La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica






descargar 86.33 Kb.
títuloLa Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica
página1/3
fecha de publicación21.07.2015
tamaño86.33 Kb.
tipoDocumentos
e.exam-10.com > Economía > Documentos
  1   2   3
La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica

( 2ª edición en castellano, versión de Carmen Martínez Gimeno y Jesús Alborés).
Por la edición en castellano: Alianza Editorial, S.A. Madrid, 2000 (1997).

NOTA SOBRE EL AUTOR

Manuel Castells fue catedrático y director del Instituto de Sociología de Nuevas Tecnologías de la Universidad Autónoma de Madrid y profesor de sociología de la Escuela de Altos Estudios de París. Actualmente, además de ostentar diversos cargos docentes y profesionales, es catedrático de Sociología y Planificación Urbana y Regional en la Universidad de California (Berkeley). Asimismo, es profesor (excedente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Barcelona.

RESEÑA

Manuel Castells, subiéndose al tren en marcha, analiza –enlazándolas- las consideraciones tecnológicas, sociológicas, históricas y económicas de la mutación de la información que, desde hace décadas, segrega la “sociedad en redes”. Simplificando las cosas, Castells señala los efectos de tres procesos aparentemente no relacionados entre sí acaecidos entre el final de la década de los 60 y la mitad de los 70 que, en conjunto, han producido esta "nueva sociedad" (o cualesquiera de los numeroso términos acuñados para identificar un presente incierto). Estos tres fenómenos son el auge de las tecnologías de la información, la crisis y posterior caída de los regímenes totalitarios en la Europa del Este y la emergencia de
nuevos movimientos sociales. Los tres procesos marcan una nueva estructura social: la Sociedad Red, una nueva cultura que el autor denomina "virtualidad real” y un nuevo concepto y tipo de economía, la “nueva economía” -creada por la intrusión de Internet en la vida empresarial- que rubricaría la renovación de un capitalismo individualizado y descentralizado, pero solamente abierto a los mejores, donde el crecimiento ilimitado de la productividad y la frenética creación de valor constituirían los puntos de referencia. Así, examina de manera notable las tecnologías revolucionarias que surgen de esta mutación de la información: informática, robótica, biotecnología, telecomunicación digital. Cuidándose de hablar bien de la “sociedad de la información”, estudia pormenorizadamente la irrupción de nuevas estructuras sociales, y de sus interrelaciones, que se revelan bajo diferentes formas en función de la diversidad de culturas e instituciones. Dispares fenómenos entre tendencias a gran escala en el momento presente, que van desde el surgimiento de la floreciente economía en el área de Asia-Pacífico, el auge de la economía criminal, hasta el incremento de los fundamentalismos de todo tipo y de la fragmentación/exclusión social. Nacida en pleno periodo de reestructuración de la economía global, esta nueva sociedad/sistema tecnoeconómico es a la vez capitalista e informacional (capitalismo informacional) y su lógica de redes pone en crisis a dos instituciones centrales: la familia patriarcal y el Estado-Nación.
En el capítulo 6, El espacio de los flujos, se ocupa de la complejidad que presenta la interacción de la tecnología, la sociedad y el espacio. Para ello, examina los datos empíricos en relación a la transformación de las pautas de localización de las principales actividades económicas en el nuevo sistema tecnológico, tanto para los servicios avanzados como para la fabricación. Después pasa a analizar la reciente evolución de las formas urbanas en varios contextos, intentando analizar la relación existente entre las nuevas tecnologías de la información y los procesos urbanos y regionales en el amplio contexto de la transformación histórica dentro de la cual emergen y se desarrollan dichas tecnologías. Más tarde, resume las tendencias observadas bajo “una nueva lógica espacial” a la que designa como “el espacio de los flujos, que se está convirtiendo en la manifestación espacial dominante del poder y la función en nuestras sociedades”. A esta lógica opone la organización espacial “histórica”, “el espacio de los lugares” (p.455). El espacio de los flujos, como la forma material de soporte de los procesos y funciones dominantes en la sociedad informacional, los describe el autor, “mediante la combinación de al menos tres capas de soportes materiales que, juntos, lo constituyen.

La primera capa, el primer soporte material del espacio de los flujos, está formado por un circuito de impulsos electrónicos (microelectrónica, telecomunicaciones, procesamiento informático, sistemas de radiodifusión y transporte de alta velocidad, también basados en las tecnologías de la información) que, juntos, forman la base material de los procesos observados como estratégicamente cruciales en la sociedad red” (p.490). Así, La red de comunicación es la disposición espacial esencial: los lugares no desaparecen, pero su lógica y su sentido quedan asimilados en la red.

La segunda capa, señala Castells, “la constituyen sus nodos y ejes”. El espacio de los flujos no carece de lugar, si bien su lógica estructural sí. Pese a que la observación de las ciudades globales ilustra más directamente la ordenación basada en los lugares del espacio de los flujos en nodos y ejes, esta lógica no se circunscribe únicamente a los flujos del capital. Los principales procesos dominantes de nuestra sociedad se “articulan en redes que conectan diferentes lugares y asignan a cada uno un papel y un peso en una jerarquía de generación de riqueza, procesamiento de la información y creación de poder, que en definitiva condiciona el destino de cada localidad” (p.492).

La tercera capa se refiere a la organización espacial de las elites -más que clases, remarca el autor- gestoras dominantes que ejercen las funciones directrices en torno a las que ese espacio se articula. En la teoría del espacio de los flujos, Castells asume implícitamente que las sociedades están organizadas de manera desigual en torno a los intereses concretos dominantes de cada estructura social. De tal forma, la manifestación espacial de la elite informacional dominante constituye otra dimensión básica del espacio de los flujos y cuya manifestación espacial es visible en el dominio que ejercen, basado en su capacidad organizativa que, al mismo tiempo, utilizan para desorganizar a grupos sociales mayoritarios con intereses representados sólo de manera parcial (y no siempre) dentro del marco de la satisfacción de los intereses dominantes. En estos mecanismos de dominación el espacio desempeña una papel principal. Como señala el autor, “las elites son cosmopolitas; la gente, local. El espacio del poder y la riqueza se proyecta por el mundo, mientras que la vida y la experiencia de la gente se arraiga en lugares, en su cultura, en su historia” (p.493).
En el capítulo 7; La orilla de la eternidad: el tiempo atemporal, como continuación de las hipótesis planteadas por Castells en el capítulo precedente, lo más sustancial sería lo que sigue: “la transformación del tiempo bajo el paradigma de la tecnología de la información, moldeado por las prácticas sociales, es uno de los cimientos de la nueva sociedad en la que hemos entrado, conectado de forma inextricable con el surgimiento del espacio de los flujos”(p.507). El tiempo lineal, inalterable, mensurable y previsible se hace añicos en la sociedad red. Empero, la transformación es más profunda: según el autor, “es la mezcla de tiempos para crear un universo eterno, no autoexpansivo, sino autosostenido, no cíclico sino aleatorio, no recurrente sino incurrente: el tiempo atemporal, utilizando la tecnología para escapar de los contextos de su existencia y apropiarse selectivamente de cualquier valor que cada contexto pueda ofrecer al presente eterno”(p.511). En la línea de James Gleick -al que cita- sobre la aceleración de “prácticamente todo” en nuestras sociedades, Castells asevera que “comprimir el tiempo hasta el límite equivale a hacer desaparecer la secuencia temporal, y con ella el tiempo”, sosteniendo, a la vez, que “todo ello está sucediendo ahora”(p.511). Para ejemplificar de forma evidente la lógica expuesta, el autor acude a la circulación de capitales a escala global donde los mercados de capital unificado y global funcionan en tiempo real. Castells advierte que esta mutación del tiempo no afecta a todos los procesos, grupos sociales y territorios, aunque sí implica a todo el mundo. Más adelante, y como era de esperar..., nos dice que esta superación del tiempo “también resulta central para las nuevas formas organizativas de la actividad económica” en la empresa red. Así llegamos a la famosa flexibilidad que, junto a la adaptabilidad y los cambios tecnológicos, suponen “la base de su competitividad”.
VALORACIÓN CRÍTICA/REFLEXIÓN PERSONAL

En este apartado no pretendo realizar una refutación total, entre otras cosas porque ni se puede “físicamente”, en un trabajo de asignatura, ni es posible porque muchas de las tendencias -no todas- (y obviedades) observadas por Castells, se están cumpliendo. Pero, desde luego, conviene relativizar algunas de aquellas y poner en cuestión ciertos aspectos.

Vaya por delante que los nuevos procesos de producción, los nuevos sistemas de comunicación, las nuevas tecnologías, el sistema educativo, la cultura, etc. pueden adoptar, efectivamente, formas nuevas: llámese sociedad informacional, sociedad red, pero en el momento presente, la estructura económica, las relaciones de producción y distribución y la estructura de relaciones de clase (llámesele elites, si se quiere...) se encuadran -aún con las llamadas nuevas tecnologías...(NT)- en el modo de producción capitalista. Aunque las oficinas, despachos, y fábricas, sean espaciales y postmodernas (se supone que los pedidos de Cisco Systems canalizados a través de su Web se fabricarán en algún lugar!)1: porque las fábricas, donde están? En la obra de Castells se percibe, de alguna forma, que en la nueva sociedad informacional los ordenadores, en vez de ser fabricados, fabricarán ellos... Me imagino que aunque estarán fuertemente automatizadas, los objetos se tendrán que seguir fabricando (a no ser que la virtualidad, como el espacio, se imponga de manera, para mí, fatal...). Acaso, en lugar de saborear “jabugos”, “trevelez”, fino o rioja, o pinchos de tortilla, comeremos información/comunicación, o bits...? Porque el horario, por muy flexible que sea, continuará siendo horario y aunque el consumo se modifique consumo seguirá siendo. Es más, seamos claros; el consumo es lo que verdaderamente sostiene al sistema capitalista ( y al “capitalista /informacional” también...): consuma más y mejor.
Uno de los aspectos más perturbadores es el de la “venganza del espacio sobre el tiempo”( y no sólo para los relojeros suizos...). El Tiempo, como magnitud física implicada en los procesos socioeconómicos, borrado de un plumazo, deja de ser considerado, pese a todo: que será, así, del tiempo de dormir, del tiempo de aprender (y de aprehender), del tiempo de crear, del tiempo de amar... . Y la ciudad, no es, principalmente, un sistema de derechos fundamentados sobre compromisos sociales en el tiempo? Podrá con todo ello el gran principio comprimidor? No, si se aplicara coherentemente los límites que impone el Segundo Principio de la Termodinámica, principio este del funcionamiento del mundo físico tan insoslayable y universal como la gravitación o la relatividad. Pero por lo visto, aunque todos los científicos dicen respetarlo, actúan como si no existiera: se evitan, así, las desagradables cuestiones políticas relacionadas con los límites biofísicos del crecimiento económico,2 porque de otro modo, se derrumbaría la panacea de que ese crecimiento, propugnado y voceado globalmente, acabe con la pobreza, con el deterioro medioambiental y con cualquier otro problema. Pues bien, todo eso no está muy lejos de lo que propugna la revista norteamericana Wired, la Biblia de los “tecnoutópicos” y de los postmodernos, cuando se lee, “De pronto la tecnología nos ha dado los poderes que nos permiten manipular no sólo la realidad exterior, el mundo que nos rodea, sino también y sobre todo a nosotros mismos. Usted puede convertirse en todo lo que quiera serLos ordenadores conducen a una forma de utopía, a un porvenir que se hace mejor por la simbiosis entre el hombre y la máquina, a una religión que ve en el ciberespacio el medio que conducirá a la edad de oro. Una edad en que la numerización liberara al espíritu y facilitará la ascensión hacia un nivel de consciencia más elevado”3. Esto “suena” a los grupos New Age, también a los postmodernos, esas gentes que cuestionan la racionalidad pero que practican el culto a las NT. Pero, no sólo es eso. La afirmación de que una sociedad de redes, dotada de sus instrumentos tecnológicos de punta pondrá remedio a las disfunciones de nuestras sociedades modernas, y de que la tecnología ha creado una era que transciende a la que la ha precedido al mismo tiempo que se distingue de ella, no deja de estar en relación con los actuales planteamientos de las actuales fuerzas legitimadoras de la economía de mercado como consustancial a la naturaleza4, del fundamentalismo de la tecnociencia. Queda así planteada una hipótesis en la que los vínculos, de una u otra forma y grado, entre la New Age (heterogeneidad), la postmodernidad (fragmentación de la realidad) y -lo que, en principio puede ser paradójico, pero que no lo es tanto (ni mucho menos)- con el neoliberalismo y sus aledaños. Naturalmente, habrá que profundizar en la propuesta pero creo que no es casualidad que se hayan juntado en el tiempo, poco más o menos, el auge del neoliberalismo con las propuestas postmodernistas y con las de la New Age.5 Más de Wired. Según su editor ejecutivo, “la “mano invisible” del mercado y las fuerzas ciegas de la evolución darwiniana son realmente una sola y misma cosa”.6 Como en las novelas de ciencia-ficción de Heinlein y Asimov, el camino hacia el futuro parece llevarnos al pasado... . Pero no nos engañemos, la fe en el progreso, ni en un futuro-presente exultante, pese a la compresión del tiempo -lo que no deja de ser una paradoja...- no ha desaparecido. Antes al contrario, en el propio planteamiento general de la obra de Castells es observable esa deriva, en la que planea un posicionamiento optimista proveniente de su convicción de que, “hemos entrado en un mundo verdaderamente multicultural e interdependiente que sólo puede comprenderse y cambiarse desde una perspectiva plural que articule identidad cultural, interconexión global y política multidimensional” (p.57). En esa misma línea, un observador de la trilogía de Manuel Castells afirma que éste espera en sus conclusiones que “el poder del intelecto liberará capacidades productivas hasta el momento inéditas [...] y podremos reconciliarnos con la naturaleza sin comprometer el bienestar material de nuestra descendencia”.7

De vuelta al espacio de los flujos, sucede, también, que “el poder es tiempo: poder usar el tiempo de otros para los intereses propios”.8 Esto no deja de estar en conexión con la aseveración de Castells, de que “las elites no quieren y no pueden convertirse ellas mismas en flujos, si han de preservar su cohesión social, desarrollar un conjunto de reglas y los códigos culturales mediante los cuales pueden comprenderse mutuamente y dominar al resto, estableciendo de este modo las fronteras de “dentro” y “fuera” de su comunidad cultural/política. Cuanto más democráticas sean las instituciones de una sociedad, más se tendrán que diferenciar las elites de las masas para evitar la penetración excesiva de los representantes políticos en el mundo interior de toma de decisiones estratégicas”. Y añade, “Sin embargo, mi análisis no comparte la hipótesis sobre la existencia improbable de una “elite de poder”[...]. Por el contrario, el dominio social real se origina por el hecho de que los códigos culturales están incorporados en la estructura social de tal modo que su posesión abre el acceso a la estructura de poder, sin que la elite necesite conspirar para impedir el acceso a sus redes” (p.493). O Castells es pesimista, en última instancia, sobre el cambio social fundamental, o eso es pura ideología desmovilizadora. No hay que discurrir mucho para descubrir las implicaciones que esto tiene para el desenvolvimiento de las democracias que, reconozcámoslo, si hoy muchas de ellas no pasan de ser “formales”, no se lo que nos espera en esa futura democracia de tecnología punta, donde “se hace innecesaria la conspiración de las elites”. De ello puede inferirse aquello tan manido de que “no hay nada que hacer”, “no hay más cera que la que arde”,”esto es lo que hay”, etc. Y es que la gente es demasiado estúpida para comprender las cosas, por lo que no es posible que participen ni en la gestión de los asuntos que les afectan ni -mucho menos- en las decisiones de las elites: “la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de muy pocos [...] Aquellos que poseen la capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional”.9 Debo aclarar que no estamos hablando de “complots” ni de que seamos memos, pero la inteligencia no protege de la estupidez ya que hay muchas maneras de hacer la/el tonta/o. Una vez volcado esto, también debe decirse que no todos los individuos son manipulables, o lo sean en su totalidad. Es decir, no siempre moldearán la opinión de todos los hombres y mujeres, claro esta, pero sí enmascarar la realidad perceptiva en torno a la cual se forman las opiniones. Como señala Vicente Romano10, “Aquí radica tal vez su efecto más importante: establecer el orden del día para todos, organizando el espacio de lo público (y de lo privado), las cuestiones (todas) en que pensar. En suma, establecen los límites del discurso y de la comprensión”. No moldean el pensamiento de todos/as, pero tampoco tienen por qué hacerlo. Es suficiente con legitimar unos puntos de vista y deslegitimar otros.

Por otra parte, pero en relación, la noción de red de Castells se asocia con la democracia, la libertad, la igualdad, la flexibilidad, la participación, la negociación, etc., en contraposición a las formas verticales, a las estructuras rígidas, a los sistemas de dirección autoritarios, al control directo, pero ahora resulta que las elites tienen más poder y que “ni quieren, ni pueden dejarlo...”. Lo que está pasando, pues, es que el presente modelo de “desarrollo global informacional” permite -otra vez, la paradoja...- una jerarquización -eso sí, “nueva”- de nuestro mundo, lo cual, a su vez, provoca una disgregación (o fragmentación) de economías, de culturas y de sociedades. Es decir, la estructura de relaciones de clase no sólo no desaparece en el capitalismo informacional, o sociedad red, sino que se perpetúa, y se acentúa, bajo una nueva forma.

Y, he aquí uno de los riesgos (calculados...?) que encierra esta versión sociológica, o económica...,11 de la realidad: además de apostar decididamente por las concepciones y realizaciones llevadas a efecto por el status quo, no se pregunta con la necesaria insistencia sobre el origen de los valores dominantes, ni de las estrategias desarrolladas por esas famosas elites (“que no clases...”) y que, como ocurre en el caso de Touraine -del que el autor es deudor-12 intentará a partir de allí relanzar la actividad del sujeto sin tener en cuenta todos y cada uno de los
condicionamientos que lo modelan. Dudo mucho que con todos esas premisas y condicionantes, el Sujeto vaya a poder “pensar por si mismo” y convertirse en una afirmación de libertad contra el poder de los estrategas y sus dispositivos, en un capitalismo que considera que la competitividad y el darwinismo social es la ley dominante. Además, para qué? Si la conspiración “se hace inútil” tanto para los dominantes como para los dominados... . Castells, que dice estar claramente en contra de cualquier tipo de determinismo tecnológico respecto al futuro de la sociedad, deja entrever, sin embargo -de una u otra forma y grado- la existencia de un cierto determinismo de la inevitabilidad de las cosas... . Dicho de otra forma: si el desarrollo tecnológico es visto como consecuencia de decisiones fundadas en la creencia sobre lo que es más conveniente y apropiado a los intereses humanos más generales conforma, por tanto, una visión determinada de la realidad. Una realidad en la que sobre las disputas referentes la conveniencia, o no, de los desarrollos tecnológicos no nos las hemos de ver, casi nunca, con filántropos sino con personajes realmente expertos en sus propios intereses. Así, las novedades que nos esperan no se sitúan, pues, en el ámbito conceptual/lógico, sino en la esfera propiamente industrial y, además, en el plano, siempre resbaladizo, en el que se estiman las posibilidades de consumo de forma previa a su cálculo económico/financiero y a su explotación comercial. Lo cual no insta, por supuesto, para que las consecuencias sociológicas puedan ser muy poderosas.
Así que, como que por interés científico, o con fines lucrativos..., alguien está cambiando nuestras vidas, humano es preguntarse hacia donde vamos, siendo cautos con los que advierten de catástrofes sinfín, pero desconfiando de los que predican paraísos en la tierra y piden antes un óbolo. Los avances tecnológicos no son intrínsecamente buenos ni malos y, al mismo tiempo, son malos y buenos. Mejor dicho, es su uso lo que determina una u otra cosa; la experiencia de nuestro tiempo debe hacernos estar en alerta permanente: el siglo XX ha sido un periodo de civilización y progreso, pero también de barbarie y de atrocidades, algunas organizadas “industrialmente” como, p.ej., la dictadura de Hitler.

No es del todo correcto sostener que las tecnologías de la información están al servicio del capitalismo y que, por consiguiente, Internet es una creación del capital y punto. Pero también hay que decir que las tecnologías no son ingenuas, llegan con una carga ideológica y cultural importante. Marshall McLuhan, Walter Ong, Neil Postman han destacado los cambios sociales y culturales que siguieron a la aparición de la escritura, de la imprenta o de los medios de autoedición electrónicos. Las culturas de tradición oral transmiten su conocimiento a través de la voz y la memoria, la escritura introdujo una manera de fijar y transmitir el conocimiento a través del reconocimiento de una serie de signos visuales. La imprenta no sólo difundió miles de libros sino que, en cierto modo, democratizó el saber. La autoedición ha llevado al libro electrónico, un texto que puede modificarse las veces que se quiera sin necesidad de utilizar papel como soporte. Pero, también, los conglomerados de la comunicación multimedia y de servicios (e-comercio, sobre todo) -Time-Warner-AOL, particularmente- están copando la Red y la libertad se está resintiendo, por no hablar de los portales -sobre todo Yahoo!- que actúan de intermediarios. Junto a eso, justo es decirlo, la coordinación de las muchas protestas contra la globalización, p.ej., ha sido posible gracias a Internet.

Los cambios tecnológicos dan lugar a cambios sociales y culturales y modifican la manera de pensar la realidad.

En el mundo de la empresa la fijación característica de la década de los noventa consiste en identificar las tendencias que mueven el mercado para "anticiparse al futuro", o a la competencia. Internet, o como apunta Jordi Colobrans, “la metáfora del doble clic, es una practica genuina de las sociedades postindustriales. El sistema político-económico que le representa es el capitalismo, con sus multinacionales, su competitividad, su pragmatismo, sus reducciones de plantilla, sus placeres y sus discursos sobre la tercera ola y su tecnología liberadora”.13

Ahora, precisamente la noción de “competitividad”, vuelve a estar de moda (si es que alguna vez ha dejado de estarlo…). Para asumir los nuevos retos que plantea la sociedad de la información, parece que hemos de ser más competitivos. Se habla mucho de nuevos desafíos, de cambios acelerados, de necesarias transformaciones de ámbito global, etc. Pero, ¿sabemos realmente lo que nos quieren decir?, ¿O lo que no dicen…? Igual están apuntando otra cosa. Si la revolución industrial ocasionó grandes penurias y sufrimientos humanos, cabe esperar que la revolución informacional y las nuevas (o viejas…) condiciones de trabajo, muchas veces ligadas a ella, también tendrá- a su manera- sus víctimas. Yo no tengo muy claro como vamos a volver a la competitividad de otras épocas sin reproducir el dantesco espectáculo dickensiano de la explotación laboral, antes de pico y pala y tejedora, y ahora con ordenadores y teles varias…. A no ser, claro, que el acceso a la sociedad red y sus promesas de redención político-social lo justifique todo. La llamada institucional a la competitividad es persistente y permanente y, evidentemente, obtiene eco entre los empresarios; “seremos competitivos, seremos los más competitivos”. Esto, además de que no deja de ser paradójico (ser competitivos suprimiendo a la competencia para quedarse solos, y anular la competencia…!), justifica las practicas de muchas empresas: contratos basura, empleos precarios y discontinuos, horarios rotativos, despidos libres (todo se andará…), y otras arbitrariedades. Vamos, que para ser competitivos los trabajadores/as debemos ser flexibles…, y tragarnos lo que nos echen.

De tal forma, el antropólogo/a no puede sentirse muy cómodo en este escenario de desregulaciones y fexiblilizaciones, de tecnologías deshumanizadas14 donde el poder científico y tecnológico -no "la" ciencia y "la" tecnología, cuidado...!- que corren parejos con el poder industrial y financiero-comercial se han olvidado de una ecuación: racionalidad científica y necesidades sociales (e individuales...). Un escenario en el cual se generan injusticias sociales, la salud se resiente,15 el medio ambiente se destruye y en el que el sistema trata de convertir a los ciudadanos en simples consumidores que actúen guiados tan sólo por los preceptos de la economía de mercado minorando sus derechos democráticos, convertidos en meras decisiones mercantilistas. A mi modo de ver, y en tal marco, pues, la ética debe imperar en el antropólogo/a. En definitiva, de lo que se trata es de reflexionar sosegadamente sobre lo que uno/a hace y/o pretende hacer y, si se puede, tomar decisiones sobre el camino a elegir, siempre con una cierta independencia de lo que hacen los demás (si es que deciden hacer algo...) y no dejarse arrastrar por las modas (que no dejan de ser efímeras...). Y, desde luego, el antropólogo/a, como cualquier científico social debe analizar lo que está pasando en su entorno y en el contexto histórico que le ha tocado vivir. No podemos negar evidencias escudándonos en posibles prejuicios de las nuevas tecnologías sobre la cultura contemporánea. Así, el antropólogo/a no debe encerrarse -en aras de un no se que ideario científico, que más que otra cosa actúa aquí como coartada para no implicarse- en la torre de marfil de la ciencia para no salir a la palestra. El antropólogo/a, y el científico social en general, debe “implicarse” denunciando todas formas de manipulación, de intolerancia y de injusticias. Y no sólo eso, sino que como no nos gusta este sistema, debemos intervenir para ayudar a construir modelos alternativos. Me explicaré, porque no obstante -y después de todo- pienso que así como hay científicos que alertan, p.ej., sobre la destrucción del medio ambiente, del cambio climático que se está produciendo y sobre sus consecuencias no deseadas, el antropóloga/a puede alertar sobre las consecuencias del cambio social derivado de la actual implantación de las nuevas tecnologías y de las nuevas pautas organizativas de la producción y de la empresa, asociadas a una acelerada y profunda reordenación de la división internacional del trabajo, y de los potenciales -algunos ya presentes...- riesgos que todo ello conlleva, y que ya se han señalado a lo largo de este apartado. Y no sólo alertar, sino actuar reorientando tal como nos muestra el excelente trabajo de Richard Sennett, La corrosión del carácter. Las consecuencias del trabajo en el nuevo capitalismo (Anagrama, 2000) en el que el autor incide en como la nueva cultura empresarial de la flexibilidad y el riesgo están revolucionando la tradicional cultura del trabajo occidental, basada en el compromiso, la lealtad y las relaciones a largo plazo entre empresarios y trabajadores, siendo una fuente de angustias, miedos y desconcierto, además de poner en contradicción la identidad profesional del trabajador con su identidad social, ya que en el trabajo se han de asumir unos valores que no son válidos en el entorno familiar (p. ej., no es razonable, supongo, que los padres le digan a sus hijos que la lealtad es una barrera, un engaño). En una línea similar se encuentra, asimismo, la obra de Ulrich Beck, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización (Paidós, 2000) donde el autor, apercibiéndose de las grandes similitudes en la transformación del trabajo que se está produciendo entre el primero y el tercer mundo señala que la entrada de lo precario, lo discontinuo, lo impreciso y lo informal (“brasileñización”), en “esa fortaleza que es la sociedad del pleno empleo en Occidente”, producirá la acelerada mudanza de la sociedad laboral en una sociedad de riesgo, “un riesgo que no es calculable ni para el modo de vida de cada individuo ni para el estado; y más urgente resulta asimismo estudiar la economía política del riesgo desde el punto de vista de sus consecuencias contradictorias para la economía la política y la sociedad”.16

Y es que en la actualidad, parece que tanto para las empresas y los trabajadores la salvación vendrá de la mano de la globalización y sus aledaños (por cierto, ¿sabe alguien en que consiste la dichosa globalización…?). Así, estamos viendo como se generan nuevas vías y recetas milagrosas para alcanzar el éxito en este contexto ya global, como p. ej., la expansión y el crecimiento (aunque se haya demostrado que el tamaño no es sinónimo de eficiencia) y, por encima de todo, la competitividad traducida en flexibilidad y riesgo. Y la flexibilización, desregulación, deslocalización, etc., en definitiva, la sociedad del riesgo, ligada a una reorganización de la división internacional del trabajo, asociado a lo que se ha dado en llamar Nueva Economía (que no debe de ser “tan nueva”, ya que se rige por los mismos parámetros de la de siempre: productividad, competitividad y consumo desaforado) y la globalización, está desplazando la centralidad del valor trabajo, y no olvidemos que el empleo en nuestra sociedad occidental no es únicamente un sueldo: es fuente de identidad social, de socialización. El éxito de la película Full Monty, se debe a haber captado la relación entre empleo y el “ser alguien”.

En todos estos trayectos, se olvida mayoritariamente que detrás de cada secuencia o flujo de actividad, se encuentran las personas, y si éstas no desarrollan todo su potencial de trabajo, de nada sirven todos esos modernos bálsamos, supuestas soluciones a todo, que se esconden bajo esa parafernalia terminológica (a menudo incomprensible, y vacía…). La lógica y el sentido común (que al parecer es el menos común de los sentidos…), son las únicas técnicas que sobreviven a las modas para conseguir los objetivos marcados en la gestión de empresas. El capital humano constituye el factor clave para el progreso de la empresa y, evidentemente, para el progreso tecnológico, económico y social.
Los desequilibrios económicos han existido siempre en el contexto mundial, apareciendo de forma más o menos explícita según el momento histórico, pero es con la revolución industrial cuando las diferencias entre los países ricos y países pobres se acentúan. Aceleradas en el momento actual, por el impacto del neoliberalismo económico globalizador, que dictamina quien debe estar, y quien no, en el reparto del pastel. Es decir, los países que “no tienen nada que ofrecer” a la economía de mercado, quedan fuera del sistema de acceso a los alimentos. Dicho de otra forma, un reducido grupo de firmas del Norte hegemonizan el conjunto de la actividad económica mundial. Las transnacionales, además de imponer sus políticas de fragmentación y reubicación de los procesos de producción, con su corolario de desregulación y flexibilización (para entendernos, despido libre y gratis, sueldos de miseria y sin asistencia socio-sanitaria), de los mercados de trabajo, siguen constriñendo las posibilidades de desarrollo de muchos países a través del control de los flujos comerciales internacionales. Asimismo, la concentración de riqueza -y poder…- en manos de aquéllas que manejan, sin ningún control democrático, presupuestos muy superiores no sólo al de la mayoría de países pobres sino al de varios países ricos; un ejemplo, el del grupo financiero Golman Sachs, cuyos beneficios anuales (2000 millones de dólares) son algo superior al PIB de Tanzania: la diferencia estriba en que estos últimos deberán repartirse entre 25 millones de habitantes, mientras que los primeros se distribuyen entre sus 160 accionistas. Según evidencia el Informe de Desarrollo Humano del PNUD de 1999,17

la brecha existente entre ricos y pobres se ahonda: así, una quinta parte de la población del planeta ostenta el 86% del Producto Bruto Mundial, mientras el quinto más pobre sólo posee el 1%. Además
  1   2   3

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica iconLa Era de a Información: Economía, Sociedad y Cultura

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica iconDefiniciones de Sociedad Digital /Sociedad de la Información / Sociedad...

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica icon1. La sociedad de la información es una sociedad en formación, esto...

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica iconLa transición hacia una Sociedad y Economía basada en el K, debería...

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica iconLa transición hacia una Sociedad y Economía basada en el K, debería...

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica iconEl Nuevo Orden Mundial de la Comunicación en la Era de la Sociedad de la Información

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica iconResumen La dinámica de la llamada "sociedad del conocimiento" o "sociedad...

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica iconSociedad del conocimiento vrs. Sociedad de la informacióN

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica iconSinopsis Cultura. La paradoja del universalismo y la particularidad....

La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. “La Sociedad Red”. Reseña crítica icon¿Sociedad de la información y/o sociedad del conocimiento?




Economía


© 2015
contactos
e.exam-10.com