Orígenes, ideología y alguno de sus objetivos






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fecha de publicación27.07.2016
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Orígenes, ideología y alguno de sus objetivos
Muchos de los hombres y mujeres que tomaron las armas en los últimos años sesenta y principios de los setenta movidos por ideales populares nacionalistas y socialistas, habían recibido su bautismo político en las ramas de la tradicional y conservadora Acción Católica (AC): algunos incluso habían partido del Tacuara, inspirado en la falange Española, muy pocos procedían de la izquierda y casi ninguno había comenzado su vida política como peronista. Luego presentaban el nacimiento de su organización como una síntesis de las corrientes guevarista y peronista. Su filosofía se basaba en la fusión, por parte de Montoneros, de la guerrilla urbana, con las luchas populares del movimiento peronista, en unificar las actividades de vanguardia y de las masas. Se caracterizan por dar más importancia a los métodos y a la estrategia que a las definiciones políticas e ideológicas y, por omisión, procuraban ocultar el hecho de que la mayoría de los primeros montoneros no fueron, inicialmente, de ninguna manera revolucionarios.

Aun cuando los montoneros se beneficiarían posteriormente de la incorporación de personas y organizaciones de identidad política guevarista, su génesis obedecía más a la evolución interna del nacionalismo y el catolicismo argentinos. Sus fundadores, Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus, habían pertenecido, a los catorce años, al violento derechista Tacuara. Y otros jóvenes que después se unieron a montoneros y llegaron a ocupar cargos importantes también estaban implicados en tal tendencia: Rodolfo Galimberti, futuro líder de La Juventud Peronista, había sido simpatizante del Tacuara, y Dardo Cabo había dirigido un grupo nacionalista católico, también derechista pero Pro peronista, llamado Movimiento Nueva Argentina, antes de su encarcelamiento, en 1966. El Tacuara tenía una fascinación por el falangismo español, pero, al igual que sus predecesores, daba mucha importancia a valores como la valentía, sacrificio, violencia y lucha, y sus miembros mostraban una gran afición a la acción directa, a los uniformes y a las ceremonias en gran forma.

Las ideas católico-radicales socavaron decisivamente la influencia conservadora que la jerarquía eclesiástica ejercía sobre los millares de jóvenes argentinos. Despertaron la preocupación por los problemas y cambios sociales, legitimaron la acción revolucionaria y encauzaron a muchos hacia el movimiento Peronista. Para el puñado de católicos que constituían el núcleo montonero de 1968, tales ideas eran el elemento más importante de su radicalización.

La teología radical fue impartida al embrión de los montoneros por dos hombres: Juan García Elorrio adopto el punto de vista de Camilo Torres, según el cual “la revolución no solo esta permitida, sino que es obligatoria para todos los cristianos que vean en ella la manera mas eficaz de hacer posible un mayor amor para todos los hombres”, añadiendo que “podía ser a veces violenta por ser algunos corazones tan insensibles”. Por otra parte Carlos Mujica represento un punto de vista mas aceptado, al rechazar la participación de los sacerdotes en las luchas revolucionarias armadas y al afirmar:” estoy dispuesto a que me maten, pero no a matar”.
Mujica, miembro de la orden jesuita y del movimiento de sacerdotes para el tercer mundo, se hizo peronista a la edad de veintiséis años. El motivo de su conversión fue un sentimiento de intensa culpabilidad por el hecho de que la iglesia hubiera apoyado, en 1955, el derrocamiento de Perón, junto con la convicción de que ello había conducido a vastos sectores de la clase trabajadora, muy justificadamente, a identificar a la iglesia con la oligarquía y los regimenes opresivos posteriores a 1955.

En 1964 Mujica entro en contacto con los ex Tacuaristas Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus, así como con Mario Firmenich. Por entonces, estos tres fundadores de los Montoneros eran alumnos del colegio Nacional de Buenos Aires, y todos ellos se mostraban muy activos en la Juventud Estudiantil Católica (JEC) una rama de Acción Católica. Mujica se convirtió en el consejero espiritual de la rama escolar y fue quien, según Firmenich, “nos enseño que el cristianismo era imposible sin el amor a los pobres y a los perseguidos por su defensa de la justicia y su lucha contra la injusticia”. Creía que Jesucristo había venido al mundo a traer la espada de la paz, y que tal espada era dirigida contra los explotadores de hombres y los violadores de la dignidad humana. El mensaje de Mujica no habría causado tanto impacto al trío si el no hubiera intentado ponerlo en practica. Otros de los primeros montoneros de mas relieve cuya radicalización se forjo en organizaciones católicas, fueron Emilio Ángel Maza, estudiante de medicina en la universidad Católica de Córdoba y líder del centro de la Juventud “integrista” local; José Sabino Navarro y Jorge Gustavo Rossi, que iniciaron sus actividades en la juventud obrera Católica (JOC), vinculada con la acción católica y Carlos Capuano Martínez, que comenzó su vida política en JEC.

Como Mujica, Muchos llegaron al movimiento con un sentimiento de culpabilidad por su anterior antiperonismo, y se integraron entonces con un celo de pecadores arrepentidos.

Católicos militantes, nacionalistas populares, nacionalistas autoritarios pero populistas, militantes de izquierda tradicional y peronistas combativos. El grupo original no tenia teóricos de relieve, pero su pragmatismo era a menudo su fuerza, como fue también su debilidad en los primeros años, facilitando la flexibilidad táctica y la realización de alianzas políticas. Había diferentes puntos de vista: algunos montoneros consideraban que el objetivo perseguido era una variante nacional del socialismo; otros veían en él una forma socialista de la revolución nacional. Sin embargo todos creían que “la principal contradicción” que afectaba a la Argentina era la del nacionalismo frente al imperialismo. En efecto puede decirse que los montoneros eran todo lo izquierdistas que les permitía el peronismo, y viceversa. Sus principales objetivos eran el desarrollo nacional, la justicia social y el “Poder popular”.
La ilusión más perjudicial de los Montoneros, en tanto que supuestos revolucionarios fue considerar el Peronismo como un movimiento revolucionario específicamente argentino, que debía su dinamismo a la intima unión existente entre el líder y las masas.

Tras varios años de hallarse aislados de los trabajadores argentinos, los militantes de la clase media aceptaron entonces por completo la mitología peronista, pues, por muchas que fueran las criticas contra Perón y su esposa, no podían creer que el pueblo se hubiese equivocado en su inquebrantable fe en ellos. De ahí que las consignas de los Montoneros no fueran intencionadamente insinceras ni meramente auto legitimadoras cuando se leía o escuchaba en ellas: “Evita, Perón, revolución!”. “¡Evita, presente, en cada combatiente!”, y el predilecto: “Si Evita viviera, seria montonera”.


La teoría de la guerrilla urbana y el atractivo de la lucha armada
Los fundadores del movimiento Montonero y los que se unieron a el estaban convencidos de que la lucha armada era el único medio eficaz que tenían a su disposición –en sus palabras, se trato de “responder con la lucha armada a la lucha armada que (la dictadura) ejercía desde el estado.

Desde el principio dos influencias estratégicas guiaron el pensamiento montonero: revolucionaria la una, y de inspiración clásicamente militar la otra.

Dos de los primeros Montoneros –Fernando Abal Medina y Norma Arrostito- Se trasladaron a cuba durante los años 1967-1968 para recibir adiestramiento militar. El resto comenzó con una reconocida “ignorancia absoluta respecto de lo que era la lucha armada”, y solo poco a poco adquirió la pericia militar necesaria entrenándose en operaciones cuyos medios bélicos –principalmente dinero y armas- se consiguieron por requisa.

No hay indicios de que las autoridades conocieran la existencia del grupo antes del comienzo de 1970. Por la misma razón, se carece de detalles sobre sus primeras actividades. Al parecer, aunque su núcleo inicial fue establecido por Abal Medina, Ramus y Firmenich en Buenos Aires, la mayor parte de las primeras acciones tuvo efecto en la provincia de Córdoba, donde Emilio Maza organizo una segunda red y se convirtió en el “comandante” local. El grupo de Córdoba asalto el banco de La Calera y ataco el puesto de vigilancia del Hospital Militar de Córdoba; y hubo también incursiones en algunos otros bancos en canteras y en unas cuantas comisarías.

Así, a principios de 1970, doce jóvenes, casi todos hombres, habían conseguido unirse para completar la arriesgada fase preparatoria de la guerra. Influidos por diversos factores políticos, sociales, económicos y culturales, así como por las evidentes limitaciones de las iniciativas de resistencia de masas, la ineficacia de la izquierda tradicional y las nuevas ideas y estrategias radicales, estaban en aquel momento decididos a responder a la violencia militar con la violencia en nombre del pueblo. Aunque pocos e insuficientemente activos para atraer la atención de la policía, los doce estaban dispuestos a levantar el telón que los separaba del público. Había llegado el momento de anunciar al mundo su existencia, y lo hicieron mediante una acción cuyas repercusiones no guardarían la menor proporción con su escasez numérica.


Por el retorno de Perón 1970-1973

Muerte de Aramburu

Primeras operaciones y definiciones políticas
A las nueve en punto de la mañana del 29 de mayo de 1970, dos jóvenes de uniforme militar subieron al apartamento de un general retirado, en el piso octavo de un edificio de la calle Montevideo de Buenos Aires. El motivo de su visita era, le dijeron, ofrecerle una custodia. Por espacio de varios minutos sostuvieron una amable conversación, durante la cual tomaron una taza de café…, hasta que uno de los visitantes dijo de pronto: “Mi general, usted viene con nosotros”. Si el general no hubiera creído que sus capturadotes eran militares, seguramente se habría resistido, pues era un personaje político muy importante: Pedro Eugenio Aramburu, uno de los líderes del golpe que depuso a Perón en 1955 y jefe del régimen militar de 1955-1958. No se habría ido con ellos tan tranquilo si hubiera adivinado que el “capitán” que estaba utilizando sus conocimientos adquiridos en la academia militar era Emilio Ángel Maza, que el “teniente primero” que lo acompañaba era Fernando Luis Abal Medina, y que ambos constituían la jefatura de una organización guerrillera urbana peronista llamada Montoneros.

Tres días después el general había dejado de existir, y la organización Montonera hacia con ello una sensacional aparición en la escena política Argentina. El operativo “Pindapoy”, o el “Aramburazo” –Que de ambas maneras fue llamada la atención-, había requerido un cuidadoso planeamiento, intrepidez y sangre fría por parte de sus autores, pero había podido conducir, y casi lo hizo, al hundimiento de los Montoneros como resultado de su excesiva ambición, de su inexperiencia y de su espíritu aventurero. Por entonces la organización solo se componía de doce personas, de las cuales diez se comprometieron en el comando Juan José Valle, que llevo a cabo la operación. La infraestructura del grupo era muy débil: tres o cuatro “casas seguras” en la ciudad de Córdoba; en Buenos Aires, una casa en Munro, compartida por Firmenich y Capuano Martínez, y otra en Villa Urquiza, alquilada por Abal Medina y Arrostito. No pudo contarse con una “cárcel del pueblo” de máxima seguridad para celebrar el “juicio revolucionario” de su victima antes de su “ejecución”, el 1° de Junio.

Una serie de cinco comunicados, escritos por Emilio Maza y Norma Arrostito, difundieron paso a paso la noticia del acontecimiento y presentaron a los Montoneros al público. “Nuestra organización –anunciaron en el comunicado N° 5- es una unión de hombres y mujeres profundamente Argentinos y Peronistas, dispuestos a pelear con las armas en la mano por la toma del poder para Perón y para su pueblo y la construcción de una Argentina Libre, Justa y Soberana”. Los Montoneros anunciaban su adhesión a “la doctrina Justicialista, de inspiración Cristiana y Nacional”. Cosa mas bien extraña, la influencia católica estaba también presente en el comunicado que anunciaba la muerte de Aramburu. Terminaba con las palabras: “Que dios nuestro señor se apiade de su alma”.

Para muchos el asesinato de Aramburu fue brutal y vengativo.
El segundo objetivo, el de someter a Aramburu a la “justicia revolucionaria”, se logro, pero su impacto potencial no llego a su máxima expresión debido a las restricciones de la libertad de prensa. Previendo ese problema, los montoneros grabaron en cinta magnetofónica el “juicio”, pero mas tarde, durante las represivas consecuencias del “Aramburazo”, quemaron las cintas como medida de seguridad. De acuerdo con su propia referencia de los hechos, las cintas habrían probado que Aramburu se reconocía responsable de haber “legalizado” los fusilamientos de 1956, la represión del movimiento peronista, y la desaparición del cadáver de Evita, al tiempo que se declaraba inocente de otros cargos.

Finalmente, los Montoneros consiguieron cierto grado de éxito en la búsqueda de su tercer objetivo. Ongania, contra quien se alzaban con creciente estridencia las voces de los militares desde el “Cordobazo”, fue depuesto por los altos mandos militares solo diez días después de que el “Aramburazo” sacudiera a la Argentina.

Su sustituto, el general Roberto Levingston, ex jefe del servicio de Información del Ejercito, pronto perdería, a su vez, la confianza de los oficiales mas lucidos. La ambición de Levingston, de prolongar la “Revolución Argentina” durante otros tres o cuatro años unida al hecho de que solo estaba dispuesto a consultar corrientes de opinión. En vez de volver a legalizar los partidos y avenirse a un arreglo con Perón y con Balbín, líder de la UCR, paso por alto la amenazadora realidad de la amplia hostilidad publica hacia los militares y el creciente fraccionalismo militar. El plan de Aramburu de una retirada militar y de la celebración de elecciones para aislar a las guerrillas no se logro cumplidamente hasta la sustitución de Levingston por el general Alejandro Lanusse en Marzo de 1971. Los partidos políticos volvieron a ponerse legalmente en funcionamiento al cabo de un mes. Los Montoneros, pues, habían ayudado a desestabilizar el régimen militar, pero con su primer acto publico solo aplazaron los intentos de darle una alternativa civil reformista. Mientras 22.000 hombres se dedicaban a la busca del cadáver de Aramburu y de sus secuestradores, los Montoneros se creyeron obligados a dar un segundo golpe espectacular, para demostrar que podían desafiar constantemente al régimen. Así pues, el primero de julio, cuatro unidades montoneras mandadas por Emilio Maza ocuparon la población cordobesa de La Calera, situada a diecisiete kilómetros de la capital provincial. La elección de un lugar cercano a la base de regimiento de infantería aerotransportada de Córdoba, cuyo personal era incapaz de reaccionar con suficiente rapidez, fue deliberadamente calculada para minar la moral del enemigo. Unos veinticinco combatientes de los comandos Eva Perón, comandante Uturrunco, general José de San Martín y veintinueve de Mayo, que llevaban brazales distintivos de los Montoneros y que se mantenían en contacto mediante radiotransmisores portátiles, se apoderaron del banco local de la comisaría de policía y del ayuntamiento después de haber destruido los equipos de comunicaciones de las oficinas de telégrafos y correos.

Las armas perdidas en el curso del anterior atraco al mismo fueron recuperadas de la comisaría, en la que los policías fueron encarcelados y obligados a cantar la marcha peronista mientras los guerrilleros se daban a la fuga con su emisora de radio. Simultáneamente otros montoneros pintaban “Montoneros” y “Perón o muerte” en el edificio municipal, mientras una cuarta unidad intentaba despertar, sin éxito, a los habitantes del lugar con la marcha peronista grabada en cinta magnetofónica.

Los Montoneros estuvieron a punto de ser aniquilados en julio-agosto de 1970. Los miembros cordobeses que consiguieron evitar la captura después de los hechos de La Calera, se dispersaron por todo el país, y cuatro detenciones en Santa Fe, el 19 de julio, paralizaron los esfuerzos para organizar un grupo en aquel lugar. Después de un atraco de 73.000 dólares a un banco de Laguna Larga (Córdoba), llevado a cabo por cuatro guerrilleros que, según dijeron, vengaban de aquel modo la muerte de Maza, los Montoneros quedaron casi reducidos a la nada durante aquellos dos meses, con la muerte y la destrucción siempre al acecho. Les salvo la extinción, ante todo, la ayuda y protección que les presto la organización guerrillera urbana Peronista, las FAP, creada dos años antes. Durante dos meses, mientras la policía “peinaba” todo el país y se informaba que los fugitivos habían sido localizados en Salta, en la región casi desértica situada entre San Rafael y la frontera chilena, y en otros remotos lugares, las principales figuras montoneras permanecieron escondidas en un par de casas de Buenos Aires prestadas por las FAP.

Las operaciones se reanudaron el primero de septiembre, cuando Abal Medina, y otros sustrajeron la sucursal del banco de Galicia y Buenos Aires de Ramos Mejia la suma de casi 36.000 dólares, pero el siete del mismo mes la organización sufrió nuevos descalabros. Ese día, designado después como el “Día del Montonero”, cinco de los principales miembros celebraron en una reunión, en la Pizzería La Rueda, en William Morris, Buenos Aires. Su servicio de seguridad no pudo evitar que los guerrilleros fueran atrapados después de que el dueño del establecimiento denunciara su presencia a la policía. Abal Medina y Ramus, compañeros desde hacia casi diez años, murieron juntos en el tiroteo resultante.

Por no haberse tomado las medidas de seguridad más elementales, la organización quedo desprovista de sus primeros jefes y casi todos sus secretos fueron descubiertos. Después del tiroteo de William Morris, los documentos encontrados en los coches de los Montoneros proporcionaron a la policía, entre otras cosas, los apodos de los luchadores. Sin embargo, la supervivencia de los Montoneros se vio entonces favorecida por el aumento del apoyo popular, procedente en particular del movimiento de sacerdotes para el tercer mundo, de amplios sectores del peronismo y de grupos juveniles.


Relaciones con Perón
Al impulsar las actividades de los Montoneros desde su exilio en Madrid, Perón descartaba, la posibilidad de que los trabajadores se unieran en masa a la fila de los guerrilleros. Manipulaba sus “formaciones especiales” con la máxima habilidad y, aunque la mitología predominante sostuviera que los Montoneros estaban especulando sobre la cercana muerte de un envejecido líder popular con la esperanza de heredar la jefatura de su movimiento, no hay pruebas de que la manipulación se intentara en sentido inverso. El apoyo montonero de Perón y la fe en sus declaraciones eran genuinos; se basaban en la convicción de que se había convertido sinceramente a una forma nacional de Socialismo. La visión errónea que tenían los guerrilleros de las verdaderas diferencias estratégicas y políticas existentes entre ellos y el líder peronista se hizo visible después de noviembre de 1970. Aquel mes Perón patrocino la “hora del pueblo”, una declaración colectiva pidiendo la celebración de elecciones firmada por el partido radical de Balbin, el partido conservador popular, el partido demócrata-progresista, el partido Socialista Argentino y los radicales loquistas de San Juan, además de los peronistas. Los Montoneros no se dieron cuenta de que el electoralismo de Perón era estratégico, y se mostraron completamente satisfechos con la respuesta de él, según la cual se decía “completamente de acuerdo con ellos”

Naturaleza y efectos de la actividad montonera
La mayoría de sus acciones, fueron ejemplos de “propaganda armada”. Los objetivos eran en parte, hacerse de recursos e impulsar la compatibilidad popular demostrando la vulnerabilidad del régimen militar. Al crearse un clima de inseguridad y desorden social, allá por los años 1972, la actividad guerrillera montonera llego a ser, sin duda, un factor determinante en la decisión de los militares de volver a los cuarteles y buscar una solución política a la crisis argentina.

Las pérdidas de la guerrilla
Los Montoneros perdieron varias figuras de importancia durante los primeros años setenta. José Sabino Navarro, después de sobrevivir al enfrentamiento con la policía en Villa Ballester, fue asesinado en la flor de la vida, a finales de 1971. El Negro Díaz también murió en uno de los enfrentamientos, que culminaron en la caída de su líder. En agosto de 1972 se produjo la masacre de Trelew donde 19 guerrilleros fueron rodeados, obligados a rendirse y llevados luego a la base de Almirante Zar. Allí a las tres y media de la madrugada se produjo la masacre. Solo tres de los diecinueve guerrilleros sobrevivieron a las ejecuciones ilegales. El 16 de agosto Carlos Capuano Martínez fue muerto a balazos cuando tres policías entraron en el bar de Barracas donde estaba hablando con un pequeño grupo de colegas Montoneros.


La masacre de Ezeiza

El 20 de junio de 1973, durante la oportunidad tan esperada por sus partidarios del regreso de Perón a su país luego de 18 años de exilio, ocurrieron los hechos conocidos como masacre de Ezeiza, en esa localidad cercana al aeropuerto internacional donde estaba programado que arribaría la aeronave, constituyendo el dramático anticipo de lo que sobrevendría en los siguientes años del escenario político argentino. Una multitud no vista hasta entonces, estimada por los medios periodísticos de la época en dos millones de personas, se reunió en el lugar para recibir a Perón y, en medio de ella, las columnas de Montoneros junto a otras agrupaciones de izquierda representaban un importante despliegue de movilización. Por expresas directivas de Perón, la seguridad de todo el operativo del regreso se delegó en el coronel (RE) Jorge Osinde, del ala más conservadora de su movimiento político, excluyendo a Esteban Righi (por entonces Ministro del Interior de la Nación), responsable natural de la seguridad del país e ideológicamente cercano a Montoneros.

Varios enfrentamientos —cuyo saldo de muertos y heridos nunca fue determinado exactamente, ni investigado judicialmente— se generaron durante todo el día entre los grupos armados paramilitares a cargo del operativo de seguridad, y militantes de Montoneros que habían concurrido armados, en medio de cientos de miles de concurrentes, algunos con sus familias, quienes no entendían lo que estaba ocurriendo y tampoco recibían información a través de las radios que silenciaban los hechos.

Al caer la tarde, y ante las noticias provenientes de Ezeiza, la aeronave que traía a Perón fue desviada al aeropuerto de Morón. Por la noche aún continuaron las corridas y enfrentamientos armados en Ezeiza, mientras la mayoría de la multitud pugnaba por abandonar el área y ponerse a salvo.
Limitaciones de la tendencia revolucionaria
La tragedia para la tendencia fue que ninguna de sus movilizaciones impresiono a Perón. Había utilizado a la juventud y a las formaciones guerrilleras como puntas de lanza en las luchas de 1966-1973 contra la “estratocracia”, las uso también para llevar a cabo la mayor parte de las tareas electorales entre marzo y septiembre de 1973, pero, finalmente, no volvió a tener necesidad de sus servicios. Perón, ya de nuevo en el poder, si bien procuro mantener idealmente la unidad su movimiento, no sintió inclinación a retener a toda costa al ala radicalizada, considerando que podía conservar el apoyo, o al menos el control, del movimiento obrero. Cuando vio que la tendencia no podía ser domesticada, decidió echar a la izquierda de su movimiento, intentando aislar el “virus del socialismo”. En febrero de 1974 demostró el desprecio que sentía por la izquierda al decir a los grupos juveniles de derecha ligados a la burocracia obrera que prefería “un líder honesto con diez personas detrás de el a uno deshonesto con diez mil”.


Perón ataca a los montoneros

Ocurrió en plaza de mayo el 1 de mayo de 1974, aquel día los montoneros y sus devotos se mostraban indomables. Al salir al balcón de la casa rosada, Perón se encontró con un paisaje de estándares de los conductores de autobús de la UTA, con las siglas amañadas de modo que se leyera “JTP”. Así como varias banderas de argentina con el nombre Montoneros escrito con aerosol. Y sus portadores no se conformaban con gritar “Argentina” y “Perón”. Silbaron con despiadas muestras de burla cuando Isabel Martínez, esposa de Perón, corono a la “reina del trabajo”.”No queremos carnaval, asamblea popular”, se grito antes de que se oyeran las exclamaciones de “Si Evita viviera, seria montonera”.

Perón estaba furioso. Y mas se enfureció cuando, en el momento en que se acercaba al micrófono, fue recibido con la persistente pregunta montonera, proferida a gritos “¿que pasa, que pasa, que pasa general, que esta lleno de gorilas el gobierno popular?”. Perdido el dominio de si, renuncio a su discurso y soltó contra la izquierda peronista un ataque que equivalió a una declaración de guerra. “estos estupidos que gritan” “decía que através de estos veinte años, las organizaciones sindicales se han mantenido inmovibles, y hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener mas meritos que los que lucharon durante veinte años” Como podía predecirse, la autopsia montonera, luego de los acontecimientos del primero de mayo, revelo que “algo se rompió después de treinta años” Aquel “algo” eran las mágicas relaciones revolucionarias que ellos creían prevalentes entre Perón y las masas, y que habían esperado percibir en la Plaza de Mayo. Lejos de comprometerse al dialogo, Perón había intentado pronunciar un monologo, monologo que puso al descubierto el desprecio y la aversión que sentía por la izquierda.

La triple A y la ofensiva derechista

La triple A (alianza anticomunista Argentina) seria la responsable de la eliminación de tantos peronistas de izquierda. Tanto si se” estreno” en Ezeiza como si no, es evidente que López Rega, en 1973, estaba organizando un escuadrón de la muerte con base en su ministerio, aunque no se bautizo a si mismo hasta 1974.

La triple A asesino al padre Mujica cuando salía de la iglesia del barrio de Mataderos, con la intención de implicar en el crimen a los Montoneros y desacreditarlos. Esta organización no hubiera podido lograr la mortal eficacia de que fue capaz a no ser por la tolerancia o la participación activa del mando de la Policía Federal. En total, unas doscientas personas habían sido asesinadas por la triple A y los comandos civiles fascistas antes de septiembre de 1974, y los montoneros, incluyendo miembros de organizaciones paralelas, habían perdido más militantes asesinados que en el periodo 1970-1973.

Régimen de Videla

Muchos argentinos creyeron el la nueva junta militar cuando, el 24 de marzo de 1976, declaro haber depuesto a los peronistas de los cargos oficiales al objeto de “terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo”. Con la inflación que aumentaba con mayor rapidez que la de Alemania de 1921-1922, con la Argentina a punto de interrumpir los pagos de su deuda exterior, los nuevos gobernantes militares del país pudieron hablar persuasivamente de la “irresponsabilidad en el manejo de la economía” del gobierno constitucional. Con un peronismo en crisis y con su administración completamente desacreditada, los comandantes militares justificaron también su intervención basándose en la falta de ética y de principios morales del gobierno depuesto, y quisieron demostrar que el “tremendo vacío de poder” existente había estado amenazando a la Argentina con “la disolución y la anarquía”. Los liberales tomaron confianza ante la aparición de Videla-Viola. Estos interpretaron su misión militar como algo destinado, primero a terminar con los guerrilleros y, en segundo lugar, a poner la “Economía en orden”. La ambición de los militares era acabar con la “subversión”, la caza humana en que se desemboco estaba muy lejos de limitarse a los guerrilleros .Muchos sindicalistas, activistas estudiantiles, periodistas y refugiados políticos de los países vecinos fueron también tratados como delincuentes. El propio general Videla dijo que “un terrorista no es solo el portador de una bomba o una pistola, sino también el que difunde las ideas contrarias a la civilización cristiana occidental”
Con el transcurso del tiempo los Montoneros sufrieron un gradual aislamiento de la base popular peronista en que se apoyaban, hasta que fueron completamente derrotados por el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.

Con vías a aniquilar a sus opositores, este nuevo régimen dictatorial inició una política institucionalizada de secuestro, desaparición forzada, tortura y exterminio en más de trescientos cuarenta centros clandestinos de detención..

Entre mediados y fines de 1976 la Conducción Nacional y los cuadros de más jerarquía de la organización guerrillera partieron al exilio a México donde establecieron su "cuartel general", desde el cual continuaron actuando. En enero de 1978 se fueron a Cuba, por motivos de seguridad, pues en esos días un comando militar junto a militantes "doblados" intentaron atentar contra Firmenich en suelo mexicano. La operación pudo ser desbaratada gracias a uno de los integrantes del comando, Tulio Valenzuela, quien simulando estar "quebrado" y ser un militante "doblado", al llegar a México se puso en contacto con la organización y denunció la maniobra.

En 1979, llegaron a Argentina cuatro pelotones de combatientes que efectuaron varios atentados: Dinamitaron el edificio donde vivía Walter Klein, secretario de Coordinación Económica, pero sobrevivieron él y toda su familia. Al Secretario de Hacienda del gobierno nacional, Dr. Juan Alemán, lo ametrallaron pero salió vivo del atentado. Al empresario Francisco Soldati y su chofer, los asesinaron en la avenida 9 de Julio. Pero el resultado para Montoneros fue catastrófico: muchos guerrilleros fueron descubiertos por los servicios de inteligencia militar, y a otros los delataron sus compañeros quebrados por las torturas y abusos que padecieron. En 1980, la conducción montonera, que estaba refugiada en Cuba, continuó el plan de la contraofensiva, pero un nuevo pelotón fue secuestrado y desaparecido en marzo cuando llegó al país. Varios de ellos, como Tropas Especiales de Infantería (TEI), habían realizado cursos en el Líbano. Fueron casi un centenar de guerrilleros montoneros que regresaron de manera clandestina al país entre 1979 y 1980. Luego de una estadía en La Habana, la dirigencia de los Montoneros se trasladó a Europa. Los guerrilleros de la columna oeste de Gran Buenos Aires formaron el "Batallón Héroes Montoneros", entre ellos figuraban Graciela Estela Alberti y Ricardo Soria, que fueron secuestrados en Buenos Aires el 17 de marzo de 1980.

Durante el transcurso del "Proceso", la mayoría de los cuadros activos de la organización Montoneros fueron muertos o secuestrados, quedando a disposición de las Fuerzas Armadas o de seguridad como "detenidos/desaparecidos".

No obstante, algunos miembros de la cúpula dirigente de Montoneros (Firmenich, Perdía y Vaca Narvaja), sobrevivieron. Algunos (tal el caso del propio Firmenich) fueron acusados de haber actuado como agentes de contra inteligencia y entregadores de sus propios compañeros por el fiscal Romero Victorica y se inició una causa basada en rumores, provenientes muchos de ellos de fuentes militares o de servicios de inteligencia, finalizando con la exoneración por falta de pruebas.

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