Crecimiento basado en el tipo de cambio alto






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Profundizar el modelo” después de Kirchner

Una de las primeras cuestiones que se definieron desde las altas esferas del Gobierno a horas de la muerte del ex presidente Kirchner, fue el propósito de “profundizar el modelo”. Por modelo se entiende, en lo esencial, la política económica “industrialista”, aplicada desde 2003. Es pertinente preguntarse entonces cuáles son hoy sus condiciones de evolución.

Crecimiento basado en el tipo de cambio alto

A partir de 2002 el tipo de cambio real alto fue clave para la estrategia del desarrollo “industrialista”; primero en el gobierno de Duhalde, y luego en los gobiernos de los Kirchner. El tipo de cambio real multilateral entre 2002 y 2009 fue, en promedio, un 30% más alto que en el promedio de los últimos 30 años. El cambio abrupto de precios relativos, ingresos y rentabilidades producido con la crisis de 2001, explica mucho de lo que sucedió en los años que siguieron. Recordemos que a mediados de 2002 los salarios estaban, en dólares, a un 25% del nivel de diciembre de 2001. Esa caída de salarios estuvo en el centro de la recuperación de la acumulación.

Pero la baja de salarios se combinó con otros tres factores, por lo menos. En primer lugar, los equipos industriales se habían renovado, relativamente, durante los noventa. En este respecto, hay que dejar de lado la idea, muy difundida en ciertos ámbitos del progresismo, de que durante la época menemista solo hubo especulación y parasitismo. La verdad es que en esos años aumentó la productividad industrial; también lo hizo la relación de capital por obrero (autores de la CEPAL han subrayado esta cuestión). En otras palabras, las empresas que sobrevivieron a las quiebras, renovaron sus equipos, se modernizaron, y también racionalizaron las plantillas (lo que produjo un aumento significativo de la desocupación). En segundo término, como producto lógico de la crisis, en 2002 había gran capacidad ociosa, lo que habilitaba a que hubiera un rápido incremento de productividad, por caída de costos fijos, a medida que avanzara la recuperación de la demanda. En tercer lugar, las tarifas de servicios públicos quedaron congeladas, y los precios de muchos bienes no transables se rezagaron. En 2002 la tasa de inflación fue del 41%, pero los precios de salud, educación y vivienda aumentaron en promedio el 10%.

Todos estos factores se conjugaron entonces para que la ecuación de costos de las empresas, en particular de las productoras de bienes transables, diera un vuelco dramático en los meses que siguieron a la caída del gobierno de De la Rúa, dado que hubo una fuerte recuperación de la demanda en los sectores que producen bienes que compiten con importaciones. A su vez, la recuperación de la ocupación, y del gasto de plusvalía en consumos postergados durante la crisis, dieron impulso al crecimiento.

El crecimiento de todas maneras fue muy desigual. El sector de bienes transables, intensivo en mano de obra (por ejemplo vestido, plásticos), se expandió a una alta tasa; también la producción de automóviles y acero. El sector de energía y petróleo, en cambio, lo hizo a una tasa mucho más baja. Aquí la inversión fue débil, dando como resultado que a lo largo de los 2000 bajaran las reservas de gas y petróleo (ver más abajo). En cuanto a las ramas de servicios, tardaron en recuperar terreno; la tasa de rentabilidad en este sector se vio afectada por el movimiento brusco de los precios relativos. Lo mismo sucedió con productoras de bienes no transables, como telecomunicaciones o ferrocarriles. En cuanto al sector agrario, particularmente el productor de cereales y oleaginosas, tuvo altísimas rentabilidades, y un fuerte crecimiento (expansión de la frontera agrícola y aumentos de productividad). Este sector había renovado maquinaria y equipos, e incorporado tecnología de punta en los noventa. Además, a partir de 2003, además, gozó de una notable mejora de los términos de intercambio. En 2010 los términos de intercambio son un 42% más altos que en 1993 (INDEC).

Además de desigual, el crecimiento fue en buena parte extensivo, ya que la inversión de equipos y maquinaria por obrero se mantuvo baja. Hasta 2006 fue menor que en los noventa (en 2006 se interrumpe la serie del INDEC de stock de capital). La relación inversión/PBI aumenta algún punto con respecto a los noventa, pero sin ser cualitativa. La relación inversión / PBI entre 1993 y 1999 rondó el 19%; entre 2003 y 2009 estuvo en el 20,7%. Si se tiene en cuenta que aumentó la ocupación, se concluye que necesariamente bajó la intensidad de capital por obrero. En 2010 la relación inversión/PBI se ubica en el 20,3%. Subrayamos, es un nivel mucho más alto que el de 2003 (estaba en el 12,9%), pero no cualitativamente más elevado que en los noventa. Y la clave del desarrollo de las fuerzas productivas pasa por la acumulación del capital (contra lo que dicen los neoclásicos). Todo esto explica que de fondo la matriz industrial no se haya modificado en algún sentido profundo (ver nota en este blog “Mitos de los tiempos K”).

Doble superávit y caída del endeudamiento

Junto al crecimiento del PBI, se revirtieron los dos déficit, fiscal y de cuenta corriente, lo que constituye una diferencia importante con los noventa. Por el lado del Estado, los trabajadores estatales sufrieron una fortísima caída de sus salarios en términos reales. El ajuste que De la Rúa había querido hacer por vía de la deflación, lo lograron los gobiernos de Duhalde y Kirchner por medio de la inflación.  Según Buenos Aires City, en 2010 los salarios de los estatales todavía son más bajos que en diciembre de 2001. Por otra parte, aumentó la recaudación, tanto por la recuperación de la actividad económica, como por las retenciones a las exportaciones de granos. Este rubro fue importante. Desde 2002 las retenciones volcaron al Estado unos 30.000 millones de dólares; en 2010 aportarían unos 8.200 millones. En el terreno del gasto, una parte importante de lo recaudado se destinó a subvencionar las empresas de servicios, o alimentos (compañías eléctricas, transporte, molinos) y subvencionar tarifas. Por esta vía se bajaron costos salariales y energéticos, contribuyendo por lo tanto a mantener el tipo de cambio real alto para los sectores productores de bienes transables. En 2010 los subsidios de conjunto representan casi el 4% del PBI. Por eso los subsidios constituyen una carga creciente, y explican el deterioro de las cuentas públicas. No es casual, por otra parte, que el gobierno diga que no tiene dinero para aumentar el mínimo a los jubilados.

En cuanto al sector externo, entre 2002 y 2009 hubo un superávit comercial acumulado de más de 58.800 millones de dólares, contra un déficit de casi 88.000 millones entre 1992 y 2001. Ese fuerte superávit comercial de los 2000 permitió disponer de recursos para pagar en términos reales la deuda. Esto es, se dio lo que los economistas llaman “una transferencia en términos reales”, a diferencia de los noventa. Es que en los noventa se pagaba deuda tomando cada vez más deuda, hasta que la situación se hizo insostenible. A partir de 2002, la deuda se pagó con dólares obtenidos por medio de los dos superávit. Esta circunstancia, unida a la quita por el default, dio como resultado que el endeudamiento de Argentina bajara –en términos de PBI– desde un 160%, en 2002, al 49% en la actualidad. De la misma manera, se han financiado las fuertes salidas de capital, que se incrementaron desde principios de 2008. Según datos conservadores, en tres años habrían salido del país 44.000 millones de dólares. Es notable que el capitalismo argentino haya bajado su nivel de endeudamiento, al mismo tiempo que transfería enormes sumas al exterior, manteniendo un alto nivel de reservas (en la actualidad las reservas son de 49.000 millones de dólares). Todo esto demuestra que en Argentina se produjo una enorme masa de plusvalía; pero gran parte de ese excedente no se reinvirtió para ampliar la base productiva, esto es, para expandir las fuerzas productivas en algún sentido fundamental.

Desgaste progresivo

Desde 2002 la economía argentina ha crecido a tasas asombrosamente altas; desde 2003 a 2010 lo hizo a un promedio del 8,2% anual, a pesar de la recesión de 2009 (pronosticando un crecimiento global de 9% en 2010). Pero también hubo un desgaste progresivo del pilar del “modelo”, esto es, del tipo de cambio alto. Es que casi invariablemente la devaluación tiende a generar presiones inflacionarias, a medida que los precios de los bienes transables y los salarios recuperan terreno, al calor de la recuperación económica. Aquí se aplica buena parte de las viejas explicaciones de la inflación de los estructuralistas. En tanto la inflación se acelera, el gobierno comienza a retrasar el tipo de cambio, a fin de que actúe como un ancla. Si impulsara una nueva devaluación, impulsaría la inflación. Pero el aumento de precios, con el tipo de cambio nominal frenado, significa que se aprecia el peso en términos reales. Debe tenerse en cuenta también que la entrada de dólares, producto del superávit comercial, ejerce a su vez presión en el sentido de la apreciación. Para mantener el dólar alto, el Banco Central compra dólares, y esteriliza (ver nota “El monetarismo criollo” en este blog), pero esta medida también tiene límites, debido al endeudamiento. Por lo tanto aquí se tropieza con una contradicción. Si el gobierno promueve una depreciación de la moneda, acelera la inflación, con poca ganancia en competitividad. Si por el contrario retrasa el tipo de cambio, agrava los problemas de competitividad, acercándose a un escenario parecido al de los noventa. De hecho, hoy algunos sectores industriales empiezan a quejarse de que con este tipo de cambio no pueden competir. Es posible que de prolongarse esta situación, hacia fin de 2011 el tipo de cambio real vuelva a estar al nivel de la Convertibilidad. Aunque la situación internacional es distinta de la existente en los noventa, principalmente por la suba de la demanda mundial de materias primas.

¿Qué significa “profundizar el modelo”?

Por lo explicado, podemos decir que el crecimiento con tipo de cambio alto no tiene secretos. La ciencia de esta “alta política económica” reside en el aumento de la tasa de plusvalía, que se logra por la caída de salarios vinculada a la devaluación de la moneda.

Por lo tanto es consustancial al “modelo” que los salarios se mantengan relativamente bajos. Los salarios del sector privado formal (representaría aproximadamente el 30% de la fuerza laboral) están, en términos reales, un 10% por encima de 2001, y muchos capitalistas se están quejando. Necesitan mantenerse competitivos vía aumento de la plusvalía absoluta, la intensidad del trabajo, y reducción de la canasta de bienes de los asalariados. Pero hay límites a lo que pueden conseguir por esta vía, debido a que la recuperación de la ocupación ha fortalecido el poder de negociación del trabajo (aunque sea por la vía indirecta, de la burocracia sindical). En consecuencia, la variable de ajuste más “a mano” pasa por mantener precarizada a una parte sustancial de la fuerza de trabajo. El 36,5% de la fuerza laboral, según el INDEC, está precarizada. Miles de pequeñas y medianas empresas se benefician de esta situación, que representa un recorte de costos para el capitalismo argentino de conjunto (incluido el capital “nacional, popular y democrático”). En 1990 el sector del trabajo precarizado representaba el 25% de la fuerza laboral, y en 2002 el 38,5%. Puede verse entonces que su participación no bajó de manera significativa en los últimos años, a pesar de la recuperación económica. Incluso el Estado emplea una gran cantidad de trabajadores precarizados, a través de contratos basura, o de empresas subcontratistas. ¿Qué significa en este sentido “profundizar el modelo”?

Teniendo en cuenta lo anterior, puede entenderse también que el crecimiento pueda ser muy alto, pero no cambien las características más esenciales de las estructuras atrasadas y dependientes del capitalismo argentino. Después de siete años de aplicar “el modelo productivista”, no hubo aumento de productividad vía tecnología; no aumentó la relación capital / trabajo; no aumentó de ninguna manera cualitativa la participación de las manufacturas en el PBI; la balanza comercial industrial sigue siendo deficitaria; no hubo incremento del trabajo con alto valor agregado (lo que en el marxismo se llama trabajo complejo). ¿Qué significa entonces “profundizar el modelo” en relación a estas relaciones que no han variado con respecto a los noventa?

Paradójicamente, uno de los sectores que continuó a toda marcha su expansión, fue el cerealero y en particular el sojero. En 2010 la soja aportaría ingresos a Argentina por 20.000 millones de dólares. De conjunto el sector agrario impulsa la inversión, a la par que una parte de la renta se reinvierte en el sector inmobiliario urbano. La sojización entonces no se ha detenido porque en el fondo ha sido beneficiosa para el modelo de acumulación. Cabe preguntarse por lo tanto qué significa profundizar el modelo con respecto a este rubro.

En cuanto a las inversiones en infraestructura, a lo largo de estos años de fuerte crecimiento se han mantenido relativamente débiles. Las tarifas de gas y electricidad están entre las más bajas del mundo, y esto estimula la demanda, ya que los trabajadores y sectores medios tienen más dinero disponible para comprar alimentos o bienes de consumo durables. Pero una situación así no dura indefinidamente. La ley del valor trabajo, y la lógica de la valorización del capital, terminan imponiéndose. La baja rentabilidad lleva a la caída de las inversiones, y por lo tanto de la producción. Las reservas argentinas de gas en 2010 están en 7,8 años, mientras que a fin de la década de los noventa se ubicaban en 30 años. La matriz energética argentina está basada en el gas. Las reservas de petróleo en 2009 eran de 11 años, en tanto en 1998 eran de 34,8 años. Hoy Argentina importa energía. Ya en 2010 hubo cortes de suministro energético, y todo el mundo reconoce que hay que aumentar la inversión en el sector; lo que implica hablar de rentabilidad y tarifas. Algo similar puede decirse del transporte, en especial el ferroviario. La falta de inversión en los ferrocarriles afecta de conjunto la productividad de la economía (los granos, por ejemplo, se mueven en su mayoría con unos 100.000 camiones). Es posible que ciertos acuerdos políticos con el gremio de camioneros también traben la canalización de recursos hacia la revitalización de los ferrocarriles. En cualquier caso, también en el terreno de las inversiones en infraestructura energética, transporte, logística y similares, es necesario preguntarse ¿qué significa profundizar el modelo? ¿Seguir sin invertir en los ferrocarriles, por ejemplo? ¿Acaso que sigan bajando las reservas de gas o petróleo?

Por último, la pregunta que se deriva de lo expuesto ya la hemos formulado, pero vale la pena reiterarla: ¿cómo sigue este programa de crecimiento basado en el tipo de cambio alto, en la actual coyuntura? La apreciación del real, y el alto precio de la soja y el maíz, ayudan a mantener el superávit externo, pero éste se ha venido achicando. Casi el 90% del crecimiento de las exportaciones en los últimos 12 meses se deben a la soja, el maíz, minerales y automóviles. Las exportaciones de automóviles están destinadas mayoritariamente a Brasil; también de acero. De conjunto la industria argentina sigue teniendo problemas para insertarse competitivamente en el mercado mundial. En este respecto, las limitaciones de una estrategia de desarrollo capitalista articulada meramente en el tipo de cambio alto y la súper explotación del trabajo, se revelan insalvables.

Ironías de la historia

Con lo anterior no queremos decir que la economía argentina esté a las puertas de algún estallido económico (por lo menos en la medida en que no se desate alguna crisis política aguda, por ejemplo por la sucesión en el liderazgo del partido Justicialista), sino que subsisten los problemas y las contradicciones estructurales, propias de un capitalismo dependiente y atrasado. Una economía que está creciendo al 9% anual no pasa a una crisis en un mes.

Pero también hay que ubicar el crecimiento de la economía argentina en las tendencias más generales de las últimas décadas. En casi todos los países durante los ochenta y parte de los noventa las burguesías llevaron adelante programas “de ajuste”, esto es, aumentaron la explotación del trabajo. Aperturas comerciales, privatizaciones, flexibilidad y precarización laboral, estuvieron a la orden del día. Con contradicciones y tensiones, toda la burguesía latinoamericana participó o estuvo de acuerdo en esos programas. No se trató de una imposición de la CIA o Washington (como gusta presentar el asunto la propia clase dominante criolla), sino de una actuación según la lógica de sus intereses, que no da muestras de revertirse en algún sentido profundo.

Esa recomposición de las condiciones de explotación, más la expansión de la demanda mundial, generaron las condiciones para la expansión del consumo y la inversión en el continente. Siguiendo esta lógica, los gobiernos “izquierdistas” actuales (pensemos en Lula, Bachelet, Mujica o Tabaré) se convierten en garantes de un rumbo económico apoyado, en líneas generales, por el FMI, el Banco Mundial o el establishment económico mundial y el capital internacionalizado. Puede haber diferencias de grado, matices o peleas por el hecho de que tal gobierno favorezca a tal o cual fracción, pero nada que se salga de esos carriles. En Argentina, las diferencias de programas económicos entre un Lavagna, Prat Gay, González Fraga, Boudou o Lousteau, para mencionar algunos de los economistas más referenciados, son de matices. No hay mucho más que eso. Y la mayoría del pueblo hoy votaría alternativas políticas que incluirían ideas más o menos acordes. Por eso, ni las burguesías locales, ni los organismos y gobiernos del “primer mundo”, tienen como estrategia el golpe de Estado hoy. ¿Para qué iban a tener esta estrategia, si el negocio de la explotación marcha muy bien? (mi posición en este punto es opuesta al análisis de marxistas nacionalistas, como Atilio Borón; o al de intelectuales nacionalistas de izquierda, como Alcira Argumedo).

Es fundamental tener en cuenta la íntima imbricación entre las burguesías y gobiernos latinoamericanos, y el capital mundializado. Los capitales que se fugan al exterior, son colocados en activos financieros; de manera que los intereses de estos capitalistas no difieren, en sustancia, de los que defiende el capital más mundializado y líquido. A su vez, los inversores extranjeros se asocian con los capitalistas locales, para explotar la mano de obra. La estatal Petrobrás recoge 70.000 millones de dólares en los mercados internacionales; es todo un símbolo de los tiempos. Como también lo es la propia trayectoria de los Kirchner, y de muchos ex montoneros que están ahora en el gobierno. En los noventa los Kirchner apoyaron las privatizaciones, entre ellas la de YPF. Lo obtenido con esas privatizaciones no fue reinvertido productivamente en la provincia de Santa Cruz, sino colocado en el sistema financiero internacional.

El default de la deuda argentina, aplaudido por casi todo el Congreso en 2001, no desmiente la tesis de la confluencia de intereses de fondo. En el mismo establishment económico del primer mundo (incluido el presidente Bush) había acuerdo en la necesidad de reestructurar la deuda, con quita incluida. No es un fenómeno infrecuente en la historia del capitalismo; sucede cuando el deudor es insolvente. Luego, la discusión acerca de cuánto era la quita, fue un tema de regateo. Nadie puso en cuestión el problema de fondo, a saber, que la deuda (que había servido para financiar las fugas de capitales de la propia burguesía) debía pagarse con plusvalía arrancada al trabajo. Luego de la quita, el gobierno argentino cumplió religiosamente, y los tenedores de bonos ganaron fortunas. El aplauso de Hillary Clinton al gobierno argentino, es todo un símbolo de que aquí nada se rompió.

También es expresiva la trayectoria del actual secretario de la presidencia, Oscar Parrilli. Este señor fue el informante por el menemismo en la Cámara baja, cuando se decidió, en 1993, la privatización de las jubilaciones. Hoy jura dar la vida por profundizar el “modelo” kirchnerista. En Parrilli toma cuerpo y se singulariza la evolución de toda una fracción política. Observemos también que durante años las dos principales AFJP (y orientadoras del resto del mercado) en Argentina fueron estatales: banco Nación y banco Provincia de Buenos Aires. Como tales funcionaron durante todo el gobierno de Kirchner. Cuando los fondos de las jubilaciones se estatizan, permanecen sin embargo invertidos en los mercados de capitales. De la misma manera, en los 2000, el gobierno de los Kirchner vuelve sobre algunas privatizaciones, pero solo en aquellas ramas que no resultan de interés para el capital privado, debido a su baja rentabilidad. En cualquier caso, las condiciones laborales no mejoran para los trabajadores estatales de conjunto; y continúan los negocios con empresas subcontratistas, como lo pusieron en evidencia los recientes episodios en ferrocarriles.

Al margen de alguna particularidad (más o menos corrupción de tal o cual personaje, etc.), el fenómeno es general. Muchos ex guerrilleros  y militantes de izquierda uruguayos, argentinos, chilenos, brasileños, etc.,  son hoy cuadros del gerenciamiento del Estado y de los negocios capitalistas. Para decirlo con una metáfora, si en los ochenta y noventa las reformas pro capital avanzaron 100 kilómetros hoy, con el crecimiento, se puede retroceder 10 kilómetros (bajar un tanto la desigualdad del ingreso, mejorar salarios). De esta manera se consolida casi todo lo avanzado, pero además, ideológicamente, se es “de izquierda y progresista” apoyando al "modelo". En este respecto, el éxito del neoliberalismo es casi completo. Sus enemigos de ayer cumplen hoy su programa fundamental. Si a los montoneros o tupamaros de los 70 se les hubiera presentado una película de los gobiernos de los 2000, hubieran dicho, sin dudarlo un instante, que se trataba de gobiernos de la derecha. Más significativo aún, en los 70 en Argentina los militantes de izquierda eran asesinados por las bandas paramilitares, con las que colaboraban los burócratas sindicales. En los 2000 asistimos al espectáculo de ex revolucionarios abrazándose con los asesinos de ayer, y amparando a las patotas sindicales más siniestras. Ironías de la historia, pero en el fondo existe un fuerte condicionamiento económico. Por supuesto, en todo esto puede encajar muy bien la reivindicación, superficial y brumosa, de un pasado heroico. Profundizar el modelo entonces significa continuar en esta línea profunda.

Tendencia en América Latina

De manera más específica, lo sucedido en Argentina constituye una particularización de la tendencia económica en América Latina durante la última década. Es que en los años 2000 la expansión de la acumulación en China, India, Brasil y otros países del tercer mundo, elevó la demanda de materias primas. Este viento a favor, aunado a lo que ya hemos explicado, impulsaron las economías. Entre 2003 y 2008 el crecimiento promedio en la región fue del 5,5%; en 2020 será del 5%. América Latina es exportadora neta de materias primas, y se vio beneficiada con el alza de los precios y de la demanda. La mayoría de los países pasaron a tener superávit en sus cuentas corrientes, y realizaron transferencias en términos reales. Por eso en casi todo el continente bajó la relación deuda/PBI y deuda/exportaciones. No es de extrañar que la crisis financiera apenas tocara a América Latina; no se trata de un “éxito singular” del modelo K.

Como producto del crecimiento, hubo también una reducción bastante significativa de la pobreza en América Latina. Unos 40 millones de personas habrían salido de la pobreza. En la fase expansiva del ciclo económico, es natural que se asistan a estos fenómenos (algo que explica Marx en el capítulo 23 del t. 1 de El Capital). La tesis “catastrofista”, que quiere ver una caída en términos absolutos, y permanente, del ingreso de los trabajadores y sectores populares, sencillamente es equivocada. La reducción de la pobreza de Argentina desde el 2002 al 2008, se ubica en este marco.

Al mismo tiempo, en casi todos los países latinoamericanos se redujo un tanto la desigualdad de la distribución del ingreso (CEPAL); aunque la región sigue estando a la cabeza a nivel mundial. El desempeño de Argentina en este plano, entre 2000 y 2010, también es mediocre (ya nos referimos a esto en otra nota del blog). Y como resultado del crecimiento, la desocupación se redujo en América Latina, pero manteniéndose relativamente alta; en la actualidad está en un promedio del 8%. El trabajo en negro y precarizado es alto en casi todos lados.

En conclusión, es necesario tener presentes estas tendencias para el análisis de la economía argentina. Combinadas con los problemas que se asocian a la política de crecimiento basada en el tipo de cambio alto, muestran los límites y las condiciones en que se puede desenvolver la prometida “profundización del modelo” en los próximos tiempos.



Rolando Astarita

Buenos Aires, 2010

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