Pleno monográfico “ley economía sostenible”






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INTERVENCIÓN

GRUPO VASCO (Congreso de los Diputados)

Madrid, 2009-12-02
INTERVENCIÓN DE JOSU ERKOREKA
PLENO MONOGRÁFICO “LEY ECONOMÍA SOSTENIBLE”
NOTA: Este discurso puede ser modificado parcial o totalmente por el orador de manera que solo es válido lo pronunciado en el hemiciclo aunque estuviere aquí escrito.
Desde que el pasado día 22 de noviembre la anunciaran a bombo y platillo con la glamorosa escenografía de los grandes shows de Holywood, sabemos que la Ley Economía Sostenible será el globo publicitario que alimentará la imagen pública del Gobierno durante los próximos meses. No lo critico, Señor Presidente. Me limito a constatarlo. Y lo hago, además, sin acritud, como decía el otro. En los tiempos que corren -tan mediáticos y prendados de las apariencias- cada uno hace lo que puede para no perder posiciones en la dura carrera de la imagen. Incluso creo de justicia felicitar a los publicistas del Gobierno por el talento que demuestran al diseñar un reclamo capaz de unir en un solo lema, de forma tan natural, dos evocaciones tan sugerentes como la de la recuperación económica y el respeto al medio ambiente.
Todo eso está muy bien, insisto. Sobresaliente para los gabinetes de imagen del Gobierno. Pero la pregunta que todos nos formulamos a renglón seguido es si, la Ley de Economía Sostenible será algo más que un globo publicitario. Si junto a la Ley, el Gobierno tiene, también, un plan meditado y contrastado, y la determinación necesaria para superar lo que, con gran plasticidad, la revista The Economist calificaba recientemente como la “resaca estructural” de una economía “que se emborrachó a base de ladrillos y cemento”.
Todo el mundo sabe -y nosotros, los juristas mejor que nadie- que, por sí misma, una Ley no garantiza resultado alguno, cuando se trata de impulsar cambios culturales y de promover nuevas actitudes entre los ciudadanos y los agentes económicos. Ya en el s. XIX, Bernardino Rivadavia llamó la atención sobre la “peligrosa ilusión de mudar por Decreto la naturaleza de las cosas” Y más recientemente, Michel Crozier revalidó la enseñanza al formular su conocida máxima: “No se cambia la sociedad por Decreto”.
Efectivamente, el modelo económico español no cambiará porque lo diga esta Cámara. Sólo cambiará si los agentes económicos -que son los principales protagonistas del cambio- se encuentran motivados para llevarlo a cabo. Las leyes podrán facilitar el tránsito, es cierto, porque el Derecho es una importante palanca en la ordenación de las relaciones sociales y económicas. Pero no conviene engañarse. La ley es, tan sólo un instrumento para estimular el cambio. Uno más. Pero cuando se trata de transformar profundamente los comportamientos sociales, no es, ni el único ni, probablemente, el más importante. Conviene no perder de vista este dato que a juicio de mi Grupo Parlamentario revista especial transcendencia. Los veleros sólo avanzan si sopla el viento y lo hace con fuerza suficiente como para impulsar la embarcación. Limpiar el casco, ampliar el velamen y reparar los mástiles, siempre ayuda a que la navegación sea más ligera, pero si no hay viento favorable, no sirven para nada. Si falta el impulso esencial, falta todo.
Y ante ello, cabe preguntarse: ¿Puede la Ley de Economía Sostenible generar el viento favorable que necesita la economía para avanzar el la buena dirección? El Anteproyecto del que tenemos conocimiento incluye un amplio y variado elenco de medidas agrupadas en cuatro bloques: Mejora del entorno; competitividad; sostenibilidad y medidas fiscales. No quiero ridiculizarlas, como lo ha hecho ya más de un analista económico. Es cierto que son muchas, muy heterogéneas y poco articuladas. Y es cierto también que, como decía el viñador, cien granos de uva no hacen un racimo. Pero no quisiera referirme a ellas con una descalificación genérica. Pese a su dispersión y a la escasa relevancia que encierran algunas de ellas, es probable que todas -o gran parte de ellas- estén orientadas en la buena dirección. La transparencia, la eficiencia, el control de las cuentas públicas, la simplificación burocrática, la lucha contra la morosidad, la apuesta por la Innovación, el ahorro energético o la deflación del mercado inmobiliario, por citar algunos de los campos en los que inciden las previsiones del anteproyecto son -todos, sin excepción- ámbitos en los que conviene profundizar con todas las medidas al alcance de los poderes públicos.
Nada de lo que se haga para avanzar en ese terreno está mal. Es más. En más de un caso, podría hasta preguntarse como puede ser posible que las medidas que contempla el anteproyecto no hayan sido implementadas hasta la fecha, dado que son, necesarias y hasta urgentes. El problema es si son capaces de generar el impulso necesario para hacer efectivo el cambio que la economía necesita. Creo que no.
Desde el mundo empresarial han emergido ya algunas voces que, pese a aplaudirlas, las han considerado insuficientes para hacer efectivo el cambio que se necesita. Son, en el mejor de los casos, un primer paso que habrá de ser seguido por otros más valientes y ambiciosos en el control del gasto público, en la moderación del déficit y en el papel del sector público.
Pero aun hay más. Tanto el Banco de España, como la Comisión Europea, el FMI o la OCDE vienen sugiriendo al Gobierno la necesidad de abordar reformas de fondo en el mercado de trabajo, en el sistema de pensiones, en el modelo energético, en la Justicia y en la Educación, por poner algunos ejemplos de los más relevantes. Pero el anteproyecto que conocemos prácticamente nada dice a este respecto. Como mucho, pasa de puntillas sobre alguno de ellos, con previsiones genéricas e imprecisas, que apenas surtirán efectos en el futuro inmediato. Pero nada más.
Es posible que todo el mundo se equivoque. Es posible que los organismos internacionales más prestigiosos en el seguimiento de la economía mundial, yerren en sus diagnósticos sobre la economía española y sus perspectivas de futuro a corto y medio plazo. Es posible, incluso, que todos estén coaligados en una especie de contubernio universal contra el modelo social que impulsa el Gobierno español. Pero uno tiende a pensar que si no se afrontan de una vez por todas estas reformas, que constituyen asignaturas que la economía española tiene pendientes desde tiempos seculares, será imposible generar la brisa que el velero de la economía sostenible necesita para que empiece a avanzar en serio por la ruta adecuada. El principal reproche que puede hacerse al Anteproyecto, por tanto, no se encuentra tanto en sus contenidos, como en sus lagunas. Su crítica no ha de centrarse tanto en lo que el texto dice, cuanto en lo que calla. En lo que omite. En la ausencia de previsiones para abordar esas reformas que son las que de verdad permitirían avanzar en el cambio de modelo.

La teoría nos la sabemos todos. A base de repetirla ya nadie queda en el hemiciclo que no sea capaz de recitarla de carretilla.
Para poner proa hacia el nuevo modelo económico hace falta más conocimiento, más formación, más competitividad, más productividad, más empleo, más responsabilidad ambiental y más bienestar social. Todo eso -insisto- ya lo sabemos en la Cámara y pocos habrá en el hemiciclo que no lo compartan. El problema está en la práctica. En adoptar las medidas que, de verdad, nos permitan avanzar en los objetivos que se proponen.
Decía concepción Arenal que no hay que acusar a las buenas teorías de las malas prácticas. Y tenía razón. Pero nunca está de más alertar sobre el riesgo de que la puesta en práctica acabe desvirtuando los principios teóricos. Y una excesiva confianza en los efectos de la Ley de Economía Sostenible podría acabar creando el espejismo de que los objetivos propuestos se cumplirán por sí mismos y de que el impulso reformista de la norma se proyectará incluso en los aspectos que no están contemplados en su articulado. Conviene que tengamos claro desde un principio, que nada de esto ocurrirá. Que las normas, incluidas las mejor diseñadas desde el punto de vista técnico, carecen de efectos taumatúrgicos sobre la realidad. Y que no moverán el velero si no son capaces de generar el viento necesario para ello.
Los mandatos del anteproyecto pueden quedar en agua de borrajas si la Administración no procura con determinación su cumplimiento real y efectivo. Las medidas contra la morosidad, por ejemplo, las que reducen el plazo legalmente establecido para los pagos que las Administraciones Públicas han de hacer a sus proveedores, pueden quedar en simples cánticos bienintencionados, si los organismos deudores no acomodan su conducta a sus previsiones. El problema, en la actualidad, no es que la norma carezca de plazos, sino que estos son incumplidos sistemáticamente.
Otro tanto puede decirse de los objetivos propuestos para la competitividad. España ocupa el puesto 33 de un total de 134 en el Índice de Competitividad Mundial, un puesto manifiestamente mejorable. Pero la de la competitividad es una carrera muy difícil. Es una carrera de fondo, en la que, además, se compite a gran velocidad. Para participar con éxito en ella, hacen falta, pues, las dos cualidades esenciales de corredor: el fondo y la velocidad. Pero en esta carrera todos se mueven. Si nosotros aceleramos los demás también lo hacen. Y para avanzar posiciones, no sólo hay que correr más que ahora, sino que es preciso correr más que los demás. Y muy especialmente, más que aquellos que nos preceden en la carrera, a los que nunca adelantaremos si no aceleramos el paso para avanzar más que ellos.
¿Es esto posible con los mimbres actuales? Supongo que nada es imposible si se pone en el empeño voluntad y determinación. ¿Contribuirá la Ley de Economía Sostenible a que lo sea? No será fácil. De entrada, iniciamos la carrera con retraso. El anteproyecto contiene previsiones que ya hace años que están siendo aplicadas con éxito en otros países. Pero es que, además, arrancamos lesionados. No sólo empezamos más tarde, sino que lo hacemos en circunstancias que nos impedirán alcanzar el máximo nivel de rendimiento.
Nuestra inversión en I+D+i se sitúa en el 1,3% del PIB. Se encuentra por debajo de la media de los países de la OCDE y representa menos de la mitad de lo que dedican a este fin los países más avanzados como Suecia, Finlandia, Japón o Corea, que dedican a este menester más del 3% de su PIB. Alguien decía recientemente que gastamos en Innovación menos que en lotería, lo cual, no sólo es un dato alarmante; es, además un retrato muy gráfico de la cultura del trabajo y del sacrificio que impera en nuestro entorno. Desde semejantes presupuestos no será fácil salvar la brecha que nos separa de los puestos de cabeza, Señor Presidente.
Y ya no digo nada sobre las desventajas que reporta en el terreno de la competitividad, la escasa formación profesional de la población activa y los elevados índices que alcanza entre nosotros el fracaso escolar. El lastre es grande, Señor Presidente. Y la Ley de Economía Sostenible no será suficiente para neutralizar su impacto. Hará falta una implementación ambiciosa de sus previsiones y hará falta, igualmente, una ambiciosa panoplia de medidas complementarias para avanzar con decisión hacia los horizontes de competitividad que nos hemos trazado. La Ley de Economía Sostenible es, tan sólo, una pieza de un puzzle más completo y complejo, de herramientas, todas ellas útiles y necesarias para el cambio de modelo. Hoy mismo ha anunciado en la Cámara medidas distintas a las previstas en la Ley de Economía Sostenible. Reformas legales y acuerdos sociales que, según su percepción, contribuirán a aproximarnos a esos horizontes.
Tiempo habrá para hablar de todo ello, mientras el anteproyecto que conocemos es informado por los órganos consultivos que han de dictaminarlo. En cualquier caso, Señor Presidente, no olvide que el horizonte no existe en la realidad. Sólo es un efecto óptico provocado por la distancia. Sirve para avanzar, porque define una meta, pero es importante saber que conforme nos acerquemos a él, irán surgiendo nuevos horizontes más lejanos y más ambiciosos. La economía sostenible no es un escenario estable y definitivo. Es un estado de tensión permanente por mejorar objetivos y procedimientos.

NOTA: Este discurso puede ser modificado parcial o totalmente por el orador de manera que solo es válido lo pronunciado en el hemiciclo aunque estuviere aquí escrito.





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