Sumario. Objeto de esta devoción. Nuestro intento. Fuentes. Una observación






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Pruebas litúrgicas

Suele decirse que en la Iglesia católica lex orandi lex credendi, la manera de orar expresa la manera de creer, o sea, que las oraciones oficiales del catolicismo, su liturgia, reflejan juntamente sus creencias; por eso los teólogos en sus investigaciones una de las fuentes a que acuden es a los documentos litúrgicos. También nosotros en este punto vamos a acudir a ellos.
En 1929, con motivo de haber sido elevada a más alto rito la fiesta del Sagrado Corazón, imponía el R. Pontífice a la Iglesia universal un nuevo Oficio litúrgico, bello y magnífico por cierto. Ahora bien, en él se afirma con la mayor claridad que la Iglesia nació del Corazón sacrosanto.
Así en el himno de las primeras Vísperas leemos:
«Del Corazón rasgado, la Iglesia, esposa de Cristo, nace. Ex Corde scisso Ecclesia - Christo fugata nascitur». En el himno de Maitines añade: «Por eso le hirió la lanza, -por eso recibió herida, -para lavar nuestras manchas - con corriente de agua y sangre. Percussum ad hoc est lancea - Passumque ad hoc est vulnera, - Ut nos lavaret sordibus - Unda fluente et sanguine». Viene hablando del Corazón de Jesús; y al decir que de él salió sangre y agua, y que esa sangre y esa agua, nos lavan de nuestras manchas, da a entender que de él salieron los sacramentos, que son los que propiamente nos limpian de los pecados; y por tanto que de él nació la Iglesia.
Esta misma idea se repite en la lección primera del tercer Nocturno: «Con el agua y con la sangre manó el precio de nuestra salud, el cual brotando de la fuente, a saber, de lo íntimo del Corazón, dio a los sacramentos de la Iglesia virtud para conferir la gracia».
Y añade el texto que todo esto sucedió «para que del costado del Cristo dormido en la cruz fuese formada la Iglesia». De donde parece que, en la mente del escritor, decir que la Iglesia salió del costado es lo mismo que afirmar que salió del Corazón de Jesús.

Concilios provinciales, etc.

Estas ideas, que el Pontífice Pío IX proclamó y que Pío XI ha insertado en la liturgia de la Iglesia universal, flotaban hacia ya tiempo en el ambiente católico, y así aparecen con frecuencia acá y allá, unas veces en Concilios provinciales, otras en Oficios del Corazón de Jesús aprobados por la autoridad eclesiástica para determinados lugares, otras en escritores diversos.
En el año 1849 el Concilio provincial de Aviñón, en el acta en que resolvía consagrarse al Corazón de Jesús se decía: «De aquel Corazón atravesado por la lanza en la cruz nació la Iglesia, brotaron los sacramentos, salimos todos cuantos hemos renacido por el Bautismo del agua y de la sangre que de allí manaron, y hemos sido constituidos en miembros del cuerpo y de la carne de Cristo»cxxxiv[134]. «Oh Corazón amantísimo de Jesús, - exclamaba un año después el Concilio de Bourges... - Corazón dulce, Corazón amable, del cual nació y fue formada la santa Iglesia que nos ha engendrado...»cxxxv[135]. «De aquel Divino Corazón atravesado por la lanza en la cruz- añadía el Concilio de Auch - nació la Iglesia, manaron los sacramentos...»cxxxvi[136]. Y el Concilio de Quebec en 1883 repetía la misma idea, copiando las palabras de San Buenaventura, que hemos visto más arriba en la Misa del Sagrado Corazón.
Lo propio que en los Concilios provinciales se puede observar en los Oficios litúrgicos locales. Hay un Oficio Parvo del Corazón de Jesús que tiene importancia por su antigüedad, y que nos complacemos en citar, por ser un monumento de la devoción al Corazón Divino en España. Se imprimió en 1550, y fue compuesto por el español y valenciano Juan Bautista Anyés, sacerdote insigne en doctrina y santidad, amigo íntimo de Santa Teresa y de San Francisco de Borja, que murió en 1553. En ese Oficio, pues, el himno de Nona dice: «Alégrense nuestro primer padre y nuestra primera madre. Muriendo en la cruz el dueño de la vida saldó las deudas de la muerte; se levanta la segunda Eva, abierto con el hierro el Corazón; de él manan las corrientes y el precio de nuestra salud»cxxxvii[137]. Las mismas ideas van apareciendo después en otros varios Oficios.
Por último vamos a dar por terminado este punto con este breve argumento. Es interpretación comúnmente admitida entre los comentaristas modernos de la Sagrada Escritura que la sangre y el agua salieron del Corazón de Jesús; así lo afirman v. g. Lucas, a Lapide, Barradas, Tirini, Menoquio, Knabenbauer, Fillion, y algunos más a los cuales ya hablan precedido otros, entre ellos Santo Tomás. Ahora bien, sabemos por el testimonio de los SS. Padres que de la sangre y del agua que hizo saltar la lanzada, en cuanto que representaban los sacramentos, nació o fue formada la Iglesia; pero, según los comentaristas, la sangre y el agua no solamente brotaron de la haga del costado en general, sino concreta y determinadamente de la herida del Corazón, luego del Corazón de Jesús salió la Iglesia católica.

Rejuvenecimiento

Decíamos que el origen de la Iglesia del Corazón de Jesús es una idea muy fecunda, y que declara no poco la excelencia de esta devoción; porque si la Iglesia nació del Sagrado Corazón, como quiera que, según expresión de León XIII a propósito semejante, las cosas se conservan y perfeccionan por aquellas mismas causas de que recibieron el ser, ¿qué será volver el Señor la Iglesia a su Corazón Divino, sino tornarla a la fuente donde recibió la vida, para que salga de ella con aquella plenitud de vigor y lozanía juvenil con que al principio brotó? ¿Qué será sino volverla a la fragua, en donde fue modelada, para sacarla de allí tan renovada y flamante en el fervor, como apareció en el mundo, cuando salió por primera vez a la luz? ¡Cuán bien concuerda este pasaje de San Juan Evangelista con aquellas palabras que él mismo dijo a Santa Gertrudis en la gran revelación del siglo XIV: que esta admirable devoción estaba reservada para los tiempos modernos, a fin de que el mundo senescente volviese a caldearse de nuevo!

El cuerpo místico

Pero hay aquí otro misterio que merece considerarse. Los que conocen un poco las Epístolas de San Pablo saben que uno de los principios de que más consecuencias y aplicaciones deduce, uno de los focos de luz potente que más de continuo está irradiando en sus ideas y en su vida, es aquella fecunda y consoladora verdad de la incorporación de los fieles en Jesucristo. En efecto, es una aserción católica, cien veces repetida en la Escritura Sagrada, que Cristo Nuestro Señor es, usando la alegoría de San Pablo, como una oliva divina, en la cual por el Bautismo quedan injertos los hombres, para no formar sino un misterioso árbol, cuyo tronco es el Dios-Hombre, y las ramas son los fieles. Viene a ser lo mismo que dijo Cristo en el sermón de la Cena: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que está en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto (15,5). Como el sarmiento no puede llevar fruto de sí mismo, si no estuviere en la vid, así tampoco vosotros, si no estuviereis en mí (15,4). El que en mí no estuviere será echado fuera, como el sarmiento, y se secará, lo recogerán, lo arrojarán en el fuego y arderá (15,6)
Y no se crea que éstas sean sólo metáforas: son hermosas realidades; es cosa cierta que de un modo misterioso, pero verdadero, los fieles por la gracia santificante quedan injertos en Jesucristo y constituidos miembros suyos; y es ello tan verdadero, que una serie de ideas muy capitales de la doctrina católica las deduce el Apóstol de este principio por extremo luminoso.
En efecto: a) Si los cristianos son miembros de Jesucristo, los miembros, como es sabido, participan de la naturaleza del cuerpo, y así si el cuerpo es de un hombre, los miembros son miembros de hombre o humanos, pero como Cristo es Dios, sus miembros habrán de ser miembros de Dios o divinos; luego los hombres al ser injertos en Cristo han de quedar con ello divinizados, elevados a categoría divina, partícipes de la naturaleza de Dios; y así es como sucede en efecto, pues mediante la infusión de la gracia santificante, que es la que incorpora los hombres a Jesucristo, quedan éstos, como dice la Escritura y la teología católica: divinae consortes naturae,cxxxviii[138] partícipes de la naturaleza divina, que es una de las verdades más bellas del cristianismo.
b) Si el árbol es divino y las ramas son divinas, los frutos que de ellas broten divinos serán también; las obras, pues, del cristiano que esté incorporado en Cristo y que no sean obras malas son en cierto modo divinas; pero a obras divinas corresponde premio divino, gloria divina, gloria propia de Dios, y como la gloria con que es Dios bienaventurado consiste en verse y amarse a sí mismo: en la visión beatífica, en esa misma gloria consistirá la felicidad de los miembros de Jesucristo, como así es en verdad, según lo enseña la fe.

c) Los miembros del cuerpo están vivificados por el alma, por el espíritu que informa y anima al cuerpo. Ahora bien, el espíritu que mueve y gobierna el cuerpo de Jesucristo es el Espíritu Santo, que en Cristo-Dios esencialmente mora; luego también el Espíritu Santo habitará en cada uno de los fieles, como lo enseña la teología, según aquello de la Sagrada Escritura:
¿No sabéis que vuestros miembros son templos del Espíritu Santo?cxxxix[139]
d) Pero no solamente el Espíritu Santo, sino el Padre y el Verbo habitan también en Cristo: el Verbo por identidad de persona, y el Padre por identidad de esencia; luego también ambos a dos morarán en los miembros de Jesucristo, como los católicos creemos.

e) La Virgen es madre de Jesucristo, pero si es madre de Cristo, había de serlo también de todos sus miembros, porque las madres son madres del hijo entero; por consiguiente: la Virgen es madre nuestra.
Así podríamos continuar discurriendo, pero lo dicho es bastante; sólo una consideración más no queremos omitir de pasada, porque ilustra en gran manera la doctrina del pecado. Únicamente están injertos en Cristo por la manera indicada los fieles que se encontraren en gracia; luego el que pierde la gracia por el pecado mortal, pierde la inserción en Jesucristo; y como de ella fluían las grandezas indicadas, queda en un solo momento desnudo, despojado de todas y condenado a secarse, como el sarmiento separado de la vid.

Un don del Corazón Divino

Lo es el ser miembros de Cristo. No queremos decir con esto que los cristianos en gracia sean miembros del Corazón de Jesús, o sea, partes de ese órgano particular de su cuerpo; no, decimos ser miembros de Jesucristo en el sentido en que hablan las Sagradas Escrituras; lo único que pretendemos significar es, que esa gracia, esa grandeza admirable de pertenecer al cuerpo de Jesucristo, es beneficio que debemos al Divino Corazón.
Por de pronto esta idea se deduce claramente de lo que llevamos dicho. Vimos, en efecto, que el Bautismo y los demás sacramentos brotaron del Corazón de Jesús, pero los sacramentos son los que nos injertan en Jesucristo al conferirnos la gracia santificante, luego al Corazón Divino debemos en último término nuestra incorporación a Cristo o el ser miembros de su cuerpo.
Pero hay además un pasaje de San Pablo muy profundo, del cual se deduce este mismo pensamiento. En el capítulo 5 de su carta a los de Efeso, hablando de Cristo dice: «Quia membra sumus corporis eius, de carne eius et de ossibus eius». Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos (v. 30).
Mas ¿por qué razón, según el Apóstol de las gentes, somos cuerpo, carne y huesos de Jesucristo? Aquí aduce como argumento el pasaje del Génesis (II, 23, 24), en que se refiere cómo Eva fue formada del costado de Adán, y por eso la llamó carne de su carne y hueso de sus huesos. Y a continuación de esto añade San Pablo: «Este misterio es grande, pero yo digo en orden a Cristo y a la Iglesia» (y. 32). Según el Apóstol, pues, la Iglesia es cuerpo de Cristo, porque fue formada de su costado, como Eva fue llamada cuerpo y carne de Adán, porque de su costado fue hecha; además este misterio del Paraíso fue figura del de la cruz.
Pero ya demostramos largamente que la palabra costado, un poco general, que aparece en los primeros tiempos, se ha ido concretando más en el curso de los siglos, y hoy podemos afirmar que la Iglesia tuvo su origen precisamente en el Corazón Divino. Por consiguiente, es fácil determinar más aún el pensamiento de San Pablo y decir que la Iglesia es cuerpo y carne de Cristo, porque salió de su Corazón; por tanto, si los fieles cristianos somos de carne ejus et de ossibus ejus: de su carne y de sus huesos, en expresión del Apóstol, al Corazón de Jesús tenemos que agradecerlo, según aclararemos algo más unas páginas después.
Si, pues, de nuestra incorporación a Cristo se deriva, según observamos antes, la divinización de nuestro ser, el precio subido de nuestras obras, nuestros destinos sublimes, nuestro todo, y esa inserción en Jesucristo es gracia que nos viene del Corazón de Jesús, síguese que de él han promanado y promanan todos y cada uno de los bienes y grandezas de los hombres.
De aquí se deduce, entre otras, dos consecuencias principales: primera, que la Iglesia, todos los fieles cristianos deben tener una tierna devoción, siquiera por gratitud, a aquel Corazón Divino, de donde han recibido y reciben cuanto son y cuanto esperan; segunda, que acercarse al Corazón de Jesús es allegarse al nacimiento, al manantial, al venero caudaloso de donde han surgido y surgen los arroyos y las fuentes de las gracias celestiales en la Iglesia; y así se explica perfectamente todo aquel modo de hablar de profusión y abundancia, al tratar de esta devoción divina, que vimos en los amigos del Divino Corazón.
En efecto, no participa de las aguas en la misma cantidad quien tiene que recibirlas del grifo limitado de una fuente que el que va al manantial mismo. ¡Qué diferencia además entre uno y otro en punto a celeridad!

A las entrañas del cristianismo

Pero aún hay aquí otras armonías consoladoras. ¿Qué significa, en efecto, todo este simbolismo de que la Iglesia nació del Corazón de Jesús? Como el corazón significa el amor, presentar Dios a la Iglesia como naciendo del Divino Corazón, es decir de modo gráfico y bello que el cristianismo ha brotado del amor de Jesucristo, es la obra del amor, la caridad de Cristo es, por decirlo así, su madre.
De aquí se sigue, en primer lugar, que las relaciones entre Cristo y el mundo católico son relaciones de amor, puesto que en el amor la Iglesia tiene su razón de ser.
Por consiguiente la devoción al Corazón de Jesús, cuyo objeto es Cristo amante, cuyo fin es el amar, cuyo efecto primordial es encender el amor dentro del pecho, y cuya principal práctica, como veremos después, consiste en el amor puro, desinteresado y práctico al Redentor, es una devoción, una ascética, que por una parte apunta de manera muy directa a las entrañas mismas de la obra de Dios Nuestro Señor en la tierra y a la raíz más recóndita de los proyectos divinos sobre los hombres, y por otra, viene hoy día - apoyada en gran número de gracias - a dar al mundo cristiano un impulso vigoroso hacia el ideal de las relaciones que deben existir entre Jesús y su Iglesia. Dios «quiere dar - dice Santa Margarita - (a los cristianos) con esta devoción, un nuevo medio de amar a Dios por este Sagrado Corazón tanto como Él desea y merece ser amado»cxl[140].
Parece, pues, que desea Nuestro Señor por la devoción al Corazón de Jesús ampliar más el radio de la virtud en el mundo, de forma que el grado de perfección, que traspase los límites de lo vulgar, sea común a un número de personas mucho más grande que antes. «Jesucristo me ha dado a conocer de una manera que no ha lugar a duda - dice Santa Margarita - que... El quería establecer por doquiera esta sólida devoción, y por medio de ella granjearse una muchedumbre infinita de siervos fieles, de perfectos amigos y de hijos enteramente agradecidos»cxli[141]. De manera que la devoción al Corazón Divino está llamada a hacer surgir en el mundo una grande multitud, no de cristianos pasables, de religiosos buenos pero nada más, sino de siervos leales, de amigos íntimos y finos y de hijos verdaderos de Cristo Nuestro Señor. Por eso esta devoción, que en los siglos precedentes era propia solamente de algunas almas muy elevadas y finas: de una Santa Gertrudis, madre y maestra de los místicos de la edad media, de una Santa Matilde, de una Santa María Magdalena de Pazzis, etc., quiere Nuestro Señor que sea hoy propiedad de todo el mundo y entre en el pueblo cristiano a banderas desplegadas, para mostrar a las claras que desea hacer más frecuentes las delicadas labores de la perfección elevada y superior.
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