Entrevista a Victor Guédez sobre el tema de su libro en






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fecha de publicación09.10.2016
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Ética, Política y Reconciliación

(Entrevista a Victor Guédez sobre el tema de su libro en  Venezuela De Primera,  2005)

Miguel Álvarez Pulgar


La ética no es algo que puede asociarse a un sistema político o a un modelo económico sino al desafío que “enfrenta la humanidad de darle, realmente, una dimensión más humana a las formas de convivencia”. Desde esta perspectiva, Víctor Guédez, especialista en el tema del capital social, propone un análisis de la realidad venezolana, bajo el título Etica, Política y Reconciliación.

El nombre del libro es realmente sugerente si se considera uno de los antecedentes de la hoja de vida de Víctor Guédez, quien fuera gerente de Planificación del Centro de Formación y Adiestramiento de Petróleos de Venezuela y sus filiales (Pdvsa). Si el desafío de esta generación no es cómo rehacer al país sino cómo evitar que Venezuela se siga deshaciendo, hay un tema en la agenda en el que, necesariamente, habrá que buscar arreglos y consensos.

Uno de los centros neurálgicos de la industria petrolera era Intevep, la plataforma tecnológica diseñada por Pdvsa para garantizar la competitividad en el manejo de las reservas de crudo pesado y extrapesado. Guédez fue una de las personas que defendió con más ahínco la existencia de ese centro de investigaciones. El colapso sobrevino, aunque una de las patentes desarrolladas en Intevep fue cedida a una empresa china como parte de un joint venture. ¿Lo anima entonces el resentimiento? “La mejor demostración de que he pasado esa página es el libro que acabo de escribir. Allí no hay una sola página en donde se denigre de nadie, no hay una sola línea, un solo nombre que pueda asociarse al odio. Mi apuesta es por la resurrección de una actitud, de una disposición ética de la sociedad venezolana”.

La perspectiva de la sociedad venezolana es similar a la de la víctima. ¿Quién inició todo esto? ¿Quiénes participaron? ¿Quiénes son los culpables?

–Esa es una de las realidades culturales de nuestra sociedad. Cuando se piensa de esa manera, lógicamente, eso se traduce en una especie de espíritu revanchista o de venganza. Lo que se busca es castigo, pero esto podría verse desde otro punto de vista. Uno podría preguntarse, ante una situación específica, ¿cuál es mi responsabilidad?, qué aprendí de esa situación? y ¿qué puedo hacer? Son situaciones distintas que, a su vez, generan actitudes y consecuencias totalmente distintas. Si esto se asume desde la primera opción, se podría concluir que uno no tiene por qué participar en la solución de los problemas y eso trunca cualquier actitud proactiva y constructiva.

Tiene algo de lógica.

–La lógica te lleva a derivar conclusiones de premisas, mientras que la ética te lleva a tomar decisiones a partir de principios. Si la actitud parte de una perspectiva ética, hay que admitir que uno no es responsable de todo lo que pasa, pero sí de todo lo que uno hace o deja de hacer ante lo que pasa. Lo que nos lleva, por principio, a confrontar mis acciones con mi conciencia en el marco de una realidad que yo debo transformar.

Esa perspectiva refiere al campo social y político. No se trata, entonces, de una mera decisión individual.

–Toda decisión ética nace individualmente, en primera persona y en gerundio: “soy yo, haciendo tal cosa y tomando tal decisión”, pero al mismo tiempo esa decisión se construye en el colectivo y en la relación con las otras personas. En consecuencia ahí entra el juego, la apuesta: ¿cómo puedo concertar con los demás para que apuntemos en la misma dirección? y, además, ¿en qué términos de corresponsabilidad, por ejemplo, le apostamos a la creación de una realidad, de un escenario, en el que vamos a vivir todos?

¿Cuáles son los grandes obstáculos que tiene la reconciliación en Venezuela?

–Primero, hay una realidad política en la cual los poderes del Estado están secuestrados por el gobierno y los poderes del gobierno están secuestrados por la voluntad hegemónica de una sola persona. Esa es una realidad bastante limitadora de cualquier decisión.

Pero no son las únicas.

–No. Desde el punto de vista social, por ejemplo, hay un deshilachamiento del capital social. Actualmente no se puede pensar en ninguna alternativa de desarrollo, de verdadera convivencia o progreso, entre otras cosas, porque hay un atentado contra los cinco principios del capital social: comprensión, confianza, capacidad asociativa, conducta ética y conducta ciudadana. Incluso hay razones estéticas: hay una ranchificación, una suciedad ambiental que te impacta el espíritu.

¿Las misiones son una alternativa a ese planteamiento?

–El problema de las misiones es que, precisamente, no tienen propósitos sociales sino políticos. Eso no permite que el resto de las instituciones que hay en la sociedad coadyuven o favorezcan que se alcance el tejido social que se busca. ¿Cómo puede una empresa, por ejemplo, favorecer una concertación con el gobierno para las misiones, si el sentido político que tienen puede salpicar a esa misma empresa? Eso impide que haya corresponsabilidad.

Pero quisiera referirme a las razones económicas. Aquí se ha establecido una especie de visión autodestructiva, porque lo lógico, dentro de un espíritu de globalización, sería que para distribuir tú produzcas, porque si se pretende lo contrario, es decir, distribuir sin producir, lo que vas a distribuir es pobreza.Y, por otra parte, si quieres producir tienes que trabajar, pero si no se generan valores sintonizados con el espíritu emprendedor, difícilmente se pueda trabajar. Las empresas, que son las que producen riqueza, están siendo golpeadas e intimidadas y el concepto de trabajo se está sustituyendo por la idea de la dádiva, de la menesterosidad.

El planteamiento del capitalismo ético, que refiere al concepto de capital social, sigue siendo capitalismo y lo que se busca aquí es el socialismo del siglo XXI.

–El gran dilema que está viviendo la sociedad contemporánea es que en su seno conviven dos modelos autodestructivos. Por una parte, una acepción trasnochada del socialismo, en la cual se pretende distribuir sin producir y producir sin trabajar y, por otra parte, una vía neoliberal, en la que se plantea un horizonte utópico, cuya imagen es la copa rebosante que se va a derramar, distribuyendo de ese modo la riqueza. Históricamente, esas dos racionalidades han fracasado. El Muro de Berlín fue derribado no por quienes estaban afuera sino por los de adentro. El socialismo conduce a la consigna que apareció en los baños de los países de la cortina de hierro: “ellos nos hacen creer que nos pagan y nosotros les hacemos creer que nosotros trabajamos”, pero el capitalismo también ha demostrado que es autodestructivo, porque a nosotros se nos vendió la idea de que en 2000 iba a haber una especie de economía del ocio y esa utopía fue reventada por el desempleo y el subempleo.

¿Cuál es la tercera vía?

–Lo primero que hay que aceptar es que los sistemas, en sí mismos, no son éticos o son éticos. No. La ética está en el ser humano, en la capacidad que yo tenga de darle, realmente, una dimensión más humana a las formas de convivencia. Saint Simon decía: “las piedras de la libertad están talladas, tú puedes construir con esas piedras o el templo o su tumba”. ¿Por qué tienes una Finlandia o una Noruega, países que han llegado a un índice de desarrollo social superlativo? Porque han tenido la capacidad de orientar sistemas socioeconómicos en una dirección más humana.

Usted plantea que hay antivalores culturales que impiden la tolerancia. ¿A qué se refiere?

–Aquí se está estimulando el resentimiento, la intimidación y la intolerancia. ¿Qué ocurre con la tolerancia? Eso nada tiene que ver con que yo acepte todo lo que el otro hace, porque eso sería, en un caso, estupidez, y en el otro, indiferencia. La tolerancia se mueve en puntos de tensión máxima, pero nunca en extremismos. Es lo que impone la concertación o incluso aceptar el punto de vista del otro. El intolerante no confronta su decisión con su conciencia, pero sí con su idea, con lo cual pierde toda posibilidad de actuar éticamente.

Pero gana algo muy sabroso, que es verse en esa idea materializada.

–Sí, claro. Pero el problema es que el sueño de uno no se puede convertir en la pesadilla de otro. Eso es lo que se está viendo y la pregunta que surge es: ¿por qué no podemos soñar todos juntos?

Si no se cierra la brecha de la intolerancia, se podrían plantear situaciones muy riesgosas para el país.

–Huntington decía que “el fuego del odio puede alcanzar un nivel tal, que no pueda extinguirse totalmente sino con el genocidio”. Tenemos evidencias históricas de que así es. Lo que quiere decir que hay que hacer el esfuerzo por ponerle un parado a esto. No se puede permitir que el fuego de la intolerancia y la polarización se convierta en algo irreversible, que alcance, además, a otras generaciones. En este momento nos están imponiendo un país, te obligan a vivir en estrecheces y en extremos, te obligan a polarizar y resulta que no es ahí, precisamente, donde está la posibilidad de la convivencia. La diferencia no es lo malo, lo malo es imponer por la fuerza una supuesta igualdad que no existe sino en enfoques demagógicos.

¿Ese es el plan político del gobierno?

–No. En este momento el mecanismo fundamental del Presidente es preservarse y mantenerse en el gobierno. Por eso las misiones no se orientan a resolver el problema de la gente sino a mantener una realidad electoral y política que garantice la prosecución. Aquí no se apunta a que el pobre deje de ser pobre, sino a que sea un poquito menos pobre, para que en ese caldo de cultivo un gobernante pueda preservarse en el poder. Son dos realidades muy distintas.

Para que la sociedad pueda establecer cuáles son esas dos realidades hace falta la oferta de opciones políticas, que no existen en este momento.

–Estoy de acuerdo, totalmente. Hay que tratar de romper ese círculo vicioso de dos enfoques que generan su propia autodestrucción. Tenemos que ver hacia modelos distintos, que han tenido éxito, y que le han dado una connotación, fundamentalmente social, a cualquier alternativa. Es el planteamiento que ha hecho Amartya Sen y Joseph Stiglitz, entre otros intelectuales.

Usted señala que la reconciliación será muy difícil con aquellos que se han “acomodado” a la intimidación y a la estrechez de las libertades públicas.

–El tema de la reconciliación hay que planteárselo con gente que es fanática, con gente que es ingenua y con gente que es resentida y, finalmente, con gente que es acomodada. Esos matices son importantes. Cuando las condiciones de una determinada realidad, por ejemplo, vayan demostrándole a un fanático que esa no era la vía, él irá matizando su posición y en consecuencia habrá un punto en el cual la concertación sea posible. Algo similar podría decirse del ingenuo o el resentido. Pero el acomodado es aquel que vendió sus principios por una comodidad y así como lo hizo en una ocasión lo hará en otra. Esa es la gente menos confiable.

Cuando usted habla de acomodados me viene a la mente la fila de gente, muy connotada de la sociedad venezolana, que ha ido a Miraflores justamente para “acomodarse” con el gobierno de Chávez.

–Uno no puede juzgar cuál es la intención de cada una de las personas que ha ido a Miraflores. La ética no es para juzgar a los demás, ni para descalificar a los demás. No estoy metido en la conciencia de cada uno de ellos. Hay gente que ha ido no para acomodarse sino para establecer un margen de sobrevivencia de una empresa, de una iniciativa, de una institución, y están probando moverse en los extremos para apostar a la prolongación de la vida del país. Uno podría decir, parafraseando a Camus, que en Venezuela las generaciones se han movido alrededor de la idea de cómo rehacer al país, pero la nuestra tiene una responsabilidad muy grave que sería cómo evitar que se siga deshaciendo Venezuela.








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