Decrecimiento y cooperación internacional






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Decrecimiento y cooperación internacional

Giorgio Mosangini

Col·lectiu d´Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament
“Un hombre sabio dijo una vez que es pecado todo lo que es innecesario.

Si es así, nuestra entera civilización, de principio a fin,
está erigida sobre el pecado.”

Andrei Tarkovsky – Sacrificio

Ya arraigadas en países como Francia o Italia, las propuestas del decrecimiento aún son poco conocidas entre los movimientos sociales catalanes y españoles. Tampoco han influido todavía en las reflexiones en el ámbito de la cooperación internacional. El artículo intenta presentar una introducción al decrecimiento así como aportar algunas reflexiones acerca de cómo puede afectar a las relaciones Norte-Sur y a la cooperación internacional.

Para ello, una primera parte presenta una descripción aproximada de lo que es el decrecimiento. Aborda las aportaciones del economista Georgescu-Roegen, el principal antecedente teórico del decrecimiento; describe las principales características actuales del decrecimiento, tanto como corriente de pensamiento, cuanto como movimiento social; y recoge algunas de sus propuestas más significativas.

En cuanto a la segunda parte del artículo, aplica las principales conclusiones del decrecimiento a las relaciones Norte-Sur y a la cooperación internacional. Así, se analiza el papel de los países del Norte y de las élites del Sur como principales responsables del sostenimiento de un modelo de crecimiento y consumo que desborda las capacidades de carga del planeta, condenándonos a su degradación progresiva. Mientras, la mayoría de la población de los países del Sur es la principal afectada por el agotamiento irreversible de materia y energía provocado por el crecimiento y se convierte en acreedora de una deuda de crecimiento generada por los países del Norte.

  En este sentido, el decrecimiento nos llevaría a cambiar la manera de conceptualizar la cooperación, pasando de entenderla como un mecanismo de transferencia de recursos y asistencia técnica de Norte a Sur, a concebirla como la colaboración para la puesta en práctica del decrecimiento en el Norte así como de los mecanismos de compensación y devolución de la deuda de crecimiento.

1. ¿Qué es el decrecimiento?

1.1. Nicholas Georgescu-Roegen

El decrecimiento, es decir, la necesidad de salir del modelo económico actual y romper con la lógica de crecimiento continuo, se impone progresivamente como una solución ante la crisis ecológica y social que enfrenta la humanidad. Lo asumen como lema sectores cada día más amplios, tanto en el ámbito teórico como entre los movimientos sociales, que impulsan el cambio y la ruptura con el modelo económico dominante que rige nuestras vidas.

¿Pero de dónde viene el decrecimiento? La noción surge fundamentalmente del trabajo teórico de Nicholas Georgescu-Roegen, uno de los economistas más importantes e influyentes del siglo XX. De origen rumano, ha sido profesor de economía en EEUU gran parte de su vida. Su obra, escrita esencialmente en las décadas de los 60 y 70 en lo que se refiere a los temas que dan origen al decrecimiento, constituye una crítica radical a la economía ortodoxa así como una tentativa de renovar y trascender la disciplina mediante la formulación de una teoría económica alternativa: la bioeconomía.

El legado de Georgescu-Roegen es amplio y de una profunda solidez y complejidad teóricas. Sus conclusiones nos permiten defender la urgencia impostergable de desmontar nuestro modelo de crecimiento y desarrollo. Más allá del tema que ocupa el presente artículo, sus análisis revelan el carácter obsoleto de la ciencia económica. [1]

La bioeconomía no sólo surge al trascender las limitaciones y errores de la economía neoclásica, sino también del intento de articular a la economía con el resto de las ciencias naturales y sociales, incorporando los avances epistemológicos fundamentales surgidos en el seno de otras disciplinas. Es este sentido, Georgescu-Roegen echa mano sustancialmente de la física (concretamente de la termodinámica), por un lado, y de la biología, por otro.

El análisis de la física es fundamental en la crítica de Georgecu-Roegen a la economía. De hecho, sus aportes se sustentan sobre todo en el paradigma de la termodinámica. La complejidad del análisis es importante y lo que nos interesa aquí es solamente presentar de manera esquemática sus principales aportes y conclusiones. El autor fundamenta su análisis sobre todo en la segunda ley de la termodinámica: “la entropía de cualquier sistema cerrado aumenta con el tiempo de manera irrevocable e irreversible” [2] . El considerar que la segunda ley de la termodinámica es un caso único en las ciencias naturales ya que su origen no es físico sino antropomórfico, nos ayuda a entender de manera más sencilla su segunda ley traduciéndola desde la perspectiva de las necesidades humanas. La energía existe bajo dos formas cualitativas: energía disponible para la humanidad, que puede utilizar para sus exigencias (energía con alto nivel diferencial) y energía no disponible, aquella que la humanidad no puede utilizar de ninguna manera (energía caóticamente disipada). La segunda ley de la termodinámica, o ley de entropía, implica que la energía se degrada constante e irrevocablemente hacia un estado no disponible. [3] Así, lo que aumenta irremediablemente, la entropía, se entiende como la cantidad de energía no disponible existente.

Pero Georgescu-Roegen va un paso más allá. Observa que la termodinámica estudia solamente la energía, descuidando la materia, aunque ésta constituya el soporte de toda conversión energética. El autor amplía el campo de análisis y las conclusiones de la termodinámica enseñándonos que la materia también está sujeta a una degradación irrevocable. Así, formula una cuarta ley de la termodinámica: la materia disponible se degrada sin interrupción e irreversiblemente en materia no disponible. [4]

Este punto es de particular importancia para la humanidad, ya que la tierra constituye un sistema cerrado justamente desde la perspectiva de la materia: el planeta solamente intercambia energía con su ambiente (luz solar) mientras constituye un sistema cerrado en cuanto a materia.

Lo que nos interesa aquí es dejar claro el escenario que dejan para la especie humana las conclusiones de Georgescu-Roegen: la humanidad, al igual que cualquier otra forma de vida, se enfrenta a una dependencia absoluta de energía y materia que se degradan irrevocablemente.

Ante este horizonte, el único factor que permanece incierto es el factor tiempo. Sabemos que la materia y la energía se degradan pero no sabemos cuándo. En este sentido, este elemento constituye otro rasgo característico de la segunda ley de la termodinámica: no sólo es la única ley antropomórfica de las ciencias naturales, sino también la única que no está ligada al tiempo cronológico. El cuándo depende de nosotros. Los organismos vivos aceleran la degradación entrópica y nuestro modelo de crecimiento es el campeón indiscutible en este proceso, constituye el camino más corto para llegar al agotamiento completo de los recursos del planeta. La segunda ley nos deja solamente una opción: reducir drásticamente nuestro consumo de energía y materia hasta respetar los límites de la biosfera.

Merece la pena aquí mencionar brevemente el análisis de Georgescu-Roegen acerca del reciclaje, instrumento que se impone en el imaginario colectivo como la solución para superar la escasez de recursos. Sus reflexiones sobre la materia desde la termodinámica permiten desvelar que “no existe un reciclaje gratuito, así como tampoco existe una industria sin residuos.” (Georgescu-Roegen 2003a: 89, traducción propia). En un sistema cerrado como la tierra, la materia utilizable disminuye constantemente. Reciclar de forma completa en este contexto es imposible. Sólo se puede reciclar materia aún disponible existente en forma que no nos es útil (papel usado, cristales rotos, piezas industriales en desuso, etc.). En cambio, no podemos reciclar la materia disipada que se ha perdido irremediablemente. Además, no hay que olvidar que el proceso de reciclaje en sí contribuye a disipar materia añadida. En resumen, a la luz de la ley de entropía, el coste de cualquier actividad es siempre mayor que el producto y toda actividad económica tiene como resultado irremediable un déficit. El reciclaje no escapa a esta situación: cualquier proceso de reciclaje provee menos materia que la que contienen los residuos y provoca en sí mismo nueva contaminación. [5]

Otro factor que goza de una popularidad especial al enfrentar la escasez es la tecnología. El progreso tecnológico nos permitirá producir lo mismo gracias a cada vez menos materia y energía. Nos permitirá en definitiva trascender los límites físicos de la biosfera. La tecnología adquiere así en el discurso científico y político un carácter verdaderamente mágico siendo muy atractiva y eficaz para enfrentar los miedos ante el futuro. Tal como el mago esposado consigue salirse de una caja herméticamente cerrada llena de agua antes de ahogarse, la tecnología sería capaz de “escapar” a la segunda ley de la termodinámica. Desgraciadamente, la termodinámica y Georgescu-Roegen rompen la ilusión y nos enseñan que la máquina perfecta no existe, que la tecnología siempre incrementa la entropía, degradando cada vez mayores cantidades de materia y energía. Lo único que aporta el progreso tecnológico es una mayor eficiencia, pero es incapaz de desviarnos del camino irrevocable hacia el desgaste de los recursos.

Georgescu-Roegen sitúa así a la escasez en el centro de la economía. “La raíz de la escasez económica y, por consiguiente, también del valor económico, se encuentra en la degradación entrópica de la energía y de la materia a granel.” (Georgescu-Roegen 1997: 243). Nuestra sociedad y modelo económico se sustentan en el desgaste de energía y materia finitas e irrecuperables.

La termodinámica permite al autor ilustrar la verdadera naturaleza de la actividad económica. Si no podemos crear ni destruir energía, ¿qué hace el proceso económico? ¿Cómo podemos “producir” algo material si nos es imposible crear materia o energía? Es evidente que a la salida del proceso económico sólo puede haber una diferencia de carácter cualitativo. Georgescu-Roegen nos enseña que, en última instancia, lo que entra en el proceso económico son recursos naturales preciosos y lo que sale residuos sin valor, “lo que el proceso económico hace es transformar materia valiosa y energía en residuos” (Georgescu-Roegen 1975: 98).

En definitiva, la termodinámica ilustra la insostenibilidad ecológica de la economía neoclásica y de nuestro modelo de desarrollo, así como el carácter ilusorio de un crecimiento ilimitado.

Tal y como hemos mencionado anteriormente, la otra disciplina en la que se sustenta Georgescu-Roegen para desmontar la economía neoclásica es la biología. El propósito del autor es reubicar el proceso económico en la dinámica general de la evolución de la especie. La principal enseñanza en ese ámbito es relativa al carácter irreversible de la evolución.

El paradigma mecanicista y la teoría económica ortodoxa están fundamentados en la completa reversibilidad de sus procesos de un estado de equilibrio a otro. Así, de acuerdo a las teorías económicas, las cosas pueden volver a ser lo que eran: oferta y demanda, por ejemplo, se ajustan hasta volver al equilibrio. La economía concibe el proceso económico como un flujo circular en un sistema cerrado y autosuficiente.

La incorporación del paradigma evolutivo de la biología en la economía, permite a Georgescu-Roegen ilustrar cómo la evolución económica, al igual que la evolución biológica, es irreversible, a diferencia de lo que plantean los modelos de la teoría económica.

Aunque para el autor no se trata sólo de incorporar las lecciones de la disciplina, sino que concibe el proceso económico como una superación evolutiva de la biología, una extensión del proceso biológico que caracteriza a la especie humana y sustenta su existencia.

Para desarrollar sus ideas, sigue el análisis del biólogo Alfred Lotka y distingue entre órganos endosomáticos (los órganos biológicos que la especie humana posee desde el nacimiento) y órganos exosomáticos (órganos separados del cuerpo, que no forman parte de la herencia genética, sino que el hombre produce para utilizarlos). La singularidad de la especie humana radicaría según Georgescu-Roegen en la capacidad de trascender la evolución endosomática y emprender el camino de la evolución exosomática.

Sin embargo, esta evolución enfrenta a la especie humana a dos dificultades mayores. La primera dificultad es la dependencia del ser humano de los órganos exosomáticos que produce. Esta dependencia se convierte en un grave problema a partir del momento en que se agotan la energía y la materia necesarias para producirlos. En este sentido, hemos pasado de depender del flujo de radiación solar como el resto de las especies, a depender de un stock finito de recursos presentes en la corteza terrestre. “El problema es que el stock de energía y materia terrestre accesible es necesariamente finito. Por otro lado, la termodinámica (…) nos enseña que la materia-energía disponible se degrada continuamente y de manera irreversible en “residuos”, una forma de materia-energía inútil desde el punto de vista de los usos humanos. (…) La actividad industrial en la que está empleada gran parte de la humanidad acelera cada vez más el agotamiento de los recursos terrestres, hasta llegar inevitablemente a la crisis. Antes o después, el “crecimiento”, la gran obsesión de los economistas estándar y marxistas, tiene que acabar. La única pregunta abierta es “cuándo”.” (Georgescu-Roegen 2003b: 116-117; traducción propia).

La segunda dificultad que genera la evolución exosomática para la humanidad es el conflicto social. Para Georgescu-Roegen el exosomatismo está en el origen del proceso económico. “Como los órganos exosomáticos ofrecen ventajas únicas a sus usuarios y también son separables, empezaron a intercambiarse y a producirse para el comercio. La producción para el comercio desembocó finalmente en grandes organizaciones sociales.” (Georgescu-Roegen 1997: 248). La producción social jerarquizada de los órganos exosomáticos produce la división entre trabajo productivo e improductivo, entre gobernados y gobernantes. La desigualdad en la distribución de la producción genera el conflicto social que caracteriza a nuestras sociedades.

En definitiva, el paradigma evolutivo de la biología permite ilustrar no sólo la insostenibilidad ecológica de la economía, sino también su insostenibilidad social.

En este sentido, el objetivo último de Georgescu-Roegen al desarrollar la bioeconomía es formular una ciencia económica ecológica y socialmente sostenible. Una ciencia que ponga el proceso económico en el sitio que siempre tendría que haber sido el suyo, entendiéndolo como un subsistema de la biosfera, respetuoso de las leyes y límites físicos de esta última.

El cambio del rumbo marcado por la economía se vuelve dramáticamente urgente ya que la sociedad industrial ha convertido a la especie humana en dependiente del consumo de recursos escasos que se van agotando irrevocablemente. Si el agotamiento de los recursos es inevitable, su ritmo depende del ritmo de consumo de la humanidad. Cuanto más desarrollo económico y crecimiento, más rápido el agotamiento. Esta situación no afecta sólo a nuestro modelo industrial, sino también nuestro sistema agrícola. Así, la agricultura mecanizada y agroquímica moderna han significado pasar de un sistema de producción de alimentos tradicional dependiente de las radiaciones solares (un flujo de energía virtualmente infinito a escala humana) a un sistema basado en la explotación de un stock de recursos finitos. Al sustituir la tracción animal por tractores, el abono natural por agroquímicos y fertilizantes, el autoconsumo y los mercados locales por sistemas de transporte internacionales de alimentos, etc., nuestro modelo de producción alimentaria ha pasado a depender del petróleo en todos sus componentes, y no puede mantenerse de ninguna manera mediante el flujo solar. Además, Georgescu-Roegen apunta a un riesgo de no retorno en esta evolución: ¿qué pasará si las especies animales y vegetales ligadas al método tradicional desaparecen? Si cuando acabe el petróleo no tenemos semillas o animales adaptados al sistema tradicional sostenible puede que no haya vuelta atrás. En última instancia, para Georgescu-Roegen la población mundial tendría que ajustarse a las posibilidades de alimentación proporcionadas por la agricultura orgánica.

Cuando se acabe el “stock terrestre de baja entropía” (en particular modo el petróleo) la fase industrial de la especie humana habrá terminado. Lo que pase después es un enigma. Ante la amenaza para la supervivencia, no parece probable una vuelta al pasado, a una nueva era de la madera o a un estado de cazadores/recolectores. Recordemos que los procesos evolutivos son irreversibles. Probablemente el flujo solar sea la energía del futuro, pero no para mantener el modelo de producción agrícola e industrial que conocemos hoy: “El sol es la verdadera fuente de energía del futuro, pero no para las formas de uso a las que están acostumbradas las sociedades industriales, no para la cantidad de energía que las sociedades industriales piden para que avancen sus automóviles, para que funcionen las neveras y las lavadoras, para que vuelen aviones supersónicos y para construir rascacielos. (…) Las reglas de la bioeconomía explican que es necesario hacer cuentas con los grandes procesos fotosintéticos, con las materias forestales y agrícolas que la naturaleza “fabrica” continuamente y que tienen que ser recogidos a una velocidad conforme a aquella mediante la cual son puestos a disposición por los ciclos biológicos naturales. En muchas páginas Georgescu-Roegen revela su conocimiento y atención hacia una economía sustentada en los ciclos de la agricultura y de los bosques, descentralizada y difusa en el territorio, en la que los flujos de bienes materiales humanos – en entrada y a la salida como residuos – intentan acordarse con los grandes ciclos biológicos.” (Nebbia 1998: 16; traducción propia).

En conclusión, nunca debemos perder de vista que toda actividad económica comporta una degradación irrevocable de materia y energía y que cualquier bien o servicio siempre se realiza en detrimento de oportunidades para las generaciones futuras. Para decirlo parafraseando a Georgescu-Roegen: “todas las veces que producimos un Cadillac lo hacemos al precio de la disminución de vidas humanas en el futuro.” (Georgescu-Roegen 2003a: 92; traducción propia).

Por ello, el objetivo primordial de la economía, el crecimiento económico ilimitado, tiene que ser descartado al ser contradictorio con las leyes fundamentales de la naturaleza.
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