Francia considerada como una confederación, y los intereses comunes de sus miembros






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fecha de publicación18.07.2015
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14. Francia considerada como una confederación, y los intereses comunes de sus miembros.
Al no encontrar un principio de coherencia en la naturaleza y constitución de las diversas nuevas repúblicas de Francia, me he preguntado cuál ha sido el cemento que los legisladores, sirviéndose de materiales extraños, han utilizado para tratar de unirlas. Sus confederaciones, sus spectacles, sus fiestas cívicas, son cosas que no tengo en cuenta; no son sino meras bagatelas. Pero si en sus actos rastreamos hasta en­contrar su orientación política, creo que podremos distin­guir los arreglos mediante los cuales se proponen mantener unidas esas repúblicas. El primero es la confiscation, junto con el uso obligado del papel moneda que va unido a ella; el segundo es el poder supremo de la ciudad de París; el tercero es el ejército general del Estado. Lo que tengo que decir so­bre este último me lo reservaré hasta que llegue el momento de tratar del ejército en un apartado dedicado expresamente a ese tema.
Por lo que se refiere al funcionamiento del primero (la confiscación y el papel moneda) como elemento amalga­mador, no puedo negar que estas dos medidas, dependiente la una de la otra, podrán por algún tiempo proporcionar una suerte de aglutinante, siempre y cuando, por la insensa­tez de los legisladores, no se logre conciliar las diversas partes y se produzca desde el principio una repulsión entre las mismas. Pero aun concediéndole alguna coherencia y dura­bilidad al sistema, me parece a mí que si, después de un pe­ríodo de tiempo, resulta que la confiscación de bienes no es suficiente para sostener el papel moneda (y estoy moralmente seguro de que no lo será), entonces, en lugar de ser un aglutinante, aumentará indefinidamente la disociación, la separación y la confusión de estas repúblicas confederadas, tanto en lo que respecta a su mutua relación como en lo que se refiere a las partes dentro de cada una de ellas. Mas si la confiscación lograse tener éxito hasta el punto de superar el valor del papel moneda, el aglutinante desaparecería cuando desapareciera la circulación. En el entretanto, su fuerza aglutinadora será muy incierta, y será más firme o más floja según varíe el crédito del papel.
Sólo una cosa es cierta en este sistema, la cual es efecto aparentemente colateral, pero, sin duda, directo en las men­tes de quienes llevan este asunto. El efecto en cuestión es éste: la aparición de una oligarquía en cada una de las repú­blicas. Una circulación de papel moneda sin el apoyo de un dinero real depositado o, por lo menos, apropiado; un pa­pel moneda que asciende a cuarenta y cuatro millones de di­nero inglés y que por la fuerza ha tomado el lugar de la mo­neda del reino, convirtiéndose de este modo, no sólo en la sustancia de los ingresos del Estado, sino también en el medio de todas sus transacciones comerciales y civiles, debe depositar todo lo que quede de poder, autoridad e influen­cia, cualquiera que sea la forma que puedan asumir, en ma­nos de quienes manejan y dirigen esta circulación.
En Inglaterra experimentamos la influencia de la Banca, aunque ésta es sólo el centro de transacciones voluntarias. Sabrá muy poco de la influencia que tiene el dinero sobre la humanidad quien no vea la fuerza que va unida a la gestión de intereses económicos, la cual es mucho más extensa que ninguna otra, y por naturaleza depende más de los gestores que de ninguno de nosotros. Pero no se trata solamente de dinero. Hay en el sistema otro elemento que es inseparable de esta gestión monetaria. Consiste en sacar a la venta, siempre que se quiera, porciones de las tierras confiscadas y embar­carse en un proceso de continua transmutación del papel en tierras y de las tierras en papel. Cuando seguimos los efectos de este proceso, llegamos a concebir algo de la intensidad de la fuerza con que tiene que operar este sistema. Mediante esto, el espíritu de marrullería y de especulación económica llega a penetrar la tierra y se incorpora a ella. En virtud de este tipo de operación, la propiedad se volatiliza, por así de­cirlo; asume una monstruosa y antinatural actividad, y con ello pone en las manos de una serie de gestores principales y subordinados, parisinos y provincianos, todo el papel mone­da '', y quizá hasta una décima parte de toda la tierra de Fran­cia, la cual ha adquirido ahora la peor y más perniciosa enfer­medad que aqueja al papel moneda, a saber, la extrema inestabilidad de su valor. Han invertido por completo la gen­tileza de Latonia para con la propiedad territorial de Delos» . Han echado al viento la suya, como si fueran los fragmentos insignificantes de un naufragio, oras et littora circum1
Los nuevos gestores, siendo normalmente aventureros to­dos ellos y sin hábitos fijos de predilecciones acerca de la localidad, comprarán terrenos para venderlos otra vez, según la ventaja que puedan presentarles el mercado del papel, del dinero o de la tierra. Pues aunque un santo obispo2 piense que la agricultura se beneficiará grandemente de los usure­ros «ilustrados» que van a comprar las tierras confiscadas a la Iglesia, yo, que, aunque no bueno, sí soy viejo granjero, me permito humildemente decirle a Su Señoría que la usura no es el tutor de la agricultura; y si la palabra «ilustrado» ha de entenderse según el significado que se encuentra en el nuevo diccionario y siempre se usa en vuestras nuevas escuelas, no puedo concebir cómo el que un hombre no crea en Dios podrá enseñarle a cultivar la tierra con algo más de habilidad y entusiasmo. «Diis inmnortalibus sero»3, decía un antiguo romano asiendo el arado con una mano mientras la Muerte le cogía la otra. Aunque reunierais en comisión a todos los directores de las dos academias junto con los directores de la Caisse d'Escompte4, un viejo campesino con experiencia valdrá más que todos ellos. Yo obtengo más información acerca de una curiosa e interesante rama de la agricultura manteniendo una breve conversación con un monje cartujo, de la que pudiera obtener hablando con to­dos los directores de Banca con quienes he conversado. Sin embargo, no hay temor de que los intermediarios y corredo­res de comercio se metan en la economía rural. Estos caba­lleros son demasiado listos para eso. Al principio puede que sus tiernas y susceptibles imaginaciones se vean cautivadas por las inocentes y desinteresadas delicias de la vida pastoril, pero en poco tiempo se darán cuenta de que la agricultura es un oficio mucho más laborioso y mucho menos lucrativo que el que habían dejado. Después de hacer su panegírico, le darán la espalda igual que lo ha hecho su gran precursor y modelo. Puede que, como él, empiecen cantando el Beatus ille. Pero ¿cuál será el fin?

Haec ubi locutus foeneratorAlphíus,
Jam jam futurus rusticus
Omnem redegit idibus pecuniam;
Quaerit calendis ponere5.
Cultivarán la Caisse d'Eglise6 bajo los sagrados auspicios de este prelado, con mucho mayor beneficio que cultivando sus viñedos y sus campos de maíz. Emplearán sus talentos de acuerdo con sus hábitos e intereses. No se aplicarán al arado mientras puedan dirigir tesorerías y gobernar pro­vincias.
Vuestros legisladores, siendo nuevos en todo, son los primeros en haber fundado una república basada en el juego, y han insuflado en ella este espíritu como aliento vital suyo. El gran objetivo de esta política es metamorfosear Francia ha­ciendo que, de ser un gran reino, se convierta en una gran mesa de juego. Lo que se quiere es hacer de ella una nación de tahúres; lograr que la especulación impregne todos los aspectos de la vida; mezclarla en todas las actividades de ésta, y cambiar la dirección de todas las esperanzas y miedos del pueblo, canalizándolos hacia esos impulsos, pasiones y supersticiones de quienes viven del azar. Proclaman a voz en cuello su opinión de que su sistema republicano presente no puede existir sin esta especie de juego, y que el entramado mismo de su vida se teje con la fibra surgida de estas especu­laciones. El antiguo juego especulativo era, sin duda, perni­cioso, pero sólo para los individuos. Incluso cuando alcan­zó su mayor amplitud, en el Mississippi yen los Mares del Sur7, sólo afectó a relativamente pocos; cuando se extiende todavía más, como en las loterías, su intención se dirige a un solo objetivo. Mas cuando la ley, que en la mayoría de las cir­cunstancias prohíbe el juego, y en ninguna lo sanciona y aprueba, tiene la desfachatez de invertir su propia naturale­za y función, y expresamente obliga al sujeto a sentarse ante el tapete destructivo por el procedimiento de introducir el espíritu y los símbolos del juego en todas las cosas, incluso en las más pequeñas, forzando a todo el mundo a partici­par en él, entonces una enfermedad epidémica más horrorosa que ninguna otra hasta ahora conocida se extiende por el mundo. Según el sistema de ustedes, nadie puede ganarse el sustento sin especular. Lo que recibe por la mañana no tendrá el mismo valor por la noche. Lo que se le obliga a re­cibir como pago de una antigua deuda no le valdrá para cancelar otra deuda contraída después por él, ni tampoco para hacer un pago inmediato y evitar así contraer deuda alguna. De este modo, la industria languidecerá, la economía será expulsada de vuestro país, el ahorro previsor dejará de exis­tir. ¿Quién querrá trabajar sin saber a cuánto ascenderá su jornal? ,Quién estudiará el modo de incrementar lo que na­die puede estimar? ¿Quién se atreverá a acumular dinero sin saber cuál será el valor de lo que ahorra? Si se saca del juego el papel moneda con el propósito de ahorrarlo, ello no será un acto de previsión humana sino el instinto desordenado de una corneja.
Lo verdaderamente triste de esa política que consiste en hacer sistemáticamente de una nación un pueblo de tahúres es esto: que aunque todos se ven obligados a jugar, son pocos los que pueden entender el juego, y aún menos los que pue­den adquirir ese conocimiento. Los más serán, pues, enga­ñados por esos pocos que manejan las riendas de estas espe­culaciones. Es obvio el efecto que esto tendrá sobre la población rural del país. El habitante de la ciudad puede pla­near su economía de un día a otro, pero quien vive en el campo no puede hacerlo así. Cuando el campesino trae su maíz al mercado, el magistrado municipal le obliga a ven­derlo al precio estipulado; pero cuando este campesino va a la tienda con su dinero, descubre que, con sólo cruzar la ca­lle, ya ha perdido el siete por ciento. Este campesino no esta­rá deseoso de volver a vender sus productos. Como conse­cuencia, la gente de la ciudad se irritará y obligará a los campesinos a traer su maíz. Éstos ofrecerán resistencia, y puede que los asesinatos de París y de Saint Denis vuelvan a surgir por toda Francia.
¿Qué sentido tiene, pues, esa vana deferencia que se le concede al campo cuando decís estar quizá dándole una ma­yor participación en vuestra teoría representativa? ¿A quién habéis otorgado el verdadero poder sobre el dinero y la tie­rra? ¿En dónde habéis depositado los medios de aumentar y disminuir el valor de los bienes de una persona? Aquellos cuyas operaciones pueden crear o agregar un diez por ciento a las posesiones de cada individuo de Francia, habrán de ser los amos de cada individuo de Francia. Todo el poder obte­nido por esta revolución se establecerá en las ciudades y es­tará en manos de los burgueses y banqueros que las dirigen. Ni el caballero con tierras de labor, ni el pequeño terrate­niente, ni el campesino, tienen los hábitos, los gustos y la ex­periencia que pudieran permitirles tener alguna participa­ción en esa única fuente de poder que ha quedado en Francia. La naturaleza misma de la vida rural y de las propiedades inmuebles, así como las ocupaciones y placeres que se derivan de ellas, hacen imposible que los campesinos puedan juntarse y organizarse, que es la única manera de ejercer algún tipo de influencia. Por muchos que sean los procedimientos y esfuerzos empleados en lograr que se jun­ten y organicen, los hombres del campo siempre terminarán por disolverse en individualidades. Todo lo que suponga al­gún tipo de corporación es impracticable entre ellos. La es­peranza, el miedo, la alarma, la envidia, la efímera historia que nace y muere con el día: todas estas cosas que son las riendas y espuelas de que se sirven los líderes para contener o estimular las almas de sus seguidores, son difíciles de em­plear, si no imposible, entre gentes dispersas. Sólo con gran­dísima dificultad y enorme gasto es posible reunirlas, ar­marlas e incitarlas a la acción. Y sus esfuerzos, cuando han logrado tener comienzo, no pueden ser sostenidos. Estas gentes no pueden proceder de modo sistemático. Si los caba­lleros rurales intentaran tener alguna influencia basándose en los ingresos derivados de sus propiedades, ¿cómo podrían competir con quienes tienen para vender diez veces más de lo que ellos tienen, y pueden arruinar sus propieda­des introduciendo en el mercado el producto de sus abusivas ganancias? Si el propietario de tierras desea hipotecarlas, ba­jará el valor de éstas y elevará el de los assignat8. Aumenta­rá, así, el poder de su enemigo mediante el uso de esos mis­mos procedimientos con los que quería combatirlo. Por lo tanto, el caballero rural, el que oficia en mar y en tierra, el hombre de ideas y hábitos liberales que no está vinculado a ninguna profesión, estará tan totalmente excluido de parti­cipar en el gobierno de su país, como si hubiera sido legalmente declarado proscrito. Es obvio que en las ciudades to­das las circunstancias que conspiran contra el caballero rural se juntan para operar a favor de quienes manejan y controlan el dinero. En los centros urbanos, agruparse es na­tural. Los hábitos de los burgueses, sus ocupaciones, sus diversiones, sus negocios, sus ratos de ocio les ponen conti­nuamente en contacto mutuo. Sus virtudes y sus vicios son de carácter sociable; siempre están en compañía; yya tienen espíritu de cuerpo y se encuentran en buena medida disci­plinados cuando se les pone en manos de quienes se propo­nen formarlos para la acción civil o militar.
Todas estas consideraciones hacen que no me quepa la me­nor duda de que, si este monstruo de Constitución continúa, Francia será enteramente gobernada por los agitadores de las corporaciones, por sociedades urbanas constituidas por los que manejan los assignats, por fideicomisarios para la venta de bienes eclesiásticos, por abogadetes, agentes, chala­nes, especuladores y aventureros, componiendo todos ellos una oligarquía erigida sobre las ruinas de la Corona, de la Iglesia, de la nobleza y del pueblo. Aquí terminan todos los sueños engañosos y todas las visiones acerca de la igualdad y de los derechos humanos. En la serbónica9 marisma de esta vil oligarquía todos son absorbidos, hundidos y perdidos para siempre.
Aunque los ojos humanos no puedan verlas, uno se ve tentado a pensar que algunas de las ofensas cometidas en Francia claman al cielo, y que por eso el cielo ha estimado oportuno castigar al país sometiéndolo a una domina­ción vil y plebeya, en la que no cabe encontrar comodidad o compensación en ninguno de esos falsos esplendores que, rodeando a otras tiranías, impiden que los hombres se sientan deshonrados, incluso cuando están siendo opri­midos.
Debo confesar que siento una mezcla de tristeza e indig­nación ante la conducta de unos pocos hombres, antaño de alto rango y gran categoría personal, que, confundidos por nombres engañosos, se han metido en un asunto demasiado profundo para apreciarlo debidamente; hombres que han dejado su buena reputación y la autoridad de sus ilustres nombres en manos de individuos a quienes no conocen, los cuales han hecho que sus mismas virtudes contribuyan a la ruina de su país.
Y hasta aquí lo que se refiere al primer principio agluti­nados.
El segundo material que usan como cemento en su nueva república es la superioridad de París; y reconozco que esto tiene una fuerte vinculación con su otro principio aglutina­dor: la circulación del papel moneda y la confiscación. Es en esta parte del proyecto donde debemos buscar la causa de la destrucción de todos los antiguos límites entre las provincias y demás jurisdicciones eclesiásticas y seculares, y la disolución del antiguo orden de cosas, así como la formación de tantas pequeñas repúblicas desconectadas las unas de las otras. El poder de la ciudad de París es, evidentemente, un gran resorte de toda su política. Es mediante el poder de esta ciudad, la cual se ha convertido ahora en centro y foco de es­peculadores, corno los líderes de esta facción dirigen, o por mejor decirlo, dan órdenes a todo el Gobierno legislativo y ejecutivo. Todo, por tanto, ha de ser hecho de modo que se confirme la autoridad de esa ciudad sobre las demás repú­blicas. París es fuerte; tiene un poder enorme, totalmente desproporcionado con el de cualquier otro departamento. Y esta fuerza está concentrada y condensada en un área redu­cida. París disfruta de una fácil conexión entre sus partes, que no se verá afectada por ningún esquema de Constitu­ción geométrica; y no importará mucho el que su parte de representación sea mayor o menor, pues todo el banco de peces está en su red. Las otras divisiones del reino, habiendo sido destrozadas y pulverizadas a hachazos, y apartadas de todos sus medios y principios de unión, no podrán, al menos por un cierto tiempo, confederarse contra ella. Nada se les ha dejado a ninguno de los miembros subordinados, ex­cepto debilidad, falta de conexión y confusión. Para confir­mar esta parte del plan, la Asamblea ha llegado recientemente a la resolución de que jamás dos de estas repúblicas podrán tener un mismo comandante en jefe.
A una persona que contemple el panorama en su totalidad, la fuerza de París así formada se le presentará como un siste­ma de general debilidad. Se proclama con orgullo que una política geométrica ha sido adoptada, según la cual todos los localismos serán suprimidos, y que no habrá ya gascones, picardos, bretones y normandos, sino franceses unidos en una misma nación, un mismo espíritu y una misma Asam­blea. Pero lo más probable es que, en lugar de ser todos franceses, los habitantes de esa región pronto dejarán de tener patria. Ningún hombre se ha sentido jamás vinculado por un sentimiento de orgullo, partidismo o verdadero afecto a una circunscripción que es resultado de una medición geo­métrica. Nunca se enorgullecerá de pertenecer al cuadrado número 71 o a ningún otro compartimento parecido. Nues­tros afectos públicos empiezan con el afecto a la familia. Ninguna relación fría da lugar a un ciudadano celoso. De ahí pasamos a nuestros vecinos y a las personas con quienes nos relacionamos dentro de la provincia. Estos contactos tienen lugar en las fondas y otros lugares de descanso. Esas divisio­nes de nuestro país que han sido formadas por el hábito y no por un repentino golpe de autoridad son otras tantas imá­genes pequeñas del gran país en el que el corazón encuentra algo que pueda colmarle. El amor al todo no se extingue por el hecho de que existan estos otros amores a la patria chica. Quizá sean éstos una especie de aprendizaje elemental que ayuda luego a adquirir esas deferencias más altas y mayores que hacen a los hombres sentir, como si fuera cosa suya, sa­tisfacción en la prosperidad de un país tan grande como Francia. Incluso con referencia a la generalidad del territo­rio, lo mismo que con las viejas provincias, los ciudadanos tienen sus intereses fundados en antiguos prejuicios y hábi­tos no razonados, y no provienen de las propiedades geomé­tricas de la división cuadrangular. Mientras duren, el poder y la preeminencia de París ejercerán, ciertamente, una pre­sión que mantendrá unidas estas repúblicas. Mas, por las ra­zones que he dado, no creo que esto pueda prolongarse por mucho tiempo.
Pasando ahora de la creación civil y de los principios agluti­nantes de esta Constitución a la Asamblea Nacional, la cual se presenta y actúa como soberana, vemos en ella un cuerpo constitucional que posee todos los poderes imaginables y sobre el que no hay posibilidad de ejercer un control exterior. Vemos en ella un cuerpo sin leyes fundamentales, sin máximas establecidas, sin respetar reglas de procedimiento, sin que nada pueda ser ajustado a sistema alguno. La idea que la Asamblea tiene de sus propios poderes hace que éstos sean siempre llevados al límite de su competencia legislati­va, y sus ejemplos de casos comunes provienen en realidad de excepciones sólo permisibles en casos de urgente necesi­dad. La Asamblea futura habrá de ser en muchos respectos corno la presente; mas, por la forma de las nuevas elecciones y la tendencia de las nuevas circulaciones, se verá purgada de ese pequeño grado de control interno que estaba en poder de una minoría elegida, encargada de representar una varie­dad de intereses y de preservar algo de su espíritu. La próxi­ma Asamblea será, si cabe, peor que la presente. La presen­te, al destruirlo y alterarlo todo, no dejará a sus sucesores nada popular que hacer. Motivados por la emulación y por el ejemplo de sus antecesores, se meterán en las empresas más audaces y absurdas. Es ridículo pensar que una Asam­blea así se esté completamente quieta.
Vuestros arrogantes legisladores, en su prisa por hacerlo todo a la vez, han olvidado una cosa que parece esencial y que no creo que haya sido nunca omitida, ni en la teoría ni en la práctica, por quienes han proyectado fundar una repú­blica. Han olvidado constituir un ser do o algo que tuviese su naturaleza y carácter. Nunca antes de ahora se había oído de un cuerpo político compuesto de una sola asamblea le­gislativa y activa, en la que sus oficiales ejecutivos careciesen de un tal órgano consultivo, en la que no hubiera algo con lo que las potencias extranjeras pudieran relacionarse; algo a lo que el pueblo pudiese apelar en los detalles ordinarios de gobierno; algo que pudiera dar orientación y estabilidad a los procedimientos del Estado, y preservar algo así como una consistencia. Los reyes suelen tener un Consejo del Rei­no que desempeña esa función. Una monarquía puede exis­tir sin un senado, pero en una república es esencial que haya un órgano así. Ocupa un lugar intermedio entre el poder su­premo ejercido por el pueblo, o inmediatamente delegado por éste, y el ejecutivo. En vuestra Constitución no hay tra­zas de que exista nada así; y al no haber procurado esto, vuestros Solones y Numas han revelado, como en todo lo demás, su soberana incapacidad.


1 «Rodeando costas y litorales.» Es el texto de Virgilio cuya referen­cia se da en la nota anterior. (A'. del T.)

2 Probable referencia a Charles Maurice de'falleerand. A pesar de su notoria impiedad, fue nombrado obispo por Luis XV lo En 1789 se puso del lado de los revolucionarios. (N. del T.)

3 Cicerón, De.Senectute, VII, 25: «Siembro para los dioses inmorta­les». (N. del T.)

4 Caja de Descuento. (IV. del T.)

5 Horacio, Épodos, 2, 67-70. «Cuando el usurero Alfio hubo dicho esto, deseando ardientemente hacerse granjero, recogió todo su dine­ro mediado el mes; mas pronto deseó invertirlo otra vez.» (N. del T.)

6 Cepillo de la Iglesia (N. del T.)

7 La Mississippi Company, promocionada en Francia por John Law, y la South Seas Company en Inglaterra, fueron corporaciones de co­mercio colonial que dieron lugar a arriesgadas inversiones, a veces con efectos ruinosos para los especuladores. (N. del T.)

8 Una modalidad de papel moneda respaldado por elvalor de las tie­rras confiscadas, puesto en circulación por el Gobierno revolucionario. (N. del T.)

9 Adjetivo derivado de Serbonis: región pantanosa del norte de Egipto en la que se dice que ejércitos enteros fueron tragados por el cie­no. (N. del T.)

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