Sumario. Objeto de esta devoción. Nuestro intento. Fuentes. Una observación






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LA DEVOCIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


IMPORTANCIA CONSAGRACIÓN PERSONAL


Por Florentino Alcañiz, S. J.

Doctor y Maestro Agregado a la Facultad de Filosofía de la Universidad Gregoriana

5ª EDICIÓN AUMENTADA

Misioneras Hijas del Corazón de Jesús

Calle Arabial, n.º 59. 18004 Granada.

Con licencia de los Superiores

Granada, 29 de julio de 1957

Nihil obstat.

El Censor,

Dr. Fernando Blanco Blanco

Granada, 30 de julio de 1957
REIMPRIMATUR
Dr. Paulino Cobo,

Vic. Gral.

Por mandato de S. Sría. Ilma. y Rvdma.

José García Peralta

Vice-Canciller-Srio.

INTRODUCCIÓN
SUMARIO. - Objeto de esta devoción. - Nuestro intento. - Fuentes. - Una observación.

Objeto de esta devoción
Señalar el objeto de este culto es lo mismo que declarar lo que entendemos con el nombre de Corazón de Jesús. Esta cuestión ya ha sido desarrollada amplia y repetidamente por excelentes autores, y así tan sólo haremos aquí un brevísimo resumen, tomado del P. I. V. Bainvel, a quien puede consultar quien deseare ideas más amplificadas.
Cuando decimos Corazón de Jesús significamos por de pronto el corazón material y verdadero de Cristo, pero considerado como símbolo de su amor; significamos además este mismo amor del Hijo de Dios simbolizado en su Corazón divino; significamos todo lo íntimo de Jesús: sus sentimientos, sus afectos, sus virtudes, etc., «en cuanto tienen en el corazón viviente un centro de resonancia, un símbolo, o un signo de referencia», a lo cual llaman el objeto por extensión; significamos, en fin, la Persona amabilísima de Cristo Nuestro Señor.
«Margarita María, escribe el P. Bainvel, dice este Sagrado Corazón como diría Jesús. En ambos casos mira directamente a la Persona. Y este uso ha venido a ser corriente, designando a Jesús por el nombre de El Sagrado Corazón. No es que los dos vocablos sean sinónimos (adviértase bien). No se puede decir indiferentemente Jesús o el Sagrado Corazón; no se designa siempre la persona por su corazón. Para hacerlo es menester que se atienda a la vida afectiva y moral de la persona, a su intimidad, a su carácter y a sus principios de conducta... Esta consideración de la persona en su corazón da a la devoción un aire más libre y un alcance más amplio, Por ella el Sagrado Corazón me representa a Jesús en toda su vida afectiva y moral; lo interior de Jesús, a Jesús todo amante y todo amable...
Todo Jesús se resume y se representa en el Sagrado Corazón atrayendo bajo este símbolo expresivo nuestras miradas y nuestros corazones hacia su amor y sus amabilidades, Jesús ¿no es, acaso, en todo y por todo, todo amable y todo amante? Todo El, ¿no es corazón?... El corazón no desaparece en esta nueva acepción.
Pero la Persona misma de Jesús es quien nos lo abre, diciéndonos como a Santa Margarita María: «He aquí este Corazón». Y nosotros, mirando al Corazón que se nos muestra así aprendemos a conocer la Persona en su fondo. Por esta manera todo Jesús se recapitula en su Corazón, como todo lo demás se recapitula en Jesús»i[1]
De este modo hermoso e íntegro consideramos nosotros al Corazón de Jesús en nuestro libro; modo como suele entenderlo de ordinario el pueblo fiel, y modo como parece desea que le consideremos la Iglesia, cuando excluye del culto público (no del privado) al Corazón separado de lo restante de Cristo.

Nuestro intento
Estudiando la historia de la devoción al Corazón de Jesús, se ve el proceso de evolución o desarrollo que ha ido siguiendo desde los primeros tiempos de la Iglesia. En esto imita al astro del día: primero es un alborear tenue; luego una luz sonrosada que matiza con sus colores las crestas de algunas altas montañas; y en fin un acrecentamiento paulatino de claridad y calor, hasta llegar al cenit desde donde el astro rey envía cascadas de luz y torrentes de fuego sobre el planeta.
No creemos que la devoción al Corazón de Jesús haya tocado todavía su cenit. Su conocimiento y su práctica no han adquirido aún en muchos fieles aquel grado de perfección que Nuestro Señor desea y que un día han de tener, y aun sospechamos que a las gentes venideras reserva el Divino Corazón nuevas sorpresas, que descubran más y más los tesoros que en su devoción se encierran, y den a conocer métodos más rápidos, sencillos y eficaces de explotarlos.
Respecto de nuestros tiempos, véase lo que el mismo Señor decía no ha muchos años a una de sus grandes almas:
«Una vez, hablando de este mismo asunto de las comuniones, dijo Él que su deseo había sido establecer el culto de su Divino Corazón, y que ahora que este culto exterior estaba introducido por sus apariciones a la bienaventurada Margarita María y extendido por todas partes, El quería también que el culto interno se estableciese más y más; es decir, que las almas se habituasen a unirse cada vez más con Él interiormente y a ofrecerle sus corazones como morada»ii[2].
Con esto tiene el lector indicado el fin que hemos tenido al escribir este libro: aportar nuestro granito de arena a la obra de la generalización entre los fieles cristianos

de un conocimiento más profundo y una práctica más llena de la devoción al Corazón de Jesús. Pero, como éste es un campo vastísimo, nos hemos ceñido únicamente a estos dos puntos: importancia de la devoción al Divino Corazón, y práctica fundamental individual completa. No tenemos pretensiones de descubrir el Dorado, sino de dar a conocer un poco mejor lo que ya está descubierto.

Fuentes
Varios caminos pueden seguirse para llegar al término que nos propusimos; nosotros hemos tomado el siguiente, porque creíamos que en conjunto era el más acomodado al fin absolutamente práctico que ante los ojos llevamos.
Como la devoción al Corazón de Jesús no es cosa inventada por los hombres, sino revelada al mundo por Cristo Nuestro Señor. sirviéndose para ello de personas destinadas expresamente a esa misión particular en la tierra, es evidente, que si alguien en el mundo ha podido conocer a fondo, en su teoría y en su práctica, la devoción del Sagrado Corazón, han sido estas almas escogidas, y, si ellas no han llegado a comprenderla, ya podemos los demás renunciar a tal intento. Ahora bien: si en cada ramo solemos acudir para ilustrarnos a los peritos en él, y de ahí el vulgar proverbio: «peritis in arte sua credendum est», no se ve por qué no habremos de hacer lo mismo cuando se trata de la devoción al Corazón de Jesús.
Claro está que también echamos mano, y con bastante frecuencia, de otros documentos eclesiásticos, como el lector irá viendo en el decurso del libro.
En el cielo de la devoción al Corazón de Jesús hay estrellas de luz propia, y hay planetas y satélites que la reciben de otros. De ordinario hemos procurado circunscribirnos a aquéllas, y aun entre ésas solamente a las de más importancia por razón de sus escritos acerca de los puntos de vista escogidos por nosotros; tales son: Santa Gertrudis, muerta hacia el 1303, y que contribuyó a una cierta difusión de la devoción al Corazón de Jesús en los siglos XIV y XV; San Juan Eudes, a quien San Pío X en el Breve de Beatificación le llama doctor de los Sagrados Corazones de Jesús y de María; Santa Margarita Mª. de Alacoque, que sin duda ocupa el primer lugar; el P. Bernardo de Hoyos, primer apóstol del Corazón Divino en España, y favorecido con muchas comunicaciones del cielo sobre el asunto; el P. Agustín de Cardaveraz, compañero del anterior y muy semejante a él tanto en sus comunicaciones con el Corazón de Jesús, como en todo lo demás; la M. María del Divino Corazón, Condesa Droste zu Vichering, que fue el instrumento con que el Corazón Sagrado, mediante diversas apariciones, movió al Papa León XIII a que le hiciese la consagración del mundo, y de quien se sirvió también para comunicarnos algunas ideas magníficas sobre el porvenir de su reino; y por último, en nuestros días, un alma privilegiada, cuyo proceso de beatificación está incoado y que puede ejercer bastante influjo con sus hermosos escritos: Sor Benigna Consolata Ferrero, muerta en Italia el 1916. Esto decíamos en la primera edición. En la segunda, antes del misterioso pasaje de la Herida

del Costado hemos añadido algunas páginas sobre el autor que nos transmitió datos tan interesantes de tan hondos misterios, el Discípulo amado del Señor, San Juan Evangelista.
En la 4ª edición agregamos, en el Capítulo II y con el título «El Pacto y el Papa Pío XII», las palabras de este Sumo Pontífice, dirigidas a los católicos de la Argentina. En esta 5ª edición agregamos en la Parte 1ª, al final del Capítulo III y con el título de «Pío XII» unos trozos escogidos del último solemne documento pontificio que en 1956 escribía Su Santidad sobre el Corazón de Jesús, carta Encíclica «Haurietis Aquas» del actual Vicario de Cristo sobre los fundamentos del culto al Sagrado Corazón. Muchas veces citaremos revelaciones privadas de estos amigos del Corazón de Jesús, mas no haremos de ordinario hincapié en ello; buscamos sus íntimas convicciones, prescindiendo del camino por el cual hayan llegado a adquirirlas.

Una observación
Frecuentemente acumulamos gran copia de testimonios, que, tal vez, a algunos de nuestros lectores, parecerán excesivos, en orden a demostrar nuestro intento. Nos ha movido a insertarlos el deseo de que en puntos principales, tenga el lector materia abundante y con unción, ya que de ordinario son palabras de almas santas, para poder releer y meditar ideas sobre el Corazón Divino, pues son muchas las personas que se quejan de la penuria de libros que contengan reunidos tantos pensamientos hermosísimos sobre el Corazón de Jesús como han expresado sus amigos. Por eso, una de nuestras primeras ideas fue presentar solamente una colección de documentos, pero como este proyecto ofrecía no leves inconvenientes, optamos por seguir una vía media: ni un libro de lectura enteramente seguida, pues para eso bastaba nuestro folleto, ni una pura colección de testimonios. Mas bien nos hacemos cargo de que estos libros que quieren llenar dos fines, no es fácil que agraden a todo el mundo. Pero en mano del lector está saltar los testimonios que no quisiere leer.

-PARTE 1-
Excelencia de esta devoción
Capítulo 1
SANTA GERTRUDIS, SAN JUAN EUDES Y SANTA MARGARITA


SUMARIO. - §1- Sta. Gertrudis .- Notas biográficas.- Gran revelación.- Reenfervorizar al mundo.- §II-S. Juan Eudes.- Su vida.- Su estima de esta devoción.- §III- Sta. Margarita.- Palabras de Benedicto XV.- Una causa de su eficacia.- Su cerebro incorrupto.- Primera gran revelación .-1. Una redención amorosa. ¿Qué significa?- 2. Un último esfuerzo de su amor.- 3. Este gran designio de Dios.- 4. Tesoro, profusión de gracias.- a) No puede decir cuanto sabe.- b) Cúmulo de gracias.- 5. Deseos vehementes del Sdo. Corazón.- 6. Odio de Satanás a esta devoción.- 7. Virtud santificadora de este culto.- A)Respecto de los individuos.- El librero. Un diseño. Dos monedas.- Otros pasajes.- B) Respecto de las Comunidades religiosas.- Quiebras, cimientos.- Fervor primitivo.- Unión de caridad. - Fines de cada Instituto.- Ricas promesas. -8. Remedio soberano para las almas del Purgatorio.- Devoción de Sta. Margarita.- La. explicación.- Preciosa carta resumen.

SANTA GERTRUDIS
Notas biográficas
Esta santa, considerada como la maestra de los ascetas y místicos del siglo XIV al XVI, y apellidada la Grande, nació en 1256. A los cinco años entró en el monasterio de Helfta situado a la entrada de Eisleben en Alemania. Durante sus primeros años de Religión diose con pasión a la lectura de los clásicos latinos en su lengua original, que conocía muy bien, según lo demuestran sus escritos. A los veinticinco, cuenta ella que dio un gran cambio en sentido de vida más fervorosa, y desde entonces, dejando a un lado a Virgilio, se entregó exclusivamente al estudio de la Sagrada Escritura, Santos Padres y teólogos, al trato largo con Dios y a aprovechar a los prójimos con sus palabras y escritos. Estuvo adornada de grandes carismas místicos. En sus obras habla mucho del Corazón de Jesús, por lo cual se la ha llamado la teóloga del Sagrado Corazón, y ella fue el principio de una cierta difusión de esta devoción divina a fines de la edad media, sobre todo, en Alemania.


Gran revelación
Pero entre los muchos pasajes referentes al Divino Corazón hay uno que, como muy bien se ha dicho, «abre época en la historia de la devoción (al Sagrado Corazón)» iii[3] y del cual hicieron mención con estima los Padres del Concilio Vaticano en su mensaje a Pío IX, pidiendo la consagración de la Iglesia al Corazón de Jesús. Como más adelante la primera gran revelación a Santa Margarita, tuvo ésta lugar un día de San Juan Evangelista a la hora de Maitines. «Estando ella ocupada toda entera en su devoción, según costumbre, el discípulo a quien Jesús tanto amaba, y que por ello debe ser amado de todo el mundo, se le apareció y la colmó de mil pruebas de amistad... Ella le dijo: «¿Y qué gracia podría obtener yo, pecadora, en vuestra dulce fiesta? Respondió: ven conmigo; tú eres la elegida de mi Señor; reposemos juntos sobre su dulce pecho, en el cual están escondidos los tesoros de toda bienaventuranza». Y llevándola consigo, la condujo cerca de nuestro tierno Salvador y la colocó a la derecha, y él se retiró para situarse a la izquierda. Y estando descansando los dos suavemente sobre el pecho del Señor Jesús, el bienaventurado Juan, tocando con su dedo con respetuosa ternura el pecho del Señor, dijo: «He aquí el Sancta Sanctorum que atrae a sí todo el bien del cielo y de la tierra». San Juan le explicó en seguida por qué la había colocado a la derecha, del lado de la llaga,iv[4] en tanto que él había tomado la izquierda: «Hecho un espíritu con Dios, yo puedo penetrar sutilmente a donde la carne no podrá llegar. Yo, pues, he escogido el lado cerrado; pues tú, viviendo la vida terrestre, no podrás, como yo, penetrar en lo interior... Yo, pues, te he colocado junto a la abertura del Corazón divino, a fin de que puedas sacar de El más a tu gusto la dulzura y la consolación que, en su manar continuo y como a borbollones, el amor divino derrama con impetuosidad sobre todos aquellos que le desean».
Como ella experimentase un gozo inefable con las santísimas pulsaciones que hacían latir sin interrupción al Corazón Divino, dijo a San Juan: «Y vos, amado de Dios, ¿no experimentasteis el encanto de estos dulces latidos, que tienen para mí en este momento tanta dulzura, cuando estuvisteis recostado en la Cena sobre este pecho bendito?» El respondió: «Confieso que lo experimenté y lo reexperimenté, y su suavidad penetró mi alma como el azucarado aguamiel impregna de su dulzura un bocado de pan tierno; además, mi alma quedó asimismo caldeada, a la manera de una marmita bullente puesta sobre ardiente fuego». Ella replicó: «¿Por qué, pues, habéis guardado acerca de esto tan absoluto silencio, que no dijeseis nunca en vuestros escritos algo, por poco que fuese, que lo dejase traslucir al menos para provecho de las almas?» Contestó: «Mi misión era presentar a la Iglesia en su primera edad una sola palabra acerca del Verbo increado de Dios Padre, que bastase hasta el fin del mundo para satisfacer la inteligencia de toda la raza humana sin que nadie, sin embargo, llegase nunca a entenderla en toda su plenitud. Pero publicar la suavidad de estos latidos estaba reservado para los tiempos modernos, a fin de que al escuchar tales cosas el mundo, ya senescente y entorpecido en el amor de Dios, se torne otra vez a calentar. «Eloquentia autem suavitatis pulsuum istorurn reservata est moderno tempori, ut ex talium audiencia recalescat iam senescens et amore Dei torpescens mundus»v[5]


Reenfervorizar al mundo

Muchas ideas aparecen en este pasaje, pero la más importante para el fin de nuestra obra es aquella expresada en las últimas palabras, en que se explican los designios de Dios en ¡a revelación a los hombres de la devoción al Corazón de Jesús. Los planes e intentos de Nuestro Señor son, pues, que el mundo senescens, que ya en tiempo de Santa Gertrudis comenzaba a envejecer; el mundo, que iba perdiendo el entusiasmo y el brío propios de la juventud; el mundo, amore Dei torpescens, pesado, frío en el amor de Dios y de las cosas divinas, recalescat, volviese a recobrar el calor, la fuerza y la juventud; pues ambas ideas de rejuvenecimiento y ardor expresa en el contexto la palabra «recalescat», ya que es contraposición del envejecimiento y pesada frialdad del primer miembro. Y es de notar que dice recalescat, tornar a recobrar el calor, es decir, un calor que tuvo antes y que después ha perdido; de donde se ve, que en esta revelación se trata directamente sólo del mundo cristiano, porque el mundo gentil siempre ha estado a cero grados, y así mal podría recuperar calor que nunca ha tenido. Y ¿qué ardor es éste que tuvo un día el pueblo cristiano y que la devoción al Corazón de Jesús le ha de hacer recuperar? Ya se ve que éste no puede ser otro que aquél de la primitiva Iglesia, como las mismas palabras lo insinúan bastantemente al hablar de un ardor o fuego contrapuestos a la frialdad lenta y torpe de la vejez, es decir, el calor brioso y activo, propio de la juventud. Así que la devoción al Divino Corazón viene por de pronto a reproducir en los católicos los fervores de los primitivos fieles: aquel amor y cariño a la Persona de Cristo, propio de la edad primera, en que todavía estaba fresca la memoria de la mansedumbre y bondad encantadoras del Dios-Hombre, que arrastraban en pos de sí las sencillas muchedumbres; aquella devoción a la Eucaristía, que llevaba a todos los fieles a la comunión diaria; aquel desprecio de las cosas de la tierra y caridad con el prójimo, que les hacía vender sus fincas y depositar el precio a los pies de los apóstoles para subvenir a las necesidades de todos; aquel amor. a la oración, que les dulcificaba el pasarse largas horas del día y de la noche unidos en plegarias y lectura de las Santas Escrituras, como lo atestiguan aun los documentos paganos, y son todavía prueba de ello los documentos litúrgicos; aquel fervor apostólico, que hacía de cada cristiano un misionero ferviente, como lo dan a entender muchos lugares de la Sagrada Escritura, y a lo que se debió en gran parte la rápida difusión del cristianismo; y, en fin, aquella bizarría intrépida en dar la cara por Cristo aun a costa de la sangre, que ha proporcionado al cristianismo la gran era gloriosísima de mártires.
Para renovar aquellos tiempos fervientes y sacar al mundo cristiano de esa languidez senil, materialista y sensual, que debiera causar náuseas si no fuera por aquello de que: ab assuetis non fit passio, para eso ha venido al mundo, según la gran vidente de Helfta, la devoción admirable del Corazón de Jesús. Y ya en la misma revelación de San Juan tenemos una especie de misteriosa comprobación de esta promesa que, si la generalizamos, nos dará el resultado que las últimas palabras de Santa Gertrudis indican. En efecto, el conocimiento de las pulsaciones del Corazón de Jesús produjeron, así en Santa Gertrudis como en San Juan Evangelista, dos efectos; primero: una gran suavidad: «y su suavidad penetró mi alma, como un azucarado aguamiel impregna con su dulzura un bocado de pan tierno»; segundo: un ardoroso incendio de amor divino: «además mi alma quedó asimismo caldeada, como una marmita bullente puesta sobre ardiente fuego». Suponía Santa Gertrudis que estos mismos efectos se habrían seguido en las almas, si el Evangelista hubiese descubierto los latidos amorosos del Corazón de Jesús, o como si dijésemos, los misterios de esta santa devoción; como San Juan la confirma en esta opinión, se sigue que los frutos que este culto había de producir en aquellos que lo abrazasen de veras, serían grande ardor de caridad, y suavidad que impregnase toda la vida cristiana. Supóngase difundida y abrazada esta devoción por. el mundo en general, y tendremos el retorno a aquel fervor ardoroso de la primitiva Iglesia.
Vamos a terminar este punto con la oración de uno de los oficios locales del Corazón de Jesús, que respira parecidos sentimientos:
«¡Oh Jesús, restaurador del universo!, ved aquí que ha llegado aquel desdichado tiempo en que abundó la iniquidad y se enfrió el amor. ¡Ea! Señor, por el culto de tu Corazón, que, en estos miserables tiempos, te has dignado revelar como remedio de tantos males, instaura y renueva nuestros corazones; haz que vuelvan los dorados siglos de la caridad primitiva; crea una tierra nueva; renuévalo todo, a fin de que, con el nuevo incendio de caridad que arde en tu Corazón, la vejez de los crímenes se borre, y ardan nuestros corazones en tu amor»vi[6]
Conciben, pues, la devoción al Corazón de Jesús como un sol esplendoroso que, al brillar en el invierno de la frialdad del mundo, comienza a vivificar las plantas, a calentar los gérmenes sepultados en el seno de la tierra y a efectuar en el individuo y en la sociedad una especie de rejuvenecimiento primaveral del espíritu.
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