Constituyen la obra principal del abad de Marsella y la más original, tanto por su estructura coma por su contenido. Por eso alcanzaron un éxito de proyección






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Juan Casiano

Colaciones

PRESENTACIÓN1

Las Colaciones constituyen la obra principal del abad de Marsella y la más original, tanto por su estructura coma por su contenido. Por eso alcanzaron un éxito de proyección universal. Si en la primera obra, las Instituciones, Casiano ha­bía tenido ya predecesores-como San Basilio, San Jerónimo, etc.2 1-, no así en esta segunda, que no tiene modelo en la literatura cristiana precedente. Además, en ella se adivinan todas las facetas-de las plurales que hay en el monje pro­venzal-de su carácter y recia fisonomía morad. El amante de los clásicos, el virtuoso de la prosa oratoria, es en ella grandilocuente y a la vez sencillo. La palabra de los solitarios, que aquí toma cauce en su pluma, cautiva al lector al sentirse tan cerca de aquellos hombres de vida venerable.

Casiano la intitula Seniorum Conlationes, «Co­laciones o conferencias de los ancianos»', y en otro lugar, Conlationes spirituales, «Colaciones es­pirituales»3'. Son-según afirma él mismo-como el complemento indispensable y el coronamiento de las Instituciones'. En el prefacio precisa: «Del aspecto exterior y visible de la vida de los mon­jes, de que nos ocupamos en nuestros primeros escritos (es decir, en las Instituciones), pasemos a tratar ahora de las disposiciones del hombre in­terior, que, por ser invisibles, se ocultan a la mi­rada»'.

Como se ve, el objeto del autor es darnos en esta obra una visión panorámica, lo más com­pleta posible, de la vida interior del monje. Es­tas conversaciones habidas por él con los solita­rios de Egipto se ordenan a establecer toda la doctrina monástica por la que se ha de regir la vida de los monjes de Occidente.

INTÉRPRETE DE LOS PADRES DEL YERMO

La obra casianense es como un legado de la doctrina de los Padres. Este es uno de los va­lores más sustantivos de sus conferencias. Casiano nos dice cómo se siente, cómo se vive en el desierto. Desde luego, no hay que apurar tan­to el valor de este aspecto que descartemos en absoluto de sus conferencias las ideas propias que ha ido barajando con las de los monjes. Casiano introduce, a no dudarlo, conceptos de su propia cosecha; pero aun éstos aparecen sugeridos y, por lo mismo, subordinados a los que van expo­niendo los ancianos.

Por otra parte, lo que da más calor y viveza a su obra es precisamente este diálogo que en­tabla con los monjes. Sus conferencias son el fru­to dt su contacto personal con ellos. Cierto que el papel de discípulo que interroga va a cargo de Germán, su amigo entrañable y compañero de peregrinación, paro también alguna que otra vez lo desempeña el mismo Casiano4'. Las respuestas de los quince maestros que responden están con­densadas en las veinticuatro conferencias. El lec­tor ve desfilar ante sus ojos las figuras de Moisés, Serapión, Abraham, Yosé, Nesteros... Casi siempre nos describe los rasgos personales de estos héroes al principio o al final de su exposición, trazándonos con una pincelada maestra las pre­ferencias de cada uno de ellos, su idiosincrasia, sus virtudes más características. Así, por ejemplo, de Pafnucio nos dice: «Entre aquella pléyade de santos vimos brillar al abad Pafnucio con el res­plandor de una ciencia singular, semejante a la (p. 10) claridad de una luz deslumbradora» 7. Al abad Daniel le llama «paladín de la filosofía cristia­na» a. Del abad Sereno escribe bellamente: «Su vida era un fiel trasunto de la serenidad que ex­presaba su nombre» s. Del centenario Cheremón afirma que «se traslucía en él toda la candidez de la infancia»5 14. Y así, de cada uno de ellos nos va dando una idea, sucinta, sí, pero global, que pone al lector en conocimiento de aquellos ancia­nos venerables. Nos hacemos a la idea--a medi­da que vamos leyendo la obra de Casiano-de que estamos oyendo de los mismos labios de es­tos varones espirituales la doctrina monástica que han vivido de antemano era el desierto.

Si a ello se unen las descripciones topográficas que prodiga el autor-como cuando nos pinta la vastedad del desierta egipcio, el ambiente de paz de Escete, la soledad inhóspita de la Tebaida, que es, al mismo tiempo, cuna y tumba de aque­llos solitarios-, tenemos la grata impresión de revivir las circunstancias y situaciones de aquel mundo monástico en que se hallaron un día los dos monjes peregrinos. Y es que Casiano tiene el don de hacerse interesante, de insinuarse en el alma de los lectores e inocularles, merced a sus dotes de escritor, las ideas madres que bebe di­rectamente (p. 11) de sus interlocutores. En este sen­tido puede llamársele con justo título intérprete de los Padres del yermo.

ESQUEMA IDEOLÓGICO

Las Colaciones constan de tres partes, al f ren­te de las cuales figura su respectivo prefacio, ori­ginal de Casiano. Los tres grupos de conferen­cias están estrechamente coordinados.

Como se componen de veinticuatro, en la úl­tima el autor subraya el carácter simbólico de este número, que evoca a los veinticuatro ancla` nos del Apocalipsis. Es que redacta la obra como en homenaje ofrecido al Cordero Salvador6 11. Ca­siano vuelve reiteradamente sobre los mismos te­mas y toca a menudo los puntos de vista de los sucesivos Padres. Y ahí estriba tal vez el defecto que podría achacársele: que repite una y otra vez las mismas ideas, insistiendo hasta la sacie dad en ciertos puntos de doctrina, como si temie­ra no haberlos esclarecido suficientemente. No obstante, a pesar del aparente desorden a que dan lugar tales repeticiones, las tres partes-que comprenden respectivamente, diez, siete y siete colaciones-forman un todo cuyo esquema ideo­lógico es:

Primera parte: Consta de diez conferencias (I-X), escritas, como las Instituciones, a instancias (p. 12) del obispo Cástor. No obstante, como éste, en el ínterin, había fallecido, van dedicadas al obispo Leoncio, hermano de Cástor; y al solitario He­ladio. Estas conferencias corresponden al largo período que pasó el autor en el desierto de Es­cete7''`.

  • Fin del monje y medios de alcanzarlo (Col. I-III):

    • objeto de la vida monástica: la per­fección cristiana (Col. I);

    • actitud fundamental del alma: la dis­creción (Col. I-II);

    • premisa indispensable: la gracia de la vocación (Col. III);

    • correspondencia a la gracia: la renun­cia (Col. III).

  • Obstáculos que empecen a la consecución del fin (Col. IV-VI):

    • la concupiscencia humana (Col. iv); 2) los vicios de la carne (Col. v);­

    • el pecado, obstáculo de toda vida de espíritu (Col. vi).

  • El combate espiritual que libra el alma (Col., vII-x).

    • papel que incumbe a la voluntad (Col. vII);

    • táctica seguida por los demonios (Col. vIi);

    • tratado de los espíritus o demonolo­gía (Col. vIII);

    • la oración en sus distintas formas y la vida contemplativa (Col. ix-x).



  • Segunda parte: Comprende siete conferencias (xI-XVII), dirigidas a los hermanos Honorato y Euquerio. Esta segunda serie de conferencias co­rresponde a los principios de la permanencia de Casiano en Egipto y se sitúan en Panéfesis 8 13.



  • Complemento y aclaración de lo dicho so­bre la perfección (Col. xi-xiv):

    • la virtud de la caridad (Col. xi);

    • la «apatheia» o la castidad. (Col. xII): 3) la verdadera ciencia espiritual (Col. XIV).

  • .La perfección consumada y sus indicios (Col. xv-XVII):

    • sobre los carismas y milagros (Col. xv);

    • la amistad entre las almas perfectas (Col. xvI);

    • lo esencial y lo accesorio en la vida espiritual (Col. XVII).



  • Tercera parte: Consta también de otras siete conferencias (xvIII-xxIv), destinadas a los cuatro abades de la isla de Hyeres, Joviniano, Minervio, Leoncio y Teodoro. Las tres primeras datan de su permanencia en Diolcos; las otras cuatro, que se sitúan generalmente en Panéfesis, pertenecen, en realidad, al tiempo transcurrido en el yermo de Escete.

  • Sobre los monjes y diversas modalidades de la vida monástica (Col. xvIii-xix):

    • de los tres géneros de monjes (Col. xvIII); (p. 14)

    • las dos vidas: cenobítica y anacoréti­ca (Col. XIX).

  • Adiciones y suplementos sobre la vida es­piritual (Col. XX-XXIV):

    • la vida purgativa o de purificación (Col. xx);

    • la libertad' y el ideal de la perfección evangélica (Col. XXI);

    • conflicto entre la carne y el espíritu (Col. xxII);

    • la impecabilidad, patrimonio de ultra­tumba (Col. xxIII);

    • prerrogativas y exigencias de la vida eremítica (Col. XXIV).

LA DOCTRINA: DOBLE FIN EN LA ASCENSIÓN ESPIRITUAL

Casiano concibe dos fines en la búsqueda y posesión de Dios: el inmediato o  y el mediato o  El inmediato es lo que él lla­ma «la pureza de corazón». Implica la purifi­cación total del espíritu y el desprendimiento com­pleto de todas las cosas. Este fin inmediato tie­ne su valor sólo en razón del  fin último o «reino de Dios», que es la vida eterna poseída en el cielo9 14.

A estos dos fines -próximo y supremo- corresponden dos aspectos o grados de vida espi­ritual: la  scientia o vita ac­tualis, que es sinónimo de «vida ascética", y la (p. 15)  scientia o vita theoretica, que es lo mismo que «vida contemplativa».

Para alcanzar el fin próximo o «pureza de co­razón», que es caridad10, santidad", el monje renuncia a todo y abraza una vida de total con­sagración a Dios. El conjunto de estas renuncias y prácticas religiosas constituyen la vita actualis o practica, o sea, el ascetismo monástico 17. El conocimiento de los vicios y el modo de curarlos, y el de las virtudes y manera de adquirirlas, son los dos jalones de esta scientia preliminar de ascesis.

Esta ciencia le lleva como de la mano a la vita theoretica o contemplación, que le pone en po­sesión del fin último de su vida: el reino de Dios 18. Por la ascesis, pues, camina el monje ha­cia la unión con Cristo; por la «ciencia práctica», a la «ciencia teorética»; por el ascetismo, a la contemplación, que es, para Casiano, la realiza­ción incipiente del quehacer eterno del cielo.

Ahora bien, para vivir la vita actualis y la vita contemplativa es de capital importancia la «dis­creción» 19. Esta virtud distingue lo que favore­ce el bien, lo que fomenta el mal, lo que viene del hombre y lo que procede del demonio 2°. (p.16) Además, para obrar el bien precisa de continuo la gracia de Dios. Es éste un aspecto en que Ca­siano insiste enérgicamente. Pero, por desgracia, yerra en un punto notable. Al contrario de San Agustín, cree Casiano que para salvaguardar la libertad de la voluntad se debe admitir en el li­bre albedrío un mínimum de iniciativa personal del todo independiente. Este desliz fue parte para que se le considerara como fautor del semipela­gianismo. No obstante, en hecho de verdad, Casiano no es quien inventó esta teoría. Los orígenes de tal doctrina se remontan más allá en la his­toria de la teología y de la ascesis. Orígenes y San Juan Crisóstomo, entre otros, trazaron ya inconscientemente los primeros esbozos doctri­nales de la misma,11".

LA CONTEMPLACIÓN

La ascesis no es el fin de la vida espiritual; nos suministra solamente los medios para llegar a la contemplación.

De ella, en cuanto constituye la esencia de la vida eremítica, trata Casiano en la Colación IX: la oración pura, las formas de la plegaria, el sentido del Pater Noster, la oración ígnea, cons­tituyen para él el más alto grado de oración. La compunción y el don de lágrimas son las seña­les por las cuales sabemos que hemos sido oídos. Por otra parte, la Colación X está dedicada al tema de la contemplación perpetua. Casiano se revela aquí, como en otros puntos, seguidor de la espiritualidad alejandrina. El medio más eficaz para fomentar ese clima espiritual de contem­plación nos lo ofrece Casiano en la Conferen­cia XIV, que versa sobre la ciencia del espíritu desde el punto de vista de la gnosis. En el fondo, se trata de un más profundo conocimiento «pneumático» de las Sagradas Escrituras, con apli­caciones a la vida moral. Condición de esta es­piritual comprensión-cuyas formas principales son la tipología y alegoría-es también la vita actualis.

LA «APATHEIA», PRESUPUESTO DE LA ORACIÓN PURA

Para llegar el monje a esa plegaria «ígnea» -que constituye el más alto grado de oración, ha de estar dotado de la impasibilidad, o sea, de la «apatheia». Para él es lo mismo que «pureza y tranquilidad del alma»12 22. Constituye el ideal del asceta oriental, y Casiano lo propone como (p. 18) objetivo y fin de todo el ascetismo monástico y cristiano13 23. Se caracteriza por la ausencia de pasiones y turbación de la sensibilidad. Deja al monje en una serenidad y paz sin eclipse. Además, afecta también al cuerpo, y es como una inmu­nización de la carne que logra el alma frente a los efectos de las leyes fisiológicas 24. Esta perfecta integridad de cuerpo y alma es como una especie de imitación del estado angélico 25 que precede a la «oración pura».

Así llama Casiano la oración gratuita, don de Dios, superior a todo esfuerzo humano. La de­nomina transitoria 26 y ocasional 27, por lo mismo que es breve y fugitiva. Constituye, en realidad, el ápice de la perfección, pues en ella se conju­gan la elevación más sublime de la plegaria con el fuego encendido de la caridad 26. La oración pura es propia del alma pura.

Tul es, en bosquejo, la doctrina espiritual contenida en la obra de Casiano.

INFLUENCIA PÓSTUMA

De lo dicho hasta aquí se desprende que las Conferencias casianenses no son propiamente una (p, 19) relación de sus viajes. Han sido redactadas mucho tiempo después, y arguyen otras influencias además de las de los Padres del desierto. No obs­tante, los pormenores e incidencias que contie­nen, son bastante exactos para permitirnos recons­truir las vicisitudes de la estancia de Casiano en Egipto. Y ello desde el desembarque hasta que abandona el país del Nilo, al cabo de veinte años, expulsado por el arzobispo Teófilo de Ale­jandría.

En esta obra, el lector sigue, año tras año, los avatares de la vida que lleva un monje pere­grino, a través de celdas y monasterios, pero de un monje que es un escritor excepcional.

Las Colaciones son la prolongación, en un pla­no hondamente espiritual y místico, de su obra anterior. Y en cuanto reflejan una parte de las reacciones de su vida íntima, son como la auto­biografía de su alma. Alma enamorada de Cristo y de la vida monástica que se centra en Cris­to. Porque la doctrina que entrañan sus confe­rencias ha de verse bajo esa luz de ambivalen­cias, de interrogantes personales, de ansias de sublimación que le acucian a lo largo de sus co­rrerías.

En Casiano se encuentran descritas todas las fases de la vida mística que describen nuestros más modernos tratados de espiritualidad. Sólo que no se hallan sintetizadas ni expuestas en un orden sistemático.

Distinguiendo bien los medios de adquirir la (p. 20) perfección de la perfección misma, no la hace consistir Casiano ni en las austeridades ni en las obras de misericordia, ni siquiera en los carismas o dones preternaturales, sino en la cari­dad que nos une a Dios1429.

Podría afirmarse que la espiritualidad del monje de Marsella, como la de todos los auto­res antiguos, es, sobre todo, una espiritualidad de combate: es un ejercicio, un ascetismo. Ca­siano quiere, no obstante, que la mortificación exterior sea siempre moderada: «Valdría más tomar todos los días-dice-una comida razona­ble que ayunar largamente y con exceso» a.

En Casiano apunta ya la idea de las tres vías, purgativa, iluminativa y unitiva. Baste citar, entre otros, el pasaje siguiente: «Cheremón nos dijo: hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio: el temor del infierno y de la ley, la esperanza y el deseo del cielo, el atractivo del bien y el amor de la virtud» 3`. Y más clara­mente distingue en el trabajo un doble aspecto: uno, negativo, que es la renuncia por la cual nos alejamos del mal, y otro, positivo, que es la ora­ción y la contemplación, por la cual practicamos el bien y nos unimos a Dios.

Tomadas, pues, en su conjunto, las Colaciones constituyen un directorio completo y de los más (p. 21) autorizados de la vida monástica o simplemente ascética.

Por lo demás, con su obra Casiano da a la vida monástica una nueva vigencia. El monaca­to occidental le parecía desquiciado, lánguido. Por eso concibió el plan de reformarlo. Para ello introduce las observancias del cenobitismo egip­cio, mitigadas por las de Palestina y Mesopota­mia 32, e integra en la vida del cenobio-por una transposición que representa el gran hallazgo de Casiano—lo esencial de la anacoresis15 33.

Digamos, en fin, que sus experiencias, las fuen­tes en que bebe el oro puro de su doctrina, la índole y trascendencia de los temas y aun la for­ma documentada y sagaz en que los pone de re­lieve, le colocan en la línea de los grandes auto­res espirituales. Por eso, al mentar a Casiano -dice un esclarecido investigador de su doctri­na-hemos nombrado al gran maestro de la es­piritualidad monástica en Occidente, al más leí­do de los antiguos escritores ascéticos y a uno de los tres o cuatro Padres latinos que han mar­cado con un cuño original la vida de la Igle­sia 34.

Quiera el Señor bendecir esta nueva versión de sus obras, para que se difunda en círculos cada (p. 22) vez más amplios el conocimiento de la antigua espiritualidad, y las almas ansiosas de perfec­ción encuentren en .ellas pábulo de verdadera y sólida piedad.

Monasterio de Santa María de la Asunción, 15 de agosto de 1957.

Dom LEON Mª y Dom PROSPERO M.° SANSEGUNDO

Monjes Benedictinos

MEDELLÍN – COLOMBIA

PREFACIO DEL PRESBITERO JUAN CA­SIANO A LAS DIEZ CONFERENCIAS DE LOS PADRES QUE MORAN EN EL YERMO DE ESCETE

Al obispo Leoncio y a Heladio.

El prefacio a mis volúmenes precedentes con­tenía una promesa que hice al venerable obispo Cástor16 1, de quien, por lo mismo, me hice deu­dor. Los doce libros que con la ayuda de Dios he consagrado a las instituciones de los cenobi­tas y a los remedios de los ocho vicios capita­les, han satisfecho más o menos esa deuda, se­gún la medida que yo podía pretender, dados (p. 24) mis cortos alcances. Resta ahora saber el con­cepto que os han merecido, y si en materia tan profunda como sublime-sobre la cual nadie aún, que yo sepa, había escrito-he dicho algo digno que mereciera vuestra aprobación y colmara los deseos de los monjes.

El mismo pontífice Cástor, inflamada en an­sias de santidad, me había rogada también que pusiera por escrita estas diez conferencias de los más esclarecidos Padres del yermo. Quiero de­cir de los anacoretas que vivían en el desierto de Escete. El amor que me profesaba no le dejó ver con claridad el peso ingente que ponía so­bre mis hombros, demasiado débiles de suyo. Ahora, cuando nos ha dejado ya para reunirse con Cristo, he proyectado dedicarlas a vosotros, bienaventurado obispo Leoncio y venerable her­mano Heladio. Me ha inducido a ello el ver que uno de vosotros está unido a él por el amor fra­terno, la dignidad del sacerdocio y, lo que es más, por la afinidad de unos mismos deseos e ideales. Se hace, pues, acreedor, por derecho de herencia, al bien debida a su hermano. En cuan­to al otro, no ha ambicionado otra cosa que imi­tar de cerca la vida sublime de los anacoretas, sin dejarse guiar en eso-como han hecho algu­nos-por su antojo o inspiración personal. Mo­vido interiormente por el Espíritu Santa, ha penetrado por los cauces de la doctrina auténtica, ejercitándose en ella casi antes de haberla apren­dido. Es que ha preferido forjarse en el yunque de las enseñanzas de los solitarios antes que fiarse de su propio criterio.

Por mi parte, establecido al presente en el puerto del silencio, veo abrirse ante mis ojos un océano sin fin. Voy a escribir para la posteridad algo sobre la vida y doctrina de varones emi­nentes. Siendo más ardua la navegación, corro tanto mayor peligro cuanto mayores son las ven­tajas de la vida solitaria sobre la cenobítica, o los de la contemplación de Dios - en que casi siempre se emplean aquellos varones - sobre la vida activa que se vive en los monasterios.

Vuestro deber es secundar mis esfuerzos con vuestras fervientes plegarias. Así no quedará menoscabado por la impericia de mi lenguaje un tema tan santo y subido. Mi expresión, aunque deficiente, debe ser por lo menos fiel. Vuestra oración, además, hará también que la rusticidad Iría no sea en perjuicio de la hondura e impor­tancia del asunto.

Del aspecto exterior y visible de la vida de los monjes, sobre que versaron mis primeros es­critos 172, pasamos ahora a tratar de las disposi­ciones del hombre interior, que son invisibles a la mirada. Que nuestro discursa se eleve de la descripción de las horas canónicas' a esta (p.25) ple­garia ininterrumpida que nos aconseja el Após­tol18 4. Si alguien ha merecido, merced a la lectu­ra de la obra anterior, el nombre de Jacob según el espíritu, aniquilando los vicios de la carne, que al abrazar ahora no tanto mis enseñanzas como las de los Padres del yermo, pueda llegar, por la contemplación de la pureza divina, al ti­tulo glorioso y, si puedo expresarme así, a la dig­nidad de Israel5. Que en lo sucesivo se instruya en los deberes que incumben a este tal, al ha­llarse ante las cimas de la perfección.

Rogad por mí al Señor. A aquel que me ha juzgado digno de conocer a estos grandes varo­nes y me ha hecho la gracia de haberles tenido por maestros y compartir su vida. Pedidle por mí una memoria feliz para recordar lo que vi entre ellos, y un estilo fácil para poder expre­sarlo dignamente. Quisiera confiaron su doctri­na con la misma exactitud y calor espiritual con que salía de sus labios. Quisiera representaros al vivo sus ideas, situadas en el marco de sus mis­mos coloquios. En fin, y esto es lo que más im­porta, quisiera exponerlo con claridad en la in­teligible lengua latina.

Ante todo, que el lector que va a leer mis Co­laciones como leyó mi obra precedente, no ol­vide esta advertencia: si algunas cosas le pare­cen imposibles o difíciles de observar, por el estado y costumbre que ha abrazado, o también con relación al estilo de la vida cotidiana, que sepa cotejarlas no con su debilidad, sino con el mérito y perfección de mis interlocutores. Que piense en el deseo que a éstos les anima, el ideal que persiguen, y cómo, muertos en verdad a la vida de este mundo, están libres de toda depen­dencia de sus padres y de toda ocupación secu­lar. Que considere el lugar donde viven. Esta­blecidos en una soledad inaccesible, segregados enteramente del consorcio de los hombres, están dotados de grandes luces sobrenaturales. Se les ha dado ver y decir cosas que aquellos que no tienen ciencia ni experiencia de ello considera­rán tal vez como inverosímiles, comparándolas con los principios de vida por que se rige habi­tualmente su existencia mediocre.

No obstante, si alguien quiere formarse una (p 28) idea exacta de este modo de vivir y desea com­probar prácticamente hasta qué punto es ello posible, que abrace sin tardanza la vida de los solitarios, imitando su fervor y su santa conducta; y verá que aquello que a primera vista parecía exceder las fuerzas humanas, lejos de ser inase­quible, es de una suavidad extrema que garantiza su realización.

Pero ya es hora de abordar sus Colaciones y exponer su doctrina.
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