La etapa fundacional del campo de Comunicación/Educación: la cultura y lo educativo en el discurso desarrollista






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La etapa fundacional del campo de Comunicación/Educación: la cultura y lo educativo en el discurso desarrollista

Por Jorge Huergo
El concepto de desarrollo, y su correlativo: subdesarrollo, proviene de la economía, aunque también está relacionado con la antigua -pero moderna- idea de «progreso indefinido» (proveniente de Emmanuel Kant), pero ahora reformulada en términos estrictamente económicos. El supuesto general es que los países económicamente avanzados o desarrollados tienen un nivel de prosperidad y un nivel de vida para la masa del pueblo superiores a los de los otros (los subdesarrollados). De allí que esta construcción narrativa pueda sugerir la traducción con el par conceptual «superior/inferior», considerados estos términos estrictamente desde el punto de vista económico, pero también «tradición/modernización», desde el punto de vista cultural y político. Para Daniel Lerner, especialista en guerra psicológica del Massachusetts Institute of Technology (MIT), es posible establecer una tipología social de las actitudes respecto del desarrollo como proceso de transición de un Estado «tradicional» a un Estado de «modernización»; proceso que tiene su modelo en Occidente, donde la empathy (movilidad psicológica propia de la personalidad moderna) ha permitido -a juicio del autor- el quiebre del fatalismo y la pasividad, propias de una sociedad tradicional (cfr. Lerner, 1958). Esta teoría de la modernización va a ser operacionalizada, durante los cincuenta y los sesenta, a través de múltiples investigaciones (por lo general en la línea sociológica funcionalista). Todas ellas vislumbran un pasaje lineal de una sociedad traidicional (depositaria de la excrecencia cultural y política y de todos los obstáculos para la humanización) a una modernizada.

Pero para lograr este pasaje, además, las sociedades deben superar diversos estadios. Las ideas acerca de la vinculación entre el desarrollo y la planificación para alcanzar los beneficios de una sociedad modernizada, en muchos casos asumieron la «teoría de los cinco estadios del desarrollo económico-social productivo» formulada por Walter W. Rostow, economista, también del MIT y especialista en seguridad nacional en la Casa Blanca (cfr. Gozzer, 1969: 33-ss.). Precisamente, el cuarto y el quinto estadios (luego de superados los estadios tradicional, de transición y de despegue) permiten visualizar la utopía desarrollista, como culminación de la expansión capitalista.

«El cuarto estadio es el del desarrollo: una fase luminosa de intensa expansión económica, con un desarrollo cada vez mayor de la industria, del producto estandarizado y de los consumos en masa (...). El quinto estadio es el de la madurez, de los equilibrios logrados, de los grandes consumos en masa, de la tendencia a la distensión y a la seguridad social, así como a la expansión masiva de los consumos» (Gozzer, 1969: 35-36).

6.1. LA DIFUSIÓN DE INNOVACIONES Y LA MODERNIZACIÓN

En la movilización anunciada con entusiasmo, los medios de comunicación se convierten en uno de los principales agentes de modernización y desarrollo, ya que diseminan en todas las latitudes las actitudes, las prácticas, los productos, los consumos, las relaciones, propias de la modernidad. De modo que la visualización material del progreso alcanzado por las sociedades modernizadas se logra a través de esas imágenes que Occidente multiplica por el mundo, y a través del cada vez mayor y más sofisticado equipamiento de aparatos tecnológicos (que deben estar al alcance de todos). Esto llevará a que, durante la década del ‘60 y también los ‘70, el Departamento de Estado de los EE.UU. intensifique los programas sectoriales de difusión de las innovaciones, particularmente en Latinoamérica y Asia y especialmente en el ámbito educativo (cfr. Mattelart, A. y M., 1997: 36). En 1962, Everett Rogers, de la Universidad de Stanford, se convierte en líder de este proyecto difusionista (cfr. Rogers, 1962) y de las «estrategias de acción» a seguir en la sucesión de estadios, en el que se evidencian los propósitos económicos del mismo, ya que el desarrollo-modernización es

«un tipo de cambio social en el que se introducen nuevas ideas en un sistema social con el objeto de producir un aumento de las rentas per cápita y de los niveles de vida a través de métodos de producción más modernos y de una organización social perfeccionada» (Rogers, 1962).

La difusión de innovaciones consistía, entonces, en transmitir los datos de la modernización a la vez que persuadir a los receptores/usuarios de los beneficios de esos datos. Esto implica la univocidad de la concepción de desarrollo, ya que éste significa una modernización automática por la vía de la adopción y uso de innovaciones, en especial tecnológicas. Con lo que las «estrategias» difusionistas, por lo general, se han confundido con las estrategias de marketing. Rogers presentó, además, una perspectiva evolucionista en el logro de la modernización, complementada por un modelo cuatitativo de análisis de la situación de cada país: las situaciones problemáticas eran reemplazadas por índices, que componían un ranking, que a su vez representaban estadios en el desarrollo; particular idea de la modernización, que fue adoptada entusiastamente por la UNESCO (Mattelart, 1993: 180). Debe hacerse notable, sin embargo, que esta es la noción más dura del difusionismo desarrollista, la idea fundacional, por así decirlo, que va a producirse contemporáneamente con la Alianza para el Progreso, programa de 1961 que proporcionó un marco de acción para el proyecto de modernización o «despegue» de las economías latinoamericanas. La Alianza para el Progreso fue pregonada como «revolución en libertad» (frente a la amenaza castrista posterior a la Revolución Cubana) y tuvo tres áreas de aplicación: la planificación familiar, la tecnificación y modernización del campo y las nuevas tecnologías en educación.

La equivalencia entre modernización y desarrollo, planteada por D. Lerner, se divulgó rápidamente. Un organismo internacional, la UNESCO, fue uno de los encargados de difundir esta homologación, a partir de 1962. La equivalencia, además, se veía reforzada por las investigaciones sociológicas funcionalistas, especialmente las de Wilbur Schramm e Ithiel de Sola Pool (1). Pero, además, estaba avalada por las transformaciones producidas en las culturas (especialmente occidentales) a partir de la mediatización de las sociedades, un proceso que si bien se inicia en las primeras décadas del siglo XX (2), tiene su expresión masiva hacia fines de los cincuenta y los sesenta con la expansión de la televisión en los países subdesarrollados.

Cabe destacar que, paralelamente, los sistemas educativos entran en una crisis y los índices de analfabetismo crecen en América Latina. Sería imposible el progreso y la modernización de las sociedades latinoamericanas, si cuantitativamente no cubre los stándares necesarios para comenzar el proceso lineal y escalonado de desarrollo. Entretanto, los medios y nuevas tecnologías en esa región son utilizados de acuerdo con la lógica del entretenimiento. Sin embargo, el difusionismo como megaestrategia llevó a imaginar el papel que los medios podrían jugar en el desarrollo de las sociedades latinoamericanas. Se procuró ver cómo alfabetizar más rápido, a más gente y más eficazmente.

En conexión con las perspectivas de modernización desarrollistas, fue adquiriendo reconocimiento e impactando en diversas disciplinas sociales el denominado «enfoque sistémico», que comprende además una conceptualización acerca de la sociedad (cfr. Buckley, 1982; Bunge, 1988) (3). Su legitimidad se debió principalmente al éxito en ámbitos de intervención profesional (como la psicología, la educación, la economía o el trabajo social) en cuanto al logro de situaciones de adaptación, equilibrio y productividad social. Con su desarrollo, al enfoque sistémico no le interesó tanto la «homeostasis» (propia de los sistemas cerrados) por la que la sociedad genera su propio equilibrio, sino la «morfogénesis» (propia de los sistemas abiertos) (4) por la que la sociedad genera el cambio o modificación de sus estructuras, frente a los conflictos, para no perder «viabilidad» (5). Desde el punto de vista comunicacional, el sistema es una red compleja de relaciones que implican intercambio de información e interdependencia entre las partes; de allí que un sistema procesal dinámico se enriquece con el cambio, que implica interacción y retroalimentación. Así, se considera que el cambio está antes y alimenta permanentemente la estructura, y que el sistema se elabora a sí mismo y se beneficia con las perturbaciones, variedades y tensiones. Se habla, entonces, de «morfostasis» para designar los intercambios entre sistema y ambiente (cfr. Buckley, 1982). Nos encontramos aquí con impactos del modelo de la cibernética.

Investigadores muy reconocidos, como I. de Sola Pool (1964) -luego de David Easton-, descubrieron el modelo sistémico y lo aplicaron en sus estudios sobre el proceso de toma de decisiones políticas (Mattelart, A. y M., 1997, 44-46). Inicialmente, el enfoque sistémico sirvió para atender cuestiones como la seguridad y la gobernabilidad mundial y para elaborar estrategias de acción frente a las organizaciones insurrecionales del Tercer Mundo. Este propósito, sin dudas, quedará como carga en el sentido del enfoque sistémico, aunque adquiera formas más suaves y livianas en diferentes «estrategias de intervención». En lo comunicacional, Melvin de Fleur, en 1966, elabora un modelo más complejo que el de Shannon y Weaver que resalta la función del feed-back o «retroalimentación» en la circulación de informaciones.

El concepto de desarrollo trajo consigo un imaginario acerca de la posibilidad de acceso a situaciones de progreso y modernización por parte de sociedades aún subdesarrolladas. El acceso a la utopía del desarrollo parecía ser la planificación de las actividades de esa sociedad, de modo de lograr el bienestar, la prosperidad y los mejores niveles de vida para todos. La planificación para la modernización, en cuanto estrategia de desarrollo, arrastra la idea de un proceso establecido, lineal y escalonado, tal como lo presentó E. Rogers (1962). La difusión de innovaciones y la persuasión de las masas fueron dos de las claves de la planificación rural y familiar, que luego pasaron a otros sectores de la vida social subdesarrollada. Los tres supuestos de la planificación para el desarrollo (Mattelart, 1993: 188) fueron: que la comunicación engendra por sí misma el desarrollo; que el crecimiento de la producción y el consumo constituye la esencia del desarrollo y desmboca en un justo reparto de la renta y las oportunidades, y que la clave del aumento del aumento de la productividad es la innovación. La base «epistemológica» es posible hallarla en la sociología de la comunicación, que se puso al servicio de la guerra psicológica durante la Segunda Guerra Mundial y en el período de posguerra (Mattelart, 1993: 109). Las «estrategias» siempre tuvieron ese sentido y ese alcance profesional y científico; como lo expresa el fundador del Institute for Communication Research, de la Universidad de Stanford, W. Schramm:

«El mundo está en una situación tal que la auto-preservación exige la más intensa de las presiones en materia de guerra psicológica, la cual sólo puede ser ejercida por un extenso cuerpo de profesionales adiestrados al frente de inmensos recursos» (Schramm, 1956).

Enorme tarea científico-profesional y enorme negocio, el de profesionalizar la guerra psicológica. Una guerra (como lo fue desde von Clausewitz) que anuda estrategias con información y ocupación del territorio con cambios de conductas. La preocupación norteamericana terminó siendo el comportamiento insurgente en el Tercer Mundo; la resolución del problema era de suma importancia estratégica. De allí que, por ejemplo en I. de Sola Pool, la principal estrategia contrainsurgente debía contemplar un profundo estudio del cambio social y del control social en los países subdesarrollados. Fue, vale recordarlo, el mismo Sola Pool quien elaboró un modelo contra-guerrilla en 1960, durante el gobierno de John Kennedy (Mattelart, 1993: 135).

Con el tiempo y sus éxitos relativos, el desarrollismo atemperó muchas de sus posiciones, en especial aquellas que revelaban sus propósitos de imposición cultural bajo la denominación de «modernización» y lo evidenciaban como un gigantesco proyecto de neocolonización fruto de nuevos mecanismos de concentración económica y de poder. Las concepciones cuantitativas del desarrollo, así como sus estrategias comunicacionales habían conseguido desequilibrar aún más las estructuras sociales periféricas. A partir de 1981, el mismo E. Rogers se desplaza hacia una noción contextualizada, donde cobra importancia la noción de «red de comunicación», en la que los individuos convergen o se conectan unos con otros mediante flujos (Mattelart, A. y M., 1997: 108-109). Aparece aquí la necesidad de considerar los aspectos étnicos del proceso de comunicación, así como los métodos plurales que se relacionan con diferentes contextos. Con lo que Rogers viene a contribuir a la formación de la noción neoliberal de comunicación (desplazamiento «liviano» del difusionismo desarrollista): una comunicación pluralista que, de todos modos, soslaya la cuestión de las desigualdades socioeconómicas y del poder (6). El mismo E. Rogers redefine al desarrollo como

«un amplio proceso de participación en el cambio social de toda una sociedad, que intenta hacer progresar social y materialmente a la mayoría del pueblo, haciéndole alcanzar un mayor control sobre su entorno; y todo ello dentro de una mayor igualdad, una mayor libertad y otro valor cualitativo» (Rogers, 1976).

La concepción, por cierto, es mucho más ambigua y abstracta, pero por su insistencia en la participación, permite alentar otro tipo de estrategias para el desarrollo que enseguida imprimirán un nuevo sentido a la planificación: la «planificación participativa», otra noción clave y ambigua que no habla más que de nuevos mecanismos de control social, digamos, consensuado. De allí surgen innumerables estrategias participativas que se articulan con un neodisciplinamiento social, más tolerable y liviano, menos evidente, desdramatizado (según la expresión de Lipovetsky) (7); pero que conviven a veces en los mismos sectores de la vida social con modalidades de acción participativa ligadas, en cambio, con los marcos de educación y comunicación popular. Además, en la nueva concepción de desarrollo se trataba de movilizar los recursos locales y rehabilitar las culturas diferentes, capaces de definir sus propias vías de desarrollo. El «pasaje del paradigma dominante», centralizador y concentrador, hacia formas descentralizadas de desarrollo, atendiendo a las particularidades de las culturas y las sociedades locales, no será más que una nueva forma de postergación de procesos y movimientos de transformación estructural y de democratización radical (8).

6.2. COMUNICACIÓN Y EDUCACIÓN EN EL CLIMA DESARROLLISTA

Con relación al proceso cultural desencadenado por el clima contemporáneo al desarrollismo, se fue haciendo cada vez más potente la percepción de un paralelismo entre la escuela y los medios, e incluso un desplazamiento de la escuela por los medios en la formación de sujetos y de conciencia. En nuestras últimas décadas, algunos autores sostienen que los medios son una escuela paralela (MacBride UNESCO, 1980; Roncagliolo y Janus, 1984). Se percibe que la educación ha dejado de ser un asunto exclusivamente pedagógico: la escuela y los medios juegan un papel en la percepción del mundo, la adquisición de valores y los procesos de socialización, de manera paralela. Sería posible diferenciar el «saber» que paralelamente ofrecen la escuela y los medios; la primera ofrece un saber formalizado, jerarquizado, organizado, mientras que los medios ofrecen un saber centrado en el entretenimiento, que despierta en los jóvenes mayor entusiasmo e interés. El tipo de organización de los contenidos en los medios es fragmentada y atomizada, en cambio, en la escuela, la forma de organizar los contenidos es lineal y total (cfr. Quiroz, 1993) (9). Por otro lado, se da inicio a un debate acerca del desplazamiento de la escuela por situaciones «no escolarizadas» en cuanto a la efectividad educativa. Los medios actuarían como las principales instituciones ideológicas que cohesionan culturalmente las necesidades de existencia, reproducción y transformación del capital. Como «aparato ideológico», la escuela parece definitivamente desplazada por los medios (10).
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