patria postiza me rechaza. ¡Oh, España!... Vedo l'armi, vedo le mure, ma la gloria non vedo.

     -Hechicera del Arno y Tíber, hija del Cardenal Fieramosca, ¿quién te trajo a España?

     -Me trajeron, diez años ha, unos pobres coristas de ópera. Era yo mocita cuando mis padres rebuznaban, en este teatrón, los corales del Moisés y de La Gazza Ladra. Ya sabes lo que fui cuando abandonada de mis padres me metí en la vida traviattesca. Mucho he visto, mucho aprendí en esta tierra de la donosa picardía... Dragonetti me conoce bien. Voy a Palacio a despedir a unos parientes míos que moran en las alturas, los rufianes del Rey. Quiero dar a todos mis tiernos adioses.

     -Sigue mi consejo, Graziella, y vete con los de tu raza.

     -No puedo, queridos amigos Tito y Tita; que en Madrid he de quedarme al cuidado de mi anciano protector y amigo del alma don Hilario. A proceder así me mueve con mi cariño la ambición intensa que me llena toda [303] el alma. ¿Sabes lo que ambiciono?... No te rías... Aspiro a que vosotros, los locos de la Federal, hagáis obispo al sacerdote más ilustrado y virtuoso que existe en las Españas míseras. Con el oro y la plata de mis ahorros le he comprado ya la mitra y báculo... Dentro de pocos días adquiriré un magnífico pectoral que he visto en el Monte y un soberbio anillo, que espero besaréis con devoción tú y todos tus compinches... En fin, apresurad el paso, que yo tengo prisa. Si queréis entrar en Palacio, venid conmigo.

     En esto nos hallábamos frente a la inmensa mole de la casa de los Reyes, huraña y obscura, contrastando lúgubremente con las luminarias de la Burguesía infatuada y de la Aristocracia enloquecida.






- XXVIII -

     Momentos después, mi Tita y yo, por virtud del poder milagroso que llevábamos en nuestras almas, nos convertíamos en gatitos diminutos y recorríamos, con jugueteo y brincos invisibles, la Saleta, la Antecámara y Cámara, y otras regias estancias. Un hado benéfico, protector de nuestro sagaz espionaje, nos permitió ver el solemne desfile que era fin y principio, engarce o eslabón entre dos interesantes etapas históricas. Delante iban damas y palaciegos rodeando a las servidoras que conducían a los dos niños mayores, [304] Manuel Filiberto, ex-Príncipe de Asturias, de cuatro años de edad (5), y Víctor Manuel, de tres años y dos meses (6). Seguía el ama que llevaba en brazos al ex infante Luis Amadeo Fernando, nacido en Madrid el 29 de Enero: su edad, catorce días (7). En torno a esta criatura se agrupaban los Marqueses de Dragonetti y otras personas de alta jerarquía, italianas y españolas. Detrás iba don Amadeo grave y sereno, sin expresar pena ni alegría, vestido de viaje. La corona y atributos monárquicos se habían quedado en el suelo del Despacho del Rey, al pie del retrato de María Luisa.

     Daba el brazo el Monarca dimisionario a su digna y santa esposa, doña María Victoria, envuelta en pieles. No se le veía más que el rostro pálido, con marcadas huellas de dolencia reciente. No parecía pesarosa de abandonar la colosal vivienda que fue para ella lugar de ansiedad y martirio. A los que fueron sus servidores despedía con sonrisa graciosa y afable. Creímos que les decía: «No me llevo más que lo mío, marido y mis hijos. Os dejo todo lo vuestro, una corona que no ambicioné y un título de Reina que no fue para mí más que una palabra vana».

     Rodeaban a los Reyes personas finchadas de estas que llaman hombres públicos. No transcribo nombres porque no estoy bien seguro [305] de acertar en mis designaciones. Había entre ellos algunos militares que en ocasión distinta enumeré en estas páginas. Confundido entre la turbamulta, y como si quisiera ocultar con su persona su desconsuelo, iba Ruiz Zorrilla, con luto y resignación en el rostro macilento. En la cola de la procesión vi a mi adorada señora Mariclío, tan grande que no había techo de suficiente alteza para su figura majestuosa. Vestía la clámide griega, calzaba el coturno y ceñía su frente la diadema cuyos reflejos iluminaban el Espacio y el Tiempo. Su rostro clásico, sus labios mudos y sus ojos divinos decían: «Al fin encontré la página hermosa. Ahora soy quien soy».

     El momento más triste y grandioso de aquel éxodo fue el descender de la comitiva por la Escalera de Honor, entre alabarderos rígidos, sin música ni voces que turbaran el fúnebre silencio. Sólo el rumor de las pisadas marcaba el lento caminar de una época, declinando hacia los senos del Tiempo que traen la sanción de los actos y el juicio de la Historia.

     Y nada más... Se obscureció la escalera, se obscureció el Palacio, apagose el ruido de las pisadas. Nos vimos envueltos en tinieblas de panteón...

FIN DE AMADEO I

     Santander-Madrid, Agosto-Octubre de 1910.
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