IntroduccióN






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Fedor M. Dostoievsky

DEMONIIOS

EDITORIAL PORRUA MÉXICO 2009

INTRODUCCIÓN


INTRODUCCIÓN 1

EL PRÍNCIPE HARRY. PETICIÓN DE MANO 25

AJENOS PECADOS 40

LA ASTUTÍSIMA SERPIENTE 74


LA NOCHE 93


EL DESAFÍO 128

PIOTR STEPÁNOVJCH SE AGITA 155

ENTRE LOS NUESTROS 176

EL ZAREVICH IVÁN 186

REGISTRAN LA CASA DE STEPÁN TROFÍMO VICH 191

FILIBUSTEROS. UNA MAÑANA FATAL 195


EL FESTIVAL. PRIMERA PARTE 206


FINAL DE FIESTA 218

NOVELA TERMINADA 232

ÚLTIMA DECISIÓN 242

NOCHE LABORIOSA.. 267

EL ÚLTIMO VIAJE DE STEPÁN TROFÍMOVICH 282

FINAL 297


Fedor Dostoievski nació en 1821. Su padre, cirujano del “Hospital de Santa María” de Moscú, era miembro de la nobleza, circunstancia a la que Dostoievski parecía conceder gran importancia, ya que se sintió en extremo afligido cuando, en ocasión de su condena, le quitaron el rango y, al salir de presidio, hizo presión sobre algunos influyentes para que le fuera devuelto. Pero la nobleza en Rusia era muy distinta de la de otros países europeos. Se podía, por ejemplo, obtenerla consiguiendo una modesta categoría al servicio del gobierno, y parece que significaba sólo un escalón por encima del campesino y del comerciante, y esto era ya bastante para creerse un caballero. En realidad, la familia de Dostoievski pertenecía a la clase de profesionales pobres.
Su padre era un hombre muy recto. Se privaba no sólo de lujos, sino hasta de comodidades con el fin de poder dar una buena educación a sus siete hijos, y ya desde su más tierna edad les enseñó que debían habituarse al trabajo y a las desventuras, preparándose para los deberes y obligaciones de la vida. Vivían muy apiñados en las dos o tres habitaciones que formaban el hogar del médico en el hospital. Los hijos no estaban autorizados a salir solos, no les daban dinero para que lo llevaran en el bolsillo, ni tampoco contaban con amigos. El doctor tenía alguna clientela particular, además del sueldo del hospital, y en el curso del tiempo adquirió una pequeña propiedad a cien millas de Moscú, y desde entonces la madre y los hijos pasaban allí el verano. En este tiempo fue cuando probaron por primera vez el gusto a la libertad.
Cuando Dostoievski tenía dieciséis años murió su madre, y el médico llevó a sus dos hijos mayores, Miguel y Fedor, a San Petersburgo, a fin de que ingresaran en la Escuela Militar de Ingenieros. Miguel, el mayor, fue rechazado por no reunir las condiciones físicas requeridas, y Fedor quedó separado de la única persona a quien quería. El joven se sintió solitario y triste. Su padre no podía o no quería enviarle dinero y a él le resultaba imposible adquirir las cosas más necesarias, como libros y calzado; ni siquiera podía pagar los gastos regulares de la escuela. El doctor, habiendo colocado a sus hijos mayores y dejado a otros tres al cuidado de una tía en Moscú, abandonó su clientela y se retiró, con sus dos hijos menores, a su propiedad en el campo. El hombre se dio a la bebida. Con sus hijos había sido muy severo, pero con sus siervos era brutal y un buen día éstos le asesinaron.
Fedor tenía dieciocho años. Estudiaba bien, aunque sin el menor entusiasmo y, una vez concluidos sus estudios en la Academia, fue destinado a la Sección de Ingenieros del Ministerio de la Guerra. Entre la parte que le correspondió de la finca de su padre y el sueldo, disponía de cinco mil rublos al año. Alquiló un departamento, empezó a sentir una costosa pasión por el juego de billar, se dio a derrochar el dinero a manos llenas y, cuando dimitió su empleo pues encontraba el trabajo en la Sección de Ingeniería “tan insulso como las patatas”, estaba lleno de deudas. Hasta los últimos días de su vida vivió acribillado por las deudas. Era un derrochador empedernido y, aunque la situación le llevaba a veces a la desesperación, jamás le fue posible adquirir la fuerza de voluntad necesaria para vencer sus caprichos. Uno de sus biógrafos ha sugerido que el deseo de sentir confianza en sí mismo era en cierto modo responsable de su hábito de derrochar el dinero, ya que ello le proporcionaba sensación de poder; éste halagaba asimismo su exorbitante vanidad. Más tarde se verá a qué extremos sumamente mortificantes le condujo esta desgraciada debilidad.
Mientras se encontraba en la Academia había empezado a escribir una novela y, ahora, habiendo decidido ganarse la vida como escritor, la terminó. Se llamaba Pobres gentes. No conocía a nadie en el mundo literario, pero un amigo, llamado Grigorovich, tenía un pariente, Necrasov, que se proponía lanzar una revista y se ofreció a enseñar a éste la novela. Un día, Dostoievski se retiró muy tarde a su casa. Se había pasado la velada leyendo la novela a un amigo y discutiéndola con él. A las cuatro de la mañana se dirigió a su casa a pie. No se metió en la cama, sino que abrió la ventana y se sentó junto a ella. De pronto le sorprendió una llamada en la puerta. Grigorovich y Necrasov se precipitaron dentro de la habitación casi con lágrimas en los ojos, y le abrazaron una y otra vez. Habían empezado a leer la novela, turnándose para hacerlo en voz alta, y cuando concluyeron, a pesar de ser tan tarde, decidieron correr a despertar a Dostoievski. “No importa que esté dormido, se dijeron. Le despertaremos. Esto es más importante que el sueño.” Necrasov llevó al día siguiente el manuscrito a Belinsky, el más destacado crítico de la épo ca

y éste se entusiasmó tanto como los otros dos. La novela fue publicada y Dostoievski se encontró convertido de la noche a la mañana, en un hombre famoso.
No le sentó muy bien el éxito. Una cierta Madame Panaev-Bolovachev ha descrito la impresión que Dostoievski le produjo cuando fue a visitarla. “A primera vista se podía notar que el recién llegado era un hombre extremadamente nervioso y de temperamento impresionable. Bajo y delgado, tenía el cabello rubio, un color de hombre de escasa salud, ojos grises y pequeños, que vagaban inquietos de objeto en objeto, y unos pálidos labios que se fruncían sin cesar. Casi todos los presentes le conocían; sin embargo se mostraba tímido y no tomaba parte en la conversación general, pese a que diversos asistentes a la fiesta intentaron tirarle de la lengua para alejar su reserva y hacerle sentir que también él era miembro de nuestro círculo. No obstante, después de aquella velada, vino con frecuencia a vernos, y su timidez comenzó a desaparecer. Incluso llegó a discutir cuando alguna leve contradicción parecía impelerle a dar mentís. La verdad era que su juventud, combinada con un temperamento nervioso, le privaba del dominio de sí mismo y le impulsaba a mostrar su presunción y sus conocimientos de escritor. Es decir, que deslumbrado por su súbita y brillante entrada en el campo de la literatura, y confundido por los elogios que le prodigaron los grandes del mundo de la literatura, él, como los espíritus impresionables, no podía disimular su triunfo ante jóvenes escritores cuya entrada había sido mucho más modesta... A través de sus frases capciosas y su tono de altisonante orgullo, decía que se consideraba inmensamente superior a sus compañeros... Dostoievski suponía que todos tenían en menos su talento y, como veía en cada inofensiva palabra un deseo de rebajar su obra y de afrentarle personalmente, acudía siempre a visitarnos en un estado de ánimo resentido y ávido de pelearse, de arrojar contra sus detractores toda la cantidad de bilis que almacenaba en su pecho.”
Cuando se encontraba en el apogeo de su triunfo, Dostoievski firmó contratos para escribir una novela y un número de cuentos. Con los anticipos que obtuvo empezó a llevar una vida tan disipada que sus amigos, por su propio bien, lo llevaban a su casa a la fuerza para que trabajase. Pero se peleaba con todos, incluso con Belinsky, que tanto había hecho por él, pues afirmaba que no estaba convencido de la “pureza de su admiración” y él se consideraba un genio y el más grande de los escritores rusos. Sus deudas aumentaron, viéndose precisado a trabajar con verdadera prisa. Antes ya había padecido una misteriosa enfermedad de los nervios, y ahora, al caer enfermo,

creyó que se volvía loco o tuberculoso. Las novelas escritas en tales circunstancias fueron fracasos, además de ilegibles. Los que antes le habían elogiado con tanto entusiasmo, le atacaban ahora violentamente, y la opinión general fue de que se hundía irremisiblemente.
* * *
A primeras horas de la mañana del día 29 de abril de 1854, Dostoievski fue arrestado y conducido a la fortaleza de Pedro y Pablo. Se había unido a un grupo de jóvenes imbuidos de las ideas socialistas corrientes entonces en el occidente de Europa, que propugnaban ciertas reformas sociales, en especial la abolición de los siervos y la supresión de la censura, y que se reunían una vez por semana para discutir sus ideas. Aquellos jóvenes publicaban un periódico clandestino, para divulgar entre el público artículos escritos por los miembros del grupo. La policía los había mantenido durante algún tiempo bajo vigilancia y, al final, detuvieron a todos el mismo día. Después de varios meses de cárcel comparecieron ante un tribunal, y quince de ellos, entre los cuales se encontraba Dostoievski, fueron condenados a muerte. Un día invernal por la mañana fueron conducidos al lugar de la ejecución, pero cuando los soldados se disponían a ejecutar la sentencia, llegó un mensaje con la orden de que la muerte había sido conmutada por trabajos forzados en Siberia. Dostoievski fue condenado a cuatro años de prisión en Omsk; luego tendría que servir como soldado raso. De nuevo en la fortaleza de Pedro y Pablo escribió la siguiente carta a su hermano Miguel: “Hoy, 22 de diciembre, hemos sido conducidos todos a la plaza Semenov. Allí se nos leyó la sentencia de muerte, nos dieron a besar la cruz, rompieron las espadas sobre nuestras cabezas y nos pusieron nuestros atavíos fúnebres:
camisas blancas. Tres de nosotros fueron colocados ante el paredón para el cumplimiento de la sentencia de muerte. Yo era el sexto de la hilera, y nos llamaban en grupos de tres, así que a mí me correspondía el segundo grupo. Me quedaba sólo un momento de vida. Pensé en ti, hermano mío, en los recuerdos que guardo de ti. En ese último instante sólo tú ocupaste mi mente. Entonces me di cuenta de lo mucho que te quiero, mi querido hermano... Tuve tiempo de abrazar a Plestchiev y a Durov, que se encontraban cerca, despidiéndome de ellos. Finalmente tocaron a retirada y los que estaban atados al muro fueron retirados de allí; luego se nos leyó que su Majestad Imperial nos perdonaba la vida. Al final se nos comunicaron las nuevas sentencias”.

En La casa de los muertos ha descrito Dostoievski los horrores de la vida en la cárcel. Hay un punto en el cual es necesario hacer hincapié. A las dos horas, un recién llegado se encuentra en amigables relaciones con los otros presidiarios y convive familiarmente con ellos. “Pero con un caballero las cosas son distintas. No importa lo sencillo, lo amable y lo inteligente que éste sea. Acabará siendo una persona odiada y despreciada, jamás comprendida, y lo que es peor aún, no merecedora de confianza. Nadie lo mira como a un amigo o a un camarada, y aunque a lo largo de los años pueda lograr que cesen de tomarle por un imán de los insultos, le será imposible vivir su propia vida, no podrá verse libre del torturante pensamiento de que vive solitario y es un extraño para los demás.”
Dostoievski no era tan gran caballero como así lo parece. Sus orígenes eran tan modestos como su propia vida, y, salvo un breve período de gloria, se había visto siempre agobiado por la pobreza. Durov, su amigo y compañero de prisión, era querido por todos. Parece como si la soledad que sentía Dostoievski y el sufrimiento que ésta le producía fuera en parte ocasionada por sus propios defectos de carácter, su orgullo, su egoísmo, su susceptibilidad y su pronta irritación. La soledad en que vivía en medio de doscientos compañeros le hizo retraerse sobre sí mismo: “A través de este aislamiento espiritual
—escribe— obtuve la oportunidad de volver a vivir mi vida pasada, de examinarla hasta su más mínimo detalle, de juzgar toda mi existencia anterior y de juzgarme a mí mismo rigurosa e inexorablemente”. El Nuevo Testamento era el único libro que le permitían tener y lo leyó incesantemente. Esta lectura ejerció una gran influencia sobre él. Desde entonces practicó la humildad y la necesidad de suprimir los deseos humanos del hombre normal. “Antes de todo, humíllate, escribía. Considera cómo ha sido tu vida pasada, considera lo que puedes ser capaz de hacer en el futuro, considera lo grande que es la masa de mezquindades, de pequeñeces y de torpezas que espían en el fondo de tu alma.” La prisión, al menos en aquel tiempo, acobardaba a su altanero y dominador espíritu. Cuando salió de ella ya no era un revolucionario sino un firme sustentador de la autoridad de la corona y del orden establecido. También era un epiléptico.
Cuando concluyó el tiempo de su prisión, fue enviado para completar su sentencia como soldado raso a la guarnición de una pequeña ciudad de Siberia. Era una vida dura. Pero él aceptó sus penas como parte del castigo que merecía por su crimen, pues había llegado a la conclusión de que sus actividades reformadoras eran pecado, y escribió a su hermano: “No me quejo; ésta es mi cruz y la he merecido.” En 1856, debido a la intercesión de un antiguo compañero de

escuela, fue ascendido y entonces su vida resultó más tolerable. Hizo amigos y se enamoró. El objeto de su amor fue una cierta María Dmitrievna Isaeva, esposa de un deportado político que se moría de tanto beber y de tuberculosis, y era madre de un niño. A ella se le describe como una bonita rubia de mediana estatura, muy delgada, apasionada y exaltada. Poco se sabe de ella, salvo que era de naturaleza tan suspicaz, celosa y torturadora como el propio Dostoievski. Este fue su amante, pero pasado algún tiempo, Isaev, su marido, fue trasladado del pueblo en que vivía Dostoievski a otro puerto fronterizo situado a cuatrocientas millas de allí, y en tal lugar murió. Fedor escribió a la mujer y le propuso matrimonio. La viuda titubeó, en parte porque los dos eran verdaderos menesterosos, y en parte porque había entregado ya su corazón a un joven maestro “animoso y simpático” llamado Vergunov, y había sido su amante. Dostoievski, profundamente enamorado, se sintió loco de celos, pero con su gusto por lacerarse a sí mismo y quizá también por el placer de novelista de verse a sí mismo como personaje de novela, hizo una cosa característica. Declaró a Vergunov que lo quería como a un hermano y encargó a uno de sus amigos que le llevase dinero para que María Isaeva pudiera casarse con su amante.
Por lo que se ve, estaba dispuesto a representar el papel de un hombre con el corazón sangrante que se sacrifica por la felicidad de su bienamada. Pero no pudo representarlo, pues la viuda abrió los ojos ante la suerte que le esperaba. Aunque “animoso y simpático”, Vergunov no tenía un cuarto, mientras que Dostoievski era ahora oficial. Su perdón no podía tardar en llegar, y no había razón para que no escribiera de nuevo libros de gran éxito. La pareja se casó en 1857. No tenían dinero y el novelista había andado pidiendo prestado por todas partes y ahora le era imposible pedir más. Volvió de nuevo a la literatura. Pero como era un ex presidiario, tenía que solicitar autorización para poder publicar, y esto no era nada fácil conseguirlo. Tampoco le resultaba fácil su vida matrimonial. En realidad era muy poco satisfactoria y Dostoievski atribuía a su esposa una naturaleza suspicaz y dolorosamente fantasiosa. No se percataba de que él era tan impaciente, peleador, neurótico y poco seguro de sí mismo como lo había sido en los primeros tiempos de su vida. Empezó varias novelas, las abandonó a medio terminar, empezó otras y, en general, produjo poco, y este poco de escasa importancia.
En 1859, como resultado de sus solicitudes y de la influencia de sus amigos, le autorizaron para regresar a San Petersburgo. El profesor Ernest Simmons, de la Universidad de Columbia, en su interesante e instructivo libro sobre Dostoievski, hace notar que los medios

que empleó para recobrar su libertad de acción fueron abyectos. “Escribió poemas patrióticos, uno de ellos celebrando el cumpleaños de la emperatriz viuda Alejandra, otro sobre la coronación de Alejandro iT, y un canto fúnebre a la muerte de Nicolás 1. Fueron enviadas cartas de súplica a personas influyentes e incluso al nuevo zar. En ellas hace protestas de amor al joven monarca, al que describe como un sol brillante por el que está dispuesto a dar su vida. Confiesa el crimen por el que ha estado preso, pero insiste en que está arrepentido de él, y que ahora sufre por opiniones que ya ha abandonado.”
Dostoievski se instaló con su esposa y su hijastro en la capital. Hacía diez años que la había abandonado como presidiario. En unión de su hermano Miguel empezó a publicar un periódico literario. Se llamó Tiempo, y para él escribió Dostoievski La casa de los muertos y Humillados y ofendidos. Ambas novelas fueron un éxito y sus circunstancias mejoraron. En 1862, dejando el periódico en manos de Miguel, visitó Europa Occidental. No le gustó. Determinó que París era “una ciudad muy aburrida”, que sus habitantes se interesaban por el dinero y carecían de amplitud espiritual. Le sorprendió la miseria de los pobres de Londres y la hipócrita respetabilidad de los pudientes. Estuvo en Italia. Pero no se interesaba por el arte. Vivió una semana en Florencia sin visitar la Galería de los Uffizi; todo el tiempo se lo pasó leyendo los cuatro volúmenes de Los miserables de Víctor Hugo. Regresó a Rusia sin visitar Roma ni Venecia. Su esposa, a quien él había dejado de querer, había contraído la tuberculosis y ahora era una inválida crónica.
Algunos meses antes de partir para el extranjero, Fedor, que tenía entonces cuarenta años, conoció a una joven que había llevado un cuento con el fin de que se lo publicaran en su periódico literario. Se llamaba Polina Suslova. Tenía veinte años, era bella y virginal, pero para demostrar que sus ideas eran avanzadas se había cortado el cabello y usaba lentes oscuros. Dostoievski se sintió prendado de ella, y a su regreso a San Petersburgo la sedujo. Más tarde, debido a un desgraciado artículo de uno de los que lo sostenían, el periódico fue prohibido y Dostoievski decidió marchar de nuevo al extranjero. La razón que dio para ello fue que necesitaba que le curasen la epilepsia, que desde hacía un tiempo venía agravándose. Pero esto era una simple excusa. Lo que deseaba era ir a Wiesbaden para jugar, ya que había inventado un sistema para hacer saltar la banca, aparte de que había dado una cita a Polina Suslova en París. Dejó a su esposa enferma en Vladimir, una ciudad situada a poca distancia de Moscú, pidió dinero prestado a la “Fundación para los autores necesitados” y partió para el extranjero.

En Wiesbaden perdió gran parte de su dinero y tan sólo se pudo apartar de las mesas de juego porque su pasión por Polina era aún más fuerte que su pasión por la ruleta. Habían convenido en ir a Roma juntos, pero mientras le esperaba, la emancipada joven tuvo que ver con un joven español estudiante de medicina. La joven se sentía contrariada cuando Fedor la dejaba para ir a jugar, proceder que las mujeres no aceptan de buen grado, y se negó a continuar sus relaciones con Dostoievski. Este aceptó la situación, y le propuso a la muchacha ir a Italia “como hermano y hermana” y como seguramente no sabía qué hacer, la joven aceptó. Aquel arreglo, complicado por la circunstancia de que andaban tan cortos de dinero que en ocasiones tenían que empeñar sus cosas, no fue un éxito, y después de algunas semanas de recriminaciones se separaron. Dostoievski regresó a Rusia, donde encontró a su esposa casi moribunda. Tardó seis meses en morir. El viudo escribió a un amigo:
“Mi esposa, el ser que me adoraba y al que yo amaba más allá de toda medida, expiró en Moscú, en donde se había instalado un año antes de morir de tisis. Yo la seguí hasta allí y en aquel invierno jamás me separé de la cabecera de su lecho... Amigo mío, ella me quería sin medida y yo le devolvía el afecto en un grado que escapa a toda expresión. Sin embargo, nuestra vida de matrimonio no fue feliz. Algún día, cuando me encuentre contigo, te contaré toda la historia. Por el momento, déjame que te diga que, aparte de que nos sentíamos desgraciados cuando estábamos juntos, jamás perdimos nuestro mutuo amor. Por el contrario, nos habíamos unido mucho más debido a nuestra misma tristeza. Eso te parecerá extraño, pero es la pura verdad. Ella era la mejor y más noble mujer que he conocido Jamas...”
Exageraba algo su devoción. Durante aquel invierno fue dos veces a San Petersburgo con motivo de la nueva revista, cuya publicación había iniciado en unión de su hermano. Su tendencia ya no era liberal como lo había sido Tiempo, y fracasó. Miguel murió después de una breve enfermedad, dejando tras sí grandes deudas, y su hermano se sintió obligado a sostener a la viuda y a los hijos, así como a su amante y al hijo de ésta. Pidió prestados diez mil rublos a una tía rica, pero en 865 tuvo que declararse en bancarrota. Debía dieciséis mil rublos en pagarés y cinco mil bajo palabra. Sus acreedores estaban preocupados, y para escapar de ellos, pidió de nuevo prestado a la “Fundación para autores necesitados”, consiguiendo al propio tiempo un adelanto sobre una novela que tenía que entregar en determinada fecha.

Provisto de este modo, se dirigió a Wiesbaden para probar suerte de nuevo ante las mesas de juego y reunirse otra vez con Polina. Hizo a la joven una oferta de matrimonio. Pero no la aceptó. Era evidente que aunque ella lo hubiese querido alguna vez, no lo quería ya. Podía suponerse que si ella cedió fue porque era un autor conocido y como editor de una revista podía serle de alguna utilidad. Pero la revista había desaparecido. La apariencia de Dostoievski siempre había sido insignificante, y ahora tenía ya cuarenta y cinco años, estaba calvo y sufría epilepsia. Tengo la impresión de que nada exaspera tanto a una mujer como el deseo sexual de un hombre que físicamente le repele, y cuando, para decirlo de una vez, éste no toma esto como una respuesta, ella puede muy bien llegarlo a odiar. Así sucedió, según imagino, con Polina. El novelista atribuyó su cambio de sentimientos a una razón más halagadora para él. A su debido tiempo hablaré de ello y del efecto que en él produjo. Habían gastado el dinero y Dostoievski escribió a Turguenev, con el que se había peleado y a quien detestaba y despreciaba, pidiéndole dinero prestado. Turguenev le envió cincuenta táleros y con ese dinero Polina se fue a París. Durante un largo mes Fedor permaneció en Wiesbaden. Estaba enfermo y sin un centavo. Tenía que permanecer quieto en su habitación para no despertar un apetito que no tenía medios de satisfacer. Al fin llegó a un estado tal que escribió a Polina pidiéndole dinero. Al parecer, ella ya estaba ocupada en otro asunto y no se sabe qué le contestó. Obligado por el látigo de la necesidad y contra el tiempo, como él decía, empezó otro libro. Este fue Crimen y castigo. Al cabo, en contestación a una carta que había escrito a un viejo amigo de los días de Siberia, recibió el suficiente dinero para poder abandonar Wiesbaden y, mediante una segunda ayuda de su amigo, llegó por fin a San Petersburgo.
Mientras trabajaba aún en Crimen y castigo, recordó que tenía que entregar un libro en determinada fecha. Debido al inicuo contrato que había firmado, si no entregaba el libro a tiempo, el editor tenía derecho a quedarse con todo lo que escribiera durante los siguientes nueve años sin pagarle un centavo. La fecha estaba al caer. Dostoievski trabajaba como un demonio. Entonces una persona perspicaz le sugirió que empleara a una taquígrafa. Así lo hizo el novelista, y en veintiséis días escribió una obra titulada El jugador. La taquígrafa, que se llamaba Ana Grigorievna, tenía veinte años. Pero era honesta. Resultó muy eficiente, práctica, paciente y una devota admiradora suya, y a principios de 1867 Dostoievski se casó con ella. Su hijastro, la viuda de su hermano y los hijos de su hermano, imaginando que el escritor ya no los sostendría, como había venido ha- ciendo hasta entonces, rompieron desde el principio las hostilidades contra la pobre muchacha, actuando tan acremente y haciéndola tan desgraciada que Ana convenció a Fedor para que abandonara Rusia una vez más. De nuevo estaba agobiado por las deudas.
Al principio, Ana Grigorievna encontró difícil la vida al lado del celebrado autor. La epilepsia de éste se agravó. Era irritable, poco sensato y vano. Continuaba escribiéndose con Polina Suslova, cosa que no podía agradar a Ana. Pero como era una joven dotada de gran sensatez, se guardó para sí el disgusto que esto le producía. Fueron a Baden-Baden y aquí Dostoievski comenzó de nuevo a jugar. Como de costumbre perdió todo cuanto tenía y, como de costumbre, escribió a todo el que podía estar en condiciones de ayudarle con dinero, y cuando éste llegaba, se iba derecho a las mesas de juego para perderlo. Empeñaron todo lo que tenían de valor, fueron pasando de alojamiento en alojamiento, cada vez más baratos, y a veces no tenían nada que llevarse a la boca. Ana estaba embarazada. He aquí el extracto de una de las cartas de Dostoievski. Acababa de ganar cuatro mil francos:
“Ana Grigorievna me rogó que me contentara con los cuatro mil francos y dejase de inmediato el juego. Pero allí había una oportunidad tan fácil y capaz de remediarlo todo... ¿Y los ejemplos? Además de las ganancias personales de uno, cada día se ve a otros que ganan veinte mil y treinta mil francos, aunque bien es verdad que no se ve a los que pierden. ¿Y no hay tantos en el mundo? El dinero me es más necesario a mí que a los demás. Saqué más dinero que perdí. Empecé a perder mis últimos recursos, trastornándome hasta enfebrecer. Perdí. Empeñé mis trajes y Ana Grigorievna ha empeñado todo lo que tenía, hasta su última joya. ¡Qué ángel! ¡Cómo me consoló y cómo sufrió en aquel maldito Baden, dentro de las dos pequeñas habitaciones, encima de la herrería, donde tuvimos que buscar refugio! Al fin, todo se perdió. ¡Oh, esos viles alemanes! Todos ellos, sin excepción son unos usureros, truhanes y bribones. El propietario, sabiendo que no teníamos a dónde ir hasta que recibiésemos dinero, elevó los precios. Al fin pudimos escapar y dejar Baden.”
El niño nació en Ginebra. Dostoievski continuó jugando. Repetía amargamente que perdía el dinero con que tenía que proveer a su esposa y a su hijo de los cuidados que tanto precisaban. Pero corría a la casa de juego en cuanto tenía unos francos en el bolsillo. A los tres meses, con profunda aflicción por parte del padre, murió el niño. Ana estaba de nuevo embarazada. La pareja se encontraba en tal estado que Dostoievski tenía que pedir prestadas sumas de cinco o

diez francos a casuales conocidos a fin de poder comprar comida para él y su esposa.
Crimen y castigo fue un éxito de público e inmediatamente se puso a trabajar en otro libro. Este nuevo libro se tituló El idiota. Su editor se mostró de acuerdo en remitirle doscientos rublos cada mes. Pero su desgraciada debilidad seguía dominándole, y Dostoievski se veía obligado a pedir más y más anticipos. El idiota no gustó, y entonces empezó a escribir otra novela, El eterno marido, y otra, muy larga, titulada Los demvnios. Mientras tanto, de acuerdo con las circunstancias, que creo que serían peores cuando agotaron por completo su crédito, Dostoievski, su esposa y su hijo iban de sitio en sitio. Pero sentían nostalgia por la patria. Jamás habían disimulado que no les gustaba Europa. Al novelista no le había producido ninguna impresión la cultura y la distinción de París, la Gemütlichkeit, la música de Alemania, el esplendor de los Alpes, la sonriente pero enigmática belleza de los lagos suizos, el gracioso encanto de la Toscana y los tesoros de arte que distinguen a Florencia. La civilización occidental burguesa le pareció decadente y corrompida, y estaba convencido de que se encontraba próxima su desaparición. “Aquí me siento aburrido y menguado, escribió desde Milán, y estoy perdiendo el contacto con Rusia. Echo de menos el aire ruso y la gente rusa”. Sentía que nunca podría acabar Los demonios, a menos que volvieran a Rusia. Ana, por su parte, estaba deseando volver a su país. Pero carecían de dinero y el editor había anticipado ya todos los derechos que podía pagar por los distintos números de la novela. En su desesperación, Dostoievski recurrió a él de nuevo. Los dos primeros números habían aparecido ya y ante el temor de no poder seguir publicando la novela, envió dinero para los pasajes. Los Dostoievski regresaron al fin a San Petersburgo. Esto ocurría en 1871. El escritor tenía cincuenta años y le quedaban diez de vida.
Los demonios fue recibida con agrado y el ataque de los jóvenes radicales del día procuró al autor amigos en los círculos reaccionarios. Estos amigos pensaban que Dostoievski podría representar un apoyo en la lucha del gobierno contra las reformas y le ofrecieron el bien pagado puesto de director de un periódico titulado El ciudadano, que era sostenido oficialmente. Dostoievski permaneció al frente del periódico un año. Pero entonces presentó la dimisión porque surgió una diferencia con el editor. Ana había convencido a su marido para que le dejara publicar Los demonios. El experimento dio resultado, y a partir de entonces publicó ella los libros con tanto provecho que hasta el final de sus días se vio ya libre Dostoievski de estas preocupaciones.
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