Entre historia, literatura y teología






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Los estudios patrísticos y su método


LOS ESTUDIOS PATRÍSTICOS Y SU MÉTODO



  1. Entre historia, literatura y teología

El corpus de escritos producido y puesto en circulación por las comunidades cristianas entre la segunda mitad del siglo I y el siglo VIII ha sido hecho objeto de indagación desde diversos puntos de vista: histórico, literario, teológico1. Cada una de estas aproximaciones goza hoy de la convicción, ampliamente consolidada y compartida, que la riqueza y la peculiaridad del objeto es tal para llegar a constituirlo legítimamente en disciplina autónoma: historia de la iglesia antigua, historia de la literatura cristiana antigua, teología patrística/patrología2. El recorrido que ha conducido a esta persuasión y a su fecunda traducción operativa ha puesto en relieve los caracteres distintivos de los antiguos textos cristianos. Esos se cualifican sea por características generales, sea por su propio contenido. Entre los primeros se señalan la funcionalidad y la popularidad. Estamos de frente a escritos que nacen y vienen al ser puestos en circulación en función de la vida de fe de las comunidades cristianas, como expresión del servicio al evangelio. Destinatarios son casi siempre las comunidades cristianas en su globalidad o aquellos que ya manifiestan simpatía por la fe cristiana y expresan su disponibilidad para recorrer el camino que conduce al bautismo. Idealmente, el «público» está constituido por los participantes a las asambleas litúrgica, por los que escuchan las homilías. También cuando se trata de textos que poseen destinatarios particulares, externos a la comunidad cristiana en el caso de las apologías, esas miran siempre a la ilustración de la fe, sea para invitar a la vivencia de la fe, sea para defenderla o profundizarla.

El contenido está dado por el mensaje innovador de la persona y de la obra de Jesús de Nazaret, reconocido como Mesías e Hijo de Dios por sus discípulos. Esto pone al mensaje cristiano en una relación de tensión, hecha de continuidad y novedad, con la fe hebraica y lo lleva a ser un particular anuncio al mundo helenístico-romano y a sus tradiciones filosóficas y religiosas, entrando en simpatía dialéctica con el proceso de investigación de la verdad y de relación con lo divino.

La denuncia de la deformación no impide apreciar los «presentimientos» de que, verdaderamente, el Dios de Jesucristo ha sembrado las semillas del Verbo en la sabiduría y en los sabios del pueblo.

Las características de funcionalidad y popularidad, al servicio de nuevos contenidos, conducen a la transformación de los módulos expresivos propios del mundo helenístico romano y a la introducción de nuevos3. Se asiste a una producción de textos que asemejan a un imponente laboratorio de formas expresivas y de contenidos, donde interactúan, chocando pero también enriqueciéndose, tradición hebraica (se piense en el patrimonio de la Biblia hebrea que el cristianismo asume y pone en circulación en la versión de los «LXX»), novedad de Jesucristo, sabiduría del mundo griego y disciplina del mundo romano. Lentamente, pero en profundidad, el cristianismo se injerta en el entramado del mundo greco-romano, mundo que para muchos estaba ya cambiando. A este cambio la literatura cristiana antigua da su aporte original. Este proceso tiene, naturalmente, su recaída también sobre la «lengua de los cristianos». Sin que se pueda pensar a la lengua de un grupo, no hay duda que tanto el griego de la coiné, como el latín tardío, sufren fenómenos de resignificación (influjo del griego bíblico en los LXX) y el ingreso de neologismos en el léxico, así como morfológicos y semánticos.

La fe cristiana reconoce en estos textos los documentos fundamentales de sus orígenes y de la elaboración y formulación de su auto-compresión. De particular relevancia es la distinción entre NT y literatura patrística. No hay duda que una tal distinción tiene razones teológicas a las cuales se puede llegar por una consideración histórico-literaria de los textos. Sin embargo, el constituirse del Canon de la Escritura trae sus consecuencias, tanto ara la comprensión de la historia de la iglesia, como también para la comprensión de la literatura cristiana antigua. Por que tanto para los problemas que surgen al interno de las comunidades cristianas, como para los escritos que en esas vienen producidos, el NT desarrolla la función de referencia fundamental, permanecerían desprovistas de su primera clave de comprensión si no tuviesen en cuenta que esa se desarrolla principalmente como explicación de las Escrituras. Por motivos diversos, la investigación histórica, literaria y teológica no puede ignorar que el grupo de los escritos recolectados bajo la voz «Escritura», «AT» y «NT», juega un rol fundamental al interno de la realidad cristiana.

El desarrollo de las disciplinas particulares progresivamente ha hecho evidente la instancia inter-disciplinar: el objeto indagado para no ser deformado pide a toda modalidad de aproximación la constante atención a las otras. Cierto, cada disciplina se aproxima a los textos según su propio punto de vista, pero no puede ignorar el aporte de los otros, precisamente para poner en obra correctamente el propio.

Para la historia de la iglesia se trata de una imponente masa de fuentes que se deben censar e interpretar para reconstruir y comprender el camino de la iglesia desde sus inicios hasta su constitución como experiencia religiosa ampliamente mayoritaria dentro del mundo del impero romano hasta su disolución y a la intermitencia entre mundo oriental y mundo occidental. Esto vale también para la historia del Tardo-antiguo en cuanto tal. De esta época la iglesia e la interacción que ella tiene con la sociedad y su variada articulación es parte relevante. Baste tan sólo pensar al eco de la propuesta y de la presencia cristiana en escritos y textos no cristianos de la época.

Para la literatura griega y latina4 se trata de un amplio capítulo de su historia, caracterizado ciertamente por elementos de continuidad, pero también portador de caracteres de tal modo peculiares que dan lugar a disciplinas autónomas. Esa en efecto debe dar cuenta de cómo contenidos nuevos e instancias propias de la fe cristiana llevan no solo a valerse de los modos de expresarse por una determinada tradición cultural, sino que también aportan variantes notables hasta el punto de crear nuevas formas, nuevos géneros literarios. Los textos cristianos antiguos son página importate de la literatura antigua.

Patrología y patrística son términos que indican la aproximación teológica. Se trata de indagar los textos como testimonios de la fe de la iglesia, del recorrido a través del cual en las comunidades cristianas la fe se ha comprendido y formulado, en diálogo y confrontación con las experiencias religiosas y los horizontes que poco a poco se van encontrando.

Lo histórico de la iglesia (y de la antigüedad en general) deberá tener muy en cuenta que se trata de escritos en parte, producidos según puntos de vista y fines específicos, que no son únicamente los de la fe de la iglesia, sino también del ambiente y de las personalidades marcadas por las propias preferencias. El estudioso de la literatura griega y latina entra aquí en un mundo en el que algunas competencias específicas son más que una opción. «Entrar en la literatura cristiana significa tomar conciencia, de modo inmediato, de su relación fundamental con la Escritura, el Nuevo Testamento y la Biblia hebraica en la versión de los LXX»5. La patrología/patrística indaga en las obras en cuestión los contenidos de la fe cristiana. Sin embargo, esos no pueden ser estudiados correctamente abstrayéndolos de su contexto histórico y sin le atención necesaria a las formas de los textos, a los géneros literarios adoptados, al estilo. Todavía más: todo estudio serio de los contenidos teológicos de una obra debe estar atenta al texto sobre el cual se está trabajando, es decir, debe ser una buena edición crítica. El rigor del respectivo estatuto epistemológico se debe conjugar con la atención a la contribución que viene dada por otras aproximaciones al mismo objeto de estudio.


  1. La patrología/patrística

Los dos términos, patrología-patrística, derivan del calificativo «padres», globalmente reconocida a las personalidades de la iglesia antigua, en muchos casos obispos, cuyos escritos son documentos de su compromiso cualificado para la formación a la vida cristiana y para la comprensión, formulación y transmisión de la recta fe. En cuanto tales, aparecen rápidamente como testigos autorizados de la tradición del evangelio6.

El uso de estos términos se volvió de uso común a partir del siglo XVII, en el cual se dio un creciente interés y regreso a los «padres», bajo el impulso de tres factores diversos: el interés por la antigüedad griega y latina promovido por el humanismo, las exigencias de la polémica católico-protestante y, de manera más profunda, por el deseo de regresar a las fuentes de la fe y de la vida cristiana7, y sacar de ahí lo más genuino del cristianismo. En dicho contexto, «patrología» indica el estudio de la vida y de las obras de los padres en el cuadro histórico y eclesial; la «patrística», en cambio, pretende recoger sus aportes doctrinales, sus contribuciones a la elaboración del dogma y de la teología cristiana. Sin embargo, como sucede frecuentemente, la realidad ha precedido a la acuñación de los términos. El recurso a los padres como método para documentar la rectitud de la propia interpretación del credo, estaba ya en uso en el siglo IV8 y se vuelve algo común en el siglo V, como por ejemplo resulta de las discusiones que acompañaron la realización del concilio de Éfeso (431).

Cada posición tiene el apremio de sustentarse a través de un dossier de citaciones de los padres. Significativo es el incipit de la formula cristológica del concilio de Calcedonia: «’óίîίά…» (Cf. COD 86, 14). Casi al mismo tiempo toma cuerpo también el deseo de fijar la memoria de la vida y de las obras realizadas por ellos. En torno al 393-394 san Jerónimo escribió Los hombres ilustres, trazando sintéticamente el perfil de 135 autores, iniciando por san Pedro y llegando hasta la época en que vivió san Jerónimo. Ya san Eusebio en su Historia eclesiástica, había dedicado una grande atención a algunas figuras relevantes de obispos, mártires y maestros de los primeros siglos. A Orígenes dedica una grande parte de su obra.

No es fácil sin embargo encontrar una definición de «padre» que pueda satisfacer desde todos los puntos de vista. El s. II aflora como el siglo en que se destacan los obispos (Cf. Martirio de san Policarpo XII,2); el siglo IV se extiende a diversos maestros reconocidos en la fe. Utilizado al plural, como colectivo, llega a designar a los obispos reunidos en concilio, en cuanto dotados de autoridad para transmitir la fe. San Vicente de Lerin, monje de la primera mitad del siglo V, creyó poderlos identificar a través de cuatro notas:

  • La antigüedad.

  • La santidad de vida.

  • La ortodoxia de la doctrina.

  • La aprobación de la iglesia9.

Cuanto pueda exigir cada una de estas notas no se presta a ser verificada con criterios rígidos. Más pertinente parece describir a los padres como los testigos autorizados de la tradición de la iglesia antigua indivisa, poniendo término a ello entre los siglos VII al VIII aproximadamente. Esta fecha marca, en efecto, el paso a una fase de recopilación que revela el conocimiento de una época que estaba por cerrarse y que pide que se custodie y se transmita un patrimonio que a lo largo de los primeros siglos se fue formando. En el complejo cuadro histórico, que comprende el avance del Islán en Oriente y la formación de los reinos romanos-bárbaros en Occidente, se puede reconocer el síntoma literario y teológico del cerrarse de la época antigua de la historia de la iglesia

Si ahora se pregunta por la contribución específica de los padres a la iglesia de las épocas sucesivas o, también, que cosa consiente de entenderles como un colectivo, podemos responder:

  • La época de los padres vio, en primer lugar, el constituirse del Canon de las Escrituras, mediante un proceso complejo de discernimiento, que hice gozne sobre el uso litúrgico de determinados textos y sobre el criterio de apostolicidad como garantía que asegura el correcto acceso al mensaje y a la persona de Jesucristo. Sobre la base del Canon, los padres desarrollaron una literatura unitaria de las Escrituras, que los llevó a anunciar, a través de sus incesantes explicaciones, la unidad de la economía de Dios, según las diversas fases que constituyen la pedagogía de la salvación. Se trata de la «Sinfonía de las Escrituras».

  • A través de la praxis bautismal, pero también el anuncio y la defensa de la recta comprensión de la fe, viene puestos en ellos las formulaciones fundamentales de la fe: los símbolos bautismales, la regula fidei o veritatis, el símbolo de Nicea-Constantinopla (325-381), la definición de Calcedonia (451). La asunción del símbolo bautismal como regula fidei y su explicitación, en presencia de interpretaciones que comprometen el mensaje global de la Escritura, permite a los padres custodiar en la conciencia de los fieles, la recta fe celebrada en la liturgia.

  • Con variaciones ligadas a las diversas áreas eclesiales, vienen elaboradas las formas basilares de la liturgia: principalmente las que se refieren al bautismo y a la eucaristía. Ya con san Justino (martirizado en torno al 165), tenemos documentada la composición y constitución de la liturgia de la Palabra y la liturgia de la Cena, por cuanto se refiere a la Eucaristía, así como también los primeros elementos, articulados entre ellos, del camino que conduce al bautismo, el futuro catecumenado10.

  • Los padres dejan también a la iglesia de las épocas sucesivas un paradigma ejemplar de la relación entre inteligencia y fe, que pone de relieve la absoluta gratuidad de la fe, debida a la libre iniciativa de Dios, y que solicita al mismo tiempo la inteligencia del hombre, porque todo lo que Dios hace lo realiza para el hombre entero, para su salvación. De este modo, la fe es protegida por una parte de la pretensión racionalista que la haría como una cosa de elites y reduciría a Dios a estas dimensiones y, por otro lado, de la credulidad que la expondría a la deriva de la magia y de la superstición. En este ámbito, la teología alejandrina de modo particular nos ha ofrecido su contribución que resulta ser muy fecunda, dejándonos en herencia una fe que sabe estar simultáneamente en fidelidad e investigación, conduciendo a la gnosis cristiana, a la elaboración de una comprensión profunda de la vida y de la historia, según la fe, que mantiene lúcida e inteligente la vida de caridad.

Según una mirada de conjunto, se puede reconocer ágilmente que la naturaleza profunda de la obra de los padres se presenta como servicio a la Palabra de Dios, para la fe y la vida de los creyentes. Los padres son comentaristas incansables de las Escrituras, invirtiendo en este campo los instrumentos que les son ofrecidos por el patrimonio de la cultura antigua y de la sabiduría pedagógica, madurada en el ejercicio de su ministerio pastoral. Las preguntas, también las objeciones dirigidas a la fe por la reflexión filosófica y por la experiencia y mentalidad religiosa del tiempo, vienen acogidas por los padres como solicitudes para formular el mensaje bíblico en el cuadro de la cultura greco-romana, así como también para hacerlo accesible a los contemporáneos e incisivo en la evolución de la cultura y de las costumbres. De esta forma la exégesis, la reflexión, la polémica, las orientaciones para la vida, la forma literaria…, se encuentran indisolublemente ligadas en los escritos de los padres, hasta constituir un trazo característico que les es común.

Hoy día, el interés por los padres contiene notables promesas y posibilidades, junto a la novedad que tiene el acercarse a ellos por vez primera. Por un lado los confines entre disciplinas como patrología, patrística y literatura cristiana antigua se ha atenuado, dando a las diversas aproximaciones legítimas un respiro de globalidad e interdisciplinariedad; por otro lado, el cuidado de las ediciones críticas de los textos a grande escala y su difusión, así como las buenas traducciones, acompañadas de introducciones que resultan indispensables y el ensanchamiento de los intereses, incentivan y hacen más segura la investigación. Figuras tales como las de San Ambrosio, Agustín, Jerónimo, León y Gregorio Magno entre los occidentales, de Atanasio y los capadocios (Basilio, Gregorio de Nisa y Gregorio Nancianceno), de Juan Crisóstomo, llegando hasta Máximo el Confesor y san Juan Damasceno entre los orientales, aparecen también a la luz de su influjo a lo largo de los siglos; un capítulo que resulta relevante no sólo para la historia de la iglesia y de la teología cristiana, sino también para la cultura y la conciencia europea y de la humanidad.

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